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Releyendo a Manuel Azaña y Miguel Hernández

Javier Pérez Bazo
Publicada el 23/11/2020 a las 06:00 Actualizada el 12/02/2021 a las 20:16

Hemos de salir en cada momento difícil con más empuje, con más serenidad, con más alegría.

Miguel Hernández

Algunos aniversarios nos invitan a relecturas y a desempolvar la memoria. Hace pocas semanas recordábamos el nacimiento del poeta Miguel Hernández, del que se cumplían ciento diez años, y la muerte de Manuel Azaña, ocho décadas atrás en su exilio francés de Montauban. El común destino del político escritor y del poeta ilustró dramáticamente el franquismo más envilecido; el Presidente de la Segunda República fue perseguido hasta su mismo lecho de muerte, ocurrida el 3 de noviembre de 1940; el autor de Viento del pueblo, después de arrostrar un interminable periplo carcelario, falleció abandonado a su cruel agonía dos años después, el 28 de marzo, en la enfermería de un reformatorio de adultos alicantino.

Ambas efemérides y la calidad humana de Azaña y Hernández, cada cual a su manera, me llevan a esbozar aquí unas breves reflexiones, por contraste, en torno al ejercicio político de la actual derecha neoliberal y la ultraderecha españolas, caracterizado por la agresión verbal y la crispación en las que campan a sus anchas el insulto, la tergiversación deliberada de los hechos, el ultraje más imbécil a la verdad y la confusión adrede con zancadillas que cada vez aguanta peor el ciudadano. Todo un cóctel de despropósitos nutridos por alevosos neofranquistas, particularmente histriónicos en tiempos de peste y desgarros. El lector habrá comprendido que me estoy refiriendo, por mejor precisar, a unas señaladas actitudes que corren el peligro de enquistarse en el actual parlamentarismo español, como resultante de un desvarío al rebufo de arrogantes cabecillas y una muy estudiada estrategia de todo tipo de caciques económicos y gacetilleros, depredadores de la razón y hasta, si fuera posible, del mismo Gobierno. En verdad, su único propósito.

Del moderantismo neoliberal

Si la obra narrativa de Azaña no es suficientemente conocida, aun siendo de lograda factura, tampoco lo son menos su producción ensayística y ejercicios oratorios, que describen la columna vertebral de su pensamiento político. Nuestros parlamentarios deberían frecuentar sus discursos, llevar a la mesilla de noche, por ejemplo, la disertación pronunciada en el Ayuntamiento de Barcelona en el segundo aniversario del golpe militar de 1936, aquella del requerimiento de cierre, “Paz, piedad, perdón”, tan aleccionadora; o, entre otros, el discurso que en calidad de Presidente del Ateneo madrileño leyó en esa institución el 20 de noviembre de 1930. A algunos dirigentes les servirían como manual de exquisita elocuencia. Veamos por qué lo digo.

Resulta cuando menos curioso que se haya elogiado casi unánimemente la intervención de Pablo Casado durante la pasada moción de censura, no tanto por habilidad discursiva como por un supuesto regreso a posiciones moderadas, a la contención del verbo y a la ruptura con la ultraderecha. Sin embargo, convendría no confundir moderación con moderantismo, cuya ascendencia remonta al liberalismo decimonónico, doctrinario y elitista. Manuel Azaña lo definió con clarividencia en su discurso del Ateneo. Fue enarbolado por Cánovas, por el militar Narváez que, como recordaba el Presidente, fusiló a dos centenares de disidentes políticos. El mismo moderantismo que sustentaron voluntades oligárquicas, los nuevos ricos y el despotismo dúctilmente corrupto; que, bajo su sentido providencialista de la nación se afirmó como reacción conservadora con exclusivo interés por el bienestar individual frente a cualquier principio ético y que “negocia turbiamente a la sombra del poder y en la ganancia participan manos blancas”. El moderantismo que, ni antes ni ahora, permite la disidencia interna en el partido, ni siquiera un relamido verso suelto, pues “no se puede vivir fuera del aprisco”. Y por si fuera poco, subrayaba Azaña, un moderantismo que cuenta con el apoyo de la Iglesia “como si al fin la Providencia se hubiera decidido a tomarlo bajo su protección”, esperando “que, en caso de apuro, Dios dará la razón al Gobierno, si le obedece la Guardia civil”.

Muy probablemente el señor Casado desconoce el rancio abolengo del ideario moderantista de su partido. No es persona muy instruida en leyes e historia elemental. Cuidó las formas desde la tribuna del Congreso, pero pronto volvió a las andadas, a la acritud destructiva y a su interesado obstruccionismo ante la renovación de los órganos judiciales que la Constitución demanda, sin olvidar sus deslealtades paseadas por Europa. Ciertamente, dejó sin voz a algunos estrambotes, pero aún escucha las sirenas del Aznar que, creyéndose Cánovas, también desprecia al pueblo. El propio dirigente del Partido Conservador proclamaba desde las Cortes decimonónicas que las desigualdades sociales debían respetarse porque Dios las había creado. Desde el moderantismo el líder popular permite los chirridos de otras lumbreras, o instruye la excéntrica insensatez de la Presidenta de la Comunidad de Madrid en la gestión de la pandemia, aplaudida por escribientes a sueldo. Aún más osado es, no tanto exonerarla de toda responsabilidad en uso de sus únicas competencias como que la cúpula de su partido la encubra, envalentone, jalee y abisme entre sus contingencias y delirios. Su comportamiento exaspera, obediente a pies juntillas al filibusterismo entre bastidores de Rodríguez Bajón, un aznarista resentido, un valido ebrio de todo. Al dictado de sus propios trastornos de presumida ignorante, Díaz Ayuso únicamente se esmera en hacerle ojitos a la inconsciencia. Son sus señas de identidad. Con todos los peligros que ello entraña.

El escarnio a la Memoria

Releer a don Manuel resulta siempre saludable. Como lo es volver al verso de Miguel Hernández. Al barroquismo poético de Perito en lunas y a la logradísima expresión neorromántica de El rayo que no cesa, o al verso comprometido en tiempos de guerra en Viento del pueblo y El hombre acecha… Ojalá no hubiera escrito algunos excepcionales poemas de Cancionero y romancero de ausencias, auténtica emoción de lírica popular y humana, cumbre de la poesía universal. Ojalá, a cambio de su propia vida. En apenas quince años, había alcanzado una obra entre las más genuinas contribuciones artísticas de la historia cultural española contemporánea. Ojalá no hubiera ido nublándosele poco a poco el azul clarísimo de su mirada. Por todo ello, causa estupefacción que hoy todavía ensucie su memoria un puñado de descendientes de aquellos que lograron su muerte.

La degeneración del debate político se debe en gran medida al envilecimiento hiperbólico de la ultraderecha empeñada en emponzoñar la convivencia y revestir al revés la historia sucedida. Hecho agravado, más o menos coyunturalmente, por el seguidismo cómplice del Partido Popular y de Ciudadanos. En nuestros días, lejos de conceptos como la dignidad y el compromiso humano, que tienen en Hernández su paradigma —“Ayudadme a ser hombre: no me dejéis ser fiera / hambrienta, encarnizada, sitiada eternamente”—, asistimos a un peligroso quebramiento ético auspiciado por el neofranquismo y a un constante escarnio a la Memoria democrática.

Que mediante la peor y cruel demagogia posible el jefe de la oposición y su cuadrilla conviertan en cansina letanía la mala gestión gubernamental de la pandemia e imputen al Presidente Sánchez tanta muerte, no deja de ser otra cosa que un negocio sucio con imaginarios réditos electorales. Pues se olvida, en cambio, que las competencias en sanidad residen en las autoridades autonómicas. En sus zancadas el virus mortífero no hace distingos, pero hasta las entrañas más impasibles revuelven los innumerables ancianos privados de atención hospitalaria o abandonados a una oscurecida muerte. A la misma muerte sola de Hernández, y a la de su hijo aún no destetado, de su suegro, del compañero de trinchera…, de la presentida suya que cantó en verso el crujido del corazón.

Por lo demás, mientras que en el 80 aniversario del poeta se celebran homenajes y se da su nombre al aeropuerto de su propia tierra, la arrogancia del regidor madrileño Martínez Almeida se alinea con la propuesta de un concejal voxero para suprimir los versos hernandianos del memorial dedicado a los ejecutados por el franquismo en el cementerio de La Almudena. Lo de Almeida, equiparable a las decisiones cerriles de Ayuso, no es desidia hacia el poeta sino una mala leche cortada por la supina necedad. Ante tanto atropello mental y ausencia de coto, es de esperar que, luchando contra sus propios fantasmas cara al sol y escudándose en la más dañina impunidad, un dirigente de Vox, abogado petulante, de nuevo retuerza el cuello a la historia y llegue a acusar al poeta oriolano, por ejemplo, de desharrapado aspirante a señorito de provincias. Tendrían que devolverlo al parvulario y, al decir de Jaurès, enseñarle el respeto y el culto del alma; o llevarlo con orejas de burro al rincón de su conciencia y allí sepa cómo Miguel Hernández escribió de “los hombres viejos”, de él y de los suyos:

Sois los que nunca abrís la mano, la mirada,

el corazón, la boca, para sembrar verdades,

los que siempre pedís, los que jamás dais nada,

cosecheros que sólo sembráis oscuridades.

_____________________

Javier Pérez Bazo es Catedrático de Literatura española de la Universidad de Toulouse – Jean Jaurès

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11 Comentarios
  • Ataio Ataio 23/11/20 20:22

    Magnífico artículo.

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  • Antonio LCL Antonio LCL 23/11/20 18:45

    Cuánta necesidad tenemos tantos ciudadanos de recuperar figuras ejemplares, políticos con dignidad, como Azaña, aunque tuviera sus debilidades, y poetas como Miguel Hernández, luchador con raíz en tierra, rechazado por la élite del momento, torturado y maltratado hasta la muerte por quienes se otorgaron el protagonismo y la salvación de un pueblo engañado manipulado por golpistas, poderosos y uniformados varios. Gracias Javier.

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  • Varsovia Varsovia 23/11/20 17:55

    De la bravura de sus palabras resurge la fuerza de la verdad, profesor.

    Esa verdad que intenta ser ahogada a cualquier precio por los buitres carroñeros (los del trifachito) que planean sobre la democracia y sobre los demócratas, buscando su presa.

    Esa verdad que nos quieren arrebatar es nuestra menoria histórica y no podemos permitirlo.

    Muchísimas gracias profesor, por poner al servicio de los ciudadanos, de la democracia, sus conocimientos. Todos los ausentes y todos los presentes le estamos muy agradecidos. Un saludo.


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  • pantera pantera 23/11/20 13:32

    Sr. Javier Pérez Bazo, un clarividente artículo a propósito de Manuel Azaña y Miguel Hernández para poner en evidencia la altura humana y literaria de estos dos personajes y las malas entrañas de PP y C´s auspiciados, prietas las filas, por los voxeros. Ojalá no nos pase factura tanta insidia e incultura...pero de momento esta gente de C´s y PP no pierden oportunidad para mostrar su manipulación y tergiversación de la Historia y su falta de respeto cultural y literario, a lo que hay que añadir el odio voxero. Un saludo.

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  • Jotaechada Jotaechada 23/11/20 13:18

    JAVIER PÉREZ BAZO: las comparaciones no son todas, ni siempre, odiosas: acabo de descubrir a JAVIER PÉREZ BAZO (¡qué vergüenza para mí no haberlo hecho antes!). Los mejores elogios que he leído sobre Manuel Azaña y sobre Miguel Hernández, dos víctimas de singular importancia en la peor tragedia sufrida por España -causada por Franco y sus acompañantes golpistas-. Sí, los MEJORES elogios sobre Azaña y Hernández; la PEOR tragedia de la historia de España. Formas del comparativo de los adjetivos BUENO y MALO respectivamente, con valor de SUPERLATIVOS  RELATIVOS. Muchas gracias, admirado señor Pérez Bazo.

    ¡Cómo me gustan, también, las formas de alusión (tan claras, tan precisas, inusitadas) a la pandilla de jóvenes valores del PP: Casado, Díaz Ayuso, Almeida...! 

    Ay, España nuestra, de todos!!

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    • Javier P. Bazo Javier P. Bazo 23/11/20 15:47

      Muchísimas gracias por su lectura y amabilidad. JPB

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  • RUSADIR RUSADIR 23/11/20 12:27

    Magnífico artículo.Deberían de leerlo y hacer caso de sus acertados consejos,(leer a Azaña y a Miguel Hernández), la bancada de las camisas azules y de las camisas negras.

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    • Javier P. Bazo Javier P. Bazo 23/11/20 15:45

      Muy agradecido. JPB

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  • Grobledam Grobledam 23/11/20 11:58

    Muchas gracias, profesor.

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  • MASEGOSO MASEGOSO 23/11/20 08:15

    Gracias Sr. Pérez Bazo, sus palabras traen a la memoria lo que pudo ser y no dejaron que fuese.

    Los antepasados de estos mismos que, orgullosamente, se pusieron la medalla de haber doblegado a un pueblo por las armas, sin haber anticipado palabras de consenso.

    Su orgullo no podía permitir que el pueblo, inculto, alumbrase mentes como la de Hernández y la burguesía, adelantados de pensamiento, como Don Manuel.

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  • Atreviéndome Atreviéndome 23/11/20 03:01

    Sencillamente genial su reflexión.
    La he leído tres veces, pausada y detenidamente, intentando entender cada una de sus palabras, y en la medida de lo posible, la intencionalidad en su elección.
    De esa misma forma, y al igual que usted hace, recomendaría a nuestros políticos (y en particular a los más diestros y siniestros) una relectura y acercamiento a la biografía y a las obras de Azaña y Hernández. Podrían aprender elocuencia para expresarse y díscutir, en el Parlamento pero, sobre todo ganar en calidad humana, compromiso y aprobio.

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