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Cada cual a los suyos

Publicada 03/03/2016 a las 06:00 Actualizada 03/03/2016 a las 14:31    
EL AUTOR Correo Electrónico
Nadie esperaba otra cosa de esta primera votación de investidura, pero sí del debate que la precedía. Estaba descontada la derrota de Pedro Sánchez, pero no era previsible la absoluta dureza con la que se pronunciaron quienes ejercían de oposición al candidato a la Presidencia, ni tampoco la que empleó su único socio, que atizó al presidente en funciones como si se acabara el mundo. Si un marciano se hubiera colado este miércoles en el hemiciclo juraría que habrá elecciones, y que la campaña será a cara de perro. Las cuatro principales fuerzas políticas han escenificado una voladura de los puentes, con la única duda de si esa voladura es o no totalmente incontrolada. Ha quedado claro que la segunda votación, el viernes, tendrá el mismo resultado. ¿La próxima semana? Ya se verá.

La mañana concentró un duelo por parejas en parte inesperado. Rajoy atacó a Sánchez, pero quien devolvió el golpe más duro al líder del PP fue Rivera, del mismo modo que Iglesias dedicó el grueso de su munición al líder del PSOE. Un esquema que deja claro el objetivo de cada cual. Primero, contentar a los suyos y, segundo, desgastar al competidor más directo en el espacio ideológico.

Mariano Rajoy sabía que estaba solo contra todos, y que además necesitaba espolear el ánimo de sus propias tropas. Y a eso se dedicó sin disimular que desprecia y no soporta a Pedro Sánchez desde que este le dijo a la cara que no era “una persona decente”. Estuvo Rajoy inusitadamente faltón y prepotente. Más que responder al discurso del dirigente socialista lo que hizo fue cachondearse del pacto entre PSOE y Ciudadanos. Lo definió como “un bluf”, el “Pacto de los Toros de Guisando”, y se dirigió una y otra vez a la bancada socialista como si fuera una panda de lelos, escasos de entendimiento. Alguien de su entorno contó que en el discurso de este miércoles se notaba la pluma de un periodista gallego que escribía textos para Adolfo Suárez en los comienzos de la transición.

Más allá de las formas, Rajoy colocó su relato con todos los ingredientes habituales: herencia recibida, un país al borde del rescate, los sacrificios, la senda del crecimiento, el riesgo de “volver atrás”… el discurso del miedo y la incertidumbre. Intentó además justificar su espantada instrumentalizando la figura del monarca: “Le dije al rey que yo no podía porque usted (Sánchez) no quería”. Pese a que la propia investidura fallida evidencia los rasgos de una democracia parlamentaria, Rajoy sigue instalado en su propio mundo, donde actúa como si estuviera en una democracia presidencialista. Consiguió lo que buscaba, resucitar las carcajadas y los aplausos de sus 122 diputados (a Gómez de la Serna lo tapaba una columna) y hacer visible que la retirada no está (de momento) en sus planes.

Fractura total en la izquierda

Pablo Iglesias se estrenó en la tribuna disparando como una ametralladora verbal, repartiendo definiciones tan crudas como hirientes para Rajoy, Sánchez y Rivera, y para sus respectivas formaciones, pero quedó muy claro que su objetivo principal no era demostrar “el franquismo y la corrupción” del PP o dibujar a Ciudadanos como una panda de ejecutivos “al servicio de la oligarquía”, sino desmontar la argumentación de Pedro Sánchez y los mimbres de su pacto con Rivera. No sólo rechazó de plano el “mestizaje ideológico” propuesto por el candidato socialista en su discurso de investidura sino que se permitió explicar con displicencia a los 90 parlamentarios del PSOE los “verdaderos valores socialistas”.

Desde luego ni en el fondo ni en la forma podía encontrarse en Iglesias la menor intención de entendimiento con el PSOE, y si trataba de seducir a parte de su electorado, seguramente se pasó de frenada. Siempre que se le pregunta por algún error cometido, Iglesias suele responder que a veces ha actuado “con soberbia” y que tiene que mostrarse “más humilde”. Este miércoles no parecía recordar en absoluto esa autocrítica. Tiene razón Iglesias cuando se queja de que las baterías mediáticas se permiten tacharlo de filoetarra cada media hora, y sin embargo se rasgan las vestiduras cuando él recuerda a los GAL de la etapa felipista. Pero se equivoca cuando reacciona dando lecciones de pureza socialista.

Hurgando en la herida

Albert Rivera se estrenaba a su vez en la tribuna del Congreso, y lo hizo apropiándose del traje y la función de Adolfo Suárez. También tiró de anáfora, y repitió unas cuantas veces: “Dejen de pelear, rojos y azules”. Daba la impresión de que su discurso pretendía quedarse el papel de la moderación, la bisagra, el pegamento imprescindible para la reparación del sistema. Pero pronto se giró hacia la bancada del PP y la dejó de piedra al afirmar: “Señor Rajoy, en el PP hay gente muy válida, usted no es creíble; dígame una sola razón para que los españoles vuelvan a confiar en usted”. Quedó patente que si Rivera, además de votos a su derecha, busca alguna posibilidad de pacto con el PP, será apartando a Rajoy definitivamente del cartel, como por otra parte reclaman más de la mitad de sus propios votantes según las últimas encuestas.

Pedro Sánchez
insistió a lo largo de la jornada en la argumentación con la que defiende el pacto con Rivera: "Habríamos preferido un gobierno de izquierdas, pero no hay mayoría suficiente para formarlo". Quizás la novedad de este debate, más allá de broncas, excesos e intentos de filibusterismo parlamentario que Patxi López tardó en frenar, sea la puerta abierta por los nacionalistas, y en especial por el portavoz del PNV, Aitor Esteban. Fue quien desmontó con más claridad el argumento "aritmético" de Sánchez. Claro que es posible sumar fuerzas "para el cambio" si lo facilitan el propio PNV y DiL, la antigua Convergència. Otra cuestión son las "líneas rojas" y el referéndum catalán exigido por nacionalistas y Podemos y rechazado de plano por el PSOE. Pero sumas posibles hay. Y el PNV se ha ofrecido a explorarlas.

Lo que no hay, o al menos no ha asomado hasta el momento, es la menor intención de tender puentes. Más bien este miércoles han sido volados sin aparente control de los posibles daños. 


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