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    <title><![CDATA[infoLibre - Juan José Millás]]></title>
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      <title><![CDATA[Juan José Millás: “La mentira tiene más capacidad de expansión que la verdad”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/como-lo-ve/juan-jose-millas-mentira-capacidad-expansion_1_1330185.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/143e49bb-b6fa-4f05-9434-44e313729cc6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Juan José Millás: “La mentira tiene más capacidad de expansión que la verdad”"></p><p>El escritor y periodista <strong>Juan José Millás</strong> (Valencia, 1946) se mantiene atento a todo lo que ocurre en nuestro entorno. Sus últimos trabajos junto al paleontólogo Juan Luis Arsuaga se han convertido en un gran éxito editorial. Su especial habilidad para observar la realidad le permite siempre aportar puntos de vista originales y evocadores. En los tiempos que vive el periodismo, considera que, en realidad, siempre ha existido "una guerra de trincheras entre los propios medios de comunicación". Apenas se prodiga en redes sociales, a las que considera que "se les da más importancia de la que realmente tienen". Con respecto a la extensión de las mentiras y <em>fake news,</em> aporta una explicación: "La mentira gusta mucho porque las grandes mentiras suelen estar dirigidas a satisfacerte, a darte la razón aunque no la tengas y, por eso, la mentira tiene mucha más capacidad de expansión que la verdad". </p><p>"La sensación general es de gran incertidumbre y gran inseguridad porque se nos ha quitado, o se nos ha arrebatado, el espacio donde más tiempo pasa el ser humano, que es en el futuro: el niño está pensando en cuando sea joven; y el joven, en cuando sea maduro. Siempre estamos pensando en el futuro. <strong>Ese espacio en el que pasábamos tanto tiempo ya no existe </strong>porque la gente no sabe cuándo podrá independizarse de sus padres, formar una familia, tener hijos, meterse, por fin, a comprar una vivienda... Pero esto no es solamente por la guerra de Ucrania. La guerra sólo ha acentuado problemas que ya venían de antes. Este es el estado global de la sociedad, en el que se consumen más ansiolíticos que nunca y España es el país que más consume. En términos absolutos es una salvajada, una barbaridad".</p><p>"El insomnio en sí no es una enfermedad. Es el aviso de que hay una enfermedad y está generado en parte por una ansiedad. No duermes porque estás ansioso y estás ansioso porque no sabes qué va a ser de tu vida o qué hacer con ella. Y también, claro, porque eso genera una atmósfera de enfrentamiento o de nervios que no es lo más propicio para dormir. La propia Organización Mundial de la Salud ha emitido una alerta porque <strong>el 30% de la población mundial padece insomnio</strong>. Una sociedad así es una sociedad más dormida, que tiene muchos accidentes de trabajo y de tráfico, que trabaja mal, que está de mal humor, que está nerviosa... Es una sociedad peligrosa. La gente que no ha dormido al día siguiente está de mal humor y una sociedad que no duerme bien está de mal humor".</p><p>"Esta guerra nos ha sorprendido porque ya no creíamos que íbamos a ver guerras antiguas, de soldados con rifles matándose unos a otros desde las trincheras. Creíamos que los conflictos se iban a solucionar de otro modo. Y esto ha sido un shock. Ver esas imágenes de civiles asesinados y el éxodo de la gente que huye de los pueblos, saber que niños y mujeres han sido violados... <strong>Todo eso es muy conmovedor, porque son seres humanos</strong>, son hermanos nuestros. Todo el mundo occidental está desestructurado por un acontecimiento que, en apariencia, es local. Y esto nos da idea de la fragilidad que provoca la globalización y la interdependencia que provoca que un conflicto, de aspecto a lo mejor pequeño, puede producir una hambruna en África y un encarecimiento de los alimentos en todo Occidente. Es un desastre que revela contradicciones que estaban latiendo en el sistema".</p><p>"La victoria de Giorgia Meloni en Italia seguramente se explica por muchos factores, pero hay uno al que se presta poca atención que es la abstención, que ha sido casi de un 40%. Creo que el voto de esa gente habría ido a programas de carácter progresista. Lo que pasa es que esa gente ya no cree en el sistema, se ha desenganchado. Curiosamente, las cifras de abstención coinciden con las de la gente que está en riesgo de pobreza, o que está ya en la pobreza. Es decir, <strong>son personas que sienten que las decisiones del sistema no les conciernen</strong> y no van a votar porque sienten que eso ya no va con ellos. También en las últimas elecciones que hemos visto en España la abstención ha sido muy alta y se le presta poca atención. Parece que siempre tratamos de no prestarle demasiada atención. Y considero que es porque nos da miedo porque es un dato muy significativo de un sistema que cada vez expulsa a más gente hacia los márgenes. Y esta gente no se siente concernida por las decisiones del sistema".</p><p>"No es que haya gente que no vote porque está desencantada. En la mayoría de los casos va mucho más allá del desencanto, porque el desencanto, como palabra, tiene incluso connotaciones románticas, de nostalgia. No es que sientan que no les concierne, es que viven al margen del sistema. Ni siquiera hay desencanto. Es increíble la cantidad de gente que está durmiendo en la calle, gente a la que el sistema no puede atender. No tienen relación alguna con el sistema. Y esto va en aumento, porque las últimas cifras que he escuchado en España son del 34%. Y después <strong>hay una sociedad media cada vez más depauperada</strong>, cada vez más frágil, con más miedo a ese futuro que le han arrebatado. Y una desaparición de las clases medias es tremenda, porque son las que cohesionan a los sistemas. La desigualdad no deja de aumentar".</p><p>"Seguramente el PP miente y si estuviera en el poder los subiría. Recuerdo cuando, antes de que Mariano Rajoy ganara las elecciones, Cristóbal Montoro repetía obsesivamente que lo que había que hacer en épocas de crisis era bajar los impuestos. Lo decía con tal ardor y con tanta pasión que a mí me hacía dudar, porque me parecía que el hombre actuaba de buena fe. Y, desde mi ignorancia, pensaba que quizá llevaba razón, porque no podía alguien abogar con esa convicción moral y con esa seguridad sin llevar parte de razón. Pues al día siguiente de ganar las elecciones, el ministro Montoro subió todos los impuestos. Es decir, que <strong>lo más probable es que el PP mienta</strong> y que, si ganara las elecciones, mañana subiría los impuestos. Otra cosa es en los niveles autonómicos. Pero en las decisiones de orden estatal, no tengo ninguna duda de que miente y de que subiría los impuestos como hizo la otra vez".</p><p>"El PP no ha cambiado nada. Ha cambiado un poco las formas respecto a Pablo Casado, pero digamos que, en la sustancia, todo sigue igual. Sigue siendo un partido que en la oposición no ayuda a nada en la gobernación, ni siquiera en las cosas que son evidentes y que son buenas. Es una formación que <strong>en la oposición tiene tics antisistema</strong>. En la sustancia, por tanto, realmente el cambio no se ha percibido. A veces, parece que han cambiado un poco las formas, pero al final sale la bestia que llevan dentro, la que salía con Casado. Y hablar de esto es un ejercicio retórico inútil que no conduce a ningún sitio. El PP de Feijóo es el PP de Casado. Del mismo modo que el PP de Casado era el de Rajoy, y el de Rajoy era el partido de Aznar".</p><p>"Pedro Sánchez es un político pragmático y del sistema. De hecho, es muy valorado en los círculos internacionales. Es un hombre de un pragmatismo brutal que podría parecerse al de Felipe González. Tiene algo de práctico que se adapta a situaciones y es capaz de hacer hoy lo que negaba ayer. Pero le falta la magia que tenía González, que era un hombre que conseguía, aparte de su capacidad de convicción mental, llegar también a los sentimientos de la gente. Creo que <strong>Sánchez tiene una dureza, con la que se maneja muy bien en los círculos internacionales</strong>. Pero, con esa dureza, le cuesta llegar al electorado. Seguramente estos datos que dan las encuestas desfavorables al PSOE no tienen tanto que ver con la acción del Gobierno, como con que no consigue empatizar, por utilizar un término que entiende todo el mundo, con el electorado".</p><p>"La realidad dice que las fuerzas de izquierda raramente llegan a acuerdos. Ojalá llegaran, pero no parece. Además, da la impresión de que estas fuerzas están siempre condenadas a tener un papel casi testimonial, como el que tuvo el Partido Comunista durante muchos años. Hay algo en ellas que parece que les imposibilita alcanzar el poder. Esto es sorprendente porque Podemos, que recogió un poco de espíritu del 15M, llegó a ser en las encuestas el número uno en intención de voto. Y, al final, <strong>se ha quedado en una fuerza casi testimonial</strong>. Creo que mucho ha tenido que ver su propia actuación. No se ha analizado suficientemente, pero tiene que ver con esta tendencia a la dispersión de las izquierdas. De todas formas, es cierto que en el Gobierno de coalición han conseguido cosas gracias a su presión".</p><p>"Un sistema es un conjunto de cosas que funcionan, que se unen para conseguir un objetivo bueno. Pero aquí las desigualdades no hacen sino crecer, de manera que realmente lo que habría que ser es antisistema. Uno no puede estar a favor de este sistema que empobrece a más del 30% de la población, que adelgaza las clases medias y que a los millonarios los hace más millonarios. Uno no puede estar a favor. Lo verbalizó hace poco Sánchez: dijo que la gente está decepcionada de la política porque<strong> piensa que no mandan a aquellos a los que votan</strong>. Y llevaba razón: no mandamos a quienes votamos. Mandan también ellos, aunque mejor no exageremos, porque lo hacen poco. Todo esto transmite a la población la idea de que los cambios que realmente necesitaría el mundo en que vivimos no se pueden hacer o por falta de voluntad de la política o por falta de fuerza de la política. Y eso coloca a la población en una situación de desánimo brutal".</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 01 Oct 2022 18:14:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Contreras]]></author>
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      <title><![CDATA[Juan José Millás: "Si el PP gobernara, seguramente daría la amnistía"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/como-lo-ve/juan-jose-millas-si-pp-gobernara-seguramente-daria-amnistia_1_1206527.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/eee15028-7a13-45b9-ae07-6b5eb3162475_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Juan José Millás: "Si el PP gobernara, seguramente daría la amnistía""></p><p><strong>Juanjo Millás</strong> (Valencia, 1946) está inmerso en la escritura de un nuevo libro en colaboración con el antropólogo Juan Luis Arsuaga. Juntos publicaron el pasado año su obra <em>La vida contada por un sapiens a un neandertal</em>, que se ha convertido en todo un acontecimiento editorial y va ya por la novena edición. Reconoce que, a título personal, durante la pandemia lo ha pasado mal, "pero no ha sido dramático": "Sin embargo, retrospectivamente me parece horroroso. Lo paso peor ahora, cuando lo pienso, que cuando lo pasé. De manera que la llegada de las vacunas es un alivio". Confiesa estar un poco cansado de la forma en la que se ha desarrollado el debate en torno a los indultos a los presos independentistas.</p><p><strong>Un asunto técnico</strong></p><p>"Creo que el asunto del indulto es casi un asunto de carácter técnico. Es decir, que esto lo deberían haber resuelto o deberían resolver los políticos a los que elegimos y pagamos para que resuelvan este tipo de cosas. Y yo creo que dos personas adultas, como el presidente Sánchez y el jefe de la oposición, Casado, se sientan y resuelven esto en media hora. Es decir, esto no da para lo que está dando. Esto es una exageración enorme, lo que está sucediendo en torno al indulto. Lo que <strong>no se puede hacer con este asunto es ir calentando el ambiente</strong> como se ha ido haciendo. Naturalmente que aquí tiene muchísima más responsabilidad el partido en la oposición y Casado y la derecha en general porque han ido caldeando el ambiente, pero como se caldea un encuentro de fútbol de final entre el Barça y el Real Madrid".</p><p><strong>A favor de los indultos</strong></p><p>"Si me preguntas mi opinión, pues yo soy de los que diría: "Oye, vamos a probar, puesto que conviene introducir algún gesto, alguna actuación que ponga bien lo que está patas arriba. Vamos a probar con esto". Creo que la situación ahora es distinta. Han hecho gestos: está la carta de Junqueras, está el saludo de Aragonés al rey. En fin, parece que hay una atmósfera como para que, si alguien da un paso adelante, pues por lo menos ya quitas el argumento del victimismo. Puede no salir. Bien. Ahora, muchas veces en la vida, pues <strong>tienes que arriesgarte. Tampoco arriesgas mucho si no sale</strong> porque, ¿qué es lo peor que puede pasar si no sale? Pues si no sale, lo peor que puede pasar es que vuelvan a las andadas, que la justicia actúe de nuevo y esta vez ya no habrá una segunda oportunidad. No habrá un segundo indulto".</p><p><strong>La responsabilidad de los políticos</strong></p><p>"La población tiene que tener el valor necesario para que le digan: "Oiga, ¿usted está a favor o en contra del indulto?" y que responda: "Es que no lo sé". Yo he dicho por qué estaría a favor, pero me dan ganas de decir, como cuestión de orden metódico: "No lo sé". Es una cuestión de alta política. Es una cuestión de orden técnico. Ellos deben saber si es buena esta medida en estos momentos para pacificar. <strong>No me pueden a mí convertir en un hincha del indulto o contra el indulto</strong>. A los políticos los hemos votado para cuatro años. Tienen que adoptar a veces posturas, que no se correspondan milimétricamente con lo que en ese instante concreto la sociedad piensa. Si realmente la sociedad sigue pensando eso dentro de cuatro años, cuando los volvamos a votar, ya lo pagarán en las urnas".</p><p><strong>La opinión pública</strong></p><p>"Muchas veces, respecto a las cuestiones que pasan en la vida política y frente a las que tomo una posición, acabo preguntándome: ¿Yo he pensado esto o he sido pensado por esto? Es normal que si tú haces una campaña de anticatalanismo muy polarizada, es normal que acabe afectando en España a un amplio porcentaje de población. Y en Cataluña es al contrario. Están a favor. Pero <strong>esto ya empieza a cambiar. Ya ha cambiado estos últimos días</strong>, porque resulta que hay gente que tradicionalmente está alineada a la derecha, como el mundo empresarial o la Iglesia, a los que les parece bien el indulto, de un modo sensato. Han dicho: "Oiga, necesitamos para hacer negocios, para que las empresas funcionen, necesitamos que haya cierta normalidad política. Hace falta que los ánimos no estén exaltados continuamente. No se puede vivir en un grado de excitación permanente"".</p><p><strong>Españoles de bien</strong></p><p>"Yo puedo estar en contra del indulto, pero yo no te voy a pegar a ti con una bandera en la cabeza si estás a favor. Podemos discutirlo como adultos: "Oye. ¿a ti por qué te parece mal del indulto?". Pues a lo mejor llevas razón. Y yo te diría: "¿Pero tienes alternativa?". Ahora <strong>me tendrías que decir cuál es tu alternativa</strong>, porque claro, lo que no sirve es decir: "La alternativa es la policía o la judicialización permanente". Lo que es realmente una cosa moralmente muy reprobable es que algunas de las personas como Rosa Díez, dijeran que en Colón estaban las personas de bien y los españoles decentes. Porque esto sí que es un insulto muy grave. Resulta que si yo estoy a favor del indulto, no soy una persona decente, no soy un español decente, ni soy una persona de bien. ¿Pero en qué mundo vivimos?"</p><p><strong>Infantilizar la sociedad</strong></p><p>"Tengo la impresión de que todo esto es una maniobra de carácter inconsciente para infantilizar a la población. Porque, mientras tú te enfureces y vas a la plaza de Colón con las banderas y los otros se enfurecen a favor, no estás pensando, por ejemplo, en el ingreso mínimo vital. Se vendió como un avance único en el mundo y en cierto modo lo era. Pues ha llegado como al quince por ciento de la gente a la que tenía que haber llegado. Ahora bien, si yo estoy con la cabeza absolutamente ocupada, como el que oye voces, como las voces de Colón, las voces de los que estaban, pues claro, <strong>no me ocupo del ingreso mínimo vital, ni aunque lo necesite, porque estoy enajenado. </strong>Estoy alienado. No se puede estar dos meses dándole vueltas a un asunto de carácter técnico como es el asunto del indulto y que se resuelve con dos personas adultas sentadas en una mesa tomándose un café en media hora".</p><p><strong>La posición del PP</strong></p><p>"Si gobernara el Partido Popular, no es que fuera a dar indultos, es que seguramente daría amnistía. Es que hay que acordarse de cuando gobernaba Aznar y la relación de Aznar con ETA. Aznar negoció con ETA. Aznar, en una famosa entrevista en televisión, riñó a la locutora que le hacía preguntas impertinentes y le dijo: "Mire usted, es que hay que ser generoso". Cuando la periodista le decía: "¿Y vamos a perdonar a gente que ha asesinado?", <strong>Aznar respondía: "Es que tenemos que ser generosos</strong>, si queremos la paz". Es decir, hoy el PP en el Gobierno, frente a la patata caliente de Cataluña, daría amnistía y además es probable que el PSOE le apoyara o por lo menos no estorbara como hizo con el artículo 155. Porque es verdad que la izquierda, cuando está en la oposición, demuestra un sentido de Estado que jamás demuestra la derecha".</p><p><strong>Los empresarios, a favor</strong></p><p>"Resulta que el empresariado ha llegado a la conclusión de decir: "Oye, pues a lo mejor esto del indulto es una medida que empieza a pacificar la situación". Esta gente lleva casi cuatro años en la cárcel. Van a salir inhabilitados políticamente. La generación que viene detrás sabe a lo que se exponen. Habiendo tanta gente a favor de que salgan de la cárcel en Cataluña, esto va a ayudar a crear un clima de paz en la sociedad catalana. ¿Pues no será sensato hacerlo? También, dicen: "Quizá sea una medida equivocada pero <strong>como parece que no hay otra, ¿por qué no probarla? Probemos</strong>". En el peor de los casos, lo único que puede pasar es que no funcione. Bueno, pues si no funciona, ya sabemos que eso no funciona. Pero no va a pasar nada grave. Los empresarios están actuando como personas adultas. Se comportan como adultos porque sus intereses son económicos. No son políticos".</p><p><strong>Intereses políticos vs económicos</strong></p><p>"Los intereses de Casado son exclusivamente políticos. Es saber si puede pillar algún voto y a ver si de paso infantiliza a la población, de manera que frente a las grandes cuestiones no tengamos opinión y sin embargo estemos deseando adquirir opinión respecto a lo pequeño. Seguramente ya hay mucha gente que estaba en contra del indulto, pero que se ha informado y de repente ha pensado: ¿No se ha indultado a Armada? ¿No se indultó a Tejero? Dos golpistas de verdad. ¿No se indultó a Galindo, que estaba condenado a setenta y un años por crímenes de Estado? Y no ha pasado nada. <strong>Aquí se ha indultado a mucha gente y no ha pasado nada</strong>. Yo no recuerdo que hubiera revueltas, que hubiera gente en la plaza de Colón. Se dieron con toda naturalidad. ¿Contribuyó a pacificar el país? Pues bien dados hayan sido".</p><p><strong>El independentismo, hoy</strong></p><p>"Quien no quiera ver esto, es un ciego. Hubo muchas declaraciones inmediatamente después de aquellos sucesos desgraciados durante el <em>procés</em> en el sentido de que se habían pasado. Tú, antes de meterte con el Estado, tienes que pensártelo porque el Estado es muy fuerte. Puedes tener un momento de euforia y plantarte encima de un coche de la policía con un megáfono y arengar a las masas pero el Estado está debajo. El Estado es ese coche en el que te has subido y te va a llevar a la cárcel. <strong>El Estado funciona y se ha demostrado</strong>. Nosotros, afortunadamente, no somos un Estado fallido. Pueden seguir con su retórica independentista. Pueden ser independentistas. Ahora saben que hay que ser independentista también dentro de un orden. El simple anuncio del indulto ya empieza a producir situaciones que son pacificadoras. Con esto empezamos a normalizar la situación. ¿Que es un error el indulto? ¿Que vuelven a las andadas? Bueno, pues ya actuará la justicia y esta vez, seguro que no habrá otro indulto".</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 20 Jun 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Contreras]]></author>
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      <title><![CDATA[Juan José Millás: "El progreso consiste en no sacar al idiota que llevamos dentro"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/como-lo-ve/juan-jose-millas-progreso-consiste-no-sacar-idiota-llevamos_1_1190051.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/47262479-0390-4890-8621-6fd215acf1ec_16-9-aspect-ratio_default_0.png" width="1200" height="675" alt="Juan José Millás: "El progreso consiste en no sacar al idiota que llevamos dentro""></p><p><strong>Juan José Millás</strong>, a través de sus colaboraciones en prensa y radio, se ha convertido en un destacado retratista de la evolución de la sociedad española en las últimas décadas. Su enorme cantidad de seguidores siempre ha valorado en él su capacidad para observar la realidad desde una perspectiva original y sugerente. Hemos podido encontrarnos y charlar con él en el Taller de Ideas, donde acaba de mudarse la redacción de infoLibre. Ha publicado recientemente su último libro, <em> La vida contada por un sapiens a un neardental</em>. Se trata de un apasionante y entretenido relato de dos años de conversaciones intermitentes con el paleontólogo Juan Luis Arsuaga.</p><p><strong>El hombre del neolítico</strong></p><p>"Parece que hay cierto consenso científico en que la mejor época del ser humano fue aquella en la que era un cazador-recolector. Era un hombre muy sano, comía de lo que cazaba, de lo que recolectaba, hacía ejercicio todo el día… Además era muy presumido, se adornaba mucho. De manera que un cazador-recolector que tuviera sesenta años estaba mucho mejor físicamente que un personaje del paleolítico o de nuestra época. Otra cuestión es que <strong>el hombre del neolítico cazador-recolector</strong> no tenía excedentes. No sabía lo que era un excedente. No tenía propiedad privada. <strong>N</strong><strong>o tenía pánico de que vinieran las tribus del norte o de la montaña a quitarle su grano</strong>. Por decirlo en palabras de un personaje de Vargas Llosa, la invención de la agricultura y la ganadería 'lo jodió todo'. Ahí es donde se jodió Perú". </p><p><strong>Ficción y realidad</strong></p><p>"La ficción no compite con la realidad en el disparate. La ficción no intenta ser más disparatada que la realidad. La ficción compite con la realidad en la verosimilitud. Sin embargo, todo lo que ocurre en la realidad, por disparatado que sea, tiene a su favor el hecho de haber sucedido. <strong>Cuando leemos en un periódico un disparate no decimos: 'Esto es imposible'. Nos lo creemos porque ha sucedido.</strong> En cambio, cuando uno escribe una novela, todo lo que sucede en esa novela tiene que ser verosímil, precisamente porque no ha sucedido. Es muy curioso, porque resulta que el territorio de la realidad y el territorio de la literatura, de la novela, son territorios autónomos. Es decir, tienen leyes diferentes. En la realidad, todo es contingente. En el territorio de la novela todo es necesario. Si a una novela le sacas un material y se queda igual, es que ese material sobraba".</p><p><strong>La vida en tiempos de pandemia</strong></p><p>"Bueno, estoy viviendo como casi todos, con mucha preocupación. Porque está ocasionando destrozos económicos allá donde vayamos: las colas del hambre, de la gente que se está quedando sin trabajo, de las empresas que se están yendo al carajo, etc. Todo esto es muy preocupante porque todos en nuestro entorno tenemos a alguien o conocemos a alguien que está viviendo situaciones muy difíciles y el Estado parece que no puede llegar a solucionar todas ellas. <strong>Desde el punto de vista personal, hay días que sufro incluso con angustia, con verdadera angustia</strong>. Desde el punto de vista político, a mí me parece que la pandemia forma parte del mismo paquete del cambio climático y del neoliberalismo económico, es decir, el ser humano, la especie, está transgrediendo fronteras que no se deberían transgredir y el resultado es este".</p><p><strong>Covid y batalla política</strong></p><p>"Esto es un desastre. Aunque es un desastre al que ya estamos acostumbrados. Desde las zonas conservadoras de la política, ya se utilizó en su día ETA políticamente y ya se utilizó los atentados yihadistas de Atocha. No hay límites de aprovechamiento de los sucesos más desgraciados con fines partidistas. La oposición es un espacio estupendo para ejercer el poder. Desde la oposición se puede mejorar mucho la vida de los ciudadanos, pero <strong>cuando desde la oposición uno se dedica a polarizar, a sacar lo peor de los seres humanos,</strong> llegamos a esta situación que estamos viviendo en estos momentos en España, en donde parece que es imposible llegar a un acuerdo. Acuerdos a los que la sociedad civil, por su parte, está llegando continuamente en las familias y en las empresas. El único desacuerdo que no se puede arreglar es en la política".</p><p><strong>La importancia de lo público</strong></p><p>"Bueno, la pandemia es como si hubiéramos levantado una sábana y hemos visto debajo cosas que no nos gustan. Cosas que sospechábamos que estaban mal pero no que estaban tan mal, como el tratamiento de lo público, lo que se refiere a los aspectos sanitarios. A mí lo que me preocupa es que gran parte de los políticos están pensando que cuando esto pase, y esto pasará, podremos volver a la situación anterior y<strong> yo creo que no vamos a poder volver nunca a la situación anterior.</strong> El virus ha sido como un catalizador que ha acelerado este proceso de paso de la sociedad analógica a la sociedad digital, que es un paso de un tamaño tan grande que no encontramos en la historia uno semejante. Ni la imprenta, ni la Revolución Industrial. Tengo la impresión de que los políticos están pensando como en el siglo XX. Están pensando soluciones para un siglo que ya no existe".</p><p><strong>La vida política</strong></p><p>"Nunca he vivido la situación política con distancia. Procuro estar enterado de lo que ocurre. Procuro leer los análisis que me parece que son más interesantes o más acertados. Y la vivo con preocupación. Me parece que en<strong> la situación que vivimos en España</strong> actualmente, si la comparamos con los estándares europeos y mundiales, <strong>se está haciendo frente, mejor o peor, a una situación</strong> en la que se ha introducido además como una cuña la pandemia, <strong>que además era imprevisible</strong>. Esto es si lo comparamos con los estándares internacionales que no son muy halagüeños. Porque estamos viviendo una situación de enorme falta de liderazgo y de personajes estrambóticos que están ocupando espacios muy importantes de la política mundial y que repercute también en la política doméstica".</p><p><strong>El Gobierno de coalición</strong></p><p>"No está funcionando mal. Creo que en la gestión de la pandemia se están cometiendo errores inevitables que son los que provienen de la ignorancia del virus. Ahora bien, hay errores que no tienen que ver con mayor o peor conocimiento del virus, sino con el hábito de la política de mentir, de no decir la verdad. Por ejemplo, con el tema de las mascarillas. Al principio se nos dijo que no solamente no eran buenas, sino que eran perjudiciales. Ahora son obligatorias. Nos deberían tratar como adultos. Ahora bien, <strong>creo que no es el momento de hacer una crítica feroz. </strong>Vemos lo que ocurre en Francia, en Suecia, en Alemania y tenemos que hacernos cargo de que<strong> la situación es muy complicada.</strong> Sin duda, cuando esto pase, habrá tiempo de hacer un análisis de lo que se hizo bien y lo que se hizo mal, con más detenimiento que ahora".</p><p><strong>Derechas e izquierdas </strong></p><p><strong>"Pienso que la dicotomía de derecha/izquierda</strong> deberíamos tratarla cada vez con más cuidado porque <strong>ya no explica el mundo</strong>. Cuando alguien me dice que soy de izquierdas, parece que me esclerotiza y que me coloca frente a una trinchera en la que ya no puedo tener comunicación con los otros. Del mismo modo que cuando yo coloco a alguien en la derecha, le esclerotizo también, lo inmovilizo. <strong>Me parece que deberíamos entrar más en una etapa en la que habláramos de sentido común.</strong> Si a alguien de la izquierda clásica le preguntas en qué consiste ser de izquierdas hoy, tendría dificultades para responderte. Entramos en una etapa histórica en la que, evidentemente, gran parte de los problemas que nos acechan se van a resolver por un reparto más justo de la riqueza, no hay otra. Hay que llegar a acuerdos sin etiquetas previas, porque las etiquetas son muy reductoras".</p><p><strong>La era Trump</strong></p><p>"Hace poco dije, medio en broma medio en serio en la radio, que la cultura y el progreso es el resultado de un acuerdo implícito al que hemos llegado todos los seres humanos, que consiste en no sacar al idiota que llevamos dentro. <strong>Lo que ha ocurrido con Trump ha sido tremendo porque, en cierto modo, ha legitimado a un idiota</strong>. Se puede ser idiota y ganar las elecciones en EEUU. Creo que al perder las elecciones, esos 70 millones que han sacado el tonto que llevaban dentro, lo volverán a meter o censurar. Freud escribió hace muchos años, en un ensayo que se titula <em>Malestar en la cultura</em>, que la cultura es el resultado de la represión de los instintos. Llegamos a acuerdos de que hay instintos que reprimimos porque no son buenos para vivir en sociedad. Creo que deberíamos volver, después de la derrota de Trump, a poner en marcha ese acuerdo consistente en no sacar al idiota que todos llevamos dentro".</p><p><strong>La disrupción tecnológica </strong></p><p>"Mi opinión es que está llegando y que no hay quien lo pare. Nosotros, cuando hablamos de progreso, queremos señalar que hay un avance. La palabra progreso está connotada <em>meyorativamente: </em>el progreso es bueno. Esto es un poco un disparate, porque la evolución humana no tiene propósito. Somos responsables morales de lo que nos pasa. Nietzsche dijo: "Dios ha muerto", y alguien le respondió: "Si Dios ha muerto todo está permitido" y creo que fue Sartre el que respondió diciendo que no, que si Dios ha muerto, la responsabilidad de todo lo que ocurre la tenemos nosotros, que somos la única especie autoconsciente sobre la Tierra. No es una cuestión de estar de acuerdo o no con la llegada de las nuevas tecnologías, sino de <strong>saber que van a llegar y tratar de que estén a nuestro servicio,</strong> en lugar de estar nosotros al servicio de ellas".</p><p><strong>Egoísmo y altruismo </strong></p><p>"Es una de las cuestiones que abordamos en el libro Juan Luis Arsuaga y yo. Es una de las grandes cuestiones que discuten incluso los discípulos de Darwin. Hay una línea en la que dice que somos altruistas y otra línea que somos egoístas. Es decir, el altruismo implica dar algo sin recibir nada a cambio. Y hay otra forma de cooperación, que es dar algo a cambio de que te den algo. Yo creo que el altruismo es una construcción. El ser humano, en cierto modo, carece de naturaleza porque se adapta a todo, porque se separó de la naturaleza hace siglos. Entonces, creo que <strong>el altruismo no sé si está en nuestra naturaleza, </strong>ni me importa mucho. Lo que sí sé es que <strong>debemos imponernos la obligación moral de construirlo"</strong>.</p><p><strong>Periodismo libre e independiente </strong></p><p>"Creo que contamos con un periodismo libre e independiente. Y, además, con un buen periodismo. Cuando hablamos de periodismo solemos fijarnos en los cuatro periódicos de circulación nacional y en los tres o cuatro canales de televisión o radio más conocidos, que funcionan bien, sin duda. En este país tenemos una excelente red de prensa local, que está muy bien hecha, que es absolutamente independiente, porque está saneada también económicamente y que da gusto verla. Tengo una casa en Asturias y cuando estoy allí compro la prensa local y me quedo asombrado de lo buena que es y el poco conocimiento que tenemos de ella en el centro. Me ocurre lo mismo cuando voy a Valencia, cuando voy a Galicia, a Andalucía… <strong>Yo creo que tenemos, afortunadamente, un buen periodismo,</strong> que es un periodismo, además, independiente y que está muy extendido".</p><p><strong>Las redes sociales</strong></p><p>"El fenómeno de las redes sociales es tan reciente que todavía no estamos educados para ellas. Yo me he acostumbrado sorprendentemente a ellas. He tenido que ir haciéndome con todas estas tecnologías un poco a la fuerza, pero tampoco las he tenido rechazo. La gente de mi generación no viene del siglo XX. Nosotros venimos del siglo XIX, porque hemos visto lavar a mano, llegar a casa las lavadoras, el teléfono, la radio de transistores, la televisión y los lavavajillas. El mundo, hasta los años 50, no cambió mucho. Si alguien se hubiera dormido en la Edad Media y se hubiera despertado en el siglo XIX no habría notado grandes cambios. Pero <strong>si mi padre, que se murió hace cuarenta años, se despertara ahora, no entendería nada</strong>. Es todo una idea fantástica de la plasticidad del ser humano y de su cerebro. Cómo gente de nuestra edad nos hemos incorporado a tecnologías que cuando yo era pequeño no podían ni soñarse".</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Nov 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Antonio Contreras]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Juan José Millás: "El progreso consiste en no sacar al idiota que llevamos dentro"]]></media:title>
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      <title><![CDATA[La abuela]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/abuela_1_1130699.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cd152431-f37c-4a83-b814-f28afbacd82e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La abuela"></p><p><em>(Comienza Santiago Roncagliolo)</em><strong>Santiago Roncagliolo</strong></p><p>Hay muertos que se niegan a morirse, como si justo antes de llegar al cielo —o al infierno, o a donde vayan los muertos— les diese por remolonear en el camino, por entender mal las señales de tráfico, y finalmente, después de horas perdidos entre carreteras, por tomar el camino de regreso. A la gente indisciplinada no se le debería confiar nada, y menos algo tan serio como su deceso, pero ya sabemos que Dios le da pan al que no tiene dientes, y por eso mismo, también jubila al que no sabe ni dónde cobrar la pensión.</p><p>Mi abuela fue uno de esos muertos irresponsables. Aunque nadie lo habría dicho. El día que la enterramos se veía muy formal, vestida con su traje de terciopelo negro, con el pelo tan blanco que parecía teñido de plata, y maquillada con el mismo cuidado que ponía para las bodas y bautizos de la alta sociedad que tanto le gustaban. Había escogido ella misma un cementerio carísimo, para no pasarse la eternidad rodeada de muertos de hambre y gente sin apellidos. Con tantos cuidados y precauciones por su parte, sus deudos y parientes pensamos que lo tenía todo controlado. </p><p>Y sin embargo, al entierro solo asistimos los cuatro miembros de la familia. Al parecer la abuela, tan amiga de ágapes y cócteles de sociedad, había organizado su última despedida sin pompa ni circunstancia, como un evento más de nuestra rutina doméstica, un desayuno o una merienda. Ni siquiera se habían presentado sus mucamas ni su abogado. Y eso que, como sabía incluso yo a mis 11 años, la gente que más apreciaba a la abuela era la que cobraba regularmente de ella sin tener que aguantar su prepotencia y su mal humor. Sus familiares también vivíamos de su dinero, es verdad, pero los rigores de su compañía, su sarcasmo y su desprecio, convertían nuestra manutención en el mediocre salario por un trabajo duro.</p><p>De vuelta en casa, nuevas señales fueron revelando que la abuela, en realidad, no tenía pensado marcharse. Había organizado ese funeral porque un cuerpo muerto se estropea, y su vanidad le impedía andar maloliente por la casa. Pero no iba a privarse de seguir recibiendo en casa. No perdería su lugar como la socialité más cotizada de la ciudad. Se había pasado la vida labrándose una posición, y no sacrificaría todo eso por un detalle tan vulgar como estar pudriéndose en un cajón a dos metros bajo tierra.</p><p>Comencé a comprenderlo esa misma tarde, al pasar frente a la habitación del abuelo. A fuerza de aguantar a su mujer durante seis décadas, el abuelo llevaba un buen tiempo viviendo tras una neblina mental, incapaz de recordar nuestros nombres o de saber dónde vivía. Aún así, esa tarde mostró una gran seguridad al salir a mi encuentro y gritarme:</p><p>—¡Dile a tu abuela que si quiere hablar conmigo tendrá que venir a buscarme!</p><p>—Abuelo, la abuela está muerta. La enterramos esta mañana.</p><p>—¡Díselo de todos modos!</p><p>Y se encerró dando un portazo.</p><p>Seguí mi camino hacia la cocina, en busca de una magdalena, y al pasar junto al salón, escuche a mis padres hablando:</p><p>—Del patrimonio, no quedan más que deudas —decía mi padre—. Lo siento, cariño, pero tu herencia es un gran agujero fiscal.</p><p>—Si es que mi madre lo hace todo para molestar —respondía mi madre—. Hasta morirse.</p><p>Entendí que la abuela había empleado un truco maestro: al morirse, se ahorraba la pestilencia y transfería sus deudas, pero mantenía su brillo social y su pasatiempo favorito, que era torturar al abuelo. Y todo con un costo mínimo.</p><p>Admiré su inteligencia, pero también sentí miedo. Mucho miedo. Porque si alguien en nuestra casa tenía razones para querer a la abuela muerta —muerta de verdad, digo, muerta del todo, sin dudas ni murmuraciones— ese era precisamente yo.</p><p><em>(Continúa Juan José Millás)</em><strong>Juan José Millás</strong></p><p>Enterramos a la abuela sin bragas. Vestida de arriba abajo, y de punta en blanco, como ha quedado dicho, pero con el sexo al descubierto. Yo me enteré por una discusión que mantuvieron el abuelo y mi madre siete u ocho días después del funeral. La voces, procedentes del salón, fueron subiendo de tono, de modo que abandoné sigilosamente mi dormitorio, avancé como una sombra por el pasillo, y ocupé el “lugar de la escucha” (así lo llamaría años después en mis sesiones de terapia analítica). Situado entre la cocina y el salón, el “lugar de la escucha” era un raro hueco arquitectónico utilizado en su día para guardar el cubo de fregar y otros objetos de limpieza. En un momento dado, mi abuelo dispuso que permaneciera vacío al descubrir —eso fue al menos lo que dijo— que allí reposaba el alma de la casa (el almario, lo llamaba él). Sobra decir que el padre de mamá era animista, lo que me llevó a creer que en cada objeto, por miserable que fuera, alentaba un espíritu. El espíritu de la cuchara, del tenedor, de la tostadora, incluso el espíritu de la taza del váter. Por qué llegó a la conclusión de que el alma de la casa se encontraba en aquel agujero, y no en cualquier otro sitio, constituye un misterio que se llevaría a la tumba. </p><p>Me oculté allí, decía, compartiendo el escaso espacio con el principio vital de la vivienda, y escuché decir al abuelo que había revisado el cajón de la ropa interior de su mujer y que no faltaba ninguna braga.</p><p>—¿Por qué se la ha enterrado sin bragas? —gritó.</p><p>—¡Porque fue una de sus últimas voluntades! —respondió mi madre fuera de sí.</p><p>El abuelo empleaba sus momentos de lucidez, cada vez más raros, en hacer un inventario de todo lo que había dentro de la casa. Lo veías allí, en las profundidades del sillón de orejas, medio deglutido por el mueble, con la mirada perdida dentro de sí, cuando se levantaba de repente urgido por la necesidad imperiosa de contar los interruptores de la vivienda para comprobar que no faltaba ninguno. La electricidad era una de sus obsesiones. Yo heredé su manía, la de inventariar continuamente las cosas para comprobar que al mundo no le falta nada. Por cierto, que en el fondo del “lugar de la escucha” había un interruptor en desuso que en su día alimentó una bombilla de 40 vatios fundida desde hacía siglos.</p><p>Pues bien, había inventariado la ropa interior de su mujer y resultó que no faltaba ninguna braga, de donde dedujo que había sido enterrada sin esa prenda. </p><p>Piénsese en la relación enfermiza de un crío de 11 años con el universo de la lencería. Yo conocía perfectamente las bragas de mamá porque me gustaba hurgar en aquel cajón repleto de aderezos sutiles. Las manoseaba, las olía, en alguna ocasión llegué a ponérmelas… Nunca, sin embargo, se me pasó por la cabeza la idea de hundir mis manos entre la ropa interior de la abuela. Observado con perspectiva, supongo que me habría parecido un trabajo arqueológico. Pero estaba equivocado. Según deduje de la discusión entre mamá y su padre, la abuela usó hasta el final una lencería enormemente provocativa, llena de calados y transparencias. Mi confusión fue enorme. Pero creció al tratar de imaginar por qué una de las últimas voluntades de aquella mujer había sido la de ser enterrada sin bragas. Recuérdese: 11 años, con el sexo empezando a manifestarse en erecciones inauditas.</p><p>—¡Hay que exhumar el cadáver! —decidió mi abuelo de repente.</p><p>Desconocía el significado de exhumar, pero fui a buscarlo enseguida al diccionario y me quedé espantado. </p><p><em>(Continúa Cristina Fernández Cubas)</em><strong> Cristina Fernández Cubas</strong></p><p><em>Exhumar : Desenterrar. Sacar de la tierra algo que está escondido, particularmente restos humanos”.</em></p><p>Entendí que, una vez más, la abuela iba a salirse con la suya y que su muerte no era una muerte de verdad, aquella “muerte del todo” con la que yo ingenuamente había soñado. Y fue como si la pudiera ver en aquel mismo instante dentro de la tumba. No estaba enterrada, sólo escondida. Con la cabeza entre las rodillas, aguantando la risa, esperando el momento de volver, darnos el susto y seguir fastidiándonos el resto de su vida. Porque eso sí lo hacía bien. Fastidiar. Y sorprendernos. Nunca dejaba de sorprendernos. Ni de asustarnos, lo cual era muchísimo peor. El susto empezaba en la cabeza e iba bajando muy despacio hasta llegar a los pies y dejarte tieso sobre el suelo, sin poder moverte, como si de repente te hubieras vuelto paralítico. Algo demasiado parecido a lo que ahora me sucedía a mí. No podía moverme, ni siquiera respirar, únicamente mirar espantado la manchita roja que acaba de descubrir entre la palabra <em>restos </em>y la palabra <em>humanos</em>… Y no era sangre. Si hubiera sido sangre –una simple gotita de sangre— no me habría quedado inmóvil como una estatua y muerto de miedo. Pero no era sangre, sino esmalte. O laca. O como quiera que se llame ese líquido pegajoso que la abuela coleccionaba en botellitas idénticas y guardaba en su tocador junto a limas, tijeritas y palillos de madera de todos los tamaños. Aquello era un aviso, un mensaje, una forma de decirme: “Sabía que vendrías, descastado”. Y encima, para que no quedara la menor duda, la abuela se había esmerado en dejar su firma. Un trocito de uña. Un repugnante trocito de uña teñido de rojo y dejado allí, al descuido, unas líneas más abajo, como si hacerse la manicura sobre un diccionario abierto fuera la cosa más natural del mundo. Cerré el tomo de golpe. Aquello me daba más asco aún que imaginar a la abuela con la lencería que, según decían, le gustaba usar. O, peor aún, sin ella. Tal y como (también según decían) la habían enterrado.</p><p>Ahora ya no podía engañarme. La abuela sabía. Ignoraba cómo lo había adivinado, pero tenía aún muy presente el día en que se puso enferma y mamá me dijo: “Reza por ella, hijo. A los niños les hacen mucho caso en el cielo”. Y ¡vaya si me hicieron caso! Le pedí a Dios, a la Virgen y a los santos que se la llevaran cuanto antes. Una muerte de verdad. Una “muerte del todo”. Con sus joyas, sus vestidos, sus ganas de fastidiar y sus largas uñas de bruja pintadas de rojo. Pero de pronto resultaba que nada era verdad y la abuela <em>volvía</em>. O, a lo peor, ni siquiera hacía falta que volviera porque nunca se fue. Lo entendí de golpe. Con la misma brusquedad con la que había cerrado hacía un momento el diccionario. ¿No era sorprendente que el abuelo hubiera recuperado de un día para otro sus facultades? ¿Que nos reconociera a todos? ¿Que abandonara su estado vegetal y no dejara de impartir órdenes y contraordenes? Y la respuesta no podía ser más sencilla. El espíritu de la abuela hablaba por su boca. Ella estaba <em>allí</em>, dentro de su mente. Liando, enmarañando, confundiendo. Por eso tejía esa asombrosa historia de prendas provocativas y exigía, además, que la sacáramos de la tumba. ¡Genio y figura! ¿Y quién me aseguraba que no había sido el abuelo el autor material de lo que acababa de descubrir junto a la entrada “exhumar” de nuestro diccionario?</p><p>Volví a rezar. Pedí a Dios, a la Virgen y a los santos que se llevaran al abuelo. Tenía claro que estaba matando dos pájaros de un tiro… Y me sentía feliz. Muy feliz.</p><p><em>(Lo cierra Felipe Benítez Reyes)</em><strong>Felipe Benítez Reyes</strong></p><p>Inesperadamente, todas aquellas deidades decidieron atender mis plegarias malévolas y el abuelo murió a los cuatro meses y pico del entierro de la abuela. Durante ese tiempo, aparte de su repentino afán ordenancista, alardeó a lo grande de su razón recuperada, como si se le hubiera encendido un foco en el pensamiento, hasta el punto de que, a falta de enseres domésticos que inventariar, se dedicó a hacer un catálogo de todas las ideas que se le pasaban por la cabeza, que no eran pocas ni previsibles: “Si el mundo se detuviera durante cinco segundos, todas las pamplinas de <strong>Einstein </strong>quedarían como lo que son: pamplinas”, y cosas de ese estilo y fundamento, contento de haberse sacudido aquellas neblinas que le ofuscaron en vida de la abuela, o al menos de haberlas sustituido por otras. “Cuando vengan los extraterrestres, a ver cómo reacciona la compañía eléctrica”, y así, sacando punta a todo y anotando sus ocurrencias en una libreta, convertido en el evangelista de sí mismo. Es posible, no sé, que el abuelo muriese de eso: de un empacho de lucidez divagatoria, ya que la muerte se vale de cualquier cosa para ir haciendo limpieza de excedentes.</p><p>Muertos mis dos abuelos maternos, mi madre heredó la ruina de ambos. Mi padre le sugirió que renunciase a la herencia, pero ella se empeñó en sacar algún provecho del desastre con la ayuda de un abogado que tenía toda la pinta de un sepulturero y un bigote canoso amarilleado por la nicotina. “Ese abogado es un sinvergüenza y va a meterte en un lío”, le avisaba mi padre con la autoridad de los curtidos en el mundo de las trapisondas legales, ya que él era fiscal.</p><p>Mi madre consiguió vender la casa de los abuelos, aunque, entre cosa y cosa, incluidos los honorarios del abogado fúnebre, no vio de aquello ni una peseta, y no estoy seguro de que al final, tras saldar deudas y pagar impuestos, la operación no le saliese por un pico, como le achacó mi padre en más de una sobremesa en la que yo hubiese querido que el plato me tragase, ya que siempre me desconsoló la violencia civilizada que se regalaban entre ellos.</p><p>“Tenemos que desmontar la casa antes de entregarla”, dispuso mi madre. La mayor parte de las joyas y de los cacharros de plata había volado hacía mucho. Mi madre se empeñó en llevarse algunos muebles un tanto desportillados y de traza barroca que horrorizaban a mi padre, que por aquel entonces tiraba más a las decoraciones racionalistas, así como algunos cuadros con un rebujo de aves exóticas de las Américas y otros con bandoleros gallardos de la serranía de Ronda, de donde era natural el abuelo. Un par de vajillas, algunos jarrones chinos. Y poco más.</p><p>Toda la ropa interior de la abuela se despidió del mundo, junto a la mayor parte de las prendas de su sacrificado esposo, en la fogata que mi padre hizo, dentro de un bidón, en el patinillo. En aquel humo ascendía simbólicamente al infinito, fundidos en una sola entidad abstracta, el espíritu conyugal de ambos, que en vida se esquivaron cuanto pudieron, aunque se condenaron a vivir en una interferencia continua.</p><p>Mientras mi padre quemaba cosas y mi madre indicaba a los de la empresa de mudanzas que tuviesen cuidado de no rayar los muebles, me di un paseo de despedida por la casa desmantelada.</p><p>De repente, al pasar por delante del “lugar de la escucha”, percibí una presencia anómala: algo así como la respiración agónica de una oscuridad invisible (¿?). Un frío repentino me recorrió la espalda y las manos empezaron a sudarme. Me quedé paralizado frente a aquel hueco en el que mi abuelo tuvo el antojo esotérico de localizar el alma de la casa. Cerré los ojos. Noté que algo me envolvía. Oí un susurro en mi nuca: “Nunca dije que me enterrasen sin bragas. Que lo sepas. Esto no va a quedar así ni mucho menos”. En aquel instante, un golpe de viento llevó hasta mí, por la ventana abierta de la cocina, el olor a humo de la fogata. “Y otra cosa, jovencito: la muerte no cambia absolutamente nada, ¿me entiendes? El que manda en este teatrillo sigue siendo el demonio”.</p><p>Yo tenía once años y una idea confusa del significado del verbo <em>exhumar</em>: un verbo con uñas rojas. Yo tenía 11 años y creía en fantasmas. Hoy tengo 58 y creo en muy pocas cosas. Imagino que aquello fue una sugestión infantil, porque no me parece lógico pensar que los fantasmas se limitan a manifestarse a los niños y a despreciar indiscriminadamente a los adultos.</p><p>No puedo creer, ya digo, en fantasmas, pero –qué mala suerte— no tengo más remedio que creer en mi abuela: el pánico que sentí ante su manifestación ultramundana me duró al menos cuatro años, con sus días y —sobre todo— con sus noches.</p><p>Por lo demás, cuando murió mi madre, me aseguré de que fuese al tanatorio completamente vestida. Por si acaso.</p><p><em>*Santiago Roncagliolo es escritor y periodista. Su último libro publicado es </em></p><p><strong>Santiago Roncagliolo </strong><a href="http://www.megustaleer.com/libro/la-noche-de-los-alfileres/ES0144648" target="_blank">La noche de los alfileres</a><em> (Alfaguara, 2016).*Juan José Millás es escritor y periodista. Su último libro es </em></p><p><strong>Juan José Millás</strong><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-desde-la-sombra/209188" target="_blank">Desde la sombra</a><em> (Seix Barral, 2016).*Cristina Fernández Cubas es escritora y periodista. Su último libro es </em></p><p><strong>Cristina Fernández Cubas</strong><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-la-habitacion-de-nona/195586" target="_blank">La habitación de Nona</a><em> (Tusquets, 2015). *Felipe Benítez Reyes es escritor. Su último libro es </em></p><p><strong>Felipe Benítez Reyes</strong><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-el-azar-y-viceversa/202495" target="_blank">El azar y viceversa</a><em> (Destino, 2016). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 23 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Santiago Roncagliolo | Juan José Millás | Cristina Fernández Cubas | Felipe Benítez Reyes]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Felipe Benítez Reyes,Juan José Millás,Narrativa,Los diablos azules número 31]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[La abuela]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/abuela_1_1130524.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ff7ab742-e569-4491-bbd1-2f6cacb7c9ef_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La abuela"></p><p><em>(Comienza Santiago Roncagliolo)</em><strong>Santiago Roncagliolo</strong></p><p>Hay muertos que se niegan a morirse, como si justo antes de llegar al cielo —o al infierno, o a donde vayan los muertos— les diese por remolonear en el camino, por entender mal las señales de tráfico, y finalmente, después de horas perdidos entre carreteras, por tomar el camino de regreso. A la gente indisciplinada no se le debería confiar nada, y menos algo tan serio como su deceso, pero ya sabemos que Dios le da pan al que no tiene dientes, y por eso mismo, también jubila al que no sabe ni dónde cobrar la pensión.</p><p>Mi abuela fue uno de esos muertos irresponsables. Aunque nadie lo habría dicho. El día que la enterramos se veía muy formal, vestida con su traje de terciopelo negro, con el pelo tan blanco que parecía teñido de plata, y maquillada con el mismo cuidado que ponía para las bodas y bautizos de la alta sociedad que tanto le gustaban. Había escogido ella misma un cementerio carísimo, para no pasarse la eternidad rodeada de muertos de hambre y gente sin apellidos. Con tantos cuidados y precauciones por su parte, sus deudos y parientes pensamos que lo tenía todo controlado. </p><p>Y sin embargo, al entierro solo asistimos los cuatro miembros de la familia. Al parecer la abuela, tan amiga de ágapes y cócteles de sociedad, había organizado su última despedida sin pompa ni circunstancia, como un evento más de nuestra rutina doméstica, un desayuno o una merienda. Ni siquiera se habían presentado sus mucamas ni su abogado. Y eso que, como sabía incluso yo a mis 11 años, la gente que más apreciaba a la abuela era la que cobraba regularmente de ella sin tener que aguantar su prepotencia y su mal humor. Sus familiares también vivíamos de su dinero, es verdad, pero los rigores de su compañía, su sarcasmo y su desprecio, convertían nuestra manutención en el mediocre salario por un trabajo duro.</p><p>De vuelta en casa, nuevas señales fueron revelando que la abuela, en realidad, no tenía pensado marcharse. Había organizado ese funeral porque un cuerpo muerto se estropea, y su vanidad le impedía andar maloliente por la casa. Pero no iba a privarse de seguir recibiendo en casa. No perdería su lugar como la socialité más cotizada de la ciudad. Se había pasado la vida labrándose una posición, y no sacrificaría todo eso por un detalle tan vulgar como estar pudriéndose en un cajón a dos metros bajo tierra.</p><p>Comencé a comprenderlo esa misma tarde, al pasar frente a la habitación del abuelo. A fuerza de aguantar a su mujer durante seis décadas, el abuelo llevaba un buen tiempo viviendo tras una neblina mental, incapaz de recordar nuestros nombres o de saber dónde vivía. Aún así, esa tarde mostró una gran seguridad al salir a mi encuentro y gritarme:</p><p>—¡Dile a tu abuela que si quiere hablar conmigo tendrá que venir a buscarme!</p><p>—Abuelo, la abuela está muerta. La enterramos esta mañana.</p><p>—¡Díselo de todos modos!</p><p>Y se encerró dando un portazo.</p><p>Seguí mi camino hacia la cocina, en busca de una magdalena, y al pasar junto al salón, escuche a mis padres hablando:</p><p>—Del patrimonio, no quedan más que deudas —decía mi padre—. Lo siento, cariño, pero tu herencia es un gran agujero fiscal.</p><p>—Si es que mi madre lo hace todo para molestar —respondía mi madre—. Hasta morirse.</p><p>Entendí que la abuela había empleado un truco maestro: al morirse, se ahorraba la pestilencia y transfería sus deudas, pero mantenía su brillo social y su pasatiempo favorito, que era torturar al abuelo. Y todo con un costo mínimo.</p><p>Admiré su inteligencia, pero también sentí miedo. Mucho miedo. Porque si alguien en nuestra casa tenía razones para querer a la abuela muerta —muerta de verdad, digo, muerta del todo, sin dudas ni murmuraciones— ese era precisamente yo.</p><p><em>(Continúa Juan José Millás)</em><strong>Juan José Millás</strong></p><p>Enterramos a la abuela sin bragas. Vestida de arriba abajo, y de punta en blanco, como ha quedado dicho, pero con el sexo al descubierto. Yo me enteré por una discusión que mantuvieron el abuelo y mi madre siete u ocho días después del funeral. La voces, procedentes del salón, fueron subiendo de tono, de modo que abandoné sigilosamente mi dormitorio, avancé como una sombra por el pasillo, y ocupé el “lugar de la escucha” (así lo llamaría años después en mis sesiones de terapia analítica). Situado entre la cocina y el salón, el “lugar de la escucha” era un raro hueco arquitectónico utilizado en su día para guardar el cubo de fregar y otros objetos de limpieza. En un momento dado, mi abuelo dispuso que permaneciera vacío al descubrir —eso fue al menos lo que dijo— que allí reposaba el alma de la casa (el almario, lo llamaba él). Sobra decir que el padre de mamá era animista, lo que me llevó a creer que en cada objeto, por miserable que fuera, alentaba un espíritu. El espíritu de la cuchara, del tenedor, de la tostadora, incluso el espíritu de la taza del váter. Por qué llegó a la conclusión de que el alma de la casa se encontraba en aquel agujero, y no en cualquier otro sitio, constituye un misterio que se llevaría a la tumba. </p><p>Me oculté allí, decía, compartiendo el escaso espacio con el principio vital de la vivienda, y escuché decir al abuelo que había revisado el cajón de la ropa interior de su mujer y que no faltaba ninguna braga.</p><p>—¿Por qué se la ha enterrado sin bragas? —gritó.</p><p>—¡Porque fue una de sus últimas voluntades! —respondió mi madre fuera de sí.</p><p>El abuelo empleaba sus momentos de lucidez, cada vez más raros, en hacer un inventario de todo lo que había dentro de la casa. Lo veías allí, en las profundidades del sillón de orejas, medio deglutido por el mueble, con la mirada perdida dentro de sí, cuando se levantaba de repente urgido por la necesidad imperiosa de contar los interruptores de la vivienda para comprobar que no faltaba ninguno. La electricidad era una de sus obsesiones. Yo heredé su manía, la de inventariar continuamente las cosas para comprobar que al mundo no le falta nada. Por cierto, que en el fondo del “lugar de la escucha” había un interruptor en desuso que en su día alimentó una bombilla de 40 vatios fundida desde hacía siglos.</p><p>Pues bien, había inventariado la ropa interior de su mujer y resultó que no faltaba ninguna braga, de donde dedujo que había sido enterrada sin esa prenda. </p><p>Piénsese en la relación enfermiza de un crío de 11 años con el universo de la lencería. Yo conocía perfectamente las bragas de mamá porque me gustaba hurgar en aquel cajón repleto de aderezos sutiles. Las manoseaba, las olía, en alguna ocasión llegué a ponérmelas… Nunca, sin embargo, se me pasó por la cabeza la idea de hundir mis manos entre la ropa interior de la abuela. Observado con perspectiva, supongo que me habría parecido un trabajo arqueológico. Pero estaba equivocado. Según deduje de la discusión entre mamá y su padre, la abuela usó hasta el final una lencería enormemente provocativa, llena de calados y transparencias. Mi confusión fue enorme. Pero creció al tratar de imaginar por qué una de las últimas voluntades de aquella mujer había sido la de ser enterrada sin bragas. Recuérdese: 11 años, con el sexo empezando a manifestarse en erecciones inauditas.</p><p>—¡Hay que exhumar el cadáver! —decidió mi abuelo de repente.</p><p>Desconocía el significado de exhumar, pero fui a buscarlo enseguida al diccionario y me quedé espantado. </p><p><em>(Continúa Cristina Fernández Cubas)</em><strong> Cristina Fernández Cubas</strong></p><p><em>Exhumar : Desenterrar. Sacar de la tierra algo que está escondido, particularmente restos humanos”.</em></p><p>Entendí  que, una vez más,  la abuela iba a salirse con la suya y que su muerte  no era una muerte de verdad, aquella “muerte del todo” con la que yo  ingenuamente había soñado. Y fue como si la pudiera ver en aquel mismo instante dentro de la tumba. No estaba enterrada, sólo escondida. Con la cabeza entre las rodillas, aguantando la risa, esperando el momento de volver, darnos el susto  y seguir fastidiándonos  el resto de su vida. Porque eso sí lo hacía bien. Fastidiar.  Y sorprendernos. Nunca dejaba de sorprendernos.  Ni de asustarnos, lo cual era muchísimo peor.  El susto empezaba en la cabeza e iba bajando muy despacio hasta llegar a los pies y dejarte tieso sobre el suelo, sin poder moverte, como si de repente te hubieras vuelto paralítico.  Algo demasiado parecido a lo que ahora me sucedía a mí. No podía moverme, ni siquiera respirar, únicamente mirar espantado la manchita roja que acaba de descubrir entre la palabra <em>restos</em> y la palabra <em>humanos</em>… Y no era sangre.  Si hubiera sido sangre –una simple gotita de sangre— no me habría quedado inmóvil como una estatua y  muerto de miedo. Pero no era sangre, sino  esmalte. O laca. O como quiera que se llame ese líquido pegajoso que la abuela coleccionaba en botellitas idénticas y guardaba en su tocador  junto a limas, tijeritas y palillos de madera de todos los tamaños.  Aquello era un aviso, un mensaje, una forma de decirme: “Sabía que vendrías, descastado”. Y  encima, para que no  quedara la menor duda, la abuela se había esmerado en dejar su firma. Un trocito de uña. Un repugnante trocito de uña teñido de rojo y dejado allí, al descuido, unas líneas más abajo, como si hacerse la manicura sobre un diccionario abierto fuera la cosa más natural del mundo. Cerré el tomo de golpe. Aquello me daba más asco aún que imaginar a la abuela con la lencería que, según decían, le gustaba usar. O, peor aún, sin ella. Tal y como (también según decían) la habían enterrado.</p><p>Ahora ya no podía engañarme. La abuela  <em>sabía</em>.  Ignoraba cómo  lo había adivinado, pero tenía aún muy presente el día en que  se puso enferma  y mamá me dijo: “Reza por ella, hijo. A los niños les hacen mucho caso en el cielo”. Y ¡vaya si me hicieron caso!  Le pedí  a Dios,  a la Virgen y a los santos que se la llevaran cuanto antes.  Una muerte de verdad. Una “muerte del todo”. Con sus joyas, sus vestidos, sus ganas de fastidiar y sus largas uñas de bruja pintadas de rojo. Pero de pronto resultaba que nada era verdad y la abuela <em>volvía</em>. O, a lo peor, ni siquiera hacía falta que volviera porque nunca se fue. Lo entendí de golpe. Con la misma brusquedad con la que había cerrado hacía un momento el diccionario. ¿No era sorprendente que el abuelo hubiera recuperado de un día para otro sus facultades? ¿Que nos reconociera a todos? ¿Que abandonara su estado vegetal y  no dejara de impartir órdenes y contraordenes? Y la respuesta no podía ser más   sencilla.  El espíritu de la abuela hablaba por su boca. Ella estaba <em>allí</em>, dentro de su mente. Liando, enmarañando, confundiendo. Por eso  tejía esa asombrosa historia  de   prendas provocativas y exigía, además, que la sacáramos de la tumba. ¡Genio y figura! ¿Y quién me aseguraba que no había sido el abuelo el autor material de lo que acababa de descubrir junto a la entrada “exhumar” de nuestro diccionario?</p><p>Volví a rezar. Pedí a Dios, a la Virgen y a  los santos  que se llevaran al abuelo. Tenía claro que estaba matando dos pájaros de un tiro… Y me sentía  feliz. Muy feliz.</p><p><em>(Continuará Felipe Benítez Reyez)</em><strong>Felipe Benítez Reyez</strong></p><p><em>*Santiago Roncagliolo es escritor y periodista. Su último libro publicado es </em><strong>Santiago Roncagliolo</strong><a href="http://www.megustaleer.com/libro/la-noche-de-los-alfileres/ES0144648" target="_blank">La noche de los alfileres</a><em> (Alfaguara, 2016).*Juan José Millás es escritor y periodista. Su último libro es </em></p><p><strong>Juan José Millás</strong><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-desde-la-sombra/209188" target="_blank">Desde la sombra</a><em> (Seix Barral, 2016).*Cristina Fernández Cubas es escritora y periodista. Su último libro es </em></p><p><strong>Cristina Fernández Cubas</strong><a href="http://www.planetadelibros.com/libro-la-habitacion-de-nona/195586" target="_blank">La habitación de Nona</a><em> (Tusquets, 2015). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Sep 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Santiago Roncagliolo | Juan José Millás | Cristina Fernández Cubas]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La abuela]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Juan José Millás,Narrativa,Los diablos azules número 30]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[450 activistas, políticos y creadores piden un Gobierno PSOE-Podemos-Ciudadanos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/politica/450-activistas-politicos-creadores-piden-gobierno-psoe-ciudadanos_1_1129033.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f637e572-3ce9-443f-91aa-ff4374a975d5_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="450 activistas, políticos y creadores piden un Gobierno PSOE-Podemos-Ciudadanos"></p><p>Más de 450 personas, entre ellas <strong>personalidades del mundo de la cultura, activistas sociales, profesionales y sindicalistas</strong>, publicaron este jueves un manifiesto en el que <strong>piden "un Gobierno de progreso"</strong> basado en un <strong>acuerdo de PSOE, Unidos Podemos y Ciudadanos, </strong>informa Europa Press.</p><p>El manifiesto lo suscriben<strong> algunos políticos en activo</strong>, entre ellos el excoordinador federal de IU y actual diputado en el Parlamento de Asturias, <a href="http://www.infolibre.es/tags/personajes/gaspar_llamazares.html" target="_blank">Gaspar Llamazares</a>, y el portavoz de Compromís en el Congreso, Joan Baldoví. Ambas formaciones se presentaron en coalición con Podemos el pasado 26J. No obstante, entre los firmantes<strong> no hay representantes de Podemos ni de Ciudadanos</strong>.</p><p>Sí están el que fuera candidato de IU a la presidencia de la Comunidad de Madrid, <strong>Luis García Montero</strong>, la diputada de esta formación en Asturias<strong> Concha Masa</strong> y el economista <strong>Juan Torres</strong>, que colaboró inicialmente con Podemos en el borrador de su programa económico. También figuran los exdiputados del PSOE<strong> Manuel de la Rocha Rubí</strong> y<strong> Antonio Gutiérrez </strong>(ex secretario general de CCOO) y el exalcalde de Vitoria <strong>José Ángel Cuerda</strong> (PNV).</p><p>El manifiesto, publicado este jueves como publicidad en <em>El País</em>, tiene el apoyo de algunas personalidades de la cultura, entre ellos el premio Cervantes<strong> Antonio Gamoneda</strong>, aunque su firma no llegó a tiempo de incluirse en el texto impreso, según aseguró a Europa Press uno de los promotores del texto, Joanen Cunyat, de la plataforma <a href="http://www.recortescero.es/" target="_blank">Recortes Cero</a>.</p><p>También están el pintor Antonio López  –miembro de Recortes Cero– los escritores Juan Madrid,<a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/04/08/desde_sombra_millas_fuga_47561_1821.html" target="_blank"> Juan José Millás</a>, Javier Reverte, Antonina Rodrigo y Manuel Rico Rego y <strong>el humorista gráfico Antonio Fraguas, </strong><strong>Forges</strong>.</p><p>El texto argumenta que, aunque el PP fue el partido más votado el pasado 26J<strong>, la mayoría de los españoles votaron por cambio y regeneración</strong>, de manera que PSOE, Unidos Podemos (incluyendo sus confluencias territoriales) y Ciudadanos sumaron 13,6 millones de votos, "casi el doble de los obtenidos por el PP", y 188 escaños.</p><p>Por eso, llama a<strong> no desaprovechar la oportunidad de acometer los cambios que "la ciudadanía exige" </strong>y a no "permitir cuatro años más de un Gobierno del PP que ha traído el empobrecimiento y el incremento de las desigualdades", así como "retroceso en importantes conquistas sociales", "pérdida de libertades" y "avance de la corrupción y degeneración de la democracia".</p><p>"Necesitamos otro Gobierno que revierta los recortes, <a href="http://www.publico.es/politica/programas-sanidad.html" target="_blank">defienda la sanidad </a>y la educación pública, los derechos laborales, la c<strong>ultura, la ciencia y el medioambiente</strong>, que proteja a los autónomos, ayude a las pymes y cree empleo. Necesitamos <strong>otras políticas que acaben con la desigualdad</strong>, castiguen ejemplarmente la corrupción y pongan fin al deterioro democrático", argumentan los firmantes.</p><p>Para ello, llaman a las tres formaciones "a <strong>hacer los esfuerzos necesarios para conseguir un nuevo Gobierno que ponga fin a los recortes</strong>, inicie un proceso de regeneración democrática y responda a las necesidades sociales más urgentes".</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 28 Jul 2016 07:56:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[450 activistas, políticos y creadores piden un Gobierno PSOE-Podemos-Ciudadanos]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Gaspar Llamazares,Luis García Montero,Pactos postelectorales,PSOE,Ciudadanos,Joan Baldoví,Podemos,Forges,Juan José Millás,La XII Legislatura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Millás a la fuga]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/millas-fuga_1_1124814.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/31babd00-4ccd-4bbb-ac1d-5ac72b470b09_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Millás a la fuga"></p><p>No es una novedad que, a <strong>Juan José Millás</strong> (Valencia, 1946), eso de la realidad no le va mucho. No es lo suyo, vaya. O digamos que solo lo es si ha pasado previamente por<strong> los filtros de la alucinación y el extrañamiento</strong> que son propios a todas sus obras, desde los artículos en prensa a las novelas. En los primeros, retuerce aquello que se identifica como realidad (o algo tan asociado a la objetividad como una fotografía periodística) hasta que parece algo inventado. En las segundas, las situaciones más estrafalarias son presentadas con tanta naturalidad que no pueden ser sino creíbles. </p><p>En <strong>su nueva novela, Desde la sombra</strong><em>Desde la sombra</em> (Seix Barral), va un paso más allá. En lo de huir de una realidad difícilmente soportable, y en lo de hacer verosímil lo increíble. Damián Lobo, el protagonista de esta novela de lectura fugaz, está caminando por un mercadillo de antigüedades de un centro comercial cuando se ve impelido a cometer un pequeño robo. Huyendo del guardia de seguridad, <strong>acaba escondido dentro de un armario</strong>. Ese armario es transportado a una casa (no se puede desmontar, es demasiado antiguo) con el fugitivo dentro. En esa casa vive una familia: él, ella, y una hija adolescente. Él, en lugar de escapar de allí en el primero momento de descuido de estos, se queda en el armario. Más bien, un paso más allá del armario, porque habita en el amplio vestidor que ha quedado condenado por el armatoste de madera, cuyo fondo utiliza como falsa puerta. Y decide ayudar a los habitantes de la casa (sobre todo a ella, Lucía), dirigiendo sus pasos desde su calidad de presencia fantasmal. </p><p>"El interés por el armario es una cuestión meramente autobiográfica: <strong>en mi casa había un armario gigantesco en la habitación de mis padres</strong>. No veías el fondo. Imaginaba que si tiraba una piedra nunca la escucharía. Era un sitio por el que podías viajar", cuenta el escritor. Describe esos muebles gigantescos que quizás tenga ya el lector en la cabeza: un armatoste de altura humana —la altura, quizás, de los años cincuenta, en torno a 1,60 metros—, un fondo de tres pares de zapatos y una anchura que se medía en cuerpos. "Un armario de tres cuerpos. Esa expresión a mí me impresionaba mucho porque está cargada de biología", continúa, "<strong>Esos armarios parecía que tenían algo orgánico</strong>". A esa fascinación por el armario de sus padres, que se refleja en la temática de algunos de sus primeros cuentos, ayudaba el hecho de que se relacionara con él casi siempre en estado febril. Como todos los niños, cuando enfermaba era excepcionalmente trasladado a la cama materna. Allí, desde la fiebre —como aquel niño de <em>El mundo </em>(Premio Planeta de 2007), su novela más autobiográfica— la realidad parecía un espejismo. Los actos de Damián responden a un deseo infantil o a un impulso voyerista? "A ambos. Aunque no estoy tan seguro de que el voyerismo sea una cosa ajena a la infancia, aunque creo que con la madurez se perfecciona". En sus textos, de alguna manera, lo sigue siendo. </p><p>¿De qué se esconde Damián cuando decide que su sitio está en el armario de Lucía? "<strong>Se esconde evidentemente de su propia existencia</strong>. Tiene problemas de conexión con la realidad y se esconde de eso". Damián es un tipo aparentemente gris. Su empresa, en la que trabajaba desde los 18, cambió de dueño hace no mucho y, mientras se sucedían los cambios, él cruzaba los dedos para que no le despidieran. Le despidieron. No se le conoce más vida que esa. La llegada sorpresiva al corazón de esa vida que mira desde lejos —un poco a la manera de <a href="http://elpais.com/diario/2007/04/29/opinion/1177797604_850215.html" target="_blank"><em>La vida de los otros</em></a> (2007), aquella película de Florian Henckel en la que un espía de la Stasi sigue de cerca la vida de una pareja de artistas— le permite encontrar una nueva respuesta a la eterna pregunta: ¿quién soy? Su huida de la realidad se acaba convirtiendo en un encuentro irremediable consigo mismo. "Es difícil. La fuga de uno mismo es muy difícil. <strong>Una de las formas de fugarse es escribir sobre ello</strong>. Pero no todo el mundo tiene ese privilegio", bromea el autor. </p><p>Hemos dicho que Damián es aparentemente gris. Porque hay una característica interna del personaje que es decididamente colorista. Damián no piensa en forma de monólogo interior, como hace todo el mundo desde el siglo pasado. <strong>Él piensa en forma de entrevista televisada en prime time</strong><em>prime time</em>. Mientras camina, mientras toma un té, mientras espera en las sombras del armario familiar, Damián es interrogado por el famoso presentador Sergio O'Kane (famoso, por supuesto, solo en su cabeza) ante un público entusiasmado que ha acudido al plató (imaginario) y unos cuantos millones de espectadores que le observan en sus casas. "Es <strong>una variante no clásica del monólogo interior</strong>", explica, pero también una crítica a la concepción de la fama como un valor en sí mismo, y no como un accidente inesperado. "Hace muchos años, se nos hacía muy raro aquellos primeros niños a los que les preguntábamos ‘¿qué quieres ser de mayor?’ y nos respondían ‘Famoso’. Ahora ya no nos extraña, porque vivimos en una cultura en la que ser famoso es algo posible sin que nada lo respalde, y además es una ambición muy generalizada", critica. Lo que hace O'Kane es, además, clara telebasura. Hasta el punto de que, para abordar ciertos asuntos, Damián le abandona y pide ser entrevistado por un periodista serio, un también imaginario Iñaki Gabilondo. </p><p>Tras la comicidad de ambas situaciones (un tipo atrapado en un armario, un <em>talk show</em> inexistente) se esconde <strong>un fondo turbio, inquietante</strong>. El armario que Lucía recupera en aquel mercadillo de antigüedades es su propio armario de infancia. Lo reconoce porque, en un costado, están las marcas de la altura de su hermano mellizo y ella a distintas edades. Hasta la muerte de él. Entonces las marcas se interrumpen. La presencia fantasmal de Damián es inevitablemente asociada a su hermano por Lucía, lo que comienza a sentar un tono lúgubre. Pero si uno se pone en la piel de ella, ya es imposible evitar un escalofrío. <strong>Un extraño acechando en el armario, objetos que cambian de lugar sin que se sepa por qué</strong>. Esto es una película de terror. ¿Es buscado? "¡Claro!", exclama el escritor divertido. Insiste en que Damián solo quiere ayudar. Aunque acabe controlando como marionetas a la familia. </p><p>El domingo, Millás <a href="http://cadenaser.com/programa/2016/04/01/hoy_por_hoy/1459506413_639193.html" target="_blank">hablaba de la novela en la Cadena Ser</a>. Para ello, le metieron en un armario, a lo que accedió para revuelo de los periodistas. Al final de la entrevista, se resistía a salir. "No quiero volver a la realidad", decía. ¿Qué haría falta para que salir del refugio de la imaginación no fuera tan duro? "Que cambiara la situación política, el fin de los paraísos fiscales, que se atenuaran las diferencias construidas durante la crisis... Que la vida fuera normal, y no está anormalidad en la que estamos". </p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 08 Apr 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Clara Morales]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Millás a la fuga]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Juan José Millás,Narrativa,Los diablos azules número 11]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[¿Pueden las redes sociales marcar el ritmo de la política?]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/redes-sociales-marcar-ritmo-politica_1_1114825.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4886bb67-b7b9-4557-a6df-a7d93124dda8_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¿Pueden las redes sociales marcar el ritmo de la política?"></p><p>Twitter, como principal red social en abierto, se ha transformado en algo más que un espacio de comunicación entre los usuarios. Herramienta de campaña, de comunicación institucional, de debate... y de riñas políticas. <strong>El 'caso Zapata',</strong> que obligó al concejal de Ahora Madrid a <a href="http://www.infolibre.es/noticias/politica/2015/06/15/zapata_anuncia_dimision_reitera_sus_disculpas_los_afectados_por_sus_tuits_34090_1012.html" target="_blank">dimitir</a> al frente del departamento de Cultura y ha acabado con su <a href="http://www.infolibre.es/noticias/politica/2015/06/24/la_fiscalia_pide_que_guillermo_zapata_declare_como_imputado_por_sus_tuits_quot_humillantes_vejatorios_quot_34468_1012.html" target="_blank">imputación en la Audiencia Nacional</a>, no es la primera polémica generada por el uso de las redes sociales en el ámbito político. Pero sí ha sido el que ha tenido una consecuencia más rápida, brutal y directa en el ejercicio de la política. Las redes no son solo un espejo de la vida <em>analógica</em>, sino un instrumento que incide directamente en ella.</p><p>Llegados a este punto, las redes sociales ¿son una revolución en el debate público, o un nuevo foro para los mismos mensajes de antes? ¿Son herramientas superficiales, o permiten <strong>discutir en profundidad y llegar a acuerdos</strong>? ¿Ha supuesto este último episodio una pérdida de inocencia sobre su poder? Distintas figuras del mundo de la cultura reflexionan sobre las consecuencias de su uso y tratan de determinar<strong> sus limitaciones</strong>. </p><p>Juan José Millás</p><p><strong> </strong><strong>Escritor y periodista</strong><strong>PREGUNTA. ¿Se han convertido las redes sociales en una extensión más del debate público?RESPUESTA. </strong></p><p>Por lo que ha pasado estas semanas, parece que así es. Lo que habría que preguntarse es hasta cuándo, porque las herramientas cambian continuamente, desaparecen unas y aparecen otras. Twitter parece haberse transformado de repente en un espacio eminentemente político. Lo que pasa es que hace unos años que la política invade un porcentaje altísimo de la realidad, cada hora del día. Es normal que lo haga en las redes sociales. </p><p><strong>P. ¿Qué limitaciones puede tener el debate en esta herramienta?</strong></p><p><strong>R. </strong>Es difícil decirlo, todavía no hemos podido abarcar todas las posibilidades. </p><p><strong>P. Se ha comentado que es más fácil descontextualizar...</strong> </p><p><strong>R</strong>. Descontextualizar significa sacar algo de contexto, y eso da igual hacerlo en televisión, en Twitter o en un periódico. Si me apuras, es más difícil sacar de contexto mensajes cortos, precisamente porque apenas hay texto.</p><p><strong>P.</strong><strong>¿Y la confusión entre lo privado y lo público?</strong> </p><p><strong>R.</strong> La gente que hace cinco o seis años tuiteaba no tenía conciencia de que eso lo estaba lanzando a un espacio público. Entonces eran solo unos pocos. La conciencia de las redes como algo que trasciende lo privado la estamos desarrollando ahora, más aceleradamente por lo ocurrido en los últimos días. </p><p>Rafael Argullol</p><p><strong>Escritor y catedrático de Estética y Teoría de las Artes </strong></p><p><strong>P. ¿Cuál ha sido la principal consecuencia de la entrada de redes sociales en la política?</strong></p><p><strong>R.</strong> Lo que se ha devaluado es la intimidad. Y el deterioro de la intimidad ha redundado en un deterioro de la política. Un ciudadano particular cree formular un comentario privado, y lo que hace en realidad es exponerlo al público. Es lógico que empiece un ajuste de cuentas, pero no es aceptable.</p><p><strong>P. ¿Esto ocurre solo en Twitter?R. </strong></p><p>No. Pero Twitter es la forma epistolar lacónica y casi primitiva. Y, antes, al escribir una carta, uno se lo pensaba varias veces. Tenía una lentitud en el proceso, y el que la recibía la digería con esa lentitud. </p><p><strong>P. ¿Cómo ha alterado eso el debate político?</strong></p><p><strong>R.</strong> No solo tiene consecuencias ahí. Esto es un <em>totum revolutum</em> en el que uno puede hurgar en la memoria de los otros. La palabra obsceno viene de la tragedia griega, de todo aquello que no se hacía en escena. Si Edipo se sacaba los ojos, no se veía, se contaba. Nosotros hemos incluido lo obsceno en lo cotidiano. Hemos roto toda línea de separación, y eso antes o después va a caer sobre nosotros.</p><p>Helena Pimenta </p><p><strong>Directora teatral y responsable de la Compañía Nacional de Teatro Clásico </strong></p><p><strong>P. ¿Le parecen las redes sociales una buena herramienta para el debate?</strong></p><p><strong>R.</strong> Publicar en ellas es con frecuencia impulsivo, pasa pocos filtros y hay poca premeditación. Desconfío de ellas. El mensaje rápido te coloca en una posición que no te pertenece demasiado. No van al ritmo de la vida.</p><p><strong>P. ¿Por qué, pese a su fugacidad, tienen esta relevancia?</strong></p><p><strong>R</strong>. Todo lo que está escrito parece más importante que lo que se ha dicho. Lo que queda grabado, muchas veces, no puede competir con un mensaje posterior. Por eso considero que tiene que haber un derecho a que una información desaparezca años más tarde. No solo en las redes sociales, claro.</p><p><strong>P. ¿Por qué?</strong></p><p><strong>R</strong>. Es una especie de Gran Hermano, esta vigilancia constante de lo que decimos. Nos dejamos llevar por la sensación de que estos mensajes desaparecen pronto en un océano de información, pero la verdad es que la palabra es imborrable.</p><p><strong>P. ¿Nos damos cuenta ahora?</strong> </p><p><strong>R</strong>. Somos los primeros que tenemos que comprender estas herramientas que hemos creado. Somos pequeños y no nos damos cuenta de su alcance.</p><p><strong>P. ¿Hasta qué punto son responsables de este fenómeno los medios?</strong></p><p><strong>R.</strong> Todo el mundo está esperando, sobre todo en política, que alguien dé alguna información, que alguien se pronuncie. Los medios lo fomentan, pero es una dinámica general.</p><p>Elvira Navarro</p><p><strong>Escritora </strong></p><p><strong>P. ¿Cuáles son las limitaciones inherentes a Twitter como espacio de debate?</strong></p><p>R. Formalmente, la reflexión es difícil. Y no sólo por la corta extensión.  El contexto desaparece porque no queda rastro de los mensajes que lo rodeaban. Cuando sacas un <em>tuit </em>de su hilo, el contexto se esfuma y es muy difícil de reconstruir. Con todo, no creo que sea imposible que se produzca una reflexión de calado en Twitter, porque de hecho a veces se propicia. Yo sigo a gente cuya reflexión me interesa en ese espacio, y en general.</p><p><strong>P. ¿Es la brevedad lo que más dificulta un debate profundo?</strong></p><p>R. No. Un verso, un aforismo son breves y pueden contener ideas complejas.</p><p><strong>P. ¿Está el debate en las redes sociales especialmente viciado?</strong></p><p>R. Son como cualquier otro sitio. Sacamos un poco de madre las redes sociales. No me parece peor lo que ocurre en Twitter que lo que ocurre en la televisión. Ahí sí que puedes desarrollar tus argumentos, en teoría, pero nos damos cuenta de que con frecuencia son muy pobres.</p><p><strong>P. ¿Entonces?</strong></p><p>R. El problema no es Twitter, el problema es que hay unos señores que llevan muchísimo tiempo en el poder y que están dispuestos a manipular y a generar miedos por todas partes. Es posible descontextualizar en cualquier medio: si coges una novela, incluso de un gran maestro, y le quieres sacar los colores, se los sacas. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 28 Jun 2015 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Clara Morales]]></author>
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