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La escalada nuclear sitúa a Kim Jong-un en una posición de fuerza

Kim Jong Un en una imagen oficial difundida por el régimen norcoreano.

François Bonnet (Mediapart)

Está vez el horizonte está próximo. En unos meses, en unos años, Corea del Norte –Estado miserable de 25 millones de habitantes que vive bajo la dictadura de la dinastía de los Kim– puede convertirse en una de las grandes potencias nucleares del planeta. El “perfecto éxito”, según el régimen, del sexto ensayo nuclear, el pasado día 3, demuestra la aceleración del programa nuclear norcoreano. Según Pyongyang, ha realizado ensayos con una “bomba de hidrógeno que puede instalarse en un misil balístico intercontinental ICBM”. En los últimos meses, se han efectuado con éxito numerosos lanzamientos de misiles.

Si bien persisten algunas dudas sobre la bomba –una bomba H o una bomba A– y su potencia, las múltiples reacciones de preocupación procedentes de China, Rusia, Estados Unidos y Europa evidencian que se ha llegado a un punto decisivo. Nadie discute la importancia de las pruebas nucleares norcoreanas. Naciones Unidas, como las grandes potencias, consideran que la dictadura norcoreana está a punto de alcanzar un objetivo que data de los 80: desarrollar un programa nuclear estratégico con capacidad de instalar ojivas nucleares en toda una gama de misiles, de medio y largo alcance, intercontinentales.

Si Pyongyang se convierte en una potencia nuclear, cambiaría el equilibrio estratégico. Hasta estos últimos años, las grandes potencias han pasado por alto el desafío nuclear norcoreano, recreándose incluso con los gestos militaristas de la familia Kim. Han permitido a Occidente alimentar su vulgata en lo que a la naturaleza del poder norcoreano respecta: un régimen delirante, estrafalario, dirigido por líderes infantiles de Ubu Roi y Dr. Strangelove y cuyas baladronadas debían hacer reír más que llorar.

El frenesí nuclear de Pyongyang permitía a Estados Unidos justificar su despliegue militar masivo en la región (28.000 soldados en Corea del Sur, 50.000 en Japón), obligaba a sus dos aliados Seúl y Tokyo a poner sobre la mesa sus desavenencias históricas. En cuanto a Rusia y China, países que tienen frontera común con Corea del Norte, tienen como único objetivo impedir la caída de la dictadura y una reunificación de la península coreana que permitiría al gran aliado americano instalarse en sus fronteras. Baste como ilustración de esta espera hipócrita: durante ocho años, las políticas de la Administración Obama fueron conocidas como “la paciencia estratégica” (en resumen, no hacer nada), mientras que China y Rusia ejercían tibias presiones como consecuencia del régimen de sanciones impuesto por Naciones Unidas.

Los gestos de Donald Trump en Twitter el pasado domingo, que llegó a prometer fuego militar, dando lecciones a los surcoreanos (“hablar con el Norte no sirve de nada) y amenazando a China con acabar con los intercambios comerciales, ponen de relieve hasta la caricatura, el aprieto general de las potencias frente a un Kim Jong-un más serio que nunca. Éste llegaba a distribuir, el mismo día, a través de las agencias del mundo entero, una fotografía donde se les ve inspeccionar lo que se presenta como una bomba H que podía estar montada en un misil intercontinental...

Tres décadas de negociaciones y de crisis no habrán importunado ni lo más mínimo a los “dingos de Pyongyang”, como se les consideró con algo de premura. Los especialistas norteamericanos multiplican los mea culpa y las reflexiones forzadas. La dictadura de los Kim cómo ha podido hacer mentir a todos estos especialistas en proliferación nuclear, que han considerado durante mucho tiempo “una broma” este programa, con la argumentación de que un país tan miserable, tan cerrado, bajo control de un dictador paranoico no podía conseguir controlar una tecnología sofisticada, que requiere inversiones, planificación a largo plazo, especialistas de alto nivel.

“Para comprender por qué los logros norcoreanos son tan sorprendentes, debemos examinar lo que los expertos creen y cómo el régimen de los Kim ha demostrado que se equivocaban”, escriben dos de estos expertos en una tribuna publicada en Politico.

Kim Jong-un, de 34 años, que sucedió a su padre en 2011, primero se presentó como una marioneta o una esperanza de cambio: su educación en Suiza ¿sería el juguete del aparato militar norcoreano o se convertiría en el artífice de una apertura? Una vez más, los especialistas se equivocaban... ni una cosa ni otra. El joven dirigente liquidó o purgó a la vieja guarda e hizo de la aceleración del programa nuclear el signo distintivo de su poder absoluto. En mayo de 2012, el régimen decidía incluso inscribir su estatus de potencia nuclear en la nueva Constitución del país.

Las sanciones internacionales, reforzadas con cada nuevo ensayo, no han ralentizado en absoluto la marcha nuclear del régimen. Cierto es que tanto Rusia como China han hecho que estas sanciones no pongan de rodillas al régimen que, por su parte, ha iniciado una liberalización de su economía con el desarrollo de zonas económicas especiales y del pequeño comercio independiente. La economía norcoreana depende directamente del petróleo importado de China y cuyo aprovisionamiento hasta ahora no se ha visto amenazado.

“Kim ha aprendido mucho de nosotros”

“No tendría que decir esto, pero me quito el sombrero ante los norcoreanos. Han jugado las cartas magníficamente”, admitía el 26 de enero de 2016 en The New York Times , exdiplomático norteamericano encargado de la desnuclearización del Norte. “Han conseguido convertirse en una pequeña potencia nuclear de pleno, con un arsenal creciente y cada vez más sofisticado”.

Jon Wolfsthal, que trabaja desde hace más de 20 años en el asunto nuclear norcoreano y fue asesor de Barack Obama en esta cuestión, se expresa en similares términos. En una tribuna publicada por la Carnegi Endowment for internacional peace, uno de los grandes centros de estudio sobre lo nuclear militar, el experto se pone en el lugar de Kim Jong-Un. ¿Y qué es lo que piensa el dictador? Que Estados Unidos quiere un acuerdo, tal y como se ha puesto de manifiesto en los 30 últimos años; que el tiempo juega a favor de Corea del Norte; que el país tiene nuevos socios; que la economía va mejor; que Estados Unidos no tiene ninguna opción militar realista en la manga y que pierden terreno en la región. Y, por último, que los dictadores que han renunciado a lo nuclear o a las armas de destrucción masiva han sido barridos acto seguido: Pyongyang a menudo cita los ejemplos de Sadam Hussein y de Muamar el Gadafi...

“Kim ha aprendido mucho de nosotros. Es demasiado tarde [para dar marcha atrás]. Una guerra con Corea del Norte sería horrible. Nadie en su sano juicio querría provocarla y, pese a los análisis habituales, Kim no está loco. Parece habernos entendido muy bien, mucho mejor de lo que cree nuestro Gobierno”.

¿Es demasiado tarde para detener el programa nuclear norcoreano? También lo creen numerosos expertos surcoreanos. “Estados Unidos y Corea del Norte deben reemplazar sus políticas del todo o nada para pasar a la congelación del programa y, después, a la reducción [de las capacidades nucleares del Norte]”, le decía en enero de 2016, a nuestro corresponsal el Seúl, Frédéric Ojardias, Moon Chung-in, exasesor presidencial surcoreano y profesor en la Universidad Yonsei en Seúl. En similares términos se manifiesta Cheong Seong-chang: “Es demasiado tarde para abandonar el programa nuclear, pero congelarlo sigue siendo posible. Dicho esto, soy muy pesimista porque Estados Unidos no tiene ninguna intención de negociar con Corea del Norte. El país exige firmar un tratado de paz, algo que Washington rechaza. No hay ninguna posibilidad de encontrar una solución”.

La solución sería política, con el inicio de un nuevo ciclo de negociaciones y a largo plazo es decir a la espera del despertar de la sociedad norcoreana. Así decía un alto diplomático norcoreano que desertó al Sur. Así lo reconocía hace tres meses a Mediapart, socio editorial de infoLibre, un alto diplomático norcoreano, que desertó al país vecino. Según dicho diplomático, Thae Yong-ho, “para Kim Hong-un, el programa de desarrollo nuclear y de misiles intercontinentales es el único medio de garantizar la continuidad de su reino y de su dinastía. Por lo que está firmemente determinado a perseverar. El régimen sabe muy bien que no podrá soportar durante mucho tiempo las sanciones actuales. Así que quiere comprar las tecnologías primero y después alcanzar un compromiso con Estados Unidos y Corea del Sur, un acuerdo en virtud del cual aceptaría una congelación de los ensayos nucleares y balísticos a cabo del levantamiento de las sanciones”.

Y el diplomático añade: “Incluso los chinos quieren hoy alcanzar un compromiso con los americanos sobre el estatuto nuclear de Corea del Norte, pero si aceptamos una moratoria, si caemos en esta trampa quiere decir que aceptamos a Corea del Norte como Estado nuclear, como India o Pakistán. Estos dos países no han sido sancionados y ése es el ejemplo que quiere seguir el régimen”.

¿Podrá Pyongyang mientras Irán ha decidido renunciar a un programa similar tras 10 años de negociaciones? El programa nuclear norcoreano presenta otro desafío: el del futuro del los tratados sobre la proliferación nuclear. El TNP (Tratado sobre la No proliferación de armas nucleares, firmado en 1968 y en vigor desde 1970) ha quedado seriamente arrinconado desde que India, Pakistán (sin olvidar Israel) accedieron al arma atómica. La renuncia de Sudáfrica y de Brasil, la desnuclearización de país del espacio soviético (Ucrania y Kazajastán), los acuerdos firmados con la Libia de Gadafi en 2003 (destituido y muerto en 2011) y con Irán han vuelto a dar algo de brillo a estas políticas de no proliferación. Tanto es así que Naciones Unidas adoptó este mes de julio un tratado que prevé prohibir todas las armas nucleares.

El ejemplo norcoreano ¿podría relanzar esta carrera a lo nuclear? Ése es el riesgo, y el argumento adelantado por los que temen que una eventual negociación con Pyongyang no pasa por una mera moratoria. Jacques Chirac resumió muy bien los datos del problema en 2007, en una entrevista con varios periodistas. Preguntado por Irán y su capacidad para dotarse de la bomba nuclear, explicaba en términos poco diplomáticos, que pronto le obligaron a dar marcha atrás: “Diría que no es tan peligroso por el hecho de tener la bomba atómica –quizás una segunda un poco después, bueno...– eso no es muy peligro, lo peligroso es la proliferación. Quiere decir que si Irán sigue adelante y domina por completo la técnica electronuclear, el peligro no está en la bomba de que dispondrá, que no le servirá de nada... ¿dónde la va a enviar? ¿a Israel? Apenas recorridos 200 metros en la atmósfera y Teherán quedaría arrasado”.

Estados Unidos han hecho saber que sus misiles antimisiles, desplegados en Corea del Sur, estaban a punto de destruir de forma inmediata los misiles norcoreanos. Sin entrar en detalles de cuáles serían las consecuencias para la Península... El importante comodín nuclear tiene ante sí halagüeñas perspectivas. Y, para sorpresa general de los diplomáticos, el régimen norcoreano parece tener mejores cartas.

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Traducción: Mariola Moreno

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