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Los diablos azules

Quién sostiene a los débiles

  • La jovencísima y brillante Lara Moreno se hace mayor como mujer y como escritora, y libro a libro va ganando en matices, en quilates
  • Piel de lobo es una novela que posee la intensidad y la precisión del cuento, y trata de la dificultad de vivir, de relacionarse, de ser hija, hermana y madre

Fernando Valls Publicada 18/11/2016 a las 06:00 Actualizada 19/11/2016 a las 14:37    
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Portada de Piel de lobo, de Lara Moreno. Portada de Piel de lobo, de Lara Moreno.

Portada de Piel de lobo, de Lara Moreno.

Sofía, una mujer de 35 años, rememora su pasado en primera persona, aunque en algún momento recurra también a la segunda, e incluso se narra en tercera y ocasionalmente les ceda la voz a otros personajes. Nos cuenta la relación con Rita, su hermana pequeña, el trato áspero que han mantenido; acaba de abandonarla Julio, su marido; y se gana la vida de manera precaria como costurera. Su padre murió hace un año, mientras que su madre –con la que se muestra demasiado recelosa— se ha vuelto a casar y vive en Canarias (“La metamorfosis de una madre es algo deseado pero difícil de asumir”, pág. 117), por lo que la única referencia cercana que le queda es su hermana Rita. El caso es que la protagonista no mantiene relaciones cordiales con ninguno de sus allegados, ni siquiera con el pequeño Leo, su hijo de cinco años, pues como se afirma en la novela, en los enfrentamientos familiares “del sinsentido se pasa a la angustia, a la tristeza...” (pág. 131). Quizá por ese motivo acaben alejándose de ella, abandonándola, aunque en el desenlace reaparezcan ciertas esperanzas, pues Rita le deja a su hermana una puerta abierta...

Lara Moreno
En esta obra lo que en principio parecía ser una indagación sobre la existencia de Sofía, acaba desembocando en el descubrimiento de los padecimientos que sufrió su hermana siendo niña, sin que la familia llegara a darse cuenta (pág. 142-145, 197-200 y 249-251). Y lo es hasta tal punto que podría leerse como un intento de comprender la conducta de Rita, quizá como una forma oblicua que utiliza Sofía para entenderse a sí misma. Se apunta todo ello en el primer capítulo de la novela, cuando aun no estamos en condiciones de saber qué se nos cuenta y por qué, aunque vaya haciéndose patente conforme avanza la trama.

Tras ser abandonada, Sofía se refugia en la casa —simbólicamente plagada de hormigas— que han heredado las hermanas en un innominado pueblo pesquero, junto a Portugal. Tanto ese lugar como su entorno desempeñan un cierto protagonismo en la trama, así como la casa de veraneo de los abuelos en el pueblo, a la que acuden durante la infancia. A lo largo del relato, Sofía rememora la relación con sus padres, el abandono de Julio, de quien cree seguir enamorada, la pueril relación con su niño, y el apego que la sujeta a su hermana, a pesar de los constantes reproches que se intercambian. En suma, la narradora, mujer suspicaz y sobrepasada por la realidad, que se autoengaña, rechaza o adopta diversas soluciones para recomponer su vida, de lo que sería solo una muestra la tópica sugerencia de la madre de que tenga otro hijo; o el intercambio de parejas en el que participa el matrimonio, una idea de ella, que transcurre entre el placer y la insatisfacción, intentando huir de una relación amorosa que parece estancada.

El relato se dirige al desenlace a partir del momento en que conocemos la violencia y los abusos que padeció Rita siendo niña, anticipados en un par de ocasiones. Pero en este caso no son obra del padre, ni de otro adulto, como suele ser habitual, sino de dos primos adolescentes. Ese inquietante desasosiego de Sofía, una mujer débil que se muestra tan insegura como agobiante, que no consigue ser feliz, es el que logra transmitirnos la excelente prosa de Lara Moreno, a través del ritmo y la tensión que le proporciona, aunque se le cuelen anglicismos y expresiones a la moda tontorrona del día, o producto de la influencia de malas traducciones, que un buen lector editorial (¿siguen existiendo?) hubiera podido evitar.

Más allá de lo que se narra, esta es una novela que posee la intensidad y la precisión del cuento, género que la autora ha cultivado con maestría, trata sobre todo de la dificultad de vivir, de relacionarse, de ser hija, hermana y madre a la vez, de lo complicado que resulta mantener una relación amorosa; y más en general de los espejismos que genera la existencia, sus miedos e insatisfacciones (véase, al respecto, la relación que Sofía mantiene con el denominado “hombre de las salinas”, del que apenas nada se cuenta; mientras que trae a la escena y describe a Paul, ocasional pareja de su hermana), y cómo a menudo tomamos los caminos equivocados, los más fáciles, aquellos que resultan placenteros al instante, pero que acaban pasándonos factura. A este respecto, llama la atención la franqueza con que se describe el deseo sexual que acucia a esta joven mujer, representado en el misterioso hombre de las salinas, pero también en las masturbaciones, la alusión a los fluidos vaginales, o las referencias escatológicas, a los orines (páh. 128, 137, 163, 167, 169). Y me gustaría destacar también, por ser un registro en el que se desenvuelve a la mil maravillas, la sátira feroz de la feria del pueblo, que la protagonista recorre como quien recorre un vía crucis (pág. 150-153).

Tras los ritos que van pespunteando la novela, ya aludidos, añadamos las lecturas de Marina Tsvietáieva (la relación que mantiene con sus hijas) y Anne Carson; la obsesión por la comida sana; el episodio en que el niño, Leo, se pierde y se desata la histeria del matrimonio (pág. 223); o el enfrentamiento cara a cara, a solas, de las dos hermanas, en el desenlace, cuando literalmente se tiran los platos a la cabeza, a lo que sigue una autoacusación de Sofía, por no haberle prestado a su hermana la ayuda que necesitaba.

Quién sostiene a los débiles, se pregunta en una novela en la que todos los personajes lo son, aunque cada uno a su manera, acechados a menudo por aquellos que tienen piel de lobo. La jovencísima y brillante Lara Moreno –quien le dedica esta novela a su hermana Beatriz— se hace mayor, no solo como mujer sino también como escritora, se acerca a los 40, pero como podrán observar aquellos que hayan seguido su trayectoria con la atención que merece, superada la dificultad de escribir la primera novela y el consiguiente peligro que trae consigo la segunda, libro a libro va ganando en matices, en quilates.

*Fernando Valls es profesor de literatura y crítico literario.

[Lee aquí la entrevista a Lara Moreno]
 
 
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