Arte

El Reina Sofía toma la plaza

Gentío de la tarde en Coney Island, Brooklyn, 1940.

Si hay un protagonista en las actuales revoluciones ciudadanas y horizontales, conscientemente desprovistas de focos de atención, ese es la plaza. La plaza como espacio compartido, sitio de reunión y plataforma para la reflexión. Antes de todo esto, no obstante, la plaza fue también aquello: terreno de juego y lugar de socialización. En torno al potencial político y transgresor de los centros de ocio público contemporáneos, el Museo Reina Sofía de Madrid ha organizado la exposición Playgrounds. Reinventar la plaza, comisariada a tres bandas por el director de la institución, Manuel Borja-Villel, junto a Teresa Velázquez y Tamara Díez, y abierta desde el 30 de abril al 22 de septiembre.

Dividida en nueve espacios y con cerca de 300 obras en diversos formatos, pertenecientes a de decenas de artistas desde finales del siglo XIX hasta nuestros días, la muestra da cuenta de una conjunción –la del concepto de recreo (como algo abierto) y el espacio que sirve para albergarlo (como algo cerrado)- que, en su complejidad y contraposición, ha contribuido a modelar el concepto de modernidad. “El ocio ha sido un elemento esencial del siglo XX, a veces un elemento distópico, de alienación, donde las relaciones sociales se anquilosan”, explicó Borja-Villel, cuyo equipo ha planteado esta exposición como una de tesis, como un intento de comprender el mundo que habitamos. “Y el ocio también forma parte de nuestras relaciones laborales, se ha convertido en elemento de beneficio, donde la razón utilitaria es central”.

Fernand Léger, 'Les loisirs', 1948-49.

La pereza, derecho inalienable

Partiendo de la idea del carnaval como tribuna para la inversión de los roles, esto es, para una efímera celebración del mundo al revés -que ha servido de inspiración para el trabajo de artistas y activistas- la muestra se mueve hacia la idea de la pereza no solo como derecho, sino como valor. “Para que tome conciencia de su fuerza, el proletariado debe aplastar con sus pies los prejuicios de la moral cristiana, económica y librepensadora”, escribió en 1848 el periodista y revolucionario franco-cubano Paul Lafargue en Refutación del derecho al trabajo, texto en el que se ha fundamentado este apartado de la exposición; “debe retornar a sus instintos naturales, proclamar los Derechos de la pereza, mil veces más nobles y sagrados que los tísicos Derechos del hombre, proclamados por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se limite a trabajar no más de tres horas por día, a holgazanear y comer el resto del día y de la noche”.

Y a eso, al dolce far niente, es a lo que se dedican los cientos de personas que flotan en el mar con sus trajes de baño a rayas, bajo un sol que sonríe con sus rayos entreverados a las nubes en un cuadro de James Ensor que preside esta sección del recorrido. Junto a él se exhiben, entre otras piezas, imágenes fotográficas en blanco y negro de mitos como Weegee o Cartier Bresson, que capturaron con sutileza y profundidad esos momentos de esparcimiento, también con sus ratos de aburrimiento y de frustración por la inactividad, que muchas veces han tomado por escenario la playa, reina del ocio en paralelo a un amplio abanico de ofertas diseñadas para ocupar esa porción de tiempo que el hombre ganó al trabajo con la industrialización. A partir de ahí, el camino se bifurca hacia el playground, el terreno de juego, una idea materializada a partir de los trabajos de los arquitectos Le Corbusier y Aldo Van Eyck.

Palle Nielsen, campo de juego construido por activistas en Dinamarca. 

¡A jugar!

Antes que aquellos proyectistas, otros como Carl Theodor Sorensen ya pensaron en el sentido y la función de los solares abandonados de la periferia, que fueron tomados por los niños para explayarse ajenos a la mirada de los adultos, y que se convino en llamar junk playgrounds, descampados para el juego de los desharrapados tan finamente retratados en el cine neorrealista de Pasolini o Rosellini. Ese espacio de ocio devino a partir de los años 30 del siglo pasado en el playground, un modelo de parque levantado con una estructura razonada, y que otorgó una nueva articulación al entramado urbano y, por tanto, a la organización social. "Los museos, como espacios públicos, también se han convertido en playgrounds, pero anodinos", afirmó Borja-Villel. "Por eso hemos querido repensarlo, retomándolo con caracter de agencia". 

Pasado el apartado dedicado precisamente a la entrada del parque de juego en el museo, erigido así en objeto de reflexión cultural y valoración estética, el recorrido desemboca en la actualidad, en la plaza (re)convertida en centro popular de operaciones políticas. De Sol a la Plaça de Catalunya, de Sintagma a Taksim o de Tahrir a Wall Street, este espacio urbano ha recuperado en los últimos años su dimensión pública y, con ella, el carácter transgresor que antes desplegara en episodios como aquel Mayo del 68. El juego, representado en carteles y pancartas, en actividades y en estructuras compartidas, se mezcla así nuevamente en la historia con la voluntad de cambio. La tensión entre lo común y el individuo que lo ocupa, la lucha entre el ocio y el deber, vuelven a escribir en las páginas de una historia que, desde muchas perspectivas, pulsó el botón de reinicio con la industrialización y su consiguiente modernidad. 

“Si una muestra no provoca discusión, es un mero elemento de consumo”

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