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    <title><![CDATA[infoLibre - José Manuel Rambla]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/jose-manuel-rambla/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - José Manuel Rambla]]></description>
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      <title><![CDATA[Artemis II y la cara oculta de la Tierra]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/artemis-ii-cara-oculta-tierra_129_2179282.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/03bef3cf-c00f-468c-b577-71226a464c12_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Artemis II y la cara oculta de la Tierra"></p><p>Todavía no consigo superar la resaca de la misión <strong>Artemis II</strong>. Y eso pese a que el entusiasmo de las televisiones, los tertulianos y la portadas de los periódicos no ha logrado despertar en mí ningún atisbo de emoción ante la supuesta <strong>epopeya espacial</strong>. En realidad, lo único que han conseguido es obsesionarme con un viejo libro budista, el <em>Lankavatara Sutra.</em> Compuesto entre los siglos IV y V, sus enseñanzas fueron decisivas para el nacimiento del budismo Chan en la China del siglo VIII, una corriente idealista y defensora de la iluminación interior como camino hacia la sabiduría. Esta escuela fue rebautizada en <strong>Japón como Zen</strong>, nombre que causó furor entre los profesionales del<strong> marketing New Age</strong> que, en la segunda mitad del siglo XX, se encargaron de divulgarla por Occidente.</p><p>El <em>Lankavatara Sutra </em>está repleto de metáforas lunares, especialmente de aquellas que nos invitan a reflexionar sobre el reflejo de la luna en el agua. Pero, sobre todo, lo que más me evoca la odisea espacial de la Artemis II es un aforismo incluido en sus páginas: “Así como los <strong>ignorantes </strong>se aferran a la punta del dedo y no a la luna, así también aquellos que se aferran a la letra, no conocen mi verdad”. La idea nos previene para no confundir la sabiduría y la verdad con las <strong>doctrinas</strong>, meras herramientas en el camino del conocimiento. Esta enseñanza (que harían bien en no olvidar algunos que se autoproclaman como la izquierda pura) inspiró un proverbio que los tecnócratas de la New Age acabaron convirtiendo en una frase recurrente de pretensiones transcendentales: <strong>“Cuando el sabio señala la luna, el necio mira el dedo”</strong>.</p><p>En la misión lunar de la <strong>NASA </strong>ha habido mucha luna. Y dedos señalándola. Pero no los dedos de sabios, aunque no falten quienes destaquen los éxitos científicos de la misión. <strong>Sin duda no pocos avances técnicos habrá</strong>. Sin embargo, en la práctica, el viaje espacial solo aspiraba a probar algunos elementos técnicos. En suma, ha sido como un ensayo de <strong>Rosalía </strong>que se nos ha presentado como el concierto del año. O un entrenamiento del Barça convertido en el acontecimiento deportivo de la temporada. Así mismo, la odisea espacial también ha servido  para enseñarnos impresionantes fotos de la cara oculta de la Luna. De hecho, parecía como si Artemis II no tuviera otro objetivo que el de <strong>presentarnos a los astronautas como unos siderales Cartier-Bresson</strong> capaces de superar con su mirada artística las frías imágenes captadas en 2019 por la sonda china Chang’e 4. </p><p>Esas fotografías han sido cruciales para convertir la misión espacial en un espectáculo. Un espectáculo de prestidigitación gracias al truco de invertir el orden de la sentencia budista: la omnipresente imagen del astro lunar se encargaba de distraer la mirada del espectador para ocultar la ágil presencia del dedo que la señalaba. Dedo que no era del sabio sino del necio. Esta espectacularización no sorprende conociendo el perfil <em>científico </em>del director de la NASA, <strong>Jared Isaacman</strong>. Amigo íntimo de <strong>Elon Musk</strong>, hombre de negocios con un patrimonio estimado en unos 2.000 millones de dólares, Isaacman siempre ha estado obsesionado con el espectáculo. No en vano, los vuelos de exhibición marcaron su carrera como aviador, tanto como sus intentos –más o menos afortunados– por batir diferentes récords en nombre de supuestas causas filantrópicas. Puro espectáculo. Y siguió cultivándolo al convertirse en astronauta: su único mérito para pasar a la posteridad fue el de haberse convertido en el primer terrícola que, a bordo de uno de los cohetes de su amigo Musk, hizo una apuesta deportiva desde el espacio. La primera quiniela sideral de la historia.</p><p>Por eso no faltan motivos para ocultar el codicioso dedo de Jared Isaacman con el brillo del satélite lunar. Porque los oropeles con que han envuelto a la Artemis II no disimulan las miserias que acechan a la agencia espacial estadounidense. Por lo pronto, la administración de Donald <strong>Trump </strong>ya ha adelantado que aplicará un recorte del <strong>23% en su presupuesto del próximo año</strong>, lo que obligará a suspender casi la mitad de sus misiones científicas. Eso sí, el programa Artemis, con su plan para <strong>volver a pisar la Luna en 2028</strong>, se salva. Pero al precio de reconvertirse de nuevo en espectáculo, en una película de carrera espacial y Guerra Fría frente a China, llena de efectos especiales y tensión a raudales. Uno de esos <em>remakes</em> a los que nos tiene acostumbrados <strong>Hollywood </strong>en estos tiempos sin imaginación. En cualquier caso, ni eso garantiza la viabilidad del proyecto: la NASA depende de los servicios de las compañías privadas para aterrizar en el satélite; pero<strong> ni SpaceX, de Musk; ni Blue Origin, de Jeff Bezos</strong>, están en condiciones de garantizarle que tendrán las naves que necesitan.</p><p>Así las cosas, su pugna con China amenaza con convertir a la agencia espacial norteamericana en uno de aquellos patéticos villanos, encarnados por <strong>Jack Lemmon y Peter Falk</strong>, en la carrera de los autos locos de la comedia de <strong>Blake Edwards</strong>. No es casual que mientras el vehículo de exploración espacial chino Yutu-2 descendió hace siete años sobre la superficie lunar y logró hacer germinar las semillas que transportaba, los astronautas de la NASA se han limitado ahora a acercarse a su órbita en una cápsula espacial con el retrete averiado, entre orina congelada y <strong>“misteriosos”</strong> olores. Pocos contrastes dejan más al descubierto este declive del imperio americano que tan brutal está resultando. Por eso, hasta resulta entrañable el <strong>ejercicio de melancolía</strong> que algunos comentaristas hacían estos días, coincidiendo con las arremetidas y amenazas de Trump contra el <strong>Viejuno Continente</strong>, al poner como ejemplo a la Artemis II de la fructífera colaboración entre Europa y Estados Unidos.</p><p>Y mientras los dedos necios apuntan a la Luna, el del sabio se desespera señalando la Tierra. <strong>La cara oculta de la Tierra</strong>, donde más de un millón de libaneses son desplazados por las bombas israelíes, donde decenas de palestinos siguen siendo asesinados, donde el último emperador americano sueña con ser Yhavé y nos anuncia caprichosamente el apocalipsis en Irán o el bloqueo del mundo, acompañado por un conejito de Pascua.</p><p>__________</p><p><em><strong>José Manuel Rambla</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Apr 2026 04:00:59 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Artemis II y la cara oculta de la Tierra]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Estados Unidos,Medioambiente,Cohetes espaciales]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Más de 200 artistas de todo el mundo se movilizan contra la presencia de Israel en la Bienal del Venecia]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/200-artistas-mundo-movilizan-presencia-israel-bienal-venecia_1_2167892.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e9397bea-415d-4be6-a674-1e4918bf6133_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Más de 200 artistas de todo el mundo se movilizan contra la presencia de Israel en la Bienal del Venecia"></p><p>Por mucho que se haya popularizado el libro de<strong> Sun Tzu,</strong> <strong>la guerra no es un arte. </strong>Es una atroz carnicería. Por eso, pocas cosas están más alejadas de la exploración artística performativa que la <strong>agresiva política expansionista de Israel.</strong> Desde el pasado 19 de enero, cuando entró en vigor el <a href="https://www.infolibre.es/internacional/israel-perpetua-bloqueo-ayuda-arma-guerra-incumple-alto-fuego_1_2079471.html" target="_blank" >supuesto alto el fuego en Gaza,</a> más de 680 gazatíes han muerto a manos del ejército israelí. En ese mismo tiempo, militares y colonos han asesinado a más de un centenar de palestinos en Cisjordania. Y <strong>la borrachera de sangre no cesa.</strong> La actual ofensiva ordenada por <strong>Benjamin Netanyahu</strong> y <strong>Donald Trump</strong> en la región deja hasta la fecha un saldo de más de<strong> </strong>3.000 de muertos en Irán<strong> </strong>y otro millar en el Líbano, donde Israel se vanagloria de imponer su modelo de exterminio ejecutado en Gaza. En total, Israel ha provocado en los últimos meses más de<strong> 5.000 muertos,</strong> incluyendo más de un centenar de sanitarios. Y más de medio millar de niños asesinados.</p><p>Frente a esta dantesca realidad, miles de voces se han levantado por todo el mundo contra el genocidio del pueblo palestino. También para denunciar los intentos del Estado sionista de <strong>blanquear sus políticas belicistas</strong> y expansionista tratando de <strong>normalizar su presencia internacional en eventos deportivos o culturales.</strong> Por este motivo, cientos de creadores se están sumado estos días a la <strong>campaña de boicot</strong> a la participación de Israel en una de las citas más prestigiosas del panorama de las artes plásticas internacional, la <strong>Bienal de Venecia, </strong>que tiene previsto abrir sus puertas el próximo 9 de mayo.</p><p>La campaña está siendo promovida por el colectivo <strong>Art Not Genocide Alliance (ANGA), </strong>una organización que ya protagonizó una fuerte movilización en Venecia en 2024 que, si bien no consiguió la exclusión oficial de Israel, forzó a que su pabellón permaneciera cerrado. Ahora, los activistas de ANGA redoblan su presión con una<strong> carta para exigir la expulsión del que denominan como “pabellón del genocidio”. </strong>En su escrito, remitido al presidente de la Bienal, <strong>Pietrangelo Buttafuoco, </strong>se reafirman en su “negativa colectiva a permitir que se le dé visibilidad al Estado israelí mientras comete genocidio”. En este sentido, los firmantes destacan que “la complicidad de la Bienal de Venecia con el intento de destrucción de la vida palestina debe terminar. Ningún artista ni trabajador cultural debería<strong> compartir plataforma con este Estado genocida.</strong> Mientras Israel exista mediante el genocidio, la limpieza étnica y el <em>apartheid</em>, no debe estar representado en la Bienal de Venecia”.</p><p>La carta de ANGA ha sido firmada hasta ahora por unos <strong>200 artistas, curadores y trabajadores de los pabellones</strong> de más de 30 países que participarán en esta edición de la Bienal. Entre estos apoyos se encuentran destacadas figuras internacionales del arte, como el chileno <strong>Alejandro Jaar</strong>, la artista franco-marroquí <strong>Yto Barrada</strong> o la creadora multidisciplinar <strong>Carolina Caycedo</strong>. También se han sumado a ella <strong>Oriol Vilanova</strong>, artista que representará al pabellón de España, y <strong>Carles Guerra</strong>, comisario responsable de esta exposición; así como <strong>Claudia Pagès Rabal</strong>, artista visual, <em>performer</em>, escritora y una de las figuras más destacadas del panorama emergente actual. </p><p>Pagès ultima estos días su proyecto <em>Papers Tears, </em>que mostrará en los Eventi Collaterali de la Bienal tras ser seleccionado por el <strong>Institut Ramon Llul</strong> para representar a la cultura catalana en Venecia. “Se trata de una videoinstalación muy escultórica, pensada casi como una obra de teatro donde el público podrá ver cómo una serie de bufones desgranan un archivo de marcas de agua del siglo XV. La elección de este siglo no es naíf, es un<strong> siglo de violencia en la Península </strong>y nos da juego para hablar de las <strong>angustias actuales”, </strong>comenta. Sobre su apoyo al boicot al pabellón de Israel, la artista catalana rechaza que esta campaña se presente como una polémica: “En la historia de la Bienal hay casos precedentes en los que se hizo boicot, como el que se promovió contra Sudáfrica durante el <em>apartheid</em>, o en los últimos años con Rusia. Los pabellones de la Bienal son representaciones estatales de países, unos juegos olímpicos del arte, unas pequeñas embajadas mezcladas con cultura. Por eso<strong> lo único polémico es que la Bienal siga enseñando y promoviendo la cultura de un Estado genocida”.</strong></p><p>La indignación por la presencia israelí se ha visto acrecentada por el hecho de que <strong>su pabellón permanente,</strong> ubicado en el área de los Giardini, está siendo reformado, lo que ha obligado a los responsables de la Bienal a<strong> buscar un espacio alternativo</strong> en el complejo del Arsenale para garantizar su presencia. Este cambio de ubicación <strong>ha sido recibido con satisfacción por el artista que representará a Israel</strong> en la cita veneciana, el escultor de origen rumano afincado en Haifa, <strong>Belu-Simion Fainaru</strong>. En la práctica, <strong>la reubicación “normalizará” a Israel</strong> al permitirle compartir espacio con países musulmanes como Emiratos Árabes Unidos, Arabia Saudita o Turquía, mientras sus tropas bombardean Palestina, Líbano e Irán. Para ANGA, esta colaboración activa de la Bienal con Israel es inaceptable e implica “un <strong>respaldo institucional </strong>explícito en un momento de escalada de violencia”.</p><p>Al boicot contra Israel se le suman otras controversias que están afectando a esta nueva edición de la Bienal de Venecia. Una de las que ha tenido mayor resonancia es <a href="https://www.infolibre.es/internacional/rusia-regresa-bienal-venecia-pese-reproches-gobierno-italiano_1_2157428.html" target="_blank" >el regreso a la prestigiosa cita artística de Rusia,</a> pese a la invasión de Ucrania. La presencia rusa ha desatado una <strong>fuerte polémica política</strong> después de que la <strong>Unión Europea amenazase con retirar sus fondos </strong>a la Bienal y el ministro de Cultura italiano, <strong>Alessandro Giuli</strong>, reclamase públicamente la dimisión de la representante del Gobierno en el consejo que dirige el evento. Por lo pronto, las <strong>Pussy Riot</strong> y otros representantes de la cultura disidente rusa han anunciado su intención de <strong>promover acciones contra el pabellón ruso. </strong></p><p>A ello se une, además, el malestar provocado por<strong> la decisión de Sudáfrica de cancelar su presencia en la Bienal,</strong> después de que su ministro de Arte y Cultura, <strong>Gayton McKenzie</strong>, considerara inapropiado el proyecto <em>Elegy </em>que la artista <strong>Gabrielle Goliath</strong> había preparado para representar al país. La propuesta de Goliath <strong>denunciaba el feminicidio y la violencia contra las personas LGBTQI+,</strong> aunque el principal motivo para su cancelación era el homenaje que incluía a la poeta palestina <strong>Hiba Abu Nada</strong>, muerta durante los bombardeos en la Franja de Gaza</p><p>Frente a las críticas y controversias, los organizadores del evento argumentan la <strong>imposibilidad de la Bienal de rechazar </strong>la participación de ningún país que tenga <strong>representación diplomática en Italia.</strong> Al mismo tiempo, su director se escuda en la supuesta neutralidad del arte. “Nadie está aquí para plantear cuestiones geopolíticas; estamos aquí para garantizar un espacio libre para el arte”, afirmaba en unas declaraciones recogidas por la agencia de noticias Ansa. </p><p>En cualquier caso, las crecientes presiones han obligado a la Bienal a poner en marcha alguna <strong>iniciativa que contrarreste las críticas.</strong> En este sentido, Buttafouco ha adelantado que se está trabajado para incluir en la edición de este año una conmemoración del cincuenta aniversario de la <em><strong>Biennale del Dissenso,</strong></em><strong> </strong>que en 1977 dio voz a los <strong>artistas disidentes de la Unión Soviética y el bloque del Este. </strong>Para ello, el presidente de la Bienal ha anunciado la preparación de un evento en el que participarán <strong>cinco personalidades</strong> contemporáneas consideradas<strong> </strong><em><strong>non gratas</strong></em><strong> </strong>por sus respectivos Gobiernos de <strong>Estados Unidos, Israel, China, Rusia</strong> e, incluso, <strong>la Unión Europea.</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 29 Mar 2026 17:17:57 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Venecia,Gaza,Bombas sobre Gaza,La invasión de Gaza,Israel,Benjamin Netanyahu,Arte]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Relatos sangrientos de un emperador desnudo]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/relatos-sangrientos-emperador-desnudo_129_2159784.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/455f2a3d-919b-4976-a6be-d17f2f9502f6_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Relatos sangrientos de un emperador desnudo"></p><p>Desde el origen de los tiempos, la <strong>propaganda</strong> ha sido, sin duda, una de las armas más poderosas de la guerra. También hace mucho que comprendimos que la guerra es, a su vez, una de las armas más letales de la propaganda. En realidad, los conflictos bélicos no se entienden sin su <strong>relato</strong>. Sin él la guerra no sería nada más que una carnicería. Hasta dios tuvo que recurrir a un relato que inspirara el <strong>Antiguo Testamento</strong> –la invención del pecado– para justificar esa cólera divina que le llevó a arrasar, con fuego y azufre,<strong> Sodoma y Gomorra</strong>.</p><p>Esta preponderancia de la propaganda nos obliga a poner siempre bajo sospecha las informaciones que recibimos de una guerra. Porque cuando las armas hablan, la información y el periodismo suelen ser un combatiente más. Lo vimos en <strong>Palestina</strong>. Cada vez que el <strong>Ministerio de Sanidad </strong>gazatí avanzaba un parte de bajas, los responsables israelíes y sus acólitos occidentales se apresuraban a desacreditarlos: todo era una burda propaganda de Hamas, aquellos sangrientos datos eran falsos. Hoy sabemos que estaban en lo cierto. Según una investigación de la Escuela Londinense de <strong>Higiene y Medicina Tropical</strong>, publicada en la prestigiosa revista científica <em>The Lancet</em>, los datos oficiales que fijaban en<strong> 46.000 el número de fallecidos en</strong> <strong>Gaza </strong>a principios de 2026, no era ciertos: en octubre de 2024 ya se había superado la barrera de los <strong>70.000 asesinados por las bombas israelíes</strong>. Y quedaba aun mucha más muerte por llegar.</p><p>Esa primacía del relato es, precisamente, lo que explica la comodidad con que <strong>Donald Trump</strong> se sumerge, y nos sumergie, en las escaladas bélicas. De hecho, la lógica guerrera –<em>matonismo</em>, lo llaman algunos– impregna toda su acción política: bombardeando Irán, hundiendo lanchas en el Caribe, secuestrando a <strong>Maduro</strong>, atacando Nigeria, desplegando la ICE, acechando en <strong>Groenlandia</strong>, imponiendo aranceles, acosando a <strong>Cuba</strong>, amenazando a España. Para él todo esto no es más que un juego de relatos. Trump encarna así la cumbre del giro lingüístico que  a finales de los años 70 comenzó a invadir las ciencias sociales hasta presentar a la realidad como un simple conflicto de representaciones simbólicas, sin referente material sobre el que confirmarse. Se imponía un nuevo paradigma en el que la realidad, sencillamente, había desaparecido. En este sentido, Trump, las fakes news y las verdades alternativas son la conclusión de este largo proceso, no la causa original de nuestro desconcierto.</p><p>El presidente norteamericano nos presenta sus relatos con el mismo sarcasmo con que <strong>Groucho Marx </strong>nos mostraba sus principios: si no gustan, tiene más. No sorprende, por ello, que el mandatario norteamericano haya encontrado en <strong>Benjamin Netanyahu </strong>a su mejor aliado. Ambos son conscientes del poder propagandístico de la guerra para contrarrestar sus problemas políticos y judiciales. Y pocos mandatarios han sido tan eficaces como el israelí para generar relatos que legitimen el expansionismo sionista, recurriendo para ello a supuestos deseos divinos y al uso perverso de la memoria de la <strong>Shoah </strong>para justificar el genocidio palestino.</p><p>La guerra es el reino de los relatos. Pero la guerra, al mismo tiempo, es también la <strong>manifestación más abyecta de esa cruda realidad </strong>cuya existencia insisten en negar. Por eso, cuando algunos entonan <strong>cantos a la libertad para justificar los misiles sobre Irán</strong>, saltan sobre nuestros ojos los cuerpos destrozados de las niñas de la escuela de Minab. O el centenar de marineros asesinados por un submarino americano mientras navegaban desarmados por aguas de <strong>Sri Lanka</strong>. O los cientos de miles de personas obligados a abandonar Beirut bajo la amenaza de las bombas israelíes. La realidad, hecha de sangre y bilis, de rabia y miedo, enmudece de golpe todos los relatos. Y nos deja, como a <strong>León Felipe</strong>, hastiados de escuchar siempre los mismos cuentos.</p><p>Una realidad que, con su grosera insolencia, no deja de mostrarnos al emperador desnudo. E impotente. No en vano, <strong>Estados Unidos</strong> lleva décadas demostrando al mundo que es una máquina implacable de destrucción masiva. Pero es incapaz de construir nada desde que quedó estancado en el paralelo 38 de Corea, desde que fue humillado en <strong>Vietnam</strong>, desde que se empantanó en Irak, desde que huyó acorralado de <strong>Afganistan</strong>. Por eso a Trump siente pavor ante la posibilidad de que sus soldados pongan un pie Irán, en esa realidad física de donde ignora cuándo y cómo podrían salir. Mientras tanto sus misiles y aviones solo destruyen, no edifican nada. Ni democratizan, ni estabilizan, ni garantizan la seguridad, ni liberan mujeres. Nunca la pretendieron. Porque <strong>Trump</strong> solo puede aspirar hoy a convertir el<strong> declive del imperio americano </strong>en un espectáculo de fuegos artificiales, cuyo resplandor pirotécnico nos ciegue lo suficiente como para no ver sus miserias. Ni los restos de carne y vísceras que dejan esparcidos las deflagraciones.</p><p>La terca realidad explica así la supuesta imprevisibilidad del presidente norteamericano. De hecho, es su única alternativa. Condenado a no poder solucionar nada y a afrontar la decadencia americana como una enloquecida y destructora huida adelante, su única salida posible es un perpetuo e inverosímil giro de guion. Como en aquellas malas películas de serie B producidas por Hollywood de los años 50, de donde Trump parece sacar inspiración para bautizar sus gestas guerreras: <em>Furia épica</em>. Películas cutres y baratas cuya visión provocaba vergüenza ajena; pero que hoy, para perplejidad del mundo entero, parecen hacer las delicias de <strong>Isabel Díaz Ayuso, Alberto Núñez Feijóo, Santiago Abascal, Friedrich Merz y Ursula von der Leyen</strong>. El emperador desnudo. Y los lacayos en pelota.</p><p>_________________</p><p><em><strong>José Manuel Rambla</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 16 Mar 2026 05:00:53 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Donald Trump,Geopolítica,Guerra,Estados Unidos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Los campesinos felices de Virgilio]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/campesinos-felices-virgilio_129_2141377.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2fbaf8a8-7dd4-48e6-af00-e9152f717193_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Los campesinos felices de Virgilio"></p><p>¡Qué felices serían los campesinos si supieran que son felices! La frase, inspirada en los versos de Virgilio, está cargada de melancolía. Pero, sobre todo, es un<strong> canto al conformismo</strong> y a la resignación frente a la desdicha. Un conformismo tan vergonzante que solo se atrevían a parafrasearla aquellos intrépidos turistas que, <strong>para sobrellevar la pobreza </strong>que encontraban en sus exóticos destinos, se consolaban envidiando la supuesta felicidad que les transmitían sus desdichados pobladores. Al menos así era hasta ahora. Porque hoy, la célebre sentencia del poeta latino parece vivir <strong>una renovada actualidad</strong>; y no precisamente por las tractoradas y las controversias por el acuerdo entre la Unión Europea y Mercosur.</p><p>En realidad, el fenómeno no es ajeno al auge que está experimentando el pensamiento reaccionario y su añoranza de <strong>una supuesta Edad de Oro</strong>, pastoril, bucólica y pretendidamente armoniosa, aunque bajo su sustrato, como ocurre en el caso español, se escondan los cadáveres y las miserias <strong>de una dictadura</strong>. Esta recuperación llega de la mano de las apologías identitarias y la guerra cultural que, junto al recurso al insulto y el despropósito, marcan<strong> el discurso ultraconservador</strong>. En última instancia, el mensaje que nos tramite la derecha patriótico se limita a readaptar patrióticamente el espíritu de Virgilio: <em>¡Qué felices serían los españoles </em><em><strong>si supieran que son españoles!</strong></em><em> </em>O en su versión misógina: <em>¡Qué felices serían las españolas si supieran que </em><em><strong>son mujeres</strong></em><em>!</em></p><p>Este ingenuo argumento <strong>resulta tan burdo</strong> que hasta parecería una pérdida de tiempo cualquier esfuerzo por contrarrestarlo. Y, sin embargo, comprobamos impotentes cómo <strong>su influencia se expande</strong> como una mancha de aceite tóxico, junto a otras ideas tan estrafalarias, como el terraplanismo, que también creíamos desterradas de los imaginarios colectivos. Para aplacar nuestro asombro solemos recurrir al comodín explicativo de <strong>los perversos algoritmos</strong>, de las manipuladoras redes sociales propagadoras de un nuevo pensamiento mágico tras el que se esconde la vieja camisa negra del fascismo. Reconfortados así en una supuesta <strong>superioridad intelectual</strong> que nos permite tildar de <em>cuñados</em> a todo aquel que no comparte nuestros supuestos, evitamos tomar conciencia de las altas dosis de <strong>pensamiento mágico</strong> que empapa ese elemento de apariencia irrefutable sobre el que suele construirse el discurso progresista: el dato.</p><p>Sin embargo, a poco que reflexionemos, es fácil comprobar<strong> la carga virgiliana </strong>que se esconde detrás de estas aptitudes. Basta con comprobar<strong> la autocomplacencia</strong> con que el gobierno progresista se contenta con responder a las críticas conservadoras aportando un aluvión de estadísticas, cifras, tendencias sobre los más variados asuntos: el incremento del PIB, las subidas del SMI, las inversiones en las redes ferroviarias. En realidad, se trata de una estrategia que lejos <strong>de contrarrestar las críticas</strong>, se limitan a darnos una versión diferente del mismo conformismo de Virgilio. Y es que en el fondo el argumentario acaba siendo el mismo: <em>¡Qué felices serían los españoles si supieran lo que ha subido el PIB! ¡Qué felices serían los trabajadores si supieran lo que se ha incrementado el SMI! ¡Qué felices serían los viajeros del tren si supieran </em><em><strong>cuántos kilómetros de vías se han renovado</strong></em><em>!</em></p><p>Esta tendencia parte de un axioma que se ha popularizado en los últimos tiempos entre buena parte de la izquierda como pretendida alternativa al viejo materialismo: <em><strong>dato mata relato</strong></em><em>.</em> La intención es plausible y responde a la incuestionable necesidad de confrontar relatos falsos y manipuladores con los hechos objetivos. El problema aparece cuando se asimila el dato<strong> con la realidad</strong>. Porque la realidad es mucho más compleja. En ella se funden y confunden datos y relatos, imaginarios y precios del alquiler, pulsiones eróticas y el coste de los huevos, <strong>cambio climático e Instagram</strong>. El listado dialéctico podría prolongarse al infinito.</p><p>El error de la izquierda ha sido <strong>renunciar a la realidad</strong> para cobijarse en la comodidad de los datos. En última instancia, los datos se pueden gestionar, la realidad no. La realidad se construye y transforma desde sí misma, en toda su poliédrica gama de conflictos y tensiones, poderes y contrapoderes. La realidad solo se afronta <strong>conjugando futuro</strong>, un futuro imaginado y compartido al que aspirar y que construir. El tiempo verbal de los datos, por el contrario, es el presente,<strong> la foto fija inmovilista</strong>, sin ayer y sin mañana. De este modo, al renunciar a la realidad, el pensamiento progresista ha terminado por entregar el monopolio de los imaginarios a una derecha con la mirada<strong> puesta en el pasado</strong>.</p><p>Si asumimos, a derecha e izquierda, la tesis de Virgilio según la cual solo la inconsciencia separa a los hombres y mujeres de su felicidad,  ¿cómo explicar entonces esta <strong>ceguera colectiva</strong>? Esta pregunta tiene importantes implicaciones en el debate público. Porque si descartamos la existencia de lógicas y conflictos, socioeconómicos y culturales, que expliquen la realidad, la única respuesta posible vuelve a emanar del pensamiento mágico: el malvado, el ser maléfico que con engaños y mentiras manipula <strong>las inocentes mentes </strong>de los ciudadanos. El nombre de ese malvado variará<strong> según la perspectiva</strong> que se adopte, pero la lógica vuelve a ser la misma. Los reaccionarios señalarán sin dudarlo a Georges Soros o a Pedro Sánchez y sus lacayos como Silvia Intxaurrondo o Héctor de Miguel. Los progresistas se inclinarán por Elon Musk o Pavel Dúrov; algunos <strong>sentirán satisfecha su radicalidad </strong>convirtiendo en anatema los nombres de Juan Roig o Antonio García Ferraras, como si solo ellos tuvieran el valor necesario para denunciarlos. </p><p>Lo grotesco de todo es que hoy no son pocos los progresistas que, al igual que los activistas del MAGA, <strong>les interesa más</strong> confirmar sus sospechas cotejando los documentos de Jeffrey Epstein, como hacen los activistas de MAGA, que estudiando a Karl Marx y tratando de descifrar los arcanos de la realidad. O lo que es lo mismo: a estas alturas, nadie parece dispuesto a preguntar a esos campesinos simbólicos que somos todos, cuáles son <strong>las causas </strong>de su infelicidad. De este modo, les dejamos sumidos en la soledad depresiva, en lugar de trabajar con ellos en agruparnos todos en la que —esta vez, sí— podría ser <strong>la lucha final</strong>.</p><p>______________</p><p><em><strong>José Manuel Rambla</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 17 Feb 2026 05:01:33 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Los campesinos felices de Virgilio]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Gobierno,Extrema derecha,Política,Redes sociales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La historia de una criada que transformó en rebeldía su violación por un cacique]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/igualdad/historia-criada-transformo-rebeldia-violacion-cacique_1_2130582.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b7edf9af-a083-4b55-ae5d-2c032303704f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La historia de una criada que transformó en rebeldía su violación por un cacique"></p><p>El servicio doméstico es un microcosmos privilegiado para observar<strong> las diferencias de clase</strong>. También, como nos recuerda estos días el <a href="https://www.infolibre.es/opinion/columnas/torbellino-de-palabras/seguimos-entender-semana-despues-julio-iglesias_129_2130034.html" target="_blank" >caso Julio Iglesias</a>, es un espejo donde se reflejan las estructuras patriarcales y, en ocasiones, las manifestaciones más brutales de violencia machista. Si a ello le sumamos la variable temporal, las vidas anónimas de algunas de estas criadas pueden llegar a contener la historia de un país. Es lo que ocurre con la biografía de <strong>María Alivio Menéndez</strong>, violada por su “amo” en la casa donde servía en la Asturias de los años veinte del siglo pasado. Como consecuencia de aquellas continuas agresiones sexuales nació su hija Carmen, quien décadas más tarde, se convertiría en la pareja del futuro secretario general del PCE, <strong>Santiago Carrillo</strong>.</p><p>Aquella violación fue una tragedia íntima que María Alivio guardó en secreto durante décadas. Ahora, su nieto, <strong>Jorge Carrillo Menéndez,</strong> recupera la historia de su abuela <strong>con el libro </strong><em><strong>Luchadoras</strong></em>, publicado por la editorial Almuzara. Fue su propia abuela quien le contó aquella traumática experiencia pocas semanas antes de morir en el verano de 2001, a la edad de 104 años. “Mi abuela me dijo: ‘Te lo cuento porque <strong>quiero que se sepa</strong>’. Aunque entonces no sabía que se convertiría en un libro, una cosa me quedó clara: mi abuela quería que se supiera", recuerda. Además ha querido también reivindicar con este trabajo la figura de su madre. “En la dirección del PCE de los últimos 40 años prácticamente nadie conocía su historia; Carmen no dejaba de ser ‘la mujer de Santiago’. Y a mí me jodía que su imagen fuera esa, porque ella fue mucho más que eso y creía que era una historia que había que dar a conocer”, afirma.</p><p>La vida de María Alivio recorre tres siglos. Nació el 26 de septiembre de 1899 en el caserío de Santullano, en el valle asturiano de Somiedo, en el seno de una humilde familia rural. <strong>Desde bien pequeña</strong>, la niña tuvo que trabajar en las faenas domésticas y agrícolas. Aunque su padre emigró a América en varias ocasiones para intentar mejorar la economía familiar, los frutos no fueron tan generosos como para permitirle regresar convertido en un rico indiano. Su afición al juego tampoco le ayudó a conservar el poco dinero reunido. En ese contexto de dificultad, a María Alivio no le quedó más opción que tomar una de las pocas alternativas que tenía una joven en aquel mundo rural: <strong>entrar como criada</strong> de familia adinerada.</p><p>Fue así como la muchacha comenzó a servir en la casa que el cacique local tenía en Aguasmestas. A Jorge Carrillo Menéndez se le quedaron grabados los comentarios que, muchas décadas más tarde, hizo su abuela en una ocasión al pasar cerca de aquella casa durante un viaje en coche: “Los días eran largos, el trabajo duro. Para la mujer del dueño, yo no existía, <strong>era como un mueble</strong>; ninguno de los dos era una buena persona”. Pero en aquel lugar María Alivio no solo iba a sufrir desprecio y explotación laboral; también viviría la pesadilla de la violencia sexual el día que el “amo” la violó por primera vez. Y no sería la última. La joven soportó aquellas agresiones con vergüenza y en soledad, sin el respaldo siquiera de unos padres que<strong> le exigían resignación</strong> para no perder el trabajo.</p><p>Hasta que quedó embarazada. Tenía 23 años y la única alternativa que le daban el cacique y el párroco era abortar. Sin embargo, María Alivio rechazó aquella salida por las convicciones religiosas que profesaba entonces y por el miedo a someterse a un aborto en las condiciones<strong> precarias y clandestinas </strong>de aquella época. Su decisión fue abandonar aquella casa tras arrancar a su dueño el compromiso de pagar los estudios de su futura hija. Y afrontar en soledad aquel embarazo, porque <strong>su familia la repudió </strong>al conocer la noticia.</p><p>Su destierro la condujo primero a Madrid y luego a Barcelona, donde se afincó a finales del verano de 1923. Una semana antes de Navidad nació Carmen. En la capital catalana, María Alivio se ganará la vida y criará a su hija<strong> limpiando casas</strong>, hasta que en 1929 entra a trabajar en un hotel. Luego, la vida de ambas se vería arrastrada por el vértigo de la historia de España: la proclamación <strong>de la República</strong>, la Revolución de Asturias y la proclamación del Estat Català, el triunfo del Frente Popular,<strong> la guerra civil</strong>.</p><p>Esta convulsa realidad fue acrecentando su conciencia y<strong> su compromiso político</strong>. Durante la guerra, la madre soltera compaginó su trabajo en el hotel —donde coincidió con brigadistas internacionales, intelectuales y políticos— con su colaboración en un hospital del Socorro Rojo Internacional. En ese tiempo mantendrá una breve pero intensa relación sentimental con Ivan, nombre de guerra de uno de los asesores soviéticos llegados a España. En enero de 1939, cuando las tropas nacionales están ya a las puertas de Barcelona, madre e hija emprenderán el camino <strong>al exilio en Francia</strong>. En su huida deberán sufrir los duros bombardeos de la aviación franquista sobre Figueres.</p><p>Pero la paz pronto dejará de ser un consuelo para sobrellevar la dura carga de la derrota. La invasión alemana volverá a obligarlas a tomar partido. Muy pronto ambas, junto con Alberto —un veterano comunista asturiano que se convertiría en la pareja de María Alivio—, comenzarán a colaborar con la resistencia. En 1943, en los momentos más duros de la lucha contra las tropas de Hitler, madre e hija ingresan <strong>en las filas del PCE</strong>. Acabada la guerra, la vida de María Alivio, siempre ligada al servicio doméstico, y la de su compañero Alberto se irán normalizando. No así la de Carmen, que intensificará su compromiso militante asumiendo nuevas responsabilidades en <strong>las Juventudes Socialistas Unificadas (JSU)</strong>. A finales de 1946, participó en Toulouse en la Conferencia de Mujeres Antifascistas, donde coincidió, entre otros, con Pablo Picasso. Unos meses más tarde, recibe una carta en la que se le propone trasladarse a París para trabajar en la sede de la JSU. Carmen no se lo pensará.</p><p>El trabajo que se le encomienda es muy delicado: fotografiar toda la documentación del Partido que llega clandestinamente desde España para archivar distintas copias en París y Praga. Esta nueva responsabilidad le obligará a pasar a <strong>la más absoluta clandestinidad</strong>, agravada a partir de 1950 cuando el gobierno francés declara ilegal al PCE e inicia una campaña de detenciones y deportaciones de militantes comunistas españoles. En ese ambiente de persecución, clandestinidad y lucha antifranquista, Carmen iniciará su relación <strong>con Santiago Carrillo</strong>, con quien se casará en 1949 y con el que tendrá tres hijos: Santiago, José y Jorge.</p><p>Es entonces cuando María Alivio decide contarle la verdad a su hija. Hasta los años 60 siempre le había dicho que su padre había muerto antes de que ella naciera. Ahora, cuando Carmen ha formado su propia familia, considera que ha llegado la hora de <strong>desvelarle el secreto</strong> de su violación. “Creo que mi abuela quiso proteger a su hija, evitarle un trauma que pudiera afectarle antes de consolidar su vida”, señala Carrillo Menéndez. Sin embargo, conocer aquella verdad tuvo <strong>un profundo impacto </strong>en Carmen. “Mi padre nos contó que ella llegó llorando tras conocer la historia. Él le dijo que María había sido una buena madre y que, aunque comprendía que para ella era traumático, para él aquello, evidentemente, no cambiaba nada”, señala.</p><p>Fue así como, por respeto a Carmen, la historia de aquella violación dejó de ser un secreto para convertirse en <strong>una losa de silencio</strong>. “Para mi madre era un tema inabordable. Yo, en alguna ocasión, después de morir mi abuela, la tanteé. Ella se quedó muy sorprendida de que yo lo supiera, pero no siguió hablando del tema”, recuerda. Jorge Carrillo Menéndez ha sido fiel a <strong>la voluntad de su madre</strong> y hasta después de su muerte, ocurrida en la madrugada del 19 de noviembre de 2019, no ha querido contar su historia.</p><p>Ahora rompe ese silencio con un libro que busca acercar a las nuevas generaciones la dura <strong>lucha clandestina antifranquista </strong>y reivindicar la memoria rebelde de su madre y de su abuela. También quiere subrayar la necesidad de combatir las agresiones sexuales que, como María Alivio, han sufrido y continúan sufriendo muchas mujeres. “Ahora hablamos de Julio Iglesias, como antes se ha hablado de otras celebridades como Gérard Depardieu. Pero hay un montón de sitios donde <strong>esto sigue ocurriendo</strong>. Es un tema que no ha desaparecido y es preciso seguir denunciando”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 24 Jan 2026 05:01:25 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <title><![CDATA[El retrogradar de Donald Trump y don Sindulfo García]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/retrogradar-donald-trump-don-sindulfo-garcia_129_2124575.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b9da1dd4-966f-4575-863f-6cc9c2126a0b_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El retrogradar de Donald Trump y don Sindulfo García"></p><p><strong>Enrique Gaspar</strong> <strong>y Rimbau </strong>es, con su novela<em> El Anacronópete</em>, uno de los pioneros del género de <strong>ciencia ficción.</strong> Concebida como zarzuela y publicada finalmente como novela en 1887, su título alude al nombre de una máquina voladora que permitía a sus tripulantes, los “<em>anacronóbatas</em>”, hacer realidad el sueño de<strong> viajar en el tiempo.</strong> El escritor español se anticipaba así varios años a <strong>H. G. Wells</strong> en imaginar un artefacto tan fantástico. Pero no solo. Su carácter visionario iba a ir más allá de la literatura para proyectarse al ámbito político. Así, al menos, lo pone de manifiesto la <strong>agresión militar de Estados Unidos a Venezuela </strong>y el<strong> secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores.</strong></p><p>Porque si algo explica el día después de esta intervención es el deseo íntimo exclamado por el protagonista del relato, <strong>don Sindulfo García: </strong>“¿Quién pudiera transportarse a aquella época, mal llamada de oscurantismo, en que el respeto y la obediencia a los superiores constituían la base de la sociedad? ¡Si yo pudiese retrogradar en los siglos!”. Este anhelo impulsará al sabio zaragozano a inventar su máquina del tiempo con el objetivo declarado de descubrir <strong>la fórmula de la inmortalidad, </strong>un codiciado secreto que le llevará desde la antigua China a las tierras de Noé en vísperas del diluvio. Pero detrás, don Sindulfo ocultaba otra intención inconfesable: <strong>encontrar en el pasado</strong> una época cuyas costumbres y <strong>leyes le permitieran obligar a su joven sobrina a casarse con él.</strong></p><p><strong>Retrogradar, </strong>ese es hoy el nuevo espíritu del tiempo. El deseo de don Sindulfo se ha convertido en el <strong>prosaico Zeitgeist</strong> de nuestros días, que con impostada provocación repiten tertulianos ultras, influencers postfascistas y políticos patriotas. Y retrogradar es, en última instancia, la lógica que marca los designios de un Donald Trump que le advierte al mundo que él controla los mandos de un nuevo <em>anacronótepe</em> modernizado por Elon Musk. <strong>¿Pero a qué siglos nos quiere llevar el empresario de la Casa Blanca?</strong></p><p>Estos días los<strong> analistas políticos </strong>no dejan de repetir que Trump nos devuelve a la <strong>doctrina Monroe,</strong> a un siglo XIX que <strong>erradica el derecho internacional, </strong>el multilateralismo, el respeto a los derechos humanos. <strong>El diagnóstico es acertado, pero ingenuo.</strong> Porque el hecho de que el <em>retrogradacionismo</em> no ejerciera su brutal hegemonía actual, no significa que este viaje al pasado no comenzara hace tiempo. De hecho, en muchos aspectos, el siglo XIX nunca se fue, del mismo modo que la doctrina Monroe no dejó de planear sobre el Chile de Allende, la Centroamérica de los 80 o la Honduras de Manuel Zelaya en 2009. Más inocente resulta el candoroso<strong> llanto por la legalidad internacional </strong>y los derechos humanos tras las experiencias acumuladas en la guerra de Irak, la cárcel de Guantánamo, la invasión de Ucrania o la eterna sangría palestina.</p><p>No, a <strong>Donald Trump</strong>, el siglo XIX le resulta demasiado cercano. Ni siquiera el siglo XVIII, pues hace tiempo que erradicó la Ilustración. Su objetivo temporal es más lejano: en concreto,<strong> 1651. </strong>Aquel año, <strong>Thomas Hobbes</strong> publicó su ensayo <em>Leviatán. </em>El filósofo inglés tenía una visión pesimista del hombre, al que concebía como un lobo para los otros hombres. Por ello defendió la <strong>necesidad de un pacto</strong> por el cual los individuos aceptaban una<strong> autoridad absoluta </strong>que garantizara la harmonía social y les mantuviera a salvo de su propio salvajismo. Las bombas sobre Caracas pretendían extirpar del tiempo aquel libro. Y lo ha logrado. Por eso Trump comparece ahora para anunciar al mundo: “La <em>Delta Force</em> ha neutralizado a <em>Leviatán</em>. Ahora mandamos los lobos. Y yo soy el macho de la manada”.</p><p><strong>Los lobos mandan en el nuevo orden mundial. </strong>Por eso, a diferencia de don Sindulfo o las viejas democracias, Trump no necesita objetivos “declarados” que enmascaren los “inconfesables” y muestra sus deseos sin hipocresía: quiero el petróleo venezolano; puedo atacar Colombia, Cuba, México; puedo invadir Groenlandia. Los lobos mandan en el nuevo mapa de la geopolítica. Y los lobos mandan <strong>también en nuestras calles. </strong>Los lobos inmobiliarios, que nos dejan sin viviendas; los lobos empresariales, carroñeros de lo público; los lobos <em>tecnomultimillonarios</em> de Silicon Valley, que exprimen nuestros datos más íntimos; los lobos hambrientos de comisiones, legales o ilegales. <strong>Ya no hay reglas; ni entre países, ni entre personas. </strong>Sólo impera el colmillo más afilado.</p><p>Frente a este panorama desolador, los líderes europeos han optado por seguir el ejemplo de<strong> María Corina Machado:</strong> encerrarse en la Casa de los Gemelos para divertir al lobo feroz con la exhibición de sus humillaciones. También para tratar de apaciguar la voracidad de los lobeznos interiores, esos “patriotas” que muestran sus dientes a los pobres mientras ejecutan extravagantes genuflexiones de sumisión ante el <strong>gran lobo de Washington. </strong>Aunque hay alguna excepción.<strong> España, </strong>por ejemplo, ha mantenido una <strong>actitud de dignidad</strong> que hay reconocer. ¿Con contradicciones? Claro, como cualquier posicionamiento político en un contexto como el actual. Porque llama la atención que quienes critican a la diplomacia española por limitarse a simples declaraciones y gestos, inocuos a su juicio, sean los mismos que sienten satisfecha su coherencia antiimperialista con la redacción de un ocurrente tuit.</p><p><strong>Retrogradar, </strong>este es hoy el verbo que conjuga la marcha de nuestro ahora. Trump ha tomado los mandos del <em>anacronópete</em> para empujarnos en una vertiginosa<strong> marcha atrás.</strong> Y los viajes en el tiempo son muy peligrosos. Como bien intuyó <strong>Enrique Gaspar </strong>en su novela, el viajero al pasado corre el riesgo de rejuvenecer hasta la inexistencia si traspasa su fecha de nacimiento. Por eso, fiel al humor de su obra, hizo que<strong> don Sindulfo </strong>inventara una sustancia, bautizada con su propio apellido, que evitara ese proceso que conduce inevitablemente a la nada. Aquella sustancia se llamaría como su protagonista:<strong> </strong>el <em><strong>fluido García</strong></em><strong>.</strong> En este periplo invertido en que nos ha metido Trump, también deberemos afrontar el mismo problema; pero con una diferencia:<strong> la cuenta atrás</strong> que ha comenzado a lo que lleva inexorablemente es a la <strong>desaparición de la democracia. </strong>Y nos tocará a nosotros, “<em>anacronóbatas</em>” a la fuerza, descubrir el <em>fluido García</em> que pueda evitarlo.</p><p>______________</p><p><em><strong>José Manuel Rambla</strong></em><em> es periodista. </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Jan 2026 05:01:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Estados Unidos,Derechos humanos,Donald Trump,Venezuela,Nicolás Maduro,Washington,Relaciones internacionales]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[¡Habéis ‘matao’ a la democracia, pero lo que me he reído!]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/habeis-matao-democracia-he-reido_129_2090045.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/2de0e637-28c4-4124-bb30-9f59696ce40f_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="¡Habéis ‘matao’ a la democracia, pero lo que me he reído!"></p><p>Hubo un tiempo en que Miguel Gila visitaba casi a diario mi ciudad, Sagunto. No lo hacía para contar chistes, ni para subirse a un escenario. Venía, como recordaba en sus memorias, <strong>para traer munición a los brigadistas</strong> checoslovacos encargados de las baterías antiaéreas que protegían su cielo de los ataques de los aviones italianos y alemanes al servicio de Franco. Y es que Sagunto, que albergaba la única siderurgia en suelo republicano y era nudo en las comunicaciones entre Valencia y el frente de Aragón, fue uno de los lugares <strong>más bombardeados durante la guerra</strong>. Tanto fue así que Juan Negrín la convirtió en ejemplo para su consigna de resistencia en el frente y en la retaguardia: el 5 de junio de 1938, tras más de 130 bombardeos fascistas, el gobierno de la República otorgaba a la ciudad el distintivo al valor y la medalla al deber a los trabajadores siderúrgicos.</p><p>Esta anécdota hizo que me resultara especialmente entrañable<strong> la mítica imagen</strong> de ese Gila con casco y armado con su eterno teléfono, que insistía en comunicar con el enemigo. Aquellas disparatadas antihazañas bélicas suelen presentarse como un alegato contra la irracionalidad de la guerra. El propio cómico, para protegerse del franquismo, favoreció esta lectura al dotar a su personaje con un halo de ingenuidad. Sin embargo, Gila no presentó a su antihéroe con las ropas del paisano, del desertor o del cobarde, sino que lo vistió con el uniforme anónimo del soldado, advirtiendo así al espectador de que, en la absurda guerra que le iba a presentar, <strong>el cómico tomaba partido</strong>, elegía bando y asumía la trinchera desde la que les hablaba.</p><p>Y esa trinchera dejaba poco margen para las dudas en aquella España marcada por la<em> Victoria</em>. Cuando el humorista hablaba de ese <em>enemigo</em> que no dudaba en agredir “a una mujer que no era de la guerra”, los espectadores tenían fresco el recuerdo de los civiles asesinados en Gernika, en Madrid, en Almería, las decenas de muertos que el 22 de diciembre de 1937 provocó el bombardeo de un mercado en Sagunto. Cuando ironizaba sobre las carencias de armamento que sufría su personaje, eran muchos los que evocaban las dificultades de un ejército republicano asfixiado por <strong>las políticas de no intervención</strong> de las potencias supuestamente democráticas. Por eso, a menudo me he preguntado si aquellas historias que Gila nos contaba sobre ese cañón que le llegó sin agujero o aquel proyectil que debían reutilizar porque no tenían otro, no las habría vivido en persona durante sus viajes a mi pueblo. En suma, toda aquella colección de disparatados chistes bélicos era, sobre todo, un acto de <strong>memoria de los perdedores</strong> que, con el subversivo recurso de la risa, reivindicaban su dignidad.</p><p>La ternura que Gila proyectaba sobre aquel soldado que se sabía derrotado, pero que aun así permanecía en su trinchera, contrasta con la despiadada mirada que el cómico lanzaba contra otro de sus grandes personajes: <em>el</em> <em>paleto</em>. Con él, el humorista no busca tanto ridiculizar el mundo rural como <strong>las tradiciones carpetovetónicas</strong> de una España profundamente franquista que se autoproclamaba tradicionalista. Supuestas costumbres que el cómico presenta en su absurda brutalidad y que hoy vuelven a ser reivindicadas con orgullo por quienes, frente a los valores ilustrados, se presentan como los defensores de un rancio esencialismo patrio en el que se combina el <strong>neoliberalismo trumpista</strong> con el regusto a cuartel y sacristía, con el olor a mierda y sangre de los toros y con la religiosidad casposa de los antiguos lanzadores de cabras desde el campanario de Manganeses de la Polvorosa. Eso sí, para actualizar sus espectáculos, Gila debería hoy sustituir la boina calada de su caricaturesco personaje por los <strong>pantalones beiges y el chaleco cayetano</strong>. O, lo que es peor, por la camiseta negra ceñida de los <em>gimnastas</em> del Núcleo Nacional.</p><p>Frente a este avance del atavismo irracional, abanderado por los cachorros de la derecha extrema y la extrema derecha, no caben las medias tintas. <strong>Toca cerrar filas </strong>y, como Gila, elegir trinchera democrática. Y hacerlo no con la desesperación de la resistencia, sino con la determinación de aspirar a la ofensiva para conquistar derechos y <strong>nuevos territorios de justicia social</strong>. Para ello, eso sí, habrá que tener cuidado para no caer en la tentación de disfrazar de purismo ideológico o de estrategia de comunicación lo que, en el fondo, no es más que una broma pesada de muy mal gusto político. De lo contrario podríamos acabar parafraseando al cómico eterno: “¡Habéis ‘matao’ a la democracia, pero lo que me he reído!”</p><p>_____________________</p><p><em> </em><em><strong>José Manuel Rambla</strong></em><em> es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 12 Nov 2025 05:01:12 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[¡Habéis ‘matao’ a la democracia, pero lo que me he reído!]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Extrema derecha,Derecha,España,Franquismo,Guerra civil,Guerra Civil española,Humor,Humoristas]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA['Furtivos': la película que doblegó a la censura franquista y que hoy no podría hacerse]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/cine/furtivos-pelicula-doblego-censura-franquista-hoy-no-hacerse_1_2082324.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/17141ecb-92e0-45c9-b42e-2c57dedc9a7b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="'Furtivos': la película que doblegó a la censura franquista y que hoy no podría hacerse"></p><p>Del oso de Favila al elefante de Juan Carlos I, <strong>la caza forma parte del imaginario histórico español</strong>. Pero en pocas etapas como en <strong>el franquismo</strong> esa presencia ha sido tan evidente. Los reportajes en prensa y el NO-DO se encargarían de acercar a los españoles <a href="https://www.infolibre.es/politica/vuelve-escopeta-nacional-pp-quiere-seguir-caceria-parques-nacionales_1_1106256.html" target="_blank" >la afición cinegética de Franco</a> y sus famosas monterías en El Pardo, donde la alta alcurnia del régimen combinaba, entre cartuchos y escopetas, las discretas conversaciones políticas y los negocios turbios. No sorprende que el imaginario colectivo acabara identificando el franquismo con <strong>el dulzón olor a sangre y animal muerto</strong> de aquellas batidas organizadas a mayor gloria de la puntería impostada del Caudillo. </p><p>Esa fuerza simbólica no pasó desapercibida para el cine español. Especialmente entre unos cineastas influidos por el clásico de Jean Renoir, <em>La regla de juego</em> (1939), una ácida crítica de la alta sociedad parisina con una cacería como escusa. <a href="https://www.infolibre.es/videolibre/playlist-de/carlos-saura-corrupcion-mal-endemico-espana-no-ahora_1_1195244.html" target="_blank" >Carlos Saura</a> fue el primero en abrir la veda<em> </em>con <em><strong>La caza</strong></em><em> </em>(1966), una película de culto de la que, por cierto, se estrenará pronto una secuela feminizada, dirigida por Pedro Aguilera y protagonizada por Carmen Machi, Rossy de Palma, Blanca Portillo y Zoé Arnao. El filme, que le valió a Saura <strong>el Oso de Plata en Berlín</strong>, convertía aquella cacería de conejos en una metáfora de los fantasmas de la Guerra Civil, la claustrofobia del franquismo y los <em>pelotazos</em> desarrollistas del régimen. No menos memorable es la grotesca sátira de <a href="https://www.infolibre.es/veranolibre/cien-anos-nacimiento-berlanga-director-sono-cine-censura-no-le-dejo-rodar_1_1199005.html" target="_blank" >Luis García Berlanga</a> con <em>La escopeta nacional </em>(1978), con la que abrió <strong>su trilogía de la familia Leguineche</strong>. Y pocas escenas condensarán la opresión clasista de la dictadura como aquella de Alfredo Landa en <em>Los santos inocentes </em>(1984), de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/muere-86-anos-director-cine-mario-camus_1_1209357.html" target="_blank" >Mario Camus</a>, arrastrándose para olfatear el rastro de la presa para el señorito.</p><p>Pero, sin duda, la película de esta temática que más impacto tuvo en su momento fue <em><strong>Furtivos</strong></em>, de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/cine/jose-luis-borau-ventana-abierta-mundo-tardofranquismo-cine-memoria-pais_1_2014858.html" target="_blank" >José Luis Borau</a>, que ahora cumple 50 años. Presentada el 8 de septiembre de 1975 en los cines Amaya de Madrid, pocas semanas antes de los últimos fusilamientos del régimen y de la muerte del dictador, el filme de Borau será <strong>la gran metáfora de los estertores del franquismo</strong>. Como destaca <strong>Carlos F. Heredero</strong>, historiador y crítico de cine, director editorial de la revista <em>Caimán</em> y autor del libro <em>Furtivos. 50 años, </em>“la película se concibe, se rueda y se estrena a pocos meses de la muerte del dictador, en un momento de agonía del régimen y de mucha crispación, de mucho movimiento en la sociedad española por todas las tensiones acumuladas en aquel contexto pretransicional o de tardofranquismo”.</p><p>Sin embargo, Manuel Gutiérrez Aragón, coguionista junto a Borau del filme, recuerda que la película <strong>no pretendió ser una crítica al franquismo</strong>. “En su origen no había nada metafórico. Fue la época y la gente los que interpretaron la violencia de la película como algo aplicable a lo que pasaba en España, que era terrible con <a href="https://www.infolibre.es/politica/verdugos-ultimos-cinco-fusilados-dictadura-franco_1_2069895.html" target="_blank" >las condenas a muerte</a>. Fueron los espectadores los que hicieron de <em>Furtivos </em>la película de un momento histórico”. En realidad, cuando Borau le pidió una historia, Gutiérrez Aragón se limitó a ofrecerle un caso real que conocía de Cantabria, el de <strong>Pepe el de Fresneda</strong>. “Era un furtivo astuto, de esos al que los guardas forestales nunca pueden cazar. Y la única manera que tuvieron para acabar con él fue hacerle guarda. Esta historia dio origen a <em>Furtivos</em>. Me parecía curioso que la única manera de acabar con un delincuente fuera hacerle policía”, comenta. Una historia <strong>con ecos de</strong> <strong>Marceau</strong>, el furtivo reconvertido en criado que desencadena la tragedia en el filme de Renoir.</p><p>Aquella idea <strong>carecía de la carga de violencia</strong> que Borau le fue añadiendo y que reforzaría la posterior interpretación metafórica. Paradójicamente, también ayudaría a esa lectura <strong>el mismo dictador</strong>. “Franco, en algunos de sus discursos delirantes, había dicho que España era un bosque en paz”, comenta Heredero: “Y la película hablaba de un bosque bajo cuya apariencia idílica tenían lugar todo tipo de violencias, se transgredían todo tipo de tabús: incesto, matricidio, violencia salvaje. Era inevitable, y así ocurrió, que la crítica de la época y los espectadores leyeran la película como una metáfora de ese bosque en paz, que decía Franco, bajo cuya hojarasca se cometían todo tipo de barbaries".</p><p>En cualquier caso, lejos de motivaciones políticas, el filme nació fruto, sobre todo, del despecho del director por <strong>la frialdad con que había sido acogido su anterior trabajo</strong>, <em>Hay que matar a B. </em>(1974). “Borau siempre me suspendía en la Escuela de Cine, nos llevábamos bastante mal porque yo era un alumno rebelde. Sin embargo, ya sabes, los opuestos se atraen y cuando tuvo dificultades después de <em>Hay que matar a B.,</em> curiosamente llamó de guionista al que siempre suspendía, que era yo”, evoca Gutiérrez Aragón. A partir de ese momento, el proyecto <strong>se desarrolló a un ritmo frenético</strong>. En junio, ambos cineastas escriben el guion a contrarreloj; en octubre, sin la autorización preceptiva, están rodando en los bosques de Segovia. “Es un proceso absolutamente anómalo, incomprensible para la industria cinematográfica. Todo se hace muy deprisa porque es la urgencia lo que mueve a Borau”, destaca Heredero.</p><p>El resultado es una película, interpretada por Lola Gaos, Ovidi Montllor, Alicia Sánchez y el propio José Luis Borau, con <strong>una violencia asfixiante</strong> que Luis Cuadrado subraya desde la dirección de fotografía. Una violencia que, según Heredero, parte de la visión que Borau <strong>tiene del universo rural</strong>. “Siempre pensó el mundo rural como un universo atávico, donde pueden tener lugar todo tipo de maldades. Y quiere extraer hasta las últimas consecuencias de lo que les ocurre a unos personajes a los que muestra, sin condenar, incapaces de controlar sus frustraciones y sus sentimientos más primitivos, arrastrados por la furia de sentimientos irracionales”.</p><p>El filme, en realidad, será una excepción en la filmografía de Borau, más centrada en <strong>relaciones interculturales complejas entre lenguas, países y culturas</strong>. “Tras la decepción por <em>Hay que matar a B,</em> Borau decía que quería hacer una película que fuera "española hasta las trancas y que, además, lo pareciera’”, dice Heredero. “Y <em>Furtivos </em>es una película de raíces estrictamente celtibéricas que enlaza con el tremendismo de Cela, la pintura de Gutiérrez Solana, incluso con Valle-Inclán. Es una película donde todo nace de un humus rural enclavado en lo más profundo de la España rural, en lo más profundo de la España profunda”.</p><p>Acabada la película, los tiempos frenéticos que el realizador se había impuesto <strong>se verán frenados de golpe por una censura</strong> que tuvo seis meses bloqueada su exhibición. “De la película les molestaba todo”, afirma Gutiérrez Aragón, “especialmente la atmósfera de violencia. Pero ahí el director, que era también productor, se resistió, dijo que no cortaba nada y ganó”. La presencia entre los personajes de <strong>un patético gobernador civil</strong>, un papel pensado para José Luis López Vázquez, pero interpretado finalmente por el propio Borau, aumentaba la presión censora. Pero <strong>el realizador no cedió</strong>. "Se jugaba, entre otras cosas, su inversión”, destaca Heredero, y subraya: "Estamos ante una película en la que es productor, coguionista, director, actor, montador y distribuidor. Controla absolutamente todo. Es una apuesta muy personal, muy kamikaze. Mejor dicho, absolutamente kamikaze”. </p><p>Para defender su postura, Borau se aferra a una norma que admitía la distribución sin cortes de una película <strong>si esta pasaba por un festival</strong>. Y <em>Furtivos</em> estaba seleccionada en <a href="https://www.infolibre.es/cultura/festival-san-sebastian-vuelca-gaza-homenajea-marisa-paredes_1_2066355.html" target="_blank" >San Sebastián</a>. Finalmente, antes de proyectarse en el certamen, el filme se<em> </em>estrena<em>,</em> <strong>sin autorización</strong>, en el pequeño cine madrileño y las sesiones se llenan con un público conocedor de la polémica con la censura. Unas semanas más tarde obtiene <strong>la Concha de Oro de San Sebastián</strong>, en una edición donde compite con títulos como <em>Tiburón</em>, de Steven Spielberg, y <a href="https://www.infolibre.es/cultura/francis-ford-coppola-premio-princesa-asturias-artes_1_1113000.html" target="_blank" >Francis Ford Coppola</a> presenta <em>El padrino II. “</em>A partir de ahí la película se convierte en un auténtico fenómeno de masas”, afirma Heredero. El filme registra más de 3,5 millones de espectadores y una producción de 11 millones de pesetas acaba <strong>recaudando más de 400 millones</strong>. “Ninguna otra película, de eso que entonces llamábamos el cine metafórico de la transición, se acerca ni de lejos a unas cifras y a un impacto popular tan enorme”, destaca el experto.</p><p>El premio, sin embargo, encierra una curiosa paradoja: <em>Furtivos</em> triunfó en una edición del festival boicoteada por los cineastas en protesta por <strong>los fusilamientos</strong> que se ejecutarían poco después de la entrega de premios. “La película se presentó en un festival del que muchas películas y directores se retiraron como protesta por las condenas de muerte de septiembre. Pese al boicot, <em>Furtivos</em> se mantuvo en San Sebastián y, curiosamente, acabó convertida <strong>en símbolo del antifranquismo</strong>. Es el juego de las contradicciones”, reflexiona Gutiérrez Aragón. De hecho, el rostro más decisivo del filme se negó a asistir al festival: <strong>Lola Gaos</strong>.</p><p>Porque, sin duda, <em>Furtivos</em> es la gran película de esa <strong>eterna y rebelde secundaria</strong> del cine español. Su presencia es clave en el filme y así lo quiso desde el principio el propio realizador. “<em>Furtivos</em> es la gran película de Lola Gaos, sin ninguna duda. Cuando Borau llama a Manolo Gutiérrez Aragón y le dice quiero escribir una película contigo, Manolo le contesta: ‘Muy bien, pero ¿qué quieres que contemos?' Y Borau le responde: 'Quiero hacer una película con Lola Gaos en un bosque'”, comenta Heredero. A partir de ahí ambos <strong>encadenan imágenes e ideas</strong>: se acuerdan de que el personaje que interpretaba Lola Gaos en <em>Tristana, </em>de Luis Buñuel, se llamaba Saturna y esto los lleva al <em>Saturno devorando a su hijo </em>de Goya<em>.</em> Y ahí se establece un vínculo metafórico: “El personaje de Lola Gaos, que se llamará Martina, pero viene de la Saturna de Buñuel, devora física y sexualmente a su hijo dentro del bosque en una relación brutal y violentamente incestuosa". El resultado es <strong>una metamorfosis mágica</strong>. “Lola Gaos, que es una intelectual urbanita que nada tiene que ver con el mundo rural, parece que forma parte de la naturaleza. Ahí nace la ferocidad ancestral de ese personaje maravilloso que convierte a Lola Gaos en la gran figura de la película”.</p><p>Finalmente, todos los astros se alinearon para que <strong>un proyecto condenado al fracaso</strong>, como le advertía Luis Cuadrado a Borau todos los días de rodaje, acabe convirtiéndose en una obra maestra del cine español de gran incidencia cultural, social y política. “Como se decía entonces con un lenguaje que ahora nos suena un poco cursi, <em>Furtivos</em> fue una película que contribuyó a ampliar los límites de lo decible”, comenta Heredero. En este sentido, destaca que fue la primera película española que se empezó a rodar sin permiso, la primera que se exhibió sin permiso y la primera que<strong> doblegó a la censura</strong>. “Más allá de la voluntad de sus autores, la película actuó como ariete para romper muchas cadenas que hasta entonces estaban cerradas”, asegura.</p><p>Cincuenta años más tarde, Manuel Gutiérrez Aragón cree que hoy “los nuevos espectadores ven <em>Furtivos</em> como la película de una época, aunque se siguen sorprendiendo de su dureza terrible”. De hecho, el cineasta admite que sigue <strong>sin saber cómo pudo rodarse</strong>. Y destaca: “Esta película hoy no podría hacerse. No por la censura política, que no la hay; no se haría porque está llena de cosas raras: machismo, sadismo, muerte de animales, de todo. Ahora menos, porque entonces, pese a la censura, la hicimos. Hoy no llegaría ni a producirse, porque la gente que maneja el cine la rechazaría”.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 20 Oct 2025 04:01:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Cine,Directores cine,Cine español,Industria cine,Franquismo,censura]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Jóvenes rebeldes sin pausa]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/jovenes-rebeldes-pausa_129_2075499.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/396d6d8b-0a9d-4640-ab67-5c9104d226c9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Jóvenes rebeldes sin pausa"></p><p>La publicación de<em> The Lonely Crowd</em> en 1950 despertó inquietud en la sociedad americana. El estudio, dirigido por el sociólogo<strong> David Reisman, </strong>mostraba cómo <strong>la clase media americana </strong>tendía a definir su consumo, su ideología, su religión y su forma de vida no desde ideas y deseos propios, sino buscando<strong> la aprobación de los demás.</strong> El sueño americano parecía así más amenazado por el conformismo y aburrimiento que por los misiles de Moscú. Las agencias de publicidad, que entonces vivían una auténtica revolución, tomaron nota y buscaron un <strong>modelo alternativo que fuera revulsivo social </strong>y, sobre todo, renovado<strong> motor del consumo. </strong>Nació así la <em>juventud</em>.</p><p>Frente al americano gris, la<strong> juventud</strong> sería paradigma de <strong>inconformismo, vitalidad, frescura, deseo constante de novedad.</strong> El cine proyectará aquel ideal. László Benedek fue pionero al presentarnos en <em>Salvaje </em>(1953) a un Marlon Brando motero e inadaptado. Le seguiría <em>Semilla de maldad </em>(1955), de Richard Brooks, una historia de adolescentes inadaptados que, además, al incluir en su banda sonora el <em>Rock around the clock, </em>de Bill Haley & His Comets, llevó por primera vez el rock a la pantalla. Pero <strong>la película que fijó aquel imaginario</strong> será <em><strong>Rebelde sin causa</strong></em><em> </em>(1955), de Nicholas Ray. La muerte de su protagonista, James Dean, reforzará el mito juvenil.</p><p>Aquel título condensaba<strong> la esencia del modelo. </strong>Lo joven deberá ser individualista e inadaptado; pero, sobre todo, deberá <strong>carecer de causas.</strong> Sus metas las señalarán unas agencias publicitarias empapadas de contracultura, espíritu hippie e incluso ansias revolucionarias. Una revolución nihilista y sin causa. Si no acatabas esas premisas, desaparecías. Por eso, <strong>Gilles Tautin,</strong> el adolescente de 17 años que murió ahogado en el Sena acosado por la policía cuando apoyaba a los huelguistas de la fábrica Renault, o los obreros de la Peugeot, <strong>Henri Blanchet</strong> y <strong>Pierre Beylot,</strong> asesinados por la gendarmería, serán <strong>borrados de los publirreportajes del 68.</strong> Y la misma suerte correría quien osara salirse de un guion que exigía buscar playas bajo los adoquines del Barrio Latino para, como pedían los airados jóvenes burgueses, llevar la imaginación al poder. </p><p>Aquella era, de hecho, la única reivindicación que el poder iba a asumir: <strong>volverse multicolor y hedonista.</strong> Para los publicistas del 68, el objetivo “revolucionario” no era la justicia social sino <strong>consolar con imaginación el desasosiego existencial de James Dean. </strong>Eso y transformar la rebeldía en reclamo consumista, claro. En España el modelo tardó en llegar, pero llegó, como reflejó en 1980 una famosa canción:<em> el futuro ya está aquí / y yo caí / enamorado de la moda juvenil / de los precios y rebajas que yo vi</em>. Aunque Radio Futura renegó pronto del tema (que nunca volvió a interpretar), el éxito fue abrumador. <strong>La</strong><em><strong> moda juvenil</strong></em><strong> había fagotizado las esperanzas de la lucha antifranquista.</strong></p><p>En realidad, <strong>Pier Paolo Pasolini </strong>ya nos había advertido mucho antes. Tras los disturbios en Valle Giulia, el 1 de marzo de 1968, escribió un duro poema contra los estudiantes: <em>Tenéis cara de hijos de papá / que la buena casta no engaña / la misma mirada maligna.</em> Como contraste provocador, Pasolini veía en los policías el rostro de los <strong>campesinos y de los obreros. </strong>Su conclusión fue demoledora: <em>En Valle Giulia, ayer, / se desarrolló, pues, un episodio / de lucha de clases: y vosotros, amiguitos (bien que en el bando / de la razón) erais los ricos, / mientras que los polizontes (que estaban en el bando / equivocado) eran los pobres.</em> </p><p>Desde entonces<strong> los hijos </strong><em><strong>rebeldes</strong></em><strong> </strong>de aquellos ricos <strong>no han dejado de enriquecerse </strong>vendiéndonos el sueño de una eterna juventud. La realidad entera adaptó su <strong>engranaje cultural, </strong>social y económico al modelo. Todo se hizo<strong> joven y </strong><em><strong>creativo</strong></em><strong>. </strong>Los trabajos se flexibilizaron <em>contra</em> el aburrimiento. La formación se hizo continua, hasta transformarnos en perennes aprendices. <strong>La precariedad se reconvirtió en </strong><em><strong>freelance</strong></em><strong>, </strong>como si el falso autónomo fuera un intrépido corresponsal de guerra que cambió su macuto por la mochila de Glovo. Y el mundo se llenó de <em>experiencias</em>: desde ser trotamundos de Ryanair hasta sentirse<em> </em>alegres universitarios en piso compartido por no poder pagar una vivienda.</p><p><strong>Vidas jóvenes en cuerpos jóvenes.</strong> Los grandes almacenes se llenarán de ropa desenfadada; los gimnasios moldearán nuestros músculos; las industrias farmacéuticas y alimentarias nos atiborrarán de proteínas y el<strong> negocio de la estética </strong>nos facilitará desde un corrector de arrugas al bisturí más diestro. España ronda el millón de tratamientos estéticos al año, un negocio que factura ya <strong>4.000 millones de euros. </strong>Estar joven no tiene precio. Ni edad. La Sociedad Española de Medicina Estética estima que el 20% de los pacientes tiene entre 16 y 24 años. Nunca se es suficientemente joven para el canon de <em>TikTok</em> o <em>Instagram</em>. <strong>El neoliberalismo se legitimaba</strong> así con <strong>indumentaria juvenil </strong>y los multimillonarios, como Elon Musk o Mark Zuckerberg, se presentaban como desenfadados universitarios en una fiesta de fin de curso. Pero llegó 2008 y descubrimos que no estábamos invitados a esa fiesta. </p><p>Pese a ello, el capitalismo <em>hollywoodiense</em> no tenía recambio para la película juvenil que nos había vendido. Se hizo preciso, pues, actualizar el argumento para no perder el favor de un público que ya se cuestionaba algunos personajes. Especialmente, el más delicado de todos: <strong>el malvado. </strong>Cada vez más espectadores pensaban que ese papel<strong> les correspondía a los ricos, </strong>por eso los guionistas oficiales trabajaron a fondo para ofrecer una<strong> larga lista de malvados alternativos </strong>a los que debería enfrentarse el héroe juvenil: el migrante, la feminista, el sindicalista, el izquierdista. Y el viejo. El viejo, y no el rico, era el responsable de que los excluidos de la fiesta vieran amenazado su consuelo al botellón; el viejo con sus <em>privilegiadas</em> pensiones, con su dependencia de una sanidad pública que la vitalidad juvenil no necesita. </p><p>Esta vez, además, era preciso no dejar cabos sueltos. Era imprescindible<strong> introducir en el guion una definitiva vuelta de tuerca </strong>que ni Henry James hubiera podido imaginar. Y para ello, encontraron inspiración en un fenómeno juvenil chino. Una de las cosas que sorprende del metro de Beijing es cruzarse con muchachas ataviadas con vestidos de la dinastía Han. Es el pujante <em>movimiento Hanfu</em>, reflejo de un orgullo nacional que vincula el desarrollo actual del país con el esplendor milenario del imperio chino. Pero <strong>en Occidente </strong>no hay orgullo sino, especialmente entre los jóvenes varones, <strong>un profundo sentimiento de decadencia. </strong>Había pues que adaptar el modelo. Y para ello, los publicistas sustituyeron a James Dean por el patético Ignatius J. Reilly, aquel protagonista de <em>La conjura de los necios,</em> la novela de John Kennedy Toole, que no veía otra salida a su frustración vital que regresar al orden teológico feudal.</p><p>Incapaz de ofrecer futuro, <strong>el capitalismo nos vende pasado como lo último en moda joven.</strong> Era la jugada maestra: lograr que las generaciones Z y Alfa renunciaran al mañana para reivindicar el ayer más <em>vintage</em> y casposo. La operación fue un éxito arrollador. Bastaba con ver cómo, por ejemplo, los españoles más jóvenes, espoleados por las redes sociales, se aprestaban a <strong>considerar </strong><em><strong>cool</strong></em><strong>  la defensa del franquismo, </strong>de la cruz borgoña y de Don Pelayo. </p><p>Nada parecía detener aquel movimiento tan jovialmente<strong> reaccionario. </strong>Hasta que, de repente, un día sucedió lo imprevisto. Las ciudades se llenaron de hombres, mujeres y trans, de niños, jóvenes y viejos, de migrantes, nativos y apátridas, gritando por las calles <em><strong>Palestina libre. </strong></em>Y<em> </em>el nerviosismo volvió a apoderarse de los guionistas. Porque una multitud que grita <em>Palestina libre</em> es un sujeto peligroso capaz de <strong>recordar o soñar causas perdidas</strong>. O lo que es lo mismo, dispuesto todavía a<strong> imaginarse el futuro.</strong></p><p>________________</p><p><em><strong>José Manuel Rambla </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 13 Oct 2025 04:00:30 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Elon Musk,Mark Zuckerberg,Estados Unidos,Derecha,Liberalismo político,Fascismo,Moda,Belleza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El sabio musulmán que nos descubrió el horizonte]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/sabio-musulman-descubrio-horizonte_129_2067071.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/70ce1175-c905-47e2-9b45-5bddb9a331f2_16-9-discover-aspect-ratio_default_1020054.jpg" width="1526" height="859" alt="El sabio musulmán que nos descubrió el horizonte"></p><p>Los defensores de la superioridad de la <em><strong>civilización</strong></em><strong> occidental </strong>suelen acompañar sus ensoñaciones con una pregunta maliciosa: ¿Qué nos han dado a nosotros los musulmanes? La lista, claro, es tan extensa como su ignorancia: la <strong>mezquita de Córdoba, la Alhambra, los regadíos,</strong> miles de las palabras de nuestro idioma, exquisita literatura erótica como <em><strong>El collar de la paloma </strong></em>de Ibn Hazn<em>, </em>la cultura arrocera que hizo posible nuestra paella. La enumeración es interminable. Pero si hubiera que elegir aquella aportación que más ha marcado nuestra cultura y nuestra historia, esta sería, sin duda, <em><strong>el horizonte</strong></em>.</p><p>Se la debemos al astrónomo, matemático y óptico, nacido en Basora el 965, <strong>Abu Ali al-Hasan Ibn al-Haytham</strong>, también conocido como <strong>Alhazén</strong>. Sin sus investigaciones con la cámara oscura, invenciones como, por ejemplo, la fotografía o el cine hubieran sido impensables. Pero, sobre todo, las traducciones de su obra a partir del siglo XIII permitieron a los artistas del Renacimiento<strong> introducir la perspectiva</strong> en sus cuadros. Lo conseguían uniendo con una línea invisible el ojo del espectador y un punto de fuga situado en el lienzo. Con la perspectiva, el horizonte entró en la pintura. Y también en nuestro imaginario.</p><p>Esta representación del horizonte, como ha observado la videoartista y crítica alemana, <strong>Hito Steyerl</strong>, abonó en las mentalidades europeas la idea de un <em><strong>plus ultra</strong></em><em>,</em> un espacio ignoto más allá de aquella línea imaginaria, que era posible <strong>alcanzar, </strong><em><strong>descubrir, </strong></em><strong>conocer e incluso dominar</strong>. Se sentaban así las bases del imperialismo. Pero, además, la abstracción de este imaginario <em>más allá</em> alcanzable en el espacio y el tiempo posibilitó una idea crucial para la razón ilustrada, la de progreso. Nada de esto, clave para la <em>civilización</em> occidental, hubiera sido posible sin los estudios de Abu Ali al-Hasan Ibn al-Haytham.</p><p>En cualquier caso, este éxito del horizonte <strong>partió de una trampa</strong>. Permitía que en la lógica de la razón ilustrada se colara un sentimiento irracional: la esperanza. Esa simbiosis entre razón y esperanza, sin embargo, desapareció hace tiempo. Steyerl fija la escisión en un cuadro de Turner: <em><strong>El barco de esclavos </strong></em><strong>(1840)</strong>.<em> </em>El lienzo representa el momento en que un buque negrero arroja por la borda a muchos de los esclavos que transporta. Su composición contiene varios puntos de fuga, <strong>rompiendo con la perspectiva lineal </strong>y convirtiendo en imposible el horizonte. Sin horizonte ni esperanza, todo el protagonismo pasa al crimen que representa el lienzo. Tras esta ruptura artística vendrían<strong> dos guerras mundiales, Hiroshima y Nagasaki, el Holocausto judío, el Gulag, Vietnam, Irak</strong>... La razón perdía toda esperanza y el mundo se quedaba sin horizonte.</p><p>La izquierda, <strong>heredera de la Ilustración</strong>, no fue inmune a la pérdida. Lo dejaba patente un viejo chiste soviético: Durante su visita a una fábrica, uno de los obreros le preguntó a<strong> Nikita Krushev</strong>: “Camarada, ¿cuándo pasaremos del socialismo al paraíso comunista?” El líder soviético tomó por el hombro al trabajador y le dijo: “Camarada, ya vemos el comunismo en el horizonte”. El obrero, intrigado por la respuesta, lo primero que hizo al llegar a su casa fue consultar el diccionario. Y allí encontró la siguiente definición: “Horizonte: línea imaginaria que separa el cielo y la tierra que cuanto más nos acercamos a ella, más se aleja”.</p><p><strong>Huérfana de horizonte y esperanza,</strong> la razón se desprendió de su afán ilustrado para cobijarse desde finales del siglo XX en lo que <strong>Peter Sloterdijk</strong> denominó<em> razón cínica. </em>Su funcionamiento es demoledor: la sociedad está perfectamente informada, conoce los problemas –de la desigualdad al cambio climático –, pero cínicamente<strong> opta por ignorarlos</strong> como si no pasara nada. La razón cínica se adaptaba así a las necesidades del <strong>discurso conservador y del capitalismo neoliberal</strong>. <strong>Carlos Mazón</strong> es, en este sentido, su mejor ejemplo: un presidente autonómico, informado de unas inundaciones que acabarán causando <strong>229 muertos</strong>, pero incapaz de encontrar motivo alguno para abandonar su larga sobremesa en <strong>El Ventorro</strong>.</p><p>Pero, a diferencia de la autocomplacencia de Mazón, la <strong>razón cínica</strong> ha sumido a la mayoría social en un insoportable desasosiego, un sentimiento de angustia como el experimentado por aquellos personajes de <em><strong>El ángel exterminador</strong></em><strong> (1962)</strong> de Buñuel, a los que una fuerza misteriosa impedía abandonar la mansión donde celebraban una fiesta. Estas sensaciones no son ajenas a la nueva percepción del espacio que se impone en nuestro imaginario. Porque, como destaca <strong>Steyerl, </strong>el horizonte ha sido sustituido por imágenes captadas desde arriba, que nos aplastan contra el suelo y que eliminan cualquier punto de referencia que permita orientarnos. Son las omnipresentes imágenes de las cámaras de seguridad, de<strong> GoogleMaps</strong>, de los satélites, de los drones. </p><p>Si el horizonte abrió la puerta a la esperanza, estas imágenes provocan <strong>desesperación y miedo</strong>. <strong>Gaza</strong> es su gran paradigma: cientos de miles de personas atrapadas en un pequeño espacio cerrado, deambulando sin rumbo bajo la mirada de unos drones que les <strong>observa y asesina</strong>. No es extraño que <strong>Hitchcock</strong> y el cine de terror fueran pioneros en utilizar este tipo de planos cenitales. Tampoco sorprende que este imaginario visual le resulte propicio a una ultraderecha que hace del miedo su razón de ser. Y que, como antídoto a la desorientación, nos ofrece el brutal consuelo del odio. Si la razón cínica legitimó “democráticamente” al neoliberalismo, hoy este <strong>cinismo irracional </strong>busca consensos para un capitalismo que ya no puede reivindicarse en las profecías de<strong> Milton Friedman </strong>y que ha roto definitivamente con la democracia.</p><p>En este contexto, ¿será posible volver a conciliar razón y emoción en un proyecto emancipador o, al menos, de convivencia? Paradójicamente, las protestas contra el genocidio en Gaza<strong> nos demuestran que sí.</strong> Cuando logramos cambiar el miedo por la rabia,<strong> el odio por la solidaridad</strong>, podemos superar la paralizante razón cínica sin caer en el cinismo irracional del<strong> fascismo</strong>. De ahí la virulencia con que conservadores y ultraderechistas atacan e intentan denigrar, por todos los medios, la causa palestina.</p><p>¿Es posible recuperar los horizontes? No será fácil, pues las enseñanzas de Abu Ali al-Hasan Ibn al-Haytham ya no son suficientes. Habrá que tener presente, por ejemplo, las palabras de<strong> Ángel González</strong>: “sin esperanza, con convencimiento”. Porque esos nuevos horizontes —en plural pues deberán incluir <strong>múltiples miradas</strong>— no tendrán ya la ilusa esperanza de antaño y deberán construirse sobre esa fe laica que reclamaba el poeta. Hoy el autoritarismo del odio <strong>se presiente inevitable</strong>, es cierto. Pero también es cierto que, como nos recuerda <strong>Franco </strong><em><strong>Bifo </strong></em><strong>Berardi</strong>, en ocasiones, cuando ya estamos rendidos a lo inevitable, ocurre un extraño milagro que hace posible lo imprevisible.</p><p><em>_________________</em></p><p><em><strong>José Manuel Rambla </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 25 Sep 2025 04:00:25 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El sabio musulmán que nos descubrió el horizonte]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Capitalismo,Carlos Mazón,Gaza]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El reflejo de Narciso en la cloaca]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/reflejo-narciso-cloaca_129_2055475.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El reflejo de Narciso en la cloaca"></p><p>Uno de los secretos del éxito adictivo de las redes sociales es haber minimizado en una pantalla que cabe en nuestra mano, aquel estanque en que <strong>Narciso contemplaba hipnotizado el reflejo de su propia hermosura.</strong> La Inteligencia Artificial ha ido perfeccionado este recurso hasta convertir nuestros móviles en ese espejito, espejito mágico que le confirmaba a la reina malvada que era la mujer más bella del mundo. Solo que, a diferencia del cuento, nuestro adulador espejo está diseñado para <strong>no contrariarnos nunca,</strong> de modo que en la lógica de su sistema no está previsto que nos informe de aquello que pudiera poner en duda nuestra vanidad. Por eso jamás nos hablará de la existencia de Blancanieves.</p><p>Esta ignorancia masturbatoria, sin embargo, no nos mantiene a salvo de la tragedia. De hecho, <strong>el propio Narciso murió ahogado en el estanque,</strong> al no poder refrenar el impulso de arrojarse a él en un vano afán por poseer la imagen seductora de su propio reflejo. En cualquier caso, ni siquiera en ese trance fatal dejamos hoy de sentir esa mano virtual y consoladora que nos acompaña hasta en el último paso. La periodista Laura Reiley tuvo ocasión de comprobarlo al leer la carta que le escribió su hija Sophie. Había en aquellas líneas algo que desentonaba, que chirriaba, que distorsionaba la voz de su hija. Sophie tenía inclinaciones suicidas y durante meses estuvo consultando a Harry, un <strong>terapeuta virtual creado por IA. </strong>Harry le dio buenos consejos, intentó que abandonara aquellas obsesiones que la empujaban al abismo. Pero fracasó. Sin embargo, eso no impidió que fuera fiel al <strong>mandato de complacerla </strong>que le impuso su programador. Por eso, aunque Harry no pudo impedir su muerte, la halagó hasta el final corrigiendo para ella su carta de despedida.</p><p>Adam Raine, un adolescente de 16 años, también consultó en ChatGPT cómo podía disimular la marca que le había dejado<strong> la soga con la que había intentado suicidarse.</strong> Y el muchacho se sintió tan satisfecho con la respuesta que, tiempo después, tras decirle que estaba “practicando”, subió la fotografía de una cuerda atada a un armario para preguntarle si la veía bien. <strong>"Sí, no está nada mal", </strong>le contestó. Luego le pidió que calculara si aquel improvisado patíbulo doméstico sería capaz de sostener el peso de un cuerpo humano. ChatGPT le contestó afirmativamente e incluso le proporcionó información técnica del armario. Tras ello, la aplicación le envió un nuevo mensaje: “Cualquiera que sea la razón de tu curiosidad, podemos hablar de ello. Sin juzgar”. Pero<strong> Adam ya no respondió.</strong></p><p><strong>La IA acompaña nuestras soledades en el viaje al precipicio. </strong>Y las redes sociales transforman el salto al abismo en un espectáculo. Incluso en una oportunidad de negocio, aunque el negocio sea vender tu propia muerte. Raphaël Graven, alias <strong>Jean Pormanove,</strong> hizo de ese salto al vacío un modo de vida. Este francés de 46 años, minusválido, desdentado y ávido de amistad vio cómo su popularidad se disparaba como <em>streamer</em> en la plataforma Kick. E incluso conseguía ingresos. A cambio, solo debía dejarse filmar mientras era vejado, humillado, insultado, golpeado; en suma, solo debía de ser él mismo. Hace unos días, <strong>Graven murió tras 289 horas de emisión en directo ininterrumpidas.</strong> Hasta 15.000 personas llegaron a estar conectadas para contemplar su lenta agonía. Sin duda, muchos de ellos quedaron impactados por un espectáculo que acabó superando sus expectativas.</p><p><strong>La tragedia es una gran oportunidad </strong>y Graven la aprovechó mientras pudo. Otros, cientos, la buscaron, pero no tuvieron su suerte. <strong>Murieron antes de poder subir a Tik Tok o Instagran esas imágenes definitivas</strong> junto a cualquier abismo. O tratando de superar ese reto viral que les garantizase un microsegundo de gloria. No importa edades ni razas. Pan Xiaoting falleció tras pasar diez horas ininterrumpidas engullendo alimentos, <strong>mientras trataba de conquistar fama</strong> y algo de dinero promocionándose como<em> mukang </em>en youtube con videos comiendo desaforadamente. La joven china de 24 años llegó a pesar 300 kilos antes de morir. El filipino Dongz Apatan, con medio millón de seguidores, sufrió un infarto letal al aceptar beberse una botella de whisky en el menor tiempo posible. La vida de Sebastian, un niño inglés de 12 años, <strong>se quebró</strong> mientas se grababa practicando el <em>Blackout Challenge</em>, un desafío viral consistente en permanecer sin respirar hasta perder la consciencia. O, es su caso, hasta el último latido.</p><p>En realidad, <strong>la tragedia siempre ha sido una oportunidad, </strong>como bien supo reflejar Naomi Klein en su teoría del shock. Solo que hoy el sistema ha logrado trasladar esa lógica a la escala más elemental gracias a la promoción de un ultraindividualismo basado en un narcisismo de basurero y cloaca. Si en sus inicios el capitalismo supo triunfar convirtiendo en mercancía la fuerza de trabajo, hoy afronta el reto de<strong> reducir a simple mercancía nuestros despojos. </strong>Y lo está consiguiendo a golpe de <em>likes.</em></p><p><em>_________________</em></p><p><em><strong>José Manuel Rambla </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 04 Sep 2025 04:00:30 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El reflejo de Narciso en la cloaca]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Opinión,Redes sociales,Inteligencia artificial,Internet,Instagram,TikTok]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Solo nos queda la estética]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/queda-estetica_129_2051215.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Solo nos queda la estética"></p><p>Regresar a los clásicos siempre resulta inspirador. “En un mundo podrido y sin ética, <strong>a las personas sensibles solo nos queda la estética”</strong>. La sentencia se la debemos a Makinavaja, navajero, filósofo y poeta surgido de la imaginación de Ivá que Carlos Suarez adaptó para el cine justo cuando la Barcelona olímpica se llevaba por delante el mítico Barrio Chino, hábitat natural del entrañable <em>último choriso</em>. Su lapidaria frase, sin embargo, lejos de perder actualidad, parece haber ido ganando vigencia con el paso del tiempo hasta el punto de que hoy es <strong>asumida por personas hipersensibles</strong> de la más variada condición.</p><p>Amy Odell, por ejemplo, podría perfectamente haberla incluido en su artículo para <em>The New York Times </em>sobre la reciente boda veneciana de Jeff Bezos y Lauren Sánchez. A la periodista y escritora, especializada en asuntos de moda y sociedad, le interesa poco el capitalismo depredador que el dueño de Amazon promueve a golpe de algoritmo y explotación laboral. Para ella, <strong>lo verdaderamente insufrible en estos tiempos sin ética es la ordinariez estética que exhiben los nuevos ricos</strong>. </p><p>Odell puede comprender que los megarricos expolien la riqueza colectiva, pero le hiere a la vista tanta lujosa ostentación de mal gusto. Le resulta insoportable esa imagen hipermasculina de millonarios musculados, peinados hacia atrás y con abultados nudos Windsor en sus corbatas. O los vestidos plagados de lentejuelas, los diamantes, las siluetas ajustadas, los peinados con mucho volumen y los implantes de pecho con que se exhiben las mujeres. Es, a su juicio, <strong>la manifestación de la cultura hortera de la era Trump</strong>. Pero en su artículo, Odell evitará cualquier reproche a la élite<em>. </em>Simplemente se limitará a añorar aquellos tiempos pasados en los que “el minimalismo y el lujo discreto estaban de moda” entre los magnates.</p><p>La misma melancolía es compartida por Graydon Carter. El que fuera todopoderoso director de la revista <em>Vanity Fair </em>anda estos días <strong>promocionando sus memorias</strong>. En ellas evoca aquel tiempo en el que el buen gusto era marcado por la selecta sociedad de Manhattan. Quienes vivían fuera, en Queens, Brooklyn, Staten Island o Bronx, eran percibidos, según explica en una entrevista en <em>El País,</em> como gente “un poco ordinaria, grosera y no muy inteligente”. Lejos de considerarlo un prejuicio social, Carter ve en ello la clave de los nuevos tiempos: “Trump venía de Queens y siempre fue muy ostentoso y mandón”. </p><p><strong>La vieja vanidad justa y comedida ha sido reemplazada por la actual ostentación</strong> desbocada. No sorprende por ello que haya titulado sus memorias <em>When the Going Was Good</em>, cuando las cosas iban bien. La resonancia de Stefan Zweig es evidente: estamos en una nueva era. Pero para Carter lo que la caracteriza no es el destrozo social y ambiental que vivimos, sino la ordinariez absoluta que nos rodea: “Ver a las Kardashian en portada de una revista es el fin de la civilización tal como la conocíamos”.</p><p>La estética, refugio melancólico para recordar el mítico paraíso perdido del buen gusto. Aunque también puede convertirse en coartada para justificar adhesiones a los nuevos tiempos. Algo de eso hay en <strong>Arturo Pérez-Reverte,</strong> nuestro eterno aspirante a <em>enfant terrible</em>. Frente a la mediocridad chusquera que, a su juicio, caracteriza a los políticos españoles, el académico no oculta su admiración por la supuesta grandeza de miras de Giorgia Meloni. Y es que el novelista se sintió tan sobrecogido <strong>escuchando un discurso de la heredera del fascista</strong> Movimiento Social Italiano, plagado de lugares comunes y reaccionarios sobre la superioridad de Occidente, que le entraron unas “enormes ganas” de ser italiano. Eso sí, se cuidó mucho de aclarar a qué tipo de italiano se refería (¿Pasolini? ¿Gramsci? ¿Pirandello? ¿Berlusconi? ¿Salvini?), consciente de que el modelo que más se ajustaba a su deseo era el de <em>camisa negra 2.0., </em>algo que, por pudor estético, claro, debió de parecerle poco elegante para un personaje de su alcurnia. Al menos hasta que surja una nueva Leni Riefenstahl <strong>que convierta el postfascismo en una experiencia estética cautivadora</strong>.</p><p>Estos ejemplos pueden llevarnos a pensar equivocadamente que esta reivindicación de la estética como refugio melancólico o coartada integradora son exclusividad del discurso conservador. No es cierto, pues <strong>abundan los sectores progresistas españoles, mediáticos y políticos</strong>, que echan mano de ella como consuelo. Basta con observar cómo muchos de los que se indignan con la vulgaridad estética de las diatribas de Abascal se sienten cómodos limitando a un ingenioso y creativo tuit su respuesta a las cacerías humanas como las de Torre Pacheco. </p><p>O esos ríos de tinta virtual que provoca el tono soez de Miguel Tellado, Ester Muñoz o Esperanza Aguirre, como si escandalizara más no estar a la altura del verbo florido de Cánovas del Castillo que los ataques al salario mínimo, las pensiones, los derechos laborales o los servicios públicos. </p><p>Son los mismos, por cierto, que etiquetan como <em>choni </em>a Ayuso, <strong>destilando</strong><em><strong> </strong></em><strong>la misma soberbia clasista</strong> que los vecinos de Graydon Carter en Manhattan. O los que se regodean satisfechos ridiculizando y mofándose del <em>cuñao,</em> como si enfrente de un <em>cuñao</em> tonto no hubiera irremediablemente otro <em>cuñao,</em> por muy de listo que este vaya.</p><p>En cualquier caso, no le falta razón al personaje de Ivá al reivindicar la estética como la última barricada de las personas sensibles. Eso sí, conviene recordar que para Makinavaja <strong>la estética nada tiene que ver con coartadas ni consuelos</strong>. Es todo acto de rebeldía que nos atrevamos a emprender, como el que protagonizó el <em>ultimo choriso </em>al descerrajarle cuatro tiros a un corrupto y torturador antes de pronunciar, con elegancia anarquista, su célebre frase.</p><p>_______________</p><p><em><strong>José Manuel Rambla </strong></em><em>es periodista</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 26 Aug 2025 04:00:38 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Solo nos queda la estética]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Redes sociales,Periodismo,Santiago Abascal,Racismo,Isabel Díaz Ayuso,Políticos]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Del disparo en la cabeza de un niño palestino como una de las bellas artes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/disparo-cabeza-nino-palestino-bellas-artes_129_2048226.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0bef5749-9ee4-48b0-babd-a39d1f09e054_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Del disparo en la cabeza de un niño palestino como una de las bellas artes"></p><p>Ignoro si cuando <strong>Hegel</strong> preparaba sus lecciones sobre estética, que impartiría en la Universidad de Berlín en el invierno de 1828, tuvo ocasión de consultar la primera entrega de <em><strong>Del asesinato considerado como una de las bellas artes</strong></em>, que <strong>Thomas de Quincey</strong> había publicado en la revista <em>Blakwood's Magazine</em> de Edimburgo en febrero de 1827. En cualquier caso, resulta tentador <strong>confrontar ambas reflexiones</strong> gestadas casi de forma paralela. En sus lecciones, el pensador alemán intuía un<strong> agotamiento del arte</strong> como expresión y reflejo del espíritu y la verdad, una cualidad que, a su juicio, se encarnaría a partir de entonces en la <strong>filosofía</strong>. Por el contrario, De Quincey, lejos de asumir el fin del arte, ampliaba sus manifestaciones con una <strong>nueva disciplina</strong> que venía a sumarse a la pintura, la escultura, la música o la poesía: el crimen.</p><p>En cierto modo, ambos autores estaban en lo cierto; al menos en parte. Pese a su resistencia con las vanguardias, el <strong>arte llegó exhausto a las últimas décadas del siglo XX</strong>, exhalando su estertor final mientras atravesaba las puertas de la posmodernidad. El filósofo y crítico Arthur Danto no solo certificó esa muerte, sino que incluso se atrevió a <strong>fijar la fecha de defunción</strong>: el 21 de abril de 1964, cuando Andy Warhol presentó en la Stable Gallery, en la calle 74 East de Manhattan, sus <em>Cajas de Brillo</em>, réplica de los envases de lavavajillas que se comercializaban en los supermercados. Ese día el arte dejó de existir para dar paso, como destacan Gilles Lipovetsky y Jean Serroy, al <strong>imperio de la estetización banal</strong> que caracteriza al capitalismo actual.</p><p>En una cosa, sin embargo, <strong>se equivocó Hegel</strong>. En este nuevo tiempo, n<strong>o es la filosofía la que ha sustituido al arte</strong>, como él esperaba, sino aquel fenómeno que De Quincey se atrevió a incluir entre las bellas artes:<strong> el asesinato</strong>. Ahora bien, si el escritor inglés abordó su provocadora propuesta desde la corrosiva mirada del sarcasmo y la ironía, hoy la <strong>supremacía del crimen se asume con naturalidad</strong> desde la óptica hegemónica del cinismo. Para comprobarlo basta con observar la indiferencia con que cada mañana desayunamos apáticos mientras, a través del televisor o las pantallas de nuestros móviles, asistimos en directo al<strong> genocidio del pueblo palestino</strong>.</p><p>De hecho, si alguien ha sabido interpretar los nuevos tiempos, este ha sido, sin duda, <strong>Benjamín Netanyahu</strong>. Su maestría, en cualquier caso, no es ninguna sorpresa si pensamos que <strong>Israel lleva perfeccionando su técnica destructora</strong> desde hace 78 años. Hoy a esa habilidad siniestra se le ha sumado el espíritu estético de la época, ese que transforma cualquier intervención en un simulacro, <strong>un juego donde la verdad y la mentira flirtean con el desconcierto de un espectador</strong> abocado a elegir entre entregarse al espectáculo o huir del espanto. La visión de la tierra arrasada en Gaza se convierte así en icono vacío que provoca fascinación, hastío, asco. Pero, sobre todo, parálisis. Porque, ahogada en <strong>el torrente de imágenes sin fin</strong> que escupen las redes sociales, esa visión parece incapaz de despertar la más mínima reacción después de que la <strong>estetización vacua del mundo haya</strong> <strong>neutralizado los últimos resortes de resistencia ética </strong>que nos quedaban. </p><p>Si Warhol nos presenta como arte la copia de una vulgar caja de lavavajillas, Netanyahu <strong>convierte su masacre en Palestina en un pastiche del Antiguo Testamento</strong>, un epílogo artificioso que completa el impío y sanguinario trabajo que se tomó Yahvé para hacer de Israel su pueblo elegido. A la vez, plagia la inventiva de De Quincey para <strong>presentarnos el disparo en la cabeza de un niño</strong>, o en el sexo de los hombres y mujeres que esperan un inexistente saco de harina, como si una de las bellas artes se tratara. Mientras tanto, el desplazamiento forzado de cientos de miles de personas se representa como una coreografía impecable y las <strong>vísceras de los cuerpos desmembrados por las bombas</strong> se transmutan en manifestaciones grotescas de impresionismo abstracto. Hasta el teatro del absurdo tiene cabida en sus argumentos al justificar, en nombre de la lucha contra el antisemitismo, el <strong>asesinato de más de 60.000 semitas árabes</strong>. Por ello, las matanzas en Gaza y Cisjordania no son para Israel un crimen contra la humanidad sino<strong> la concreción más pura de aquel arte total</strong> al que aspiraba Wagner.</p><p>Todo es burdo y soez. Tan burdo y soez que <strong>preferimos imaginar que es falso</strong>, una performance, un simulacro. Porque admitir la verdad duele, provoca un dolor <strong>tan intenso que Edipo optó por arrancarse los ojos</strong> al contemplarla. Aunque a veces, arrancarse los ojos no es suficiente. El capitán Yosef-Haim Ashraf, un reservista israelí de 28 años decidió arrancarse el alma y hace unos días explotó junto a su cuerpo una granada en un bosque cerca de Tiberíades. Según el diario hebreo <em>Haaretz, </em>una de las voces más valientes y autorizadas en denunciar el genocidio palestino, desde el inicio de la ofensiva en Gaza<strong> al menos 46 militares israelíes se han suicidado</strong>.</p><p>Tal vez parezca que no son muchos comparados con la <strong>complicidad</strong> que hoy asume la mayoría de la sociedad israelí, con e<strong>xcepción de algunas ONG</strong> que claman en el desierto exigiendo sanciones contra su país. Como pueden parecer pocos los<strong> miles de manifestantes que denuncian las atrocidades en Palestina</strong> por las calles de todo el planeta. Frente a ellos, millones de personas se <strong>entregan al narcisismo virtual de las redes</strong>, a la indiferencia con que, con la inocente y sencilla fricción de un dedo sobre la pantalla, pasan aburridos de la imagen <strong>de un niño gazatí desnutrido a un tierno meme de gatitos</strong>. Sin embargo, aunque ínfima, la presencia de esos desesperados causa pavor. Por eso, Netanyahu no cesa de <strong>arrancarnos preventivamente los ojos</strong>, como a Edipos presentidos, y más de 2<strong>00 periodistas han sido asesinados</strong> desde que comenzó la ofensiva.</p><p>Sí, Israel no quiere que nada rompa el <strong>encantamiento que transforma su carnicería</strong> en una experiencia estética. Y los gobiernos occidentales asumen con entusiasmo el marco de la <strong>farsa sangrienta</strong>. Por eso su respuesta a la matanza se aleja del ámbito de la diplomacia: <strong>no hay sanciones, ni bloqueos, ni intervenciones militares humanitarias</strong>. Aquí solo cabe la <strong>crítica</strong>, más benévola o dura, pero solo la crítica. Y por supuesto, no la crítica política sino la crítica estética, como si las cancillerías europeas no fueran más que patéticos miembros honorarios de la <strong>ficticia Sociedad de Conocedores del Asesinato</strong> inventada por De Quincey, divagando hasta el aburrimiento sobre las cualidades artísticas del último crimen. </p><p>Sin embargo, nada de eso impide que cada mañana el mundo se levante con un<strong> insoportable sabor a sangre en el paladar</strong>. Un sabor dulzón, caliente y viscoso que se adentra por la garganta como un salfumán de remordimiento y culpa que corroe nuestras entrañas. Si el regusto sanguinolento consigue <strong>superar las barreras de la indiferencia</strong>, ese día te entran <strong>ganas de arrancarte los ojos</strong>. Incluso, en algunas ocasiones, te invade el deseo de <strong>arrancarles el corazón a los canallas.</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 18 Aug 2025 04:01:07 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Del disparo en la cabeza de un niño palestino como una de las bellas artes]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Política,La invasión de Gaza,Gaza,Palestina,Israel,Benjamin Netanyahu,Redes sociales]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lumière vive, la lucha sigue]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/lumiere-vive-lucha-sigue_129_2042036.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/e1ff97e2-29a9-43d4-a908-7774b29608d9_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lumière vive, la lucha sigue"></p><p>Siempre recurro a la misma frase cuando quiero dar por zanjada una discusión cinéfila: <strong>“Desde los Lumière no se ha hecho ninguna película de calidad”</strong>. Normalmente recurro a ella cada vez que escucho argumentos onanistas, habitualmente esgrimidos para alabar la última película premiada con algún <strong>“prestigioso”</strong> galardón. En esos casos me invade la pereza intelectual y hecho mano de la boutade para tratar de desarmar a mi interlocutor. Este, tan pronto como comprueba que mi capacidad para decir tonterías es tan elevada, al menos, como la suya, desiste de la polémica. Sin embargo, estos días, tras disfrutar del documental de <strong>Thierry Frémaux</strong><em> Lumière, la aventura continúa, </em>me han asaltado las dudas sobre la posibilidad de que, en realidad, mi frase no sea tan estúpida como yo mismo pretendía.</p><p>El realizador y director del <strong>festival de Cannes</strong> reúne en este largometraje —como ya hizo en <em>¡Lumière! La aventura comienza</em> (2017)— más de un centenar de películas de los Lumière para conmemorar el <strong>130 aniversario del nacimiento del cine</strong>. Frémaux no solo nos presenta una maravillosa antología de filmes de una belleza y riqueza técnica excepcionales, sino que además nos recuerda la clave para entender el impacto que tuvo aquel invento presentado un 28 de diciembre de 1895 en el <strong>Salón Indien del Grand Café en París.</strong></p><p>Porque la importancia de aquella histórica jornada no fue la culminación de una carrera entre inventores por ser el primero en registrar imágenes en movimiento. <strong>Ese objetivo ya se había superado.</strong> Lo que, en última instancia, estaba en juego era algo más importante: el medio en que esas imágenes en movimiento iban a ser difundidas; o lo que es lo mismo, la forma en que se disponían a conquistar el mundo. Y es que, al otro lado del Atlántico, <strong>Thomas Alva Edison </strong>promocionaba ya su <strong>quinetoscopio</strong>, un ingenioso artilugio que desde 1891 permitía el visionado individual de películas. Sabedores de ello, la familia Lumière apostaría por una fórmula alternativa: sus producciones se proyectarían sobre una pantalla blanca y serían contempladas colectivamente.</p><p>Aparentemente se trataba de dos modelos diferentes de negocio. Si el americano pretendía cobrar más a menos, los franceses aspiraban a cobrar menos a más para rentabilizar su invento. <strong>Pero las diferencias entre ambos tendrían implicaciones más profundas.</strong> La primera será la relación que aquellas imágenes iban a mantener con la realidad. Los Lumière buscan una <strong>transferencia directa de la realidad a la pantalla</strong>, sin más mediación que la óptica de la cámara y -lo que no dejará de ser crucial- el punto de vista del operador. Edison, por el contrario, añadirá a la <strong>óptica y el punto de vista </strong>un tercer elemento de mediación, <strong>la recreación de la realidad. </strong></p><p>Es significativo, en este sentido, que ambos pioneros se interesaran en sus primeras filmaciones por un tema de <strong>fuerte contenido social</strong>, el mundo del trabajo. Pero la forma en que cada uno de ellos lo abordó fue muy diferente. En mayo <strong>de1893</strong>, Edison presentó <em>Blacksmith scena, </em>un<em> </em>corto<em> </em>donde podía verse a<em> </em>unos <strong>herreros trabajando.</strong> Pero todo era falso. Los herreros eran actores y el supuesto taller una escenografía. Cuando años más tarde se proyectó en el Salón Indien <em>Trabajadores saliendo de la fábrica, </em>aunque la escena estuvo ensayada y se filmó varias veces, tanto las instalaciones como los obreros eran reales.</p><p>Esta diferenciación marcará la construcción simbólica de la realidad en el<strong> siglo XX</strong> y sus implicaciones siguen latentes en lo que llevamos de <strong>siglo XXI</strong>. Así, mientras Edison piensa en un espectador aislado que se deleite con las recreaciones de realidad que le ofrece, los Lumière crean sin saberlo un <strong>espectador colectivo enfrentado con las porciones de realidad que se proyectan sobre la pantalla.</strong> Ambos espectadores estarán tentados a dejarse llevar por la mirada ensoñadora ante lo que observan, y ninguno estará a salvo de la capacidad de manipular los imaginarios que tendrán aquellas imágenes en movimiento. Pero solo el segundo, reforzado por la experiencia compartida, tenía la potencial capacidad de <strong>generar una mirada crítica ante lo que miraba. </strong></p><p>Frente al espectador-consumidor de Edison, el éxito del cinematógrafo, que los Lumière ni siquiera imaginaban ni pretendían, fue la confirmación de un espectador-ciudadano. El cine se convertía así en un <strong>espejo, nítido o distorsionador</strong>, que enfrentaba a ese espectador colectivo con la propia realidad que le envolvía. Por eso no es casual que la historia de cine haya ido paralela a la historia de la <strong>democracia avanzada</strong> y a los grandes debates emancipadores del siglo XX. Y por eso, no es extraño que hoy, cuando las salas de los cines se vacían, estemos asistiendo al desmoronamiento de la democracia y el estado social mientras observamos, <strong>absortos y aislados</strong>, los simulacros de realidad que las pantallas de nuestros móviles nos ofrecen. </p><p>En cierto modo, estamos ante la siniestra revancha de Edison a su <strong>humillante derrota</strong> hace 130 años en el Salón Indien del Grand Café en París. En cualquier caso, eso sí, la película de Thierry Frémaux también viene a recordarnos que e<strong>sa revancha no podrá ser total mientras logremos mantener encendida</strong>, aunque sea a duras penas, la agonizante llama de la resistencia: <strong>Lumière vive, la lucha sigue.</strong></p><p>____________________</p><p><em><strong>José Manuel Rambla </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Aug 2025 04:00:49 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Lumière vive, la lucha sigue]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cine,Cultura,Películas]]></media:keywords>
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    <item>
      <title><![CDATA[La migración y la búsqueda del 'nosotros' perdido]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/migracion-busqueda-perdido_129_2034960.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/aec6b822-606f-4968-a082-c54c3d949120_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La migración y la búsqueda del 'nosotros' perdido"></p><p><strong>José-Carlos Mainer</strong>, al estudiar la cultura española durante la transición, se imaginó con ironía a un historiador ingenuo del siglo XXII preguntándose si en la <strong>España de 1985</strong> existían obreros, campesinos o clase media baja. Y es que, observando la producción cultural de la época, tan influenciada por el hedonismo posmoderno, ese investigador del futuro seguramente llegaría a la conclusión de que aquel país estaba poblado exclusivamente por <strong>“Hamlets pasivos y perplejos, obsesionados por el sexo y la inestabilidad afectiva, analizando eternamente sentimientos equívocos y sintiéndose ahítos de casi todo lo que le rodea”.</strong></p><p>En efecto, mientras el país vivía inmerso durante los años 70, 80 y 90 en <strong>uno de los momentos de mayor conflicto social</strong>, con millones de obreros en huelga por reivindicaciones laborales, “reconversiones” industriales y huelgas generales, l<strong>as clases trabajadoras desaparecían del imaginario</strong> de las novelas y películas españolas. En ellas, como mucho, había cabida para drogadictos y navajeros, los sectores más <em>lumpen</em> de las capas populares que venían a reconfortar al lector o al espectador de cine en su condición de<strong> “clase media”. </strong></p><p>Si la última película obrerista de la transición fue <em>Numax presenta... </em>(1979), el documental de <strong>Joaquín Jordá</strong> sobre la lucha de los trabajadores de la empresa <strong>Numax</strong>, la llegada al gobierno del primer partido con apellido <strong>“obrero” </strong>borrará la presencia de los trabajadores del imaginario colectivo. Habrá que esperar casi veinte años para volver encontrarnos en el cine con los <strong>derrotados proletarios</strong> de <em>Los lunes al sol </em>(2002) de <strong>Fernando León de Aranoa.</strong> Eso sí, solo podrán regresar desde la melancolía, como sombras del pasado, anulados como sujetos activos de la dinámica social.</p><p>Esta <strong>invisibilización</strong> no fue un proceso natural, regido por <strong>“neutrales” leyes socioeconómicas</strong>, sino un proyecto político. <strong>Margaret Thatcher</strong> lo expuso con total claridad en 1976 durante una reunión del <strong>Partido Conservador.</strong> Para la <strong>Dama de Hierro</strong> el problema no era que la sociedad estuviera dividida en clases. La auténtica amenaza, a su juicio, era que existiera el <strong>“sentimiento de clase”</strong>. De clase trabajadora, claro. </p><p>La gran derrotada de este borrado fue una <strong>izquierda que se queda sin historia, sin tradiciones y sin cultura propia.</strong> Para contrarrestar el vacío, los sectores progresistas han recurrido a un discurso identitario que desviaba el conflicto de la lucha de clases a una guerra cultural donde la derecha, y especialmente la extrema derecha, se mueven como pez en el agua. Un relato que, a menudo, incluso <strong>asume una visión reaccionaria de la clase trabajadora</strong>, a la que se concibe acríticamente como integrada por <strong>varones blancos, machistas, homófobos y racistas</strong>; obreros con mono azul industrial en fase de extinción y sociológicamente responsables del auge del <strong>posfascismo</strong>. </p><p>En realidad, esa mirada <strong>ignora la pluralidad</strong> que históricamente marca a la clase trabajadora desde su formación. Al mismo tiempo, politizaba ámbitos, como el <strong>sexo o el género</strong>, que hasta entonces habían pertenecido a la esfera privada de los individuos. Pero ese giro, sin duda necesario, se daba paradójicamente al mismo tiempo que se despolitizaba la esfera económica, reforzando así un capitalismo que se asumía como insuperable. Por ello, mientras hoy se espera que los sindicatos respalden la diversidad sexual, el movimiento LGTBQ+ no se siente interpelado, por ejemplo, por <strong>la reducción de la jornada laboral. </strong>Los sindicalistas tienen que estar en la <strong>movilización del 8 de Marzo</strong> o en la <strong>Marcha del Orgullo</strong>, pero se asume con naturalidad que el activista gay o la feminista se ausenten del <strong>1 de Mayo.</strong></p><p>Esa orfandad de historia y cultura compartida, con sus tensiones y contradicciones incluidas, nos permite comprender la tentación que una parte de esa izquierda siente por el <strong>adanismo</strong>. Pero, sobre todo, <strong>explica la dificultad que tiene hoy la izquierda para proyectar un </strong><em><strong>nosotros</strong></em><strong>, plural y colectivo,</strong> que englobe las esperanzas y luchas compartidas. Una carencia especialmente peligrosa, como hemos visto estos días de <em><strong>cacerías</strong></em><strong> racistas</strong> y ofensivas antiinmigración de la ultraderecha.</p><p>Es significativo que a la hora de abordar el fenómeno migratorio las voces progresistas subrayen el enfoque humanitario y multicultural, obviando por completo la única característica que fusiona, al de fuera y al de dentro, en un nosotros común: <strong>la condición de trabajadores, con independencia de su procedencia, creencias, color de piel o situación administrativa.</strong> Es obvio que, a la vista de tragedias como las que se viven en el <strong>Mediterráneo</strong>, hay circunstancias que siguen haciendo imprescindible exigir el total respeto a los derechos humanos, sobre todo cuando vemos cómo día a día son <strong>más cuestionados por los gobiernos y los acuerdos de la Unión Europea.</strong> Pero mantener la <strong>imagen del migrante como víctima</strong> acaba consolidando un racismo humanitario y paternalista que lo infantiliza, lo convierte en dependiente perpetuo y lo mantiene en la <strong>otredad</strong>; un imaginario que, aunque invertido, tiene más en común con el discurso ultra de lo que parece.</p><p>Buena prueba de ello son algunos de los argumentos esgrimidos contra las <strong>deportaciones anunciadas por Vox. </strong>Especialmente esa réplica, aparentemente incuestionable, utilizada por voces progresistas en las redes sociales: si se deporta a <strong>8 millones de migrantes</strong>, ¿quién trabajara en el campo, en el servicio doméstico y en el cuidado de “nuestros” mayores? El argumento es demoledor pues, en última instancia, justifica que, en pleno siglo XXI, haya colectivos de trabajadores en España a los que se puede someter a abusos insoportables. No importa que se explote a estos trabajadores, nos vienen a decir, siempre que se haga, eso sí, <strong>sin discriminarlos ni perseguirlos por su raza, creencia, género o inclinación sexual.</strong></p><p>Por eso <strong>el reto de la inmigración no es su integración</strong> (¿qué es integrarse? ¿comer jamón? ¿ir a misa el domingo? ¿hacerse fallero en Valencia?) sino su inclusión en ese <em>nosotros común. </em>El migrante tiene que dejar de presentarse como un pobre ser digno de conmiseración cristiana por el sufrimiento vivido en una patera, para asumirlo como lo que es: un trabajador más, como el resto de nosotros, y como tal, <strong>con los mismos derechos.</strong> Uno más de los muchos y plurales compañeros que necesitamos en la lucha por unos trabajos dignos, una educación y una <strong>sanidad pública de calidad</strong>, un derecho de todos a la vivienda; el combate, en suma, por una sociedad más libre, justa, democrática e igualitaria. </p><p>Pero para ello, <strong>la izquierda debe creer firmemente en que ese </strong><em><strong>nosotros</strong></em><strong> existe.</strong> O al menos es posible.</p><p>____________________</p><p><em><strong>José Manuel Rambla </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 27 Jul 2025 04:00:59 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La migración y la búsqueda del 'nosotros' perdido]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Inmigración,Inmigrantes,Expulsión inmigrantes,Trabajo,Izquierda,Vox]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La economía moral y el capitán Renault]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/economia-moral-capitan-renault_129_2019002.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/28dcd6ea-8528-4ac0-8378-ec4f9e3c4dc3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La economía moral y el capitán Renault"></p><p>Dieciocho de febrero de 2022. Pablo Casado plantea desde los micrófonos de la COPE un dilema que sentenciará su futuro político: “¿Es entendible que el 1 de abril, cuando morían en España 700 personas al día, se puede contratar con tu hermana y recibir 286.000€ de beneficio por vender mascarillas?” La pregunta alude a las <strong>comisiones millonarias cobradas por el hermano de Isabel Díaz Ayuso</strong> cuando más letal era la pandemia. Y la respuesta del partido fue clara y tajante: Sí. A los pocos días <strong>Casado fue decapitado como presidente del PP</strong>.</p><p>Su defenestración hizo pensar a muchos que el PP fulmina a quien denuncia la corrupción interna. Es una interpretación, cuanto menos, apresurada. Porque<strong> Casado nunca denunció la corrupción</strong>. De hecho –y ese fue su gran error–, se limitó a preguntar si era “entendible” la actuación del hermano de Ayuso; no si era “ética”. Si hubiera enfocado así el asunto, la única respuesta posible habría sido <em>no</em>. Pero no lo hizo. Sus calculadas palabras solo eran, a la vista de todos, <strong>una maniobra contra la lideresa de Madrid</strong>. Su debilidad dentro del partido hizo el resto.</p><p>En realidad, Casado no podía hacer otra cosa. Asumir una perspectiva ética hubiera implicado plantear un dilema universal que superaría el caso de Ayuso: ¿Es ético cobrar comisiones aprovechando el dolor, el sufrimiento y la muerte de la gente? Esta pregunta legitimaría la posibilidad de una respuesta que cuestionara la lógica del capitalismo realmente existente, y eso es algo que a un ultraliberal como él ni se le pasaría por la cabeza. Por eso, Casado pregunta si es “entendible” una actuación dudosa y concreta. Y la respuesta de los suyos fue coherente: <strong>Claro, el mercado confirmaba que era un negocio redondo</strong>. (El mismo argumento podría utilizarse, por ejemplo, si se pregunta: ¿Es “entendible” que una gran empresa como Acciona pague comisiones para asegurarse contratos millonarios?)</p><p>Afirmar lo contrario hubiera significado asumir una lógica diferente, la de aquellos artesanos y campesinos del siglo XVIII y principios del XIX en defensa del <strong>control del trabajo, de los jornales justos</strong>, de los bienes comunales o de la limitación del precio del pan. Aquel imperativo ético defendía una economía comunitaria, cuyos frutos estuvieran al servicio de las personas y no de comerciantes y hombres de negocios. E.P. Thompson denominó <em>economía moral </em>a esa mentalidad que legitimaba los motines de subsistencia, la destrucción de máquinas o las huelgas de las clases populares. Una economía moral que a menudo idealizaba las viejas comunidades, pero que, sobre todo, se enfrentaba a <strong>una nueva </strong><em><strong>economía inmoral</strong></em> que estaba naciendo y que, justificada por las supuestas –y no menos idealizadas– bondades del individualismo, el progreso y el <em>laissez faire</em>, <strong>destruía las comunidades, privatizaba las tierras comunales </strong>o sojuzgaba el trabajo.</p><p>Sobre aquellas premisas éticas se gestaron la clase trabajadora, el movimiento obrero y los diferentes proyectos emancipadores que, con el tiempo, transformaron la economía moral en una aspiración colectiva de justicia social. Para combatirlos, el liberalismo solo pudo tranquilizar su conciencia con unas ideas malthusianas que afirmaban que <strong>el único problema de los pobres era haber nacido</strong>. Y así ha continuado hasta hoy: por eso la derecha sigue atacando a los sindicatos con la misma virulencia que en el XVIII combatió a los gremios; por eso Esperanza Aguirre dice que el Estado no tiene por qué ocuparse de la salud de todos, o por eso <strong>Ayuso considera “entendible”</strong> afirmar que los 7.291 ancianos que agonizaron en sus residencias se iban a morir igual.</p><p>Por muy lejana que parezca aquella economía moral, lo cierto es que la presencia de su espectro sigue siendo <strong>la línea que delimita la izquierda y la derecha</strong>. Algunos han llamado a eso <em>superioridad moral de la izquierda</em>. Pero se confunden quienes crean que esto garantiza la naturaleza inmaculada de todo individuo nominalmente de izquierdas. Por desgracia, la historia no carece de episodios que demuestran lo contrario <strong>mucho antes de que Koldo pusiera en marcha su grabadora</strong>. No, lo que daba superioridad ética a la izquierda no era la inquebrantable honestidad de los individuos, sino los implacables mecanismos de control de la comunidad para rechazar a los traidores. Por eso el esquirol fue tanto o más odiado que el explotador, y su comportamiento no quedaba sin castigo social.</p><p>Escuchar lo que nos susurra el espectro dieciochesco de la economía moral es, posiblemente, el mejor ejercicio que puede hacer hoy la izquierda. Sus lamentos de ultratumba nos llegan por todos los lados, como en ese <strong>insufrible malestar por el precio de la vivienda</strong>, cada vez más cercano a los motines de subsistencia. En cualquier caso, hay que reconocer que la izquierda real no lo tiene fácil para atender a esos mensajes. La destrucción de los lazos de solidaridad, que comenzó en aquel siglo y que ha llegado hoy al paroxismo 2.0., se lo ponen difícil. Eso explica la distancia que separa a <strong>las organizaciones progresistas de las capas populares</strong>. Y también explica lo tentador que le resulta a un partido como el PSOE suplir la falta de cuadros populares provocada por ese distanciamiento, dando cabida en su seno a <strong>turbios aventureros</strong> que nada tienen que envidiar a los <em>favoritos,</em> de carreras fulgurantes y caídas estrepitosas, que llenaron la corte de Carlos IV.</p><p>Lamentablemente, Pedro Sánchez no está demostrando estos días un oído muy fino. Su anodino recurso al “y tú más” frente a Feijóo tiene más en común con la postura de Casado de lo que parece y le convendría. Transpira nerviosismo y tacticismo. Eso acabó siendo letal para el exdirigente popular porque le dejó<strong> cínicamente desnudo ante su militancia y la opinión pública</strong>. Casado fue víctima del <em>mal del capitán Renault</em>, aquel personaje que, escandalizado por el juego ilegal, clausuraba el café a Humphrey Bogart en <em>Casablanca </em>mientras cobraba su fraudulenta comisión por las apuestas. Hoy Sánchez debe<strong> encontrar con urgencia la mascarilla que le proteja</strong> del mismo mal mientras sufre la presión de socios como Junts o de algunos de sus compañeros, como Felipe González o Page, tan cercanos todos a lo “entendible”. O de Podemos, con su inclinación a confundir economía moral y moralina. </p><p>Por eso, ante este panorama, conviene que nadie en la izquierda olvide una cosa no menos crucial: en aquella escena de <em>Casablanca</em>, el capitán Renault les hacía <strong>el trabajo sucio a los nazis</strong>.</p><p>____________________</p><p><em><strong>José Manuel Rambla </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 30 Jun 2025 04:00:40 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La economía moral y el capitán Renault]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[PP,PSOE,Pedro Sánchez,Alberto Núñez Feijóo,Pablo Casado]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La corrupción y los cuerpos incorruptos de los santos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/plaza-publica/corrupcion-cuerpos-incorruptos-santos_129_2006782.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c0bdd881-e83e-4546-bb57-9472923ae027_16-9-discover-aspect-ratio_default_1018991.jpg" width="4139" height="2328" alt="La corrupción y los cuerpos incorruptos de los santos"></p><p>Es significativo que, justo cuando el universo conservador nos martillea todos los días con que la corrupción está empujando a España al abismo del fin del mundo, más de<strong> 90.000 personas hayan peregrinado </strong>en solo quince días hasta la Basílica de la Anunciación de Alba de Tormes para venerar el cuerpo incorrupto de Santa Teresa. La afluencia de fieles ha sido tan desproporcionada que incluso ha sembrado dudas en sectores eclesiásticos preocupados ante la posibilidad de que esta marea humana responda más a impulsos de curiosidad morbosa que a un sincero y cristiano fervor espiritual. Sin embargo, no por imprevisto, el fenómeno colectivo deja de ser comprensible. Y lo es tanto por la humana fascinación ante la muerte como por este neomilenarismo conservador que convierte cada nuevo whatsapp filtrado en una moderna trompeta de Jericó anunciando el Apocalipsis.</p><p>La muerte, sin duda, abre la puerta a la manifestación más absoluta de la corrupción: la podredumbre del propio cuerpo. Para impedir esa degradación final, el hombre ha intentado, desde el tiempo de los faraones, detener artificialmente este proceso natural de descomposición. De este modo, se pretendía dejar constancia de la inmortalidad de las obras o las ideas del difunto, como nos recuerdan los cadáveres embalsamados de<strong> Lenin, Mao, Ho Chi Min o Juan XXIII.</strong> Pero no solo la voluntad humana ha intervenido en detener la corrupción de los cuerpos. En ocasiones, es el azar y la propia naturaleza los que provocan la conservación del difunto. En 1865 se descubrió en la localidad mexicana de Guanajuato que la particular composición de sus tierras favorecía la momificación de los cuerpos. Para aprovechar aquel “regalo” de la naturaleza, las autoridades crearon un museo de momias al que iban destinados los restos de aquellos vecinos desenterrados por no pagar sus sepulturas: la explotación en vida del cuerpo de los pobres se prolongaba así en la muerta, sin el consuelo del reposo eterno.</p><p>Frente a estas dos realidades, la religiosidad popular enfrentó <strong>una tercera experiencia: el milagro</strong>. Según esta mirada, solo la voluntad divina era capaz de detener la corrupción de la carne, certificando además de este modo la santidad del difunto. La Iglesia tridentina, como las autoridades de Guanajuato, se apresuró a sacar buen partido de esta convicción popular con el mercadeo de las reliquias. La propia Teresa de Ávila sería troceada con la minuciosa precisión de un Jack el Destripador con sotana, para distribuir un ojo por aquí, un dedo por allá, un pie por acullá... y un brazo incorrupto que acabaría en la mesita de noche de Franco.</p><p>Precisamente, esta obsesión del dictador con la reliquia carmelita ayuda a comprender el frenesí que vive hoy el universo conservador español a propósito de la corrupción. Porque conviene no olvidar que <strong>lo incorrupto, no es sinónimo de incorruptible</strong>. Y el milagro de los cuerpos incorruptos no revierte el proceso de putrefacción, sino que solo lo deja en suspenso, congelado mientras perdure la voluntad divina. Por eso, Franco se sentía protegido y reconfortado durmiendo con el brazo de la santa. No porque el dictador persiguiese otro camino de perfección que no fuese su inmisericorde habilidad para firmar sentencias de muerte, sino porque le reafirmaba en su convencimiento de que él y la reliquia estaban tocados por la “gracia de dios”.</p><p>De hecho, el culto a los cuerpos incorruptos certificaría la incapacidad del ser humano para combatir la corrupción, cuya existencia, en última instancia, no dejaría de ser también una voluntad de dios. Ahí estriba la principal diferencia entre la izquierda y la derecha a la hora de afrontar un fenómeno cuya naturaleza es esencialmente prepolítica. Un ciudadano de izquierdas exige especial honradez a sus representantes, se indigna ante todo problema de corrupción –los propios y ajenos– y espera que su resolución se eleve al nivel político, esto es, el de la acción humana que transforma instituciones y realidades para hacerlas más transparentes y justas. Por eso, las organizaciones y gobiernos de izquierdas son especialmente <strong>vulnerables al impacto de las corruptelas </strong>ya que sus titubeos e indefiniciones, como harían bien en recordar, terminan hundiendo a sus partidarios en el desencanto.</p><p>Por el contrario, la derecha, y especialmente la ultraderecha, prefiere que la corrupción no salga de los límites prepolíticos, esos que eluden el debate democrático sobre la realidad socioeconómica que afecta a las personas. El marco ideal del universo conservador es el plano irracional de la emotividad religiosa. De este modo puede entregarse al cómodo ejercicio inquisitorial de señalar pecadores, buscando con ello desmoralizar a sus contrarios y enardecer a sus fieles. Porque los pecadores, reales o imaginarios, ya se sabe, <strong>siempre son los otros.</strong> De hecho, para los pecados propios, la penitencia siempre es mínima, aunque algunos carguen con sentencias por crimen organizado o exhiban fotos con narcos. Para ellos la corrupción queda muy pronto en suspenso por la gracia de dios. Por eso se naturalizó que el mero cuestionamiento del entorno de Isabel Díaz Ayuso hiciera a Pablo Casado merecedor de una maldición bíblica que le expulsó de la dirección del PP con la misma vergüenza a cuestas con que Adán y Eva abandonaron el Paraíso. Y por eso Ayuso es alabada hoy como la mayor santa incorrupta de la derecha española. </p><p>Esa misma voluntad divina alcanza también a todos aquellos colectivos que el espíritu conservador considera propios. Es así como cientos de empresarios pueden verse sumergidos en los más turbios lodazales, pero pocas veces –a no ser que afecten a sus rivales– parecen importar a una derecha para la que el capitalismo y el empresariado es el milagroso cuerpo incorrupto que dios nos ha dado. Como incorruptos son presentados<strong> los cuerpos de seguridad del Estado</strong>, pese a los cientos de ejemplos de guerra sucia, espionajes arbitrarios o vínculos con el narcotráfico. Por no hablar de la monarquía, lastrada desde Isabel II a Juan Carlos I por un largo historial de corruptelas borbónicas, pero convertida para el imaginario conservador en el cuerpo más incorrupto de todos los cuerpos, al que solo cabe rendir veneración y ante el que cualquier crítica se convierte de inmediato en blasfemia. </p><p>Puede que algunos vean en estas aptitudes el uso hipócrita que la derecha hace de las denuncias de corrupción. Claro que quienes así piensen son incrédulos sin fe, incapaces de entender el pensamiento irracional religioso. Solo hay que comprobar cómo los mismos que antaño le señalaban como máximo responsable de la mayor trama corrupta de la historia de España, se dedican hoy a pasear a <strong>Felipe González presentándolo como la figura inmaculada</strong> de santo varón momificado. Para que luego digan que dios no hace milagros.</p><p>____________________</p><p><em><strong>José Manuel Rambla </strong></em><em>es periodista.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 08 Jun 2025 04:00:35 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Rambla]]></author>
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