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Buzón de Voz

¿‘Operación Borgen’ a la española?

Publicada 25/02/2016 a las 06:00 Actualizada 25/02/2016 a las 18:07    
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No hay nada más petulante y pesado que el “ya te lo dije”. Y además, en la materia que nos ocupa (y en muchas otras), el mérito de un acierto no es del periodista sino de las fuentes. El caso es que en este mismo ‘Buzón de voz’ contábamos la semana pasada el elevado punto de maduración de un acuerdo entre PSOE y Ciudadanos para la investidura de Pedro Sánchez. El pacto ya está firmado, y estos días queda sometido al voto (no vinculante) de la militancia socialista aunque en la pregunta no se cite el acuerdo expresamente. Sus 66 páginas contienen puntos muy interesantes para un posible gobierno. El gran problema, a día de hoy, es que la suma necesaria para ese hipotético gobierno no existe ni se la espera. Fuentes que ya han demostrado estar bien informadas sobre la negociación de posibles pactos advierten del alto riesgo asumido por Pedro Sánchez en esta batalla y de los movimientos que empujan para una Operación Borgen a la española, con Albert Rivera como principal beneficiario.

El documento


Exagera Albert Rivera cuando proclama que el acuerdo con el PSOE incluye “el 80% de las propuestas de Ciudadanos”. El PSOE sostiene también que el 80% del contenido es suyo. Si otorgáramos confianza a ambos firmantes, la conclusión matemática sería que el 60% de los programas de las dos fuerzas era coincidente. Hágase el siguiente ejercicio: comparar el índice temático (páginas 6 y 7) del Programa para un Gobierno Progresista y Reformista enviado el pasado 8 de febrero por el PSOE al resto de formaciones con el del Acuerdo para un Gobierno Reformista y de Progreso (páginas 2 y 3) firmado este miércoles por Sánchez y Rivera. Sólo hay variaciones en los apartados I y II, capítulos dedicados a política económica y empleo. Por supuesto que ha habido cesiones por ambas partes, y que se han acordado modificaciones o añadidos no menores en otros puntos (modelo de Estado, supresión de las Diputaciones, reformas constitucionales…),  pero la almendra que encierra la clave de este pacto y los riesgos que supone a medio plazo para el PSOE radica en las dos citadas materias y en el apartado IV sobre desigualdades sociales y Estado del Bienestar.

Pedro Sánchez ha anunciado que el acuerdo supone la derogación de la reforma laboral del PP. No se trata de colocar la lupa en cada coma del documento buscándole las vueltas, pero lo cierto es que tal cosa no aparece por ningún lado (como tampoco aparece la derogación de la ‘ley mordaza’). Lo que sí aparece, en materia de empleo, es un nuevo “contrato estable y progresivo” que tiene todas las características del “contrato único” defendido por Ciudadanos excepto el nombre. Se trata de una vieja propuesta del think tank FEDEA (del que procede Luis Garicano, cerebro económico de Ciudadanos), que bebe de la más rancia doctrina neoliberal y que parte de una premisa falsa, porque sostiene que la alta temporalidad del empleo en España se debe a los “excesivos privilegios” adquiridos por los trabajadores indefinidos. Los datos comparados de la OCDE o de la OIT demuestran que no es así, pero sobre todo lo demuestra la evolución de la realidad tras las últimas reformas laborales. Pese a la reducción de las indemnizaciones por despido y la cada vez mayor flexibilización de las condiciones laborales, nueve de cada diez contratos que se firman en España son temporales. El nuevo “contrato estable” no sería “único” porque habría otros tres (indefinido, de formación y de relevo), pero incluye la “indemnización creciente por despido…”, es decir la llamada mochila del modelo austriaco.


El documento firmado y sometido al voto de las bases socialistas introduce una segunda bomba de relojería para el ideario socialdemócrata. En lugar de apostar por una dignificación contundente, estable y progresiva del salario mínimo, aparece el llamado Complemento Salarial Garantizado que defiende Ciudadanos y que fue rechazado de plano por el propio PSOE y por toda la izquierda en la campaña electoral. Tampoco es un invento de Garicano, sino que forma parte esencial del ideario de Milton Friedman y de la Escuela de Chicago, que consideraba el mercado de trabajo como si fuera el de cualquier producto de consumo. Si algo se había demostrado eficaz para combatir la mayor lacra de este arranque de siglo (la desigualdad), era la mejora de las rentas mínimas, ya se trate del salario de trabajo o de las pensiones. Apostar por un complemento para las familias que no llegan a un umbral mínimo de ingresos significa hacerlo por una especie de beneficencia en lugar de asentar el progreso social. Sus profetas lo ligan a la productividad, pese a los estudios que muestran lo contrario y advierten que ese Complemento tiene el efecto perverso de reducir progresivamente los salarios que pagan los empresarios. (Perverso, obviamente, para los trabajadores y las clases medias).

Asumir medidas que pertenecen a un fracasado neoliberalismo no será fácil de explicar a un electorado progresista, muy especialmente si se mira de reojo a la crisis de la socialdemocracia en otros países. Los éxitos políticos de Jeremy Corbyn en Gran Bretaña o de Bernie Sanders en Estados Unidos están ligados precisamente a sus propuestas para combatir la galopante precariedad laboral y su reivindicación de medidas drásticas contra la desigualdad.

La (no) investidura


Más allá de la importantísima cuestión de fondo y lo que supone para la futura credibilidad de los postulados programáticos del PSOE, lo cierto es que Pedro Sánchez salió muy tocado de las elecciones del 20-D y ha ido recuperando crédito e iniciativa a medida que pasaban las semanas, y muy especialmente tras la espantada de Mariano Rajoy. La audacia (u osadía) de Pablo Iglesias al plantear su gobierno de coalición al rey y postularse como vicepresidente sin ningún contacto previo también reforzó la posición de Sánchez en sus propias filas, que se sintieron humilladas por Podemos. Y su decisión de consultar a la militancia cualquier pacto aflojó mucho la intensa presión de los barones críticos. Esa presión se dirigía precisamente a frenar acuerdos con Podemos, partido que, a juicio de algunos de esos mismos barones, puede ocupar un mayor espacio por la izquierda tras el acuerdo con Rivera. La redacción de la pregunta a los militantes, sin mención expresa al acuerdo con Ciudadanos, recuerda la habilidad de Felipe González y Alfonso Guerra en el texto sometido a referéndum para la permanencia de España en la OTAN.

Aunque desde el minuto uno todas las señales apuntaban a un pacto con Ciudadanos, Sánchez consiguió estirar los tiempos para avanzar en una negociación con grupos a la izquierda como Compromís e IU-UP, además del PNV y Coalición Canaria. De ese modo la presión final sobre Podemos para cargarle la responsabilidad de que haya o no investidura en segunda votación iba creciendo.

El acuerdo firmado este miércoles con Ciudadanos, sin esperar a una nueva reunión prevista con los grupos de izquierda, ha supuesto la ruptura de cualquier posibilidad de apoyo por parte de otras fuerzas progresistas. Y la letra pequeña del mismo da argumentos para que descarten la abstención. De modo que todo indica que la presión final se dirige y se concentra en el PP, que ha anunciado por tierra, mar y aire que no se plantea ni la abstención ni la renuncia de Rajoy.

No se acaba el mundo (que sepamos) el día 2 ni el 5 de marzo, y tampoco el plazo para la posibilidad de un nuevo gobierno, puesto que se abriría un periodo de dos meses más. Por eso en las propias filas socialistas preocupa el mayor riesgo que encierra este acuerdo firmado con Ciudadanos. ¿Y si después de esa fecha Albert Rivera se postula como candidato con este mismo programa, con qué argumento podrá el PSOE rechazarlo? Ya se sabe que en el poder económico y empresarial y en sectores mediáticos capitaneados por el presidente de El País, Juan Luis Cebrián, la obsesión (justificada como defensa de la “estabilidad”) es que no se repitan elecciones y que se forme un gobierno que salga del triángulo PP-PSOE-Ciudadanos. La fórmula sobre quién lo preside, quién está dentro o fuera y quién lo facilita con su abstención importa menos, aunque la pestilencia de la corrupción hace imposible hoy por hoy el apoyo a un Ejecutivo encabezado por el PP.

Podría bautizarse el empeño como Operación Borgen. En la exitosa serie televisiva danesa (una lección en tres temporadas sobre fragmentación parlamentaria y ejercicio de equilibrios políticos), su protagonista femenina (el personaje de Birgitte Nyborg) lidera un Partido Moderado minoritario que, en un momento dado y pese a tener muchos menos escaños, encabeza un gobierno con los laboristas tras el fracaso de otras fórmulas de mayoría. En este caso el posible beneficiario sería varón.

Aunque el escenario menos televisivo, pero más probable, sigue siendo la repetición de elecciones.
EL AUTOR Correo Electrónico


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