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Maleta de libros

‘Los hombres me explican cosas’, de Rebecca Solnit

  • Antes de que se popularizara el término mansplaining, Rebecca Solnit ya lo señalaba. Capitán Swing publica su colección de ensayos sobre feminismo
  • Mar o montaña, pero siempre lectura. infoLibre publica adelantos de las obras que algunas de sus editoriales de cabecera preparan para el otoño

infoLibre Publicada 30/07/2016 a las 06:00 Actualizada 02/08/2016 a las 20:28    
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'Los hombres me explican cosas', de Rebecca Solnit

'Los hombres me explican cosas', de Rebecca Solnit

Los hombres me explican cosas
Mansplaining. Dícese de aquella explicación paternalista dada por un hombre a una mujer, sin que el primero tenga en cuenta que la segunda puede saber más que él en ese tema concreto. Antes de que este término se popularizara entre el feminismo, la periodista y escritora Rebecca Solnit escribió, en 2008, un artículo llamado "Los hombres me explican cosas". Es el que reproducimos parcialmente en esta prepublicación, y el que da título a la colección de ensayos de Solnit que la editorial Capitán Swing publica en septiembre. 





Aún no sé por qué Sally y yo nos molestamos en ir a aquella fiesta en una pista forestal en la cima de Aspen. Todo el mundo era mayor que nosotras y distinguidamente aburrido; suficientemente mayores como para que nosotras, ya con cuarenta y tantos, pasásemos como las jovencitas de la velada. La casa era fantástica —si te gustan los chalés estilo Ralph Lauren—: una cabaña a más de 2.700 metros de altura, burdamente lujosa, llena de cornamentas de alce, un montón de kilims y una estufa de leña. Nos disponíamos a marchar cuando nuestro anfitrión nos dijo: «No, quedaos un poco más para que pueda hablar con vosotras». Era un hombre físicamente imponente, que había amasado mucho dinero.


Nos hizo esperar mientras que el resto de los invitados se sumergía en la noche veraniega, después nos sentó alrededor de una mesa de auténtica madera veteada y me dijo: —¿Así que...? He oído que has escrito un par de libros.

—Varios, de hecho —repliqué.

Lo dijo de la misma manera que animas al hijo de siete años de tu amiga a que te describa sus clases de flauta: —Y ¿de qué tratan?».

Para ser exactos trataban sobre diferentes cosas, los seis o siete que, hasta entonces, había publicado, pero comencé a hablar solo del más reciente en aquel día de verano de 2003, River of Shadows: Edward Muybridge and the Technological Wild West, mi libro sobre la aniquilación del tiempo y el espacio y la industrialización de la vida cotidiana.

Me cortó rápidamente en cuanto mencioné a Muybridge: —Y, ¿has oído hablar acerca de ese libro realmente importante sobre Muybridge que ha salido este año?

Tan inmersa estaba dentro del papel de ingenua que se me había asignado que estaba más que dispuesta a aceptar la posibilidad de que se hubiese publicado, al mismo tiempo que el mío, otro libro sobre exactamente el mismo tema y que de alguna manera se me hubiese pasado. Él ya había empezado a hablarme de ese libro realmente importante, con esa mirada petulante que tan bien reconozco en los hombres cuando pontifican, con los ojos fijos en el lejano y desvaído horizonte de su propia autoridad.

Llegados a este punto, dejadme deciros que mi vida está bien salpicada de hombres maravillosos, con una larga ristra de editores que me han escuchado, animado y publicado desde que era joven; con un hermano más joven, infinitamente generoso, con espléndidos amigos de los cuales puede decirse —como el clérigo de los Cuentos de Canterbury que aún recuerdo de las clases del señor Pelen sobre Chaucer— «disfrutaba estudiando y enseñando». Aun así, también están esos otros hombres. Así que el señor Muy Importante continuaba hablando con suficiencia acerca de este libro que yo debería conocer cuando Sally le interrumpió para decirle: «Ese es su libro». Bueno, o intentó interrumpirle.

Pero él continuó a lo suyo. Sally tuvo que decir «Ese es su libro» tres o cuatro veces hasta que él finalmente le hizo caso. Y entonces, como si estuviésemos en una novela del siglo xix, se puso lívido. El que yo fuese de hecho la autora de un libro muy importante que resultó que ni siquiera se había leído, sino que solo había leído sobre él en el New York Times Book Review unos meses antes, desbarató las categorías bien definidas en las que su mundo estaba compartimentado y se quedó sorprendentemente enmudecido por un segundo, antes de empezar a pontificar de nuevo. Como somos mujeres, esperamos educadamente a estar fuera del alcance del oído de nadie antes de romper a reír, y no hemos dejado de hacerlo desde entonces.

Me gustan los incidentes de este tipo, cuando fuerzas que normalmente son tan escurridizas y difíciles de señalar serpentean resbalando fuera de la hierba y se vuelven tan obvias como, por ejemplo, una anaconda que se hubiese tragado una vaca o una mierda de elefante en la alfombra.

La resbaladiza pendiente del silenciamiento

Sí, claro que hay personas de ambos géneros que aparecen de repente en cualquier evento para pontificar acerca de cosas irrelevantes y con teorías conspirativas, pero la total confianza en sí mismos que tienen para polemizar los totalmente ignorantes está, según mi experiencia, sesgada por el género. Los hombres me explican cosas, a mí y a otras mujeres, independientemente de que sepan o no de qué están hablando. Algunos hombres.

Todas las mujeres saben de qué les estoy hablando. Es la arrogancia lo que lo hace difícil, en ocasiones, para cualquier mujer en cualquier campo; es la que mantiene a las mujeres alejadas de expresar lo que piensan y de ser escuchadas cuando se atreven a hacerlo; la que sumerge en el silencio a las mujeres jóvenes indicándoles, de la misma manera que lo hace el acoso callejero, que este no es su mundo. Es la que nos educa en la inseguridad y en la autolimitación de la misma manera que ejercita el infundado exceso de confianza de los hombres.

No me sorprendería si parte de la trayectoria política norteamericana desde 2001 estuviera marcada por, digamos, la incapacidad de escuchar a Coleen Rowley, la mujer del FBI que lanzó los primeros avisos acerca de Al Qaeda, y desde luego está influida por la administración Bush, a la cual no se le podía decir nada, ni siquiera el hecho de que Irak no tenía vínculos con Al Qaeda ni armas de destrucción masiva, ni el que la guerra no iba a ser «pan comido» (ni siquiera los expertos varones pudieron penetrar en la fortaleza de dicha petulancia).

Puede que la arrogancia tuviera algo que ver con la guerra, pero este síndrome es una guerra a la que se enfrentan casi todas las mujeres cada día, una guerra también contra ellas mismas, una creencia en su superfluidad, una invitación al silencio, una guerra de la cual una buena carrera como escritora (con un montón de investigaciones y estudios correctamente desarrollados) no me ha librado totalmente. Al fin y al cabo, hubo un momento en el que estaba más que dispuesta a dejar que el señor Muy Importante y su altiva confianza en sí mismo derribasen mis más precarias certezas.

No olvidemos que poseo mucha más seguridad acerca de mi derecho a pensar y a hablar que la mayor parte de las mujeres, y que he aprendido que cierta cantidad de dudas sobre las propias posibilidades suponen una buena herramienta para corregir, comprender, escuchar y progresar, aunque demasiadas pueden ser paralizantes y la total confianza en uno mismo produce idiotas arrogantes. Existe un feliz punto intermedio entre estos dos polos opuestos a los que los géneros se han visto empujados, un cálido e intermedio ecuador de intercambio que debería ser el punto de encuentro de todos nosotros.

Versiones más extremas de nuestra situación existen, por ejemplo, en aquellos países de Oriente Próximo en los que el testimonio de la mujer no tiene validez alguna: una mujer no puede declarar que ha sido violada sin un hombre testigo que contradiga al hombre violador; algo que raramente sucede.

La credibilidad es una herramienta de supervivencia. Cuando yo era muy joven y justo empezaba a entender de qué iba el feminismo y por qué era necesario, tuve un novio cuyo tío era físico nuclear. Unas Navidades, este relataba —como si fuese un tema divertido y liviano— cómo la mujer de un vecino de su zona residencial de adinerados había salido corriendo de casa, desnuda, en medio de la noche, gritando que su marido quería matarla. «¿Cómo supiste que no estaba intentando matarla?», le pregunté. Él explicó, pacientemente, que eran respetables personas de clase media. Y por eso el que «su marido intentase asesinarla», simplemente, no era una explicación plausible para que ella abandonase la casa gritando que su esposo la estaba intentando matar. Por otro lado, ella estaba loca...

Incluso obtener una orden de alejamiento —una herramienta legal relativamente nueva— requiere poseer la credibilidad de convencer al juzgado de que determinado tipo es una amenaza, y después conseguir que los policías la hagan cumplir. De todas maneras las órdenes de alejamiento no funcionan. La violencia es una manera de silenciar a las personas, de negarles la voz y su credibilidad, de afirmar tu derecho a controlarlas sobre su derecho a existir. En este país, unas tres mujeres son asesinadas cada día por sus esposos o exesposos. Es una de las principales causas en los Estados Unidos de muerte de mujeres embarazadas. El eje central en la lucha del feminismo para que se catalogasen como delitos la violación, la violación durante una cita, violación marital, violencia doméstica y el acoso sexual laboral ha sido la necesidad de hacer creíbles y audibles a las mujeres.

Tiendo a creer que las mujeres adquirieron el estatus de seres humanos cuando se empezó a tomar este tipo de actos seriamente, cuando los grandes asuntos que nos paralizaban y asesinaban fueron abordados jurídicamente a partir de mediados de los setenta; bastante tarde, más o menos cuando yo nací. Para cualquiera que quiera discutir sobre si la intimidación sexual en el lugar de trabajo no es un asunto de vida o muerte, recordemos a la cabo del cuerpo de marines Maria Lauterbach, de veinte años de edad, que fue aparentemente asesinada por su colega de rango superior una noche de invierno cuando ella estaba esperando para testificar que él la había violado. Los restos quemados de su cuerpo embarazado se encontraron entre las cenizas de una fogata en su patio trasero.

Decirle a alguien, categóricamente, que él sabe de lo que está hablando y ella no, aunque sea durante una pequeña parte de la conversación, perpetúa la fealdad de este mundo y retiene su luz. Tras la aparición de mi libro Wanderlust, en 2000, me di cuenta de que era más capaz de defender mis propias percepciones e interpretaciones. Durante aquella temporada en dos ocasiones recriminé el comportamiento de un hombre, solo para que se me dijera que las cosas no habían sucedido para nada tal y como yo las contaba, que estaba siendo subjetiva, que deliraba, estaba alterada, era deshonesta; en resumen, era mujer.

Durante la mayor parte de mi vida, habría dudado de mí misma y retrocedido. El tener respaldo público como escritora me ayudó a permanecer en mi lugar, pero pocas mujeres obtienen este apoyo, y probablemente ahí fuera, a millones de mujeres se les está diciendo, en este planeta de siete mil millones de personas, que no son testigos fiables de sus propias vidas, que la verdad no es algo que les pertenezca, ni ahora ni nunca. Esto va más allá del Hombres Que Explican Cosas, pero forma parte del mismo archipiélago de arrogancia.




Los hombres me explican cosas
Rebecca Solnit 
Traducción de Paula Martín 
Capitán Swing
Septiembre de 2016
16 euros

 

Capitán Swing
es una editorial independiente especializada en ensayo. Desde su creación en Madrid, en 2009, ha publicado títulos como Florencia insurgente, de Maquiavelo; Sociofobia, de César Rendueles; El Minotauro global, de Yanis Varoufakis; De pronto, mi cuerpo, de Eve Ensler; Borderlands / La frontera, de Gloria Anzaldúa o Autobiografía, de Angela Davis. 
  
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