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‘Mala letra’, de Sara Mesa

  • Los once relatos del título son un alegato de la infancia desde el miedo, los secretos, la muerte, la ingenuidad y, por encima de todo, la culpa

Sara Vítores
Publicada el 26/02/2016 a las 06:00
Portada de 'Mala letra', de Sara Mesa.

Portada de 'Mala letra', de Sara Mesa.

Sara Mesa lee un fragmento de su libro 'Mala letra'.

Mala letra

Sara Mesa
Anagrama
Barcelona
2016

Mala letra
Sara Mesa se empeña en hacerlo mal, y queriendo. Ya se lo dijo su profesor en el colegio: “coges mal el lápiz y así te vas a convertir en una analfabeta”. Y la escritora se ha convertido en una analfabeta que con su primera novela, Cuatro por cuatro, fue finalista del Premio Herralde, con la segunda, Cicatriz, revolucionó a la crítica de este país, y con la compilación de cuentos que acaba de publicar, Mala letra, demuestra que haciéndolo mal, cogiendo mal el lápiz, no solo puedes escribir novelas de premio, sino ser brillante en el género del relato corto.

Once relatos cortos que asustan como los de Edgar Alan Poe; que enternecen, como los de Haruki Murakami; que sorprenden, como los de Julio Cortázar; que descolocan, como los de Ray Bradbury; que llegan al alma, como los de Ernest Hemingway.

Mala letra lleva al lector a su infancia. A esa forma de sentir que parece que el paso de los años borra, pero que sigue ahí dentro, en algún recóndito lugar del cerebro, de la amígdala o de las tripas. Quién sabe dónde. Sentimientos adormilados, acechando a la espera de que el olor de un aula, el sabor de unas lentejas o el tacto de un jersey te los devuelva en un microsegundo.

Los cuentos de Sara Mesa invitan —abriendo esa puerta de la infancia— a volver a mirar a la cara a la vida con ojos de niño. A escudriñar. A darte cuenta de lo poco que nos paramos a pensar, a observar lo que pasa por delante de nuestras narices. Te muestran lo incapaces que somos de empatizar.

Mala letra es un alegato y una exaltación de la infancia desde el miedo, los secretos, la muerte, el valor de la ingenuidad y, por encima de todo, desde la culpa. Culpa que corroe, culpa que paraliza, culpa que tiñe de sangre el escenario del crimen antes de haber disparado, que comprime de tal manera que no deja ni que corran las lágrimas.

Once paradas. Once cuentos. Once formas de volver a tener once años. Y si en la trama la infancia es el nexo común, la protagonista de todos los relatos, en el estilo, el hilo conductor es esa forma descriptiva de la literatura de Sara Mesa, que se preocupa por explicarnos la imagen exacta de la más pequeña mota de polvo. Mota que para el resto de los mortales pasa absolutamente inadvertida.

Tres de ellos, tres relatos: Apenas unos milímetros. “Milímetros en los que late una culpa contenida”, dice la autora, la de la salud frente a la enfermedad, la de la vida frente a la muerte, la del feliz frente al desdichado, la de saber que estás por encima. Y la de destrozarte sabiendo que no, que quien estaba en el pozo eras tú.

Papá es de goma. Ternura y rabia contenidas. El sufrimiento disimulado de ser el hermano mayor, el llevar la carga y ser capaz de reírte de su peso.

Y Mustélidos. El relato final. La incomodidad de la incomprensión, que no es exclusiva de la adolescencia.

Sara Mesa ha ido desnudándose, contándonos quién es en cada una de sus reflexiones anteriores, pero aquí no sólo se quita la ropa, se atreve a que la conozcamos por dentro. Nos cuenta cómo le gusta escribir, jugando con lo equívoco, provocando una indeterminada inquietud al lector. Porque Sara Mesa es la que habla de violaciones, vómitos, infidelidades, cráneos deformados, palabras-piedra y asfixia y al mismo tiempo es la que ama a los mustélidos y colecciona figuritas horribles y carísimas de nutrias. Es la que pide perdón por eso, por ser como es. La que, —no sé a quién habrá que darle las gracias— sigue cogiendo fatal el lápiz para escribir.

Podría parecer en otros de los cuentos —en los que los protagonistas pasan de los cincuenta—, que se pierde ese hilo de la infancia. Podría parecerlo, pero solo eso, en condicional. Porque la lección final de Mala Letra es que, por muy escondida que creamos tener nuestra infancia, por mucho que hayamos cerrado los cajones de la culpa, están ahí. Date la vuelta. Sí, ahí. Justo ahí.

*Sara Vítores es periodista.

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