Plaza Pública

Del púlpito al confesionario: el caso Margallo

Javier Pérez Bazo

La camarilla ultramontana del Gobierno, como diría don Ramón María del Valle Inclán, acostumbra a levantar el brazo derecho a golpe de decreto y a imponer desde su púlpito la mentira como dogma de fe. Sus venganzas confraternizan con el rencor y el odio, su embuste lo redime en el confesionario. Apedreada mil veces la verdad, a esos fieles al remediavagos únicamnete les resta jalearse en maitines a sí mismos, para envalentonarse sin contrición ni penitencia. Esa camarilla es diestra en falsedades, paparruchas y vilipendios. Como advirtió Valle a propósito de aquella España isabelina tan poco suya, el paradigma del trilero y del trolero se encuentra en el consejo de ministros y los nombres pueden cambiarse como los cromos de antaño, aleccionados por el jefe de la timba, reconocible por ese espasmo cínico de ojo izquierdo que le traiciona.

Digo esto a raíz de la curiosidad de mis alumnos del máster Estrategias culturales internacionales, que imparto en la Universidad francesa de Albi. Les extrañaba, por un lado, la reciente afrenta del ministro de Asuntos Exteriores español al nuevo Gobierno griego y, por otro, buscaban en mí las razones del cierre del Instituto Cervantes de Gibraltar por él anunciado. A su entender, ambos extremos resultan dañinas para la Marca España. Desde luego, los dos asuntos y sus consecuencias incumbían a nuestro curso universitario. El caso del ministro nos venía como anillo al dedo para una clase práctica. Sólo faltaba desbrozarlos con cierta lógica.

Convinimos que más allá de sus ademanes de mala estofa, Margallo ha vuelto a ensuciar esa virtud del silencio cuando se convierte en elegante elocuencia, a veces tan recomendable en su cargo. Porque de su boca, tan inoportuna, cuelgan las mentiras como los ajos, sin inquietarse un segundo por los efectos de su halitosis ideológica. Hasta el más desatento de mis alumnos sabe que los rescates económicos de Grecia se hicieron en beneficio de la banca mediante recapitalizaciones, como ocurrió en España, y que luego se recrudecieron los recortes en detrimento del bienestar social. La supuesta contribución española a los helenos la cifró Margallo a ojo de buen cubero en 26.000 millones; se le corrigió enseguida la plana elevando la cantidad a treinta y dos mil y pico. Pero lo más grave es que considerara malévolamente esos euros como un préstamo, cuando en realidad fueron un aval. Como recordará el lector, el ministro remató el infundio arguyendo que esa deuda griega había impedido subir las pensiones en un 38% y las prestaciones del desempleo un 50%. Los marhuendas, gundines y otros afectos al régimen del pepé se apresuraron a cacarear en los medios la sinrazón del canciller. Patético. Pero los economistas no tuvieron dificultad en probar seguidamente, calculadora en mano, la barbaridad del despropósito.

Conclúyase con mis alumnos que tal cúmulo de falsedades ministeriales respondía a intereses electoralistas a costa de provocar desde la misma cancillería la enemistad con un país europeo. Explicable, por lo demás, en clave de represalia, prepotente y pueril, al gobierno de Syriza por su sintonía con los "apestados" de Podemos, obsesión que no se quita la derecha de encima ni a tiros. Confunden desvergonzadamente lo personal con lo institucional. Y recompuesta la verdad, no desmienten lo reescrito a su antojo, ni corrigen, ni se desdicen, ni se disculpan, todo pasa al cajón del olvido o de las desapariciones, o al disco duro destruido en Génova trece. En todo caso, bien aplican aquello de miente a voluntad, que algo queda.

Mucho antes de esta impostura, Margallo abrió camino a sus bravuconadas con otra fruslería insolente. Recuérdese aquel ¡Gibraltar español! suyo, dicho con tonillo de ascendencia franquista con el que saludó a un eurodiputado conservador británico en su estreno ante la UE en Estrasburgo. Y precisamente Gibraltar ha vuelto estos días a la palestra de la mano de la incontinencia verbal del ministro.

Resulta incuestionable que la colonia británica aflora con cierta periodicidad como socorrido tema de controversia para distraer la atención, tapar miserias gubernamentales o por otros espurios intereses. Ocurre por lo general en tiempos de escasez informativa, de sonrojos en el partido popular, que conviene disimular, o de ventoleras pre-electorales. Sea como fuere, Margallo suele ser uno de los jaleadores de la confusión; ahora prometiendo el cierre inmediato del Cervantes gibraltareño con el muy convincente criterio suyo de que en el Peñón los simios son los únicos que no hablan español. No tuvo mejor verborrea para que su ridículo abrazara lo grotesco.

Poco importa al ministro de Exteriores que conduciéndose así consiga alentar el nacionalismo británico, como logró aumentar el catalán con sus improperios. Muy distinta fue la actitud de Miguel Ángel Moratinos, predecesor suyo, persona de prestigio internacional, hoy incomprensiblemente marginado del Comité Federal del PSOE y de los aledaños de la dirección socialista. Instigador empedernido del diálogo frente a la disensión, Moratinos apostó por la cooperación y el entendimiento en el marco del Foro Trilateral de Diálogo, creado en 2004 para beneficiar las condiciones laborales y servicios de los ciudadanos gibraltareños y del Campo de Gibraltar; y ello, sin renunciar a la reivindicación histórica de la soberanía española. Tras los acuerdos de Córdoba del Foro, sin olvidar el excelente proceder de la directora Carmen Caffarel, se abrió un centro del Cervantes, el mismo que Margallo decide clausurar ahora. Frente a las ventajas de tener izada una bandera en Market Lane, se opta por volver a la fatua prepotencia de la valla franquista; el diálogo de culturas y expansión de la lengua hispana se sustituye por el monólogo de equivocadas valoraciones políticas.

Ningún criterio "cervantino" avala a Margallo. Porque la rentabilidad académica del centro no es inferior a la de otros muchos —del centenar de inscripciones inicial ha alcanzado un millar de matrículas por año (monos excluidos, señor ministro)—, porque se han incrementado los cursos para niños, porque el personal docente y administrativo no resulta gravoso, porque la sede está cedida gratuitamente, porque los recortes del programa de actividades culturales son idénticos a los de otros lugares. Consecuentemente, el cierre se debe exclusivamente a fundamentos políticos. Como los de Moratinos, cierto es, pero con la diferencia de que ahora responden, además, a intereses de partido y no de Estado, electoralistas en vez de institucionales.

Mientras tanto, duele comprobar que con García Margallo y los suyos el Instituto Cervantes se ha convertido en un chiringuito al servicio y capricho del Gobierno. Las torpezas cometidas —invitación al dictador Obiang en el centro de Bruselas o la censura de actos culturales, entre otras— se explican por la peculiar idiosincrasia del titular de Exteriores. La pérdida de autonomía del Cervantes cuenta con el colaboracionismo de Miguel Spottorno y la connivencia de Rafael Rodríguez Ponga, secretario supremo del organismo, ejemplo de la incapacidad filológica y presidente de la fundación Humanismo y Democracia, la cual algo tiene que ver con los asuntos del señor Bárcenas. Sus disensiones con el añejo director, cómplice del desangre, son letales y con ellas sale ganando el ministro y perdiendo la institución.

Y mientras tanto, las imprudencias en las habituales homilías de Margallo siguen confundiendo a la diplomacia española, aunque las trueque en confesión por deslices veniales y que, junto a otros compañeros de gabinete, a modo de penitencia se imponga expiar sus culpas peregrinando al Vaticano, todos tocados con la castiza peineta y el rosario de san José María Escrivá de Balaguer.

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Javier Pérez Bazo es catedrático de Literatura en la Universidad de Toulouse-Jean Jaurès. Fue consejero de Educación de la Embajada de España en París (2004-2008) y director del Instituto Cervantes de Budapest (2008-2012).

El Instituto Cervantes, asignatura pendiente

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