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Inteligencia y sensibilidad

Marta Sanz Publicada 09/04/2013 a las 06:00 Actualizada 09/04/2013 a las 22:42    
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En el año 1961, mi padre estaba estudiando segundo, quizá primero, de Económicas en la facultad ubicada en la calle de San Bernardo de Madrid. A principio de curso el profesor responsable de la asignatura de Estructura Económica, José Luis Sampedro, solía pasar a sus alumnos un cuestionario donde se interesaba por sus preferencias. Especialmente por las que tenían que ver con su ideología política.

España. 1961. Facultad de Económicas. Año en que comienza la huelga de los altos hornos de Sagunto y Conchita Bautista canta Estando contigo, contigo, contigo, me siento feliz. Burbujea el asunto del Sáhara. El Consejo de Ministros remite a las Cortes un proyecto de ley sobre derechos políticos y profesionales de la mujer inexistentes hasta la fecha. Pinilla gana el Nadal y García Hortelano, el Formentor. Juan Carlos se compromete con Sofía de Grecia y don Juan se lo comunica a Franco.

1961. Han sido condenados por tribunales especiales de represión política 185 personas, a las que se ha impuesto 912 años de prisión. En ese año o quizá el siguiente –daría lo mismo porque la situación no habrá variado de un modo sustancial-, el profesor Sampedro, en función de las respuestas de sus alumnos, selecciona entre los 200 que abarrotan la aulas, un grupo de ocho estudiantes que una vez a la semana se reúnen con él en un cafetería de la calle Almagro. Hablan de política en un lugar y en un tiempo donde abordar estos temas es peligroso.

Mi padre forma parte del grupo. En la encuesta, mi padre que entonces ya militaba en la FUDE, se había definido como “anarcosindicalista”. Tendríamos tal vez que interrogarnos respecto a las razones por las que en aquellos años resultaba menos violento ser anarcosindicalista que comunista. Tal vez Sampedro se reiría un poco leyendo la palabra “anarcosindicalista” escrita con la pulcrísima y apretada letra de mi padre en el cuestionario. Quizá sintió curiosidad. El caso es que allí estaban en 1961 en una cafetería de la calle Almagro hablando de economía, de política, de cómo arreglar el mundo...

No puedo evitar recordar la famosa frase de Bertold Brecht sobre los que luchan un día y son buenos, y los que luchan toda la vida y acaban siendo los imprescindibles. Pues eso. El profesor Sampedro aportaba información conceptual sobre su asignatura y, a la vez, ofrecía otro tipo de educación que tiene que ver con el despertar de la conciencia, el sentido crítico, la rebeldía y una posibilidad de transformar la realidad a la que no renunció en ningún momento de su larga vida. Quizá tampoco renunció a nada en el momento de esa pacífica muerte que le sobrevino, según cuenta su mujer, Olga Lucas, después de beber un granizado de Campari.

La pulsión de no renunciar nunca se refleja en la vocación política y educativa de Sampedro, así como en su proyecto de economía humana: una forma de entender la ciencia económica que se coloca en las antípodas de la concepción que nos ha llevado a la catástrofe financiera, al desastre social y a la corrupción de la intimidad. Porque Sampedro supo que los números no son abstracciones sino que afectan al ámbito de nuestra vida privada, a la construcción de los sentimientos y de todo eso que creemos más nuestro, único e intransferible.

Tal vez, por esa razón, además de a los estudios económicos, también se dedicó a la literatura. La resistencia y la intrepidez de Sampedro, su perpetua juventud, cristalizaron en sus novelas: desde la aventura de los gancheros del Tajo en El río que nos lleva hasta el hito que supuso Octubre, octubre, o La sonrisa etrusca, una novela donde el amor entre un abuelo y su nieto sintetiza las contradicciones: el joven aburguesado del Norte frente al viejo partisano del Sur. Las luchas generacionales, geográficas, ideológicas se funden en una idea, quizá demasiado benevolente, pero nunca ingenua, del amor. Pero es en El amante lesbiano donde Sampedro, de algún modo, da cuenta de su naturaleza incombustible al escribir una historia donde se exponen, según Literaria, “las múltiples variantes cerebro-genitales del amor”. Si la definición de la obra es imaginativa y atrevida, el texto de un hombre que el año 2000 ya casi era nonagenario no lo es menos.

Quiero cerrar esta semblanza con mi propio recuerdo del escritor. Fue un recuerdo fugaz que se relaciona, otra vez, con su vocación literaria. Sampedro clausuró uno los cursos de la Escuela de Letras pronunciando una conferencia en la que utilizó un símil muy querido por él: el de que el escritor es como una vaca que come hierba del prado, la mastica, la ensaliva, la rumia, la traga, la regurgita, la rumia otro rato y la vuelve a tragar. La animalización del escritor y el bucolismo, menos lírico que agropecuario, de Sampedro dicen mucho de su concepción de la vida y de la literatura. Luego, alguien me lo presentó y yo me moría de vergüenza. Él me dio pie y yo estuve sosa, sosa. Hoy me arrepiento de no haber aprovechado mejor aquella oportunidad de iniciar una conversación.

Porque, muchas veces, mientras escribía me he acordado de la imagen del escritor rumiante y porque creo que José Luis Sampedro ha sido un ejemplo de dos facultades que, por mucho que se empeñen interesadamente en convencernos de lo contrario, casi nunca se dan la una sin la otra: inteligencia y sensibilidad.


Marta Sanz es escritora. Su última novela publicada es Un buen detective no se casa jamás (Anagrama)





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