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Una España escasamente liberal

Armándose de valor, el Gobierno socialista de Pedro Sánchez se declara partidario de que Oriol Junqueras y los demás políticos catalanes encarcelados preventivamente por el juez Llarena sean trasladados a cárceles de su comunidad. Acabo de escuchar en La Cafetera, el programa radiofónico Fernando Berlín, que Pablo Iglesias también lo hace y con bastante menor timidez. Así se lo ha dicho a Quim Torra.

Supongo que si yo dijera en una tertulia televisiva que soy partidario de la inmediata puesta en libertad de esos presos, que su encarcelamiento me ha parecido desde el principio un abuso de autoridad, me podrían a caldo. Lo más suave sería que soy un cómplice, por maldad o estupidez, del independentismo catalán, si no un enemigo conspicuo del Estado de derecho. Pues bien, no soy independentista, sino más bien lo contrario, partidario de los Estados Unidos de Europa, y creo que las leyes, mientras no sean cambiadas, que perfectamente pueden serlo, deben ser aplicadas con sensatez y proporcionalidad.

No me ha extrañado un ápice que varios jueces europeos hayan considerado excesivas e injustificadas las tremendas acusaciones que hace el juez Llarena contra Puigdemont y compañía. He vivido largos años en viejas democracias como la francesa y la estadounidense, y sé que por ahí fuera se le sigue teniendo cierto respeto a los principios y valores fundacionales del liberalismo burgués. A cosas como que la libertad de expresión y manifestación son sagradas. O que encarcelar preventivamente debe reservarse en general para sospechosos de crímenes tan irreparables como el asesinato o la violación.

El actor Robert de Niro acaba de insultar en público al presidente de Estados Unidos (Fuck Trump) y no he visto que haya ido preventivamente a la cárcel como lo fueron Alfonso Lázaro y Raúl García, los titiriteros granadinos. Es más, no he leído ninguna noticia que diga que un fiscal abre diligencias por las ofensas de De Niro a su jefe del Estado. Los independentistas escoceses deseaban celebrar un referéndum de autodeterminación y el Gobierno de Londres se lo concedió. La consulta se celebró, ganó el No y aquí paz y allá gloria. Hace medio siglo, el Mayo del 68 puso patas arriba a Francia y el general De Gaulle no decretó ningún estado de excepción. Cuentan que cuando le comentaron algunas declaraciones particularmente subversivas de Jean-Paul Sartre, De Gaulle respondió: “No se puede encarcelar a Voltaire”.

El viento del autoritarismo sopla desde hace años por todo el mundo, ciertamente. El problema de España es que aquí –también en Turquía, por ejemplo– llueve sobre mojado. No hubo una ruptura democrática -la correlación de fuerzas era la que era- tras la muerte de Franco. El marco intelectual en el que se ha desarrollado el sistema del 78 da prioridad a conceptos heredados del Ancien Régime como autoridad, ley y orden, unidad indisoluble, gobernabilidad o respeto a la jefatura del Estado. Hasta nuestro centroizquierda ha actuado siempre dentro de ese marco. Ningún Gobierno, incluidos los de González y Zapatero, le ha retirado las medallas y los pluses a un policía torturador como Billy el Niño. Ya se sabe, Billy el Niño era un leal funcionario del Estado que actuaba en cumplimiento de la legalidad vigente.

Estos días también provoca escándalo el mero hecho de que Pedro Sánchez y Urkullu hablen de la posibilidad de que los presos de ETA sean trasladados a centros del País Vasco. En esto me ocurre como en lo anterior: lo que jamás me ha parecido de recibo es que a esos presos se les imponga el castigo añadido de que sus familias tengan que viajar a Canarias para verlos. Se me dirá que el acercamiento de los presos indigna a muchas de las víctimas de la brutalidad de ETA. Responderé que en ningún país que se precie de civilizado las víctimas dictan el castigo. Y recordaré lo que ocurrió –nuevamente en el Reino Unido– con el acuerdo de paz entre el Gobierno de Tony Blair y el IRA.

Hay poco de liberalismo burgués en los tuétanos de la actual democracia española. Mientras que triunfaba en Estados Unidos, Inglaterra, Holanda, Francia o Escandinavia, los que aquí lo defendían fueron aplastados sistemáticamente en los casi dos siglos que van desde la restauración de Fernando VII hasta 1975. Cuando Franco murió, los partidarios de la primacía de la libertad, fueran liberales o libertarios, habían sido prácticamente erradicados de nuestro tejido social.

Y así hemos llegado a lo de ahora. Que presuma de liberal alguien como Albert Rivera que es un nacional-populista de manual. O Esperanza Aguirre, que tan solo es partidaria de la más amplia libertad para los empresarios amiguetes que se benefician de mamandurrias de las administraciones públicas. Por no hablar de Federico Jiménez Losantos, partidario furibundo de bombardear Barcelona. A ninguno de los tres le he visto jamás protestar por casos de excesiva violencia policial o de procesamiento o encarcelamiento de personas por la expresión de sus opiniones. Al contrario, son de las que más gritan a favor de que se castigue una pitada a la Marcha Real o la quema de una bandera rojigualda.

Los auténticos liberales son raros aquí, ya no digamos los libertarios. Lo sé.

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