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La historia rima

La guerra de la que surgieron todas las calamidades

El último zar de Rusia, Nicolás II, rodeado de su familia.

Julián Casanova

“Una guerra entre Rusia y Austria sería una cosa muy buena para la revolución”

Vladimir U. Lenin a Máximo Gorki, 1913

El 2 de agosto de 1914 Rusia entró en la guerra contra Alemania y Austria, aliada con Gran Bretaña y Francia. Al principio, una oleada de fervor patriótico unió a amplios sectores de la población en torno al zar y la idea de nación, mientras que pacifistas e internacionalistas tenían que emprender el camino del exilio.

La guerra fue mal desde el principio, y resultó mucho más larga y destructiva de lo que se había esperado. El ejército ruso tenía más efectivos que ninguna otra nación combatiente, pero iba a ser también el primero en sufrir la escasez de recursos en aquella guerra de frentes estabilizados y trincheras.

Las derrotas y la mala administración del Gobierno causaron un profundo descontento entre todos los sectores de la sociedad y fue particularmente notorio en los círculos políticos liberales y de la élite que se habían puesto al frente del fervor patriótico.

Pronto surgieron planes alternativos a la incompetencia del monarca y de sus gobernantes. Todos compartían el miedo a que, si no se reformaba desde arriba, se hiciera, de forma inevitable, más radical y violenta desde abajo. Mostraban también el pánico que sentían las clases propietarias de Rusia, terratenientes e industriales, a ser arrastrados por una revolución expropiadora que iban profetizando los diferentes partidos socialistas desde que aparecieron con fuerza en el escenario ruso a comienzos del siglo XX.

Pero Nicolás II no cedía y se mostraba cada vez más influido y presionado por su esposa para resistir a todos los que le pedían reformas: “muestra tu autoridad”, le decía Alejandra en una de sus cartas a un monarca, “Nicky” lo llamaba, cada vez más alejado del mundo exterior e incluso del resto de la Corte, “demostrando a ti mismo el Autócrata sin el que Rusia no puede existir”.

Frente al autócrata ausente y las propuestas para reformar el sistema desde arriba, lo que aparecieron fueron conflictos irreparables causados por la larga guerra y los serios trastornos que ocasionó en la economía, en la producción y transporte de los recursos necesarios y, sobre todo, en la escasez de productos de primera necesidad para millones de soldados en el frente y la población en general en la retaguardia.

El suministro de alimentos se convirtió en uno de los temas más importantes de la intervención del Estado y del debate público. Al zar eso nunca le había preocupado y, cuando el ruido y las protestas en torno a ese asunto vital se intensificaron, durante los últimos meses de 1916, le confesó a la zarina, en carta fechada el 20 de septiembre: “Realmente no entiendo nada de estos asuntos de suministro de alimentos y de abastecimiento”.

Pero no fue sólo esa absoluta incompetencia del zar para gobernar y gestionar asuntos tan fundamentales la que explica la crisis tan profunda que la guerra causó en el imperio ruso y, como mostrarían los acontecimientos tras su caída, tampoco liberales, socialistas y revolucionarios supieron muy bien cómo mantener a millones de soldados bien equipados y debidamente alimentados.

La quiebra del sistema de suministros en la retaguardia, que afectó también al ejército en el frente, se produjo porque las autoridades y los burócratas que extendían sus redes de poder por las provincias decidieron hacerse cargo de la adquisición y distribución de cereales, suprimiendo el mercado privado. La escasez de comida, combustible, ropa y botas, y la corrupción del Gobierno y de sus principales proveedores de material militar y de alimentos crearon en la población un sentimiento de pánico, que hizo crecer el crimen y el desorden. “Cada vez más”, escribía Gorki a un amigo en noviembre de 1915, “la gente se comporta como animales y energúmenos”.

Para financiar la guerra, el Gobierno recurrió a la subida de impuestos y a los préstamos extranjeros, a la vez que imprimía millones de billetes de rublos. Cuando comenzaba 1917 la inflación había disparado los precios de los productos básicos cuatro veces por encima de los que regían en 1914, mientras los salarios sólo subieron el doble. Los campesinos, que compraban mucho más caro y no obtenían ganancias por la venta de sus productos, que iban a parar a los intermediarios, empezaron a acumular y esconder el grano. La comida comenzaba a faltar en las ciudades, a donde habían acudido cientos de miles de campesinos pobres a trabajar en las industrias de guerra y a los que sus salarios, tras largas jornadas laborales, no les llegaban para comprar los alimentos básicos. Las mujeres hacían largas colas a las puertas de las panaderías y carnicerías.

Esa curva divergente de precios entre el sector industrial y el agrícola, con precios al alza en productos fabricados y estancados o a la baja en los agrícolas, fue un importante factor de descontento y protesta. La movilización bélica afectó de forma desmesurada al sector industrial, generando una escasez de bienes de consumo manufacturados. Cuando el Gobierno intentó convencer a los campesinos de que no retuvieran el grano, fue incapaz de ofrecerles a cambio productos procedentes de las ciudades. Ante la escasez de comida, las autoridades introdujeron racionamientos. Un agente de la policía informó “que la indignación es cada vez mayor en las familias numerosas, donde los niños se mueren de hambre en el sentido más literal de término”.

Mientras tanto, los ricos y la gente de alta alcurnia se lanzaron a malgastar el dinero como si percibieran que sus vidas privilegiadas estaban llegando a su fin. Bebían champán, compraban el caviar más caro del mercado negro y apostaban fortunas en los casinos. Los extranjeros se escandalizaban de ese estado de vida tan lujoso y de lo poco que hacían por esconderlo. El político conservador británico Sir Samuel Hoare, entonces miembro de la inteligencia británica en Petrogrado, observó el contraste entre esa riqueza y el uso profuso que algunos rusos hacían, y “las austeras condiciones en Inglaterra durante la guerra”.

En el tercer invierno de la guerra, el más frío y complicado, la crisis de autoridad, la pérdida de confianza en el régimen, iba a desembocar en motines, huelgas, deserciones del frente y, finalmente, en una transformación profunda de la estructura de poder que había dominado Rusia durante siglos. Todas las condiciones estaban allí: una desacreditada monarquía, que incluía al zar y a la zarina, la incompetencia del gobierno, un deterioro sin precedentes de la economía y del modo de vida de los ciudadanos, hambre, mujeres pidiendo pan, soldados airados y huelgas obreras.

El 24 de febrero de 1917 el zar escribía a la zarina, Alejandra Feodorovna, su “Sunny” o “Ray of Sunshine”, como la llamaba en la correspondencia mutua que se conserva de aquel período, de centenares de cartas, escritas en inglés, idioma que utilizaban para comunicarse: “Mi cerebro descansa aquí. Ni ministros ni temas fastidiosos reclaman mis pensamientos”. El 26, con decenas de muertos en las calles y soldados ya amotinados, apuntó en su diario que había ido a misa, desayunado con mucha gente, escrito la carta de rigor a la emperatriz, tomado el té y jugado al dominó por la tarde. El tiempo, decía, era bueno, aunque helador.

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Tan solo unos días después, el 2 de marzo, tuvo que abdicar. Así acabó el dominio de la dinastía de los Romanov, que había comenzado trescientos años antes con la coronación de Miguel I (1613-1645). De golpe, todo el edificio del Estado ruso se desmoronó.

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Julián Casanova es catedrático de Historia Contemporánea en la Universidad de Zaragoza y autor de numerosos ensayos, entre ellos La venganza de los siervos (Editorial Planeta).

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