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    <title><![CDATA[infoLibre - Alberto G. Palomo]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/autores/alberto-g-palomo/]]></link>
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      <title><![CDATA[Dave Eggers: “Probablemente terminaremos en una sociedad sin privacidad”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/dave-eggers-probablemente-terminares-sociedad-privacidad_1_1272529.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3f586707-314c-49fb-bda2-d2a9fce54a58_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Dave Eggers: “Probablemente terminaremos en una sociedad sin privacidad”"></p><p>Insiste <strong>Dave Eggers (Boston, 1970) </strong>en que sus libros son parodias. Sátiras que pretenden divertir, no analizar una situación concreta ni teorizar sobre futuros posibles. Y queda demostrada esa faceta en cada una de sus obras, tejidas sobre diálogos rápidos, tramas ágiles y broches que aflojan un suspiro. Pero nadie niega que detrás de ese juego lingüístico, de ese entretenimiento, subyacen textos inquietantes. Miradas del mundo que provocan angustia o el pellizco de que, por desgracia, no es tan ficticio aquello que cuenta. </p><p>Lleva demostrando esa faceta de agudo narrador más de dos décadas, desde que publicó <em>Una historia conmovedora, asombrosa y genial</em> en 2000 y <strong>quedó entre los finalistas del Premio Pulitzer</strong> en la categoría de no ficción. De esas memorias a los 30 años de edad, en las que exponía su vida a cargo de un hermano menor por la muerte de sus padres, saltó a una labor multidisciplinar que englobaba la redacción en revistas, novelas, cuentos, manuales pedagógicos o incluso libros infantiles.</p><p>Con <em><strong>El Círculo</strong></em><strong>, de 2013</strong>, le llovieron alabanzas por su manera de montar, con puntuales dosis de humor e intriga, una recreación de un mundo controlado por las corporaciones de Internet. Por esas <em>start-ups</em> de la Costa Oeste norteamericana donde se perfilan nuestros gustos o incluso nuestras decisiones políticas. Parecía entonces (época en la que <em>Black Mirror</em> daba sus primeros pasos, sin ser aún un referente con el que comparar, y aún no estaba extendido el término <em>capitalismo de la vigilancia</em>) que su discurso era una especulación improbable. </p><p>Pero no. Se convirtió en una profecía que se quedó corta: algunos responsables de estas plataformas se enfrentaron a los tribunales por sus oscuras maniobras, antiguos empleados denunciaron las fórmulas para acaparar datos personales o polarizar a la población e incluso se detuvo a filtradores que conocían cómo ese logo sonriente y amistoso ocultaba un reverso adictivo y cruel. Las cartas fueron revelándose y ese relato inofensivo que reflexionaba sobre la libertad o la manipulación se transformó en una crónica fiel de cómo funcionan estas empresas radicadas en la esfera virtual.</p><p>En 2017, mientras Eggers cambiaba de tercio con otros asuntos en <em><strong>Héroes de la frontera</strong></em><strong>,</strong> de ese mismo año, o<strong> </strong><em><strong>El monje de Moka</strong></em>, de 2019, el libro se adaptó a una película interpretada por Emma Watson y Tom Hanks. <em>El Círculo</em> volvió a tomar impulso. Aunque ya era un asunto más habitual, del que se trataba en series como <em><strong>Years and years</strong></em><strong> o </strong><em><strong>The One</strong></em> y en ensayos como <em><strong>Expuesta</strong></em>, de Olivia Sudjic, o <em><strong>Valle inquietante</strong></em><strong> </strong>de Anna Wiener (que, curiosamente, se asemeja en varios rasgos con la protagonista, Mae Holland). </p><p>Tras estos vaivenes, Eggers ha tomado la estela y acaba de presentar <em><strong>El Todo</strong></em><strong> </strong>(editada en español por Literatura Random House, como las otras mencionadas). Ahora va más allá y no solo propone títulos alternativos (algunos tan explícitos como <em>Los últimos días del libre albedrío</em> o <em>La posibilidad de elección ilimitada está matando al mundo</em>) sino que evalúa los minutos de lectura de cada capítulo, calcula un porcentaje de <em>correlación</em> y se atreve con una puntuación media. </p><p>Guiño, quizás, a los tiempos que corren, en los que cada actividad es carne de valoración numérica y que se acompaña de una nota previa: “Este historia se desarrolla en el futuro cercano. No intentéis deducir cuándo. T<strong>odos los anacronismos en relación tanto con el tiempo como con las leyes físicas se han introducido adrede</strong>. Todos los errores en lo que se refiere a tecnología, cronología o discernimiento son intencionados y su finalidad es prestaros un mejor servicio”, advierte Eggers. </p><p>Saludando en español y definiéndose como <strong>un “estudiante muy estúpido” </strong>de este idioma después de vivir una temporada de 2019 con su familia en España y en Buenos Aires en 2014, Dave Eggers responde desde su residencia en San Francisco, cerca de personajes análogos a los que pululan por sus novelas. Lo hace generosamente en medio de una agenda atestada, donde encaja sus iniciativas sin ánimo de lucro, las promociones de su obra y la preparación de los próximos lanzamientos de <em>McSweeney’s</em>, el sello desde el que imprime una revista cuatrimestral, ejemplares ilustrados para niños o guías educativas.</p><p><em><strong>El Todo</strong></em><strong> parte como continuación de </strong><em><strong>El Círculo</strong></em><strong> y con un aviso sobre su incierto marco temporal. ¿Las catalogaría de distópicas? </strong></p><p>Sí, creo que sí. No me importa esa designación. Una novela distópica pinta una versión del futuro en colores oscuros y terroríficos para que podamos elegir otro camino. <em>El todo</em> es el mundo de mis pesadillas, pero también trato de representarlo con humor. Somos una especie muy ridícula, y nunca intento olvidar eso. Las cosas son tan aterradoras como tontas. Y ese es el equilibrio que traté de lograr en la novela: hacer que el horror y la comedia vivan puerta con puerta, momento a momento.</p><p><strong>Yendo al tema principal de los dos libros: ¿Cree que el poder público tiene algún control, viendo lo que hacen las empresas privadas?</strong></p><p>Sí. Tenemos un poder enorme si lo usamos. Lo que me fascina es lo poco que lo usamos. Creo que todos sabemos que Google, Facebook y Amazon son fuerzas destructivas para la comunidad, la cohesión social, la privacidad y la democracia y, sin embargo, seguimos brindándoles nuestros datos y dinero. Pero si usamos nuestro poder, podemos debilitar estos monopolios muy rápidamente. Netflix no es una empresa malvada, pero es instructivo ver cómo solo el valor de sus acciones se desplomó de la noche a la mañana solo por perder 250.000 suscriptores. Imagínese si 10 millones de personas decidieran abandonar Facebook. La empresa estaría en terribles problemas y podríamos tener la oportunidad de reemplazarla con algo menos destructivo.</p><p><strong>Ambos libros plantean la cuestión fundamental de hasta dónde son capaces de llegar las empresas o aplicaciones virtuales. ¿Hay suficiente regulación?</strong></p><p>En los Estados Unidos casi no hay regulación. En Europa hacen un trabajo mucho mejor al responsabilizar a estas empresas y limitar sus intrusiones en nuestra privacidad. Pero en los Estados Unidos son muy cómodas con el gobierno, especialmente con los demócratas, por lo que se mueve muy poco para limitar su poder.</p><p><strong> ¿Cómo se frena este ‘capitalismo de vigilancia’, según el nombre que le acuñó Shoshana Zuboff?</strong></p><p>Una vez más, tenemos opciones. En lugar de Google, hay otros motores de búsqueda como Duck Duck Go, que no rastrean su uso ni venden sus datos. Hay otras redes sociales además de Instagram y Facebook, y hay formas de comprar cosas que no involucran a Amazon. Solo debemos pensar unos segundos extra para tomar una decisión que no potencie un monopolio que corroe el mundo, como Facebook.</p><p><strong>¿Empezamos a ser más conscientes del peligro de las redes?</strong></p><p>Sí y no. Hemos sido conscientes de estas cosas durante décadas, pero ahora somos más condescendientes y complacientes que nunca. Mi esperanza es que la Generación Z, que debería ser la mejor informada de la historia, pueda tomar mejores decisiones que la mía, la X. </p><p><strong>Habla del monopolio de estas empresas y desliza atributos sobre sus verdaderos líderes. ¿Han afectado los escándalos a alguien como Mark Zuckerberg? ¿O a Elon Musk, cuyo próximo objetivo es comprar Twitter?</strong></p><p>Lo extraño es que no importa cuánto sepamos sobre Zuckerberg, antisocial y raro, ni cómo sea su visión del mundo: seguimos apoyando sus productos. Si acompañáramos a Zuckerberg hasta su final natural, con Meta/realidad virtual, todos estaríamos encerrados en cuartos oscuros, experimentando el mundo a través de gafas. Tenemos que reconocer que es una persona muy singular y que no representa a la gran mayoría de la humanidad.</p><p><strong>Uno de los mandatos que adornan las instalaciones de </strong><em><strong>El Círculo </strong></em><strong>es “Compartir es cuidar”. ¿Hemos perdido el significado original de este verbo haciéndolo todo desde un móvil?</strong></p><p>Eso que cuelga en la compañía es una especie de mantra tonto, como de tarjeta de felicitación. Creo que compartir en las redes sociales, en general, es un arma de doble filo. Obviamente, enviar fotos a amigos y familiares es algo maravilloso. Pero la pregunta es cómo encontrar un nivel sano de intercambio y conexión. ¿No nos bastaría con enviar fotos una vez a la semana? Debería serlo, pero nos han engañado para que pensemos que enviar de 20 a 30 al día a todas las personas que conocemos expresa mejor nuestro afecto por aquellos a quienes amamos. Viene de un buen lugar, pero es una locura absoluta.</p><p><strong>Respecto de estas corporaciones y de su influencia. ¿Por qué esquivan responsabilidades cuando pueden tener algo que ver con, por ejemplo, la victoria de Trump o la toma del Capitolio?</strong></p><p>Son muy buenos para eludirlas. Si yo tuviera un periódico y vendiera e imprimiera anuncios todos los días que le dicen a los lectores que derrocaran al gobierno, sería cómplice de ese golpe, ¿no?. Pues las redes sociales, de alguna manera, evitan esta culpabilidad obvia. Difunden odio, desinformación, tonterías contra la vacunación y vitriolo antidemocrático, pero asumen muy poca responsabilidad.</p><p><strong>Las metas de estas empresas no sólo llegan al punto de conocer nuestros gustos o relaciones, sino también nuestras enfermedades o viajes. ¿Qué lugar ocupa el concepto de intimidad en esta sociedad?</strong></p><p>Esta es una pregunta crucial para los próximos veinte años. No estoy seguro de cuánto se preocupa la gente por la privacidad. ¿La valoramos? ¿Cuánto? En Estados Unidos nos dirigimos hacia una situación en la que se requerirán cámaras en el hogar, tal como se usan en cualquier otro lugar público y privado, desde oficinas hasta restaurantes y parques. Debido a que no podemos articular una política de privacidad coherente, y a que a los consumidores no parece importarles mucho, probablemente terminaremos con una sociedad sin privacidad, donde las cámaras sean necesarias para todos, en cada situación. Algo que creará en parte una sensación de seguridad y protección y en parte porque las empresas se beneficiarán de poder observarnos en todo momento.</p><p><strong>¿Seremos capaces de escapar de las garras de tales empresas?</strong></p><p>Sí, pero tenemos que ser activos en nuestras elecciones todos los días. Los monopolios prosperan en los consumidores pasivos.</p><p><strong>Ve peligroso que llevemos un dispositivo que lo controla casi todo: pasos diarios, búsquedas, rutas, películas... ¿Cómo se huye de esta vigilancia?</strong></p><p>Creo que tenemos que reconocer que no todo hay que medirlo. ¿Realmente necesitas contar tus pasos? ¿Te hace más feliz saber que caminaste 8.342 pasos hoy en comparación con los 7.813 de ayer? Si te hace más feliz, genial. Pero cada año las personas duermen menos, están mucho más deprimidas, más ansiosas y menos contentas, y eso está directamente relacionado con el tiempo frente a la pantalla, con la hiperactividad digital, con la medición constante de todo lo que hacemos y las formas implacables en que atamos nuestros días a datos. Huir es fácil: desconecte unas horas al día. Haga compras en persona y en comercios locales. No proporcione su información personal a empresas sin rostro. Sea terco e independiente.</p><p><strong>En la novela se intenta incluso disminuir los segundos de espera para recibir un mensaje. ¿Este control influye en nuestro ritmo de vida?</strong></p><p>El ritmo de vida nos está volviendo locos a todos. El ciclo es muy fácil de seguir. Recibimos mil veces más información y mensajes que hace quince años. Nos comunicamos con infinitamente más personas e infinitamente más a menudo que nunca. Se espera que estemos disponibles para los empleadores y amigos en todo momento, y somos bombardeados con toda la miseria y las tonterías del mundo en cada momento de cada día. Para tratar de ralentizar nuestro cerebro, bebemos y nos colocamos por la noche y, como resultado, dormimos menos y esta falta de sueño acelera la depresión y la ansiedad. Así que nos despertamos sin descanso y comenzamos otro día de locura sin parar.</p><p>Dicho esto, creo que tenemos muchas formas de mejorar las cosas. Simplemente tenemos que hacer valer nuestro derecho a apagar todo esto.</p><p><strong>¿Puede extraerse alguna ventaja de estos negocios, como que se preocupen por el cambio climático o monten una aplicación de ‘carsharing’?</strong></p><p>Las empresas privadas no deberían estar a cargo de combatir el cambio climático. Deberían ser los gobiernos los que establezcan objetivos de producción de carbono y los que creen pautas estrictas para la producción sostenible y la gestión de desechos. El hecho de que al menos en los Estados Unidos permitamos que tantas empresas se autorregulen es una locura absoluta.</p><p><strong>La protagonista dice que en el momento de franquear la entrada se inicia la farsa. “A partir de aquí, todo es mentira”. ¿Es esa la razón de ser de tantas plataformas?</strong></p><p>Delaney se une a <em>El Todo</em> con la esperanza de derribarlo desde dentro. Entonces, cuando se convierte en empleada, lo hace como una impostora. Lo cual creo que refleja la forma en que muchos de nosotros vivimos ahora: con una identidad en el mundo físico, otra en el mundo digital, tal vez otra en el mundo laboral... Se nos pide que mantengamos múltiples versiones de nosotros mismos, y es una de las razones por las que sentirse abrumado y desconcertado.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 09 Jul 2022 18:23:32 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <title><![CDATA[Pedro Costa Morata: "La apuesta del sistema económico es dilatar el problema, no solucionarlo"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/pedro-costa-morata-apuesta-sistema-economico-dilatar-problema-no-solucionarlo_1_1248417.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/cbcbc9ce-55d7-4b8a-888a-7fcbbcc6eb2e_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pedro Costa Morata: "La apuesta del sistema económico es dilatar el problema, no solucionarlo""></p><p><strong>Ni el auge de protestas ciudadanas ni la ola de causas ‘verdes’</strong> en las corporaciones animan a Pedro Costa. Este ecologista murciano (Águilas, 1947) sigue viéndose a él y a sus compañeros de lucha como bichos raros. Como voceros en un mundo sordo. Ingeniero y licenciado posteriormente en Ciencias Políticas, Sociología y Periodismo, este profesor en distintas universidades españolas se define principalmente con esa etiqueta desde que, allá por los años setenta, comenzara sus protestas contra las plantas nucleares.</p><p>Más adelante, Costa <strong>ampliaría su radio de acción</strong> con textos sobre energía o guías geográficas, con artículos en medios de comunicación o con libros multidisciplinares como <em>Hacia la destrucción ecológica de España</em> (1985) o <em>Ciencia, tecnología y sociedad en los estudios de ingeniería</em> (2016). Su última obra es <em>Manual crítico de cultura ambiental</em>, publicado por la editorial Trotta. Con una bibliografía generosa en cada capítulo, desgrana los fundamentos de la vida en el planeta, las amenazas y los retos que implica la supervivencia del ecosistema. </p><p>El autor analiza teorías, complementa las explicaciones con esquemas o ilustraciones y divide la obra en una trayectoria cronológica desde el origen de la Tierra hasta el horizonte “distópico” que ha propiciado la pandemia. Desde una jubilación hiperactiva, <strong>repasa lo que supone la defensa del entorno y manifiesta sus dudas a cualquier avance</strong> mientras sigamos inmersos en una estructura social y política devastadora. </p><p>Tiene varias licenciaturas y un currículum inmenso, pero <strong>su descripción más común es la de ecologista</strong>. ¿Qué significa portar esa etiqueta?</p><p><strong>Ser ecologista no requiere ningún estudio. Es quien decide posicionarse sobre los asuntos que tienen que ver con el medio ambiente.</strong> El que ve ese tema con importancia. Más que una carrera o un título, es una conciencia. Y esta viene después de una reflexión. Además, es una cosmovisión. Es una forma de entender el mundo como un todo. Y eso se traduce en una ética, en una invitación a actuar. Básicamente, porque hemos estado de espaldas a la Tierra y tenemos que revisar esa postura. En ocasiones tiene cierto aire de jipismo. Y el ecologista o jipi, en una sociedad convencional, genera suspicacias: siempre va a estar presente el menosprecio, el intento de despreciar su trabajo. Más ahora, que a cualquier cosa se le llama ‘verde’ o ‘sostenible’ sin que haya un fondo real: todo es una tontería con respecto a lo realmente importante, porque lo que debería haber es una militancia detrás. Yo me considero un agitador.</p><p><strong>¿Y cree que ese desplazamiento a los márgenes también proviene de cierto cansancio hacia estos discursos?</strong></p><p>Lo que me preocupa no es el hartazgo o no. Es que la sociedad, en la cultura occidental, no avanza. Que los niños son consumidores compulsivos. El sistema, por mucho que se venda de una forma, está en contra del medio ambiente, porque es su enemigo. Basta con ver las polémicas que generan las declaraciones del ministro Alberto Garzón con respecto al consumo de carne.</p><p><strong>En el libro examina las amenazas principales del medio ambiente. ¿Cómo se podrían resumir?</strong></p><p>Puede resumirse rápido: el enemigo del medio ambiente es el consumo, es el sistema socioeconómico. Su presión por crecer se centra en un beneficio a corto plazo, sin tener en cuenta la limitación de recursos y las consecuencias. Dentro de ese marco ya vienen la contaminación de aguas, de la atmósfera o la crítica a la tecnología que provoca este desastre. Porque ya no hay una producción natural sino mecanizada. Y el derecho del medioambiente es muy complejo. Además, los seres humanos se han ido separando de la naturaleza. Y los filósofos o culturas tradicionales siempre han sido mucho más respetuosos. Ha habido una cosmovisión distinta. Así llegamos a esa enemistad, a esa ruptura, que pagamos ahora. Porque la cultura es una emanación del sistema, y si ese sistema es destructivo, la cultura también.</p><p><strong>¿No considera que hay una nueva generación que puede cambiarlo? Justo llevamos unos años viendo las protestas juveniles del colectivo internacional Fridays For Future, con Greta Thunberg a la cabeza. </strong></p><p>No me lo creo. Me parece bien a efectos publicitarios, como un espectáculo. Pero los ecologistas siempre estamos fuera del foco porque somos molestos. Cuando el actual Papa recibió a Greta Thunberg y le pidió que se uniera a la lucha climática, ya lo habíamos convertido en un espectáculo. Es como cuando Al Gore empezó a hacer documentales o creó un grupo de científicos afines y luego nos enteramos de que volaba en un avión particular. No era serio. Lo vemos como fenómenos que emite el sistema, pero pasan de largo y no se quedan. Es el reflejo de los tiempos. Lo que tiene que permanecer es la guerra por el medio ambiente, el combate, el conflicto. Los cambios funcionan a base de eso. Pero se necesita tiempo. Se requieren años y paciencia.</p><p><strong>En uno de los apartados de su libro se habla de los ciclos de la naturaleza. ¿Hay quien aprovecha estos ancestrales cambios climáticos para restarle importancia al actual?</strong></p><p>Lo usan los ignorantes o los malintencionados. Eso es lo que decía Trump, pero hay que ser muy interesado o muy tonto. Porque hablamos de ciclos de 100.000 años y este cambio climático se ha producido en 40. Son formas de ignorancia que lo utilizan sin mirar las estadísticas. Y el calentamiento global viene desde la Revolución Industrial, de hace unas décadas. Habitualmente son procesos muy lentos, que se perciben en varias generaciones. En este caso, se los ha captado en una generación. </p><p><strong>Avisa de los desastres que se ciernen sobre el planeta y los humanos. ¿Cuáles son fundamentalmente?</strong></p><p>Hay muchos. Entre otros, la ganadería y la agricultura intensivas. Todo se ha mecanizado y no puede ser lógico. Dejan estériles los suelos, contaminan los acuíferos. Y eso se nota. Los alimentos son cada vez son más insanos. En ese sentido es en el que el ecologismo tiene una cosmovisión. </p><p><strong>Uno de los problemas, apunta, es que nos creemos que los recursos son ilimitados.</strong></p><p>Es la economía lo que provoca esta creencia. La economía tradicional y la liberal se niegan a poner límites. Hace 50 años ya se vio en las estadísticas lo que se cernía, pero dijeron que ya se inventaría algo. La apuesta del sistema es dilatar el problema, no solucionarlo. </p><p><strong>Contra eso es en lo que se basa el ‘decrecimiento’. Y es curioso, porque no suele incluirse entre las recetas oficiales.</strong></p><p>Es que el decrecimiento es la teoría más antipática, porque el objetivo siempre es el crecimiento, el sufrimiento absurdo. Y esto supone pararle los pies a las empresas y a los gobiernos. Lo más subversivo es pedir que se decrezca, aunque ha sido una teoría que lleva tiempo. Yo cito a autores franceses o a la revista <em>La Decroissance</em>. Porque es algo de lógica: no se puede crecer si el planeta es limitado.</p><p><strong>¿Ha mejorado esta concepción con la pandemia, que nos ha obligado a frenar?</strong></p><p>Quizás, en los momentos más duros, se ha podido pensar en bajar el ritmo, pero se nos ha olvidado todo en un segundo. Porque, además, desde los medios y el gobierno se alienta todo el rato a volver al estado anterior. Anuncian que ya estamos en valores de 2019. Estamos enganchados al consumo, al crecimiento. Incluso parecía que se iba gente al campo, pero era por necesidad o incomodidad en la ciudad, no por concienciación. Es una salida forzada, aunque quizás se quede algo. </p><p><strong>También se habla ahora mucho del colapso.</strong></p><p>Hay muchos autores que hablan de él, pero se cuenta como un cataclismo, o una catástrofe breve. Pero no creo que vaya a ser así: será una acumulación de crisis. Porque lo hacemos mal en varios contextos y se irán sobreponiendo varios factores. Hay que pensar que se debe todo a un proceso, como la pandemia. Poco a poco se va generando pérdida de recursos, hambre. Y eso esquilma a los humanos, porque la naturaleza es la que va a sobrevivir. Aunque pensamos que es al revés: nos creemos que no, pero somos los humanos los que ensuciamos su nido. Los que les fastidiamos. Los humanos llegamos un día, no hace mucho, y podemos desaparecer. Pero la naturaleza ya tenía miles de años y cuando ha habido algún desastre siempre ha sobrevivido.</p><p><strong>Uno de esos desastres es el del Mar Menor, que le pilla cerca. ¿Sirve que se añadan términos como ‘ecocidio’ para poder juzgar las actividades humanas?</strong></p><p>La cuestión es que la naturaleza siempre ha estado legislada, pero los ecologistas siempre hemos pensado que no hacía falta, porque una ley puede ser interpretada de distintas maneras y el problema no es legal sino político. Por ejemplo, el Mar Menor ya acumula ocho o nueve leyes para su protección, y no han servido. Ahora lo quieren catalogar como persona jurídica pero es una hipocresía. Son unos cínicos, porque la ley es un producto social. Y si el sistema es gamberro, la ley también. La lucha es contra la administración, que no cree en el medio ambiente.</p><p><strong>Critica en un apartado las cumbres y los acuerdos oficiales, que terminan siendo obsoletos.</strong></p><p>Claro. Son actos que ponen la atención en el asunto, donde se juntan especialistas y algunos líderes, pero que a la semana siguiente ya se ha pasado de moda y se deja de hablar. Se decide, por ejemplo, eliminar el carbón o bajar las emisiones. Muy bien, pero el problema, insisto, es el sistema. Se niegan a modificar la obsesión del crecimiento. Los políticos echan sus discursos, los científicos alertan, pero ninguno detiene lo fundamental.</p><p><strong>¿Ha mejorado algún aspecto? Porque en su caso, después de luchar contra la energía nuclear, ahora verá cómo se tilda de ‘verde’ por los problemas de suministro de gas o petróleo. Y pasa lo mismo con los discursos contra el consumo de carne o los daños medioambientales de ciertas prácticas: en lugar de aceptarse como algo válido, basado en informes científicos, se toman como una postura ideológica, que levanta trincheras en lugar de abrir debates.</strong></p><p>No ha mejorado mucho la cosa. En el caso de la energía nuclear, por ejemplo, se defiende desde el sector, donde quizás son muy jóvenes y no conocen la lucha. O donde no les conviene airear que en España se cerraron reactores por la presión grupal y por el peligro. Llegó a haber diez plantas y ahora son siete. Con la guerra, todo empeora. Lo peor es que nos creímos lo de los renovables y ahora está todo el mundo comprando gas y petróleo. </p><p>En cuanto a la politización de los discursos, vale la pena volver al caso del ministro de Consumo, Alberto Garzón. Lo que él dice de rebajar la ingesta de carne o de que las macrogranjas son perjudiciales es algo avalado por la Organización Mundial de la Salud (OMS), pero llega el presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, y lo minimiza con la ocurrencia del bistec. ¿Por qué? Porque el peso de los ganaderos es muy gordo y se ningunea la crítica. En resumen: no nos hemos movido gran cosa. En algo hemos fracasado.</p><p><strong>De hecho, se menciona el concepto ‘ecopesimismo’. ¿Opina que se ha fallado a la hora de dar el mensaje?</strong></p><p>Bueno, en realidad el ecologismo se basa en luchar, en crear conflicto para que se produzca un cambio. En pedir justicia social y judicial. Y es duro trasladarlo, tratar de cumplir con esa obligación humana. Entiendo que se tache de pesimistas a quienes intenten dar avisos que luego la historia da la razón. Pero, de todas formas, nuestra intención nunca ha sido ser mayoría ni doblegarnos. </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sat, 11 Jun 2022 17:27:49 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Pedro Costa Morata: "La apuesta del sistema económico es dilatar el problema, no solucionarlo"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Medioambiente,Ecologismo,España,Gobierno]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Orhan Pamuk: "Putin nos ha recordado la otra peste de la humanidad, las bombas"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/orhan-pamuk-putin-recordado-peste-humanidad-bombas_1_1226479.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d5f42498-b15f-4315-a804-5e2720d9892b_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Orhan Pamuk: "Putin nos ha recordado la otra peste de la humanidad, las bombas""></p><p><strong>A veces sucede. Un libro, una serie o una novela </strong>se adelantan a los acontecimientos. En el caso de Orhan Pamuk, sus profecías no han sido a propósito. El<strong> autor turco</strong>, que ganó en 2006 el premio Nobel de Literatura, ha volcado en sus libros otro tipo de narraciones sin pretensión de adivino, un calificativo que esquiva a pesar de que se lo cuelguen a menudo. </p><p>No le pasó en <em><strong>Estambul. Ciudad y recuerdos</strong></em><strong>, de 2005</strong>, donde retrataba cada barrio de su ciudad natal con los ojos de la infancia y la pluma de un pintor apostado en el Bósforo. Ni en <em>El museo de la inocencia</em>, de 2008, en que diseccionaba la sociedad turca e inauguraba un interesante trasvase del papel a lo inmobiliario: ahora esa pinacoteca del título existe para gozo de sus seguidores o de turistas curiosos. Ni siquiera en su anterior creación,<strong> </strong><em><strong>La mujer del pelo rojo</strong></em><strong>, de 2018</strong>, en la que emprendía un camino a lo largo de tres décadas por las desventuras de varios personajes. Ahora, no obstante, le ha caído el cetro de visionario: con la reciente publicación de<strong> </strong><em><strong>Las noches de la peste</strong></em> (Literatura Random House), Pamuk, a sus casi<strong> 70 años, ha dado en el clavo</strong>. </p><p>Sin quererlo y adelantándose un lustro, el escritor ha conseguido exponer la crisis sanitaria de los últimos dos años a través de un relato de otra pandemia: la de principios de siglo XX. La peste bubónica (conocida también como peste negra) acabó con 12 millones de vidas en cinco continentes. En el relato de Pamuk, <strong>se cierne sobre la población de la idílica y ficticia isla de Minguer</strong>, “perla del Mediterráneo oriental”. Allí amenaza a sus habitantes, que<strong> dudan del origen de la epidemia o de las recetas oficiales</strong>, expanden rumores e incluso manipulan los datos. Quizás les suene. </p><p>La acción avanza con una princesa, un doctor, un oficial y varios ciudadanos que convocan protestas, huyen o perecen en medio de un virus impenitente. Estas circunstancias ayudan para dibujar una época concreta, pero también para escudriñar el carácter humano o los reveses de la naturaleza. Básicamente, le sirven para ejercer de nuevo su papel de cuentista, con el amplio sentido que conlleva esa palabra en el gremio: <strong>Pamuk tira de la herencia de clásicos y de su trayectoria como narrador canónico </strong>para levantar lo que ya se cataloga como otro “gran testimonio” de un virus. A la altura de Camus y el existencialismo de <em><strong>La peste</strong></em><strong>, de Thomas Mann y esa </strong><em><strong>montaña mágica</strong></em><strong> donde se recuperan los tuberculosos</strong>, del ambiente de <em>Los novios</em>, del italiano Alessandro Manzoni o del diario londinense sobre una pandemia y las andanzas en un paraíso traicionero de <em>Robinson Crusoe</em> transcritas por Daniel Defoe.</p><p>Orhan Pamuk señala sin pudor esas influencias, pero también anuncia que <em>Las noches de la peste</em> es algo más: lejos de centrarse en un malestar puntual, utiliza unas coordenadas concretas (inventadas o no) para armar la estructura que explica la formación del estado o los entresijos del alma humana. “<strong>Esta es tanto una novela histórica como una historia escrita en forma de novela</strong>”, advierte en la primera página. En una entrevista virtual desde su despacho de Estambul, el autor amplia esta concepción del libro: “Me interesa la peste porque es la metafísica de la muerte. Siempre pensé que esta sería una gran novela, larga”, apunta.</p><p>Más de 700 páginas dan fe de este gran proyecto. Un proyecto que empezó en 2016, al contrario de lo que pueda parecer. Pamuk dio con el tema antes de que el planeta estuviera metido en una ficción semejante, aunque la edición llegue ahora. Según cuenta, llevaba tiempo pensando en zambullirse en una historia así y descubrió la tercera epidemia de la peste. “Empezó en 1894 y mató a decenas de millones de personas, sobre todo en Asia, la India y China.<strong> Casi nadie murió en la civilización occidental</strong>. Se me conoce como un novelista de Oriente y Occidente, así que decidí situar mi novela en esa pandemia”, comenta, afirmando que el inminente paradigma viral no le hizo alterar nada: “Borré algunos pasajes y retoqué aspectos de la cuarentena”, puntualiza, “asemejando la obra a <em>Las mil y una noches</em> y ese método de engarzar argumentos como los pañuelos que saca el mago de su chistera”.</p><p>Cuanto más leía, asevera, más se daba cuenta de que la humanidad casi siempre ha actuado con el mismo estilo: negación, propagación de la infección y deriva revolucionaria. “Es una reacción muy típica. Esta es una novela política, por eso llevo cinco años nadando en un mar de detalles”, anota. Pamuk no quería fabular sobre un virus, sino centrarse en las consecuencias de una población “disgustada y furiosa”. “<strong>La humanidad quiere al mismo tiempo dos cosas de su Gobierno: que detenga la pandemia y que no cierre sus negocios</strong>, que les deje seguir con su rutina cotidiana, celebrando fiestas. Las demandas siempre son contradictorias”, resume, incapaz de entender a quienes no se quieren vacunar: “Siempre lo intento, hasta con fundamentalistas o terroristas, aunque eso no signifique que esté de acuerdo con ellos, y he sido incapaz de hacerlo con esa gente”. </p><p>Pamuk añadió a la <strong>catástrofe el aislamiento dentro del aislamiento</strong>. Redujo el radio de acción. Intensificó, dice, las emociones. Y en ese microclima quiso incluir el paso de un sistema a otro, escrutar los pequeños cataclismos que conforman los capítulos de la historia: “<strong>Se ilustra cómo es cambiar de un imperio -el austrohúngaro, </strong>el otomano- a pequeños estados-nación. Todos requirieron de héroes como el de mi novela. Una vez muere el emperador, hay un surgimiento obvio de dos cosas: el nacionalismo y el secularismo, que están ligados. Una vez que el imperio y el rey se desvanecen, hay que inventar una nueva mitología o leyenda para que las personas estén dispuestas una vez más a ir a la guerra, <strong>a morir por una causa, a luchar por algo</strong>. Mi novela trata también de la invención de mitos seculares”.</p><p>Unos mitos que, mientras iba reseñándolos, surgían a su alrededor. De repente, esa atmósfera pretérita se adueñaba del momento actual con el SARS-CoV-2. El covid se extendía desde Wuhan e imponía una serie de protocolos inesperados. “<strong>Yo no he experimentado ninguna pandemia de peste </strong>y, de pronto, todo fue una sorpresa. Los turcos somos mediterráneos, nos encanta estar juntos, nos besamos siempre que podemos, pero hemos aprendido a no abrazarnos. Estamos cambiando. La manera en que pensamos sobre cómo resolver un problema de negocios está cambiando. <strong>Los museos están cambiando</strong>”, lamenta Pamuk. </p><p>“¿Ha aprendido algo la humanidad del pasado? Mi respuesta es que la humanidad se sigue enamorando y sufriendo. Hay tantas novelas sobre el amor, ¿y ha cambiado nuestra manera tonta de enamorarnos? No, en absoluto. Estas cosas son problemas del corazón humano. <strong>La literatura no va de cuarentenas</strong>. Va sobre el corazón humano, y eso cambia muy despacio”, arguye, metiéndose en otros terrenos en los que, por desgracia, también ha acertado. </p><p>Ahí está la casualidad que le llevó a mencionar a Bin Laden en <em>Nieve</em>, de 2002, y que luego se produjera el atentado del 11-S. O <strong>sus artículos sobre los obstáculos a los que se enfrentaría la Unión Europea</strong> con respecto a la imposición de bloques en la geopolítica mundial, los que hablaban de una paulatina pérdida de libertad de expresión en su país o los que alertaban sobre un auge de extremismos que podrían derivar incluso en un conflicto como el de Ucrania, que califica de “<strong>medieval</strong>” y le deja llorando de madrugada, tratando de entender el sufrimiento de los ciudadanos.</p><p>“<strong>Vladímir Putin nos ha recordado la otra peste de la humanidad, que son las bombas</strong>. Hay bombas atómicas disponibles y, quizás no en esta guerra, pero es posible que algún día exploten y maten a millones de personas. Esto es lo más desastroso. A finales de los años 40 hubo una novela llamada <em><strong>En la playa</strong></em><strong> que narraba la historia</strong> de la humanidad después de la bomba atómica y cómo las nubes de muerte llegaban a Australia. La literatura abordó estas cuestiones en los años 40 y 50, pero se nos había olvidado que teníamos armas más temibles que la peste”, reflexiona, enfatizando ese germen perenne de asuntos que nutre a la literatura y su capacidad para no perder vigencia. </p><p>El escritor turco asegura estar “abierto a todos los libros, ya estén escritos ahora o hace quinientos años” y se posiciona contra la incipiente rusofobia: “Seguiré enseñando las obras de Tolstói o Dostoievski”, subraya. “La literatura no se está desvaneciendo, sino que cuanto más rica es la humanidad más tiempo dedican las personas a leer. No me quejo de internet, ni de la televisión. Creo en el valor de la literatura. Mis libros y muchos otros se están leyendo cada vez más”, sentencia definiendo “<strong>el arte de la novela</strong>” como “el arte de explicar una historia en la que las personas creen que esa historia inventada es real; o puede ser al revés: contar una historia verídica y que los lectores crean que es inventada”. </p><p>Para conocer el pasado, insiste, hay que leer libros de ficción. “<strong>Yo escribo novelas históricas</strong>, porque la historia me presta no sólo la verdad, sino lo que yo definiría como una obra romántica que deseo para enriquecer mis textos. En mis libros, <strong>la historia no está ahí para analizarla o comprenderla</strong>, sino que es algo que experimentar, algo con lo que confrontarse. Para mí, la historia ofrece la posibilidad de obtener una experiencia romántica más que una fuente de análisis racional”, cavila un autor que no solo ha elaborado una extensa bibliografía a raíz de narraciones épicas sino que ha cultivado el ensayo o ha participado en medios de comunicación con textos o entrevistas en las que habla de derechos humanos.</p><p>Justo por culpa de esta última labor, Pamuk ha tenido que rendir cuentas ante los tribunales o abandonar temporalmente su residencia habitual. En 2004, fue llevado a juicio por “insultar y debilitar la identidad turca” después de mencionar los genocidios armenio o kurdo perpetrados por su país. Con <em>Las noches de la peste</em> ha ocurrido lo mismo: un abogado particular denunció y consiguió que la Fiscalía abriera una investigación por entrever paralelismos entre Kemal Atatürk, padre de la patria, y el oficial Kolagasi Kamil de la novela. Otra vez se referían a la ofensa de sus valores identitarios, precisamente con un texto en el que se critican los nacionalismos, los extremismos políticos y las tensiones entre Oriente y Occidente. “Es una acusación kafkiana”, zanja. </p><p>“Occidente se entendía por la civilización occidental, por su historia, por su industria, y es algo que podríamos reducir a la Unión Europea y a Estados Unidos. Pero ahora eso está cambiando. Hay países totalitarios, autoritarios, y países libres. Y puede que se esté formando un nuevo bloque”, resalta, volviendo a su tierra y a los movimientos que esta invasión puede suponer. </p><p>“Erdogan, que casi ha liquidado la libertad de expresión en Turquía y ha flirteado con Putin para hacer chantaje a la OTAN, o Viktor Orbán en Hungría, que también amenazó a la Unión Europea siendo el chico malo, están ahora en el otro bando, porque Rusia ha sido un enemigo desde hace 500 años y sólo la OTAN les puede proteger de una posible agresión. Una consecuencia muy palpable de la guerra en Ucrania puede ser que paren ese populismo antieuropeo y se alineen con la OTAN”, avanza, evitando caer en el rol de adivino. “Odio a la gente que se atreve a revelar el futuro. A veces digo: No me pidas que prediga el futuro, soy un novelista de novela histórica”, ríe, sabiendo que, imprevisiblemente, sus profecías suelen cumplirse.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Mon, 02 May 2022 18:46:50 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <title><![CDATA[Miren Agur Meabe: “Escribo en euskera por compromiso y responsabilidad”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/miren-agur-meabe-escribo-euskera-compromiso-responsabilidad_1_1218388.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/41dfad89-065a-4373-b280-e428f427dcbd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Miren Agur Meabe: “Escribo en euskera por compromiso y responsabilidad”"></p><p>Ha publicado más de una docena de títulos de literatura infantil y juvenil que son éxitos de venta. Se ha atrevido con la poesía más descarnada y con el relato de tinte autobiográfico.<strong> </strong>Miren Agur Meabe, nacida en Lekeitio (Bizkaia) en 1962, desempeña el oficio de la escritura con la ternura del artesano y el tesón del devoto. Desde su pequeña localidad vizcaína va añadiendo versos, cuentos, novelas o traducciones de otras autoras y autores al euskera. Es en esta lengua en la que trabaja no solo por comodidad, sino por compromiso: alude al amor por su tierra y sus raíces o a la necesidad de incluir experiencias que aún no están expresadas. </p><p>Con <em>Cómo guardar ceniza en el pecho</em> (Bartleby) ganó el Premio Nacional de Poesía en 2021. Era la primera vez que se otorgaba a un texto en euskera y cierra una trilogía libre iniciada por <em>Un ojo de cristal </em>(Pamiela) y continuada con<em> Quema de huesos </em>(Consonni). En ellas trata los temas que suelen rondarle desde siempre: la búsqueda de la identidad, la memoria, la explicitación del deseo femenino o incluso la culpa. Meabe lamenta que sigan imponiéndose unos idiomas sobre otros, pero habla contenta de su creación: hace lo que le gusta y, además, es reconocida por su gente. A veces aparece en público con un parche debido a una serie de operaciones después de un glaucoma que sufrió de pequeña y asegura que hubo épocas en las que “no tenía cara de salir a la calle” después de algunos episodios dramáticos, como la pérdida de su expareja. En conversación telefónica se muestra locuaz, alegre y confiesa estar “hasta arriba”. Algo que no le impide explayarse sobre su vocación y su forma de entender la literatura como algo diverso, sorprendente y, en su caso, analógico: “De tecnología ni idea, tendría que entrar a internet hasta para escribir un whatsapp”. </p><p><strong>En muchos artículos se menciona que es desconocida porque escribe en euskera. ¿Le sorprende, se ha sentido arrinconada? </strong></p><p>No, no (risas). Mi opción es escribir en euskera. Yo escribo, en principio, para mi comunidad. Porque lo hago por amor a mi territorio, a mis raíces familiares. Y porque me parece que escribir en euskera es una forma de compromiso con mi sociedad y con mi tiempo. Siempre he dicho que prefiero ser luciérnaga en mi barrio que cometa en el universo de las letras. Ahora, que un premio convierta la luciérnaga en cometa está bien. Y yo encantada. Pero nunca voy a reprocharle a mi lengua no haber sido más conocida, porque la responsabilidad no es de los lectores o los creadores sino de las instituciones, que no procuran más medios al alcance que aseguren el intercambio. Yo podría escribir en castellano. De hecho me traduzco a mí misma y traduzco otras obras porque me considero perfectamente bilingüe o bilingüe competente, pero mi opción es la de ayudar a que el aliento de una de las lenguas más antiguas de Europa perviva como un bien cultural.</p><p><strong>¿Sigue habiendo centro y periferia? </strong></p><p>Sí, pero eso depende de dónde se pone la brújula. En Euskadi yo no soy periférica y, al igual que yo, todas las escritoras hemos ido avanzando hacia una posición más central dentro del sistema literario. Pero si se pone el medidor o la atalaya en otro punto, siempre va a pasar que los que no estamos allí, quedamos lejos. </p><p><strong>¿Está cambiando la sensibilidad? ¿Es por culpa del mercado o de los lectores? </strong></p><p>Creo que está habiendo un cambio de mentalidad, pero muy, muy, muy lento. Se aprecia que hay editoriales, muchas veces pequeñas o independientes, que tienen interés en obras distintas al castellano. Yo tengo de mi propia cosecha libros traducidos al inglés, al catalán o al castellano. Hay un interés que ha crecido en los últimos años. ¿Por qué? Entre otras cosas, parece que la crítica literaria también presta más atención a lo que llamamos periférico, que no es similar a pequeño, a insignificante o poco importante. Hay valores en esas literaturas que merecen la pena que sean expandidos. También es verdad que cada lengua tiene su propia idiosincrasia y a veces es más fácil cruzar los puentes de la traducción porque técnicamente es menos costoso. Es menos complicado traducir del gallego o el catalán al castellano que del euskera. Eso tiene también un reflejo económico. Es todo un cúmulo de factores. </p><p><strong>¿Y se utiliza el idioma como barrera o arma arrojadiza? </strong></p><p>Sí, y además hablamos de que se elige una lengua por compromiso y obligación, no simplemente por facilidad. Pienso que puedo aportar cierta modernidad a la literatura de mi País Vasco, escribiendo desde mi óptica de mujer en un idioma en el que ciertas cosas no se han dicho, como puede ser la explicitación de la sexualidad. Y sí que se utiliza como arma arrojadiza, como diciendo: “Ellos se automarginan, es más práctico escribir en una lengua que entendemos”. Vale, pero eso desde mi punto de vista es una forma de pensar muy arcaica que no reconoce que cada lengua encierra un mundo simbólico propio y que engarza con una tradición literaria de siglos anteriores. Y resulta constrictora, como una boa. Deriva de intereses políticos. Hay que ser prudente, pero también hay que defender tu posición con respeto y coherentemente. Es como decir que por ser poco conocida una no se merece un premio. Yo no sé si lo merezco o no, pero ha habido un jurado que ha deliberado, supongo que lo más objetivamente posible, y no hay mucho más que decir. Habrá quien tenga dudas y le parezca que tiene méritos o no, pero eso no tiene nada que ver con el hecho de cómo ha sido escrito. Como si a un escritor se le da el premio Nobel y ha escrito en finés. Al final vamos a escribir todos en inglés, o español, o francés. O en esperanto. Y al hacerlo vamos a perder mucha riqueza de tradición, de simbología y de representación que solo son posibles en la lengua de origen.</p><p><strong>En relación con modernizar la lengua, alguna vez ha dicho que fue la primera en usar clítoris en euskera. ¿Cómo escoge las palabras? </strong></p><p>Sí (ríe). La anécdota tiene su parte humorística. Todo el mundo se queda con esa copla, pero al decirlo no estoy echándome flores, sino quiero expresar esa idea de que hay cosas que decir en nuestra literatura que aún no se han dicho desde la renovación o modernidad. Y elijo eso no de forma casual, sino porque expresando nuestra identidad femenina por medio de palabras que denotan partes fisiológicamente femeninas es una manera de reivindicar nuestra existencia, nuestra visibilidad y nuestra sensibilidad. Partiendo de esa premisa, escojo todas las palabras como una obsesa. Nunca me quedo del todo satisfecha si no he repasado un poema mil veces. Incluso después de que se haya maquetado un texto encuentro alternativas. Huyo de las repeticiones infructuosas que pueden parecer despistes, que no responden a una intencionalidad. Y como la materia prima que utiliza un escritor es la lengua, pues su obligación es precisamente hacer que esa lengua brille, que sea personal. Y que despierte en el lector, sea grande o pequeño, un aprecio por el universo lingüístico. Es como un trabajo de orfebrería, que me vuelve loca pero me encanta el resultado. Porque los lectores aprecian que no solo estoy transmitiendo un mensaje, sino que el texto está cumpliendo la función estética del lenguaje.</p><p><strong>¿Se siente igual de cómoda en la literatura juvenil, la adulta, la poesía o la novela? </strong></p><p>Para mí es exactamente lo mismo. Yo trabajo igual la prosa y la poesía. Con la misma atención y con la misma búsqueda de la palabra precisa, sugerente. Ahora bien, en poesía hay que tender a la economía. Entonces, tengo la misma actitud, pero aquí es más acentuado: limpio más aún. </p><p><strong>En ‘Quema de huesos’ opta por el relato. Y sirven para aligerar el pasado mediante recuerdos o sentimientos. </strong></p><p>Los huesos son una metáfora de las cargas de la vida. No estamos hablando de artrosis o de reuma, sino de sucesos, sueños, fantasías... Todo tipo de huesos o cargas que ocupan ya un lugar ilegítimo, que son un lugar pasado como los rastrojos en la huerta y deben ser sustituidos o quemados. Se enlaza con lo anterior, Un ojo de cristal, que comparaba la literatura con cuidar un jardín. Porque hay que escoger la tierra ideal para determinada planta, ser consciente de que alguna vez no se llega a la hojarasca que estorba o incluso que hay quemar. De eso viene el libro: quito lo que me sobra en la vida, lo pasado, lo quemo, hago una hoguera y con ella, que es el proceso de transformación, creo una energía que me empodera como persona o como escritora. ¿Y qué pasa con eso? Lo más normal en las huertas es que esas cenizas sirvan para abonar las bases de los frutales o las flores. En ese lugar alegórico yo las utilizo para trabajar mis próximos libros. En este caso, Cómo guardar ceniza en el pecho. Cada obra es independiente, pero forman una especie de mosaico. </p><p><strong>¿Tiene que ver con la metamorfosis? </strong></p><p>Sí, porque la búsqueda de la identidad y la actualización de la propia imagen tienen mucho que ver con la metamorfosis. Porque es otro tipo de quema. Si lo hacemos para deshacernos de cosas que nos pesan, también nos metamorfoseamos para nacer de otra manera. Tiene que ver con superar crisis personales para reconstruirse, y es una constante en toda mi obra. Es esa búsqueda de la identidad y la desinstrumentalización del propio cuerpo en busca de ciertas cotas de libertad. Está todo unido y ya veremos si se incluye, en otra fase, el extrañamiento.</p><p><strong>¿Usa los mismos temas (la pasión, la infancia, la familia) en toda la producción?</strong></p><p>Bueno, en literatura juvenil la temática es distinta. Recurro a tramas históricas o el empoderamiento femenino a través de la fantasía. En los otros se repite, pero porque pertenece a la misma etapa vital, estética. Son temas que me han ido despertando cada vez más interés. No se ve la vida igual con 45 años que con 60. La memoria es el archivo del pasado que nos ayuda a comprender nuestro presente. Y todo ello (la reconstrucción, la metamorfosis, la búsqueda de espacios de mayor libertad, la renuncia o ruptura con aquello que nos impide ser más felices) responde a una pregunta: qué necesito en este momento para sentirme más plena. A mí me suele importar mucho. Es que siento que acabo un ciclo vital y debo replantearme cómo quiero seguir. Y en mi literatura se refleja mucho porque está muy inscrita en el yo. Aunque no sea totalmente autobiográfica. Voy a tener que buscar otro tipo, rosa o de ciencia ficción, para dejar de hablar de este yo, yo, yo. Que parece muy protagonista pero es que no soy solo yo: es mi voz que es portavoz de muchas mujeres de mi generación. No es Miren Agur Meabe que está hablando de sí misma, sino que está haciendo de portavoz de otras mujeres cercanas a las que ha conocido y con las que ha compartido educación, también sentimental, y espejos.</p><p><strong>¿Se apropia de otras biografías? </strong></p><p>Hay que hacer una distinción. No adopto vidas de otras mujeres o de personajes muy célebres. Me refiero a que hay compañeras, amigas o colegas que han vivido experiencias parecidas y a veces me apropio de ellas para construir un personaje ficticio. Después hay otro asunto, el de las mujeres célebres que aparecen de distintas maneras. Puede aparecer Margaret Atwood, Jeanette Winterson o Marguerite Yourcenar, que son algunas de mis escritoras favoritas, que las traigo como elementos de autoridad. O porque van a iluminar algo que yo voy a contar, mucho peor, después. Su premisa alumbra lo que yo quiero decir. Otras veces las cojo y hago un retrato porque me sirve para plantear algunas inquietudes mías. Me pasa con Wendy, de Peter Pan, o Mary Shelley, que tomo como mitos para cuestionar la sororidad, la crítica del amor tóxico, el cuidado mutuo... Es como actualizar unos mitos desde un punto de vista ficticio, pero sirve para divertirse y reflexionar. Lo hago porque iluminan, pero también se las visibiliza y se hace justicia. Es una actitud que yo entiendo como feminista. </p><p><strong>¿Y llega a rozar el exhibicionismo? </strong></p><p>De mí siempre se ha dicho que me desnudo mucho. Y siempre digo, para defenderme, cuánto hay de real o de falso en mis obras, porque lo que funciona es el artificio literario y no se trata de analizar si lo que se lee es un 80% real o inventado. En El ojo de cristal explicaba que, igual que ese ojo de cristal que tengo no es de cristal sino de una resina, en la novela puede no serlo. Me servía la metáfora: no es la vida, pero se le parece. Es una prótesis: el ojo, o una peluca, o los dientes postizos se nos colocan para sustituir algo que nos falta orgánicamente de cara a la socialización. Y esa novela era rellenar un hueco que a mí me faltaba físicamente. Era una prótesis emocional. Entre mi vida y mi obra hay mucha identificación. No al 100%, pero bastante. Y que algunos se puedan escandalizar, qué le vamos a hacer. Estoy haciendo literatura y el pacto con el lector es que por su parte me preste la confianza de creerse lo que le estoy contando. No estoy confesándome con el cura de mi pueblo.  </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 04 Feb 2022 18:30:42 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <title><![CDATA[Cristina Rivera Garza: "Se habla mucho de la culpa, pero no lo suficiente de la vergüenza"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/cristina-rivera-garza-habla-culpa-no-suficiente-verguenza_1_1208783.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/4c6abde5-e517-4d73-ad61-9dc5ff367989_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Cristina Rivera Garza: "Se habla mucho de la culpa, pero no lo suficiente de la vergüenza""></p><p>Es, ni más ni menos,<strong> </strong>que “la historia fundamental” de su vida. Cristina Rivera Garza lleva 30 años dedicada a lo mismo, aunque no lo parezca. Aunque en el camino se haya desviado o haya tratado de camuflarlo en ficciones. La explicación de la muerte de su hermana, la narración de lo que es perder a un ser tan próximo, la investigación de un suceso inconcluso o la expiación de ese vacío le han llevado tres décadas. </p><p>Tres décadas que, en realidad, no se pueden contar con el mismo calendario que el del resto de mortales. Porque el duelo, un duelo tan profundo, “tortuoso”, deja el mundo en suspenso. Mezcla el pasado con el presente. Trastoca los tiempos verbales. Y la autora mexicana, de 56 años, se quedó en ese limbo intangible el 16 de julio de 1990, cuando el exnovio de su hermana la asesinó.</p><p>Parece haberlo archivado. Por fin. Gracias a <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/246022-el-invencible-verano-de-liliana-9788439739456" target="_blank">El invencible verano de Liliana</a>, recientemente publicado en España por Literatura Random House, Cristina Rivera Garza ha dado carpetazo a esa llama lacerante que arrastraba, a esa suntuosa imprecisión. Lo ha hecho, precisamente, abriendo carpetas. Y cajas. Aquellas en las que se guardaban los documentos de Liliana. Sus cartas, sus recortes: su voz, en suma. Aunque advierte desde el principio, a través de una cita de Chris Marker: “El tiempo lo cura todo, excepto las heridas”. </p><p>“Me parecía muy importante que apareciera ella, darle un espacio”, asegura la autora, reconociendo que Liliana ha estado “de manera oblicua” en toda su producción, que comenzó a principios de los noventa y acumula decenas de galardones. “Para mí era necesario. Lo había intentado antes, pero había fracasado estrepitosamente”, insiste durante una visita a España para presentar el libro. “Me he ido acercando a fórmulas que mezclan la ficción y la no ficción, estudiando sus límites, sus herramientas, hasta que acudí al archivo y se acabó el silencio”. </p><p>En el ensayo, cuyo título se debe a una frase de <a href="https://www.infolibre.es/tags/personajes/albert_camus.html" target="_blank">Albert Camus</a> (“En medio del invierno aprendí por fin que había en mí un verano invencible”), se mezcla la crónica, las reflexiones personales o las palabras juveniles de Liliana, impresas en papeles desempolvados. El resultado es un catálogo de emociones y, a la vez, un manual de resiliencia. Se habla de los sentimientos más inmediatos, de esa mutación a largo plazo en la que deriva esa inconsistencia, de la búsqueda de justicia o del trasfondo que lo contextualiza: la violencia estructural contra las mujeres.</p><p><strong>La culpa del sobreviviente</strong></p><p>Cristina Rivera Garza tira de una prosa envolvente para hacer partícipe al lector. Expresa su pesar con mimo, sin escatimar en detalles, y sin cortarse a la hora de ser crítica consigo misma. “Hay mucha culpa, mucha rabia, mucha impotencia. Comparto todo eso con muchas personas que se quedaron sin un familiar. Pero a raíz del libro he encontrado mucha solidaridad”, arguye quien repite en varias ocasiones su hartazgo, el odio a una misma, el “carácter discontinuo” del duelo, como lo cataloga el filósofo Roland Barthes.</p><p>“¿Se puede ser feliz mientras se vive en duelo? La pregunta, que no es nueva, surge una y otra vez durante esa eternidad que es el quebranto. Se habla mucho de la culpa, pero no lo suficiente de la vergüenza. La culpa del sobreviviente puede atraer una sospecha acaso saludable, un titubeo incluso razonable, acerca del placer, del gusto, de la compañía. La vergüenza es una puerta cerrada a piedra y lodo. Pocas actividades requieren más energía, tanta atención al más mínimo detalle, como odiarse a sí mismo. Es una tarea milimétrica. Agotadora. De tiempo completo. Durante los primeros años de su ausencia, cuando los años se fueron acumulando uno sobre el otro y todavía era imposible siquiera pronunciar su nombre, fue fundamental prohibirse cualquier actividad que pudiera interrumpir la danza de la vergüenza y el dolor. Una ceremonia muchas veces repetida. Algo acaso religioso. Nunca es una decisión consciente, pero sí es brutal”, escribe en las primeras páginas.</p><p>Otro pasaje describe los instantes posteriores a la noticia: “Un día después del entierro de Liliana, cuando los parientes y amigos se habían esfumado rumbo a sus rutinas cotidianas, lloré de esa misma manera animal ya sola en casa. Un grito es un sonido agudo y estridente que se emite de una manera violenta. Un alarido expresa dolor o miedo. Pero esto que se esparció en ese cuarto solo, eso que no escuchó nadie y que desgarró, al mismo tiempo, al aire en dos, o en muchos pedazos, era algo que venía de un mundo desconocido y se comunicaba, igual, con mundos todavía por nacer. La fricción lenta, chirriante, entre materiales disímiles. Algo con bordes maltrechos y con hedor. Algo todavía informe. Hay que agarrarse el abdomen y hacerse bolita sobre el piso. Hay que esconder el rostro. Hay que suplicar. Sobre todo, sí, hay que suplicar. El tiempo no pasa en absoluto. El pasado nunca es el pasado. Aquí estaba todo eso, intacto, una vez más. Y, como entonces, hubo noches en que me despertó la certeza de que no iba a poder, de que tampoco esta vez iba a poder”.</p><p>Una de las causas de ese regodeo emocional es la falta de vocabulario para definir la ausencia de una hermana. Piensa igual que la chilena Marcela Serrano, que en <a href="https://www.penguinlibros.com/es/biografias/7113-el-manto-9788420439358" target="_blank">El manto</a>, sobre la muerte de su hermana, sostiene que hay categorías “innombrables” que empeoran la recuperación. Si se muere el marido, dice, eres viuda. Si se mueren los padres, te conviertes en huérfana. Pero no hay un término para los quebrantos “horizontales” ni forma de cerrar “la válvula del dolor”. “Es muy cierto que no tenemos un vocabulario para posicionarnos frente a esta pérdida, y más cuando se debe a la violencia machista”, afirma.</p><p>Rivera Garza ha intentado hacer una “escucha amorosa” para poder conceptualizarse. Para entender a su hermana, entenderse a sí misma y entender a su país, México. Cada elemento, cada objeto, no solo está ensombrecido por la carencia del cuerpo fraternal, sino que viene determinado por un contexto concreto: “Hay un hecho incontrovertible y es que existe una guerra no declarada, llamada contra el narcotráfico pero que es contra la población. Y eso se evidencia en la muerte y desaparición de mucha gente, pero especialmente de las mujeres”. </p><p>Hay un estado de emergencia mundial en este sentido, puntualiza, que no se reduce a México, donde en enero de 2012 se tipificó el feminicidio como delito. “Hay violencias cotidianas, laborales”, expone, “que son estructurales”. Ocurre en su país, pero también en el vecino estadounidense, en España o a lo largo del Cono Sur. Allá se hizo célebre la canción <em>Un violador en el camino</em>, que también ejerció de catapulta para el libro y que dice así: “El patriarcado es un juez que nos juzga por nacer y nuestro castigo es la violencia que no ves. Es feminicidio. Impunidad para el asesino. Es la desaparición. Es la violación. Y la culpa no era mía, ni dónde estaba, ni cómo vestía. El violador eras tú”.</p><p>A lo largo de las páginas, de hecho, se percibe el acoso psicológico. Se ve cómo relata Liliana el agobio, la desesperanza. En sus anotaciones, esta veinteañera universitaria habla de quien ha sido su pareja desde hace tres años, pero también del interés por otros hombres. La hermana de Cristina Rivera dejó retales de su cotidianeidad en esos cuadernos. Maneja con gran precisión la revelación de un fuero interno cargado de incertidumbre, de ese abismo que se produce mientras se desvanece la juventud y se asoma la adultez. Las dudas rondan a esta estudiante de arquitectura que no puede desprenderse de un novio hostigador. De un “tonto” o “agresivo” que le impide volar libre, pero no llega a ser “mala persona”.</p><p>“Los recuerdos. Me ahogo en imágenes, monstruos sin cara me engullen. Se acabó. ¿Cuántas veces te lo dije, Ángel? Nada es eterno. Y la rabia, más allá de la lógica, más allá de la razón. Sería cruel si dijera, mejor así. No lo concibo. ¿Será acaso eso lo que duele? ¿Será que el terrible fin de la niñez llegó? ¿Será que la adolescencia ya pasó? ¿Será? ¿Por qué, Ángel? Ángel loco, Ángel bueno, Ángel ángel. ¿Cómo no repetir tu nombre? No hay espacio para el rencor. No lo hay para el odio. No volverás a oír nada de mí. Soy un punto difuso. Vamos a contar los soles que no salieron. Las nubes rasas. El sudor asfixiante. Vamos a contar los amores excluidos”, apunta Liliana en una de las hojas.</p><p><strong>Una víctima de feminicidio</strong></p><p>Sabía Liliana que atravesaba tiempos difíciles, indica Cristina Rivera Garza, pero confiaba “en su fuerza, en su talento, en su capacidad de amar”. Confiaba en ese “invencible verano” que se erguiría en medio del invierno. Y, no obstante, no pudo disfrutarlo. Ese Ángel terminó cercenando ese futuro. Y huyendo. De hecho, el libro es también un intento de zanjar el caso, aún sin resolver. “Se levantó una orden de aprehensión contra el presunto asesino en 1990, pero nunca fue capturado ni pasó por un juicio”, rememora, “y creo que nadie en este mundo puede escapar a la justicia sin el apoyo de familia, vecinos; nadie desaparece de este mundo así como así. Mi esperanza es que alguien pueda reconocerlo”.</p><p>Usa para lograr este fin la foto que se imprimió en los periódicos. “Ángel González Ramos fue identificado como el presunto responsable de haber asesinado a la joven estudiante Liliana Rivera Garza. Según las investigaciones de la Policía, a la estudiante le quitó la vida su exnovio, por lo que este es afanosamente buscado en todo el país. Contundente, la Policía reveló ayer que a la estudiante Liliana Rivera la mató su exnovio, quien enseguida se dio a la fuga”, se puede leer en una de las noticias de entonces.</p><p>Gracias a aquellos documentos y a conversaciones con amigas o compañeros de Liliana ha averiguado nuevas facetas de su hermana y cicatrizar, en parte, la herida. “He descubierto un montón de cosas. Me ha encantado saber que tenía mucho sentido del humor, que estaba lista para comerse el mundo, que era una mujer avanzando a pasos agigantados”, confiesa. También le sorprendió un aborto o las fantasías propias de la edad, aunque no haya querido centrarse en ellas ni enmarcarla en un “estereotipo”. </p><p>“El libro ha servido para transformar lo que por años fue un duelo solitario, sostenido solo entre mis padres y yo misma, a un duelo con otros, compartido, y llorarla como se debe, como una víctima de feminicidio”, concluye, refiriéndose a esa recapitulación de algo esencial en su vida y a ese objetivo logrado, más de tres décadas después.</p><p><em>*Este artículo está publicado en el número de septiembre de</em> tintaLibre<em>, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 12 Sep 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Cristina Rivera Garza: "Se habla mucho de la culpa, pero no lo suficiente de la vergüenza"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Asesinato mujeres,Libros,Literatura latinoamericana,TintaLibre,Violencia machista]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Le Clézio: “Dejémonos guiar  por quienes abren su corazón”]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/le-clezio-dejemonos-guiar-abren-corazon_1_1206431.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3a4ab704-bc49-408d-aa30-5fd90ba01a32_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Le Clézio: “Dejémonos guiar  por quienes abren su corazón”"></p><p>Cuesta determinar cuándo <strong>Jean-Marie Gustave Le Clézio </strong>está mirando a su interior y cuándo fantasea con historias ajenas. El escritor francés tira de recuerdos propios, de imágenes pretéritas o de detalles cercanos para elaborar sus relatos. Recurre a su memoria en aquellos de corte más oriental, como <em>El desierto</em> o<em> El buscador de oro</em>, en tramas desasosegantes como <em>El diluvio</em> o <em>El atestado</em>, y en narraciones de primera persona, como <em>Urania</em>, <em>El africano</em> o la reciente <a href="https://www.penguinlibros.com/es/literatura-contemporanea/232817-cancion-de-infancia-9788426409584" target="_blank">Canción de infancia</a>. Según dice, toda su obra está esculpida bajo la misma fórmula: “Un 80% de realidad, un 20% de imaginación y documentación”.</p><p>Le Clézio hace gala de un nomadismo desprejuiciado, de una pertenencia a la periferia –a pesar de gozar de pasaporte occidental– que le permite hablar desde la atalaya del desterrado: nació en Niza en 1940, vivió unos años en Isla Mauricio (donde su familia tenía raíces desde el siglo XVIII), se trasladó temporalmente a Nigeria, volvió a Francia y alternó temporadas en la Bretaña, se mudó a Albuquerque, en Nuevo México, o descubrió la vida saharaui junto a su esposa. Ni siquiera ahora, con 81 años, ha abandonado la vida errante: en las últimas décadas ha pasado temporadas en Colombia, Panamá o en países asiáticos como Corea del Sur y China. Se puede afirmar, por tanto, que no ha parado. Cuando se le menciona como emblema de la multiculturalidad o se le califica como exponente “de la ruptura, de la aventura poética y de la sensualidad extasiada, investigador de una humanidad fuera y debajo de la civilización reinante”, según destacó el jurado del premio Nobel al concedérselo en 2008, se ajusta a su figura errante, inquieta.</p><p>Es desde Francia, sin embargo, desde donde atiende las cuestiones sobre <em>Canción de infancia</em>, que acaba de salir en español publicado por Lumen. El libro es otra vuelta atrás, otra retrospectiva dedicada a sus lugares predilectos, pero se centra en el espíritu de la época y desecha la nostalgia. Un “sentimiento honroso” que supone “debilidad, una crispación que rezuma amargura”, tal y como advierte en sus páginas. “Es, a mi juicio, un peligro real, una forma muy autocomplaciente de castigarse”, añade ahora al referirse a un texto que podría dar pie a equivocaciones: en algunas descripciones aflora la melancolía, la belleza de lo perdido.</p><p>“Tengo un problema con la nostalgia”, confiesa. “En coreano usan <em>hyangsu</em>, es decir, <em>el perfume del agua</em>, y eso indica que no es muy real y que tiene una parte de narcisismo”, reflexiona, “lo que ahora echo de menos en Bretaña no es la idealización de un país en el que yo era libre y andaba descalzo por los senderos de las dunas, sino la musicalidad de la lengua bretona, que seguía viva entre los ancianos e incluso entre los niños y que no podrá ser sustituida por la musiquilla de las series de televisión o las canciones actuales. Pero cuando recuerdo la pobreza de los bretones, los niños en los orfanatos, la miseria de los campesinos, el rictus de la embriaguez, cualquier ilusión se desvanece”.</p><p><strong>Recuerdos y emociones de la Bretaña</strong></p><p>Porque su estructura, dividida en dos partes, camina entre la evocación de las calles y elementos de Sainte-Marine, esa localidad bretona donde pasaba sus vacaciones, hasta su relación con la guerra. Le Clézio reivindica una región que reúne tanto la barbarie como la espontaneidad. “Aunque no nací allí ni tampoco viví allí más que unos meses todos los veranos entre 1948 y 1954, es el lugar que más emociones y recuerdos me ha dejado”, señala al comienzo. Y arguye que, cuando su padre regresó a Francia, en la década de 1950, la olvidó. No la rechazó, sino que la borró como “algo imposible, irreal, demasiado grande y puede que peligroso”.</p><p>Bretaña, explica, no solo le era familiar, sino que era “de la familia”. “Crecí convencido de que nosotros (quienes llevaban nuestro apellido, el de mi padre y el de mi madre, los de nuestra estirpe) éramos bretones y que desde los tiempos más remotos ese hilo invisible y sólido nos unía a esa región”, avisa como prefacio a esa recapitulación de rincones desaparecidos y como contrapunto a su experiencia anterior: “En Francia, la Segunda Guerra Mundial empezó el 3 de septiembre de 1939. Nací en Niza el 3 de septiembre de 1940. Los cinco primeros años de mi vida los viví en guerra. Para mí, esa guerra (todas las guerras) no puede ser un acontecimiento histórico”, justifica el autor antes de defender que no podría convertirla en argumento.</p><p>“No tengo ninguna perspectiva para hablar de la guerra. Solo sentimientos, sensaciones, ese flujo en movimiento en que navega un niño entre el día de su nacimiento y el propio comienzo de la memoria consciente”, alega Le Clézio, que pretende, a la vez, separar esa visión “mágica” de su periodo en África o en geografías tropicales por la crudeza de la contienda. Ya hablaba en <em>El africano</em> de ataques de cólera producidos, quizás, por la angustia heredada de la batalla, pero aquí cita al hambre, a la muerte. “Si comparo con lo que viven los niños de Palestina o de Libia o de Siria o de países de América Latina o de Oriente, no es nada. No he vivido nada doloroso sino pequeños problemas. El único dolor que he vivido del que me acuerdo es el del hambre”, incide. Ignoraba lo que era, apunta, pero se acuerda de que siempre buscaba algo que llevarse a la boca. “La preocupación era comer, no jugar. Y recuerdo el sabor a tierra de la comida, del pan, de las verduras. Todo estaba preñado del sabor de la tierra, porque había que enterrar la comida para esconderla y también nos alimentábamos de muchas raíces. Ese sabor a tierra, a muerte, ha seguido siempre presente en mi paladar”, rememora quien acaba de publicar una carta a su nieta comparando la pandemia con su infancia. Aunque marca distancias: “Esto no es un castigo, sino una oportunidad. A diferencia de la guerra, esta es una lucha contra nosotros mismos, contra nuestros fallos, nuestra indiferencia hacia la naturaleza, nuestro vanidoso egoísmo”.</p><p><strong>Tiempo sin límites</strong></p><p>Hace esta revisión sin orden cronológico. Con el caos propio de la edad. “¡La medida del tiempo es tan diferente en la niñez!”, exclama, “que algunos días no se acaban nunca y otros parece que, como en <em>Alicia en el país de las maravillas</em>, se está cayendo en un pozo sin fondo, si no fuera por ese tiempo sin límites por el que todos pasamos antes de llegar a la orilla firme de la edad adulta, ¿habría novelas? ¿habría metamorfosis?, ¿existirían la poesía de <strong>Emily Dickinson</strong> o los feroces relatos de <strong>Flannery O’Connor</strong>?”.</p><p>Jean-Marie Gustave Le Clézio utiliza este canto a la infancia para retomar algunos de sus temas preferidos. A través de estos cuentos que les relataba su abuela, reivindica el amor por un lenguaje propio o por lo que suele llamar “independentismo emocional”. “Lo más terrible no es que se pierda una lengua, sino que se pierda la fraternidad”, comenta al respecto. “Es un sentimiento muy potente en algunos pueblos marginales, como el de los indios pápagos de Arizona: cuando <strong>Trump</strong> ordenó cerrar la frontera, ellos respondieron que seguirían ayudando a todos los migrantes que lo necesitasen”, argumenta quien lamenta la “falta de creatividad” o de modestia a la hora de arrobarnos una patria. “Dejémonos guiar por quienes abren su corazón”, invoca Le Clézio, que valora la autonomía de cada comunidad y la diferenciación de culturas regionales, pero se aleja de separatismos como el catalán, un “artefacto político”.</p><p>Fiel “militante de la interculturalidad”, el autor cree que “cada ser humano está hecho de una mirada, de una identidad”. “No hay una identidad fija, se mueve, como nos movemos todos y como nos hemos movido físicamente toda la vida. La identidad no es solo el lugar donde nacimos. Somos de la nacionalidad de lo que amamos, de nuestros amantes, de las personas y de las cosas que nos influyeron, y de nuestros vecinos”, esgrime. El Nobel anota, no obstante, que “más que la multiculturalidad, querría que se generalizara la interculturalidad, que existe en algunos países (aunque cada vez más amenazada por la uniculturalidad), como Bolivia o Perú y también en Suecia y Suiza”.</p><p>“Crecí sintiendo que pertenecía a varios lugares, a varias memorias: Mauricio por la familia de mi padre; Francia, por el amor que mi abuela materna le profesaba a ese país, y Bretaña, por el agradecimiento que tenía mi madre al lugar que había albergado su amor por mi padre. Con el tiempo, fui tejiendo afinidades con otros lugares como México o el bosque de Panamá y, más recientemente, con la ciudad de Nanjing en China. Me gusta que el concepto de patria sea fluctuante, que esté ligado a la sensación de felicidad, al deseo de compartir, a las emociones del amor; que la patria no sea la que nosotros elegimos, sino la que nos elige a nosotros”, concluye quien hace uso de ese abanico experimental para redactar sus historias, ya sean inventadas o autobiográficas, como este retorno a su paraíso infantil.</p><p>_____</p><p><em>Este artículo está publicado en el número de junio de</em> tintaLibre<em>, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Jun 2021 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <title><![CDATA[Edurne Portela: "La lengua es la patria de aquellos que no nos sentimos ni de aquí ni de allá"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/edurne-portela-lengua-patria-no-sentimos_1_1180632.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/688e579a-3530-46f7-8a74-5163c10ae866_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Edurne Portela: "La lengua es la patria de aquellos que no nos sentimos ni de aquí ni de allá""></p><p>Cada domingo aborda en su columna periodística temas de actualidad. Insiste en la violencia machista, en la defensa de lo público o en la revisión histórica. Asuntos que le preocupan por encima de los alaridos que claman sobre la rotura de España. La escritora <strong>Edurne Portela</strong> (Santurce, 1974) teme que el auge de los nacionalismos y la reciente afición por colgar banderas eclipse los problemas que de verdad afectan a la gente. Su obra, sin embargo, orbita en torno al desarraigo, la soledad o la memoria, con el País Vasco de fondo. En 2016 publicó <a href="http://www.galaxiagutenberg.com/libros/el-eco-de-los-disparos/" target="_blank">El eco de los disparos</a>, un ensayo sobre la violencia de ETA y sus secuelas. Y amplió ese acercamiento a su tierra en las novelas <a href="http://www.galaxiagutenberg.com/libros/mejor-la-ausencia-2/" target="_blank">Mejor la ausencia</a>, de 2017, y <a href="http://www.galaxiagutenberg.com/libros/formas-de-estar-lejos/" target="_blank">Formas de estar lejos</a>, de 2019, todas ellas publicadas por Galaxia Gutenberg. Doctora en Literaturas Hispánicas y profesora en la Universidad de Lehigh (Pensilvania, EEUU) hasta 2015, Portela participa en varios medios de comunicación proponiendo lecturas o repasando influencias en su creación, parte fundamental de su existencia. Rehúye de la palabra patria y de la nostalgia, a pesar de que sus protagonistas regresen a los lugares donde se criaron.</p><p><strong>Pregunta. Rodó el documental Vida y ficción junto a José Ovejero. ¿Qué relación tiene con ambas? ¿Cómo las dosifica para su creación literaria?</strong><em>Vida y ficción</em></p><p><strong>Respuesta</strong>. Hace algún tiempo escribí una columna sobre este tema y decía en ella que, para mí, vida y ficción, o vida y literatura, están muy ligadas. No se trata de elegir entre una y otra o de contraponerlas, no hay antagonismo entre estos términos. A mí la ficción (tanto cuando escribo como cuando leo) me ayuda a comprender la realidad. Me invento historias no para huir de la realidad, de la vida, sino para entenderla y entenderme mejor. Tampoco dosifico la experiencia cuando escribo, simplemente la experiencia forma parte de la labor literaria, de la elaboración de la ficción. Para mí no hay una separación consciente.</p><p><strong>P. Antonio Orejudo dice en esa cinta que en España tratamos a la literatura como al hígado: para que sea nutritiva tiene que ser difícil de tragar. ¿Piensa lo mismo? ¿Sigue habiendo temas más áridos? ¿Aún quedan historias donde no llega la comedia?</strong></p><p><strong>R.</strong> Sí, esa es una de mis afirmaciones favoritas de todo el documental, pero creo que a lo que se refiere Orejudo es que nos tomamos la literatura como algo demasiado solemne y que, al final, se trata de algo que hacemos en nuestro tiempo de ocio y, por tanto, pertenece al ámbito del entretenimiento. Yo creo que el humor puede llegar a todos los temas. Lo crucial es saber de qué tipo de humor estamos hablando, si es un humor blanco y blando (cito a Orejudo) o si, por otra parte, es un humor incisivo y corrosivo, un humor que en realidad desvela las tragedias de nuestro tiempo (que es el tipo de humor que hacen Orejudo o <strong>Iban Zaldua</strong>, por ejemplo, al tratar el conflicto vasco).</p><p><strong>P. ¿Cómo se enfrenta, en ese sentido, a una novela?</strong></p><p><strong>R. </strong>Tengo una idea, un punto de partida, pero todo va surgiendo con la escritura, que para mí es una forma de investigación y de reflexión. Me gusta escribir sin tener un objetivo o un final e ir creando la voz, construyendo los personajes, dejar que crezcan sin constricciones. Eso significa mucha reescritura y momentos de incertidumbre, claro.</p><p><strong>P. ¿Sigue siendo la literatura una trinchera, a pesar de la fugacidad en la lectura o el cierre de librerías?</strong></p><p><strong>R.</strong> Bueno, para mí sí lo es, como para José Ovejero. Por eso hicimos el documental. A pesar de la situación cada vez más precaria del libro y del mundo del libro (desde los autores hasta las librerías), la escritura aporta algo a escritores y lectores que otras formas de ficción no aportan. No porque sean peores o mejores, simplemente son diferentes.</p><p><strong>P. Lo mismo pasa con su Vida imaginada, el espacio radiofónico donde comenta lecturas. ¿Merece la pena, con la cantidad de series que tenemos?</strong><em>Vida imaginada</em></p><p><strong>R.</strong> Si no mereciera la pena, por lo menos a mí, no lo haría. Creo que hay que seguir dando todo el espacio posible a la literatura. Y yo, teniendo esa plataforma, quiero usarla para potenciar la lectura y obras que considero relevantes. Pero yo preguntaría por qué tenemos que contraponer series y libros. Es decir, ¿por qué tenemos siempre que plantear las cuestiones con disyuntivas? Habrá gente que vea series y que siga leyendo. De cualquier manera, la gente que deje de leer para ver series posiblemente no sea muy lectora y siempre encontrará otro entretenimiento. Cada cual que satisfaga su necesidad de ficción como quiera o pueda. La literatura ha resistido mil embates y aquí sigue. Y yo creo que, mejor o peor, seguirá resistiendo y existiendo.</p><p><strong>P. En 2016 publica El eco de los disparos. ¿Por qué se lanzó a escribir sobre el terrorismo en Euskadi poco después de que ETA abandonara la lucha armada?</strong><em>El eco de los disparos</em></p><p><strong>R. </strong>En realidad, empecé a escribir <em>El eco de los disparos</em> mucho antes. Fue un libro que pensé durante un montón de años. Arranqué con la investigación y un primer acercamiento en 2009, cuando estaba todavía en la universidad en Estados Unidos y había publicado mi primer libro. El eco iba a ser al principio un libro mucho más académico pero, como explico en el propio texto, el proceso de escritura y de reflexión fue larguísimo. No lo escribí con ninguna intención, ni reivindicativa ni de memoria, sino con la necesidad de entender esa historia que tanto nos ha marcado. Por eso se trata un ensayo muy personal y subjetivo en el que sí, hay dolor, memoria, experiencias que influyen en la forma en la que afronto el tema.</p><p><strong>P. Ahí introduce un par de temas que ha mantenido después: la memoria y la violencia. ¿Cómo le han influido cada uno?</strong></p><p><strong>R. </strong>En realidad son tan amplios que no sé si se les puede llamar temas. Son ejes de pensamiento o espacios en los que desarrollo la escritura. Me cuesta contestar. No sé si puedo decir cómo me han influido. En realidad la memoria y la violencia no me influyen en lo que escribo, sino que lo que escribo está impregnado de memoria, de violencia o de las dos.</p><p><strong>P. ¿Cree que en el caso del País Vasco existía una laguna sobre el tema? ¿Sirvió Patria, de Fernando Aramburu, para paliarla?</strong><em>Patria</em></p><p><strong>R. </strong>Estoy un poco harta de esta pregunta. En Euskadi se escribió mucho sobre el tema antes que Patria. En El eco de los disparos hablo de muchas de esas obras que se escribieron antes y ni siquiera hablo de todas. Y que se escribieron tanto en castellano como en euskera. Iban Zaldua también ha trabajado sobre esto, sobre todo de autores y autoras vascas que escribieron sobre ETA y en contra de ETA cuando todavía mataba.</p><p><strong>P. Escribe en primera persona. ¿Es una forma de situarse al mando del relato?</strong></p><p><strong>R. </strong>En <em>Formas de estar lejos</em> solo hay dos monólogos, al principio y al final, en primera persona. El resto de la novela cuenta con un narrador en tercera persona. <em>Mejor la ausencia </em>sí es una novela narrada en primera persona y, por supuesto, la voz que se elige resulta fundamental para establecer la distancia con lo narrado. Me decanté por narrar desde el punto de vista de Amaia porque quería que los lectores se situaran en su mirada y que supieran lo mismo que ella, entendieran lo mismo que entendía ella desde su niñez a la edad adulta. Quería que sufrieran con ella los silencios, la perplejidad, la incomprensión ante el mundo violento que ella va desvelando con los años. Y para ello tenía que hacerles ver el mundo desde su estatura, desde esos cinco años cuando empieza a narrar hasta sus 35, cuando acaba la novela.</p><p><strong>P. En esa elección está la de los datos que coinciden con su propia biografía. ¿Hay un abuso de la autoficción?</strong></p><p><strong>R.</strong> En realidad yo no escribo autoficción y mis novelas no son autobiográficas. Coinciden algunos datos contextuales: las geografías (Euskadi y Estados Unidos), las edades de las protagonistas y la profesión de Alicia, que es profesora de universidad. Pero lo demás es ficción. Simplemente me nutro de contextos conocidos porque me interesa explorarlos a través de las historias que me invento. Creo que se confunde demasiado a menudo obra y autor.</p><p><strong>P. En Mejor la ausencia recorre los años ochenta y noventa en un Euskadi gris y con pintadas en los negocios. ¿Cómo recuerda esos años?</strong><em>Mejor la ausencia</em></p><p><strong>R. </strong>Fueron años duros, con mucha conflictividad social y política. No solo por ETA y por la violencia que generó, también por la violencia policial y de Estado. En la margen izquierda de Bilbao había en los años ochenta un paro juvenil del 50%, un consumo de heroína brutal y todo el proceso de desindustrialización con huelgas, protestas y manifestaciones constantes, una crispación social muy fuerte. Y la sensación de que no había futuro. Fueron años tremendos. Si a eso le añades un paisaje desolado por la contaminación y la pobreza, el panorama no tiene nada que ver con el actual. Cuando la gente piensa en Euskadi o en el Bilbao del Guggenheim no puede ni imaginarse como era hace 30 años.</p><p><strong>P. Una de las conclusiones es que no se puede escapar del sitio donde te has criado. ¿La patria es la infancia, como decía Rilke? ¿Qué significa la palabra patria para usted?</strong></p><p><strong>R. </strong>Pues nada bueno, la verdad. Es una palabra que para mí siempre tiene resonancias negativas, también las tienen sus manifestaciones en la esfera pública (banderas, himnos, desfiles militares, discursos inflamados de amor patrio). Hace nada era una palabra trasnochada, que había quedado fuera del lenguaje político porque se atribuía, con razón, a nacionalismos exacerbados. Cuando alguien saca pecho y nombra la patria o despliega una bandera kilométrica es porque no tiene nada que decir sobre las cuestiones políticas que realmente importan: la justicia social, la igualdad, los derechos humanos, el derecho a la vivienda, a un salario digno... En este sentido, estoy más cerca de lo que decía <strong>Samuel Johnson</strong>, algo así como que la patria es el refugio de los canallas. Lo de Rilke y la infancia, no sé, me parece una cursilada. Para mí la infancia no es un tiempo idílico, entre otras cosas porque tengo muy pocos recuerdos de ella. Tampoco mi patria es mi pueblo, por mucho que a veces me ponga nostálgica cuando voy de visita y bajo al puerto con mi madre a comprar pescado. Igual estoy más cerca de <strong>Pessoa</strong>, que dijo aquello de que “mi patria es mi lengua”, que también lo dijo el argentino<strong> Juan Gelmán</strong>. Esa expresión en realidad se la oí por primera vez a otra argentina, <strong>Nora Strejilevich</strong>, que fue perseguida durante la dictadura, sobrevivió a uno de sus centros clandestinos de detención y ha vivido exiliada toda la vida. La lengua es al final la patria de aquellos que no nos sentimos ni de aquí ni de allá, de aquellos que no nos reconocemos en banderas ni territorios.</p><p><strong>P. ¿Qué le parece que desde hace unos meses, con la irrupción de ciertos grupos políticos, haya saltado al debate político de forma muy reiterada?</strong></p><p><strong>R. M</strong>e preocupa porque parece que ha habido un contagio. Antes de este ímpetu patriótico de la (ultra)derecha y esta competición absurda por ver quién tiene la bandera más larga a nadie se le ocurría salir en los mítines con un banderón de fondo, como hizo <strong>Pedro Sánchez </strong>en la última campaña (o en la anterior, no sé, he perdido la cuenta). Y nadie parecía tener la necesidad de defender su amor a España en un contexto político o de hablar de la patria con el apasionamiento actual. Todos, incluso Unidas Podemos, han caído en esta batalla por ver quién es más patriótico cuando, en realidad, el debate político no debería ir por ahí. Es un discurso que oculta lo que realmente importa que es, como apuntaba antes, la defensa de los intereses de la ciudadanía. Y eso no está en el tamaño de la bandera sino en las medidas inmediatas que necesitamos en ámbitos tan fundamentales como la vivienda, la precariedad o la violencia machista.</p><p><strong>P. Otros de los conceptos que sobrevuelan sus novelas son el desarraigo y la idea de volver…</strong></p><p><strong>R. </strong>En <em>Mejor la ausencia</em>, la protagonista vuelve no tanto porque necesite regresar a sus raíces, sino porque tiene que hacer un trabajo de memoria que implica también una vuelta a su geografía, que fue testigo de su dolor y esos traumas que vive de niña y adolescente. En el caso de Formas de estar lejos no hay un retorno a las raíces, solo momentos en los que la protagonista vuelve de visita. En ninguna de las dos novelas hay una lectura nostálgica de las raíces. Simplemente un reconocimiento de que el ambiente donde crecemos es fundamental a la hora de construirnos como personas, como lo es también los lugares a los que nos marchamos.</p><p>_____</p><p><strong>Alberto G. Palomo</strong> es periodista.</p><p><em>Esta entrevista está publicada en el número de febrero de tintaLibre. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 28 Feb 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Edurne Portela: "La lengua es la patria de aquellos que no nos sentimos ni de aquí ni de allá"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Paul Kingsnorth: "Somos adictos al crecimiento"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/paul-kingsnorth-adictos-crecimiento_1_1177679.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/87a2be35-1632-420f-9b43-7d61f051915c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Paul Kingsnorth: "Somos adictos al crecimiento""></p><p>Difícil estar al margen: el ecologismo copa telediarios y periódicos. Enfrentarse a la naturaleza, que ruge con cada rasguño que le infligimos, es una obligación. Voces como la de Greta Thunberg han puesto el asunto en la palestra pública, aunque ya estuviera en el debate político o en las calles de forma más silenciosa o con menos repercusión social, sobre todo, entre los jóvenes. Esta urgencia por <a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/cambio_climatico.html" target="_blank">cuidar el medioambiente</a>, sin embargo, tiene una larga trayectoria y siempre ha generado rechazos. Aún hay quien la ignora o la niega. Y otros que enarbolan el movimiento como razón de ser, principalmente en redes y plataformas virtuales.</p><p>Para encontrar una mirada crítica, la editorial Errata Naturae acaba de publicar <a href="https://erratanaturae.com/libro/confesiones-de-un-ecologista-en-rehabilitacion/" target="_blank">Confesiones de un ecologista en rehabilitación</a>, de Paul Kingsnorth (Worcester, Inglaterra, 1972). El título, que no responde a la salida de una enfermedad ni a un rechazo de la causa, engloba una serie de artículos o pequeños ensayos publicados por el autor inglés en medios como <em>The Independent</em>,<em> The Guardian</em> o la BBC. En ellos se recorren varias décadas de experiencia individual donde se intercalan reflexiones domésticas con apuntes afilados, conformando un manual esclarecedor e incluso divertido.</p><p>Con una pluma de aparente sencillez, Kingsnorth analiza sin adoctrinamientos el núcleo del ecologismo. Invita a amar la naturaleza como un elemento fundamental de nuestra existencia. A tratarla de igual a igual y a intentar escaparse de un sistema que solo se guía por valores numéricos. Pero no es solo un compendio de divagaciones relacionadas con el medioambiente. Hay entre las páginas frases que describen la sociedad contemporánea, como hablar del típico “síndrome del siglo XXI”: “Conoces un lugar tan bien que la primera vez que lo visitas ya te resulta aburrido”; o asumir la valentía de la ignorancia juvenil: “A los 21 años había muchas cosas que no sabía, razón por la cual pensaba que sabía todo”.</p><p>Sobrevuela un toque pesimista, aunque se narra con cierta sorna, con un discurso serio contado en alpargatas. Insiste <a href="http://paulkingsnorth.net/" target="_blank">Kingsnorth</a> en un inevitable colapso, pero no a la manera de un predicador airoso sino de alguien afligido que no abusa del drama. “Cuando tu mundo se desmorona te dices a ti mismo que no pudiste verlo venir, pero es mentira: los indicios estaban por todas partes. Piensas después que en algún momento lo vas a asimilar, pero tampoco. Somos de cristal más que de arena: nada permea, nada se asimila”, escribe en uno de los pasajes, siempre arrogándose el papel que le merece: “Mi estatus como consumidor de clase media en un país occidental e industrializado implica que soy parte del problema, quiera afrontarlo o no”.</p><p><strong>Pregunta. Resulta curioso: en el libro hay alarmismo sobre el presente y mucha crítica, pero también cuenta usted que se mudó a una casa donde no había nada y ahora tiene árboles que antes no estaban allí y que no parecían tener mucho futuro. ¿No es eso una señal de optimismo?</strong></p><p>Respuesta. Hemos plantado más de 1.000 árboles en esta pequeña área de tierra y mucha naturaleza ha regresado. Siempre vale la pena recordar cómo de rápido se regenera la naturaleza si la dejamos sola. Entonces sí, esto es algo bueno.</p><p><strong>P. En la introducción de su libro apunta que la crisis viene provocada “por el exceso” y no por la falta de crecimiento. ¿Deberíamos abogar por el decrecimiento?</strong></p><p>R. El movimiento verde ha estado abogando por el decrecimiento durante más de 50 años. Se trata de una buena idea, pero no sucederá. La economía global depende del crecimiento para sobrevivir. Y, sin embargo, el crecimiento supone también el motor de la destrucción de la Tierra. Este es nuestro principal dilema.</p><p><strong>P. Como muchos otros ambientalistas, menciona frecuentemente la palabra colapso. ¿Hemos llegado a tal punto? ¿Es dicho colapso un toque de atención para cambiar nuestros hábitos?</strong></p><p>R. Creo que podemos observar un colapso importante de nuestro sistema global a partir de ahora. Resulta evidente en los rápidos eventos del cambio climático, en las protestas en todo el mundo, en otros signos de tensión y dificultad tanto política como cultural y ecológica. Cambiaremos, pero solo cuando no tengamos otra opción. Por el momento, somos adictos al crecimiento.</p><p><strong>P. Cita usted a menudo el libro de Leopold Kohr El colapso de las naciones, ¿qué significa para usted esta obra, escrita en 1957? ¿Hemos sido ciegos ante los signos y los estudios precedentes?</strong><a href="https://www.traficantes.net/libros/el-colapso-de-las-naciones" target="_blank">El colapso de las naciones</a></p><p>R. Ese libro fue uno de muchos que resaltó el problema verde desde nuestra pequeña posición. Kohr nos dijo: “El problema es la grandeza”. Necesitamos regresar a un mundo de escala humana.</p><p><strong>P. ¿Vemos todavía el crecimiento como positivo, como progreso, a pesar de sus devastadores efectos?</strong></p><p>R. Creo que el progreso constituye la religión secular de Occidente. Ha reemplazado al cristianismo como nuestra historia central y fundadora, y de alguna manera es similar: progresaremos siempre hacia una utopía, solo esta será terrenal, no celestial. Entonces nuestro apego a él no es racional. Sino que se trata de un sistema de creencias. Incluso cuando vemos que nos destruye, no podemos dejar de creer. El crecimiento es la solución al problema del crecimiento.</p><p><strong>P. Llegó un momento en que decidió abandonar la posición pública, mostrada en artículos de prensa o apariciones en televisión, y optó por dejar de “creerse importante”. ¿Ver más allá de nosotros mismos es también una postura ambientalista?</strong></p><p>R. Todos somos seres pequeños en el mundo. La humildad está en el corazón de todas las viejas tradiciones espirituales. Nuestra cultura nos ofrece todo lo contrario: los humanos como el elemento más importante de la Tierra. Arrogancia.</p><p><strong>P. Habla de una ecología, o un movimiento, que se desplazó desde un nacimiento más ideológico a un presente más instrumental. ¿Cómo se ha dado esa trayectoria?</strong></p><p>R. No se trata tanto de ideología como de intuición. Antes se hacían campañas para salvar la naturaleza en sí misma. Ahora hacemos campañas para conservarla por nuestro propio bien. Nos preocupa principalmente el cambio climático porque afectará a nuestra civilización. El ecologismo de hoy trata de proteger a las personas, no al resto de la vida.</p><p><strong>P. Según su opinión, ¿se ha dejado de creer en la ciencia tanto por parte de los ecologistas como para quienes niegan el cambio climático?</strong></p><p>R. La ciencia supone simplemente un método para ver cómo funcionan las cosas. Si se usa sin orientación moral, intuitiva o cultural, se convierte en una tiranía. Es cierto que si miramos la Tierra viva puramente a través de los ojos de las nociones actuales de la ciencia, la terminamos observando como una máquina que podemos desarmar y controlar.</p><p><strong>P. También apunta usted a los ecologistas por echar habitualmente la culpa a otros (gobiernos, poderes) y no modificar nada de sus actos individuales. ¿Empieza la transformación por un asunto personal?</strong></p><p>R. El cambio siempre es, primero, un asunto personal. Todos nos hemos encontrado con activistas que están sacando su propia rabia y miedo al mundo disfrazándolo de política. Es fácil culpar a los malos, a los que están en la cima —y no me malinterpreten: a menudo merecen la culpa—, pero todos somos cómplices. ¿Conduce, vuela, va a supermercados, usa un teléfono inteligente? Entonces es parte del problema. Todos lo somos.</p><p><strong>P. En algunos artículos se refiere usted a Los Verdes como un partido residual, sin rumbo. Ahora, sin embargo, casi todos los programas políticos incluyen una sección verde. ¿Han ganado influencia?</strong><a href="https://www.infolibre.es/tags/temas/verdes.html" target="_blank">Los Verdes</a></p><p>R. Todo el mundo ahora es verde, pero no tiene sentido porque le han dado el significado de reducción de emisiones y el fondo de la cuestión es que es nuestra relación con el mundo no humano la que está rota.</p><p><strong>P. Afirma que vivimos en una cultura destructiva. ¿Hay opciones de pararla?</strong></p><p>R. ¡La madre naturaleza lo cambiará pronto!</p><p><strong>P. ¿Cree que hay un desprecio por la vida rural desde la atalaya urbana en la que vive la mayoría de gente?</strong></p><p>R. No sé cómo es en España, pero ciertamente en Inglaterra e Irlanda la vida rural es tratada como atrasada y sin cultura, o como una escapada romántica para los urbanitas. En toda Europa hemos destruido nuestras culturas rurales. Creo que las culturas rurales forman la base de las culturas nacionales, por lo que supone una gran pérdida.</p><p><strong>P. Hemos despojado el amor a la naturaleza del ambientalismo por la ecología “sostenible” o por el “capital natural”. ¿Se ha perdido la sensibilidad por lo salvaje?</strong></p><p>R. Hemos olvidado que somos animales en un mundo salvaje. Hablamos y hablamos ahora como máquinas. Nuestro ambientalismo actual solo trata de proteger nuestros intereses económicos.</p><p><strong>P. ¿Pecamos de un enfoque reduccionista cuando hablamos del cambio climático?</strong></p><p>R. El cambio climático es un síntoma de un problema mayor. También vemos la erosión masiva del suelo, la acidificación de los océanos, la extinción masiva, la desertificación y una serie de otros síntomas, todos los cuales son el resultado de que tratamos a este planeta vivo como si fuera una mina gigante o una fábrica. Toda la cultura tradicional sabía que la Tierra era digna de respeto. Eso ha variado: ahora la tratamos como un recurso y este es el resultado.</p><p><strong>P. En ese mismo sentido, ¿confía en el llamado Green New Deal?</strong><a href="https://www.infolibre.es/noticias/politica/2019/06/29/que_hacer_caso_incendio_green_new_deal_espanola_que_nos_libre_gobernar_sobre_las_cenizas_95572_1012.html" target="_blank">Green New Deal?</a></p><p>R. El Green New Deal supone un intento de mantener la civilización industrial avanzando en lo que sus defensores consideran una forma “más justa”. Todavía proviene de la cosmovisión progresista, modernista y tecnocrática. Sus defensores son todas las personas urbanas y liberales que no hacen las preguntas más grandes.</p><p><strong>P. ¿Considera que es posible llevarlo a cabo con gobiernos tan importantes —como el de Estados Unidos o Brasil, con Trump y Bolsonaro— desinteresados en el tema?</strong></p><p>R. Creo que es una distracción. Se trata de otro intento de salvar de la muerte a nuestro sistema, en lugar de preguntar por qué se está muriendo.</p><p><strong>P. ¿Es suficiente adoptar medidas políticas o necesitamos una revolución industrial (como a la que nos encaminamos) y del sistema económico?</strong></p><p>R. La política está por debajo de la cultura y la economía. Es la economía la que tiene que cambiar. Pero más profundamente que eso, la actitud hacia el resto de la naturaleza. No creo que la sociedad occidental moderna sea capaz de dar este paso. Se necesitará un colapso para que cambiemos.</p><p><strong>P. Rememora las protestas de los noventa, el origen del ambientalismo, como una reivindicación de amor por los árboles solo por el hecho ser árboles. ¿Tiene nostalgia de ese ecocentrismo y de esa raíz de un movimiento que ahora solo habla de salvar el planeta y que se centra en el hombre?</strong></p><p>R. Sí, pero también siento algunos cambios que están ocurriendo en el último año o dos. Hay una nueva generación de activistas verdes, simbolizados por movimientos como Extinction Rebellion, que lentamente comienzan a hablar un nuevo idioma, o tal vez recuperan el antiguo de nuevo. Estas personas saben que la sostenibilidad es un fraude, y que el problema real es mucho más profundo. Todavía no están ahí, en ese punto, pero marchan en la dirección correcta.</p><p><strong>P. ¿Es imposible salir de las garras del capitalismo, que fagocita incluso un movimiento como el ambientalismo?</strong></p><p>R. Sí, el capitalismo puede amarrar cualquier cosa. El truco conssiste en aprender a ver a través de él.</p><p><strong>P. Dedica también un apartado del libro a la conexión espiritual con la naturaleza y en esa conexión observa la diferencia entre las falsas esperanzas y lo que sucede de verdad. ¿Pasa la solución por ser realistas, por no cegarnos con sueños cuando en realidad nos encontramos ante un precipicio?</strong></p><p>R. La esperanza puede ser una droga. Nos decimos “todo estará bien” y, si eso no es cierto, entonces es una mentira que empeora todo. La falsa esperanza es peor que ninguna esperanza. No necesitamos ni esperanza ni desesperación, sino una mirada honesta y clara de dónde estamos. Nos encontramos ante un colapso ecológico global. Los coches eléctricos y los molinos de viento no van a detener esto.</p><p><strong>P. Pese a todo, ¿estamos dispuestos a unirnos a este movimiento, a pesar de los negacionistas y de la inevitable catástrofe?</strong></p><p>R. No estoy seguro de que necesitemos movimientos, pero, si los necesitáramos, espero que sean movimientos que coloquen a los humanos en su lugar apropiado, como una parte de la familia de la Tierra y no como maestros.</p><p><em>*Esta entrevista está publicada en el número de diciembre de </em>tintaLibre<em>. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a></p><p> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 04 Dec 2019 09:53:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Paul Kingsnorth: "Somos adictos al crecimiento"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Cambio climático,Ecologismo,Medioambiente,TintaLibre]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Anhelos del bocadillo de Nocilla]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/anhelos-bocadillo-nocilla_1_1176138.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/003874f2-a5ea-40aa-a153-2ad86162b485_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Anhelos del bocadillo de Nocilla"></p><p><strong>VozdeviejaElisa VictoriaBlackie BooksBarcelona2019</strong><em>Vozdevieja</em></p><p>  </p><p>Hace tiempo que terminé <a href="https://www.blackiebooks.org/catalogo/vozdevieja/" target="_blank">Vozdevieja (Blackie Books)</a> y aún me asaltan de vez en cuando sus pasajes. La novela de <strong>Elisa Victoria</strong> (Sevilla, 1985) se cierra de forma satisfecha tras una lectura rápida, quizás con una equívoca sensación de liviandad: meses después, ya digo, aún me rondan por la cabeza sus personajes, algunas instantáneas muy bien pinceladas y, sobre todo, la atmósfera tan característica de la infancia a principios de los años noventa en España. Porque es eso —los días interminables de desayuno frente a dibujos animados, de bocadillos de Nocilla a media tarde y de noches de bochorno en el parque más cercano— lo que plasma la autora con la misma naturalidad que hondura.</p><p>Marina, la protagonista (y trasunto de la autora), se entiende a la perfección con su abuela. Este tándem es la tuerca por la que gira su línea argumental: en esta relación de niña de nueve años y señora mayor orbitan a su vez una madre separada y su novio o las amigas que la llaman <em>Vozdevieja</em>. También es la cuerda sobre la que pende la rutina de Marina. Una rutina de los largos veranos de EGB (ahora educación Primaria) que consiste en cazar conversaciones de vecinas o husmear revistas a escondidas, acompañar a la compra o salir al fresco por la noche como un fin en sí mismo. Esa repetición de la cotidianeidad y la vuelta a un pasado reciente (sin móviles ni series a la carta) deja entrever cierta nostalgia de la inocencia y del descubrimiento de la vida a través del aburrimiento.</p><p>Ese aburrimiento que parece haber dejado de existir. “Nuestra amistad es práctica y mansa como la de dos yonquis que quedan para pincharse y relajarse en compañía, sin nada que temer”, comenta en cierto momento. “La mercería está a la vuelta de la esquina. Es un lugar tan aburrido como seductor”, agrega Elisa Victoria en otro. No hay pirotecnia en su prosa pero sí unas reflexiones que atraviesan el corazón de muchos niños de los noventa y de otras generaciones (anteriores, más probablemente). A Marina le gusta investigar, inspeccionar lo prohibido. Esos atributos forjan una personalidad en proceso en un periodo de incertidumbre. “La etapa por la que pedía perdón al suelo por haberme caído encima. Al final el suelo tampoco era mi amigo y no podía besarme el culo. Cuántas ilusiones rotas”, explica en una de estos pensamientos al azar desperdigados a lo largo de sus 250 páginas.</p><p>Un microcosmos en el que nos introduce la novela con suficientes ingredientes para que la trama apenas avance: ternura, una ruptura matrimonial de fondo, humor y trasfondo político. Se habla de la Expo celebrada en Sevilla en 1992. Del PSOE de <strong>Felipe González</strong> y de esas vacaciones en las que el mayor regalo era una piscina. “No gasto las suficientes rodilleras como para considerar que lo estoy pasando bien”, concreta en una ocasión, mientras asegura que “las virtudes que más aprecio en una amiga son, en este orden: que se vea afectada por una curiosidad voraz hacia los temas prohibidos, que sea divertida y que si quedamos no me deje plantada”.</p><p>Juega con los susurros al borde del sueño, con el costumbrismo de una educación y una manutención a cargo de las abuelas, con las frustraciones de quién aún no ha dado el brinco a ese mundo adulto plagado de certezas. Dudas, secretos y esperanzas construyen una genealogía de las infancias con cuadernillos Rubio y pizarras que manchan. Aquellas en las que se merendaba chocolate sin remordimientos y se veía los canales mirando los horarios en el teletexto. _____</p><p><strong>Alberto G. Palomo</strong> es periodista y colaborador de tintaLibre<em>. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Oct 2019 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Anhelos del bocadillo de Nocilla]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Los diablos azules número 159]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El fin del canon androcéntrico]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/canon-androcentrico_1_1154438.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f9867736-949f-45d0-8a0a-26181ff04d5c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El fin del canon androcéntrico"></p><p><strong>Lolita</strong> ya no es un hombre. Bueno, nunca lo fue. Sí quien la creó. Vladimir Nabokov redactó esta biblia de señores maduros atraídos por nínfulas púberes en 1955 y su relato creó un nuevo término. Ocurrió lo mismo con la adúltera<strong> Emma Bovary,</strong> salida de la pluma del francés Gustave Flaubert, o con la heroína<strong> Anna Karenina</strong>, inventada por León Tolstói. Muchos personajes femeninos de la literatura han salido de mentes masculinas, siempre ocupando un lugar hegemónico del canon y de la Historia. Empiezan a cambiar las cosas: ahora ya se puede hablar de un conjunto de mujeres protagonistas ideadas por autoras.</p><p>Detectives, inspectoras de policía, migrantes en busca de identidad, oficinistas o simples <em>flaneuses </em>urbanas. El abanico de roles femeninos se expande como el número de autoras que hace temblar el reino androcéntrico de la crítica. Y la Lolita del principio, por ejemplo, está más cerca de ser ahora el trasunto de <strong>Phoebe Gloeckner</strong> en <a href="https://www.megustaleer.com/libro/diario-de-una-adolescente/ES0148190" target="_blank">Diario de una adolescente</a> que de aquella inocente musa de Nabokov. Esta ilustradora y novelista estadounidense sacudió en 2002 con aquel híbrido de texto y cómic parte de la mojigatería reinante. Su Minnie Goetze habla a sus 15 años de sexo, drogas o insatisfacción existencial sin tapujos. Escandalizar, sugiere en el prólogo a una nueva edición revisada (publicada en castellano por Reservoir Books), no era la finalidad de su trabajo.</p><p>“He querido que el personaje principal sea alguien con quien los lectores se identifiquen, sean hombres o mujeres, viejos o jóvenes. Minnie es básica y principalmente un ser humano”, advierte Gloeckner. Lo mismo ocurre con Ifemelu, la estudiante nigeriana que dibuja <strong>Chimamanda Ngonzi Adichie</strong> en <em>Americanah</em> o las amigas de <em>Tiempos de swing</em>, la última obra de la londinense <strong>Zadie Smith</strong>: todas son seres humanos a los que escuchar de igual a igual, sin carteles de género. Porque los referentes se han ampliado. En las listas de lo más vendido se suceden nombres como <strong>Dolores Redondo, María Dueñas, Elena Ferrante o Julia Navarro</strong>. Cada una a su estilo y en su parcela, pero entre todas conformando un mosaico variado de propuestas que no se reduce al tono rosa de antaño o las preocupaciones de ‘la señora de’, inmersa en sus cuitas maritales y domésticas.</p><p>Basta con fijarse en las sagas más lucrativas de los últimos años –como la de <em>Harry Potter</em>, de <strong>J. K. Rowling</strong>, o las <em>50 sombras de Grey</em>, de <strong>E. L. James</strong>-, en <em>bestsellers</em> de intriga como <em>La chica del tren</em>, de <strong>Paula Hawkins</strong>, o en libros que se postulan al trono de Gran Novela Americana como <em>Ojalá nos perdonen</em>, de<strong> A. M. Homes</strong>: sus firmas resuenan en el mundillo al mismo nivel que otras de menor impacto mediático y enorme riqueza. Ya no se las mira de soslayo, sino a los ojos. Lo remarca una de las grandes figuras del panorama nacional, <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2015/12/29/el_nueva_york_costumbrista_elvira_lindo_42822_1026.html" target="_blank">Elvira Lindo</a>: “No hay una sola literatura femenina porque hay muchas voces de muy diferentes sensibilidades. No puede haber una sola etiqueta, pero una escritora no tiene por qué ocultar su sexo cuando escribe, igual que no hay por qué eludir el origen”.</p><p>“Ser mujer es algo tan determinante en la vida que es lógico que se aprecie. A algunos hombres les molesta que esa condición se note. Probablemente porque consideran que al hombre no se le aprecia su género cuando escribe. Hay mucho de arrogancia en eso, es como considerar que ser hombre es lo normal. Pero creo que esa apreciación, ese deseo, está cambiando”, concluye la artífice de Manolito Gafotas, que prefiere no hablar de “éxito o fracaso” sino de “igualdad y justicia”. “Si hacemos un ranking de personas con éxito se quedan fuera muchas de las que yo admiro. Lo que deseo es que ellas no sean silenciadas o ninguneadas, que no se las miren con condescendencia, que el punto de vista del narrador de historias no sea preeminentemente masculino. Quiero poder escuchar la voz de las mujeres”.</p><p><strong>Romper con los valores </strong></p><p>Una notoriedad que, aunque gana adeptos, aún acusa la losa de la tradición. “Creo que el canon androcéntrico se mantiene por varias razones”, apunta a este respecto<a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2016/11/09/eramos_mujeres_jovenes_marta_sanz_57367_1026.html" target="_blank"> Marta Sanz</a>, premio Herralde de Novela en 2015 por <em>Farándula</em> (Anagrama). “En primer lugar existe la eterna razón cuantitativa: la reclusión de las mujeres al espacio privado y la asociación de la creatividad femenina con la locura o el desequilibrio ha hecho que hayan sido pocas las que se han atrevido a romper la bola de pelusa y <strong>salir de sí mismas a través de la escritura</strong> en su dimensión pública y comunicativa: nadie podría creer que una mujer tuviese algo interesante que decir. En segundo lugar, incluso las mujeres que escribimos tenemos tan asimilado el canon heteropatriarcal que a veces es difícil escapar de las creencias y los valores en los que hemos sido educadas y la los que somos permeables”, sostiene la autora de <em>Clavícula</em>, una suerte de crónica sobre el dolor, la escritura y la feminidad que concierne “a toda una comunidad” a pesar de tratar sobre “asuntos de mujeres”, según confiesa su propia autora.</p><p>“Son nuestros valores, y las mujeres que escribimos nos formulamos preguntas permanentemente sobre los mimbres que constituyen nuestra identidad como escritoras. A muchos de estos mimbres no queremos renunciar porque forman parte de nuestra riqueza cultural. Y también de todas esas contradicciones con las que bregamos cada día”, anota quien considera fundamental vaciar lo peyorativo del término “femenino” y quien pretende reivindicarlo siendo consciente de que siempre se parte de unas coordenadas concretas (las suyas: “Mujer, española, de clase media, con estudios superiores, heterosexual, casada, atea, de izquierdas”). “Ni puedo ni quiero ni sé renunciar a ellas y posiblemente todo lo que escriba tendrá que ver con las preocupaciones y las preguntas que nacen de mis condicionantes vitales”, reflexiona Marta Sanz, citando a compañeras que están construyendo un nuevo canon en castellano con historias y estilos dispares “en un mundo que se preocupa por si son feas, guapas, por cómo van vestidas, por si quieren más a sus hijos o a sus libros o por si se han acostado con sus editores”. “Lean a Cristina Morales, Pilar Adón, <a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/02/26/mala_letra_sara_mesa_45508_1821.html" target="_blank">Sara Mesa </a>o Samanta Schweblin”, concluye después de una decena más de nombres.</p><p>Para Gonzalo Izquierdo y Alberto Rodríguez -fundadores de Dos Bigotes, editorial especializada en temas LGTBI- los datos también orientan esta tendencia. “Según el último Barómetro de Hábitos de Lectura y Compra de Libros, las mujeres siguen leyendo más que los hombres (un 64,9% frente a un 54,4%). Y en base a nuestra experiencia, la demanda de voces femeninas es cada vez mayor, lo que no hace sino enriquecer un panorama cultural que necesita de esas miradas que, poco a poco, van ayudando a cuestionar —y socavar— los pilares del heteropatriarcado”, justifican. Entre esas narraciones que más se buscan (al menos en su catálogo) está <a href="http://www.eldiario.es/cultura/amorosa-Virginia-Woolf-Vita-Sackeville_0_563793825.html" target="_blank">A Virginia le gustaba Vita</a>, una mezcla de realidad y ficción recreando el romance que mantuvieron la novelista <strong>Virginia Woolf </strong>y la poetisa <strong>Vita Sackville-West</strong> en los años veinte.</p><p>Es la creadora del texto, <strong>Pilar Bellver</strong>, la que matiza las consideraciones anteriores: “La literatura oficial del sistema, la que aparece en los medios, la que recibe los premios, la que se promociona masivamente y, lo que es más significativo, la que se estudia en las escuelas no sólo es masculina, sino blanca y heterosexista. De eso no cabe la menor duda”, puntualiza. “Pero sí que tenemos la impresión de que últimamente está siendo menos masculina, más inclusiva con otras etnias o más diversa sexualmente. El canon androcéntrico reúne dos realidades que son verdad al mismo tiempo: <strong>aún es predominante y a la vez está en decadencia</strong>. Predomina en todas las instituciones culturales (porque éstas tienen la función específica de mantener las esencias del sistema capitalista heteropatriarcal en que vivimos); pero, al mismo tiempo, está en decadencia porque lo que antes era una minoría de mujeres intelectuales que se oponía críticamente a ese canon literario se está convirtiendo hoy en un amplio sustrato de gente, cada vez más amplio, de hombres y mujeres que no pertenecen a las élites culturales”.</p><p>“Los hombres, como escritores, han expuesto sus miserias al mundo. Incluso se han vanagloriado de ellas en algunos casos. Y no sólo por valor, sino porque no recibían los castigos que recibimos nosotras al hacerlo. A eso tenemos que aspirar. No sólo a crear damiselas ni superheroínas, sino a exponer lo miserables que somos y a ser reconocidas haciendo eso. Casi nada”, expone Isabel González, compañera de Bellver en Dos Bigotes gracias a<em> Mil mamíferos ciegos</em>. “Esta introspección ha sido y sigue siendo necesaria porque las mujeres, por supervivencia, tenemos que reflexionar mucho sobre nosotras, sobre nuestra feminidad, sobre quiénes somos, sobre por qué estamos aquí, incluso sobre a quién pertenece nuestro cuerpo”, razona.</p><p><strong>Gloria Fortún</strong>, prologuista de la antología <em>Una nueva mujer</em>, en la misma editorial, suscribe la ancestral predominancia del canon androcéntrico y distingue a la hora de hablar entre literatura de hombres y de mujeres: “Tendríamos que ver qué es literatura femenina. ¿La que escribe una mujer, la que protagoniza una mujer, la que trata temas que ‘preocupan a las mujeres’, la dirigida a un ‘público femenino’, la que demuestra una ‘sensibilidad femenina’? Creo que la diferencia no se basa tanto en el estilo, la temática o en cualquier característica similar, lo cual me parece un verdadero cliché, sino en que <strong>las autoras pertenecen a un grupo históricamente ignorado</strong> -y dependiendo de las intersecciones que recorran su existencia, como la raza, la clase o la sexualidad, aún más-, así como en la recepción de sus obras por el lector”.</p><p>Reivindicación no del todo nueva. Ya en el siglo XVIII con <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2017/07/18/austenmania_obsesion_detras_200_anos_literatura_67662_1026.html" target="_blank">Jane Austen</a> o en el XIX con las hermanas <strong>Brontë</strong>, <strong>Mary Shelley</strong> o la mencionada Virginia Woolf movieron las poltronas del gremio. Desde entonces, los personajes femeninos proliferaron. Precisamente por la incorporación de nuevas autoras que recogían un testigo custodiado por el hombre. “Hoy publican más escritoras, pero las estadísticas muestran que las revistas y suplementos literarios son mucho más propensas a reseñar libros de hombres y a tener críticos masculinos. Todavía hay un camino por recorrer”, afirma por correo electrónico la inglesa <strong>Laura Bates</strong>, fundadora del proyecto <a href="http://capitanswing.com/libros/sexismo-cotidiano/" target="_blank"><em>Sexismo Cotidiano</em></a>, llevado a un volumen recién publicado por Capitán Swing. “Se ha juzgado habitualmente lo que escribían las mujeres como cosas sin interés para el hombre. Algo especialmente problemático si lo pensamos pedagógicamente como creación de estereotipos”, sopesa.</p><p>“El éxito de nuevas voces ha ayudado a apreciar la capacidad y la diversidad de las escritoras”, culmina Bates. “Todo movimiento social revolucionario, y el feminismo lo es (y su literatura lo sustenta) necesita referentes para avanzar”, apoya Bellver. “También necesita alguna que otra victoria, digamos que cierto grado de éxito, para que entre sus filas no cunda el desánimo”, añade. “Han cambiado quienes escriben. Ahora nosotras nos contamos a nosotras mismas. Ese es el gran cambio. Y esa es la enorme diversidad de la que vamos a disfrutar en el presente y en el futuro”. Parece que Lolita es, por fin, mujer.</p><p><em>*Este artículo está publicado en el número de marzo de </em>tintaLibre<em>, a la venta en quioscos. Puedes consultar todos los contenidos de la revista haciendo clic aquí.</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a></p><p> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Wed, 07 Mar 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Mujeres,TintaLibre,Feminismo,Narrativa]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Antonio Escohotado: "Obedecer una ley injusta es ser cómplice de ella"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/antonio-escohotado-obedecer-ley-injusta-complice_1_1150322.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3821cf8c-ce86-4f87-a746-ae422804ef14_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Antonio Escohotado: "Obedecer una ley injusta es ser cómplice de ella""></p><p>Exégeta de los estupefacientes y del comercio libre, Antonio Escohotado recibe una tarde de viernes en el salón de su casa. Vive en la sierra de Madrid, en una urbanización de lo que podría ser “la República Independiente de Galapagar”, como le gusta llamarla. Conserva a sus 76 años una lengua jovial y una figura quijotesca. No pone pegas a ningún tema. Su análisis ha transitado por múltiples realidades ontológicas, igual que su currículo laboral: ha ejercido como profesor de Sociología, Derecho o Filosofía en la Universidad, como articulista en diarios como <em>El País</em>, <em>El Mundo</em> o <em>Diario 16</em> y como propietario de una discoteca. Todo antes de jubilarse. Un concepto, en su caso, contrario a la inactividad: no deja de escribir a diario, conceder entrevistas a regañadientes o participar en charlas.</p><p>Durante la década de los setenta perteneció a esa contracultura que se establecía en Ibiza como quien aterriza en un universo alternativo compuesto por mar, ácido lisérgico y amor sin exclusividad. Utilizó una excedencia en el Instituto de Crédito Oficial para buscar aventuras en aquel Katmandú ibérico y experimentar con las fichas que repartía la existencia. El autor de la tesis doctoral <em>La conciencia infeliz. Ensayo sobre la filosofía de la religión de Hegel </em>(1971) o de <em>Realidad y substancia </em>(1986) dio un salto al panorama más mediático con su <a href="http://www.escohotado.com/historiageneraldelasdrogas.asp" target="_blank">Historia general de las drogas</a>, publicada en 1989 como una enciclopedia de todas las sustancias “que provocan –en dosis ridículamente pequeñas si se comparan con los de otros alimentos- grandes cambios orgánicos, anímicos o de ambos tipos”. La postura de Escohotado contra la prohibición de su venta y consumo le llevó por platós de televisión y convirtió un díptico sintetizado de esta obra (<em>Historia elemental de las drogas</em> y <em>Aprendiendo de las drogas</em>) en un superventas, acumulando en actualmente hasta 15 reimpresiones con la editorial Anagrama.</p><p>Lo mismo le ha pasado recientemente con la trilogía <a href="https://www.planetadelibros.com/libro-los-enemigos-del-comercio/219640" target="_blank">Los enemigos del comercio</a>, esta vez publicada por Espasa. En ella recorre la formación de esta actividad, desde el trueque hasta las sociedades totalitaristas, y ha encadenado<strong> miles de ventas </strong>sin apenas reseñas o alusiones en suplementos literarios. Ganador de premios como el Anagrama o el Espasa de Ensayo, su bibliografía anda repartida entre publicaciones agotadas, tiradas vetustas y depósitos de lance. Por eso, su hijo Jorge ha asumido la “enorme responsabilidad” de recoger su legado y acercarlo “de una inmensa minoría a una pequeña mayoría” gracias a <a href="https://laemboscadura.com/" target="_blank">La Emboscadura</a>, una iniciativa <em>online</em> que recoge toda la obra de su padre. “Está muy descatalogada y dispersa. Queremos aprovecharnos de la tecnología para llevar sus textos a lugares donde se demanda y no está”, cuenta su vástago, periodista de formación, en uno de los sillones que decora este espacio plagado de libros en todas las orientaciones posibles. Mientras, uno de nuestros más célebres libertinos escucha cortes de melodías clásicas en Youtube, encadena cigarrillo tras cigarrillo y se sirve en vaso ancho de una cerveza en lata. No parece que la edad haya acabado con ese sueño de libertad que impregna su biografía. Se reposta para hablar, vacía un cenicero lleno de colillas y expone, entre pequeños movimientos de manos y algún que otro conato de carcajada, toda una ristra de argumentos eruditos, plagados de citas o referencias.</p><p><strong>PREGUNTA. Empezando por sus últimos títulos: ¿Es Internet un enemigo del comercio o un aliado?</strong></p><p>RESPUESTA. Aliado total, no sólo del comercio sino del hombre. Internet, por ejemplo, me da gratis la música que yo quiera. ¡Y tengo para elegir varios intérpretes! No sólo es Internet, es que han aparecido muchas personas que ofrecen su trabajo gratis.</p><p><strong>P. ¿Y tenerlo gratis no choca con la idea del comercio?</strong></p><p>R. Para nada. Fíjate cómo funciona Google…</p><p><strong>P. Pero, mientras Google gana mucho, otros no ganan nada.</strong></p><p>R. ¿Qué otros? Para ganar es preciso ofrecer servicios útiles.</p><p><strong>P. ¿Y eso no termina siendo una especie de parásito comercial para otros actores, que no pueden competir contra los titanes tecnológicos?</strong></p><p>R. El comercio es la forma pacífica de relacionarse con otros, contratando en vez de conquistando. El único contrato prohibido es el que no tiene límite temporal, porque evocaría algo análogo a la esclavitud. Marx llamó al proletariado clase conquistadora, sin reparar en que la única alternativa al mercado de bienes y servicios es el de personas. El error del profesional antiguo fue invertir en esclavos sus beneficios, convirtiendo el trabajo en la maldición de quien no puede apropiarse sus frutos, porque no es persona jurídica. Eso, que parecía el gran negocio, arruinó lentamente al Imperio Romano y montó un gran leprosario en Europa, mientras los caminos se esfumaban entre generales bendiciones a la santa pobreza. Las cosas empezaron a cambiar con la llamada revolución comercial del siglo XII, cuando reemerge el trabajo remunerado y la propiedad deja de ser intransmisible.</p><p><strong>P. Pero el salto del trueque al comercio es el beneficio.</strong></p><p>R. El trueque incluye tantos beneficios como la transacción monetaria. Pero sólo ésta racionaliza el intercambio, perfeccionando el circuito estímulo-recompensa.</p><p><strong>P. Otra de las cosas que ha cambiado Internet es esa forma de intercambio. Ahora se prestan cosas o se habla de ‘economía colaborativa’.</strong></p><p>R. ¡Es que es tan magnánimo que van a pasar cosas insólitas! Es amplitud, brazos abiertos, en vez de manos cerradas. Ves cómo cada cual sube unas noticias y millones de personas las ven. La humanidad, más o menos conscientemente, se da cuenta de lo que es noticia, información. El orgasmo, por ejemplo, es una noticia. Todo es espiritual e Internet es el final de una espiritualización: desaparece la moneda anterior por una de confianza y, pronto, esta pasará a concretarse en tarjetas de crédito o en mecanismos de lectura de retina o huellas dactilares. Todo se espiritualiza, pero no en el sentido puritano del más allá o el más acá, el bien o el mal, el dolor y esas especies de basura. No. El ser humano se va haciendo cada vez más alma sin perjuicio de otras cosas, igual que hemos perdido los dientes o el pelo porque no los necesitamos. No me extrañaría que haya una rápida evolución en el sentido morfológico y que pronto el ser humano se dé cuenta de que, ante todo, debe ser los cinco sentidos. Probablemente en unos años estemos metidos en peceras, flotando en diferentes fórmulas químicas que se cambian según lo que pidamos cada día: estimulantes, analgésicos, visionarios…</p><p><strong>P. Esta realidad tan vaporosa, que no se palpa, ¿qué hueco deja para la moral?</strong></p><p>R. Los principios morales son puro espíritu. Que el dinero sean doblones de plata, billetes o <a href="https://www.infolibre.es/noticias/economia/2017/12/18/la_explosion_del_bitcoin_mas_cerca_del_estallido_burbuja_convertirse_producto_regulado_73146_1011.html" target="_blank">bitcoins </a>no cambia nada.</p><p><strong>P. ¿Nos seguiremos haciendo las mismas preguntas en una sociedad tan líquida?</strong></p><p>R. Heráclito decía que la moralidad podía resumirse en seguir lo común, desoyendo las invitaciones de priorizar lo privado. Ese principio de moralidad marca las lindes del ‘hago lo que debo’ y el ‘hago lo que me da la gana’. Hay un montón de personas que cifran el éxito de su vida en salirse con la suya, y son los malos de la película.</p><p><strong>P. ¿Dónde se pondría la verja de la libertad de cada uno en un mundo donde no te ves la cara?</strong></p><p>R. La razón nos dice dónde está lo común, con tal de tener buena fe y paciencia. Sencillamente, no hagas aquello que no quieras que te hagan. Estamos en la higuera mientras no admitamos que la libertad es responsabilidad, y también el máximo goce. Siguiendo con Heráclito, seremos de esos que parecen presentes pero están ausentes, pues “como no saben escuchar, tampoco saben hablar”. Careciendo de elocuencia –capacidad para convencer- recurren al terror.</p><p><strong>P. ¿No nos está aislando la falta de interacción?</strong></p><p>R. Las tecnologías nos conectan. Han hecho el prodigio de acabar con la distancia. Ahora las diferencias son diferencias anímicas. Mientras quede claro que el deber nos compromete ante todo a nosotros mismos, generalizar el bien común será lo normal a largo plazo.</p><p><strong>P. ¿Qué papel juega el Estado en ese individualismo conectado?</strong></p><p>R. El Estado es una creación espontánea, fruto de sociedades donde la densidad de los conocimientos y del tejido económico desterraron el familismo, el tribalismo, el localismo y el confesionalismo, creando una institución al servicio del derecho que es por eso es el único titular legítimo de la violencia.</p><p><strong>P. ¿Cómo choca la libertad individual con el Estado que tiene que regular esas libertades?</strong></p><p>R. Los ciudadanos están interesados en que haya Estado, y este debe hacer valer la libertad como piedra miliar de la seguridad, sin convertirse en instrumento de una mera legislación. Hay que distinguir entre derecho y ley.</p><p><strong>P. ¿Cuál es la diferencia?</strong></p><p>R. El derecho es reciprocidad: ‘No pidas sin dar, no recibas con ingratitud’. También cabe decir que los pactos tienen fuerza de ley entre las partes, y quien los incumpla deberá indemnizar. Por supuesto, cada actividad particular será regulada –como la circulación terrestre o aérea-, pero sólo surgen fricciones entre la norma universal permanente y los decretos cuando algunos pretenden sustituirla por su particular arbitrio.</p><p><strong>P. ¿Y cómo se regula Internet?</strong></p><p>R. Por fortuna, es imposible. Cierras una página de venta de todo como <a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Silk_Road" target="_blank">Silk Road </a>y brotan tres. Ser un orden horizontal y no vertical lo hace indecapitable. Lo mismo ocurre antes o después con lo que llamamos razón, espíritu, inteligencia, belleza y bondad. Internet es el fruto más espectacular del trabajo hecho estos dos últimos siglos.</p><p><strong>P. ¿Por qué si es imposible ponerle coto y es capaz de representar un conocimiento libre no han cambiado tanto las cosas?</strong></p><p>R. Mira mi caso, que por independiente anduve décadas sujeto a la ley del silencio mediático. Internet dinamitó esa autocensura, y los periódicos sectarios se irán al garete si no cambian.</p><p><strong>P. Aun así, la gente sigue desinformada.</strong></p><p>R. Porque quieren. Porque por primera vez, la gente se entera de todo con un clic. A fondo. No darse cuenta de eso o no hacerlo práctico en tu vida, no dedicarle unas horas al inmenso deleite y conocimiento, resulta asombroso. Es una ampliación tal del espíritu humano que es inefable. Me canso de decir que esto tiene más trascendencia que la conquista del fuego.</p><p><strong>P. Yendo al tema de las drogas: uno de tus manuales estuvo a punto de introducirse en los planes educativos. No se hizo, y muchos chavales no tienen ni idea de estas sustancias aunque el consumo crezca.</strong></p><p>R. Muchas veces, no tiene nada que ver el conocimiento o no. Fíjate en California: el primer referéndum no salió al principio porque fue un domingo, la gente se había ido de marcha y no fue a votar. Hay que aceptar la responsabilidad individual, por eso la libertad es el goce supremo: porque es aceptar la exigencia y la responsabilidad suprema.</p><p><strong>P. Pero, como en el caso estadounidense -que despenaliza el consumo de cannabis por enfermedad- habrá que decidir en comunidad, ¿no?</strong></p><p>R. Nada ocurre a la primera, y veremos cuánto tarda el ser humano en adaptarse a la maravilla de tener a mano prácticamente todo el conocimiento.</p><p><strong>P. ¿Qué falta, pues, para que países como Colombia despenalicen el tráfico, sabiendo que la droga es un problema que causa muertos y desplazamientos?</strong></p><p>R. Buenísima pregunta para hacérsela a ellos. Que la respondan y se atengan a la respuesta. Uno de los disparates más actuales es que parte del mundo se permita discutir las instituciones democráticas de la otra parte, o pretenda subvencionar indefinidamente a continentes como África, cuando sólo limpiar su propia casa capacitará a esos países para disfrutar de las tierras todavía más vírgenes. ¿Imaginas cómo recibiría África a 30 o 40 millones de europeos decididos a pedir asilo?</p><p><strong>P. Vayamos al inicio: ¿cómo pasó el consumo de drogas de ser un acto pagano a ser un acto de fe?</strong></p><p>R. Las religiones paganas tenían ritos de comunión. Las culturas ágrafas y paganas tenían ciclos -como pasar de niño a adulto, o de ciudadano a guerrero- que solucionaban con un veneno psicoactivo. Lo tomaban y luego se ponían a pensar. Cuando llegaron las religiones, como el cristianismo o el Islam, en el siglo II y III, fueron prohibiendo estos ritos poco a poco, hasta exterminar los cultos antiguos sin decir por qué. Su comunión era, para ellos, una hostia insalvable.</p><p><strong>P. ¿En qué se distingue intoxicación y ebriedad?</strong></p><p>R. Hay drogas sin toxicidad, como el cáñamo, los hongos psilocibios o el LSD. Pero un mal viaje te puede llevar al suicidio o a matar, porque te estás jugando el alma, no un riñón.</p><p><strong>P. ¿De qué sirve la pérdida de consciencia que se consigue gracias a las drogas?</strong></p><p>R. Hay quien persigue el éxtasis sordomudo del vudú, el sopor imbecilizado del borracho, y el hablar por hablar de quien pierde los estribos con coca o <em>speed</em>.</p><p><strong>P. ¿Por qué ha ido cambiando el comercio de drogas? Hasta hace no mucho, por ejemplo en España, se compraban anfetaminas sin problema.</strong></p><p>R. Cuando yo vivía en Ibiza, te daban mescalina en las farmacias, sin receta. Y los nórdicos compraban cajas de Optalidón, que es anfetamina. Hacían lo mismo con la centramina o la bencedrina. Muchos se vendían como remedio a la obesidad, porque la anfetamina te quita el apetito.</p><p><strong>P. ¿Crees que va a pasar eso en Uruguay, que empezará a dispensar marihuana cultivada y vendida por el Estado?</strong></p><p>R. La iniciativa uruguaya es grotesca. Fue planteada por personas que no fuman y en el fondo son prohibicionistas, que queriendo brillar como <em>progres </em>urden disparates en cadena. Finalmente, manda la Administración, y sólo puedes fumar marías con el 6% de THC. Es como volver al coche de caballos teniendo Mercedes y BMV. Una cosa está clara, y es que obedecer una ley injusta significa ser cómplice de ella. Y la diferencia entre seres humanos está en quienes cumplen el derecho y quienes lo confunden con legislación. No faltan quienes violan el derecho, como los asesinos y ladrones, pero los más insidiosos –por gregarios y pusilánimes- son quienes acatan leyes contrarias a derecho.</p><p><strong>P. ¿Cómo se logra ese cambio en cada país?</strong></p><p>R. Uno: cada cual cumplirá con su personal deber. Dos: nada ocurrirá de la noche a la mañana. Tres: cada sociedad cumplirá lo democráticamente acordado por ella. Cuatro: las almas bien nacidas se cuidarán de desobedecer cualquier norma tiránica, por fondo o forma.</p><p><strong>P. En este caso, la legalización en un país u otro afecta al ámbito internacional, porque muchos problemas globales vienen del tráfico de drogas.</strong></p><p>R. Seis Estados de la Unión americana admiten ya el uso lúdico de marihuana, y van a ser los primeros exportadores mundiales. Que se prepare la Administración uruguaya a competir con el ‘buenismo’ puritano ante sus variedades.</p><p><strong>P. ¿Cómo será el futuro de las drogas, con tanta química a nuestra disposición?</strong></p><p>R. Nada me repele tanto como profetizar. Antes hablábamos de que estaríamos en una pecera con un líquido programado. Basta y sobra con presente y pasado.</p><p><strong>P. Pero todas las drogas nos devuelven a lo ancestral, a las reuniones en comunión, y eso tiene algo de nueva religión.</strong></p><p>R. Y hay religiones en torno a ellas, tanto las ayahuasqueras como la vampírica fundada por Burroughs.</p><p><strong>P. ¿Significa eso que volvemos a sentir cierto una especie de vacío existencial?</strong></p><p>R. En los sesenta y setenta comprendimos físicamente lo que Camus había explicado en <a href="https://www.alianzaeditorial.es/libro.php?id=2951504&id_col=100508" target="_blank">El hombre rebelde</a>, distinguiendo entre nihilismo y amor a lo substancial. Vimos hasta qué punto cabía ser honesto, precisamente desoyendo la parte injusta o anacrónica de las leyes. Comprobamos que se podía vivir muy bien con lo que otros tiraban por aburrimiento consumista, y rehabilitamos viviendas rurales despreciadas por sus propietarios, donde follar, drogarse y respetarse incondicionalmente inauguró una nueva ruta del espíritu. Aquella tribu se reunió y disolvió espontáneamente, dejando como fruto la revolución sexual, la única justa y duradera de los anales.</p><p><strong>P. ¿Ahora no está eso mercantilizado? ¿No ha sido fagocitado por el capitalismo?</strong></p><p>R. Lo inverso de mercantilizado es militarizado, o sacralizado. ¿Eso añoras? Para aquella tribu no sirve el refrán de que “segundas partes nunca fueron buenas”, pues si rebrotase efectivamente fascinará al mundo como otrora. En cuanto a sistema social, cuando comenzaba el siglo XX pareció que el capitalismo tenía una alternativa viable y decente en el colectivismo. ¿Te cabe la menor duda de que sus ensayos mesiánicos llevan invariablemente al hambre, cumpliendo la peor pesadilla kafkiana? Lo real es infinitamente complejo, y en vez de simplezas proceden observaciones.</p><p><strong>P. ¿Qué drogas se consumían en aquella época?</strong></p><p>R. De todo. Caballo, cocaína, marihuana, mucho ácido, opio…</p><p><strong>P. Ahora los jóvenes consumen mucho MDMA (éxtasis).</strong></p><p>R. Ya fue la gran droga de los años ochenta. Y ha tranquilizado mucho a la población mundial, porque el cóctel alcohol y cocaína es bastante más agresivo. Pero todo es irrepetible.</p><p><strong>P. Pero aquí hay decisiones que pueden acabar mal, como la heroína en generaciones pasadas.</strong></p><p>R. Es un infundio que se repartiese heroína gratis. Más aún, es un infundio que la heroína causase problema alguno de salud o criminalidad durante las décadas en que se vendió sin receta por las farmacias del mundo entero. Son dos embustes groseros que cualquiera puede comprobar sin salir de Internet, simplemente contrastando informaciones de primera y segunda mano. Yo empecé intentando ser valiente y acabé aprendiendo a estudiar, un aprendizaje que me ha servido para ser dichoso hasta el día de hoy. Cierto es que me metí en serios berenjenales, pero si al deseo de saber no le añades un corazón aventurero, y aventuras propiamente dichas, no llegaste a nacer.</p><p><em>*Este artículo está publicado en el número #55 de </em>tintaLibre<em>. Puedes consultar toda la revista haciendo clic aquí.</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank">aquí</a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 02 Feb 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Antonio Escohotado: "Obedecer una ley injusta es ser cómplice de ella"]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Darle la vuelta a la Utopía]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/darle-vuelta-utopia_1_1148220.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3cd49b1b-dde4-4426-9f8b-1c06686c8d05_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Darle la vuelta a la Utopía"></p><p>Muchos verían en los inicios de <em>Black Mirror</em>, allá por 2011, una exageración inconcebible del mundo. El tiempo no ha hecho sino desvelar que la realidad puede ser incluso más sorprendente. Dos años después de la emisión de esos tres primeros capítulos, por ejemplo, el <a href="http://www.elmundo.es/elmundo/2013/05/22/internacional/1369241591.html" target="_blank">asesinato de un soldado en plena calle</a> de Londres devolvía la imagen de gente grabando con sus móviles cada uno de los hachazos en nombre de la yihad. La matanza se retransmitía en directo y el autor explicaba a la cámara de un celular por qué la ejecutaba, como si se tratase del guión de una nueva temporada. Esta serie y su caústica concepción del uso de las nuevas tecnologías sirven para reconocer cómo, a veces, <strong>esos futuros imaginados no son tan improbables</strong>. Pero hay más casos. ¿Por qué <em>El cuento de la criada</em> se ha descrito como el azote feminista de nuestra era? El <a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/09/22/distopias_sin_fecha_caducidad_69737_1821.html" target="_blank">libro</a> de Margaret Atwood llevado a la pequeña pantalla se publicó en 1985. Según explica la autora en el prólogo, habla de “una reducción de la población por culpa de la contaminación ambiental y la incapacidad de concebir criaturas”. Las mujeres fértiles sirven de recipiente para procrear. Y, efectivamente, las estadísticas muestran ese descenso mundial de la natalidad y el aumento de enfermedades –alergias, enfisemas pulmonares, etc.- provocadas por la mala calidad del aire.</p><p>No estaba tan lejos. Igual que no lo estaba <em>Blade Runner </em>cuando imaginó ciudades de hologramas y neones donde se consumen alimentos producidos en invernaderos. O cuando expone las soledades aplacadas por un amor a la carta: hace unos meses se abrió el primer burdel de muñecas en España y ya hay viveros que guardan como trofeos las simientes de especies en peligro de permanecer sólo en el recuerdo colectivo. Por no recurrir al talismán del género, <em>1984</em>, y su famoso Gran Hermano vigilante: cuando Donald Trump, el presidente de Estados Unidos, llegó al poder, el clásico de George Orwell ascendió a los primeros puestos de ventas en el país.</p><p>A tales ficciones se les llama distopías. Un término que juega con el prefijo opuesto a la utopía y con diseñar un oscuro entorno venidero. “Representación ficticia de una sociedad futura de características negativas causantes de la alienación humana”, resume el diccionario de la Real Academia de la Lengua. Metáforas apocalípticas que se nutren de la realidad y que recientemente se han alzado como frescos sociales. A las adaptaciones de los relatos del escritor estadounidense Philip K. Dick se le suman ejemplos españoles, como el ganador del último premio Alfaguara de novela: <a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2017/10/13/rendicion_ray_loriga_70614_1821.html" target="_blank">Ray Loriga</a> y su <em>Rendición</em>, una trama que él mismo tacha de “fábula” sobre el destierro y la transparencia impúdica en la era de las redes sociales. “Se parece al mundo en el que vivimos. Y <strong>no hay señales que nos animen a pensar que algo pueda mejorar</strong>”, apuntaba el autor de <em>Héroes</em> o <em>Tokio</em> ya no nos quiere en el programa de Andreu Buenafuente.</p><p>Plasmó algo parecido en 2012 Emilio Bueso. Su obra <em>Cenital</em> (Salto de Página) se centraba en el fin de los combustibles fósiles y contaba el novedoso paradigma desde una ecoaldea. El progreso, en sus páginas, se convierte en barbarie. ¿Por qué? “<strong>Estamos abocados al colapso</strong>, si nada cambia. Nos han fallado la demografía global, las políticas migratorias, los líderes que hemos ido escogiendo, la carrera espacial, la energía nuclear... y la economía, la lleve quien la lleve, no parece interesada en resolver los problemas del grueso poblacional”, dice ahora, manteniendo el tono de la novela.</p><p>“Hemos descubierto que todo lo que nos dijeron del comunismo era verdad y todo lo que nos dijeron del capitalismo era mentira. Que ahora todas las revoluciones son televisadas y dicen ir a cambiarlo todo para que todo siga igual. ¿Has visto lo que acaba de pasar en Cataluña? Pues no es muy distinto de lo que pasó el 15M: de pronto un día la gente se encabrona y sale por fin a la calle, parece que vaya a suceder algo gordo y al final todo se queda en nada, o al menos así es en el corto y el medio plazo”, apunta Bueso, que cree que “toda narración se hace desde el mundo real” porque “el autor no conoce otro”. “<strong>La ciencia-ficción casi siempre habla del mundo actual</strong>, en el fondo”, concede quitándose méritos como vidente: “En fin, Berlanga sí fue un visionario”.</p><p><strong>Buscar consuelo en la ficción</strong></p><p>Sin llegar a entrar en el terreno de la ciencia-ficción, pero con una narrativa que pellizca comportamientos humanos hasta llevarlos al límite, se encuentra el madrileño<strong> Isaac Rosa</strong>. Fiel a una escritura política, el columnista y reciente creador de un par de cómics toma el contexto más próximo y lo destripa con tajos finos y astutos. Le da, según describe, “una mirada lateral”. En <em>El país del miedo</em> enredaba un dilema moral paterno en torno al acoso escolar. En La habitación oscura metía a activistas vigilados en un universo opaco hasta la desolación y la violencia. Y en<a href="http://www.eldiario.es/cultura/cine/invisible-patetico-circo-mundo-laboral_0_636936610.html" target="_blank"> La mano invisible </a>pone a un grupo de trabajadores en una telaraña de control excesivo.</p><p>¿Qué piensa de este auge de otros mundos adversos? “La desaparición de elementos de seguridad y cohesión en nuestras sociedades en las últimas décadas nos ha dejado a la intemperie, y el futuro que antes era más o menos previsible (con sus incertidumbres, claro) se ha convertido en <em>terra incognita</em>. Poca gente es capaz de prever cómo será su vida personal (trabajo, pareja, lugar de residencia, etc.) dentro de 10 años, sobre todo entre los más jóvenes, y menos aún podemos imaginar cómo habrán cambiado nuestras democracia o nuestras relaciones laborales. De ahí la necesidad de anticipar, de imaginar”.</p><p>Para él, retratar el futuro, ya sea de forma utópica o distópica, es retratar el presente. Por contraste, por paralelismo o por alegoría, indica. Sin embargo, el uso excesivo de estas fórmulas y el resignarse a algo peor han pasado a ser “inofensivos”, “productos culturales” que ya “no inquietan” sino que ofrecen “consuelo”. “Este impulso tiene mucho de consumo cultural, y las distopías televisivas participan de las mismas convenciones y servidumbres narrativas de toda serie de televisión, lo que desactiva su capacidad agitadora”, reflexiona. “Además, la realidad es ya mucho más distópica que cualquier novela o serie. El <em>telescreen</em> panóptico de 1984 está ya en todas las casas, y en nuestra mano en forma de<em> smartphone</em>. En cuanto a distopías tecnológicas tipo<em> Black Mirror</em>, son cuentos para niños si los comparamos con los manejos comerciales y de seguridad que ya hacen las empresas del Big Data y las agencias de inteligencia (con nuestra inestimable y a menudo entusiasta colaboración)”, opina.</p><p>Nos enfrentamos al discurso de que todo se aboca al precipicio. A pesar de que hay marcadores que señalan lo contrario. La esperanza de vida ha aumentado. Se ha expandido el acceso a las necesidades básicas en muchas partes del globo. Gozamos de tratamientos contra dolencias que preveíamos imposibles. La paz predomina y se puede decir que la democracia ha ganado la partida a regímenes más estrictos. Y ni aun así escapamos a los cronistas agoreros. “<strong>La distopía es la nueva utopía</strong>. Nos gusta saber que todo va a acabar mal como antes nos gustaba saber que todo iba a acabar bien. Disfrutamos con narcisismo negro cada vez que habitamos una fantasía de destrucción”, responde como justificación el filósofo<a href="https://twitter.com/santiagoalbar?lang=es" target="_blank"> Santiago Alba Rico</a>.</p><p>¿Por qué, entonces, tendemos al desánimo, a lo sombrío? Contesta Alba Rico: “Se han producido, a mi juicio, dos cambios. Uno es que el mundo ya no está preñado de un futuro mejor. El concepto de progreso se ha transformado, bien porque ya no creemos en él, bien porque vemos en lo tecnológico menos un sueño que una pesadilla. El otro cambio, en parte dependiente de este, tiene que ver con los modelos de la ficción. El final feliz del Hollywood clásico ha sido hasta tal punto invertido desde el propio Hollywood que tenemos un nuevo esquema, también previsible y mecánico: sabotaje de las identificaciones, muerte rutinaria de los protagonistas, final esperadamente inesperado. Vivimos en otro mundo real y en otro mundo de ficción”.</p><p>Pocos niegan esa dualidad inseparable. Quizás la espina dorsal de toda persona, dividida continuamente entre lo instrumental y lo intangible. Ricardo Menéndez Salmón -que ganó el premio Biblioteca Breve en 2016 con <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2016/03/24/literatura_filosofia_para_derrotar_tirania_46746_1026.html" target="_blank">El sistema</a>, una parábola opresiva- ve la literatura como “un eficaz discurso negativo, una escuela de rebeldía que invita a no aceptar las cosas de forma acrítica”. Este vivero de distopías demuestra, a juicio del escritor, que “la velocidad de crucero de la realidad es altísima”. “Tanta, que a menudo devora las ficciones”, concluye. Esas “extensiones” que, como dice Alba Rico, completan nuestras vidas. “Imaginamos desde nuestros cuerpos, que están atrapados en relaciones -económicas, antropológicas y políticas- que dictan los límites de la imaginación”, sostiene el autor de <em>Teoría del caos</em>.</p><p>“La ficción tiene un gran potencial para desarrollar la imaginación política, de la que andamos muy faltos como sociedad”, resuelve Isaac Rosa. “No es fácil obviar la irresistible distopía y arriesgarse a imaginar futuros en positivo, porque tememos que nos llamen ingenuos o didácticos, pero deberíamos atrevernos a probar en nuestras ficciones otras formas de relacionarnos, de trabajar, de organizar nuestras vidas al margen del capitalismo, y sin que conduzcan al desastre. Una y otra vez damos la razón a la conocida frase de Slavoj Žižek: <strong>parece más fácil imaginar el fin del mundo que el fin del capitalismo</strong>”.</p><p><em>*Este artículo está publicado en el número de diciembre de </em>tintaLibre<em>. Puedes consultar todos los temas de la revista haciendo clic aquí. </em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/tinta_libre/portada/" target="_blank"> aquí</a></p><p> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Dec 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alberto G. Palomo]]></author>
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