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Los libros

'Tuyo es el mañana': Barcelona, 18 de marzo de 1977

  • Pablo Martín Sánchez se confirma como uno de los nuevos nombres más interesantes de la narrativa española actual
  • El autor forma parte de ese grupo mayoritario de escritores que sin haber vivido la Transición tienen una opinión muy crítica sobre ella

Publicada 24/02/2017 a las 06:00 Actualizada 25/02/2017 a las 11:08    
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Tuyo es el mañana
Pablo Martín Sánchez

Acantilado
Barcelona

2016
  Tras publicar un libro de cuentos, que siento no conocer, el autor planificó una trilogía de la que esta nueva novela es la segunda entrega, tras El anarquista que se llamaba como yo (2012), recibida con buenas críticas. Él mismo ha explicado que ese primer volumen del conjunto estaba dedicado a su nombre, mientras que el segundo transcurre durante su fecha de nacimiento, y el tercero se ocupará de su lugar de origen, el pueblo de Reus, pues al fin y a la postre se trata de tres datos significativos sobre la identidad. Recuérdese, además, que los reusenses —entre burlas y veras— llevan en sus coches una pegatina en la que se lee: “Reus, París y Londres”. En fin, Tuyo es el mañana resulta ser una oblicua autobiografía, en la que el autor parte de la realidad para ir adobándola con ingredientes ficticios.

En la novela se narra lo ocurrido durante las 24 horas del 18 de marzo de 1977, día en que nació el autor. En esa fecha, Franco ya había muerto; unos pocos meses antes, el 24 de enero, se produjo la matanza de los abogados de Atocha; ETA y los GRAPO aterrorizaban a la población; pero aún no se habían celebrado las primeras elecciones democráticas, ni tampoco aprobado la Constitución, aunque en la sociedad española, junto a una cierta incertidumbre, podían advertirse ciertas esperanzas depositadas en un futuro mejor.

El título de la novela proviene de una canción popularizada entonces por el grupo Jarcha, cuya letra decía: “Habla pueblo habla / Tuyo es el mañana”... Fue utilizada por la UCD para convencer a los ciudadanos de que votaran en el Referéndum para la Reforma política del 15 de febrero de 1976, y luego en las primeras elecciones que ganó el partido encabezado por Adolfo Suárez. El título vuelve a aparecer en la última frase de la novela, cuando un narrador en segunda persona exhorta a un recién nacido a que empiece a vivir.

El clásico “Índice” figura ahora rotulado como “Contenido”; la dedicatoria, “A l. m. q. m. p.”, me imagino que va dirigida “A la madre que me parió”, por lo que en ella habla el autor; mientras que en el título se oye la voz del narrador. Por último, por lo que se refiere a los paratextos, la cita en latín de Séneca procede de sus Epístolas, y en ella nos anticipa que un día puede contener toda una vida.

La novela tiene seis partes, en donde se parcelan todas las horas del día: Medianoche, Madrugada, Mañana, Mediodía, Tarde y Noche. Y cada uno de estos segmentos se divide, a su vez, en otras seis secuencias que ocupan una determinada fracción de tiempo. Por tanto, la estructura está sometida al paso de las horas, señalado en el “Contenido” con puntillosa precisión. Intercalados entre las partes, aparecen siete breves textos en cursiva, entre ellos los que inician y cierran la novela, aunque estos no aparezcan reflejados en el “Contenido”.

Se nos presenta una sociedad en ebullición, en la que –por ejemplo— se comercia con los recién nacidos y los escolares padecen el acoso de los matones de patio de colegio (los españoles que aprecian poco su idioma lo llaman ahora bullying). Algo que no solo sigue ocurriendo hoy, sino que también había sucedido en las décadas anteriores, como yo mismo podría atestiguar. Se trata de una narración polifónica, perspectivista, en la que el autor utiliza siete narradores: una niña llamada Clara, que teme la crueldad de sus compañeros, en especial de Pena (nombre simbólico); Carlota, estudiante de periodismo y simpatizante del PSUC, prepara un reportaje sobre recién nacidos robados, mientras mantiene una relación sexual con Gerardo, su profesor, e intenta no desvelar su condición de palmípeda; el citado Gerardo es chileno, y los recuerdos de las torturas que sufrió en su país le producen pesadillas, pero ahora en Barcelona intenta secuestrar a un empresario, aunque la impericia del grupo que comanda nos recuerde la hilarante película Atraco a las tres; ese empresario sin escrúpulos, ni económicos ni morales que se apellida Raich (quizá no por casualidad), y resulta ser el típico medrador.

Los tres narradores restantes son más singulares, aun cuando su heterodoxia los condicione: Lola (María Dolores Ros de Olano y Figueroa), la madre de Raich, a quien siendo niño le salvó la vida en el incendio en que ella pereció, nos habla desde un retrato oval, pues se trata de una mirona que añora la dictadura y crítica las nuevas costumbres que ha traído consigo la incipiente democracia, de ahí lo adecuado de su punto de vista estático; un galgo de carreras (ni un perro, ni un chucho…), al que llaman Solitario VI o Raqui, que al fin y a la postre resulta ser el personaje más soñador, aunque no le falten por ello instintos depredadores; y un feto, al que veremos nacer, e incluso colear, a quien el narrador omnisciente se dirige en segunda persona, en cursiva.

Uno de los retos de la novela estribaba en singularizar cada una de estas voces narradoras. Estos siete personajes irán transformándose conforme avance el relato, tal y como exige el género narrativo, la novela, aunque la difunta Lola quizá resulte el menos logrado, el más monolítico, dada su condición de difunta. Se trata, en suma, de una obra dialogada donde aflora algún que otro coloquialismo, sin que falten tampoco los catalanismos (que pueden permitirse los personajes, no el narrador), en la que las historias acaban entrelazándose, completando su sentido en colaboración con el lector. Son, pues, fragmentos de vidas, pero lo suficientemente cruciales para que las experiencias narradas adquieran significado.

La novela, en suma, muestra los avatares vitales de una niña inquieta que prefiere la compañía de un galgo con mucho carácter; junto con las andanzas de un profesor/guerrillero patoso; o la suerte de un galgo soñador que encuentra la libertad; además de las pesquisas de una joven que no acaba de comprender a su maduro amante, pero que descubre espantada el comercio humano; sin olvidar las idas y venidas, tanto en sus negocios como en la vida privada, de un turbio empresario; o bien los disgustos de una difunta por los cambios sociales que se han producido en la sociedad, por cómo está el servicio... Por tanto, la narración  podría leerse como un fresco de la vida española durante el inicio de la Transición, en el que aparece representada la amistad y el sexo, el miedo y la violencia, el clasismo, los abusos y las mentiras, sin distinción de edad, clase social, género o situación.

Pablo Martín Sánchez forma parte de ese grupo mayoritario de escritores que sin haber vivido la Transición tienen una opinión muy crítica sobre ella, pues dicen sentirse engañados por la visión idílica que les ha llegado de aquellos años. Lo curioso del caso es que algunos de los que la vivimos no tengamos en absoluto esa impresión, pues ni tuvimos la sensación de que fuera idílica, sino muy problemática, ni nos llegó nunca tampoco, ni oralmente ni por escrito, esa versión complaciente. Estaría bien saber de dónde procede.

El autor, que se define como continuador de la tradición literaria, a diferencia de otros miembros de su generación que se alimentan del cine, las series de televisión, la música o los cómics, se presenta además como el único miembro español del OULIPO, seguidor de Perec (véase su tesis doctoral, defendida en el 2012), amén de patafísico, con estéticas y maneras literarias distintas, aunque en la práctica su forma de narrar, al menos en esta novela, me parezca más cercana a la del Nouveau roman. De ser cierto, lo realmente importante, sin embargo, sería que Pablo Martín Sánchez, quizás escarmentado en cabeza ajena, le haya insuflado bastante oxígeno a la escritura leprosa de Robbe-Grillet y compañía.

Sin que su planteamiento estructural resulte del todo novedoso, sí lo es en conjunto; no en vano, nos encontramos ante un autor poco acomodaticio, con un acerado sentido crítico, que sabe dosificar la trama con humor. Él mismo nos ha proporcionado las fuentes en las que ha bebido, pues la presencia del feto procede de Rabos de lagartija, de Marsé, aunque allí sea el nonato quien narre en primera persona; la voz del galgo, de Ánima, de Wajdi Mouaward, a quien nuestro autor tradujo al castellano. Por lo que se refiere a la estructura, no escasean las novelas cuya acción suceda a lo largo de un día; o sea, con el tiempo reducido y un protagonista colectivo. Llegó a ser moda en el mundo occidental, entre la publicación de Manhattan Transfer (1925) y la de La colmena (1951). Y puesto que tanto el mismo autor como algunos de los críticos que ya se han ocupado de su novela han recordado algunos títulos de otras literaturas, voy a centrarme esta vez en algunos españoles: La noria, de Luis Romero; Ronda del Guinardó, de Marsé; La caída de Madrid, de Rafael Chirbes, o El corrector, de Ricardo Menéndez Salmón. Tampoco escasean las narraciones de vidas cruzadas, ya sea en el cine ya en la literatura, y un ejemplo reciente sería el tándem formado por Carver/Altman en 1993, o el celebérrimo ciclo de cuentos de Alberto Méndez, inspirado, por lo que se refiere a la estructura, en dicha película. Y del interés por la sextina medieval de los oulipianos debe provenir la alternancia y combinación de las voces narrativas. Pero, en fin, lo concluyente es el resultado, que en esta ocasión resulta ser muy satisfactorio, pues el autor se plantea diversos retos, ya nos hemos referido a ellos, de los que logra salir airoso, confirmando a Pablo Martín Sánchez como uno de los nuevos nombres más interesantes de la narrativa española actual.

*Fernando Valls es crítico y profesor de Literatura.
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