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    <title><![CDATA[infoLibre - Fútbol]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/futbol/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Fútbol]]></description>
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      <title><![CDATA[El orgullo de los futbolistas]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/orgullo-futbolistas_129_2197595.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/84ecac69-989c-4817-b33a-645d3a723dae_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El orgullo de los futbolistas"></p><p>Reconozcamos que esta temporada de <strong>fútbol</strong>, que va concluyendo, ha ofrecido nuevas perspectivas de estudio para los analistas jurídicos, siempre ávidos de casos prácticos con los que novelar pleitos y cuitas. Ahí va uno: <strong>en mitad de un partido regular, un defensa lanza un puñetazo al centrocampista de su propio equipo y lo derriba violentamente</strong>. De inmediato, el árbitro le muestra la tarjeta roja y lo expulsa; a continuación, queda pensativo: ¿será tiro directo o indirecto? En realidad, la jugada no es falta. El reglamento limita la sanción a los comportamientos indebidos “contra un adversario”, sin decir nada de las zancadillas, bofetones o sopapos entre compañeros. Es posible que las recientes algarabías violentas del vestuario madridista aconsejen cambiar las normas, como lo hizo aquella canasta histórica que el Real Madrid se anotó en contra ante el Ignis de Varese en 1962, pero por ahora no se advierten movimientos en tal sentido. </p><p>¿Pero <strong>por qué no es falta si es un comportamiento antideportivo</strong>? La respuesta se antojaría obvia, pero no lo es tanto. Y no lo es porque la misma pregunta resulta provocativa y fuera de lugar: <strong>¿cómo va a agredir un futbolista a un compañero?</strong> Por desgracia, en estos tiempos oscuros la pregunta se vuelve pertinente y la respuesta queda en el aire.</p><p>La agresión entre jugadores que visten la misma camiseta no es falta porque el equipo se constituye, comparece y se comporta como una sola unidad. Es el equipo el que juega, se clasifica, asciende o desciende de categoría. Por ello, las conductas de las que hablo no son agresiones de uno contra otro, sino más bien <strong>faltas que el equipo comete contra sí mismo</strong>; no hay un otro al que considerar responsable o víctima, y esta falta de otredad garantiza la inmunidad, ya que un principio general del derecho nos explica que nadie puede cometer un delito contra sí mismo. </p><p>La categorización de un grupo de personas como unidad, a efectos del derecho penal o sancionatorio, puede resultar problemática. Durante siglos, por ejemplo, la familia fue entendida como una unidad orgánica a cuyas puertas el derecho debía detenerse. A día de hoy se conservan vestigios de esta resistencia ancestral, no solo a nivel legislativo (no se castigan los encubrimientos, hurtos o estafas entre familiares directos) sino incluso puramente judicial: por una norma no escrita, cuando un niño sufre un accidente grave en el hogar, es fácil que se abra un procedimiento penal si el menor estaba a cargo de un cuidador, pero no tanto si estaba en compañía de sus padres. </p><p>La institución familiar se ha ido abriendo, otorgando mayor individualidad a cada uno de sus miembros, lo que favorece que se vayan castigando cada vez más las conductas cometidas en su seno. Pero otras instituciones no se han abierto tanto, o más bien nada, y de ahí que el derecho parezca quedar a las puertas de un coto cerrado. </p><p>Tomen ustedes el caso de la <strong>agresión de Tchouaméni a Valverde</strong>, que terminó con éste último en el hospital con una conmoción cerebral. Aquí la idea de coto cerrado resulta pertinente y doblemente ajustada, porque la agresión no solo se produce en el interior del equipo sino en el interior del reducto más íntimo de esta mismidad orgánica que es el club: el vestuario. Este doble caparazón de pertenencia y de ubicación explicaría, así, que nadie parezca haber planteado siquiera la hipótesis de que esta agresión pudiera ser delictiva. No he leído que exista denuncia, y no me consta que la policía haya abierto diligencias; al no ocurrir en un lance de juego, tampoco la justicia deportiva ha tomado cartas en el asunto. </p><p>Si alguno de estos dos caparazones no existiera, la realidad sería distinta: <strong>si el agresor del vestuario no fuera un compañero sino un intruso que hubiera accedido sin permiso para golpear a Valverde, hubiera sido detenido</strong>; y si ambos jugadores no estuvieran en el vestuario sino paseando por la calle, es muy posible que la policía les hubiera tomado la filiación. Desde luego, si se hubieran peleado entre Tirso de Molina y Lavapiés, es bastante probable que Tchouaméni, hijo de camerunés, pasara un tiempo a la sombra. Es algo curioso pero, como ven ustedes, el lugar determina la lesividad antijurídica de una conducta. </p><p>El vestuario es un lugar donde el derecho no podría entrar. Esta conclusión nos la confirmaron tanto Arbeloa como el presidente del Real Madrid, con la vehemente cantinela de que lo que pasa en el vestuario debería quedarse en él, jugando con los paralelismos entre Valdebebas con la ciudad de Las Vegas, que cada vez se parecen más. Esta protesta muestra, entre otras cosas, el cinismo de haberles impuesto a ambos jugadores una sanción económica supuestamente ejemplar: si el hecho no hubiera trascendido, es obvio que no se les hubiera castigado de ninguna forma, porque un castigo semejante habría dado a la agresión la publicidad que el club deplora. Así que han sido castigados no por lo que hicieron ellos sino por lo que hizo un compañero de vestuario: cantarlo a un periodista. </p><p>El error del argumento exculpatorio es, claramente, que la cosa no se quedó en el vestuario; desde luego, no se quedó Valverde, que tuvo que ser trasladado al hospital. Y sería interesante, por pura curiosidad, ver qué parte rinde el médico que le asistió porque, derivada de una agresión, tendría que denunciar la lesión a las autoridades. Recordemos que, en principio, es delito causar una lesión que requiera tratamiento médico, concepto amplio que incluye, según los jueces, el hecho de poner y retirar puntos de sutura o de aproximación. </p><p>El asunto ofrece matices para un debate. Por un lado, <strong>es absurdo pretender que el derecho penal se entrometa en todos los altercados, reyertas y peleas de gallitos que se producen por doquier</strong>; mucho más absurdo, diría yo, en las típicas agarradas entre colegas que se resuelven y se olvidan antes de que termine la noche. Pero por otra parte, también es perturbador la pretensión de impunidad que subyace en estas disputas de machos que resuelven sus diferencias a puñetazos.</p><p>Por ello, es probable que aplicar el derecho penal a estas conductas resulte excesivo; sin embargo, y sin entrar en debates de pura moralidad, no parece que lo sucedido, una vez aireado, pueda ventilarse sin una respuesta clara. </p><p>Desde esta perspectiva, me resultaron muy desafortunadas las declaraciones de Florentino y Arbeloa, que tanto monta uno como no monta el otro, porque una cosa es echar pelillos a la mar y otra bien distinta enaltecer al agresor, explicando ambos lo orgullosos que estaban de estos chicos malos. Esto ya es terreno resbaladizo. El entrenador dijo que no quería “quemar a sus jugadores en una hoguera pública”, así que Tchouaméni jugó el partido siguiente como si tal cosa; no hubo hoguera ni pública ni privada. Me pregunto qué pensará Arbeloa de David Navarro, entrenador del Real Zaragoza que, con más modestia y dignidad, afeó seriamente la conducta de su portero Andrada que dio un puñetazo a un contrario, sin mostrar ningún orgullo por su comportamiento. Cabría pensar que si mal está pegar a un contrincante, peor será pegar a un compañero, da igual el lugar, pero uno ya no sabe qué pensar. </p><p>Cuando escuché el discurso de Griezmann en su despedida del Metropolitano y lo comparaba con la rueda de prensa de Florentino, recordé que el término orgullo es una extraña palabra que tiene una acepción positiva y otra negativa:<strong> es orgullo el sentimiento de satisfacción por los logros propios, pero también se aplica a la vanidad, la petulancia o el engreimiento</strong>. Griezmann, orgulloso de su equipo, agradeció a las familias que llevaran a sus hijos al fútbol; Florentino, desde el orgullo, desaprovechó una oportunidad para aclararle a los niños, incluidos los de África, que no es propio de las personas pegarse. Esa es la diferencia entre una persona que está orgullosa y una persona que lo es. De hecho, escuchando al presidente comprendí perfectamente que defendiera la conducta de su jugador: su comportamiento en la rueda de prensa, retador y altanero, me pareció <strong>coherente y en la línea de la conducta atrabiliaria de su futbolista</strong>, que al verse cuestionado en el vestuario respondió, como su presidente, desde la arrogancia y el orgullo.</p><p>En fin, cuando un matón de escuela elija su camiseta favorita para llevar al colegio, es improbable que escoja la de Andrada, denostado por los suyos, pero tal vez se decante por la de Tchouaméni, orgullo del Real Madrid. Este será el mayor daño de este incidente, que ha venido a demostrar que <strong>Florentino no será nunca Bernabéu</strong>. Don Santiago hubiera puesto a los dos pendencieros de patitas en la calle.</p><p>_________________</p><p><em><strong>Carlos López-Keller</strong></em><em> es abogado, especialista en derecho penal. No ha escrito ningún libro.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 25 May 2026 04:00:31 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carlos López-Keller]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Fútbol,Violencia,Justicia]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Una fe blaugrana]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/fe-blaugrana_1_2187390.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f55e94e2-8c2c-41cf-a6bb-3e714b9e8b15_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una fe blaugrana"></p><p>Yo me sentaba en la banqueta de ordeño. Detrás de la barra. El suelo estaba lleno de cáscaras de cacahuetes y colillas. En la taberna los hombres (solo entraba alguna mujer a esa hora a por aceite o una hoja de bacalao) juraban en arameo, que si Guruceta, que si Amancio, que si los putos catalanes. Todo olía al vino ácido del país como si un enano verde hubiera vomitado en el suelo. Y mi abuela aplaudía, aplaudía a Sadurní, Rifé, Gallego, Eladio, <strong>aquel Barça chungo, de entreguerras</strong>, con las medias caídas, que a principios de los setenta ganaba de vez en cuando la Copa de Ferias. Pero a mi abuela, republicana (se lo tenía muy calladito por la pareja de la Benemérita que venía a ver el partido con el arma y las ruanas), le tiraba el blaugrana y yo me hice del Barça porque era también la némesis del Real Madrid, el equipo de Santiago Bernabéu y del Generalísimo, a veces los confundo, deben ser los bigotes, la única manera de poder sentarme en la banqueta y llevar la contraria a casi todos, así que <strong>ahí estaba yo, barcelonista, republicano</strong>, comiendo cacahuetes del saco de arpillera.</p><p>Cuando se habla de fútbol y del <strong>periodo de la televisión en blanco y negro</strong> (con algún corte del suministro eléctrico si había temporal y había que encender las velas), se habla del franquismo y del claroscuro, de aquella España de la 1 y la 2 que se bebía todavía la dictadura con una copa de Veterano o, los más jóvenes, de Cointreau o Licor 43 antes de arrancar el Mirafiori camino de las salas de baile. A mí me daban una gaseosa La Pitusa y un puñado de manises, de vez en cuando un bocata de sardinas Escurís cuyo aceite se me escurría por los pantalones cuando Martí Filosia, Charly Rexach o Asensi, que me recordaba mucho al caballo de mi tío Serafín, estaban a punto de hacer gol, aunque fuera una ilusión óptica, otro desengaño. </p><p>Solíamos perder en Las Palmas, en Granada, en Amberes, hasta en Pontevedra perdimos aquella vez, aunque a veces le ganábamos al Madrid y ya salían en el Gol Nord las<strong> pancartas de </strong><em><strong>Aquest any sí</strong></em><strong>.</strong> Pero el <em>any</em> tardaba demasiado y la banqueta me quedaba ya pequeña, también Franco, cada vez más jibarizado, también los trenes, la televisión en color y la inmensa pena de pertenecer a un equipo perdedor, bonito sí (ahí quedaba el recuerdo de Kubala y Luisito Suárez), pero perdedor. El Barça era por entonces un equipo que parecía entrenado por Samuel Beckett: fracasaba mejor que ningún otro.</p><p>La pelota (la <em>pilota</em>) es <strong>recuperar la infancia perdida</strong>, el tiempo de juego, y todavía ahora me veo en la banqueta, la televisión como un altar sobre las latas de melocotones y los membrillos de Puente Genil, la bombilla vacilante, el matamoscas con su zumbido de silla eléctrica y Rexach, tan desgalichado como el resto del equipo, que de vez en cuando la mandaba a la Diagonal. No importaba. Éramos ya del Barça, republicanos y del Barça, apóstatas, y pasamos un largo periodo sin celebrar hasta que en esas llegó El Profeta y lo cambió todo. </p><p><strong>Por profeta me refiero a Johann Cruyff</strong>, el dios neerlandés, el hombre de la gabardina, el Nureyev que pisaba el área para demostrar que era un experto en artes marciales. Fue en agosto del 73. Me compré el <em>As </em>de color sepia, el <em>Sábado Gráfico</em>, el <em>Marca</em> que mi tío Manuel compraba en Vilagarcía de Arousa después de repartir la leche. A su lado un <em>sanchopanza</em> de la vida, El Cholo Sotil, porque <strong>hubo un </strong><em><strong>cholismo</strong></em><strong> antes de Simeone</strong>, un peruano que arrastraba el culo por el pasto como un cuy, pero que metía esos goles de deshollinador con el ombligo, con la rabadilla, esa anatomía que a veces tienen los goleadores cortos de estatura pero con hambre atrasada de una niñez miserable.</p><p>Inolvidables imágenes de Johan llegando al Prat, Johan con su esposa rubia sonriendo en el control de pasaportes con los picoletos de mostacho en la cabina revisando el pasaporte del hereje. Parecía que venían de vacaciones a Lloret de Mar. He oído decir muchas veces que con él cambió la historia, y es verdad, cambió para siempre la fisonomía de un equipo triste (todavía hoy hay un fatalismo crónico) que se convirtió en una escuadrilla de ataque como aquel Ajax inolvidable (para mí el mejor equipo de siempre) en el que las patillas de Neskeens eran un cambio de agujas en el medio campo, un John Deere moderno que dejaba como una patena el campo de alfalfa. </p><p>Neeskens, Cruyff, Rinus Michels... <strong>Nos hicimos holandeses</strong> y nos fue bien siendo de los Países Bajos, todos de color naranja, pura vitamina C, jugábamos al pie sobre la alfombra, gambeteábamos como liebres, importamos la táctica del fuera de juego, metíamos casi siempre un par de goles más que el contrario, incluso cuando jugábamos contra el Sabadell. Era comprensible que la defensa (‘Tarzán’ Migueli, Alexanco y compañía) se sintiera, tal como con Flick ahora mismo, siempre vendida con aquella recua de melenudos que iban al ritmo de los Rolling Stones y entendían que su mandato era pisar el área contraria, morder los travesaños de la portería. </p><p>Con Cruyff no ganamos en Europa hasta que se puso la gabardina y con el chupa chups en la boca vio cómo Ronald Koeman, otro holandés en esta historia neerlandesa, fulminaba a la Sampdoria con un libre directo que he visto repetido muchas más veces que el gol de Iniesta en el Mundial de Sudáfrica. Todo conduce al mismo punto: Koeman, Andrés Iniesta, <strong>La Masía, esa escuela de derviches </strong>que puso de moda en todo el mundo el control orientado, la conducción temeraria, el rondo del Ballet de Montecarlo, el olor a pasto mojado cuando el fútbol se viste el traje de gala y te pone “la gallina en la piel”, como decía El Profeta en su dislexia.</p><p>Al final Cruyff prefirió seguir fumando y jugando al golf fuera de los banquillos y probamos suerte con un señor inglés, Terry Venables, que escribía novelas policíacas y con el que perdimos (muy Barça) la final más absurda de la historia contra el Steaua de Bucarest en Sevilla. Todavía lloro y sigo teniendo pesadillas nocturnas con los bigotes suabos de Duckadam. </p><p>Pero algo debió sembrar Johan porque empezaron a surgir jugadores que ya eran entrenadores cuando jugaban, como Pep Guardiola, un iluminado que devolvió al Barça al <em>jogo bonito</em>, <strong>un </strong><em><strong>dream team</strong></em><strong> abusón por el control y la tiranía</strong> que ejercía sobre los rivales, cualquier que fuera el rival. Empezó perdiendo en Soria contra el Numancia, pero levantó dos Champions, tras el breve periodo de otro fumador empedernido que dirigía al Barça fiestero de Ronaldinho, Frank Rijkjaard (<em>You’ll Never Smoke Alone</em>). Es un equipo muy vicioso el Barça.</p><p>Tras el breve repaso al historial clínico, dejando a Maradona aparte porque Barcelona fue una escala venérea antes de su reencarnación napolitana, decir que <strong>la fe inconmovible de un </strong><em><strong>culer</strong></em><strong>, sienta mejor en el exilio</strong>, y si vives en Madrid es mucho más masoquista y placentera; Cibeles y Neptuno ya tienen dueño, Canaletas queda fuera de juego. Veo incluso los partidos del Barça en Sidney, Marrakech o Los Ángeles o cierta vez incluso en un crucero por cortesía del capitán, un croata que bebía los vientos por Iniesta. Hay dos cosas que no cambian en mi vida: la llamada de mi madre los domingos por la mañana y el Barça, aunque juegue contra el Barbastro, incluso a veces mi adicción crónica me ha llevado a seguir los entrenamientos por <em>streaming</em> y el túnel de collejas de algún reaparecido.</p><p>Cada vez se oye menos decir que el fútbol es “el opio del pueblo”. Pienso que <strong>no hay que desdeñar nunca ni al opio ni al pueblo</strong>. Y en el Barça la epifanía la encarnó Cruyff y creo que también influyó a aquella España de bostezos y sacristías, de Nadiuska y curas pedófilos. Fue en 1973, repito, cuando llegó El Profeta y a Franco no le temblaba el pulso con las sentencias de muerte pese al Parkinson. Pero algo cambió para siempre: con Cruyff nos liberamos del sistema carcelario y las mujeres metieron el sujetador en el bolsillo (<em>brass in the pocket</em>) como en la canción de los Pretenders. Una coincidencia astral: Gay Mercader trajo a los Rolling Stones por primera vez a la Monumental de Barcelona el 12 de junio de 1976; en mi subconsciente, que es colectivo, siempre conecto una cosa con otra, los Stones y Cruyff, alto voltaje en aquel país de bombillas de escasa potencia: <em>You Can’t Always Get What You Want.</em></p><p>La televisión también mutó pese a Laura Valenzuela y Joaquín Prat. Ya amanecía el color y pudimos ver (además de a Paloma Chamorro, <em>La Clave</em> y el gol de Koeman) el blaugrana tal como era, la publicidad de Banca Catalana en los fondos del Camp Nou y el logotipo de Meyba, tan <em>camp</em>, impreso en la camiseta de los jugadores. El pasto era tan verde como un sueño de ovejas eléctricas.</p><p><strong>El retrogusto del barcelonismo es de </strong><em><strong>amaretto</strong></em><strong> italiano</strong>. El suelo donde pisas siempre está sembrado de cáscaras de cacahuetes. Siempre estamos esperando la llegada del nuevo Profeta. Todavía mantenemos la fe. Ese chaval de Rocafonda, Mataró, 403, Lamine, apunta a derribar la escuadra si las <em>influencers </em>no le vuelan antes la cabeza. En Madrid le llaman “puto moro”, una manera de indicar que vamos por el buen camino.</p><p><em>*El último libro publicado por Ramón Reboiras es ‘El Chevrolet de Pessoa’ (La Umbría y La Solana, 2025).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 24 May 2026 04:01:12 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ramón Reboiras]]></author>
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      <title><![CDATA[Un Mundial para cínicos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/mundial-cinicos_1_2187385.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d178c837-01b5-44c1-97eb-910f4c15177e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un Mundial para cínicos"></p><p>El fútbol es <strong>el más político de los deportes</strong>, y la Copa del Mundo es el más político de los campeonatos de fútbol. Para los futboleros de ley, que contamos la vida no en años, sino en mundiales, esta ceremonia de cada cuatrienio es también una manera de leer la historia: una metáfora o cifra del momento político. La última Copa del Mundo nos dejó la final más bella de que tengo memoria –un partido que pareció diseñado para reclutar adeptos y desactivar escepticismos–, pero nos dejó también la evidencia insoslayable de la venalidad, la hipocresía y el cinismo de los dueños del negocio, que pusieron <strong>el fútbol al servicio de una autocracia </strong>donde la libertad no existe y los derechos humanos son un chiste de mal gusto. En realidad, aquello no tenía por qué sorprender a nadie: cuatro años antes, la Rusia de Putin había organizado la Copa del Mundo como si se tomara un recreo entre la anexión de Crimea y la invasión a Ucrania. En tiempos de Gianni Infantino, eso es la FIFA: una máquina grotesca de lavarles la cara a los regímenes más deplorables. </p><p>Sí, todos vimos lo que sucedió en Qatar: los obreros muertos en el intento de llegar a tiempo con la construcción de un estadio, los denunciantes silenciados o encarcelados, la censura implementada con la connivencia abierta de las autoridades internacionales. Abdullah Ibhais, director de comunicación del Mundial, decidió en algún momento <strong>rebelarse contra la inhumanidad ambiente</strong>, y habló de las condiciones de esclavismo en que trabajaban muchos y de botellas de plástico vacías de agua durante semanas y de las amenazas que recibían los trabajadores por llamar a la huelga. Su testimonio gustó poco al régimen: Ibhais pasó tres años en la cárcel sin que la FIFA moviera un dedo. Tampoco esto era digno de nuestra sorpresa, claro. Poco antes, cuando algunos capitanes de las selecciones mundiales anunciaron su intención de llevar en sus brazaletes los colores de la bandera gay en un país donde rige la <em>sharía</em> y la homosexualidad es delito, la FIFA respondió amenazándolos con sanciones. Algunos recordamos la carta abierta (y tan, pero tan boba) que Infantino les envió a los futbolistas: “No permitan que el fútbol se vea arrastrado a cada batalla política o ideológica que exista”. Si hay maneras más evidentes de no entender el fútbol, no las conozco. </p><p>Porque el fútbol es político y es ideológico, y la Copa del Mundo ha sido el escenario de esas batallas desde 1930: el fútbol, con perdón de Clausewitz, es la continuación de la política por otros medios. Lo ha sido siempre, para lo bueno y para lo malo, como defensa de causas más o menos legítimas o como maquillaje de monstruosidades de diverso cuño. No recuerdo quién dijo hace mucho tiempo que <strong>un hombre tiene menos ganas de matar a otro hombre en la guerra si antes ha jugado con o contra él</strong>, y no es imposible que la declaración se refiriera a ese partido de leyenda que los soldados alemanes y los ingleses disputaron en las trincheras de la Primera Guerra, allá por las navidades de 1914. Como se sabe, los altos mandos militares se opusieron a posteriores treguas, con fútbol o sin él, pues temían (con razón) que aquellos encuentros en tierra de nadie socavaran el ánimo guerrero. En otras palabras: que les quitaran a los hombres las ganas de matar. Ese episodio se nos ha convertido en símbolo de algo, pero falta saber con certeza de qué.</p><p>Pero no nos entusiasmemos demasiado. El problema con el fútbol, y su gran paradoja, es su <strong>falta de inocencia</strong>: por cada episodio de la historia en que un partido es una tregua, hay cien más en que un partido es alegoría o incluso combustible de la guerra. Alegoría: en 1986, cuando Maradona marcó un gol con la mano contra Inglaterra, no sólo fue autor de un gol tramposo y al mismo tiempo genial, sino de una reparación o venganza por la derrota argentina en Las Malvinas. Combustible: a finales de los años 60, tras décadas de conflictos no resueltos que tenían que ver con tierras cultivables, poblaciones inmigrantes, la persecución cometida por paramilitares hondureños –la infame <em>Mancha brava</em>– contra campesinos salvadoreños y otros cuantos ingredientes, los gobiernos de Honduras y El Salvador prefirieron irse a la guerra que lidiar con sus propios problemas internos, y el fútbol fue el subterfugio perfecto. Se disputaba la clasificación al Mundial de México 70; después tres partidos rocosos, El Salvador acabó clasificándose con un gol conseguido en tiempo de reposición. La crispación popular hizo lo suyo: agresiones, pedradas, declaraciones grandilocuentes, oportunismo político. Tras el último partido, los dos países rompieron relaciones diplomáticas. La guerra estalló el 14 de julio; terminó cuatro días y unos seis mil muertos después. </p><p>De manera que no, señor Infantino: <strong>al fútbol no se le puede pedir que se mantenga al margen de las batallas ideológicas o políticas</strong>, porque ellas forman parte de su naturaleza. Pedirle a un futbolista o a un equipo que no intervenga en política es ignorante y además absurdo, pues el fútbol siempre ha sido escenario de todas nuestras tensiones sociales. En la Bombonera de Buenos Aires los hinchas cantaban esas palabras que ahora se oyen sólo a veces: “Boca y Perón, un solo corazón”. Yo tengo en la retina la foto en que Johann Cruyff se enfrenta a un policía franquista para discutir su expulsión arbitraria contra el Málaga en 1975 [<a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/fe-blaugrana_1_2187390.html" target="_blank">véase 'Una fe blaugrana' en TintaLibre</a>], como si España entera no se diera cuenta de que allí <strong>se discutía mucho más que una expulsión</strong> arbitraria. Ha pasado más de medio siglo desde esa foto, pero no se puede decir que las cosas hayan cambiado. Hace un par de días Lamine Yamal, que supera apenas la mayoría de edad, puso el reflector sobre los racistas que gritaban sus bellaquerías contra los musulmanes de la selección egipcia. La ocasión fue uno de esos partidos que llamamos <em>amistosos</em> aunque sepamos que ese adjetivo no es realmente posible en el fútbol de selecciones: no por las selecciones, sino por lo que los hinchas proyectan sobre ellas. El de Lamine fue un gesto político, profundamente político, de un muchacho que acaso no haya votado por primera vez, pero que sabe para qué sirve el escenario más visible del mundo. </p><p>“Dejen que el fútbol ocupe el escenario”, decía Infantino en otra parte de aquella carta, justo antes de pedirles a los futbolistas que no participaran en batallas políticas o ideológicas. Cínico Infantino: mientras redactaba o dictaba esas palabras, estaba llevando a cabo sus propias batallas políticas, que consistían en el lavado de imagen de los regímenes políticamente más tóxicos, pero económicamente más atractivos. Fue tan repugnante lo de Qatar que un neologismo inglés, <em>sportswashing</em>, comenzó a aparecer en nuestras conversaciones, y algunos llegaron tal vez a creer que, como la palabra era nueva, lo que nombraba era nuevo también. Pues bien, no lo es: la tradición viene de lejos. El <strong>fútbol ya era material de propaganda en la segunda Copa del Mundo</strong>, que se celebró en la Italia de Mussolini con estadios nuevos de arquitectura fascista y con un afiche promocional diseñado por el futurista Marinetti, y Mussolini se metió tanto en el asunto que inventó un trofeo propio, la Coppa del Duce, para entregar a los ganadores junto con el trofeo principal. Y no tengo que hablar, supongo, del Mundial de 1978 en la Argentina de Videla, cuando un equipo de fantasía –Fillol, Ardiles, Kempes, Bertoni– recibió una ayuda indirecta e invisible, pero también incontestable, de la dictadura militar. </p><p>La próxima Copa del Mundo no será la excepción a las manipulaciones políticas. Tendrá lugar, por primera vez, en tres países distintos, dos de los cuales no tienen ninguna tradición futbolística y uno de los cuales está intentando ahora mismo incendiar el mundo que comparte con los otros. Lo de la tradición nos importa más de lo que debería a los futboleros, y es difícil explicar al profano la importancia que tiene para un país creyente ser anfitrión de esta fiesta; pero lo que está en juego ahora va más allá de esas supersticiones. Tiene que ver con la obscenidad de que los Estados Unidos de Trump –cuyo gobierno persigue a los inmigrantes, separa a sus familias y encarcela a sus hijos menores, y cuyas agencias se han convertido en milicias paramilitares que secuestran y asesinan a la vista de todos– sean anfitriones de un encuentro que es popular sobre todo entre los inmigrantes. A mí no me queda inocencia suficiente para creer que el ICE no buscará a los inmigrantes para arrestarlos en los estadios: y así veremos los partidos de una Copa del Mundo convertidos en trampas, sí, en ratoneras para los hombres y mujeres a los que Trump llamó “plaga”, a los que acusó de “envenenar la sangre” de Estados Unidos. <strong>Trump ha destruido ya las vidas de miles de latinoamericanos </strong>en su cruzada xenófoba; por otra parte, ahora mismo no puedo saber qué consecuencias tendrá su guerra ilegal con Irán, ni qué forma tomarán la violencia y el caos provocados por Trump en los partidos de esta Copa del Mundo. Pero recuerdo el trofeo que se inventó Infantino para regalarle a Trump, ese Premio de la Paz, y no puedo no pensar en Mussolini. Los parecidos son más que una mera coincidencia.</p><p><em>*Juan Gabriel Vásquez es escritor. Su último libro es la recopilación de artículos ‘Esto ha sucedido’ (Alfaguara, 2026).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 May 2026 19:36:56 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Gabriel Vásquez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un Mundial para cínicos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA["Yo por eso rescato gatos y no compañías aéreas", las redes valoran la imputación de Zapatero]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/humor/tuitometro/rescato-gatos-no-companias-aereas-redes-valoran-imputacion-zapatero_1_2197455.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1f5fe2d4-067c-4aba-a86d-0fbeafefc334_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt=""Yo por eso rescato gatos y no compañías aéreas", las redes valoran la imputación de Zapatero"></p><p>La actualidad de las noticias dura un suspiro y, como prueba de ello, tenemos esta semana. La resaca electoral del lunes fue arrasada por completo el martes con <a href="https://www.infolibre.es/temas/jose-luis-rodriguez-zapatero/" target="_blank">la imputación de José Luis Rodríguez Zapatero</a>. </p><p>El tema ha levantado ampollas, y<strong> los usuarios de X y Bluesky se han posicionado </strong>echando mano, unos, de la ironía y, otros, de la decepción para valorar la situación. Todavía quedan muchas cosas por aclarar de este caso, pero las redes ya han explotado y esto es lo que han comentado sobre el asunto: "Si se hiciera llamar Jota Punto Ele Punto habría sido imposible imputarle", ironiza @prendente.bsky.social, "Ya hay más expresidentes delincuentes que imputados", critica @chemapizca, "Yo por eso rescato gatos y no compañías aéreas", apunta @DonMitxel_I.</p><p>La <a href="https://www.infolibre.es/politica/pp-queda-atrapado-lio-pactos-vox-fracaso-via-moreno_1_2194513.html" target="_blank">victoria electoral de Juanma Moreno</a>, aunque ha quedado en segundo plano, también ha dado de sí para que los más graciosos de internet hagan de las suyas <strong>mofándose de su pérdida de mayoría absoluta</strong> y criticando que la población de su comunidad autónoma lo haya elegido como presidente. “A veces me apetece criticar a los andaluces por votar a quienes les están jodiendo la vida. Luego recuerdo que soy madrileño y se me pasa”, reflexiona @BenderOfuscado.</p><p>Lo <strong>de Marcos Llorente y el protector solar </strong>en<em> El Hormiguero</em> ha sido, básicamente, un derbi entre la ciencia dermatológica y el "yo lo siento así". Durante el programa, el futbolista volvió a defender su postura de no usar crema para el sol. Pablo Motos le preguntó si no era peligroso ir contra lo que dicen dermatólogos y oncólogos, y respondió que él tiene una "relación coherente con el sol" y que hay profesionales que defienden ese estilo de vida. <a href="https://www.infolibre.es/opinion/humor/tuitometro/" target="_blank">Las respuestas en redes no tienen desperdicio</a>. "Qué peligroso es sacar en<em> prime time</em> a un magufo diciendo tal sarta de gilipolleces", valora @ibuprofeno600mg, "Le dais altavoz a un analfabeto con un discurso peligroso. Sois unos irresponsables sin escrúpulos", puntualiza @laCATxonda.</p><p>No te pierdas cada semana lo más destacado de las redes sociales resumido en nuestro tuitómetro.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 22 May 2026 13:31:34 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Raquel Valdeolivas]]></author>
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      <media:title><![CDATA["Yo por eso rescato gatos y no compañías aéreas", las redes valoran la imputación de Zapatero]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Messi y la pandereta]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/messi-pandereta_1_2187388.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b3cb897e-d6e3-4586-8511-a4c277b4ae75_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Messi y la pandereta"></p><p>Vuelvo a verlo, una vez más. Es un <a href="https://www.youtube.com/shorts/F_Mw2rFXxaU" target="_blank">vídeo viral de 2019</a> pero ha tenido un recorrido más largo de lo habitual. Un músico de Puerto Rico toca una pandereta a una velocidad de vértigo. Algo detrás de él, medio ensombrecido, perfilada la barba con aires de poeta decimonónico, <strong>Lionel Messi trata de encontrar el ritmo</strong> en alguna parte. Su cuerpo permanece rígido mientras no sabe dónde mirar. En ocasiones busca al músico, en otras se detiene en el pandero boricua; sea como sea, <strong>una súplica de ayuda</strong> late en cada uno de sus gestos. Messi mueve la cabeza como la movía el perro que mi padre tenía sobre el salpicadero de su Renault 21. Son apenas diez segundos, un <em>reel</em> rápido, suficientes para contemplar a Messi como el hombre absurdo condenado a decir sí.</p><p>El jueves 5 de marzo de este año volví a ver este vídeo en su<strong> versión extendida, mejorada </strong>y con comentarios del director. Lionel Messi visitaba la Casa Blanca por primera vez. Su equipo, el Inter de Miami, había sido invitado como vigente campeón de la liga de fútbol de Canadá y Estados Unidos, la Major League Soccer (MLS). Una semana después del comienzo de los bombardeos sobre Irán, Messi estaba ahí. <strong>Donald Trump</strong> lo esperaba con los brazos abiertos. La puesta en escena era la de las grandes ocasiones. La fanfarria con los sones de <em>Hail to the Chief</em> anuncia la llegada al Salón Este de la Casa Blanca del presidente de los Estados Unidos, flanqueado a su derecha por Jorge Mas, dueño del Inter de Miami, y a su izquierda por Lionel Messi, un paso por detrás y con la cabeza gacha [véase la foto que acompaña a este texto]. </p><p>No falta nadie. Tan sólo David Beckham, copropietario y cara bonita del equipo, se ha permitido el lujo de ausentarse. Por ahí rondan Marco Rubio y toda la <em>troupe</em> de Miami, junto al tradicional <strong>coro de palmeros</strong>. Trump comienza su discurso, por llamarlo de alguna manera. Detrás suyo, la plantilla de los campeones. Sin tregua, arranca a hablar de sus “maravillosos socios israelíes”, del “aparato militar más importante del mundo” y de variopintas mutilaciones en Teherán. En segundo plano, más que visible, entrelazadas las manos al frente, Messi baja la vista, mira al vacío. Dicen que no sabe inglés, pero entiende cada una de las palabras de Trump. Algo más que incómodo, frunce el ceño, se balancea. <strong>Leo vuelve a ser el perro en el salpicadero </strong>del coche de mi padre. No puede dejar de estar ahí. Quiere huir, aunque afirma. Trump prosigue su delirio con las bondades de Delcy Rodríguez y las amenazas de invasión a Cuba. Pasan ocho minutos para que el presidente comience a hablar de fútbol, en un batiburrillo donde se confunden el Cosmos de Pelé, su hijo Barron, Cristiano Ronaldo y los Yankees de Nueva York. </p><p>Lo conozco bien y creo que no he visto sufrir tanto a Messi como en esos más de veinte minutos de monólogo interior-exterior de Donald Trump. Mucho más cómodo entre los tacos de Pepe y Sergio Ramos, sin duda. ¿Pudo evitarse estar ahí? Quizá. Siempre se ha dicho que Messi ha logrado <strong>sortear el uso populista de su imagen </strong>por parte de la clase política, desde los años de Barcelona, sobre todo en tiempos del procés, a los vaivenes de Argentina entre Cristina Fernández de Kirchner y Javier Milei. Incluso rechazó la invitación de Joe Biden, en los últimos días de su mandato, para recibir la Medalla de la Libertad, máximo honor civil del país. Pero, esta vez, parece que el futbolista no pudo o no quiso negarse a la cordial invitación. Por un lado, Jorge Mas, el propietario principal de su equipo, pertenece a esa élite de cubanos de Miami, hijos del exilio, que pone ojitos cada vez que Trump menciona la palabra invasión. Y, por otro, en año de Mundial en Estados Unidos, ¿cómo renunciar al piscolabis del anfitrión? Muchos seguidores de Leo se sintieron traicionados, invocaron incluso la coherencia del genuino populista <strong>Diego Armando Maradona</strong>. El propio Messi, se diría que avergonzado, ocultó la visita a la Casa Blanca en sus redes sociales, al contrario de lo que hizo Cristiano Ronaldo sólo unos meses atrás. Ahora bien, no debemos ver el encuentro entre Donald Trump y Lionel Messi como un acto clásico de propaganda, sino como un gesto de paz. Litúrgico, ecuménico y futbolístico.</p><p>Es fácil pensar que el presidente de los Estados Unidos escogió <strong>recibir al mejor futbolista del mundo</strong> en plena escalada bélica. No caigan en el reduccionismo. Lo cierto es que Trump invitó al jugador argentino en su condición de actual Premio FIFA de la Paz. No lean esto como un oxímoron, ni sean malintencionados. En efecto, primer Premio FIFA de la Paz. Un galardón que Donald J. Trump recibió durante el sorteo del Mundial 2026 de manos de su amigo y presidente de la FIFA, Gianni Infantino. La relación entre estos dos personajes haría levantar a Freud y Propp de la tumba. El clásico matón de escuela y su servil lacayo. Un patrón narrativo que nos ayudaron a fijar las películas adolescentes de la década de los 80. A muchos nos resultaba imposible pensar que la FIFA pudiera caer más bajo tras los mandatos del fascista João Havelange y el cleptómano Joseph Blatter, pero el bueno de Gianni lo ha conseguido con creces. Cuando la corrupción casi es inherente a tu cargo, apenas se trataba de aparentar una mínima dignidad. El suizo Infantino llegó a la presidencia de la FIFA en 2016 con una ridícula pátina progresista que en estos diez años se ha disuelto en una ciénaga de autoritarismo, servilismo y modélica ejecución de <em>sportswashing</em>. </p><p><strong>Gianni Infantino ha entregado la FIFA y el Mundial 2026 a Donald Trump</strong> como el más lujoso de sus diamantes. La alianza entre estos dos sujetos ha dado lugar a un gobierno futbolístico al que podríamos dar el nombre de <em><strong>Trumpantinato</strong></em>. Tan ridículo el nombre como los personajes. Dos trileros al mando de un imperio decadente y de una organización sin ánimo de lucro, no es sarcasmo, conformada por 211 federaciones nacionales. El <em>Trumpantinato</em> es entregar plenos poderes a tu colega, consagrar una distopía dorada seguida por miles de millones de personas, vender las entradas más caras de la historia, imponer a Arabia Saudí como sede del Mundial 2034, no imponer jamás sanciones a ese otro amigo común y, en definitiva, compartir unos ingresos que se espera vayan más allá de los diez mil millones de euros. A cambio, entre otras prebendas, el multimillonario compensó a Gianni entregándole <strong>una silla en su llamada Junta de Paz</strong>. ¿Ven como siempre terminamos hablando de paz? Ahí estaba Infantino con una gorra roja de USA, clásico modelo MAGA, como paradigma del tonto útil, sentado justo delante de Javier Milei y Viktor Orbán, lo cual es ser muy tonto y también muy útil.    </p><p>Porque, en efecto, <strong>el fútbol es paz</strong>. Así nos lo demuestra la historia de los mundiales. Un pequeño repaso a un acto tan aparentemente trivial como el discurso de inauguración nos pone sobre la pista. El mejor ejemplo se dio en Argentina en 1978. Durante su proclama, el teniente general <strong>Jorge Rafael Videla</strong>, “Excelentísimo señor presidente de la Nación”, mencionó en cinco ocasiones dicha palabra y puso de relieve “esa paz dentro de cuyo marco el hombre pueda realizarse plenamente como persona con dignidad y en libertad”. Un poco más cerca en el tiempo, pero con un espíritu semejante, <strong>Vladímir Putin</strong> dio arranque al Mundial de 2018 ensalzando la unidad que permite “el fortalecimiento de la paz y el entendimiento entre los pueblos”. </p><p>Las muestras son múltiples, inagotables. De una u otra manera, la paz siempre ha estado ahí. En la Italia de 1934 o en la paloma echada a volar desde el centro del Camp Nou en 1982. Y allí donde la paz no se ha colado en las palabras de bienvenida, ha sido para abrir espacio a otros valores arraigados en la tradición local. En la última Copa del Mundo, en 2022, el emir de Qatar, <strong>Tamim Bin Hamad Al Thani</strong>, animó a dejar de lado las diferencias para “celebrar la diversidad”. ¿Será este Mundial de Estados Unidos, Canadá y México un mundial de paz? No cabe duda. Donald y Gianni se siguen esforzando para que así sea. ¿Cuántas veces pronunciará Trump durante este mes y pico la susodicha palabra? Hagan sus apuestas, deportivas, por supuesto. ¿Con la medalla del premio Nobel de la Paz ya en su poder, compensará el presidente a María Corina con la Bota de Oro del torneo? </p><p>Hasta llegar aquí, hasta este desborde de codicia y estupidez encarnado en la FIFA, el fútbol ha recorrido un largo camino de ida y vuelta. No está de más recordarlo. Sin tener en cuenta sus precedentes, el fútbol nace y se consolida en<strong> tiempos de capitalismo industrial</strong> ligado a la élite de las <em>public schools</em> inglesas. Tras la creación de la primera asociación de fútbol en 1863, no tardará en irrumpir la disputa entre el amateurismo y el profesionalismo. O, lo que es lo mismo, entre quienes podían jugar sin cobrar y quienes necesitaban cobrar para seguir haciéndolo. Este debate precede al desarrollo del<strong> fútbol como fenómeno de masas dentro del capitalismo financiero</strong> en las primeras décadas del siglo XX. Hablamos de su expansión como deporte más popular del planeta, sin más, identificado de manera general con las clases trabajadoras ¿Y dónde nos encontramos ahora? Son muchos los que hablan de un regreso a aquellos primeros años de partidos entre Eton y Winchester, apenas nos toca cambiar el nombre de los <em>college</em> por cualquier fondo de inversión saudí o estadounidense. En tiempos de turbocapitalismo, el fútbol ofrece capital real, simbólico y un constante ejercicio de <em>soft power</em>. Ya no se trata sólo de su uso político, nos hemos acostumbrado también a la futbolización de la política ¿Y dónde queda el aficionado en todo esto? A fin de cuentas, ¿es necesario el aficionado?</p><p>Voy a recurrir al menos futbolero de los escritores argentinos y autor de una de las frases más populistas, en todos los sentidos, de la historia del deporte: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”. La pronunció <strong>Jorge Luis Borges</strong>, capaz de perdonarle todo a su querida Inglaterra menos que hubiera llenado el mundo de “juegos estúpidos”. A pesar de ello, junto a su amigo Adolfo Bioy Casares, escribió un relato de temática futbolística, una parábola incluida en el libro <em>Crónicas de Bustos Domecq</em> (1967). Con el título de <em>Esse est percipi</em>, los autores juegan con la filosofía idealista de Berkeley para llevarnos a un mundo donde los encuentros se dirimen tan sólo en la imaginación de los locutores: “El último partido de fútbol se jugó en esta capital el día 24 de junio del 37. Desde aquel preciso momento, el fútbol, al igual que la vasta gama de los deportes, es un género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el <em>cameraman</em>”. Estadios vacíos, rentabilidad inmediata, hinchas que consumen insaciables un relato tramado de antemano, en definitiva, el sueño húmedo de cualquier propietario actual. El objetivo ya no es que la PlayStation se parezca al fútbol, sino que el fútbol sea una copia certificada de la Play. La pandemia nos mostró que era factible, la conversión del aficionado en cliente evidencia que quizá sólo es una cuestión de tiempo.  </p><p>El próximo Mundial será un evento monstruoso donde por primera vez participarán 48 selecciones. Confieso mi agotamiento ante el exceso. Crecí viendo fútbol como un ritual cíclico, al modo de Mircea Eliade y <em>Estudio Estadio</em>, que se reproducía en determinados días de la semana. Organizo mi memoria por los cuatro años que van de un mundial a otro. <strong>El fútbol ha pasado a jugarse todos los días, a todas horas</strong>. No está permitido el tiempo de la espera, de la expectativa. La voracidad de las élites nos maltrata y expulsa, pero, después de todo, seguimos ahí. No quiero ver a Donald y Gianni juntos de la mano, pero no puedo evitar recordar que ahora Qatar es, para mí, para tantos, el país en el que Messi levantó la Copa del Mundo. Dirán la paz, es obvio. Será obsceno, grotesco y agotador. Quisiera negarme, pero afirmo de nuevo como el perro sobre el salpicadero del coche de mi padre, como Leo en el Salón Este de la Casa Blanca. Veré el Mundial, sí, encadenado a todas las contradicciones del mundo. Buscaré el juego, sea donde sea. No quiero estar ahí, pero estaré. La pandereta sigue sonando.  </p><p><em>*David García Cames es periodista y profesor de Literatura. Autor de ‘La jugada de todos los tiempos’ (2018), ‘Kafka en Maracaná’ (2020) y ‘Gambetas entre un discípulo de Bolaño y un fanático de D10S’ (2023).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 May 2026 18:14:11 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[David García Cames]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Messi y la pandereta]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol,Estados Unidos]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Con el niño en el diván]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/nino-divan_1_2187383.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f11b743f-824e-494e-aacc-195127d2e86c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Con el niño en el diván"></p><p><em><strong>1. Vestuario</strong></em></p><p>Si dijo Javier Marías que el fútbol es la recuperación semanal de la infancia, vayamos al origen de la cuestión. No a la recuperación semanal –no el sucedáneo, no el remedo, no el placebo– sino a la infancia. Qué pasó allí. </p><p>Qué traumas. </p><p>Qué sueños. </p><p>Qué emoción. </p><p>Por qué el fútbol una y otra vez. Adorado y después rechazado. Ignorado y luego añorado. Reconstruido desde la razón algo que no escapa al corazón. </p><p>Qué pasó en la infancia. </p><p>Sentémonos en el diván. Juguemos. Pero sin botas ni medias. Juguemos con los pies desnudos. Sintiendo de verdad los pies en el suelo de una vida, la niñez. Oyendo, aislada, esa misma melodía que va y viene y luego se esconde y al cabo vuelve a reaparecer en el ciclo interminablemente finito que es la vida. </p><p>Por qué esa melodía. <strong>Por qué el fútbol</strong>. </p><p>He querido saber, pero no he sabido.</p><p><em><strong>2. Primer tiempo</strong></em></p><p>No tenía por qué haber sucedido así, pero sucedió. </p><p>A mi padre le gustaba la <em>pilota valenciana</em> y el recuerdo de las corridas de toros que habían quedado en su retrovisor de soltero; el fútbol le era ajeno. Con mi madre no iban los deportes. </p><p>Vivíamos en un pueblo pequeño, muy pequeño, de las comarcas centrales valencianas. Al final de los años ochenta lo normal allí era ser del Valencia de Lubo Penev, Quique Sánchez Flores y Ochotorena. Sin embargo, hubo un tío, padrino mío y sin hijos, que nos hizo del Barça a los tres hermanos. Digo nos hizo porque no tengo conciencia de haber decidido al respecto. </p><p>Nada de Kierkegaard y esa angustia que produce el vértigo de la libertad. Nada del miedo –el temor paralizante– que provoca la capacidad absoluta de elegir entre una infinidad de posibilidades. No hubo abismo de sentirse libre y delegar, esclavo, tu destino. Tampoco hubo existencialismo que pesara en demasía sobre los hombros. Simplemente fue eso: que otro decidió por mí sin que yo me enterase de nada. </p><p>De lo que sí tengo conciencia es de las dos monedas de veinte duros. Una para la cocacola; la otra para el paquete de fritos. Porque uno no podía ir solo al bar Fany del Genovés a ver por Canal+ el último partido de Liga, con el sol inundando el Heliodoro Rodríguez de Tenerife, y no consumir nada. Eso no se podía hacer. Y eso me pasó a mí con siete y con ocho años. Dos años seguidos. Dos agónicos finales. Dos épicas improbables. Dos orgasmos sentimentales mucho antes del descubrimiento del amor o del placer onanista. Dos descargas de pasión inolvidables con una cocacola que duraba dos horas y una bolsa de Matutano racionada con austeridad franciscana. </p><p>A esas dos finales, la segunda liga y la tercera del <em>Dream Team</em> de Cruyff, le sucedería la última tabla del tríptico. La central. La del penalti de Djukic. Un monumento a la tragedia. No hubo Fany aquella noche. Vino el tío del Barça con un aparato descodificador del Canal+. Nosotros, familia numerosa, flipábamos. Mi tío lo conectó al televisor. Sacó una llave blanca. Dijo que era la llave de la pasión –sensacional campaña– y la metió en el aparato. El partido comenzó. <strong>Y lo veíamos sin achinar los ojos para descifrar las rayas grises y la nieve que veíamos los pobres con el transistor de fondo</strong>. Qué sensación aquella, la de sentirse rico. Total: que vimos el penalti. Aquel fallo hiperventilado de Djukic nos arrojó como bestias felices que gritaban y movían los brazos en alto contra el televisor. Echamos el aparato por el suelo. La señal se fue. Volvían las rayas y la nieve del toldo verde y la familia numerosa, pero qué más daba. Era el final del partido. El final de la Liga. El Barça había provocado el tercer orgasmo emocional en un momento tan único: los nueve años. Justo la noche del 14 de mayo de 1994. Y ahora, al buscar esa fecha y sentir un chispazo, me he levantado del sillón. Algo ha cruzado mi mente. Un presentimiento. Quizá una parte de la explicación que rebusco en este diván. Y necesitaba comprobarlo. Si hay que cavar hondo, utilicemos las armas investigadoras de la no ficción. Vayamos a los detalles. No inventemos. No improvisemos. No manipulemos en beneficio del relato redondo y coherente. Por suerte, he encontrado esa pegatina que buscaba. </p><p>Dice así: <em>Record de la meua Comunió. Francesc Cerdà i Arroyo. Parròquia Verge dels Dolors. El Genovés, 29 de maig de 1994. </em></p><p>Miradlo. Mirad a aquel niño. Han pasado quince días exactos desde el penalti de Djukic y esa cuarta liga de su Barça. El niño está ebrio de barcelonismo. Todo lo que le importa de la comunión no está en la oblea –¡no la mastiquéis!–, sino en la cama, entre los regalos. Unos días antes, una tía suya de sonrisa ancha y dientes separados le ha preguntado qué regalo quería para la comunión. Él no ha dudado: cuesta mil duros y lo ve cada mediodía en el quiosco del pueblo cuando va a comprarle el periódico a su padre y, en el camino de regreso a casa, en su primer contacto con el periodismo, va hojeando las páginas deportivas. Ese regalo tan anhelado es una caja con la camiseta del Barça. <strong>Lleva el 10 a la espalda y el nombre de Romàrio</strong>. La caja incluye pantalón corto y medias blaugranas. Ahora es suya. Y es alucinante verla sobre la cama. Nunca ha tenido una camiseta del Barça: un lujo para familias acomodadas. Las que van a restaurantes el día de su comunión. Por eso, cuando acabe la comunión y la banda del pueblo lo deje en casa desfilando en el pasacalle que reparte a todos los comuniantes casa por casa, el niño rápidamente se deshará del traje de marinero que le ha prestado un primo suyo y allí, en la habitación que tiene las sábanas del Barça, la colcha del Barça, los pósters del Barça, labufandaylabanderayelbalónfirmadoytodo del Barça, entonces el niño se vestirá del Barça. Parecía una comunión, pero es un bautismo: el ritual de esta liturgia pagana que es el fútbol. La camiseta es un sudario dispuesto para la pasión. Una reliquia de identidad y pertenencia. De identificación con los dioses venerados. Y ese niño ya tiene la suya. Su camiseta-sudario. Así aparece en todas las fotos del día de su comunión: camiseta de Romàrio, pantalón corto, medias blaugrana. He contado alguna vez lo feliz que parecía ese niño de las fotos, por fin con su camiseta del Barça. Pero había un detalle. Un pequeño detalle que engendraría un trauma. El nombre de Romàrio estaba enmarcado. Y las siluetas de Kappa eran triángulos blancos. Aquella camiseta era falsa. </p><p>El niño de las fotos ya nunca —nunca— tendría una camiseta oficial del Barça. Y de mayor, muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento de la adultez, aquel niño muerto en un cuerpo de adulto lo sublimaría comprando camisetas históricas. Hungría 54, DDR 74, Francia 84, Argentina 86, Alemania 90, Holanda 74, Holanda 83, Holanda 88, Holanda 2014. Muchas camisetas. Demasiadas, quizás. Pero nunca, jamás, la del Barça. En la carencia estaba la obsesión. Y la gracia. Cómo manchar el inalcanzable recuerdo de lo que pudo haber sido. </p><p>No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió. Sabina, sí. Y una camiseta auténtica para un niño enamorado del Barça que un día, a los doce años, se marchó para siempre y solo dejó unas huellas, el aura, algo parecido a un cerco.</p><p><em><strong>3. Segundo tiempo</strong></em></p><p>De niño me encantaban los cromos. Eso sí: nunca completé ninguna colección. Aún guardo los álbumes y una caja de puros con muchos cromos sueltos de los años noventa. A veces los regalo. A Javier Cercas le regalé el de Julio Salinas: otro heterodoxo, como él, nacido en el 62, como él, y criado en un lugar humilde antes de llegar a Catalunya, como él, y explotar a finales de siglo, como él. El caso es que los cromos me han hechizado desde los cinco años y aquel verano con el Mundial de Italia 90. No hay magdalena proustiana que iguale el olor a paquete nuevo de Panini. </p><p>Igual que la pasión por el fútbol fue sustituida por la del baloncesto, y luego por la <em>pilota valenciana</em>, y luego por el olimpismo, y después por la literatura deportiva de ciclismo, boxeo o montañismo, la pasión por los cromos de fútbol desapareció. O eso parecía. Porque la melodía, el maldito fútbol y sus aledaños, siempre vuelve cuando menos la esperas. </p><p>Hubo un Mundial –el anterior– en el que algo extraño ocurrió. <strong>Me obsesioné con los cromos</strong>. ¿Por qué? Lo veremos al dejar el diván. El caso es que me obsesioné. Los miraba compulsivamente. En Ebay, en Wallapop, en Todocolección. Pasaba la medianoche y ahí estaba yo: solo en el sofá mirando fotos de cromos. De cromos antiguos, claro. Un remedo o placebo, en cierto modo, con el que huir del asqueroso, hipercapitalista y desmemoriado fútbol contemporáneo. Y no sabría decir cómo, pero brotó una idea bizarra. Soñé con reunir los cromos de todas las selecciones campeonas de los mundiales de fútbol desde que Panini inició la serie. Eran 14 mundiales: desde México 70 hasta Qatar 22. Unos 250 cromos. Y me puse manos a la obra. A perseguir cromo a cromo. </p><p>Una noche me acostaba tarde rastreando el cromo de Romario en el Mundial del 94. Otro día ganaba una subasta por el cromo de Mbappé en el Mundial de Rusia. Así empecé a recibir sobres llegados de Francia, de Italia, de Alemania y de muchos rincones de España. Ahí estaban Pelé, Cruyff, Kempes, Rossi. Ahí estaban, congelados en el tiempo, Maradona, Klinsmann, Zidane, Iniesta. </p><p>La búsqueda era apasionante. Escrutaba las fotos. Inspeccionaba las imágenes. Quería que los cromos no tuvieran esquinas dañadas. Nada de cromos recortados. Los quería intactos. Relucientes. Como si el tiempo se hubiera detenido para ese cromo y su comprador.</p><p>Cuando me di cuenta ya solo me quedaba uno para completar la colección. Un solo cromo: el escudo de Francia 98. ¿Es mucho gastar 20 euros en un cromo? ¿Tiene precio, o lógica, una ilusión? El caso, claro, es que lo compré. Y entonces sucedió algo raro. Digno de diván. Cuando llegó de Italia el sobre con el último cromo, de repente me di cuenta de que aquello era el fin. Ningún cromo, ninguna colección completa, iba a igualar la pasión sostenida que había movido la búsqueda de aquellas 250 pegatinas. </p><p>Hoy abro mi álbum de tapas azules. Hay un hueco en el mundial del 98. Y al final de todo, un sobre postal con siete sellos italianos. Aún continúa sin abrir. Tal vez porque encierra aquello que un día fue y luego se fue. Lo que uno tiene miedo de abrir y no encontrar. ¿La infancia? No exactamente. </p><p><em><strong>4. Tiempo de descuento</strong></em></p><p>Uno sueña con ser futbolista. Uno sueña con jugar en la selección. Uno sueña con marcar un gol decisivo. Uno sueña caminos de la tarde con el <em>Carrusel</em> de fondo. Uno, de repente, deja de soñar y en el corazón queda la espina de una pasión. Ya la tarde cayendo estaba. Pero la hora de aquel sueño llegó. </p><p>Un día me convocaron a la Selección española de escritores. Se disputaba en Berlín la primera Eurocopa de escritores. Ocho países con sus novelistas, poetas y ensayistas pugnando sobre el césped por una copa. Y tú allí, veinte años después de haber jugado tu último partido de fútbol. Tú allí, con la camiseta —la camiseta oficial de España— que lleva el escudo y la estrella de campeona mundial. Tú allí, sobre el césped. Con el número 4. Con toda la épica leída, vivida y soñada, compitiendo en el cerebro contra el miedo a hacer el ridículo y el temor a lesionarte en el calentamiento y que eso impida el ansiado debú.</p><p>El equipo –La Cervantina– pasa de ronda, supera los cuartos y, en el partido de semifinales contra Francia, un balón llega al área y tú rematas con el muslo. El balón entra. Es gol. <strong>Has metido a España en la final de la Eurocopa</strong>. El muslo de dios. Corres por todo el campo con los brazos abiertos y mirando al cielo, como Tardelli en la final del Mundial 82. Es inexplicable la alegría. Un éxtasis puro. Sin sombra ni noche. Todo luz. </p><p>Contaban los místicos, sobre el arrobamiento, que era un trance extraordinario de unión profunda con dios. Un instante que mantenía el alma suspendida. Un momento de paz y revelación. </p><p>Quita dios. Pon niño. Mejor: pon despreocupación. </p><p>Creo que eso era el fútbol en el Fany, con la cocacola caliente y unos dedos sabor a barbacoa. Creo que eso ansía el adulto que rastrea cromos de madrugada y compra camisetas históricas con la ilusión menguada. Creo que eso es el fútbol: el regreso imposible a la despreocupación.</p><p><em>*Paco Cerdà es periodista y escritor. Su último libro es ‘Presentes’, Premio Nacional de Narrativa. Escribe en ‘El País’.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 17 May 2026 04:01:24 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Paco Cerdà]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Con el niño en el diván]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Un refugio cuando dan agua]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/refugio-dan-agua_1_2186153.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0683438e-58f7-45e1-9761-179edb754e33_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un refugio cuando dan agua"></p><p><strong>Esa tarde daban</strong> <strong>agua, </strong>así que todas las pistas cubiertas estaban reservadas. Lo sensato habría sido desconvocar el partido de pádel, pero acabamos en uno de esos cubículos de cristal, como peces en deportivas, mirando al cielo del Sardinero. En Santander, la previsión del tiempo es una ciencia tan exacta como ver el futuro en las témporas, y si de repente cambia el viento, cambian también las nubes y hasta el color del cielo. Cuando alguien lanzó la primera bola, eso fue lo que pasó; con la puesta de sol, la tormenta se disipó tras una luz anaranjada. Poco después, empezaron a sonar los cánticos. </p><p>El estadio del Racing está a unos cien metros del centro deportivo. Habíamos sufrido el atasco y la imposibilidad de aparcar en una zona de la ciudad donde un día normal solo se escuchan las olas. <strong>Cuando hay partido, es como si subiera la marea y todo se junta: coches, peñas, pancartas, bufandas, banderas, incluso alguna bengala</strong>. A un lado de la pista donde peloteábamos, veíamos el gimnasio con gente en chándal haciendo sentadillas búlgaras o subidos a la elíptica, y al otro lado, el estadio con veinte mil gargantas entonando a la vez lo mismo; el <em>speaker </em>decía la alineación por megafonía y, a cada nombre del jugador, sonaba la ovación consiguiente. La emoción era pegajosa y empezamos a golpear la pelota como si supiéramos hacer una derecha cortada, como si fuéramos flexibles; aplaudimos también algunos nombres, vitoreamos. Esa tarde que iba a llover, todos habíamos salido de casa convocados por lo mismo, sin embargo, las voces del estadio transformaron el propósito del deporte en otra cosa. </p><p>¿Cómo afecta el fútbol a nuestro día a día? ¿En qué momento ha pasado de ser un entretenimiento a convertirse en una forma de pertenencia del lugar que habitamos? Lo que sucede con la afición del Racing de Santander no es una excepción, sino un ejemplo de un fenómeno global que afecta de manera concreta a cada población. No hay dos aficiones iguales, cada equipo tiene una historia singular escrita en la vitrina de sus éxitos y derrotas, y ahí, en esa singularidad, está su mayor fortaleza: aunque gol se cante igual en todos los idiomas y se celebre con la misma voracidad en los abrazos,<strong> cada equipo de fútbol es un ecosistema genuino</strong>.  </p><p>El deporte se alinea con valores como el esfuerzo, el compromiso, la superación; además, el cuidado del cuerpo se ha convertido en otra religión de nuestro siglo. Pero a estas alturas, el deporte ya no es solo un juego. Las grandes citas olímpicas se van convirtiendo cada ciclo en un reclamo de audiencias planetarias, como sucedió en los Juegos de Londres, que marcaron en 2016 el antes y el después de los espectadores conectados a las proezas de cada disciplina. Sin embargo, el fútbol y su negocio, que <em>a priori </em>poco tiene que ver con los ideales que impulsó Pierre de Coubertin, <strong>es la espina dorsal de un cuerpo social forjado en bares de barrio y carnets numerados de socios</strong>, en locales de peñas y en los cajones donde se guardan las bufandas heredadas del abuelo o de tu padre, para sacar cada domingo y seguir fabricando recuerdos juntos. </p><p>La filiación emocional al fútbol es hoy en día una forma de ser y participar del lugar en el que vives, y eso, además de una lucrativa ingeniería de <em>márketing</em>, está reformulando la idea de comunidad y transformando qué se entiende por un estadio y las actividades que a su alrededor se generan; desde festivales de literatura, cine y eventos solidarios, de inclusión o vinculados con el tercer sector, a conciertos multitudinarios o incluso centros dedicados a la investigación científica como el Innovation Hub del Barça. </p><p>Te guste o no el fútbol, <strong>lo que le sucede al equipo de tu ciudad, te sucede a ti tambié</strong>n. Y eso que el fútbol tiene mucho en contra. A pesar de la tendencia a romantizar este deporte, maneja cifras de negocio insultantes, alberga en sus gradas la actitud beligerante y retrógrada de ciertos grupos amparados por la pasión –y no solo en las hinchadas, sino en las gradas familiares de categorías inferiores–, idolatra personajes cuyo valor reside en ser habilidosos y, por tanto, su aportación a la sociedad es meramente estética; si a esto le sumas la saturación mediática que conlleva, al fútbol le deberían de sobrar varias escarapelas. Pero nada más lejos.</p><p><strong>Entre poetas y brechas</strong></p><p>“Decir que pagaron para ver a veintidós mercenarios dar patadas a un balón es como decir que un violín es madera y tripa”. Y no le faltaba razón al escritor británico John Boynton Priestley, a quien se le atribuye esta frase, a la vista de la narrativa emocional que está emergiendo desde los estadios hasta la calle de muchas ciudades del mundo. Porque el fútbol, con su aparente sencillez en forma y fondo, con su violencia y su griterío, su fuera de juego y sus tacos abriendo la frente de alguna cabeza, está devolviéndonos a <strong>un territorio social donde lo colectivo y lo comunitario han encontrado un refugio</strong>.</p><p>En un momento en el que la polarización es máxima, y que el algoritmo, las redes y algunos medios nos dan razones para separarnos o incluso odiarnos, <strong>el fútbol congrega en una misma bancada a aficionados de todos los estratos sociales, económicos e ideológicos</strong>, y esa transversalidad, tal y como están las cosas, es lo más parecido a un milagro. “En el fútbol, como en pocas cosas, los desconocidos se reconocen”, dice el escritor Eduardo Galeano. Y es verdad, en un estadio te encuentras con un fenómeno tribal, tan burdo y apasionante, tan rico y a la vez prosaico, que cabe preguntarse si en el fondo no estamos obviando algo crucial cuando nos ponemos de pie y cantamos el gol, abrazados a extraños, como si fuera un exorcismo colectivo. </p><p>¿Qué tiene el fútbol para generar estas afinidades? El periodismo, el cine y la literatura han ahondado en este misterio. De hecho, uno de los poemas más citados para quitar tosquedad y mugre al fútbol es la <em>Oda a Platko</em>, de Rafael Alberti. Lo escribió en el antiguo estadio del Sardinero, que estaba a escasos metros de donde estamos jugando con una pelota al pádel. En el fondo, eso es lo que hacía Alberti cuando lo escribió tras ver el partido entre el Barcelona y la Real Sociedad en 1928: jugar, como han hecho también después con sus textos Vila-Matas, Nick Hornby, Juan Villoro, Fontanarrosa, Albert Camus, y tantos otros; teclear como si fuera posible desvelar ese recóndito azar que hace entrar el balón y ganar el partido. O perderlo. O remontar lo inimaginado. Sin embargo, algo está cambiando. Mientras el relato del fútbol emérito se ha sostenido sobre los hombros de gigantes literarios, ahora son los aficionados con sus móviles y sus pulgares los que también escriben odas sobre las proezas cotidianas. El relato es de cada uno y lo comparte con una audiencia que suma <em>likes</em> y experiencias más allá de los 90 minutos, con la fe en que su mirada construya, narre y sume costuras a esas banderas que son algo más que un emblema deportivo.  </p><p>En 2005, Manuel Vázquez Montalbán publicó el ensayo <em>Fútbol. Una religión en busca de un Dios</em> en el que decía que los deportes se han convertido en un fenómeno de masas “porque han tenido divinidades prodigiosas capaces de convertirse en mitos contemporáneos”. Y añadía: “Los jugadores ya no son sacerdotes fundamentales, como tampoco los feligreses son los dueños de la iglesia: la llenan, pero el poder condicionante del dinero pasa por las exclusivas de televisión y la publicidad, esperamos un diseño en el que la emoción de la comunión de los santos será cada vez más teleconducida”. Veinte años después, la realidad ha tomado otro camino. Si de un lado se mantiene la advertencia del escritor catalán, como se ha visto con la celebración de la Supercopa de España en Arabia Saudí o el Mundial de Qatar, <strong>hay otro fútbol que reivindica su sentido familiar, un fútbol del tamaño de un cromo de Panini</strong>, de grada y apellido. Y cuando eso pasa, la pelota se convierte en una especie de metrónomo. </p><p><strong>Estribillo por la banda</strong></p><p>Las luces del gimnasio que tenemos al lado proyectan una claridad que vuelve nuestra pista de pádel más oscura; nos llega enlatada la música de dentro, la reverberación de los bajos que pretenden impulsar las repeticiones con las mancuernas. En el estadio, sin embargo, no hay sombra que valga cuando empiezan a cantar la <em>Fuente de Cacho</em>, una canción tradicional de la región que se ha convertido en himno del Racing. Detenemos el juego y con la pelota en la mano empezamos a cantar contagiados por lo mismo. En el cielo del estadio, las cuatro torres de luz son cañones que iluminan un escenario.  </p><p>A pesar de que la literatura se ha encargado de dotar de una lógica intelectual este fanatismo caudaloso, lo cierto es que cuando uno escucha lo que sube al cielo desde las gradas es posible creer que<strong> el fútbol es una forma colectiva de conectar</strong>, como sucede por ejemplo al escuchar música en directo: hay quien encuentra en la <em>Quinta Sinfonía</em> de Mahler el paraíso de su bienestar, el espejo que refleja su identidad y su aspiraciones; y lo mismo sucede en un concierto de Rosalía, donde la potencia vocal y sonora del espectáculo genera una experiencia física –y hasta onírica, para algunos–. Frente al monopolio de lo virtual, ¿acaso no tienen en común ambas experiencias el hecho de estar compartidas con las personas que lo están viendo y viviendo a la vez? </p><p>La hora de pista se acaba. Aliviados porque no ha llovido, recogemos las pelotas y guardamos las raquetas. La mía era prestada y no he vuelto a jugar al pádel, sin embargo, las voces que cantaban y animaban el partido eran el síntoma de un compromiso más allá de un plan puntual: me pregunto qué empuja a un individuo a formar parte de un grupo gregario, a compartir colores y formas de expresión día tras día, un lenguaje que lo define por encima de su propia individualidad. <strong>El sociólogo Pierre Bourdieu dice que no hay nada más social que el deporte. Y a la vista de las cifras, el fútbol va a la cabeza</strong>. Según los datos del Consejo Superior de Deportes, en 1992 –fecha de los Juegos Olímpicos en Barcelona, que cambiaron nuestra relación con el deporte en materia de inversión y profesionalización– en España había 429.040 licencias federativas de fútbol: en 2024, esa cifra se había triplicado hasta sumar 1.260.556 permisos. </p><p>Para el periodista Simon Kuper, el fútbol es una forma de contar historias sobre nosotros mismos, ¿pero qué dice de nosotros este relato ahora mismo? En una entrevista en la Fundación Botín, el máximo accionista del Racing, el matemático Sebastián Ceria, decía que el fútbol es uno de esos pocos lugares donde todavía se puede pensar en una idea de comunidad porque es una pasión que despierta un sentimiento de pertenencia: “En un mundo lleno de grietas y divisiones, en el que se trabajan los odios y las cosas que nos separan, <strong>el fútbol trabaja las cosas que nos unen</strong>, y ante la crisis de representación que sufre la sociedad contemporánea, hay que buscar lugares alternativos”. Y ese lugar, entre lo emocional y lo gregario, entre lo heredado y lo conquistado, es el estadio de fútbol. </p><p>Al lado del centro deportivo hay un bar donde todas las cabezas miran al televisor, que proyecta el partido que se está jugando a escasos metros. Si ganan, saben que la caja será mayor. La cocina está preparada para lo que viene después, porque hasta eso, hasta los platos y los turnos se adecuan al pitido final. </p><p><strong>Benedetti decía que un estadio de fútbol vacío es un esqueleto de multitud</strong>. Las bufandas ahora sirven para tapar las gargantas, los coches abandonan el recinto en un lento discurrir y se vuelven a escuchar las olas en esa zona de la ciudad. Los focos del estadio aún están encendidos, pero en el cielo que alumbran no hay nubes. Y eso que daban agua. </p><p><em>*Marta San Miguel es periodista y escritora. Autora de la novela ‘Antes del salto’ (Libros del Asteroide, 2022).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 16 May 2026 04:00:37 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta San Miguel]]></author>
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      <title><![CDATA[Un estudio advierte que jugadores y aficionados estarán en riesgo por calor extremo durante el Mundial]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/medioambiente/estudio-advierte-jugadores-aficionados-estaran-riesgo-calor-extremo-durante-mundial_1_2192747.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/66351081-1750-4c58-9aa1-91e936d88e63_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un estudio advierte que jugadores y aficionados estarán en riesgo por calor extremo durante el Mundial"></p><p>Una combinación de calor extremo y humedad pondrá en riesgo la salud de los jugadores y la afición durante el próximo Mundial de fútbol de Canadá, México y Estados Unidos, que comienza el 11 de junio. Según un estudio publicado este jueves, al menos una cuarta parte de los encuentros se disputarán en <strong>condiciones meteorológicas consideradas "inseguras" </strong>para un deporte de alta intensidad, y algunos de esos partidos –en principio, se estiman en cinco– tendrán lugar en condiciones de muy alto riesgo, con una sensación térmica equivalente a 38 ºC. El <a href="https://www.infolibre.es/temas/cambio-climatico/" target="_blank">cambio climático</a>, recoge el análisis, empeorará drásticamente las condiciones de juego.</p><p>El prestigioso equipo que lo ha elaborado, el World Weather Attribution, una coalición global de científicos, ha reclamado en una rueda de prensa, medidas preventivas para<strong> evitar sustos, como ataques al corazón o golpes de calor</strong>. Los autores advierten que los aficionados estarán expuestos a muchas horas de sol que se sumarán a la habitual combinación de alcohol, baja hidratación y poco descanso que caracteriza a este evento. Añaden que los jugadores procedentes de regiones frías probablemente tendrán un peor rendimiento en el campo debido al choque térmico y podrían sufrir problemas de salud.</p><p>El informe calcula la peligrosidad de cada partido teniendo en cuenta la combinación de altas temperaturas, elevada humedad, escaso viento y fuerte radiación solar. Esos cuatro parámetros combinados permiten calcular un índice llamado temperatura de bulbo húmedo (<em>Wet Bulb Globe Temperature</em>, o WBGT) para cada partido del Mundial. El WBGT se diferencia de la conocida como <a href="https://www.aemet.es/documentos/es/conocermas/montana/sensacion_termica/SensacionTermicaPorFrio-Calor-AEMET.pdf" target="_blank">sensación térmica</a> en que esta se mide a la sombra y solo tiene en cuenta la temperatura y la humedad.</p><p>Calcular<strong> la temperatura de bulbo es muy importante</strong> en lugares de elevada humedad porque <strong>representa el estrés térmico al que se somete el organismo</strong>, y es clave para medir el peligro al que se exponen personas que pasan mucho tiempo al sol o practican deporte. A medida que aumenta la humedad relativa del aire,<strong> el cuerpo humano pierde capacidad para sudar</strong> porque el aire se satura de agua, incrementando drásticamente la posibilidad de sufrir un golpe de calor.</p><p>A diferencia de la temperatura del aire seco que utilizamos en nuestro día a día –y que los humanos pueden soportar en niveles muy altos–, la WBGT tiene <a href="https://www.pnas.org/doi/10.1073/pnas.0913352107" target="_blank">un límite máximo de 35ºC</a>, según el consenso científico. A partir de ese nivel, cualquier persona, incluso un deportista con buena salud, sufre un golpe de calor y puede morir en cuestión de seis horas porque en esas condiciones el organismo llega a alcanzar temperaturas de 42-43 ºC. No obstante, para llegar a una temperatura de bulbo de 35 ºC haría falta, por ejemplo, que una ciudad registre 41 ºC de calor con un 75% de humedad, un escenario extremo.</p><p>En ningún caso se llegará a esos niveles durante el Mundial, pero sí se esperan umbrales de WBGT de riesgo en numerosos encuentros, especialmente en estadios del este y el suroeste de Estados Unidos, como <strong>Dallas, Houston, Atlanta, Nueva York y Kansas</strong>.</p><p>Teniendo en cuenta la fecha, hora y ubicación de cada uno de los 104 partidos del evento, los investigadores han calculado que <strong>se jugarán nueve partidos bajo una temperatura de bulbo superior a 26 ºC</strong>, el nivel a partir del cual se considera arriesgado jugar, según el sindicato internacional de futbolistas Fifpro. En esa cifra no se tienen en cuenta los enfrentamientos jugados en los estadios de Houston, Dallas y Atlanta porque estos tienen aire acondicionado, disminuyendo el peligro.</p><p>Si se incluyen también estos estadios, en total habrá 26 partidos de riesgo a lo largo del Mundial. Los autores destacan, en todo caso, que l<strong>as zonas exteriores de fans en ningún caso estarán refrigeradas</strong>. A lo largo del Mundial, también habrá <strong>al menos cinco partidos en los que la temperatura de bulbo superará previsiblemente los 28 ºC</strong>, una línea roja.</p><p>La organización Fifpro recoge que cuando la temperatura de bulbo supere los 26 ºC en un partido "deberían incluirse pausas de refresco. Por ejemplo, a los 30 minutos de cada parte". Mientras que cuando se superen los 28 ºC de bulbo, <strong>"debería retrasarse o posponerse el partido hasta que las condiciones para los jugadores, árbitros y fans sean seguras"</strong>. Estas advertencias contrastan con la normativa vigente de la Copa Mundial de la FIFA, que solo contempla el aplazamiento cuando la WBGT supera los 32 °C.</p><p>Chris Mullington, anestesista y profesor del Imperial College de Londres, explicó en la rueda de prensa de presentación del estudio que <strong>el índice de temperatura de bulbo será determinante en el Mundial de este año </strong>porque las condiciones serán especialmente duras.</p><p>"En la práctica, la temperatura de bulbo expresa la dificultad del cuerpo para enfriarse. Esto es importante porque los futbolistas generan grandes cantidades de calor metabólico a base de esprintar. Cuando los umbrales seguros se superan,<strong> las consecuencias son tanto de salud como de rendimiento</strong>", resumió Mullington.</p><p>El experto puso ejemplos históricos como el del corredor británico Jonny Brownlee, que tuvo que ser ayudado por un compañero en 2016 para alcanzar la meta durante una carrera en condiciones extremas de humedad en Cozumel (México).</p><p>En cuanto a los aficionados, el especialista advierte que el riesgo es todavía mayor. "<strong>Entre el público habrá gente muy joven y muy mayor</strong>, pueden tener problemas cardiovasculares o de riñones o pueden estar tomando medicamentos sensibles al estrés térmico", añade. </p><p>Joyce Kimutai, una de las autoras del estudio e investigadora del Centro de Política Medioambiental del Imperial College, subraya que este Mundial será 0,7 ºC más cálido de media que el último celebrado en Estados Unidos, en 1994. "Este cambio es atribuible al cambio climático antropogénico. Además <strong>calculamos que esta intensidad se incrementará en el futuro a medida que el planeta se caliente</strong>. Solo el fin de los combustibles fósiles puede prevenir esta escalada", subrayó en una llamada con periodistas. Para atenuar el impacto sobre la salud del evento, incidió en que hará falta poner toldos, zonas de hidratación y aire acondicionados en todas las instalaciones. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 May 2026 04:00:09 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Daniel Lara]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Un estudio advierte que jugadores y aficionados estarán en riesgo por calor extremo durante el Mundial]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Medioambiente,Cambio climático,Fútbol,Deportes,Salud]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[¿Se ha dejado de señalar al machismo? Florentino Pérez presume de impunidad tras sus comentarios misóginos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/igualdad/comentarios-florentino-perez-machismo-dejado-motivo-reproche_1_2192535.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a717f226-efc2-4d11-bd0c-c56aa5f58892_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Se ha dejado de señalar al machismo? Florentino Pérez presume de impunidad tras sus comentarios misóginos"></p><p>El presidente del Real Madrid, <a href="https://www.infolibre.es/temas/florentino-perez/" target="_blank">Florentino Pérez</a>, impartió este martes una clase magistral de cómo la misoginia y los sesgos machistas están todavía presentes en casi todos los espacios. Lo hizo en una rueda de prensa y ante decenas de periodistas. "Esto lo ha escrito una mujer que no sé si <strong>ni siquiera sabe de fútbol</strong>", lanzó refiriéndose a la periodista del diario <em>ABC</em> María José Fuenteálamo. A otra comunicadora, Lola Hernández, le concedió el micrófono así: "A ver, <strong>esa niña</strong>, también tiene derecho a hablar. Que todos vosotros sois muy feos". </p><p>Al otro lado del teléfono, Fuenteálamo resume lo sucedido con una exclamación que bien podría ser un lema común para el conjunto de las mujeres: "Qué cansancio histórico". Aun extenuada por el señalamiento del empresario, la periodista cree que sus palabras tienen un valor incalculable para demostrar que el machismo "<strong>sigue estando ahí</strong>, si es que hay alguien que lo dude a estas alturas". </p><p>Los comentarios del empresario han resonado con fuerza y su eco ha lanzado algunas preguntas, no solo sobre las raíces del machismo en el mundo del deporte, sino también sobre la respuesta social e institucional hacia conductas que parecían abocadas a la extinción. "Responde a una cultura machista muy profundamente<strong> integrada en la vida de las personas</strong>, sobre todo de algunas personas de más edad", ha sentenciado este miércoles la ministra de Igualdad, Ana Redondo.</p><p>La secretaria de Estado de Igualdad, María Guijarro, destacó en redes sociales que "las periodistas deportivas merecen respeto profesional" y por tanto "no deben ser infantilizadas, ignoradas o cuestionadas por el hecho de ser mujeres". A su juicio, "el<strong> menosprecio machista</strong> a estas periodistas solo nos dice que tenemos que seguir luchando contra el machismo estructural en el deporte".</p><p>Y la eurodiputada <strong>Irene Montero</strong> ha planteado que se trata de una "forma muy evidente de despreciar" el trabajo de las mujeres, "su competencia profesional y su formación". En definitiva, ha añadido, "él no está viendo a una periodista, está viendo a una mujer a la que cree que puede tratar como un ser inferior". La también exministra de Igualdad ha concluido señalando que "para muchos hombres poderosos,<strong> el machismo es su forma de vida</strong> y no hacen ningún esfuerzo por cambiar, porque saben que su poder les protege y les da impunidad".</p><p><a href="https://www.infolibre.es/igualdad/maria-jose-lopez-acusacion-popular-juicio-rubiales_1_1945204.html" target="_blank">María José López</a>, abogada y directora jurídica de la Asociación de Futbolistas Españoles (AFE), enmarca las palabras del jefe del club deportivo en una "actitud totalmente antigua y caduca". No cree que sea una anomalía, en términos generales, pero sobre todo no resulta extraño en un mundo como el del fútbol. "Todavía existen <strong>comportamientos paternalistas</strong>. Como la incorporación de la mujer es relativamente reciente, parece que debemos pedir permiso para ejercer nuestra actividad", asiente en conversación con este diario. Los comentarios machistas expresados el martes "responden al propio personaje, pero también esconden actitudes que sí vemos en el deporte". </p><p>A la misma conclusión llega la periodista feminista <strong>Montserrat Boix</strong>. "En algunos espacios, como el futbolístico, <strong>no ha cambiado nada</strong>", lamenta. La comunicadora, sin embargo, cree que sí hay un avance de puertas para afuera: "Lo interesante es que esto ya parece raro y anacrónico".</p><p>La escritora feminista <strong>Laura Freixas</strong>, expresidenta de la organización <a href="https://clasicasymodernas.org/" target="_blank">Clásicas y Modernas</a>, no lo tiene tan claro. Ella sí percibe un retroceso generalizado, producto del peso que han ido ganando "las ideas machistas y reaccionarias" en todo el mundo. La actitud de Florentino Pérez, remarca la escritora, tiene mucho en común con la de Donald Trump, quien se ha ensañado especialmente con las mujeres periodistas. En ese contexto, la respuesta debe pasar por "una censura social, una<strong> reprobación por parte de políticos</strong>, periodistas y todos los estratos de la sociedad".</p><p>La conversación en torno a las palabras del empresario no se limita al análisis sobre el machismo estructural que se instala en el mundo del fútbol, sino que plantea una necesaria reflexión sobre la tolerancia hacia este tipo de conductas y la respuesta social ante quienes las ejercen. Con este telón de fondo, cabe preguntarse qué implicaciones tiene que en la sala de prensa donde Florentino Pérez se expresó el martes no sobrevolara ningún reproche por parte de los allí presentes, sino solo <strong>silencio cómplice</strong>. </p><p>En esa línea se ha pronunciado la directora del Instituto de las Mujeres, <strong>Cristina Hernández</strong>: "Tolerancia cero contra el machismo significa esto: si Florentino Pérez no pide disculpas a la periodista y a las mujeres, <strong>ningún representante público debería volver a ponerse a su lado</strong>. Ni en el palco. Ni en las cenas. Ni en las fotos".</p><p>Lo cierto es que el paso de los años parece haber ido diluyendo aquella suerte de consenso social en torno a la necesidad de<strong> señalar, impugnar y corregir</strong> los sesgos machistas que se han reproducido siempre en todos los espacios, una tarea planteada por el feminismo que llegó a tener calado en prácticamente todas las esferas.</p><p>En mayo de 2018 nacía la iniciativa <a href="https://elpais.com/economia/2018/05/16/actualidad/1526459012_637455.html" target="_blank"><em>No sin mujeres</em></a>, alrededor de la que se agrupaban economistas y académicos españoles de renombre. A través de un manifiesto publicado entonces, todos ellos se comprometían a <strong>no participar como ponentes</strong> en ningún evento o mesa redonda sin la presencia de mujeres expertas. La mecha prendió rápidamente y enseguida caló en casi todos los lugares donde la ausencia de mujeres se convirtió en un anacronismo que no debía tener cabida. Meses después, lanzaron su propio manifiesto <strong>centenares de profesionales y activistas del sector energético</strong>. Clamaban que <a href="https://elpais.com/elpais/2018/09/12/mujeres/1536765580_293478.html" target="_blank"><em>En energía no sin mujeres</em></a>.</p><p>Aquel mismo año nacía, en el mismo sentido, la iniciativa <em><strong>Sin mujeres, no hay panel</strong></em>, en el seno de la <a href="https://digital-strategy.ec.europa.eu/en/news/commissioners-support-no-women-no-panel-campaign" target="_blank">Comisión Europea</a>. El proyecto buscaba "concienciar sobre la importancia de la igualdad de género en paneles y eventos públicos", garantizando la presencia de al menos una mujer panelista. La reacción fue masiva e interpeló a toda la sociedad, derivando en iniciativas concretas para dejar no solo de participar, sino <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/en-transicion/eventos-mujeres-ponentes-eventos-mujeres-asistentes_1_1190044.html" target="_blank">también de asistir</a> o consumir cualquier contenido que no contara con mujeres.</p><p>Alrededor de estas corrientes emergieron también bases de datos de expertas, como <a href="https://sites.google.com/view/siconmujeres/inicio?authuser=0" target="_blank"><em>Sí con mujeres</em></a> o <a href="https://brusselsbinder.org/our-story/" target="_blank"><em>Brussels Binder</em></a>. El mundo ya no tendría excusa para no incluir sus voces. Y si así sucedía, la ausencia de mujeres se daba de bruces con un reproche generalizado y sin titubeos. Ocurrió con Nadia Calviño en 2022. La entonces ministra de Asuntos Económicos se negaba a ser retratada en un acto sobre liderazgo empresarial en el que no figuraba ni una sola mujer. Aquella decisión era producto de una <a href="https://elpais.com/economia/2022-02-03/calvino-anuncia-que-no-ira-a-debates-donde-sea-la-unica-mujer.html" target="_blank">promesa</a> que había realizado meses atrás: <strong>no participar en debates </strong>sin presencia femenina.</p><p>Aquella eclosión que nació al calor de las movilizaciones feministas masivas parece haber ido perdiendo fuerza con el paso de los años. En 2024, el presidente de la patronal, Antonio Garamendi, posaba sonriente en una fotografía junto a más de una docena de grandes ejecutivos, <strong>todos hombres</strong>. En el centro de la imagen, el presidente argentino, <a href="https://www.infolibre.es/igualdad/14-milei-no-son-excepcion-23-alta-direccion-empresas-liderada-mujeres_1_1795686.html" target="_blank">Javier Milei</a>. Era solo una muestra de cómo el avance reaccionario empezaba a revertir las conquistas feministas.</p><p>En los medios de comunicación, la representación femenina tampoco está para celebraciones. Un <a href="https://whomakesthenews.org/wp-content/uploads/2026/02/GMMP2025-InformeNacional-Espana.pdf" target="_blank">informe</a> publicado el año pasado con el apoyo de ONU Mujeres concluía también que ellas siguen infrarrepresentadas, pues suponen solo el 29% de los sujetos y fuentes de las noticias en los medios tradicionales y el 27% en los digitales. "La visibilidad de las mujeres en los medios de comunicación sigue siendo inferior a la de los varones", advertían las expertas, "una situación que <strong>no ha mejorado con el tiempo</strong>".</p><p>Y en febrero de este año, el Consell de l'Audiovisual de Catalunya (CAC) destacó que las radios y televisiones catalanas han reducido la presencia de mujeres en la información política en los últimos dos años, según su informe <em>El pluralisme polític en els continguts informatius i d'actualitat de la televisió i de la ràdio lineals</em>. La vicepresidenta del organismo, Laura Pinyol, afirmaba que "estamos lejos de la paridad en los informativos, donde el esfuerzo por la representación de las mujeres<strong> parece haber pisado el freno</strong>".</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 14 May 2026 04:00:08 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sabela Rodríguez Álvarez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[¿Se ha dejado de señalar al machismo? Florentino Pérez presume de impunidad tras sus comentarios misóginos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Feminismo,Igualdad,Florentino Pérez,Fútbol,Machismo]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Una mirada daltónica al mundo del fútbol: pensar en verde]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/mirada-daltonica-mundo-futbol-pensar-verde_1_2185853.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ffa4ceab-9134-48a1-afca-b2c4f2bf6e39_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una mirada daltónica al mundo del fútbol: pensar en verde"></p><p><em>Balones dentro. </em>Con una autoestima futbolística sin precedentes, Dylan Thomas dijo: “La pelota que lancé cuando era niño, todavía no ha tocado tierra”. Pues ya os digo que la mía ni siquiera fue lanzada. Y es que, cuando era niño,<strong> mi padre decretó que el fútbol era el opio del pueblo, y también un placer pequeñoburgués</strong> (nunca me quedó claro cuál de las dos cosas era). Y, aunque yo siempre fui de tocar las pelotas, en aquel momento desaproveché la ocasión de hacerme futbolero. Craso error. Porque muchos años después de que mi padre no me llevase a conocer… el fútbol, cada fin de semana, él, mi suegro, mi cuñado, un sobrino y mi hijo mayor (<em>tu quoque!</em>) ven el partido juntos como un pelotón de fusilamiento. Tanto es así que, durante mis primeros cien años de soledad futbolística, no vi ni un solo partido entero y, durante el milenio que duró mi <em>cursus horrorum </em>en el precariato universitario, lo único que me interesaba de los partidos era quién era titular y quién no. Pero nunca es tarde. Porque la vida es un partido infinito, cuya prórroga está en todas partes, y el final en ninguna. De ahí estas páginas con sabor a partido de vuelta. </p><p>Valga como saque inicial la creencia de que un poco de distancia siempre es buena para pensar acerca de cualquier tema. Eso es lo que significa, después de todo,<em> theoria</em>. No puede ser casualidad que la mayoría de los filósofos y escritores que han hablado sobre fútbol jugasen como porteros. Pienso en Camus, en Derrida, en Barnes y en Nabokov, quien, en un arranque, quizás desesperado, de automitificación, llegó a decir que <strong>el portero “es el águila solitaria, el hombre del misterio, la muralla última”</strong>… Recogiendo mi autopase, diré que la mirada distanciada del lateral, del defensa, del portero, e incluso del desterrado, o desterrenado, como yo, se parece mucho más de lo que puede parecer a primera vista (claro, están tan lejos), a la mirada filosófica. Ya en la <em>Ilíada</em> Homero presentó a los dioses observando las vicisitudes humanas de un modo no muy diferente a como los humanos siguen un partido de fútbol. Digamos que <em>sine ira et stadio (sic)</em>. Y Epicteto presentó al filósofo como un espectador de espectadores, que no contempla la arena del circo, sino las gradas en las que él mismo se halla sentado. </p><p>Pero, como la filosofía nunca fue una actividad fundamentalmente teórica, sino práctica, una filosofía del fútbol no puede limitarse a ser una teoría del fútbol, esto es, un modo de verlas venir (una <em>futbalística</em>), sino que debe ser, tal y como le dice el maestro de filosofía al señor Jourdain, en <em>El burgués gentilhombre</em>, de Molière: “Un modo de recibir las cosas”. Esto es, un modo de controlar el balón de las circunstancias. Idea que Albert Camus recibe y controla en el citadérrimo artículo “Lo que le debo al fútbol”, publicado en <em>France Football</em>, en 1957, donde dispara: “<strong>Pronto aprendí que la pelota nunca viene hacia uno por donde uno espera que venga</strong>”.</p><p>Los Monthy Python captaron bien el extríngulis práctico de la filosofía futbolística cuando, en el cuadro de los Juegos Olímpicos de la XXª olimpiada en Múnich, <strong>organizaron un partido entre un equipo de filósofos alemanes y otro de filósofos griegos</strong>. Tras los primeros 88 minutos, que todos los filósofos habían dilapidado absortos en sus reflexiones, sin hacerle ningún caso a la pelota, Karl Marx saltará al terreno de juego, marcando, de este modo, el paso de la comprensión del mundo a su transformación, tal y como él mismo postuló en la undécima tesis sobre Feuerbach. Si bien, en el minuto 89, Arquímedes despertará al equipo griego gritando “¡<em>Eureka</em>!”, después de haber comprendido que, en vez de vagar por el campo, perdidos en solitarias especulaciones metafísicas, los jugadores pueden hacer algo con el balón. El partido se anima entonces, de golpe, nunca mejor dicho, y el equipo griego acaba marcando el gol definitivo del único modo en que este podía ser marcado, esto es, de cabeza. <strong>Titular: “El fútbol sin filosofía es ciego, y la filosofía sin fútbol, coja”</strong>.</p><p><em>El toque de Sísifo.</em> Volvamos a Albert Camus. Pero no ya al artículo “Lo que le debo al fútbol”, que no da para mucho más, sino a uno de sus libros fundamentales, como es <em>El mito de Sísifo</em>. ¿Acaso soy el único que ve en la roca esférica, una pelota; en la cumbre, una portería; en la subida, el ataque; en la bajada, el contraataque; y en la sucesión de subidas y bajadas, el ir y venir de un partido de fútbol? Más allá del parecido formal, existe un parecido existencial, pues <strong>tanto el fútbol como Sísifo se enfrentan, en el fondo, o en la cumbre, pues nunca se sabe en su caso, al mismo rival: el absurdo</strong>. </p><p>De hecho, parece que sea el mismo Pascal quien le haya dado la idea a Camus, al afirmar, en sus <em>Pensamientos</em>, que “corremos sin pensar hacia el precipicio después de haber puesto alguna cosa ante nosotros que nos impida verlo”. Pues, ¿qué hace la pelota de fútbol si no protegernos del absurdo que nos ronda los domingos por la tarde, cuando se paran máquinas, e intuimos el carácter fútil de la vida? <strong>Es justamente en esos melancólicos momentos, cuando el deporte rey instaura su propio reino de sentido</strong>, y la futilidad se transforma en <em>footilidad</em>. </p><p>Pero ¿cuál es el origen de esta transubstanciación milagrosa? Aunque creo, con John Keats, que no es posible destejer el arcoíris, arriesgaré tres explicaciones. Primero, en tanto que juego, <strong>el fútbol tiene la habilidad de crear un espacio, un tiempo y un sentido propios</strong>, capaces de imponerse al sentido cotidiano, que, en tantas ocasiones, experimentamos como absurdo. Basta colocar estratégicamente un par de chaquetas en el suelo, y hacer una bola de papel de plata, para que un descampado polvoriento (por ejemplo, en Argelia), en el que unos niños se aburren a muerte (entre los que se halla, por ejemplo, un joven Albert Camus), se convierta, como por arte de magia, en un espacio pleno de sentido. Creo que esa confianza en la capacidad del ser humano para electrizar y significar un mundo absurdo, sin apelar a ningún tipo de instancia trascendente (ya sean dioses o ideas platónicas), sino por un mero acto de voluntad, individual y colectiva, es lo que Camus –ahora sí– le debe realmente al fútbol. Como diría Nietzsche: “O fútbol o nihilismo”. </p><p>La segunda explicación del milagro reside, cómo no, en la palabra. Esto es, en el <em>logos</em> o el verbo del fútbol. Porque, aunque, en tanto que juego, este sea capaz de generar sentido por sí mismo, <strong>necesita de la palabra para ser algo más que un simple juego </strong>(y lo digo con todo el respeto del mundo por los juegos). Y es que la palabra lo dota de sentido (hasta el punto de que algunos exégetas futbolísticos, hipnotizados por sus propias elucubraciones, pueden llegar a olvidarse del partido); de permanencia (pues la rememoración de los goles, las temporadas, las anécdotas o las estadísticas, en eso que llaman “el tercer tiempo”, permite que el partido se extienda más allá de sus límites); y de trascendencia (porque, gracias a la palabra, podemos dotarlo de un significado más profundo, existencial o filosófico, que es lo que, más o menos, estamos intentando hacer aquí).</p><p>Tercero, en virtud del paso del paradigma religioso-dinástico (en el que cada unidad política se definía por su fidelidad a una religión y a un rey) al paradigma nacional (en el que la cohesión social ya no podía ser garantizada por la unidad religiosa, que había desaparecido tras el cisma religioso, sino por el culto a un pueblo supuestamente homogéneo, para el que, digamos: “París bien vale una misa”), se produjo un trasvase simbólico desde el ámbito religioso al político. En un proceso que muchos se precipitaron a tildar de “secularizador”, cuando se trataba, esta vez sí, de una verdadera resurrección: los himnos religiosos se transformaron en himnos nacionales; los mártires, en próceres; las insignias, en banderas; los sacerdotes, en filólogos; y los rituales, en esas tradiciones inventadas en serie, ya en el siglo XIX, tal y como nos enseñó Hobsbawm. Pues, entre las muchas expresiones pseudo o más bien neorreligiosas que surgieron en esta época, se halla, claro está, el deporte. Sin duda (o con fe), <strong>no es casual que un partido de fútbol sea una especie de eucaristía laica</strong>, en la que una comunidad se reúne a comer y a beber ante un objeto a veces blanco y redondo, que es transubstanciado por el ritual del juego en el cuerpo místico del gol que quita el pecado del mundo, que es el absurdo. </p><p><em>Punto pelota.</em> <strong>Pero el fútbol no sólo nos protege frente al absurdo, sino también frente a la incertidumbre, o la incerteza, que nunca he sabido cómo debe decirse</strong>. Pues, ¿quién no llega al sábado agotado por el hecho de haberse pasado la semana teniendo que tomar mil decisiones inciertas basándose en cantidades inasumibles de información contradictoria? Entonces llega el partido del <em>sabbat</em>, que supone una deliciosa simplificación, en virtud de la cual la madeja multifactorial de lo real queda reducida a un rectángulo unánimemente verde y deliciosamente compartimentado sobre el que progresan en perfecta armonía una veintena de puntitos que giran alrededor de una esfera, que hace las veces de sol.</p><p>Pero en el fútbol las cosas no son sólo sencillas, sino también evidentes. Pues, durante el partido, el ciudadano de ese ágora simplificada y electrizada que es el estadio, el bar o el comedor, puede ejercer un dogmatismo compensatorio, que le permite descansar de las desgastantes inseguridades que lo trabajan durante el resto de la semana. De ahí que, para muchos, <strong>el partido sea el paraíso de su cuñado interior</strong>, gracias al cual pueden disfrutar de la agradable <em>ersatz</em> de seguridad que le ofrecen las afirmaciones rotundas, las frases repetidas <em>in crescendo</em>, los golpes en la mesa, los chasqueos despreciativos, las ráfagas de órdenes dirigidas a los jugadores, los silbidos y los gritos. Además, el fútbol genera a su alrededor una atmósfera de erudición, en la que las fechas, estadísticas, nombres, anécdotas, declaraciones y tecnicismos producen una agradable sensación de conocimiento y de control, que trasciende el ámbito meramente deportivo. No, no puede ser casual que una de las muletillas típicas del dogmatismo sea: “Y punto pelota”. Y punto pelota. </p><p>Por si esto no fuese suficiente, el fútbol nos anima a suspender nuestras propias capacidades críticas. No importa que el árbitro lo haya visto, no importa que todo el mundo lo haya visto, no importa siquiera que uno mismo lo haya visto. <strong>Los sentidos y la razón nada pueden contra el sentimiento futbolístico</strong>. Somos libres de construir una realidad a nuestra medida, y de clamar al cielo si la realidad la contradice. Se trata de una pequeña psicosis pasajera, tan gratificante como, quizás, necesaria. Un poco como el hombre que fue al psiquiatra porque cada noche soñaba con hormigas que jugaban al fútbol y, cuando el psiquiatra le recetó unas pastillas que debían acabar con esos sueños, exclamó: “¡Sí, hombre, ahora que se acerca la final!”. Al fin y al cabo, los 9.990 minutos restantes de la semana, es la realidad la que siempre lleva la razón.</p><p><em>1 X 2.</em> Pero a veces lo que necesitamos no es sentirnos totalmente seguros frente el mundo, sino relativamente liberados de la obligación de comprenderlo y controlarlo. Lo que necesitamos, en fin, es un cierto abandono cognoscitivo, o qué sé yo. Pues, cuando decimos que “el fútbol es así” (de claras resonancias bíblicas, <em>yah vé usté</em>), estamos reconociendo su carácter incognoscible, ante el cual no podemos hacer más que acatar la realidad, como el santo Job, o suspender el juicio, como el sabio Pirrón. <em>¿E po’ khé?</em> Porque, cuando renunciamos a saber, y aceptamos las cosas tal y como vienen, que es como viene la pelota, tal y como notó Camus, <strong>toda aquella energía que solemos gastar en tratar de predecir y controlar el mundo queda liberada para que podamos dedicarla a asentir y a disfrutar el momento presente</strong>. </p><p>Que es lo que sucede, precisamente, durante los 90 minutos que dura un partido, en los que la concentración en el instante, el aislamiento lúdico y la sumisión al azar nos permiten suspender todas aquellas desaforadas preguntas con las que solemos amargarnos la vida: “¿Quién soy?” “¿Cuánto valgo?” “¿Realmente me quieren?” “¿Tiene sentido lo que hago?”. Como dijo Oliverio Girondo: “La variedad de cicuta con la que se envenenó Sócrates se llamaba <em>Conócete a ti mismo</em>”. En el fútbol, en cambio, la concentración extrema de los jugadores o la entrega pasiva de los espectadores propicia una ligereza cognoscitiva enormemente placentera. ¿Por qué? Ya veis lo difícil que es resistirse a la tentación de comprender…</p><p>Según Roger Caillois, todos los juegos participan en mayor o menor medida de cuatro factores: el azar o <em>alea</em>, la competición o <em>agon</em>, el vértigo o <em>ilinx</em> y la imitación o <em>mimesis</em>. Cada juego respondería a una combinatoria particular y cambiante de estos cuatro elementos. Pues, en lo que respecta al fútbol, el azar cumple un papel fundamental. Apostaría que todos los partidos se inician con el ritual de lanzar una moneda al aire para recordarnos que, a pesar de la habilidad, la fuerza y la resistencia, que van a entrar en juego,<strong> todo va a estar condicionado por el azar</strong>. Al fin y al cabo, cuando se está absolutamente seguro de que uno de los dos contrincantes va a ganar, cuando no existe ni la más mínima posibilidad de que David le gane a Goliat, entonces no hay juego, sino ejecución, lo cual ya es otro género de espectáculo. Por eso gustan tanto los partidos de Copa del Rey, donde los equipos pequeños tienen la oportunidad de enfrentarse y de ganar a los equipos grandes. Algo semejante sucede con la imprevisible dialéctica que existe entre la primera y la segunda parte de los partidos. <strong>Pues una buena primera parte no asegura una buena segunda parte</strong>. Ni una mala primera parte impide que el equipo pueda reaccionar. Todo es desconexión, incongruencia e impredictibilidad. Parece que no haya relación de causa y efecto. (<em>Humm</em>, oigo que dice Hume con escepticismo.) Por no hablar del balón, que entra un poco cuando quiere, pudiendo llegar a ser un símbolo del azar trágico en una película como <em>Match Point</em>, de Woody Allen, aunque sea en forma de pelota de tenis. ¿A alguien le extraña que una pelota de caucho simbolizase el cosmos en el juego ritual maya del <em>pot-a-tok</em>? Pero, como decimos en Cataluña, <em>poc a poc</em>. </p><p><em>Drink team.</em> Pero el fútbol no sólo pone en juego nuestras formas de conocimiento, sino también nuestras formas de relacionarnos con la realidad. Para empezar, <strong>todo partido es una especie de derby entre las dos grandes fuerzas que estructuran la realidad</strong>. De un lado están las fuerzas cósmicas, apolíneas u olímpicas, que definen y contienen, como las líneas que delimitan el campo, las reglas que ordenan el juego y el árbitro, que, vestido de negro, como un juez o un cura, vela por su cumplimiento; por no hablar del esfuerzo deportivo, dietético o psicológico que los jugadores deben realizar. </p><p>Del otro lado, están las fuerzas caóticas, dionisíacas o tartáricas, que disuelven y liberan, como son las pulsiones y compulsiones físicas o psicológicas que cada jugador debe aprender a controlar; <strong>la liberación de las pasiones reprimidas durante toda la semana, que se desborda en insultos</strong>, exclamaciones, llantos, aplausos, risas o golpes; el regreso al estadio preverbal del grito y el cántico desarticulado; o la embriagadora promiscuidad de los cuerpos, los olores, las formas y los ruidos, que transforman cada mónada individual en una de las múltiples gotas que constituyen la (nunca mejor dicho) ola humana que los arrastra. Y aunque el espectador televisivo no es poseído por la omnipresencia sublime de la masa, sí que dispone en el bar o en la casa de un ambiente relajado en el que la compañía festiva, las cervezas, los gritos, los saltos, los abrazos, y el hipnótico ir y venir de los ataques y contraataques, también le permiten liberarse, por un momento feliz, de todas las restricciones que normalmente lo atenazan. </p><p>A la vez, casi ningún encuentro acaba en pelea o en orgía, como habría deseado Dioniso. <strong>Porque, en el fondo, todo está bajo control</strong>. Como en las tragedias griegas, lo apolíneo y lo dionisíaco se complementan estupendamente como una silla de montar sobre una vaca suiza. Lo que importa es que, tras la catarsis futbolística (¿nos estará permitido soñar una tercera parte de la <em>Poética</em> de Aristóteles, dedicada al deporte, y una última novela inédita de Umberto Eco, titulada <em>El nombre del césped</em>?), <strong>todos pueden abandonar el campo, y regresar, reconciliados, al banquillo de la normalidad</strong>, donde pronto echarán de menos poder volver a tirar al campo. </p><p>Todos estamos atravesados por dicha escisión. Pero no en la misma medida. Por eso podemos distinguir, tal y como hace Fernando Iwasaki, en <em>Del sentimiento trágico de la liga </em>(2019), entre jugadores apolíneos y jugadores dionisíacos. Los primeros juegan siempre para ganar, como Oliver y Benji. Por eso no les gusta arriesgar la jugada genial y peligrosa. Los segundos, en cambio, lo hacen para divertirse, y el espíritu creativo, riesgoso y gratuito del juego predomina sobre el de la producción. No tienen miedo a experimentar y a fallar, porque la esperanza de una jugada admirable vale más que la seguridad de un resultado mediocre, o medio gris. Son artistas, no oficinistas. Recordemos, por ejemplo, a Ronaldinho, quien, en una ocasión en la que el Barça tuvo que jugar a las 24:00, exclamó: “Genial, esta es mi hora”. Lo suyo era el regate, no el regateo. Para Spinoza siempre debe primar el amor por la vida sobre el miedo a la muerte. <strong>Pues en el jugador dionisíaco siempre prima el amor por el juego sobre el miedo a la derrota</strong>. Y, pase lo que pase, esa será siempre su victoria. </p><p><em>Ontología del pie.</em> Más. Si sospechamos que lo apolíneo representa nuestra parte humana, y lo dionisíaco nuestra parte animal, y aceptamos, con Anaxágoras, primero, y los etólogos, después, que la mano hizo al hombre, concluiremos que la prohibición del uso de las manos en el fútbol (el saque de banda no deja de ser una especie de gesto de despedida) supone un regreso voluntario a lo dionisíaco o lo animal. Casi unas vacaciones de humanidad. Y es que, quizás en mayor medida que otros juegos y deportes, puede que incluso más que la caza (sobre la que Ortega y Gasset escribió páginas muy interesantes), <strong>el fútbol nos permite regresar a ese estadio prehumano, casi puramente animal</strong>, en el que nuestros ancestros aún no sabían utilizar las manos. Este hecho es gratificante, porque sucede que nos cansamos de ser hombres, como diría un <em>nerudito</em>… </p><p>Por su parte (o por sus partes), Hegel realizó una ontología de la mano, que concebía como un órgano racional, productivo y humanizador, y a la que opuso una <em>ontología del pie</em>, que vio como algo sucio, oculto e inútil. De hecho, quién sabe si el nacimiento y el éxito del fútbol en la Inglaterra industrial no responde al hartazgo de los proletarios, en tanto que trabajadores de la mano. Desde esta perspectiva, <strong>el fútbol puede ser visto como el anti-trabajo</strong>. (Consúltese en el diccionario etimológico de guardia el origen del término <em>alirón</em>).</p><p><em>Rosebud.</em> Sócrates solía decirle a sus interlocutores: “Habla para que te vea”. Pues los juegos, en general, y el fútbol, en particular, dicen: “Juega para que te vea”. En su novela autobiográfica <em>Infancia</em>, Coetzee evoca cómo “la bola, mientras silba y desciende en el aire hacia él”, le dice: “Déjanos ver de lo que estás hecho”. Y es que <strong>cada jugada es una “situación límite”</strong>, que es como Karl Jaspers llama, en su <em>Filosofía de la existencia</em>, a aquellas situaciones excepcionales, en las que nuestro ser se pone al rojo vivo, y, golpeándose, con mayor o menor constancia y coraje, contra el límite frío de lo real, adopta su forma más auténtica (sea lo que sea que eso signifique ahora). Son situaciones extraordinarias y extremas, como la aventura, la enfermedad, la creación, el accidente, la revolución, la creación o el juego… Situaciones en las que nos conocemos realmente, o quizás sería mejor decir, para no sonar demasiado esencialistas, que nos producimos realmente. Porque no se trata de una cuestión cognoscitiva, sino también ontológica. De ahí que Jaspers diga: “si quieres ser, ponte en disposición de ser”. Que, en nuestro caso, significa: “Ponte a jugar”. </p><p>Sin duda (y no tengan problemas en reírse de este servidor, que lleva 20 años estudiando el escepticismo, para que se le acabe pegando la coletilla “sin duda”). Sin duda, digo, <strong>el fútbol comparte con la aventura, el juego y las experiencias religiosas, estéticas o eróticas, la capacidad de crear una isla o burbuja de sentido separada del océano de la cotidianidad</strong>. Dentro de esa isla, a la que se accede y de la que se sale mediante un salto, simbolizado por el silbato del árbitro, predomina un estilo específico, tanto en el ámbito cognoscitivo (sabemos quiénes somos realmente), como en el ontológico (somos más plenamente) y el ético (sentimos una mayor felicidad). </p><p>De un lado, los jugadores seguramente la sienten con mayor intensidad, porque todo su ser está, nunca mejor dicho, en juego, y todas sus potencias físicas y psicológicas se despliegan al máximo. En un partido no hay aplazamientos, esperas, nostalgias, arrepentimientos o tiempos muertos. Incluso “dormir la pelota” es una acción tan exigente como chutarla. <strong>Todo es ahora. Y todo es acción</strong>. Porque, aunque cada jugador no tenga la pelota más de tres minutos de media, lo más importante, tal y como decía Cruyff, es lo que hace durante los 87 minutos restantes, cuando se esfuerza por desmarcarse y propiciar el pase perfecto, la ocasión oportuna, el hueco inesperado. La plenitud ontológica del jugador se demuestra también por la vía negativa. Pues, cuando un jugador retorna al banquillo o abandona su carrera, le invade una triste lasitud existencial, de la que difícilmente se repondrá. Pues es difícil ser sólo a medias cuando se ha conocido la plenitud. Algunos logran hallar otras formas de volver a ser, como es el caso de aquellos que, finalizada su carrera como jugadores, se convierten en entrenadores. <strong>Pero la mayoría viven en un estado permanente de nostalgia y melancolía.</strong></p><p><strong>También los espectadores tienen sus momentos épicos, que les gusta recordar de forma recurrente</strong>, en tanto que hechos fundamentales de su propia identidad. Aquella remontada histórica, la temporada de las cuatro o cinco copas, las hazañas de un equipo de ensueño, o el haber sido testigo de los inicios de un jugador que luego hizo historia. Súmenseles también los viajes para acompañar a su equipo al extranjero, las aventuras de estadio, los triunfos futbolísticos de un hijo o un nieto, aquella vez que casi hicimos pleno al 15, o los partidos históricos vistos con familiares y amigos. Todas estas experiencias y relatos, cuya rememoración nos dota de fundamento y sentido, son importantes seguramente porque están relacionados con la idea que nos hicimos de nosotros mismos en la niñez, que es una idea a la que nos sentimos especialmente vinculados, ya sea por una especie de impronta ontológica, ya sea porque los niños poseen una profunda intuición existencial. </p><p>Según dice Marina Garcés en <em>El tiempo de la promesa</em>, hay un momento en la infancia o la adolescencia en el que todo el mundo se hace, de forma explícita o implícita, una promesa acerca de lo que quiere ser. A partir de ese momento, el resto de nuestra vida es un vaivén entre cumplirla y traicionarla. Por eso, para Alain, “existir es olvidar, más de una vez al día y más de una vez por hora, lo que nos hemos jurado ser”. Pero si la olvidamos tantas veces es porque hemos vuelto a recordarla otras tantas. Esa es, en fin, la historia de Odiseo, que, a pesar de las tentaciones del olvido, se mantiene leal a la promesa de regresar. Así que <strong>un partido no es sólo una isla, como decíamos, sino que es la isla por excelencia: Ítaca. De ahí, quizás, lo del </strong><em><strong>tiqui-Itaca</strong></em>. </p><p>La cuestión es que el fútbol, que es una pasión directamente conectada con nuestra infancia, <strong>nos reconecta cada vez que jugamos o vemos un partido con aquella promesa infantil que debemos tratar de realizar</strong> (cosa que evoca tan bien Eduardo Sacheri en sus cuentos y novelas de tema futbolístico). Una promesa que está ligada con los valores de la resistencia, el coraje, el compañerismo, la elegancia o la justicia, así como con la conexión, no siempre fácil, con los familiares, como el padre o el abuelo, y los lazos no siempre eternos de la amistad. De ahí que la parte más interesante del artículo “Lo que le debo al fútbol”, de Albert Camus, no resida tanto en esa vaga enseñanza “acerca de la moral y de las obligaciones de los hombres”, sino en la manifestación de su deseo por preservar la imagen que se hizo de sí mismo cuando era niño: “Preservemos esta gran y digna imagen de nuestra juventud. También estará vigilándolos a ustedes”. Quizás Camus pensase, al escribir estas palabras, en el proverbio árabe que nos exhorta a que el niño que fuimos no se avergüence del adulto que somos. Sin duda, para muchos (para mí no), ese niño sigue vestido de equipación en el patio del colegio, o está viendo un partido con su padre sentado en el comedor de su infancia. </p><p>Porque no es que seamos leales a un equipo, ni siquiera a un deporte, <strong>somos leales a la idea que nos hicimos de nosotros mismos en ese contexto específico</strong>. En cierta ocasión, Baudelaire dijo, y Savater desarrolló magistralmente, que la literatura es la infancia al fin recuperada. Pues el fútbol también lo es. Todos los balones deberían llamarse “Rosebud”. </p><p><em>Prórroga.</em> Y ya que tenemos las agujetas de mañana aseguradas, acabemos con una última serie de reflexiones. Más aún. Si es cierto que la filosofía es quitarle la silla a lo que damos por sentado, caigamos en la cuenta de que una de las principales causas (no la única) de nuestra infelicidad es nuestra incapacidad para darnos cuenta de que ya somos, de hecho, felices. Me explico. Dejando a un lado las situaciones dramáticas, normalmente escasas y puntuales,<strong> en la mayor parte de las ocasiones se dan las circunstancias mínimas para que seamos más o menos felices, o </strong><em><strong>felicinchis</strong></em><strong>.</strong> Y, si no lo somos, es porque vamos demasiado deprisa, porque dirigimos mal nuestra atención y también porque nuestras expectativas desaforadas, inspiradas normalmente por nuestro propio “idealismo”, nos llevan a fijarnos y a enredarnos en las pequeñas incomodidades, insatisfacciones y frustraciones. De este modo, lo que no deberíamos considerar más que manchas al sol, se transforma, por nuestra propia culpa, en un eclipse total. Canguilhem definió bellamente la salud como el silencio del cuerpo. Pero, ¿y si una de las fuentes de nuestra infelicidad fuese nuestra incapacidad para oír la música de la salud? Porque esa bendición nos resulta, por lo general, inaudible, y sólo reparamos en ella cuando toca repararla. Y eso mismo nos sucede con la felicidad, en general, que la ignoramos cuando está, y sólo la reconocemos, como dice Jacques Prévert, por el ruido que hace al marcharse.</p><p>Se trata, sin duda (<em>argh</em>), de un problema de la desatención, conectado en parte con la revolución digital, y su extractivismo atencional. Pero, ¿qué decía? Sí, que el problema de la desatención es mucho más antiguo de lo que pensamos. De hecho, coincide con la historia misma de la metafísica. Porque <strong>aquello que desatendemos, en verdad, no son los estudios, el trabajo o los amigos, sino la vida mism</strong>a. Una vida que está siempre ahí dispuesta, como los zapatitos rojos de Dorothy, en <em>El mago de Oz</em>, que los tuvo siempre a mano, mejor dicho, al pie. Que es, precisamente, donde está también el balón. Y es que no hay mejor metáfora que el balón (también exagero un poco) para entender que atender o no atender es la cuestión… </p><p>Un joven poeta llamado Homero pensó sobre este asunto en un poema titulado <strong>la </strong><em><strong>Ilíada</strong></em><strong>, que narra una especie de partido de fútbol entre dos grupos de personas con las piernas al aire</strong>, que se empujan entre dos porterías, representadas, de un lado, por las murallas de Troya y, del otro, por los barcos de los griegos. Pero, para mí, el verdadero balón de la <em>Ilíada</em> no son las cabezas cortadas, ni el frente de batalla, que avanza y retrocede, tratando de llegar a la portería contraria, sino el escudo de Aquiles, que es un objeto esférico, que se desplaza rápidamente por el centro del campo, después de que Hefesto se lo entregue a Tetis, y Tetis se lo pase a Aquiles, quien, a su vez, se lo deja a Patroclo, al que se lo arrebata Héctor, si bien Aquiles lo recupera, y avanza con él hacia la muralla defensiva del equipo rival… <em>Zzz</em>…</p><p>Más allá del parecido dinámico, lo más interesante es que ese escudo, igual que el balón de fútbol, encierra un secreto. Y el secreto que cifró en él Hefesto, a modo de “magnífica ironía”, como diría Borges, es que ese escudo, que es el centro móvil de la guerra de Troya, que es, a su vez, símbolo de todas las demás guerras (entre las que debemos incluir también las laborales, las sentimentales, las políticas y las familiares); digo que ese escudo muestra, y a la vez oculta, a la vista de todo el mundo, el secreto de la vida feliz. ¿Por qué? Porque en él están grabadas varias escenas de la vida sencilla, libre, frugal y pacífica, que, según Homero, está al alcance de cualquiera, porque es poco lo que se necesita para darle alcance, que es, precisamente, soltar ese escudo, que no nos protege y libera del ataque de los enemigos, como promete, sino que nos encierra y enreda en una guerra absurda, hasta que la mete, digo la muerte. La ironía reside en que ese gesto radical, que parece tan sencillo, es, a la vez, el gesto más difícil de realizar, porque estamos como hipnotizados por la inercia de la lucha, el miedo a la muerte y la adicción a los falsos valores. <strong>Por eso la vida es, a la vez, lo más accesible, y lo más inalcanzable. </strong></p><p>Pues, en el fútbol, la pelota también encierra un secreto semejante. ¿Cómo no ver en ese centro móvil del partido, que no puedes quedarte, sino que debes alejarlo a base de patadas y de pases, y a la vez seguirlo corriendo para no perderlo de vista, <strong>el símbolo de una vida</strong>, que debemos impulsar y luego perseguir en una dirección determinada? La pelota es como el <em>conatus</em> de Spinoza. Esto es, la fuerza que nos empuja a permanecer en nuestro ser, y a aumentarlo. A conservar la pelota y a hacerla avanzar. A perderla y a recuperarla. Hasta que suene el final del partido, y podamos soñar eternamente con la final de las hormigas futbolistas. </p><p><em>*El último libro de Bernat Castany es ‘Una filosofía de la risa’ (Anagrama, 2026).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 10 May 2026 04:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Bernat Castany Prado]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Una mirada daltónica al mundo del fútbol: pensar en verde]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las pérdidas deben unir]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/verso-libre/perdidas-deben-unir_129_2190090.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/476ace02-5f0a-42c1-98e6-2e44885a5aa3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las pérdidas deben unir"></p><p><strong>Contar, contarse, supone buscarle un sentido a la vida.</strong> Como soy seguidor del <strong>Granada Club de Fútbol y del Real Madrid</strong>, no celebro con mi hija Elisa las victorias del Atleti. No me gusta sentirme como un <strong>hipócrita en las celebraciones</strong> y los abrazos para festejar los aciertos del Cholo Simeone, Griezmann o Koke. <strong>Conocemos nuestras maneras de sentir</strong>, nuestras diferencias. Ella es tan atlética como su madre, o incluso más, porque ha hecho socia a su hija Candela antes de cumplir los 3 meses. A mí me resulta muy <strong>antipático confundir la convivencia</strong> y el respeto con la <strong>mentira</strong>. Sin embargo, distante de algunas victorias que no van conmigo, comparto con toda sinceridad y <strong>hago mías algunas de sus derrotas. </strong>Los <strong>peligros de las pérdidas pueden unir más</strong> que las celebraciones del triunfo.</p><p>Es lo que me pasó el otro día en la semifinal de la Champions cuando <strong>el Arsenal,</strong> ayudado por un árbitro injusto, <strong>eliminó al Atleti</strong>. Me había ido a casa de Elisa para <strong>ver el partido con mi nieta en brazos, </strong>movido más por el deseo de compartir el peligro de una derrota que por las ganas de celebrar la victoria. Lo pasé muy mal cuando Saka aprovechó un despeje de Oblak y disparó a puerta vacía sin que Le Normand y Ruggieri reaccionasen a tiempo. Y sufrí cuando Sorloth o Giuliano no supieron aprovechar las ocasiones rojiblancas. Así que <strong>me alegré de estar con ellas, de tener a mi nieta en brazos</strong> mientras le repetía a mi hija que el fútbol no tiene importancia. Si acaso, es lo más importante de las cosas sin importancia. Para mí es más grave, por ejemplo, que <strong>el campo del Arsenal en Londres se llame Emirates Stadium.</strong> Tampoco me gusta lo de Riyadh Air. Prefiero aplaudir en palabras como Cármenes, Manzanares o Metropolitano.</p><p>Contar, contarse, supone buscarle un sentido a la vida. Después de mi derrota, leí un rato en la cama, apagué la luz. Y <strong>las preocupaciones sobre las cosas importantes impidieron que me quedase dormido.</strong> El peligro de las pérdidas que estamos viviendo debería servir para unirnos a los que creemos en los <strong>espacios públicos no sometidos a la prepotencia del dinero</strong> y de las élites económicas. Las reflexiones sobre los peligros que afectan a la democracia en Europa y sobre la deriva de la derecha hacia un <strong>capitalismo desalmado</strong> se evidencian en la realidad de carne y hueso cuando vemos en España que algunos <strong>gobiernos autonómicos castigan a la sanidad pública</strong> y dejan <strong>sin recursos a la educación</strong> para favorecer las <strong>privatizaciones y convertir los derechos cívicos en un negocio.</strong></p><p>La <strong>izquierda en España tiene diferencias</strong>, sigue a distintos equipos. Unos aspiran a <strong>resistir</strong>, no descender o desaparecer <strong>a costa de que otros no asciendan. </strong>Algunos líderes consideran más importante adquirir <strong>protagonismo </strong>y llamar la atención que defender aquellas causas identificadas con la democracia social. <strong>Se olvidan las palabras en las que nos gusta aplaudir,</strong> los campos de la libertad, la igualdad y la fraternidad. Corremos el peligro de que nuestros terrenos de juego se acaben llamando Nuevo Estadio del Autoritarismo Neoliberal, Cancha del Capitalismo Descarnado, Coliseo del Genocidio o Recinto de la Violencia de Género. Así están las cosas.</p><p>Parece que a <strong>la izquierda no puede unirla en estos momentos el deseo de una victoria.</strong> Pero ganar es evitar la derrota, un compromiso muy importante.  Sería necesario que<strong> se compartieran los peligros de una derrota:</strong> no ya en los posibles avances, sino en la pérdida de lo conseguido, los derechos democráticos, cívicos y laborales. Hay muchos árbitros dispuestos a no pitar penalti cuando se derriba en el área a un hospital o una universidad pública.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 May 2026 17:25:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Las pérdidas deben unir]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Fútbol,Izquierda,Derecha,PSOE,PP,Sumar,Podemos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Las enseñanzas del fútbol]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ensenanzas-futbol_1_2186145.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/177ba7e9-7732-499f-99cd-045f5e1ab2da_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las enseñanzas del fútbol"></p><p>Soy del Real Madrid porque mi padre era del Real Madrid. Bueno, del Real Madrid y del Granada Club de Fútbol. <strong>Los niños de provincias estamos acostumbrados a la doble militancia futbolera</strong>. Somos del equipo de nuestra ciudad, pero nos identificamos también con uno de los grandes equipos acostumbrados a ganar. Nos vinculamos al mismo tiempo con las alturas y con la tierra firme, la posibilidad de ganar títulos o el miedo al descenso. Los dos extremos producen un inevitable sentido de pertenencia, igual que el deseo y el miedo.</p><p>Mi padre nació en Burgos, se hizo militar, se especializó en la alta montaña, aprendió el oficio en Jaca y después fue destinado a Granada para poner en marcha la compañía de escaladores y esquiadores de Sierra Nevada. En la nueva ciudad se enamoró, se casó, tuvo hijos, yo el primogénito, y acabó por sentirse unido al futuro de su descendencia y a un equipo de fútbol que luchaba por mantenerse en Primera División. Mi padre me hizo socio del Granada, empezó a llevarme los domingos después de comer al viejo Estadio de Los Cármenes. También me aficioné a su otro equipo, el Real Madrid, y <strong>con mi padre he disfrutado muchas horas delante del televisor</strong>, con una Fanta de limón primero, y después con una cerveza, y más tarde con un whisky. La celebración de las ligas y las copas de Europa creció de la sidra al champán en una alegría llena de burbujas.</p><p>Me gusta el fútbol. <strong>Reconozco que le agradezco una manera de vivir el sentido de pertenencia</strong>. Por ejemplo, me ha enseñado algunas dinámicas éticas para habitar mis realidades (que suelen ser conflictivas). Empiezo por explicar que mi padre era un hombre conservador y que sus ideas tuvieron mucho que ver a lo largo de los años con su oficio, teniente, capitán, comandante, teniente coronel, coronel y general de infantería, en un ejército de origen franquista. No fue para él una alegría que su hijo se identificara con los curas obreros en el bachillerato y empezara a militar como estudiante universitario en el Partido Comunista y en el compromiso de que su patria encontrara, frente a los equipos de la vieja historia, el contraataque de una democracia con marcadas dimensiones sociales. Nos conocíamos, nos reconocíamos y nos sentábamos juntos para celebrar un gol o compartir una derrota. El fútbol me ayudó a comprender que, más allá de las identidades personales, <strong>hay una identidad compartida que merece la pena conservar al margen de las diferencias ideológicas</strong>. Me gusta el trato familiar con las personas que quiero y con los libros que me han hecho como soy. <strong>Me parezco a mi padre y a los libros que he leído</strong>.</p><p>A esta confesión debo añadir la idea de la doble militancia. El verbo ser invita frecuentemente a una pertenencia rotunda, sin matices, sin posibilidad de entendimiento o diálogo. Pero <strong>ser de dos equipos a la vez ayuda a comprender y negociar con los matices</strong>, salvándonos del fanatismo, los dogmas y la verdad totalitaria. Los partidos entre el Madrid y el Granada se han sometido en mi estado de ánimo a muchos contextos diferentes. La necesidad de los puntos para ganar el título o para no descender definía los latidos del corazón y las razones del entendimiento a la hora de esperar un resultado convincente. Primero, que el Granada no descienda; después, que el Madrid gane la Liga, y luego el resto de los mortales con sus equipos, sus defensas y sus delanteras. Saber que la vida requiere acuerdos con uno mismo ayuda mucho a entender las relaciones con los demás y la valoración de las diversas realidades históricas.</p><p>Suele hablarse del fútbol, y a veces son buenos los argumentos, como un generador de pasiones incontenibles. Y es verdad. Pero mi experiencia me ha llevado a ser futbolero y pacificador, una camiseta risueña y unas botas irónicas, pero con sentimientos. Suele hablarse también de que el fútbol es un enemigo de la cultura. Y puede ser. Pero yo he tenido la suerte de ir al campo con uno de mis maestros en la Universidad, el profesor Juan Carlos Rodríguez, y con muchos compañeros en la poesía, en especial con Antonio Jiménez Millán y Benjamín Prado, aliados de mi doble militancia. <strong>He hablado de fútbol y literatura con Manolo Vázquez Montalbán y Juan Villoro</strong>. Y me he reído mucho, cuando nos llamaban fachas por ser del Madrid, con Marcos Ana, el poeta comunista que pasó más años en las cárceles de Franco. Muchas veces expliqué en clase la <em>Oda a Platko</em> de Rafael Alberti, poema que celebró una victoria del Barça en 1928, y la <em>Contraoda </em>con la que respondió Gabriel Celaya en nombre de la Real Sociedad.</p><p>Antonio Jiménez Millán fue desde joven profesor de Filología Románica en la Universidad de Málaga. El sabor de los boquerones malagueños, tan grato en los chiringuitos de Pedregalejo, no le hizo renunciar a su afición por el Granada Club de Fútbol. Durante muchos años tomaba el coche los domingos para animar, con mi padre y conmigo, a nuestro equipo en Los Cármenes. Ha sido el aficionado más sensato y comedido que pueda uno imaginarse en medio de las tensiones provocadas por un terreno de juego a rayas, cargado de sorpresas, jugadores y árbitros imprevisibles. Tenía que suceder algo muy grave para que llegase a murmurar un insulto. Y nuestra complicidad era una muestra más del respeto a las diversidades, porque su doble militancia lo hizo del Barcelona de manera rotunda, igual que nuestro amigo pintor Juan Vida. Como yo era madridista de manera rotunda,<strong> me hice también socio del Real Madrid cuando en 1994 empecé a compartir la vida con una atlética rotunda, Almudena Grandes</strong>. El fútbol es lo más importante de las cosas que no tienen importancia, y por eso es posible la complicidad, la amistad y el amor, entre seguidores de distintos equipos. Al fin y al cabo, se trata de una lección ética a la hora de discutir y acordar las cosas que sí tienen importancia. También es verdad que ayuda el hecho de que tu equipo sea el que tenga mejores resultados.</p><p>Ahora utiliza mi carné del Granada un sobrino. <strong>Los domingos por la tarde, con Benjamín Prado, voy al Santiago Bernabéu</strong>, cuando la vida me lo permite, y comparto comentarios con él, casi tan comedido y discreto como Antonio Jiménez Millán. Cada cual tenemos nuestro carácter. Pero los dos somos muy prudentes con los delirios antimadridistas de Chus Visor, que es muy objetivo al hablar de poesía, aunque muy surrealista al opinar sobre un penalti, un fuera de juego o una actuación arbitral. Atlético puro, se defiende de sus manías recordando que Juan García Hortelano era peor que él.</p><p>Están apareciendo en este artículo muchos nombres relacionados con la literatura. Y es que <strong>el fútbol, con su doble militancia, me ha permitido a veces meditar sobre algunas dimensiones éticas de la literatura</strong>. Pudiera parecer lógico que mi defensa de una poesía cercana a los hechos se adapte bien a mis costumbres futboleras y que por eso no me afecten los desprecios elitistas a un deporte de masas. La verdad es que he aprendido a desconfiar tanto del culturalismo elitista como del populismo barato de los que escriben sin rigor, como suelen pitar los árbitros comprados o como disparan a puerta los malos fichajes. Ni me identifico con los que desprecian al fútbol, ni desprecio a los que viven sin interesarse por un deporte que me ha dado a mí muy buenos momentos y me ha hecho naufragar en muchas ocasiones. <strong>Soy un madridista de la experiencia.</strong></p><p>Hay quien piensa que ser de izquierdas es incompatible con ser del Madrid, un equipo poderoso, millonario e identificado con el pensamiento conservador. Más que <strong>recordar los orígenes republicanos del Madrid</strong>, por ejemplo, frente a un Atlético de Aviación, quiero sostener que mi afición y mi doble militancia no me empujan a desconocer las dinámicas que buscaban en el deporte un opio para el pueblo o las estrategias que ahora animan unas influencias populistas muy reaccionarias. El poder del fútbol facilita que los negocios oscuros y las manipulaciones afecten a sus seguidores, a los resultados, la calidad de cada equipo y la utilización demagógica del deporte rey. <strong>Todo lo malo de la sociedad en la que vivimos anida en el fútbol</strong>, como anida en cualquier espacio significativo. Ya lo sé.</p><p>Y también sé que las dinámicas colectivas pueden seguirse con fanatismos individualistas o grupales, incluso con un individualismo grupal o un colectivismo individualista. Pero pueden sostenerse también en una conciencia ética de la realidad. Y yo debo confesar que no soy crédulo con la decencia de los dirigentes y responsables del mundo futbolístico, pero que <strong>me gusta el fútbol porque me ha permitido convivir en mis alegrías y mis tragedias</strong> con una ética del acuerdo, la doble militancia, la convivencia y el no dogmatismo. Como el <em>Ángel de la Historia</em> de Walter Benjamin, camino por los campos de juego vuelto de espaldas, miro al niño que fui, siento la mano de mi padre.</p><p>Los balones envenenados son peligrosos. Pero a mí me han quitado muchas veces la sed. </p><p><em>*Luis García Montero es director del Instituto Cervantes y su último libro es la novela ‘La mejor edad’ (Tusquets, 2026).</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 May 2026 17:24:19 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Las enseñanzas del fútbol]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El fútbol no es el opio del pueblo: TintaLibre presenta su número de mayo en Madrid]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/futbol-no-opio-pueblo-tintalibre-presenta-numero-mayo-madrid_1_2188583.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/1b84a8a1-aa6c-45ba-b405-455dbfef1954_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El fútbol no es el opio del pueblo: TintaLibre presenta su número de mayo en Madrid"></p><p>Ser parte de <strong>una identidad compartida </strong>es un anhelo profundamente humano. Hay ciertos elementos que consiguen colocarnos en ese lugar gracias a su ancestralidad, su reclamo emocional o la forma que tiene de mover masas, y —nos guste o no—, <strong>el fútbol es uno de ellos</strong>. Por todo ello, el número de TintaLibre este mes de mayo se titula <a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon-tintalibre-mayo_1_2185413.html" target="_blank">‘La furia del fútbol’</a>, una edición que ha sido presentada y debatida este martes 5 de mayo en el Espacio Ronda de Madrid.</p><p>Con el objetivo de desgranar el fenómeno cultural y social de este deporte y analizar cómo crea política y opinión pública, la mesa redonda se ha servido de voces diversas: <strong>Marta Gesto</strong>, directora general de infoLibre; <strong>Lucía Taboada</strong>, periodista y escritora; <strong>Ramón Reboiras</strong>, jefe de redacción de TintaLibre; <strong>Leyre Ollero</strong>, jugadora cadete del Sporting de Hortaleza; y <strong>Mónica Grandes</strong>, socia y colaboradora de infoLibre.</p><p>Gesto ha dado la bienvenida al evento, primero, agradeciendo a la comunidad por sostener el proyecto, y ha presentado el tema asegurando: “Frente al fútbol que <strong>representa menos los valores de la sociedad </strong>y más los del dinero, nosotros vamos a mirar hacia otro fútbol”. Y es que las raíces de este deporte van más allá de los intereses comerciales de unos pocos.</p><p>“El mundo del fútbol es una pasión que se origina en la infancia”, ha asegurado Reboiras. Taboada, con una bufanda del Celta de Vigo sobre las piernas, ha contado cómo su padre le hizo socia a los cinco años junto con su hermana: “Mi padre era una persona muy ausente, que trabajaba muchas horas. Fue su modo de conectar con nosotras”. “Para mí el Celta es parte intrínseca de mi identidad y de mi identidad familiar, creo que es algo que conecta con muchas historias de muchas personas diferentes”, ha asegurado.</p><p>Grandes también ha contado historias familiares donde el fútbol es el nexo de unión: “Hay algunos que somos muy de izquierdas, y otros que son de Ayuso, pero todos somos del Atleti… es un tema que<strong> trasciende a todo lo demás</strong>”.</p><p>La composición del conversatorio, eminentemente femenina, se ha sacado a relucir tras el reclamo de Reboiras: “<strong>El fútbol también está compuesto por mujeres</strong>”. Y es que la atribución de este deporte solo a un género es un reflejo del machismo, pero no representa la realidad. Como ha asegurado Gesto, las mujeres van al campo de fútbol, como ella misma ha hecho desde siempre, pero aún así es mucho más difícil verlas “en los grupos ultra y en las directivas”.</p><p>Ollero, jugadora cadete y contando 14 años, ha contado su experiencia al comenzar en este mundo: “Al principio solo entrenaba con chicos y, claro, no tocaba mucho el balón. Me iba a mi casa enfadada, pero luego se empezaron a unir más chicas y formamos un equipo”. </p><p>El conversatorio, con chanzas entre quienes pertenecen a un equipo o a otro, la historia de los clubes, o qué afición es más fanática, contenía un mensaje de unión que sobrevolaba todo lo demás. Con todo esto, también se ha hablado de la violencia que a veces resulta de estos fanatismos, y su, a veces, irracionalidad. “El fútbol es un espejo que devuelve todos los males que hay en la sociedad pero amplificadísimos”, ha asegurado Taboada.</p><p>Aún así, la periodista reflexionaba: “Creo que el fútbol es una figura muy literaria”. “Hay gente que sigue pensando que es el opio del pueblo”. El componente cultural y reivindicativo que radica en los clubes, pese a la poca atención de algunas directivas, es universal. “El Celta hace algo que creo que deberían hacer más equipos. Está recuperando la identidad gallega, ya no solamente a nivel futbolístico, sino musical y cultural”. “<strong>El fútbol puede trascender a lo cultural</strong>”, ha reivindicado.</p><p>Jesús Maraña, director editorial de infoLibre y codirector de TintaLibre, ha concluido el acto recordando la variedad de escritores que forman parte del número de mayo,<strong> como Bernat Castany, Marta San Miguel, Luis García Montero o Paco Cerdà</strong>, entre otros. Además, ha animado a los allí presentes a asistir a la siguiente presentación, el próximo martes 2 de junio, cuya inscripción será publicada para los socios en breve. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[041356b1-6770-4631-99eb-793bd65d99f1]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 05 May 2026 20:01:51 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alba Meseguer Alacid]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El fútbol no es el opio del pueblo: TintaLibre presenta su número de mayo en Madrid]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol,Cultura,Deportes]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon-tintalibre-mayo_1_2185413.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/99640439-5df4-4bd9-8b33-59d7b6d902f7_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo"></p><p>Con el Mundial de fútbol que comienza el próximo mes de junio muchos lectores de TintaLibre pensarán que hemos cometido penalti. Que nos ha dado un ataque de importancia, pero no es así. El fútbol que contamos y vivimos en las páginas de mayo poco o nada tienen que ver con la idolatría y las corruptelas de sus dirigentes, con el relato de la prensa deportiva, sino más bien con el juego y la educación sentimental, con la crítica política y el respeto, sí, el respeto a los rituales tribales de este deporte tan unido tanto a la infancia como al culto.</p><p><strong>Bernat Castany</strong>, que no ha visto un partido en su vida, lo resume a su manera siempre filosófica y humorística: “La madeja multifactorial de lo real queda reducida a un rectángulo unánimemente verde y deliciosamente compartimentado sobre el que progresan en perfecta armonía una veintena de puntitos que giran alrededor de una esfera que hace las veces de sol”.</p><p>Entramos al césped de esa manera. Desde Santander, donde se escuchan los cánticos en las gradas de El Sardinero, la escritora <strong>Marta San Miguel</strong>, añade otra reflexión certera sobre el tema: “Aunque el gol se cante igual en todos los idiomas y se celebre con ala misma voracidad de los abrazos, cada equipo de fútbol es un ecosistema genuino”.</p><p>Hablamos de un rito, de una tribu, de una pasión irracional. <strong>Luis García Montero</strong>, que se autodefine como madridista de la experiencia, mamó esas cosas desde su infancia tanto en Los Cármenes, estadio del Granada CF, como en el Bernabéu de su Real Madrid: “El fútbol”, sostiene el director del Instituto Cervantes, “me ayudó a comprender que, más allá de las identidades personales, hay una identidad compartida que merece la pena conservar al margen de las diferencias ideológicas”.</p><p>Pero si ahora ponemos ya el foco en el Mundial, el Mundial de Trump y de la FIFA más que de Lamine Yamal o Mbappé, el escritor colombiano <strong>Juan Gabriel</strong> <strong>Vásquez</strong> lanza un inquietante aviso para navegantes: “A mí no me queda inocencia suficiente para creer que el ICE no buscará a los inmigrantes en los estadios para arrestarlos: y así veremos los partidos de la Copa del Mundo convertidos en trampas, sí, en ratoneras para los hombres y mujeres que Trump llamó plaga”.</p><p>La infancia (y el barcelonismo) vive en las crónicas tanto de <strong>Paco Cerdà</strong> como de <strong>Ramón Reboiras</strong>. Desde Brasil, <strong>Luiza Romão</strong> rescata un cuento de Bolaño, Buba, que va de fútbol y de racismo en el fútbol y desde Colombia <strong>David García Cames</strong> nos refresca la memoria de las corruptelas que gobiernan este deporte llamado rey.</p><p>En TL de mayo hay más cosas aparte de esos puntitos persiguiendo una esfera y como siempre nos permitimos algún lujo cultural: la escritora argentina <strong>Pola Oloixarac</strong> recuerda (y celebra) la importancia de los 25 años de la publicación de <em>Soldados de Salamina</em>, de Javier Cercas, el libro que cambió y trastocó desde entonces el relato de la narrativa en español. También damos un jugoso aperitivo de la esperada nueva entrega de <strong>Valeria Luiselli</strong>, Principio, medio, fin, y podemos confirmar que la escritora mexicana (autora del inolvidable <em>Desierto sonoro</em>) sigue en plenitud de forma. </p><p>Más balones de oxígeno: <strong>Gaston Gilabert</strong>, nos acerca la dramaturgia de Angélica Liddell, la autora de una obra exigente para el espectador que es también (en eso se parece al fútbol) rito, dolor y sacrificio. Y <strong>Boris Izaguirre</strong> nos invita a revisitar desde fuera del armario, <em>Más Lejos</em>, la película de Gerard Oms con un imponente Mario Casas que muchos se han perdido.</p><p>¿Falta algo? Ah sí, Marilyn cumple cien años y nos la dibuja en toda su imperfección la escritora <strong>Sara Barquinero</strong>.</p><p>Disfruten y, como suele decirse, que gane el mejor. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 04:01:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ya rueda el balón, en TintaLibre de mayo]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Ya rueda el balón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon_1_2185422.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/99640439-5df4-4bd9-8b33-59d7b6d902f7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Ya rueda el balón"></p><p>Puedes leer los números anteriores <a href="https://www.infolibre.es/suplementos/historico-tintalibre/" target="_blank"><strong>aquí</strong></a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 03 May 2026 04:00:40 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Ya rueda el balón]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[TintaLibre,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘La furia del fútbol’, un fenómeno cultural y político que TintaLibre presenta en Madrid este martes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/eventos/furia-futbol-fenomeno-politico-emocional-espectaculo-tintalibre-presenta-madrid_1_2186189.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/99640439-5df4-4bd9-8b33-59d7b6d902f7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La furia del fútbol’, un fenómeno cultural y político que TintaLibre presenta en Madrid este martes"></p><p>Pocas cosas despiertan tantas opiniones, sentimientos y discusiones como el fútbol. Ni la política, ni la economía, ni la monarquía. Si hay algo que genera debate en las cenas de Navidad es el deporte más popular del mundo.  </p><p>Por eso, el <a href="https://www.infolibre.es/tintalibre/rueda-balon-tintalibre-mayo_1_2185413.html"  >número de mayo</a> de <em><strong>TintaLibre</strong></em>, la revista en papel de <strong>infoLibre</strong>, habla de fútbol y su importancia en la sociedad. Es un hecho. Como fenómeno de masas, este deporte ha conseguido<strong> abrirse paso en la cultura</strong> hasta determinar buena parte de lo que se considera aceptable, reprochable o debatible entre los ciudadanos. Quizá un joven de catorce años no lea el periódico, pero oirá hablar de racismo<a href="https://www.infolibre.es/politica/musulman-no-bote-fascismo-cuela-gradas-seleccion-espanola-mundial_1_2171486.html" target="_blank"> si Lamine Yamal lo denuncia. </a></p><p>Bajo el eje <em><strong>La furia del fútbol</strong></em>, crónicas, ensayos y relatos desgranan este deporte como fenómeno cultural, político y emocional. La presentación del nuevo número tendrá lugar en la <strong>Sala Azul del Espacio Ronda,</strong> en el corazón de Madrid, a las 19:00 h del <strong>5 de mayo</strong>. El espacio tiene una capacidad máxima de cincuenta personas que podrán asistir al acto si son socias o socios, inscribiéndose <a href="https://buytickets.at/infolibre/2190798" target="_blank" >en este enlace</a>. ¡Y si no eres socio, <a href="https://usuarios.infolibre.es/hazte_socio/" target="_blank">pinchando aquí </a>puedes remediarlo! </p><p><strong>Marta Gesto</strong>, directora general de <strong>infoLibre</strong>, será la capitana del acto en el que hará un recorrido por este deporte desde la pasión y la memoria personal hasta el poder de la FIFA, los mundiales o su uso político, pasando por su mercantilización, su dimensión identitaria y sus contradicciones. </p><p>Posteriormente, la periodista dará pasó a <strong>Ramón Reboiras,</strong> jefe de redacción de <em>TintaLibre</em>, quien moderará una mesa redonda con la participación de <strong>Mónica Grandes</strong>, socia y colaboradora de infoLibre; <strong>Lucía Taboada</strong>, periodista y escritora; y <strong>Leyre Ollero</strong>, jugadora cadete del Sporting de Hortaleza. En ella hablarán de cómo el fútbol se convierte en fenómeno cultural y social, de qué formas lo hace y en qué ámbitos.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 30 Apr 2026 12:28:03 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Eva Rodríguez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘La furia del fútbol’, un fenómeno cultural y político que TintaLibre presenta en Madrid este martes]]></media:title>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[De las Cortes a las gradas, así se fabrica la islamofobia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/cortes-gradas-fabrica-islamofobia_129_2172723.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="De las Cortes a las gradas, así se fabrica la islamofobia"></p><p><strong>Lamine Yamal</strong> nació en Esplugues de Llobregat, de padre marroquí y madre de Guinea Ecuatorial, es negro y profesa el islam. Apenas cumplida la mayoría de edad, acumula los récords de precocidad del fútbol europeo y es el referente más visible de la selección española. Durante el amistoso España-Egipto en Cornellá, miles de aficionados en una zona reservada a grupos con invitación <a href="https://www.infolibre.es/politica/musulman-no-bote-fascismo-cuela-gradas-seleccion-espanola-mundial_1_2171486.html"  >corearon consignas islamófobas</a>. Visiblemente molesto en el campo, el jugador respondió en Instagram: "Sé que iba por el equipo rival y no era algo personal contra mí, pero <strong>no deja de ser una falta de respeto y algo intolerable</strong>". Lo que el episodio revela no es una anécdota ni un hecho aislado. Es la exteriorización de la denominada inclusión condicional. El delantero puede representar a España mientras haga goles, pero su fe es inadmisible en cuanto trasciende en público.</p><p>¿Habrían resonado los mismos cánticos si el rival hubiera sido <strong>Alemania, Brasil o Japón</strong>? El alarido "musulmán el que no bote" presupone un adversario percibido como religiosamente otro y ante Egipto, país árabe y africano cuya mayoría profesa esa misma fe, la frontera identitaria se activa con una especificidad que no operaría frente a otro equipo. <a href="https://www.infolibre.es/politica/sanchez-condena-incidentes-cornella-son-inaceptables-no-deben-repetirse_1_2171764.html"  ><strong>El partido</strong></a><strong> no engendró la islamofobia, pero sí proporcionó un objetivo reconocible</strong> y la cobertura de un espacio de masas donde la Real Federación Española de Fútbol no activó el protocolo antirracismo pese a la magnitud de lo ocurrido. Que de ese mismo círculo también emanaran consignas contra el presidente del Gobierno no es baladí. Es la prueba de que el islamófobo y el antisanchista comparten un mismo proyecto de construcción del enemigo.</p><p>El Observatorio Español del Racismo y la Xenofobia constata una persistente alza de casos en el conjunto del Estado. En Cataluña, <strong>las denuncias por odio islamófobo pasaron de 22 en 2022 a 72 en el pasado ejercicio</strong>, un incremento del 220%. El informe INFRA-D de Accem documenta que la población magrebí concentra el 36% de los incidentes de discriminación racial, aunque el fenómeno afecta también a otras comunidades islámicas, desde la argelina hasta la pakistaní. En España residen alrededor de un millón de marroquíes, que son blanco recurrente del odio antiislámico. Para ellos, lo sobrevenido en Cornellá no es novedoso. El poso de intolerancia llega ahora a los recintos deportivos y halla en la desinhibición colectiva un amplificador que hace aflorar la hostilidad que en otros contextos subsiste latente.</p><p>Lo ocurrido arroja luz sobre el proyecto político de la ultraderecha. Ignacio Garriga, secretario general de Vox, no condenó los hechos. Al contrario, bajo su blindaje racial <strong>arremetió contra supuestas secuelas de la inmigración</strong>, desde el aumento de las violaciones hasta la presencia yihadista en Europa, aserciones que los datos no sustentan. No se acredita relación causal entre el fenómeno migratorio y la delincuencia, pero tal narrativa funciona como marco de sentido para establecer una separación entre quienes pertenecen a la tribu y quienes sobran. El PP, que ha condenado lo sucedido, defiende no obstante una "<strong>inmigración culturalmente próxima</strong>", que excluye implícitamente a colectivos de religiones no cristianas, y acaba de votar favorablemente en las Cortes Valencianas una proposición que vincula inmigración y criminalidad. Feijóo ha vinculado además el proceso de regularización en curso con el riesgo terrorista derivado del conflicto en Oriente Medio.</p><p>El año pasado se editó en español la obra de referencia de Francisco Bethencourt, <em>Racismos</em>, donde repasa las evoluciones del fenómeno desde la Edad Media hasta el siglo XX. El historiador portugués, profesor en el King's College, demuestra que <strong>el racismo no es un fenómeno natural</strong> <strong>sino una construcción política</strong> que combina prejuicio étnico o religioso con acción discriminatoria que responde a proyectos de dominación. Su tesis apunta que la racialización de las minorías desvía la tensión social hacia grupos vulnerables en lugar de abordar las causas estructurales de la desigualdad, movilizando a las clases populares contra el distinto antes que contra quienes concentran recursos y poder. Es la misma estrategia empleada en los años veinte y treinta contra judíos, comunidades gitanas y otros grupos humanos en los imperios coloniales, y que hoy opera a través de renovadas plataformas.</p><p>El mecanismo de activación de la animadversión no es espontáneo y no puede entenderse sin el aparato ideológico que lo sustenta. Las consignas en el estadio partieron de un grupo organizado en una zona estratégica de la grada y se propagaron a miles de espectadores. Según la psicología social, en espacios de alta intensidad emocional <strong>una parte significativa de la multitud secunda comportamientos iniciados</strong> <strong>con suficiente energía</strong> <strong>por conformidad</strong> antes que por convicción, cuando el anonimato disuelve cualquier responsabilidad individual. Vox participará el próximo 30 de mayo en Oporto en una cumbre para evitar "el <strong>suicidio étnico de la Europa blanca</strong>" por la presencia de comunidades musulmanas. La diputada ultra Rocío de Meer resume la posición del partido en tres palabras: "remigración o desaparición". El terreno está deliberadamente abonado. El estadio solo cosechó los frutos.</p><p>_______________</p><p><em><strong>David Alvarado </strong></em><em>es doctor en Ciencia Política, profesor universitario, periodista y consultor.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 09 Apr 2026 04:00:52 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[David Alvarado]]></author>
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      <media:title><![CDATA[De las Cortes a las gradas, así se fabrica la islamofobia]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Islam,Racismo,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Andorra investiga a Carvajal, Cazorla y otros jugadores por comprar relojes de lujo de contrabando]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/politica/andorra-investiga-cesar-azpilicueta-dani-carvajal-futbolistas-liga-compra-relojes-lujo-contrabando_1_2174606.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4c112a57-5568-4a63-a173-3e3f626b4196_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Andorra investiga a Carvajal, Cazorla y otros jugadores por comprar relojes de lujo de contrabando"></p><p>Un juez de <a href="https://www.infolibre.es/temas/andorra/" target="_blank" >Andorra</a> está<strong> investigando a varios futbolistas españoles</strong> de Primera División por la compra de relojes de alta gama de contrabando, por lo que la Guardia Civil ha comenzado a <strong>enviar requerimientos</strong> de información a los jugadores afectados.</p><p>La Fiscalía Andorrana ha pedido la <strong>colaboración de la UCO de la Guardia Civil</strong>, y la próxima semana se tomará declaración a los futbolistas y a empresarios investigados por la compra de relojes de lujo en Andorra <strong>de contrabando</strong>, según ha avanzado <em>El Mundo</em> y han confirmado a EFE fuentes del instituto armado.</p><p>Las investigaciones por parte de la justicia andorrana se dirigen<strong> contra una sociedad del Principado</strong>, Best In Asociados, que se dedica a la <strong>comercialización de relojes de alta gama</strong> sin que materializara después el preceptivo pago de los impuestos.</p><p>La lista de clientes de esta sociedad andorrana incluyen <strong>nombres relevantes</strong> de futbolistas internacionales como el jugador del Real Oviedo <strong>Santiago Cazorla</strong>, el del Sevilla<strong> César Azpilicueta</strong> o el del Real Madrid<strong> Dani Carvajal</strong>, entre otros, según han confirmado a EFE fuentes de la Guardia Civil este miércoles.</p><p>En concreto, una empresa española compraba los relojes de lujo a distribuidores nacionales y<strong> los importaba formalmente </strong>a su sociedad andorrana, donde los revendía a los futbolistas, con el objetivo de <strong>evitar el pago del IVA</strong>, ya que al realizar la operación desde Andorra se aprovechaban de la deducción fiscal del Principado, obteniendo así un <strong>margen de beneficio que es ilegal.</strong></p><p>El magistrado ha pedido la colaboración de España para<strong> interrogar a los investigados </strong>residentes en nuestro país entre los que están los futbolistas que compraron los relojes y <strong>siete particulares o empresas españolas</strong> que vendieron los relojes a la firma andorrana que luego los revendía a los jugadores, según el citado medio.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 08 Apr 2026 16:51:21 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Andorra investiga a Carvajal, Cazorla y otros jugadores por comprar relojes de lujo de contrabando]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Andorra,Fútbol]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La FIFA expedienta a España por los cánticos racistas en el partido de Cornellà]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/internacional/fifa-expedienta-espana-cantos-racistas-cornella_1_2173976.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/16eee67e-36f5-4f98-bc54-e55b9c3ae08b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La FIFA expedienta a España por los cánticos racistas en el partido de Cornellà"></p><p>La Federación Internacional de Fútbol Asociación (<strong>FIFA</strong>), máximo representante del deporte a nivel mundial, ha abierto un expediente a España por los <a href="https://www.infolibre.es/opinion/humor/tuitometro/resultado-anos-blanqueando-discursos-odio-redes-indignan-canticos-islamofobos_1_2171501.html" target="_blank" >cánticos racistas e islamófobos</a> vividos en el partido España-Egipto en Cornellà <strong>el pasado 31 de marzo</strong>.</p><p>La Real Federación Española de Fútbol (RFEF) será investigada por los cánticos de <strong>"musulmán el que no bote"</strong>, proferidos por el público español. Durante el descanso, en el mensaje en el videomarcador del estadio se recordó que "la legislación para la prevención de la violencia en el deporte prohíbe y sanciona la participación activa en actos violentos, xenófobos, homófobos o <a href="https://www.infolibre.es/temas/racismo/" target="_blank">racistas</a>". </p><p>Sin embargo, ni la RFEF ni el árbitro <strong>decidieron paralizar el partido </strong>amistoso. El presidente de la misma, <strong>Rafael Louzán</strong>, comentó posteriormente en la COPE que se trata de<strong> "un caso aislado"</strong>. “Salvando eso, ha habido un gran ambiente”, aseguraba.</p><p>Eso sí, el colegiado sí <a href="https://www.infolibre.es/politica/musulman-no-bote-fascismo-cuela-gradas-seleccion-espanola-mundial_1_2171486.html"  >recogió los cánticos en el acta</a>, lo que ha hecho que, tras las quejas de la federación egipcia, la FIFA actúe por medio de su Comité Disciplinario. Además de los oponentes, el propio Lamine Yamal se hizo eco del suceso racista en sus redes sociales: "Usar una religión como burla en un campo os deja como <strong>personas ignorantes y racistas</strong>", dijo en una publicación de Instagram. Tanto la Fiscalía de Odio y Discriminación como los Mossos d'Esquadra también están investigando este suceso.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 07 Apr 2026 17:59:15 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La FIFA expedienta a España por los cánticos racistas en el partido de Cornellà]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Sánchez condena los incidentes de Cornellà: “Son inaceptables y no deben repetirse”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/politica/sanchez-condena-incidentes-cornella-son-inaceptables-no-deben-repetirse_1_2171764.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/885fe72e-fbfa-4b63-b000-3868abaa8cb7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sánchez condena los incidentes de Cornellà: “Son inaceptables y no deben repetirse”"></p><p><a href="https://www.infolibre.es/temas/pedro-sanchez/" target="_blank" >El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez</a>, ha condenado con contundencia los incidentes ocurridos este martes en Cornellà, que<strong> ha calificado de “inaceptables”</strong>. A través de un mensaje en redes sociales, el jefe del Ejecutivo ha advertido de que<strong> “no deben repetirse”</strong> y ha defendido<strong> la imagen de España</strong> como “un país plural y tolerante”, frente a lo que considera el comportamiento de<strong> “una minoría incívica”</strong>.</p><p>Sánchez ha trasladado además su “apoyo” <strong>a los deportistas afectados</strong> por lo sucedido y ha aplaudido a quienes, <strong>“con su respeto”</strong>, contribuyen a reforzar<strong> los valores de convivencia </strong>tanto dentro como fuera del ámbito deportivo.</p><p>Este episodio ha provocado también <strong>una reacción unánime</strong> y contundente en todo el Ejecutivo. El ministro de la Presidencia, <a href="https://www.infolibre.es/temas/felix-bolanos/" target="_blank" >Félix Bolaños</a>, ha ido más allá al advertir de que<strong> “quienes hoy callan serán cómplices”</strong>, insistiendo en la necesidad de seguir trabajando<strong> por una sociedad “tolerante y respetuosa con todos”</strong>. En la misma línea, la directora general de Igualdad de Trato, Beatriz Carrillo, ha solicitado a la Fiscalía que investigue si los cánticos pueden constituir un delito de odio.</p><p>A su véz el Ministerio de Educación, Formación Profesional y Deportes <strong>ha condenado “con la máxima firmeza”</strong> unos hechos que considera “absolutamente inaceptables” y alejados de la mayoría de la afición. Por su parte, el ministro de Política Territorial, <a href="https://www.infolibre.es/temas/angel-victor-torres/" target="_blank" >Ángel Víctor Torres</a>, ha señalado directamente a “<strong>grupos ultras</strong> jaleados por la política ultra” y ha reiterado que “el odio y el racismo <strong>no tienen cabida</strong> en el deporte ni en nuestra vida”, advirtiendo de nuevo de que “quien calla es cómplice”.</p><p>Fuera del Ejecutivo, las reacciones también han sido <strong>mayoritariamente de condena</strong>. La portavoz del PP en el Congreso, <a href="https://www.infolibre.es/temas/ester-munoz/" target="_blank" >Ester Muñoz</a>, ha calificado de<strong> “lamentable y condenable” </strong>lo ocurrido en las gradas, en una línea compartida por formaciones como ERC o Podemos.</p><p><strong>Distinta</strong> ha sido la posición de Vox. Su secretario general, Ignacio Garriga,<strong> ha evitado censurar</strong> directamente los hechos y ha enmarcado su respuesta en un discurso centrado en la<strong> inmigración y la seguridad</strong>, con una enumeración de críticas que <strong>no aludían de forma explícita</strong> a los cánticos registrados en el estadio.</p><p>Por su parte, el expresidente de la Generalitat,<a href="https://www.infolibre.es/temas/carles-puigdemont/" target="_blank" > Carles Puigdemont</a>, ha atribuido los cánticos<strong> islamófobos y xenófobos</strong> a la “agenda españolizadora del PSC”, señalando así una lectura política de lo sucedido en el <strong>RCDE Stadium de Cornellà.</strong></p><p>El rechazo a lo sucedido en Cornellà también se ha extendido <strong>más allá del ámbito político</strong>, con pronunciamientos desde el tejido social y deportivo. <strong>La Unión de Comunidades Islámicas de Cataluña</strong> ha expresado su<strong> “más firme indignación” </strong>y ha reclamado medidas “para prevenir y sancionar” este tipo de conductas. En un comunicado, la entidad ha instado a las fuerzas de seguridad a<strong> identificar a los responsables </strong>y ha pedido a autoridades y organismos deportivos una “condena firme” que evite cualquier banalización de los hechos.</p><p>Por su parte, el RCD Espanyol <strong>ha condenado “enérgicamente”</strong> los comportamientos racistas, al tiempo que ha considerado<strong> “injusto” </strong>que se señale de forma generalizada a su afición.</p><p>En el plano internacional,<strong> la Egyptian Football Association</strong> ha lamentado lo ocurrido, aunque ha subrayado que estos incidentes “<strong>no afectarán </strong>en absoluto a las sólidas relaciones” entre ambas selecciones.</p><p>A las condenas institucionales y sociales se han sumado también <strong>voces del ámbito deportivo</strong>. El delantero del FC Barcelona y de la selección española, <strong>Lamine Yamal</strong>, ha calificado los cánticos como<strong> “una falta de respeto intolerable” </strong>y ha tildado a sus responsables de <strong>“ignorantes y racistas”</strong>. El jugador, que se ha pronunciado en redes sociales, ha recordado <strong>su condición de musulmán </strong>y ha subrayado que, aunque los insultos no fueran dirigidos personalmente contra él, “no dejan de ser algo intolerable”.</p><p>En la misma línea, <strong>el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni</strong>, ha definido lo ocurrido como un “<strong>bochorno colectivo </strong>intolerable” que no representa los valores del deporte. Además, ha señalado<strong> la contradicción </strong>de que algunos de los autores de los cánticos racistas ovacionaran posteriormente al propio Yamal, evidenciando —<strong>a su juicio</strong>— la incoherencia de ese comportamiento.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 01 Apr 2026 18:13:35 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Racismo,Pedro Sánchez,Fútbol,España]]></media:keywords>
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