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Publicada 07/12/2014 a las 18:09 Actualizada 08/12/2014 a las 20:57    
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La Feria del Libro de Guadalajara es un ir y venir de periodistas, editores, agentes literarios, escritores y lectores. Ya desde la mañana, desde los desayunos en el restaurante del Hotel Hilton, cada minuto se convierte en un racimo de saludos, conversaciones partidas y noticias literarias. De vanidades también, pero incluso sobre las irremediables vanidades se impone la fiesta del libro: el calor de los lectores, la admiración honesta y el reconocimiento generoso.

Nunca falta la rebeldía allí donde hay libros. Pero en esta edición el compromiso cívico ha estado en la piel de los acontecimientos. Muchas veces he recordado en estos días una de las pancartas estudiantiles que recogió Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco: “Más libros, menos granaderos”. Los escritores suelen poner voz a la gente. Elena quiso poner oído en su conmovedora crónica sobre las movilizaciones estudiantiles y la matanza militar de 1968 en la plaza de las Tres Culturas. La voz de la gente dice su historia, cuenta en coro las detenciones, la represión y la masacre del 2 de octubre cuando el ejército disparó de forma salvaje contra un mitin de estudiantes.

Busco el libro y me encuentro con estas palabras de Carlos Monsiváis: “Despolitizar no es únicamente volver la tarea de la administración de un país asunto mágico y sexenal, resuelto a través de una pura deliberación íntima: también despolitizar es privar de signos morales, de posibilidad de indignación a una sociedad. Es aniquilar la vida moral como asunto de todos y reducirla al nivel del problema de cada quien”.

El Gobierno reprimió a los estudiantes porque sus movilizaciones estaban sacando a la gente de la indiferencia. Muchos años después, la desaparición y el asesinato de los 43 estudiantes normalistas en el Estado de Guerrero, ha puesto en pie de indignación a la sociedad mexicana. Nada más llegar me pasan un poema de David Huerta titulado “Ayotzinapa”: Esto es el país de las fosas / Señoras y señores/ Este es el país de los aullidos / Este es el país de los niños en llamas / Este es el país de las mujeres martirizadas.... Ese mismo día Paco Ignacio Taibo II encabeza una manifestación desde el recinto ferial hacia el centro de Guadalajara.

Hugo Gutierrez Vega, buen poeta y director del suplemento cultural de La Jornada, es nombrado doctor honoris causa por la Universidad de Guadalajara. En un paraninfo abarrotado, empieza su discurso de aceptación así: “No estamos todos, nos faltan 43”.

Una parte numerosa de los escritores mexicanos han decidido iniciar sus actos con el recuerdo de los desaparecidos y con el lema: vivos se los llevaron y vivos los queremos. La barbarie de un alcalde familiarizado con el narcotráfico –ordenó una matanza para que los estudiantes no molestasen con protestas un acto organizado por su mujer–, ha roto la indiferencia a la sociedad mexicana. Los escritores oyen y hablan en la Feria del Libro de Guadalajara. La repulsa de la deriva oficial adquiere en México una indignación sonora y le devuelve al país sus signos morales, una forma necesaria de politización según las viejas palabras de Monsivais.

El asalto al Estado, una inercia generalizada en la globalización neoliberaliberal del mundo, asume en México la forma del narcotráfico, de su avaricia especulativa, de sus ajustes de cuentas y su penetración corrupta en las instituciones. México está pagando la factura de ser vecina de la gran potencia del capitalismo. Es la ley del más fuerte. No se trata sólo de que Estados Unidos sea el mayor consumidor de droga, el foco de la demanda, es que además favorece la venta libre de armas y llena su frontera de comercios bélicos. Allí acuden los narcotraficantes mexicanos para satisfacer sus necesidades.

Algunos escritores me comentan que no hay otra solución que legalizar la droga en México. El narcotráfico ha invadido la economía y la vida política del país gracias al negocio de la distribución clandestina. Sería una medida valiente y oportuna. Pero hace falta también que se extienda y tome forma esta nueva indignación cívica, este impulso ejemplar de la sociedad mexicana que ha roto con la indiferencia. Como dice el poema de David Huerta: Quien esto lea debe saber también / que a pesar de todo / los muertos no se han ido / ni los han hecho desaparecer.

Mientras camino hacia el pabellón 4 de la Feria del Libro para hablar del placer de la lectura, voy pensando en España. Murmuro palabras como corrupción, descrédito, fosas, indignación, política... Y le aplico el cuento a mi país.

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