Desde la tramoya

Lo que catalanes y griegos comparten

Érase una vez un pueblo que harto de humillaciones y malos tratos, se rebeló contra sus represores. Dejando el timón a un líder mesiánico –que algunos llamarían populista y demagogo–, el pueblo indignado reclamó el derecho a decidir su futuro votando si quería continuar bajo el poder central, o separarse de él.

¿Cataluña? ¿Grecia?

Las diferencias en los matices del relato son claras, por supuesto. Cataluña es un pueblo rico del norte indignado por el abuso y la falta de respeto de los vecinos más pobres del sur. Grecia es un pueblo pobre del sur indignado por el abuso y la falta de respeto de los vecinos más ricos del norte.

El villano en el relato separatista catalán, que sostiene más o menos la mitad de la población, es un Estado considerado "extranjero", insensible ante la identidad nacional de Cataluña y que sólo sabe decir que no. El adversario para el 60 por ciento de los griegos es la burocracia que se empeña en hacer pagar a un pueblo empobrecido lo que no puede abonar a corto plazo.

Pero también hay similitudes en los detalles que pueden resultar esclarecedoras. Tanto si se analiza el comportamiento de los burócratas de la troika, o de sus contables europeos del norte de Europa que estos días se afanan en negociar con el Gobierno de Grecia una solución financiera para el país, como si se piensa en Rajoy y Montoro cuando abordan la cuestión catalana, encontramos a unos tipos insensibles ante las emociones y los afectos que suelen regir estos movimientos pretendidamente emancipadores.

Ya sabemos que para buena parte de los conservadores, "las cosas son como son" y "todo es de sentido común". Si los acuerdos dicen que hay que pagar tal día, se paga en la fecha convenida y punto. Son las normas y hay que cumplirlas. Si la Constitución dice x, y Cataluña dice y, entonces se recurre al Tribunal Constitucional y asunto concluido. En el imaginario conservador, la ley y el orden están por encima de los sentimientos colectivos.

El problema, sin embargo, es que son las emociones las que suelen regir los movimientos de emancipación sean del tipo que sean. Que es la política y no sólo la aplicación mecánica de las leyes, la que suele resolver los conflictos de manera pacífica. Que es la comprensión y el respeto por las simples emociones y los arquetipos y estereotipos que las articulan, lo que distingue a los buenos gobernantes de los malos. Que liderar no consiste en aplicar frías normas contenidas en los boletines oficiales –que para eso están los subsecretarios– sino en tener suficiente sensibilidad ante los estados de opinión y las esperanzas y las angustias de la gente, para adaptarse con inteligencia a ellas.

Dominique Moïsi escribió hace años un libro que resalta la importancia de los afectos en la política internacional (La geopolítica de las emociones, se llama el libro, y se subtitula "Cómo las culturas del miedo, la humillación y la esperanza están reconfigurando el mundo"). Y en otro texto también interesante, titulado Join the Club (con el subtítulo "Cómo la presión del grupo puede transformar el mundo"), Tina Rosenberg explica que es la sensación de ser parte de un club de amigos, mucho más que los motivos instrumentales y racionales, lo que une a los líderes de los movimientos sociales exitosos y sus seguidores.

Sospechamos que esa sensación tan lúdica y movilizadora de formar parte de un pueblo oprimido por un poder central, que decide plantarle cara y decirle que ya basta, cunde tanto entre los secesionistas catalanes como entre los votantes del no en el referéndum griego del domingo. A unos y a otros les hemos visto salir a las calles de Barcelona y de Atenas como si se tratara de una fiesta. Nos tememos también que es la insensibilidad gélida e impasible de ese poder central, esté alojado en Madrid o en Bruselas o en Berlín, lo que da alas a la indignación popular de parte de Cataluña y parte de Grecia, y lo que alienta a muchas de sus gentes a dar el portazo.

Sobran en Madrid y en Bruselas esos burócratas tan brillantes como fríos que solo piensan con números y usan una jerga incomprensible para la mayoría. Sobra matemática y falta poesía. Sobran cuentas y faltan afectos. Como reacción a la desastrosa Segunda Guerra Mundial, en la que las emociones entre países se enconaron de manera tan letal, la Unión Europea se fue construyendo más a base de acuerdos económicos que de un verdadero espíritu de hermandad. Es mucho más lo que une a un griego con un belga –y no digamos a un catalán con un extremeño– que lo que les separa. Pero para celebrar la unión en momentos de crisis, quizá sea mejor olvidarse un rato de las deudas y las viejas cuitas, tomarse una buena cerveza y poner música folk europea de fondo. Pero cuesta imaginar a Merkel o a Rajoy trasnochando en un pub.

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