Los libros

‘Miguel de Cervantes’, de Jordi Gracia

Portada de Cervantes Jordi Gracia

Miguel de Cervantes. La conquista de la ironíaJordi GraciaTaurusMadrid2016

La intención de Jordi Gracia a la hora de escribir esta biografía es comprender la perspectiva cervantina, las raíces humanas que facilitaron la invención de una forma literaria capaz de dar cuenta del mundo nuevo: la novela moderna. Se trata, pues, de una biografía con una clara voluntad de definir sucesivamente la creación de la mirada que llamamos Cervantes. Para conseguirlo aprovecha el viaje de ida y vuelta que se establece siempre entre la vida y la escritura. No le interesa a Jordi Gracia centrarse de manera dominante y minuciosa en cada uno de los libros escritos por el autor, haciendo un inventario cronológico de obras. Ya existe una cuantiosa bibliografía sobre cada una de sus composiciones. Tampoco pretende entrar en las polémicas desatadas respecto a algunos episodios biográficos, en las que se han sostenido tesis para todos los gustos sobre las costumbres de nuestro escritor. La originalidad de este libro se centra en el deseo de entender la formación de una mirada capaz de configurar en los inicios del siglo XVII el horizonte quijotesco, o mejor, la perspectiva cervantina, la dimensión irónica de la realidad. Biografía y literatura se mezclan porque, aunque Cervantes hable poco en primera persona en sus obras, “la literatura habla siempre de forma compleja e indirecta del yo del escritor”.

Veamos por un momento la mirada que el propio Cervantes se dirigió a sí mismo en los últimos años de su vida. Nos la dejó en el “Prólogo al lector” de sus Novelas ejemplares (1613). Don Miguel se retrata con rostro aguileño, ojos alegres, las barbas de plata, barbas nostálgicas del color rojizo de su juventud, y los dientes mal condicionados y peor puestos. Sólo le quedan seis. Tiene también perdida la mano izquierda por una herida que puede parecer fea, pero que recibió en la batalla de Lepanto, la más memorable y alta ocasión que vieron los siglos. Y luego habla de algunos libros descarriados y otros firmados por ese autor que se llama “comúnmente” Miguel de Cervantes Saavedra.

La emoción que despierta este retrato nace de sus tensiones. Y no es que mezcle extremos de dolencia y de prestigio, de derrota y de dignidad. Es que dentro de cada alusión, ya sea física, biográfica o literaria, reúne a la vez el orgullo y la conciencia negativa, la cara y la cruz, un mundo desdoblado en sentimientos y realidades que parecen incompatibles. Esa es la ironía que resume su mirada hacia el mundo y el carácter de su personaje más famoso, tan loco como cuerdo, tan ridículo como merecedor de respeto.

No siempre fue así. El ufano autor de La Galatea puede ejercer con seguridad en sí mismo la literatura pastoril y bucólica que había aprendido en el neoplatonismo de su formación humanística. Hermosas páginas de época, en las que no domina todavía la perspectiva cervantina. Como escribe Jordi Gracia: “Los años no han hecho todavía de Cervantes el escritor que ve dos cosas a la vez y en ambas aprecia o rescata sus dosis de verdad y de belleza. Para eso necesita aún desarbolar la arboladura de las teorías y desestabilizar la estabilidad de las ideas recibidas, empezar a fiarse del instinto en la libertad para librarse de la prístina claridad de sus presupuestos”.

Esa lección la dan los años, y de ahí la importancia de una biografía. Lo que pretende el autor, a pie de calle, es configurar un punto de vista “emplazado en la cabeza del escritor”. Y con esa operación nos encontramos paso a paso, pleito a pleito, lectura a lectura, cautiverio a cautiverio, venta a venta, camino a camino, desilusión a desilusión. Un Cervantes católico y soldado bizarro puede resistir con orgullo las cadenas del enemigo, pero empieza a transformarse por dentro cuando comprueba el vacío de las grandes proclamas y de los aparatos del imperio. Este proceso de desilusión interior puede rastrearse en algunos sonetos como el dedicado a la muerte de Fernando de Herrera, o como el que escribe para reírse de la actitud del Capitán Becerra y el Duque de Medina en el saqueo de Cádiz, o como el que lanza sobre el túmulo de Felipe II en la catedral de Sevilla. El aparato acaba en “nada”, una palabra muy preferida por el barroco. Pero aquí la nada no es una negación del mundo en favor de la vida eterna o de la religión, sino una toma de conciencia de la realidad, de la condición de la vida, que ya no se soporta en ideas monolíticas ni en servidumbres absolutas.

La literatura bucólica buscaba el alma bella como expresión de una subjetividad que quería abrirse camino entre las servidumbres medievales. Pero lo que hace Cervantes supone una desestabilización absoluta: cuando la modernidad permite elegir la propia vida y razonar de acuerdo con una ética surgida de la experiencia real, el personaje elige ser caballero medieval y vivir de acuerdo con una moral que le hace no ya chocar con el mundo, sino estar en dos tiempos a la vez. Esa es la verdadera perturbación que lanza Cervantes contra las verdades inmóviles del viejo mundo y ese es el marco de escritura que le permite crear una novela moderna. Es el marco de la libertad y de la compasión.

Como ya no se trata de justificar la legitimidad de las creaciones literarias con las lecciones éticas y los sermones, Cervantes necesita contar a través de la configuración de unos personajes bien perfilados, hechos por el autor, pero independientes de cualquier moralina en sus comportamientos, capaces de despertar al mismo tiempo risa y compasión. Como dice Jordi Gracia, si nos centramos en el más conocido de todos: “Cervantes está vistiendo a don Quijote con el estereotipo chistoso del loco delirante y desvistiéndolo a la vez con evidentes muestras de cordura y buen corazón”.

La perspectiva irónica es una huella importante de la libertad que favorece también la concepción de la novela como un espacio en el que cabe todo, un tronco único del que surgen muchas ramas, esa potencia narrativa que el profesor José-Carlos Mainer caracterizó como una escritura desatada. Será desde entonces una seña de identidad del género, pero es también el modo con el que Cervantes consigue rendir tributo a la literatura en la que se había formado al mismo tiempo que la supera. Un atributo más de la ironía conquistada.

La solvencia de este libro no sólo se debe a la dedicación cervantina de Jordi Gracia en estos años. Es, sobre todo, la consecuencia de un crítico literario que lleva años analizando las novelas y los poemas como parte de la historia del pensamiento. Jordi Gracia es hoy una referencia imprescindible en los estudios sobre cultura española contemporánea. Así lo demuestran sus trabajos sobre Dionisio Ridruejo, José Ortega y Gasset y otros muchos autores. El crítico literario y el historiador del pensamiento se dan la mano, reúnen una experiencia y una manera de trabajar muy apropiada para definir la configuración del mirar cervantino, es decir, para meternos a los lectores dentro de la cabeza de Cervantes.

*Luis García Montero es poeta y profesor de literatura.Luis García Montero

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