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El callejón de los milagros

Thierry Precioso

Un hombre me hizo una señal cuando yo conducía el autobús completamente vacío, lo que no es frecuente pero es verdad que eran las vacaciones escolares de primavera y en mi línea los alumnos de educación secundaria son mayoría entre la clientela. Paré, entró y, billete de viaje en mano, se sentó en la segunda fila, a la derecha, en el lado par de los asientos. No lo conocía, se había expresado en francés con cierta dificultad por lo que imaginé que no era de una ciudad grande, sino de algún pueblo remoto de Túnez, Marruecos o Argelia. Le pregunté de dónde era...

– De Egipto.

– ¿Ah sí?... Pues justo acabo de empezar una novela de Naguib Mahfuz, se titula El callejón de los milagros...

– ¡Naguib Mahfuz! ¡Es un gran, gran escritor!...

Con una expresión de alegría que daba gusto había simulado escribir moviendo una mano.

Es muy importante que además del Corán exista una literatura en lengua árabe bien vivaCorán. No sé que editoriales españolas están más especialmente dedicadas a esta literatura, la novela El callejón de los milagros, que he terminado de leer está publicada en ediciones Martínez Roca; el callejón de los milagros es el callejón de Midaq en la ciudad de El Cairo.

Había disfrutado con el primer capítulo pero, puesto que todos sus personajes era masculinos, pensé que me gustaría que algún personaje del siguiente capitulo fuera una mujer. Luego resultó que los tres personajes del segundo capitulo lo serían.

En el principio de este segundo capítulo, la señora Saniya Afifi propietaria del segundo inmueble del callejón donde también residía, se preparaba delante del espejo antes de visitar a Umm Hamida en el segundo piso. Tenía como objetivo que Umm Hamida le buscara marido... sin tener que pedírselo. Saniya Afifi, que no había tenido mucha suerte en el matrimonio, llevaba muchos años gozando de su viudedad pero ahora casi en los cincuenta volvía a ver con esperanza la posibilidad de un nuevo matrimonio. La propia Umm Hamida le había hecho cambiar de parecer al contarle cómo había arreglado el matrimonio de una viuda mayor. Además de trabajar como guardiana de baños públicos Umm Hamida era casamentera.

Saniya Afifi salió del piso y con ánimo esperanzado bajó la escalera. Le abrió la puerta Hamida, la hija de Umm Hamida, que pronto dejó a las dos adultas para que tomaran el café a solas. Umm Hamida empezó a entretenerla con chismes del callejón y la señora Afifi escuchaba distraída pero cuando le preguntaron qué tal se encontraba, aprovechó la ocasión para decir que estaba muy cansada. Al darse cuenta de que era la tercera vez que venía (por un motivo diferente al de reclamar el alquiler), Umm Hamida pensó que tal vez quería que le buscara un marido. A los pocos instantes le preguntó por qué se había quedado tantos años sin marido. Fingiendo disgusto la señora Afifi dijo que no quería volver a probar las amarguras del matrimonio. La casamentera se dio cuenta de la falsedad de su actitud desdeñosa y decidió proseguir no haciendo caso a su aparente negativa. Siguió un dialogo en el que las dos decían una cosa pensando otra e intentaban reinterpretar adecuadamente todo lo que oían de la otra.

Esta conversación me hizo recordar la película Annie Hall cuando, el personaje interpretado por Woody Allen, que esperaba a que Annie Hall saliera de la cancha de tenis, entabló con ella un diálogo que se transformó de inmediato en una disputa agria y durante unos instantes las frases estaban subtituladas dos veces, a los subtítulos transcribiendo lo que decían se añadían, un peldaño más abajo, unos segundos subtítulos que indicaban sus pensamientos sin cortapisas que eran aún más ofensivos... Umm Hamida llegó a desearle suerte diciendo: “Que Dios la acompañe. Y que su corazón llegue a conocer el matrimonio perfecto”. En este momento la señora Afifi encontró fuerzas para aceptar la mediación de la casamentera diciendo: “Si Dios quiere y usted me ayuda”. Poco después añadió: “Su ayuda no podrá pagarse con dinero”. Entonces Umm Hamidi dijo para sí: “¡Ah, no! Eso no, querida. Con dinero tendrás que pagarla. Y con no poco. Corre a la caja de ahorros a sacarlo. Y no me lo escatimes”. Instantes más tarde, armada de su experiencia le aseguró: “Los matrimonios son más felices cuando la mujer es mayor que el hombre. A usted le conviene uno de treinta años o poco más”.

Una vez finalizada la entrevista, la señora Afifi volvió a su casa muy contenta aunque también encontraba que Umm Hamida se había excedido pidiendo a cambio el piso gratis para siempre: “¡El alquiler de un piso mientras viva! ¡Cómo se aprovecha!”.

El telón de fondo de El callejón de los milagros es la Segunda Guerra Mundial. Los acontecimientos bélicos no alcanzaban la ciudad pero algunos cairotas trabajaban para las fuerzas aliadas. La novela consta de 322 páginas, repartidas en 35 capítulos, lo que supone una media de poco más de nueve páginas por capítulo. El capítulo 23 es el más extenso con casi 18 paginas. Encuentro que esta obra es accesible, bien inteligible. Valoro mucho la novela como fenómeno de comunicación. Alguna vez en una entrevista radiofónica al escritor Michel Tournier supe de la impresión que se había llevado cuando, en un hotel en Grecia, descubrió en un cajón un libro suyo olvidado por el cliente anterior. Me gusta que al escribir una novela el autor piense en el lector. Este transforma las frases leídas en percepciones e ideas propias. Cada lector tiene en mente una novela distinta.

Justo antes de empezar a leer esta novela decidí colorear los nombres de los personajes cuando iban apareciendo y apuntarlos en un folio, junto al número de página. Me hizo bien esta iniciativa porque en el primer capítulo entraron en escena poco más de diez protagonistas. El escenario era principalmente el único café del callejón de Midaq, el Café de Kirsha.

En la segunda página leída, la número ocho, aparecen los nombres del tío Kamil, el dueño de la tienda de dulces y de Abbas al-Helu, el barbero; en la página nueve aparece el nombre de Salim Alwan, el dueño del bazar; en la página 10, el de Sanker, el joven camarero; en la página 11, el del doctor Bushi; en la página 12, el de Kirsha, el patrón del Café. Aunque surgen unos pocos personajes más me paro aquí, pero no se asusten, este primer capítulo es de lejos el que alberga mayor desembarco de protagonistas apareciendo. Sin embargo no pude colorear el nombre de la persona que más me interesó en este capitulo inicial por la sencilla razón de que no aparece. Se trata de un viejo músico y poeta que llegó al Café de Kirsha con su rabel. La noche anterior le habían despedido del Café de la Ciudadela, sólo le quedaba este Café del callejón de Midaq como fuente de ingresos pero muy pronto el patrón Kirsha le dijo que ya no podía hacer música y poesía en el local porque la gente no quería poetas sino que ahora pedían una radio que de hecho estaban instalando en este mismo momento... Instantes más tarde el viejo músico y poeta se levantó del diván, estrechó la mano de Radwan Hussaini, se despidió de los otros clientes y salió del café lanzando una mirada desdeñosa a la radio que ya casi estaba colgada.

Terminado el segundo capitulo quedan por leer 297 páginas. En esas páginas se pone de  manifiesto la dureza de la vida de los habitantes del callejón, esperanzada pero conflictiva, no siendo los conflictos de uno consigo mismo los menos importantes.

Justamente porque la existencia es tan complicada no hay que desaprovechar los buenos momentos. Cuando surge el sonido suave del liquido empezando a borbotear en la cafetera hay que apagar el fuego cuanto antes, así el café sabrá mejor. Y no digo ya si es viendo una bella luminosidad en el callejón de Midaq... _____________

Thierry Precioso es socio de infoLibre y autor de El desorden de toldos (Amazon, 2017)

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