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Plaza Pública

España en su laberinto

José Sanroma Aldea Publicada 13/04/2017 a las 06:00 Actualizada 12/04/2017 a las 12:27    
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I
EL LABERINTO DE LA IZQUIERDA

La política española está pendiente de un hilo que puede romperse pero también, como si fuera el de Ariadna, puede ayudarnos a salir del laberinto.

Ese hilo está ahora en manos de la militancia socialista que ha de elegir secretario general, optando entre dos líneas políticas, aunque haya tres candidatos. Las ha expuesto sintéticamente Manuel Escudero.

No son antagónicas, pero sí son bien diferenciables: trazan un rumbo y una línea de acción alternativas. Y aún así pueden coexistir en el mismo partido, aunque en la refriega de la lucha por el poder que acompaña a todo debate, surja el temor a un debate sectario y a una fractura definitiva. La dimensión de los riesgos es proporcional a la profundidad de la crisis que se quiere resolver. Una forma de antagonizarlas es negarlas y reducir todo a una lucha fraccional.

Se podría decir lo mismo de las dos líneas que, en el seno de Podemos, se expresaron en Vistalegre II.

Es así porque la causa inmediata que ha provocado, en ambos partidos, la diferenciación de las respectivas líneas es la misma: la actuación ante la crisis de gobernabilidad, surgida a partir de los resultados electorales del 20 de diciembre de 2015 y concluida con la investidura de Rajoy. Una derrota para ambos partidos, aunque se sienta y se explique de distinto modo, incluso en el seno de cada partido.

Ya sabemos cuál fue el resultado de Vistalegre II: reafirmación, como línea dominante, de la de Pablo Iglesias, cuyo liderazgo en la Secretaría General no fue cuestionado. La línea contraria a la colaboración con el PSOE.

La repercusión en la vida política de ese acontecimiento merece un análisis específico que no es el objeto de este artículo; pero sí cabe señalar que los ganadores de Vistalegre II pusieron –como objetivo de su batalla y como medida de su victoria– salvar al líder. Es significativo que en el debate pre-congresual, con una ingente producción de documentos, no se entrara en la cuestión principal que había hecho cristalizar las dos líneas que se disputaban la hegemonía. Por esto para la opinión pública, incluso para una parte de la militancia, le resultó difícil contrastar el significado y la trascendencia de esa dualidad, sobresaliendo el aspecto de la disputa por el poder.

La trascendencia de lo que suceda en el próximo Congreso del PSOE será mucho mayor.

No es un partido nuevo sino histórico; ha gobernado España más de 20 años desde la recuperación de las libertades, su bagaje no cabe en una mochila. También es larga la historia de sus contradicciones internas y, por supuesto, muchas son las huellas y cicatrices que han dejado: en la conciencia que de sí mismo tiene el partido, en su imagen pública, y en las relaciones entre sus dirigentes y sus militantes.

Por razones que se remontan a las consecuencias divisionistas que acentuó la Guerra Civil, el PSOE renacido en Suresnes puso especial énfasis en mantener la unidad formal y ejecutiva; tanto para hacer frente a la etapa final del franquismo y de la transición, como para gobernar la débil democracia que salió de ella. Más aún porque se hizo integrando agrupaciones socialistas que habían surgido fuera del fosilizado y anticomunista PSOE histórico de Rodolfo Llopis.

Su conversión en partido no sólo mayoritario sino dominante –desde 1982 y por casi tres lustros– lo configuró como un partido de una pluralidad social y política muy compleja. Se ofreció, ante la crisis del comunismo español, como casa común de la izquierda y cupieron en él también sectores sin vinculación con la matriz clásica y obrera del socialismo español.

Es lógico que un PSOE que pretenda recuperar su condición de partido mayoritario ha de albergar en su seno un pluralismo social e ideológico, con sus consiguientes diferenciaciones políticas. Electoralmente volvió a ser mayoritario en 2004 y 2008 pero, en afiliación, dejó de serlo desde desde hace más de dos décadas. ¿Las causas? Entre otras, y no la menos importante, que el "aparato" (también durante el esplendor electoral de Zapatero) se convirtió en una máquina de empaquetar clientela, expulsar participación y devaluar el debate.

Aspirar a esa condición mayoritaria es hoy un objetivo de futuro compartido sin discusión. La cuestión es el medio. Y el primero de estos es apremiante: hacer compatibles en el PSOE, tras el 21 de mayo, las líneas políticas que pugnan por ganar el voto de la militancia a la hora de elegir secretario general. Augurar la división del PSOE, si gana Sánchez, no contribuye a evitarla porque apela al voto del miedo. Lo que más vale es asegurar la limpieza de la elección, cuya organización está en manos del "aparato".

Para ganar la hegemonía frente a las derechas no conviene la fragmentación del PSOE (tampoco la de Podemos).

Lo que cupo pero no debió caber, ni en el PSOE ni en ningún partido, es lo que sucedió en el Comité Federal del PSOE desde la noche electoral del 20 de diciembre de 2015: la neutralización de las posibles líneas a seguir, bajo una capa de unidad formal. No eran ambigüedades calculadas a la espera de examinar la actitud de otros partidos. Fue el preludio del sabotaje al intento de gobernar.

Aquello se agravó negándole crédito al secretario general y estrechándole el margen para gestionar los resultados. Ante estos, Sánchez había planteado una línea atrevida y correcta: que intente la investidura el PP para su candidato, y si fracasa lo intentará el PSOE. Por supuesto, podían oponérsele otras; en concreto, la abstención negociada. Pero sus partidarios, salvo honrosas excepciones, cometieron un continuado "delito de silencio" (Fernández dixit) encubriendo su posición; aunque hablaron mucho, con gran repercusión mediática, sobre el "pésimo" resultado que impedía al PSOE aspirar a gobernar. En el momento estelar de la democracia representativa, cuando 350 tienen que elegir al presidente del Gobierno, cuando cuentan no sólo el número de los escaños sino también la posición política (es decir, la capacidad de pactar con unos, neutralizar a otros y aislar al adversario principal) sucedió que las distintas líneas en el Comité Federal se neutralizaron mutuamente, condenando al PSOE a la incoherencia, a la división del 1 de octubre y, a la postre, a una derrota humillante.

II
EL LABERINTO EN EL QUE EL PAÍS ENCANTADO QUIERE ENCERRAR  A LA MILITANCIA SOCIALISTA

Contemplo desde la izquierda este período político como una intransición, como un paisaje desolador después de la batalla ganada por Rajoy. Este dejó en el laberinto a los tres partidos que comparecieron, en las elecciones de diciembre de 2015, con el objetivo más que razonable de apartarlo de la Presidencia. Gobernaba España desde la indecencia.

Ese objetivo fallido tiene como consecuencia directa que España corre el riesgo de que se cronifiquen sus males; porque aunque se mantenga el crecimiento económico, también crecen las desigualdades; porque aunque funcionen las instituciones, no hay más novedad que su continuado decaimiento, con el añadido del ataque a la libertad de expresión. En suma, porque se ha frustrado una voluntad política que, apoyada en una masiva conciencia ciudadana, imposible sin buena y libre información, fuera capaz de conmover al Estado, promover la entera rehabilitación del edificio institucional y dar a la democracia capacidad de rescate social.

La situación española no es apocalíptica, pero tampoco tiene el grado de integración exigible. El horizonte no está despejado de decisivos interrogantes. Las tormentas desatadas sobre la Unión Europea, que ya no tiene tantos amigos –ni dentro, ni fuera–; la aspiración secesionista de la mitad de la población en Cataluña; las fracturas sociales y generacionales. Todas nos cuestionan y emplazan a los gobernantes a encontrar respuestas que sean algo más que el " ir tirando"como se pueda y que tampoco sean recetas milagrosas que prometan efecto curativo inmediato.

Si añadimos que la sociedad está infectada por un virus de sectarismo, puede concluirse que se abre un espacio al descomprimido cívico; y también al miedo, enemigo de la democracia, cambie o no cambie de bando. El sectarismo y el miedo perjudican cualquier debate respetuoso y entorpecen la posibilidad de un cambio de rumbo. Se ancla la situación en la continuidad por la que nos hace intransitar Rajoy, comulgante en todas las incredulidades seniles, a la par que hace comulgar a su feligresía con ruedas de molino.

Por supuesto hay visiones optimistas de la situación presente.

Dejemos de lado la del increíble presidente al que invistió este Congreso. Orgulloso de su obra, con ocasión del debate sobre los Presupuestos Generales del Estado, ha proclamado: ya se ha acabado el tiempo de la "indigencia" económica en España y las instituciones funcionan, tras el caótico 2016, porque gobierna el partido que ganó las elecciones. Ese es su mensaje.

Pero no está solo en esa plácida contemplación.

También quienes, con su voto o con su abstención, contribuyeron a la investidura de Rajoy tienen que destacar –sea por convencimiento, sea por necesidad– cuán positivamente ha evolucionado la situación desde aquel acontecimiento.

No obstante, esta propensión al optimismo publicitada por muchos medios concentra la atención en una sombra: no para dirigir la mirada hacia la realidad del paro o de la corrupción, lo que ven y lo que quieren hacer ver es el fantasma que recorre España.

Entre los múltiples ejemplos a tomar, acudo al que nos dan El País y sus colaboradores fijos. Francesc Carreras: "La vida política española parece encauzarse por la senda de la normalidad institucional... Este tímido retorno de la confianza se ve reforzada por el buen ritmo de la recuperación económica. Sin embargo, algunas incógnitas enturbian el horizonte, en especial las primarias del PSOE y la situación en Cataluña. Un triunfo de Pedro Sánchez podría poner de nuevo en jaque la estabilidad gubernamental. Como se ha demostrado tantas veces, las primarias, como los referendos, las carga el diablo y los militantes a veces no saben expresar exactamente el sentir de los votantes".

El fantasma que recorre España es pues el activismo de una parte importante de la militancia del PSOE, que le ha dado nueva vida a Pedro Sánchez y posibilidades de recuperar la Secretaría General de la que dimitió, con honra, porque le derrocaron (a un alimón, desde dentro y desde fuera, que algún día probablemente nos será contado con pelos y señales).

Anotemos, frente al temeroso y atemorizante Carreras, que las encuestas dicen que, en este caso, las preferencias de la militancia concuerdan con el electorado socialista. Pero, ¡qué le importa ese dato a las cohortes de articulistas de El País!  "¿Podemos dejar el destino de nuestra democracia en manos de la militancia socialista?", se preguntaba Gil Calvo, ese mismo día, en su artículo "Militancia". ¿Adivina el lector la respuesta? Vayan y lean. Si alguien sigue mi consejo disfrutará de la cultura política del autor (Lakoff, Laclau, Luis Napoleón Bonaparte, Mair, Rubicón...) y de su finísimo lenguaje (crowdfunding sospechoso, presunciones suspicaces, apuesta bonapartista, tejido osmótico, crisis existencial, apocalipsis zombi...). Para quien no quiera darse el gusto de tragarse ese exquisito plato, reproduzco literalmente la respuesta: "Si la militancia lleva a Sánchez al poder de Ferraz, correríamos el probable riesgo de que el régimen de la transición se precipitase hacia una crisis existencial. A lo que parece puede temerse lo peor, pues la militancia se está quedando alienada de las estructuras partidarias".

España va bien, que dijo Aznar, pero, ¡qué desastre se avecina con Sánchez! Y puede suceder, según explica el articulista, que como las élites y los cuadros de los partidos se han dedicado a gobernar y a ocupar cargos,"los militantes de base han perdido su capacidad de conexión social, quedando sin rol ni función que ejercer. Por eso resultan tan obsoletos como los empleados de banca, hoy sustituidos por cajeros automáticos. Así se explica que la militancia se encierre en su paranoia antisistema, dispuesta a dar crédito a cualquier voz de protesta y a secundarla amotinándose tras ella".

Es difícil resistirse a ironizar ante esa reflexión (en sentido figurado), como si fuera la del maestro Ciruela que no sabía leer y puso escuela. La de este sociólogo –con cátedra en las páginas del diario que guarda la esencia de la Transición– es una reflexión solo en sentido físico: refleja aquel editorial del mismo periódico que el 1 de octubre de 2016 llamaba desde su título a Salvar al PSOE del "insensato sin escrúpulos que no duda en destruir al partido". Aquel día el Secretario general quedó "proscrito" (expresión de nuestro maestro Ciruela).

Entonces se salvó al PSOE de su secretario general. Ahora toca salvarlo de su militancia; porque está "alienada de las estructuras partidarias" y encerrada "en su paranoia antisistema" y solo comparece ahora públicamente para "amotinarse" dando crédito a la voz de protesta de Sánchez.

Ya que no se puede evitar que la militancia vote, al menos que voten con miedo. Este es el mensaje de Carreras. Y si gana Sánchez, será el triunfo del motín de una militancia antisistema y paranoica. Este es el mensaje de Gil Calvo. ¿Cuántos no se ven "reflexionados" en estos mensajes?

Visto desde otra perspectiva, podría describirse, de otro modo, lo que les pasa hoy a los "obsoletos militantes" del PSOE (que, a pesar de los pesares, se resisten a dejar de serlo). León Felipe lo cantó ayer: puede ser verdad que, como el poeta, no sepan muchas cosas, pero han visto mucho, los han dormido con muchos cuentos y se los saben ya todos. Dicho de otra manera, con su rebeldía están reclamando su derecho a equivocarse. Si yerran, si se engañan, será su propia responsabilidad. Por eso tampoco les adormece el cuento optimista de la Gestora sobre la buena marcha del país gracias a que el PSOE "desbloqueó" con su abstención la crisis institucional y ahora, desde la oposición, está "crujiendo" a Rajoy.

Por eso tampoco comparten el pronóstico de Zapatero que expresó –ha poco en el Círculo de Bellas Artes en un coloquio con Jeffrey Sachs– que la socialdemocracia no está en crisis, que los resultados de 2015 y 2016 hay que cargárselos exclusivamente a Sánchez, y que en España volverá a gobernar el PSOE tras las próximas elecciones. Le faltó añadir –ese día no tocaba– que tal sucedería cuando el PSOE resuelva su mera crisis de liderazgo eligiendo secretaria general a Susana Díaz. Lo dirían después (en coro fotográfico, vale más una imagen que mil palabras) tantos destacados socialistas que asistieron al acto de la presidenta de Andalucía en el que esta anunció que quiere estar no detrás, sino delante. Que se ve con ganas y fuerza para liderar un PSOE que recupere el gobierno de España desde la victoria sobre el PP. Vale, pero, para ganar esta elección a la Secretaría General contemplada como una batalla de ideas, de líneas políticas, habrá que atender a la demanda de un debate clave sobre la situación del PSOE y la situación española después de su abstención en la investidura de Rajoy. Quien mantenga que Rajoy gobierna porque ganó las elecciones repite su argumento, refuerza su iniciativa y dificulta la construcción, paso a paso, de una alternativa.

III
EL LABERINTO DE LA DEMOCRACIA REPRESENTATIVA
EN EL SISTEMA DE PARTIDOS
SURGIDO DEL DECLIVE BIPARTIDISTA

Sobre el diagnóstico del presente se asienta la línea para el futuro.

La actual situación política encierra una paradoja: radica en que está señoreada por el PP. El partido más responsable de la deslegitimación institucional es el que ha conseguido mantenerse en el Gobierno. Y, a su través, recuperar la iniciativa política en el nuevo sistema de partidos (surgido de la demanda de renovación democrática y expresado en la composición actual del Congreso de los diputados). Un resultado que contradice la lógica democrática.

La explicación de esta paradoja tiene su historia, cuya destilación exigiría un examen pormenorizado de los muchos acontecimientos que se produjeron en el periodo comprendido entre las elecciones generales de 2015 y la investidura de Rajoy en octubre de 2016.

Con afán de apresurada síntesis diré que sucedió así: el resultado del 20-D asestó un serio "golpe electoral" a la hegemonía del PP de Rajoy. Había empezado a quebrarse en las elecciones autonómicas y municipales de mayo de 2015, el PSOE recuperó mucho poder institucional y Podemos empezó a ganarlo, abriéndose ambos a la colaboración. El 20 de diciembre, el PP siguió pagando un precio: perdió más de tres millones de votos y 63 escaños; pero no tan alto como para significar su seguro apartamiento del Gobierno. El juego alternativo del bipartidismo no funcionó en 2015 como lo había hecho en 2011. Entonces, ante el fracaso del PSOE (que perdió 59 escaños y más de cuatro millones de votantes), se alzó la mayoría absoluta del PP con 186 escaños y casi once millones de votos. En 2015 ya no funcionaba la alternancia: el PSOE no fue el beneficiario de la pérdida de votos y escaños del PP sino que siguió bajando, aunque conservó la segunda posición. Un dato político clave que descolocó a Iglesias hasta una desconcertante agitación. La entrada en el Congreso de dos nuevos partidos fue espectacular: a la primera 69 (Podemos) y 40 escaños (C's). El "golpe electoral" recibido por el PP no acabó con su hegemonía, pues eran posibles diversas alternativas de gobierno. Se necesitaba un "golpe de acierto" de la democracia representativa. La ciudadanía votante ya había cumplido su tarea. El resultado de la repetición de las elecciones el 26-J de 2016 dio un respiro al PP y a Rajoy, pero no le despejó el horizonte. Máxime porque Rajoy seguía decidido a que su partido no ofreciera otro candidato que no fuera él, incluso aunque esta vez no pudiera escaparse ilegítimamente como lo hizo la anterior y fuera obligado a comparecer ante el Congreso para una investidura sin garantías de éxito: fue derrotado. Pero a la segunda fue investido. Se confirmaba la ocurrente descripción que, en estos trances, hizo Felipe González: Rajoy es el único animal que avanza sin moverse. Tuvo su ayuda.

Así que no fue un milagro de la naturaleza lo que explica el hecho. Pasó que unos (Podemos y Ciudadanos), sin moverse, retrocedieron; y pasó que, en la dirección del PSOE, otros se movieron para remover de su puesto al secretario general que hizo baluarte del NO al PP.

Dos factores políticos explican pues la paradoja:

Uno, la declaración mutua de incompatibilidad que hicieron Podemos y C's. Tal hizo que el avance espectacular de representación popular conseguida en el Congreso retrocediera en un solo movimiento en su capacidad de mover al PP y remover a Rajoy.

Dos, la unidad puramente formal en el Comité Federal del PSOE sobre la línea de actuación a seguir sin debate político decisivo. Tal terminó con el estallido de la división y el triunfo de la línea de la abstención (ante Rajoy y sin condición alguna, al menos pública). El triunfo de la línea contraria a la colaboración con Podemos. Allí empezó a cristalizar la diferenciación entre las dos líneas políticas que hoy se disputan la hegemonía en el PSOE por la vía de la elección de la Secretaría General.

Ambos factores permiten una reflexión sobre la importancia que tienen las interacciones entre los partidos. El curso político y la suerte del Estado, en el marco de las determinaciones de su economía, depende del diagnóstico y de la acción que desplieguen los partidos. El curso y la suerte de un partido depende de su interacción con los otros. Es obvio que cada cual puede identificarse ideológicamente y formular su programa haciendo abstracción de los demás. Pero su línea de acción no.

Rajoy no gobierna porque el PP haya ganado las elecciones. Esto no pasa a ser verdad porque ahora lo repitan los autores del "golpe abstencionista" para justificar su actuación. Gobierna porque las interacciones que se han activado en el nuevo sistema de partidos han sido muy negativas para la renovación democrática y para el rescate social. En suma, en su natalicio el nuevo sistema de partidos ha conducido a un laberinto a los partidos que se fijaban esos objetivos.

Ahora: ahí está un Rajoy crecido, omnímodo en su poder sobre un partido aborregado (lo cual, siendo el mayor en términos electorales y de afiliación, es un lastre democrático serio).

Y ahí está Iglesias –otra vez como pez en el agua, en un papel de espantajo atemorizante para los votantes de la derecha– con un Podemos al que repliega de las "insustanciales" batallas parlamentarias hacia los cuarteles de invierno donde planear el asalto desde la calle contra la triple alianza (PP, Cs, PSOE); y así hasta las próximas elecciones.

Y aquí está la crisis del PSOE, cuya eventual superación pasa por su próximo Congreso, decisivo para el propio PSOE y clave para la evolución de los partidos y para la situación de España. Cuantos, con ojos optimistas, la ven y la quieren "normalizada" han dicho lo que temen: el triunfo de Sánchez.

Tienen su lógica.

La línea abstencionista triunfante contribuyó a implantar un funcionamiento del nuevo sistema de partidos que lo bloquea en el predominio de la derecha. Así lo muestra la posición política a tenor de la cual el PP es el adversario y Podemos el enemigo del PSOE. Se difundió por boca de ganso, pero expresaba la posición política de una parte de la dirección, la que derrocó al secretario general. Así lo muestra la contundencia con la que Maillo advierte a los electores murcianos (pero para enseñanza general): "Hemos evitado el tripartito".

¿Cómo puede salir de ese laberinto el PSOE? ¿Y cómo podría desbloquear ese funcionamiento del sistema de partidos que entorpece la posibilidad de los cambios necesarios? Solo queda la vía que ofrece la línea política que ha reverdecido el liderazgo de Pedro Sánchez. La que no pudo surgir con fuerza y coherencia desde la anterior dirección del PSOE. La que se ha empezado a hacer posible con el activismo de un amplio sector de la militancia. La única que puede atraer al cauce del PSOE a miles de ciudadanos comprometidos pero que hoy no ven a los actuales PSOE y Podemos capaces de construir una alternativa al dominio de la derecha que padece España. La que puede evitarnos que nos encerremos en un laberinto español mucho peor: el de un fraccionalismo partidista, en una guerra de todos contra todos que impida que España cumpla el papel que necesita la Unión Europea.


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