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Luz ámbar en el valle del Nilo


Publicada 04/07/2013 a las 12:12 Actualizada 04/07/2013 a las 13:04    
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Manifestantes protestan contra el presidente egipcio, Mohamed Mursi.  KHALED ELFIQI

Manifestantes protestan contra el presidente egipcio, Mohamed Mursi. KHALED ELFIQI

Detesto los regímenes militares, y no sólo por razones políticas, ideológicas y morales, sino también porque padecí uno durante los primeros 21 años de mi vida: el del general Franco. Así que un golpe de Estado militar despierta en mí de inmediato toda suerte de rechazos. Y sin embargo, recuerdo haberme alegrado por el protagonizado por los oficiales portugueses el 25 de abril de 1974, cuando yo era un joven universitario antifranquista y deseaba que en España hubiera algo igual. Apoyado de inmediato por buena parte del pueblo portugués como una puerta hacia la democracia, aquel golpe fue bautizado como la Revolución de los Claveles. Supongo que, de haber vivido esa época, también habría aplaudido los pronunciamientos militares liberales del siglo XIX español.

No tengo certezas, avanzo tanteando por la senda del debate abierta en la noche del miércoles 3 de julio por el golpe militar que ha derrocado a Mohamed Morsi, elegido un año antes presidente de Egipto en unos comicios aceptablemente democráticos. No se impacienten, pues. Intuyo que lo primero que les ha venido a la cabeza al leer los ejemplos positivos de golpe militar de mi primer párrafo es que en esos casos los soldados se alzaban contra gobernantes manifiestamente no democráticos. Así es, pero en la apasionante noche del miércoles me encontré preguntando -primero a mí mismo, luego a contertulios en Twitter- si no consideraríamos hoy unos héroes a unos militares alemanes que se hubieran alzado contra Hitler en 1934, o sea, un año después de su corta victoria electoral pero cuando ya había dado muestras suficientes de su rumbo totalitario.

Sigo tanteando: ¿hasta qué punto puede un gobierno abusar de una victoria en las urnas sin que sea legítima una rebelión popular en su contra? En muchas democracias, si no en la mayoría, es posible conquistar el gobierno con el apoyo de apenas un 25% o un 30% del electorado potencial, y tal era el caso de Morsi, el candidato de los Hermanos Musulmanes, que en la primera vuelta de las presidenciales egipcias de 2012 obtuvo el 24% de los sufragios emitidos (el 11% de los potenciales), y ganó la segunda con una gran abstención y porque enfrente tenía a un candidato procedente del régimen de Mubarak. Ahora bien, una democracia es mucho más que elecciones: es también libertad y respeto para la oposición y las minorías, derechos humanos para todos, prensa libre e independiente, separación de poderes, ausencia de imposición desde el poder de tal ideología o cual religión.

¿Qué ocurre entonces cuando un gobierno abusa de un triunfo electoral para aplastar totalitariamente a los demás componentes de una sociedad, como hacían los Hermanos Musulmanes desde su llegada al poder en el valle del Nilo? ¿Hasta cuándo hay que esperar para luchar abiertamente por su salida? ¿Hasta las próximas elecciones? ¿Y si no las hay? ¿Y si las hay pero condicionadas de tal manera por los gobernantes que sólo pueden concluir con su perpetuación en el poder?

No tengo respuestas indiscutibles a estos interrogantes, no las hay, esto no es una ciencia exacta. Puedo intuir que son los pueblos los que, en cada lugar y momento concretos, tienen la legitimidad para decir basta. Y esto es lo que ha ocurrido en Egipto con el movimiento Tamarod (rebelión): 22 millones de firmas recogidas y millones de personas en las calles durante varios días pidiendo la dimisión del presidente Morsi y la convocatoria de elecciones anticipadas. No eran unas exigencias antidemocráticas, ¿verdad? En democracia, los presidentes dimiten y anticipan los comicios con frecuencia.

En su año en el ejercicio del poder en el Valle del Nilo, los Hermanos Musulmanes han demostrado cuán estrecha es la visión de la democracia que tienen los llamados partidos y movimientos islamistas moderados: se reduce a que ellos sean legales y a que se celebren elecciones para que, una vez ganadas, los barbudos impongan desde arriba su particular interpretación del islam y de su relación con el Estado y la sociedad. Todo lo demás, empezando por el pluralismo religioso, ideológico, político, informativo, de opinión, de formas de vida y maneras de ser, se la trae al pairo. El propio Erdogan, el líder del AKP y primer ministro turco tantas veces citado como ejemplo de un gobernante islamista moderado compatible con la democracia, ha exhibido en los últimos tiempos unas tendencias autoritarias que han terminado por provocar las masivas protestas de la plaza Taksin.

Aquí mismo, en su artículo Egipto: regreso al futuro, Javier Martín da claves importantes para comprender lo que está ocurriendo en el país más importante del mundo árabe. Yo no quiero apartarme de mi tanteo: ¿por qué tantos demócratas egipcios, incluido El Baradei, incluidos la totalidad de mis amigos en el valle del Nilo, aplauden hoy el golpe militar contra Morsi y los Hermanos Musulmanes? Ésta es su respuesta: Morsi tuvo días para demostrar que era un verdadero demócrata escuchando el clamor callejero de millones de egipcios; podía haber dimitido y convocado elecciones, podía haber dialogado con la oposición en busca de una salida consensuada, podía haber hecho algo; pero no, no hizo nada: se limitó a insistir en que él había ganado las elecciones, y eso no da una patente de corso para hacer lo que se quiera, incluida la redacción unilateral de una Constitución sectaria. En esas circunstancias, dicen mis amigos egipcios, la intervención del Ejército era impostergable. Tanto para evitar una guerra civil como para devolver a la transición democrática egipcia a su kilómetro cero, el de febrero y marzo de 2011.

Ya he escrito aquí mismo que el pedigrí democrático de los militares egipcios es escaso o nulo; ya escribí en El País a lo largo de 2011 y 2012 que la gestión del mariscal Tantawi entre la caída de Mubarak y el triunfo electoral de Morsi fue tan torpe como brutal. No hace falta que nadie me recuerde que el porvenir inmediato de Egipto es oscuro, violento, turbulento, y que sus militares no garantizan en absoluto el triunfo final de esa democracia, de esas ideas de libertad y dignidad que defienden mis amigos egipcios.

Hay una cosa, no obstante, que sí creo saber: el golpe militar egipcio contra Morsi no es igual al golpe argelino contra el FIS de diciembre de 1991. Hay dos diferencias importantes. La primera es que los militares argelinos interrumpieron un proceso electoral tras su primera vuelta, no permitieron ni que el FIS rematara su victoria en las urnas ni, por supuesto, que gobernara y probara así que las sospechas sobre sus intenciones totalitarias eran fundadas; en el caso egipcio, los Hermanos Musulmanes han tenido un año para probar tanto su autoritarismo como su ineptitud. La segunda es que no hubo en Argelia la movilización previa contra los islamistas de millones de ciudadanos que hemos visto en los últimos días en las calles de Egipto: el general Al-Sisi puede argumentar que ha actuado bajo demanda popular.

Me pronuncié en su día contra el golpe argelino; en esta ocasión, el cerebro y el corazón me piden esgrimir una luz ámbar: ni verde ni roja, ámbar, la de adelante con mucha, muchísima precaución. Pero entiendo perfectamente que muchos lectores lo vean de otro modo. Lo dije desde el primer momento: no tengo certezas en este asunto.


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