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Cien años del nacimiento de Berlanga, el director que soñó siempre con el cine que la censura no le dejó rodar

Juan Diego, Concha Velasco y Luis García Berlanga.

Mauro Tortosa

Vivió de cerca la censura, al menos tres de sus guiones fueron prohibidos por la maquinaria franquista (Los gancheros, A mi querida mamá en el día de su santo, La demolición), se alistó a la División Azul con el objetivo de salvarle la vida a su padre, condenado a muerte por el franquismo, pero también para impresionar a una novieta que tenía, con Plácido fue candidato al Oscar a la mejor película de habla no inglesa y un año más tarde volvió a serlo a la Palma de Oro en el Festival de Cannes, aunque desafortunadamente no consiguió ninguno. Decía de sí mismo que era un “anarquista burgués” y nunca se casó con ningún partido político. Nació hace 100 años y en noviembre su cumplieron diez de su muerte: hablamos de Luis García Berlanga (Valencia, 1921-Madrid, 2010), el director de cine que con sus películas se convirtió en uno de los mejores sociólogos de este país gracias a su talento para retratar la idiosincrasia de la España de la segunda mitad del siglo XX.

Pocos cineastas pueden presumir de tener su propio adjetivo en el diccionario —, berlanguiano ya forma parte de la RAE desde 2020—, o de que la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre estampe un sello de correo con su rostro. Y es que el cineasta valenciano tuvo el mérito de haber sacado adelante una filmografía en un contexto muy adverso y estéril para el arte, protagonizado por los vetos que la Junta Superior de Censura Cinematográfica, que luego pasó a llamarse Junta Superior de Orientación Cinematográfica, interpuso a sus películas. Tanto fue así que, cansado de que sus guiones fueran constantemente rectificados, propuso (sin éxito) que uno de sus censores, el padre Grau, apareciese como coguionista en los créditos de su largometraje Los jueves, milagro (1957).

Cuando los sacerdotes revisaban los guiones

Con la guerra ganada, el franquismo no tardó en engrasar sus máquinas propagandísticas y, a través de la ley de prensa de 1938, comités censores formados por sacerdotes, el Ejército y representantes de la Delegación Nacional de Propaganda, cortaron películas, modificaron argumentos e incluso retocaron doblajes. Un ejemplo de ello fue la película Mogambo (John Ford, 1953), donde la censura española alteró los diálogos de Ford transformando de manera muy torpe el matrimonio de Grace Kelly y Donald Sinde en una pareja de hermanos. De esta manera, la trama de la película pasó de ser de un adulterio a un incesto.

Miguel Ángel Villena, periodista y autor de Berlanga. Vida y cine de un creador irreverente, recuerda que en la década de los sesenta era frecuente escuchar en el ambiente del cine que la censura se inventó sobre todo para dos directores: García Berlanga y Juan Antonio Bardem. No obstante, señala que la ignorancia de los censores muchas veces “cortos intelectualmente” y su preocupación basada más en el “escote de una actriz” que en la “carga política” de sus historias, permitió sacar adelante “obras maestras” rodadas durante el franquismo, como ¡Bienvenido, Mister Marshall!, Plácido y El verdugo. A todo esto habría que añadir la tenacidad del director valenciano, que fue muchas veces decisiva para llevar a cabo sus proyectos cinematográficos.

Curiosamente con Mister Marshall (1953) la crítica se ejerció desde fuera, pues los americanos reprocharon en su exhibición en el festival de Cannes que en una escena la bandera estadounidense terminara arrastrada en una acequia. Aquello escandalizó al actor Edward G. Robinson, que dijo que una bandera americana nunca puede estar por los suelos. Sin embargo, en España pasó el examen de la censura y obtuvo la calificación de Película de Interés Nacional.

'Plácido', la película que le cambió la vida a Álex de la Iglesia

No sucedió lo mismo con Plácido (1961) que originalmente iba a llamarse Ponga un pobre en su mesa, haciendo referencia a la campaña de Navidad que el régimen franquista quiso promover en aquellas fechas tan señaladas, que no consistía en otra cosa que en que las familias acomodadas invitaran a un indigente en la cena de Nochebuena para limpiar sus conciencias. Un guiño a los telemaratones solidarios de Navidad, programas que Berlanga confesaba aborrecer. Fue la película que le cambió la vida a Álex de la Iglesia, o al menos así lo reconoció él cuando escribió un obituario para El País tras fallecer el cineasta en 2010.

'El Verdugo', el guiño de Berlanga a la pena de muerte

El mismo año que se estrenaba y se presentaba en el festival de Venecia El Verdugo (1963), las autoridades franquistas acababan de ordenar el fusilamiento del dirigente comunista Julián Grau, motivo por el que se desencadenó una oleada de protestas en las embajadas españolas de varias ciudades europeas como Copenhague, Marsella, Tolouse, Estocolmo, Londres, o Zurich en repulsa del crimen de Estado. Pero de poco le sirvió al régimen franquista el enfado de Occidente porque tan solo cuatro meses después de lo ocurrido se ejecutaba a garrote vil a los anarquistas Joaquín Delgado y Francisco Granados.

En ese sentido, el filme de Berlanga situaba la figura de un verdugo en el centro de la trama, siendo un alegato contra la pena de muerte, precisamente en un momento en el que Franco era conocido mundialmente como “el verdugo”, apodo que cobró mayor importancia a raíz de las protestas internacionales ante dichas ejecuciones. Por ese motivo, las autoridades españolas quisieron impedir su proyección en el festival de Venecia. Fue entonces cuando Franco dijo en uno de los consejos de ministros la famosa frase sobre el director: "Ya sé que Berlanga no es un comunista; es algo peor, es un mal español". Aunque en España se cortaron varias escenas de la película, al menos catorce cortes antes de que se estrenara en el festival italiano, como la de los funcionarios de prisiones que preparan el garrote o el ruido que hacían los hierros del bastón dentro del maletín del verdugo, obtuvo el premio al mejor guion del Círculo de Escritores Cinematográficos.

'La vaquilla', la película que tuvo que esperar 40 años para ser rodadada

La vaquilla (1985) fue seguramente la película que más dolores de cabeza le provocó al cineasta. “El guion lo acabé en 1950”, recordaba su autor, “y durante años la presenté con diferentes títulos, pero jamás pasó la censura”. Tierra de nadie, Los aficionados o La fiesta nacional fueron algunos de los primeros títulos que llegó a presentar a la Junta, pero ninguno de ellos consiguió convencer a los censores franquistas. “La vaquilla fue una parodia, una caricatura y un esperpento de los franquistas. Era dinamita para el régimen”, explica Villena.

La trama consistía en que, en plena contienda, un grupo de soldados republicanos trataban de robar a los sublevados la vaquilla que estos habían custodiado para celebrar una fiesta en un pueblo próximo al frente, con el fin de estropear así el festejo. Con esta película quería hablar de la Guerra Civil, pero al ministro Mora Figueroa, quien, parece ser, se lo enseñó al propio Francisco Franco, le pareció demasiado pronto rodar un largometraje de estas características.

Para filmarla tuvo que esperar cuarenta años hasta la llegada de la democracia. Y luego vino el problema de la localización. El equipo de producción de Sol Carnicero se pasó dos años buscando pueblos por tierras manchegas, andaluzas, madrileñas, valencianas..., hasta que finalmente dio con Sos del Rey Católico (Zaragoza). Fue la producción más cara del cine español hasta el momento (250 millones de pesetas).

El objetivo de Berlanga y el de otros cineastas durante el franquismo fue “una crítica al poder expresado en modos muy distintos”, el valenciano “optó por el sainete y el esperpento”, pero en todas sus películas “había una reflexión, eran comedias con un fondo de tristeza y de mucha impotencia”, matiza Villena. Con su cine “no hay que pensar tanto en las películas que pudo dirigir sino en todas las que no pudo”, concluye.

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