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El cuento de todos

Siempre en lunes

  • "Por lo único que le gustaba a Javier el lunes era porque podía verla, aunque solo fuera unos minutos y agazapado tras las cortinas de su habitación. A ella, la única barrendera del distrito"
  • Así comienza el cuento escrito por alumnos del taller juvenil de la escritora Carmen Peire. Ana Manso continúa el relato de su maestra

Carmen Peire | Ana Manso Publicada 21/04/2017 a las 06:00 Actualizada 20/04/2017 a las 17:09    
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Ana Manso, una de las participantes del taller.

Ana Manso, una de las participantes del taller.

Este cuento ha sido escrito por algunos alumnos del taller juvenil de la escritora Carmen Peire, que ha iniciado el relato para que ellos lo continuaran. En él participan por orden de aparición Ana Manso, Paloma Caramelo Inés Herrero, aunque ha sido leído y trabajado también por los compañeros del taller, que pusieron nombre a los protagonistas, corrigieron e intervinieron, en especial Inés Vázquez y Pablo Merlín Tous. Todos llevan tiempo asistiendo al taller, aman los libros y las historias, y  forman parte de la antología juvenil publicada en diciembre de 2016 bajo el título de La habitación prohibida.
___________________________________


(Comienza Carmen Peire.)


Por lo único que le gustaba a Javier el lunes era porque podía verla, aunque solo fuera unos minutos y agazapado tras las cortinas de su habitación en el piso compartido con Juan, Ismael y Pedro. No se podía permitir otra cosa. La beca solo daba para pagar el master, lo demás salía de clases particulares y  ayudando los fines de semana en el bar de la familia. Pero era independiente, independiente con ayudas, pero independiente. Y los lunes madrugaba más que el resto de la semana solo por verla, a ella, la única barrendera del distrito. Los demás, todos hombres incapaces de seguir sus pasos cuando ella hacía su trabajo, por el afán y destreza conque trajinaba. Pasaba por su calle a las siete de la mañana, empujando el carro, con los guantes y el mono puestos. Le tocaba los lunes la zona más difícil, aquella en que los jóvenes se concentran en el fin de semana para beber, estar con los amigos y de paso ver si conseguían esa noche acostarse calientes de gresca, alcohol y acompañante. Era la zona donde Javier vivía. A la barrendera le tocaba hacerse con los estragos del fin de semana, papeleras rebosantes, papeles y latas de cerveza en el suelo, cagadas de perro sin recoger, platos de cartón de comida rápida para cuerpos que solo querían empapuzar el estómago y seguir bebiendo. En algún callejón, cerca de las alcantarillas, solía encontrar un montón de botellas vacías, bolsas de plástico y algún condón usado que no quería imaginar cómo, dónde ni con quién.


Por ella, por la barrendera, Javier madrugaba los lunes más de lo debido, la veía entrar en su calle y salía corriendo para hacerse el encontradizo, de paso saludaba, aunque a ella le pareciera raro, porque nadie, y cuando se dice nadie, es nadie, saluda a una barrendera, aunque limpie la mierda de su distrito.  Quizá algún día podía entablar conversación.  Ya en la calle, daba la vuelta a la manzana, se acercaba al quiosco de la esquina y regresaba a su habitación. Todo lo llevaba en secreto porque ¿a quién podría contar lo que siente? ¿A sus amigos? ¡Qué locura, ni por asomo! Tampoco a Juan, Ismael o Pedro. Una cosa era compartir piso, y otra, confidencias. Se imaginaba además lo que diría Pedro, el más sarcástico de todos: uy, al señorito le gusta una que barre. Claro, así tendrá la habitación recogida porque ahora es una pocilga. Menudo cachondeo se iban a traer. Bastante se reían de él cuando le sorprendieron un domingo por la noche salir a la calle a altas horas, no para tomar copas sino para apiñar botellas, litronas, latas de cerveza desperdigadas, sin atreverse a decir el motivo, mejor que pensaran en su afán ecologista y no para que ella no tuviera tanto trabajo al día siguiente. Aunque siempre había algún bandarra que las desparramaba después de una patada. Por eso dejó de hacerlo.

De la barrendera le gustaba todo, su cara, su movimiento, su presencia y tamaño, cómo se bamboleaba, las caderas moviéndose al compás del escobón y ese canalillo que a veces asomaba, sobre todo en verano, con la cremallera del mono bajada hasta bien abajo, y ella que se agachaba y Javier que se ponía malo, y sudaba, sudaba como un loco. Era tan poderosa…   A Javier le gustaría atreverse a preguntar su nombre, conversar con ella, verla sonreír y proponerle dar una vuelta o tomar un café. Y todos los lunes se arrepentía de no hacerlo. Eres tonto, se decía, imagínate que la cambian de barrio, que tiene que irse a otro sitio, no vas a saber buscarla. ¿Te atreverías entonces a preguntar por ella a los de la limpieza? Del próximo día no pasa, seguro, el próximo lunes le pregunto, al saludarla, buenos días, frío ¿eh?, yo es que vivo aquí, ¿cómo te llamas? No vaya a ser que un día desaparezca y no sepas ni por quién preguntar.

Llegó la primavera y el trabajo de los lunes por la mañana aumentó. Venían dos a barrer su zona, ella y otro, con el que parecía reírse, bromear y limpiar. Al menos fue la sensación que tuvo y sintió unos celos tremendos. ¡Cómo le gustaría ser barrendero! Se imaginaba ser su compañero, trabajar a su lado, olerla, aspirar el mismo aire que ella. ¿Cómo haría para abordarla? Ahora puede ser más fácil, pensaba, te paras a hablar con él, preguntas cómo se llama y de paso…  Pero seguía sin atreverse. Y llegó aquel lunes, un lunes que quedaría señalado por encima de los demás. El lunes en que todo iba a cambiar.

(Sigue Ana Manso.)

Era domingo. Javier se había levantado tarde después de estar hasta las tantas recogiendo en el bar de su familia: había fregado copas, limpiado la barra y barrido innumerables palillos y pelotillas de papel del suelo, porque por lo visto girar la muñeca dos milímetros para encestar en la papelera, era demasiado trabajo para los clientes.

Cuando llegó a la cocina, Pedro y Juan ya estaban desayunando. Juan le saludó al verle:

—¿Qué pasa tío? Llegaste tarde anoche, ¿eh? No me digas que mojaste.

Pedro no dejó pasar la oportunidad y antes de que Javier pudiera contestar le interrumpió:

—Qué va mojar el ecologista éste. Lo que pasa es que estuvo amamantando focas.

Los dos se empezaron a reír. Javier suspiró, pero no dijo nada, no quería descubrirse. Al fin y al cabo, cuando barría en el bar de la familia se acordaba de su barrendera, y se la imaginaba a su lado, haciendo lo mismo.  Juan le dio un amistoso puñetazo en el hombro.

—Venga tío no te enfades, si ya sabes que a nosotros el modo Greenpeace nos parece muy bien, pero tienes que admitir que era un poco triste lo de ponerse a amontonar botellas los domingos por la noche.

—Bueno, ¿y dónde está Ismael?— dijo Javier cambiando de tema.

—¿Dónde va a estar?— saltó Pedro— Durmiendo, además el muy cabrón ligó ayer, así que tiene a la tía ahí metida.

Eso no sorprendió a Javier, Ismael día sí día no, se traía una chica a casa, no sabía cómo, pero el chaval se las llevaba de calle. Javier incluso se planteó pedirle consejo, pero descartó la idea enseguida. Aunque no le contase lo de la barrendera no quería ni imaginar las bromas de "a Javi le gusta una chica" que eso supondría. El resto del desayuno se lo pasó en silencio escuchando a Juan y Pedro cómo repasaban toda la cantera del Real Madrid y se enzarzaban en un intenso debate sobre si el fuera de juego que había pitado el árbitro en el partido de la noche anterior habías sido justo o no. Javier solía participar en la conversación, aunque fuese con breves comentarios, pero ese día ni siquiera los estaba escuchando. Solo podía pensar en una cosa: mañana va a ser  lunes, mañana sí que le hablo, mañana… En su imaginación dibujaba escenas completas sobre cómo se desarrollaría su primera conversación: empezaría siendo amable y educado y, cuando rompiese el hielo, soltaría alguna broma, ella reiría, él le propondría salir a tomar algo  y quizás…

Estos pensamientos lo acompañaron durante todo el tiempo. Cuando terminó de desayunar se despidió de sus compañeros y se dirigió a casa de Laura, la niña a la que le daba clase de inglés. En realidad, Javier ofrecía clases de matemáticas y ciencias, pero cuando sus padres le contrataron resultó que asistía a un colegio bilingüe donde no daban ciencias sino science, ni matemáticas sino maths, y la pobre chica apenas pasaba de saber decir buenos días, por lo que le pidieron si no le importaba hace un pequeño repaso del idioma "no muy profundo, no te preocupes, es una niña muy lista". Javier acabó yendo dos días por semana a explicarle los verbos irregulares. Uno de ellos, las mañanas de algunos domingos. Planazo.

Mientras ella los repetía en voz alta, él elucubraba sobre cuál podía ser el nombre de su barrendera; Marta o Julia no le convencían, Carmen era demasiado común. Nunca llegaba al nombre perfecto y entonces se ponía a pensar en su cara, su cuerpo, las cosas de ella que ya conocía, su trabajo y la zona que le habían asignado… eso decía mucho de ella. Seguro que era el centro en su grupo de amigos, la que lideraba y se llevaba bien con todo el mundo. ¿Tímida? No, eso nunca. Su presencia inundaría la sala.

El día pasó y Javier estaba cada vez más emocionado. Mañana era la definitiva, seguro. Cuando llegó a su casa se puso a estudiar, pero cada vez se concentraba menos. Finalmente, después de una cena con banda sonora de burlas de su "comida para conejos", todo verde, Pedro le dejó tranquilo y Javier se fue a dormir.

(Continuará Paloma Caramelo.)
 
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