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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 9]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-9/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 9]]></description>
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      <title><![CDATA[Letras y libertad]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/letras-libertad_1_1124277.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3fd87a6c-1278-4784-9b2d-ef929cfdf2ef_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Letras y libertad"></p><p>El club de lectura del Centro Penitenciario de Huelva fue legalmente constituido en la Junta de Tratamiento del Centro Penitenciario de Huelva de 13 de enero de 2006. Desde el primer momento fue acogido por el Centro Andaluz de las Letras (CAL), y no fue hasta la visita del escritor onubense<strong> Juan Cobos Wilkins</strong> para departir con el grupo de internos sobre su libro <em>El corazón de la tierra</em> cuando se decidió denominar al club con el nombre del autor.</p><p>El creador del club, un funcionario de prisiones que en la actualidad no trabaja ya en el centro, solicitó la ayuda del que actualmente lo coordina para la puesta en marcha del mismo y llevó la coordinación del club durante unos dos años. Una vez que le concedieron el  traslado a otro centro penitenciario, le ofreció continuar haciéndolo al que actualmente lo coordina, para que no se perdiera la existencia del mismo. Puesto que el coordinador entrante es maestro en el Centro de Educación Permanente (Ceper) Miguel Hernández Gilabert, existente en el propio centro, y que lógicamente ya tenía cerrado su horario hasta finalizar el curso, lo cogió como actividad al margen de las tareas educativas, haciéndolo por las tardes. Al siguiente curso, la delegación provincial de Educación aceptó que el maestro encargado del club lo hiciera en horario lectivo, dedicando un día de la semana a esta actividad. </p><p>Desde su creación, el club de lectura Juan Cobos Wilkins ha participado en varios programas de televisión, como el programa <em>El público lee</em> de <strong>Jesús Vigorra</strong> (Canal Sur) con los escritores <strong>Arturo Pérez Reverte</strong> (2007), <strong>Boris Izaguirre</strong> (2008) y <strong>David Trueba</strong> (2008). A continuación y aprovechando la Salida Programada, realizamos distintas visitas a Sevilla, catedral, museos, etc. También ha participado en otras emisoras de radio y televisión locales.</p><p>El club ha recibido la visita y compartido horas de lectura de textos propios y de los autores homenajeados cada año por la Consejería de Cultura de la Junta de Andalucía con la tertulia literaria Nuevo Horizonte 2002 y la Asociación Fahrenheit 451, ambas de Huelva, en dos ocasiones cada año, para las celebraciones del Día internacional del  Libro y del Día de la Lectura en Andalucía. Ha participado en todos los encuentros provinciales de los clubes de lectura, aprovechándose cada ocasión para realizar visitas a los lugares donde se celebran. </p><p>Además, todos los años organizamos exposiciones con motivo del Día del Libro con los ejemplares más antiguos y curiosos de la biblioteca del Centro Penitenciario, así como de todos aquellos firmados y dedicados por sus autores en sus visitas a lo largo de estos años. </p><p>En 2007, el coordinador del club fue  ponente en la mesa redonda del primer encuentro de los clubes de lectura de la provincia de Huelva en el Museo Provincial de la ciudad, y en 2013 fue invitado a participar como ponente en el encuentro provincial de Plan de Lectura y bibliotecas, realizado en el Teatro Sierra de Aracena, explicando la organización y desarrollo del club de lectura. </p><p>Hemos organización barbacoas, paseos literarios y gimkanas en los jardines de la guardería infantil de la prisión con los internos del club para la celebración del Día del Libro y como despedidas del curso escolar. Falta decir que todos los internos participantes en el grupo son matriculados como alumnos del Ceper, dentro de grupos de educación no formales, para que así puedan ser partícipes de los beneficios penitenciarios que la legislación vigente prevé para los alumnos de los centros penitenciarios.</p><p>Durante el curso escolar 2007-2008, el club de lectura realizó el guion del documental <em>Los molinos de Huelva</em>, auspiciado por la Consejería de Igualdad y Bienestar Social, del director <strong>José Antonio Delgado</strong> y el productor <strong>Juan Labrador</strong>. En  2008, colaboramos en  la grabación del citado documental a través de dos salidas programadas, durante dos días, recorriendo toda la provincia onubense en busca de los distintos molinos que aparecerían en el filme, junto con antiguos molineros, restauradores e historiadores locales. Posteriormente, una vez montada la cinta, fue presentada en primer lugar en el salón de actos del Centro Penitenciario y más tarde en el Festival de Cine Iberoamericano de Huelva.</p><p>En 2008, organizamos la presentación pública a nivel provincial junto con la editorial  Plaza y Janés del libro de Cobos Wilkins <em>El mar invisible</em>, inspirado en el antiguo centro penitenciario de Huelva, con invitación a los medios de comunicación interesados.</p><p>En 2009 organizamos a través del Centro Andaluz de las Letras la actuación de Recuento, cuentacuentos para adultos, para todos los alumnos del centro. </p><p><strong>Miguel Hernández, Juan Ramón Jiménez y Lorca</strong></p><p>En 2010 organizamos la celebración del Año de <strong>Miguel Hernández</strong> por el centenario de su nacimiento, por petición de la Delegación de Educación de Huelva, al llamarse nuestro centro de igual manera y por haber permanecido preso en las instalaciones de la vieja prisión onubense. Aunque la celebración de la efemérides era para todo el alumnado, los miembros del club de lectura tuvieron un lógico protagonismo. Hicimos una pequeña obra de teatro, decoramos todo el espacio del área sociocultural con enormes cartelones con fotos del poeta y construimos una vieja celda rememorando la que utilizó el escritor para el buen fin de la obra de teatro.  Asistieron la delegada de Educación, inspectores de Educación, jefes de servicio de la Delegación y el coordinador provincial de Educación Permanente. En 2011 organizamos  la celebración del Día de <strong>García Lorca</strong> al cumplirse 75 años de su nacimiento, nuevamente por petición de la Delegación de Educación de Huelva. </p><p>Durante el curso escolar 2013-2014 colaboramos con la Fundación José Saramago de Lisboa para la celebración del Aula José Saramago con el club de lectura, entre los meses de octubre y mayo, con la finalidad de difundir la obra y el pensamiento del Nobel portugués. Participaron los 20 miembros del club, que fueron debidamente acreditados con un diploma de la Fundación. La experiencia volvió a repetirse en 2015.</p><p>En 2014 organizamos la celebración del Año <em>Platero y yo</em> de <strong>Juan Ramón Jiménez</strong> con motivo del centenario de su publicación, en colaboración con la Fundación Zenobia y Juan Ramón Jiménez de Moguer.  Realizamos una salida programada al pueblo del poeta, siendo recibidos en el Ayuntamiento por el alcalde y recorriendo todos los monumentos, el cementerio, la casa natal y la casa museo del Nobel. Al finalizar el día fuimos obsequiados con un ejemplar de la obra (edición primer centenario) y el pasaporte Platero por haber recorrido todos los lugares necesarios para obtenerlo. </p><p>Al día siguiente se celebró en el centro el acto de celebración al que acudieron el delegado de Gobierno de la Junta de Andalucía, el delegado de Educación, inspectores de educación y coordinador provincial de Educación Permanente, siendo recibidos por el director del Centro Penitenciario.   En el salón de actos se mostraba una exposición de carteles con la vida de Juan Ramón proporcionada por el Centro Andaluz de las Letras y, como novedad, la Fundación Zenobia Juan Ramón Jiménez nos proporcionó a la burra <em>Platerilla</em> que participó activamente en los actos, incluso subiendo al escenario, lo que  fue de sumo agrado de todos los asistentes. La Peña Flamenca del Centro Penitenciario compuso e interpretó una canción dedicada a Platero que fue entregada por escrito a todos los asistentes y que pudieron cantar al unísono. </p><p>En 2015, recibimos la visita del club de lectura de Huelva Extramuros, habiendo compartido previamente con ellos la lectura de un libro. Tratamos sobre el mismo en las instalaciones de la Guardería.</p><p>En el curso 2015-2016, celebramos un curso de literatura a través de la lectura con Juan Cobos Wilkins y los alumnos del Club de Lectura, de tres meses de duración, financiado por la Fundación Lara y Fundación La Caixa. Compartimos la lectura de cuatro libros de distintos narradores y uno de poesía: <em>Biografía impura</em>, del propio Juan Cobos Wilkins. Está previsto realizar un segundo curso este mismo año, con una duración de nueves meses.</p><p>Encuentros con escritores</p><p>En febrero de 2016, recibimos al autor de <em>Luz detrás de las nubes</em>, <strong>José Antonio Rivero Leblic</strong>, siendo presentado por el también escritor <strong>José Antonio Carballar Jurado</strong> y por <strong>Paqui Aquino</strong>, presidenta de la tertulia literaria Nuevo Horizonte, a la que el escritor pertenece. El libro, como siempre, había sido leído por todos los miembros del club, con lo que el diálogo fue mucho más fructífero. Al finalizar el acto, la peña flamenca del Centro Penitenciario les dedicó una actuación.</p><p>Pocos días más tarde, el 23 de febrero, realizamos la presentación del libro de Juan Cobos Wilkins <em>El mundo se derrumba y tú escribes poemas</em>, y con la actuación de la peña flamenca del Centro Penitenciario al finalizar el acto. Aunque el autor siempre pretende presentar sus libros en la prisión antes de hacerlo en Huelva, en esta ocasión y debido a que teníamos concertada la cita con Rivero Leblic, tuvimos que posponer la presentación de Cobos Wilkins unos días después de haber sido presentado el libro en la ciudad.</p><p>Ya en marzo de 2016, recibimos la visita del club de lectura de Gibraleón La caja del agua, acto celebrado en el entorno de la guardería y que fue muy del agrado tanto de los visitantes como de los internos. A todos los visitantes se les suele hacer entrega de un pequeño obsequio como recuerdo de su paso por el Centro Penitenciario de Huelva; suelen ser pequeños detalles realizados por los propios internos. En esta ocasión fue tan del agrado de los visitantes que allí mismo decidieron que fuese el logotipo de su club de lectura.</p><p>En estos diez años de existencia del club, hemos organizado las visitas y consiguientes  actos literarios de los escritores enumerados a continuación, con la lectura y estudio de al menos una de sus obras: <strong>Rafael Adamuz</strong>, <strong>Abraham Cuellar Cruz</strong>, <strong>José Juan Díaz Trillo</strong>, <strong>Juan Drago</strong>, <strong>Manuel Garrido Palacios</strong>, <strong>Mohamed Hammú</strong>, <strong>Francisco Huelva</strong>, <strong>José Manuel de Lara</strong>, <strong>Ramón Llanes Domínguez</strong>, J<strong>osé Luis Lobo Moriche</strong>, <strong>Benito A. de la Morena Carretero</strong>, <strong>Manuel Moya</strong>, <strong>Antonio Orihuela</strong>, <strong>Mercedes Pinto Maldonado</strong>, <strong>Antonio Ramírez Almanza</strong>, <strong>José Antonio Rivero Leblic</strong>, <strong>José María Rodríguez</strong>, <strong>Ángel Romero</strong>, <strong>Federico Soubrier</strong>, <strong>Rafael Vargas</strong>, <strong>Juan Villa</strong> y <strong>Josefa Virella</strong>. Todos ellos fueron invitados por el coordinador del club, y  lo hicieron de forma totalmente desinteresada. <strong>María Domínguez </strong>y <strong>Augusto Thassio</strong> fueron invitados por la Delegación Provincial de Educación.</p><p>Creo que a pesar de coordinar un grupo de lectura que está recluido entre cuatro paredes, hemos conseguido  acercarlo a la sociedad en general, al interior con las innumerables visitas que recibimos de escritores y clubes de lecturas, al exterior con las visitas programadas que anualmente realizamos. </p><p>Los últimos libros que hemos leído han sido <em>Luz detrás de las nubes</em> (con el escritor José Antonio Rivero Leblic); <em>La sombra del viento</em>, de <strong>Carlos Ruiz Zafón </strong>(con el club de lectura La caja del agua) y  <em>Venganza en Sevilla</em>, de <strong>Matilde Asensi</strong> (remitido por el Centro Andaluz de las Letras para la lectura mensual). En la actualidad estamos leyendo <em>El clan del oso cavernario</em>,de <strong>Jean Marie Auel</strong>.</p><p>Los dos primeros  han sido muy apreciados por los lectores; el de Zafón ha gustado mucho, la mayoría lo había leído previamente y la relectura ha sido muy interesante por recordar y por percibir cosas que en la primera lectura no se habían visto. Pero lo que más ha sorprendido ha sido el libro de Rivero Leblic, que ha encantado a todos los lectores. Es un libro autobiográfico que sorprende por la enormidad de aventuras que relata. El que menos ha gustado, y con bastante diferencia, ha sido el de Asensi. </p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Francisco Regueira]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Huelva,Libros,Pena cárcel,Los diablos azules número 9]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Literatura desde los márgenes]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/literatura-margenes_1_1124262.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/c88ad709-cc6b-4fce-8377-d4334af6a856_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Literatura desde los márgenes"></p><p><strong>Alberto Patiño</strong>, <strong>Jónatan Rubio</strong> y <strong>Jorge Sexmero</strong>, libreros de la recién abierta La Sombra (Madrid), recomiendan algunos de los títulos que más les han interesado en los últimos meses.</p><p> <strong>GlanbeighColin BarrettSajalínBarcelona2016 </strong></p><p><em>Glanbeigh</em></p><p>En <a href="http://www.sajalineditores.com/?p=libro&l=65" target="_blank"><em>Glanbeigh </em></a>nos encontramos con una serie de relatos que describen a la perfección el ambiente de derrota, violencia y frustración que podemos encontrar en cualquier barrio obrero o pequeño pueblo olvidado de la verde Irlanda. En sus páginas vemos desfilar a jóvenes sin futuro que intentan salir adelante en la vida con trabajos deprimentes; delincuentes de poca monta; chicos descarriados que se pasan los fines de semana atrapados en una vorágine de alcohol, drogas y sexo. Todos estos personajes, y alguno más, son los protagonistas de los siete relatos que forman el debut literario de <strong>Colin Barrett</strong>. Personajes y escenarios que son reconocibles para cualquier lector: "No conoces mi pueblo, pero seguro que te suena. Con su rotonda en la carretera nacional, su polígono industrial, su Cineplex de cinco salas, su siglo de pubs embutidos en la milla cuadrada de la zona urbana", escribe el autor. En definitiva, un libro apasionante que te engancha desde la primera página por su honestidad sin florituras y lo directo de su mensaje. Uno de los mejores libros de lo que llevamos de año. Apúntense el nombre de Colin Barrett, sonará mucho en los próximos meses.</p><p><strong>Los crímenes del jorobado</strong><strong>Rampo EdogawaQuaterniMadrid2016</strong></p><p>Continuando el buen hacer de Quaterni y su apuesta por <em>Los misterios de la gata Holmes</em>, Byomkesh Bakshi o <em>Gokumon-To</em>; llega el momento a la recuperación del gran <strong>Rampo Edogawa</strong>, auténtico maestro japonés que supo combinar la tradición de espectros japoneses con el misterio europeo como demuestra <a href="http://www.quaterni.es/producto/los-crimenes-del-jorobado/" target="_blank">este cruce de folletín pulp</a> con todo tipo de extraños giros de trama, algunos de gran modernidad aún hoy. Un titán a descubrir.</p><p><strong>Departamento de especulaciones</strong></p><p><strong>Jenny OffillLibros del AsteroideBarcelona2016</strong></p><p>La segunda novela de <strong>Jenny Offill</strong> avanza de modo impresionista, a base de intuiciones, en pequeños párrafos, a veces melancólicos, otros fríos, pero siempre certeros, sobre lo que supone la vida en pareja. Desde la pesadumbre del presente, los reproches, las peleas, la maternidad, la infidelidad, hasta la ilusión de las primeras confesiones. La narradora nos introduce de un modo despojado en la mente de un personaje al que define como "la esposa", en un principio una joven con grandes aspiraciones artísticas que poco a poco va renunciando a ellas. "El marido", "la niña" van llenando su vida, a veces como una renuncia, a veces como algo a lo que hay que querer a toda costa. La identificación parte tanto de esa definición anónima del personaje como de sus miedos, sus anhelos, sus frustraciones, que son las de cualquiera, en una sociedad fragmentada que avanza a golpes, como lo hace esta novela, en el que el todo se construye a base de pequeños fragmentos descarnados que nos dan la idea de una vida. <a href="http://www.librosdelasteroide.com/-departamento-de-especulaciones" target="_blank"><em>Departamento de especulaciones</em></a>, que a veces deja un regusto amargo, también tiene la belleza de ciertas ilusiones que a veces nos hacen ver las cosas con dolorosa claridad y seguir adelante: "Es una tontería tener un telescopio en la gran ciudad, pero aun así nosotros nos compramos uno".</p><p><strong>Todo el mundo adora nuestra ciudad</strong><strong>Mark YarmEs PopMadrid2016</strong></p><p>En esta magnífica historia oral <strong>Mark Yarm</strong> intenta explicarnos el <em>grunge </em>a partir de las experiencias de sus protagonistas. Miembros de las bandas, productores, periodistas y todo el que tuviera algo que aportar. Un <a href="http://espop.es/catalogo/es-pop-ensayo/todo-el-mundo-adora-nuestra-ciudad/" target="_blank">nuevo éxito de la editorial</a> tanto como de su variada selección de ensayos musicales.</p><p><strong>Pánico en el Atlántico</strong></p><p><strong>Lewis Trondheim y Fabrice ParmeDibbuksMadrid2016 </strong></p><p>Desde hace un par de años, <strong>Dupuis </strong>ha apostado por un nueva línea para sus Spirou, una en al que grandes autores pueden hacer historias fuera de la continuidad de la serie. Gracias a eso Dibbuks, la editorial española del personaje nos trae aquí <a href="http://www.dibbuks.es/es/catalogo/p%C3%A1nico-en-el-atl%C3%A1ntico-una-aventura-de-spirou-por-fabrice-parme-y-lewis-trondheim" target="_blank">la entrega</a>, cómica y fantástica a la vez, para la que han colaborado un grande como es <strong>Lewis Trondheim</strong> con su dibujante en <em>El rey catástrofe</em>, <strong>Fabrice Parme</strong>. Una gran manera de acercarse al personaje y los autores.</p><p><em>*Puedes encontrar la librería La Sombra en la calle San Pedro, 20, de Madrid, y en su </em></p><p><strong>La Sombra</strong><a href="http://librerialasombra.com/" target="_blank">página web</a><em>. </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Librería La Sombra]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Literatura desde los márgenes]]></media:title>
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      <title><![CDATA[Reclamaciones y sugerencias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/reclamaciones-sugerencias_1_1124218.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/39d2d4f8-8b64-45d1-9fb3-f470c08e0c6f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Reclamaciones y sugerencias"></p><p><em>(Comienza Sara Mesa)</em><strong>Sara Mesa</strong></p><p>Está lloviendo el día en que empieza a trabajar en el Ministerio. Las gotas, gruesas, caen con pesadez y lentitud. El aire es tibio y electrizante. Ella piensa que es una contrariedad que llueva justo ese día, para estropearle el peinado, y se lo protege con un pañuelo. En el porche del Edificio Redondo se congrega un grupo de personas, con sus paraguas chorreantes y la ropa húmeda. Ella cruza hasta la puerta sin levantar la vista. Se siente íntimamente orgullosa: el Edificio Redondo siempre le pareció atrayente. Por qué razón ese edificio y no otro es algo en lo que ella no piensa. Quizá por su particularidad arquitectónica —la ausencia de esquinas— o por todo lo que se dijo de él en la prensa —desviación de fondos en el proceso de su construcción, presupuestos trucados—. Sea como sea, el Edificio Redondo le da un aire innovador a su vida. Estará bien trabajar en este sitio, piensa, y mira alrededor mientras lo piensa. Desde el ascensor transparente analiza la estructura central de cristal y de acero, y la miríada de pequeños despachos dispuestos en torno al círculo. Su puesto, al que le conduce un viejo ordenanza, está al final del pasillo de la última planta. Departamento de Reclamaciones y Sugerencias, indica en un rótulo. Se fija en que es un rótulo recién puesto, más blanco que los otros. Alguien ha dejado una cajita de bombones en su mesa, junto a una nota de bienvenida. Sin embargo, el recibimiento general es frío: sólo algunos compañeros se levantan brevemente y le dan la mano con premura. Otros se limitan a alzar la vista, murmuran buenos días y continúan mirando sus pantallas, como hipnotizados. Sin duda, piensa ella, no hay aquí tiempo que perder. Son ésas las palabras que piensa: tiempo que perder, no tiempo a secas. Los teléfonos suenan constantemente. Por el largo pasillo se extiende un rumor de pasos apresurados. Ella se sienta en su sillón a esperar. Aún quedan veinte minutos para la hora de la cita. Está inquieta porque sabe que no hay tiempo que perder, y aquellos son, sin duda, minutos perdidos. Desea estar trabajando como todos los demás, lo antes posible.</p><p>Cuando llega la hora, el jefe de servicio únicamente le dedica unos instantes. Mientras le habla se atusa los rebordes del bigote y mira hacia los lados. Le dice que están muy esperanzados con la creación del nuevo departamento. No sólo los ciudadanos, sino también todas las auditorías de calidad habían insistido en su necesidad, dice. Bastantes ministerios cuentan con departamentos similares; es una cuenta pendiente que ya está saldada. Espera que lleguen muchas reclamaciones. Espera el éxito inmediato. Ahora su responsabilidad —la responsabilidad de ella, matiza— es grande. Pero no debe asustarse. Es posible que al principio se sienta sobrecargada. Probablemente tendrá un buen volumen de trabajo. La gente es cada vez más exigente con los ministerios. Aunque ya no haya muchos motivos reales para quejarse, la gente se queja. Y luego están los pelmazos que siempre quieren dar su opinión, y lo dice así: pelmazos. O aquellos que quieren dejar sugerencias o simplemente hacerse oír. Más adelante contará con ayuda. Emplearán a más personas. Pero para empezar a rodar confían en ella. ¿Conoce los protocolos de actuación? ¿Los ha leído a fondo? Ella se apresura a contestar. Claro que los conoce. El jefe de servicio levanta sus ojos acuosos, enrojecidos, y hace un gesto con la mano que da a entender que no hay mucho más que explicar. A ella le parece un tipo llevadero. Agradece la atención y se encamina otra vez hacia su mesa.</p><p><em>(Continuará Luis García Montero...)</em><strong>Luis García Montero</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sara Mesa]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Los diablos azules número 9,Narrativa]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[‘El Establishment’, de Owen Jones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/establishment-owen-jones_1_1124213.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b8d30d95-f68d-4524-b862-62be794b3871_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘El Establishment’, de Owen Jones"></p><p><strong>El Establishment. La casta al desnudoOwen JonesSeix BarralBarcelona2015 </strong><em>El Establishment. La casta al desnudo</em></p><p><strong>Owen Jones</strong> nos sorprendió con <a href="http://www.infolibre.es/noticias/verano_libre/2015/08/10/echenique_reflexiona_sobre_desprestigio_clase_obrera_con_clasico_chavs_36322_1621.html" target="_blank"><em>Chavs. La demonización de la clase obrera</em></a> (Capitán Swing, 2012) un concienciado análisis sobre qué ocurrió en Gran Bretaña para que el término <em>clase </em>quedase deshonrado y los nietos de los orgullosos obreros de la posguerra sean hoy objeto de burdos chistes. Jones se preguntaba por qué los miembros de la clase trabajadora se consideraban a sí mismos clase media e investigaba cómo el thatcherismo y el neolaborismo demolieron el empaque del sindicalismo, redujeron progresivamente la intervención estatal y desmontaron el Estado de todos en favor de un Estado para pocos.</p><p>Lo hizo con números, datos, nombres, estadísticas. Publiqué hace un año otro artículo sobre aquel bautizo de Jones en <a href="http://olvidos.es/" target="_blank">olvidos.es</a>, que se puede consultar <a href="http://olvidos.es/palabras/118" target="_blank">aquí</a>. Pero el comentarista británico había olido sangre cuando terminó <em>Chavs</em>: se atisbaba la élite, los aparatos ideológicos, los mitómanos del mérito individual, la oligarquía financiera y política que estimula la desigualdad social, como una nata agriada de la sociedad. Por eso llegó hace pocos meses a las librerías la traducción de <strong>Javier Calvo</strong> de <em>The Establishment. And how they get away with it</em>, en nuestro país bajo el título <a href="http://www.planetadelibros.com/libro-el-establishment/195448" target="_blank"><em>El Establishment. La casta al desnudo</em></a>, editado por Seix Barral, con un subtítulo que es, sin duda, un lance oportunista.</p><p>El <em>establishment </em>es despedazado, desmenuzado para analizar sus trazas, sus componentes indispensables. No se confunda: no es una nueva teoría conspiranoica. Este <em>establishment </em>tiene cara, nombre, opinión e historia. Es de carne y hueso, con la cuenta corriente repleta y unos objetivos claros. No es una liga de supervillanos, sino un sistema donde pueden sentarse juntos el decente y el psicópata. Por eso el asunto no está en la medida moral, sino en la posición de privilegio.</p><p>El <em>establishment </em>británico se compone de una triunfante pléyade: los pioneros fueron aquellos que Jones denomina "escuderos", intelectuales que hace 40 años defendían teorías sociopolíticas que se consideraban descabelladas, liberales nostálgicos que obviaban los efectos del <em>laissez faire</em> en la economía de los años treinta. Agrupados en los <em>think thank</em> de la derecha, y a pesar del clima hostil, lograron el gran asalto con la crisis de los años setenta: los <em>think thank</em> habían allanado el camino y las ideas promercado libre thatcheristas que se presentaban como las más sólidas y apropiadas para dar triunfo al político de turno. El antiguo <em>establishment </em>de posguerra se tambaleaba, el marco de las finanzas internacionales fue desmantelado, junto con los acuerdos de Bretton Woods, en 1971. A partir de entonces, ideas que podrían parecer lunáticas años atrás se convertían en preceptos inevitables: mercado libre, dividendos en los servicios públicos, gestión privada como solución inmejorable, el efecto benéfico de las puertas giratorias, la voladura del sindicalismo , recorte de impuestos a las capas más ricas de la sociedad, fomento del temor a la huida del dinero de los poderosos a la vez que se eliminan los controles de capitales, la construcción de vivienda pública como anatema, la erosión de las barreras entre intereses privados y el Estado, esquizofrenia de monopolismo y competencia.</p><p>Junto a estos zapadores que allanaron el camino en connivencia con medios de comunicación, régimen político y las más fuertes corporaciones, está lo que Jones denomina "el cártel de Westminster". Sí, en sede parlamentaria se legisla a favor y los políticos invierten en su futuro. Sus señorías despotrican sobre el exceso de gasto público, exageran la existencia de humildes defraudadores de las ayudas públicas, pero son ellos los máximos beneficiarios de las mismas, y además se empeñan en la minoración de los tramos de impuesto a los más ricos y a las corporaciones poderosas, aunque sean conscientes de que son los que menos pagan y que nunca satisfacen lo que realmente deben. Al fin y al cabo, en esas corporaciones está su futuro laboral.</p><p>En 2002, <strong>Margaret Thatcher</strong> dijo que el laborismo de <strong>Blair </strong>mantenía saludablemente la llama de las políticas que ella misma había impuesto al país, como un credo salvador: una política contaminada por la gran empresa, las altas finanzas, los <em>lobbies </em>y las consultoras especializadas en posibilitar el fraude y el servilismo ante las riquísimas dictaduras petroleras.</p><p>Junto al cártel, los medios de comunicación como el más poderoso <em>lobby </em>del <em>establishment</em>, incluida la BBC: aquí resaltan esa imagen mugrienta de la amistad y componenda entre Blair y <strong>Murdoch</strong>, y el nunca aclarado asunto de las escuchas telefónicas de <em>News of the world</em>. Le sigue la policía, antiguo sostén, ahora defenestrada por el propio <em>establishment</em>, cumplido el servicio y domeñada la masa a través del mantra. Una policía que en Gran Bretaña siempre fue considerada parte del pueblo, no del Gobierno, y que fue crucial en la aniquilación del sindicalismo, la satanización de la protesta callejera y la huelga.</p><p>Se retrata a los amos de la City y los magnates defraudadores, las grandes corporaciones que gorronean al Estado. "El mercado libre que tanto le gusta al <em>Establishment </em>es una fantasía", dice Owen Jones. En Gran Bretaña florece el socialismo, pero un socialismo solo para ricos y empresas. El sector privado quiere reducir el Estado, pero el capitalismo depende del estatalismo, de las infraestructuras viales y ferroviarias pagadas por todos los ciudadanos y que ejecutan las grandes corporaciones, muchas veces subsidiadas directamente, de los desgravámenes públicos, los gastos en formación de trabajadores a través de la educación pública, la universidad o los cursos de formación. O la "madre de todos los subsidios": la salvación del sector financiero sufragada por el contribuyente.</p><p>No fue el dogmatismo mercantilista el que acudió en rescate de los bancos: fue el Estado. Las clases humildes deben obedecer las reglas del capitalismo más despiadado, pero los bancos y las clases altas, no. Eso fue el rescate: "Si sale cara, gano yo. Si sale cruz, pierdes tú", como declara un director de la unión bancaria a Jones.</p><p>Por el libro pasan caras y nombres, retratos de la City, Wetsminster, el Strand... pero son tipos reconocibles. Aquí tienen otros apellidos: <strong>Rato</strong>, <strong>Fabra</strong>, <strong>Pujol</strong>, <strong>Granados</strong>, <strong>Díaz Ferrán</strong>, <strong>Blesa</strong>, <strong>Guerrero</strong>, <strong>Bárcenas</strong>. Ocho apellidos españoles.</p><p><em>*Alfonso Salazar es escritor. Su último libro es 'Para tan largo viaje' (Dauro, 2014).</em><strong>Alfonso Salazar</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Alfonso Salazar]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘El Establishment’, de Owen Jones]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo,Libros,Literatura,Literatura europea,Los diablos azules número 9,Owen Jones]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘La tierra que pisamos’, de Jesús Carrasco]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/tierra-pisamos-jesus-carrasco_1_1124212.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9b505f99-4293-4bd6-9f70-82533ce4c1be_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘La tierra que pisamos’, de Jesús Carrasco"></p><p><strong>La tierra que pisamos</strong><strong>Jesús Carrasco Seix BarralBarcelona2016</strong></p><p><em>“Recuerdo bien a mi madre. Tenía miedo del viento, (…)y las guerras siempre estaba temiéndolas de lejos…”.</em></p><p>Este conmovedor poema de <strong>Ángel González</strong> me ha acompañado durante la lectura de <a href="http://www.planetadelibros.com/libro-la-tierra-que-pisamos/209035" target="_blank"><em>La tierra que pisamos</em></a><em> </em>(Seix Barral, 2016), la última novela de <strong>Jesús Carrasco</strong>. La guerra, ese fantasma del que siempre oímos hablar, que estudiamos, por la que protestamos y nos indignamos y que saca lo peor del ser humano.  La guerra, desde la noche de los tiempos como una negra letanía.  La guerra, qué sinrazón.  La guerra, el desastre, el fin.</p><p>España está ahora mismo anexionada a un gran Imperio tras una cruenta guerra que ha ganado algún ejército que parece que puede ser del norte de Europa.  Los oficiales que han participado en esta gran victoria pueden elegir una casa, ya vacía, de un pueblo extremeño.  En una de ellas parecida a esa casa donde vivían nuestros abuelos duerme plácidamente un matrimonio que, como otros, aceptó la oferta. Él había contribuido con creces a la expansión e implantación del Imperio.  Ella… Ella es Eva.</p><p>Eva, que vive ahora en el Paraíso del sol y la luz, en el Edén de los territorios del Sur, verá cómo se tambalea todo su universo con la llegada a su huerto de un mendigo, un pordiosero, un hombre extraño que se queda acurrucado debajo de la encina.  Él… Él es Leva, nuestro protagonista.</p><p>Entre ellos surge una peculiar relación que Eva va desentrañando a través de miradas, gruñidos, silencios y ausencias de Leva.  Y de telón de fondo: el huerto, el fragante césped, las hojas de maíz, los tomates, la tierra, la tierra de nuestros abuelos.  Porque esta es la tercera protagonista.  El azahar de los naranjos florecidos que anuncian la primavera, la tierra que nace y renace cada año, esa tierra que mis abuelos agarraron con sus manos.  La yegua, el burro, el perro… nuestra tierra.</p><p>Pero hay otra tierra dura.  Frente a esta primavera cíclica de Eva está el recuerdo de los inviernos, allá tan lejos, de Leva.  ¿A dónde se lo llevaron? ¿Qué ocurrió? No podemos osar ni un poco a hablar de esta novela, de lo que cuenta.  Su lectura es obligatoria.</p><p>Porque a veces ocurre que se talan los árboles como se quiere acabar con la memoria de los hombres.  Y para hacer frente a la desolación, a la violencia, a la indignidad y a la falta de humanidad tenemos que leer <em>La tierra que pisamos</em>. Nuestro protagonista mudo hablará con la memoria y siempre habrá alguien que se haga cargo de contarla.</p><p>Además hay otro personaje importante en esta novela: el estilo.  Jesús Carrasco entreteje la resurrección de Eva y el exilio de Leva con palabras escogidas, mimadas, privilegiadas en capítulos escasos, breves.  Las palabras se van introduciendo implacables y de alguna manera el lector también penetra en ellas y tienes frío en la nieve, dolor en la espalda y silencio en la garganta.  Porque la novela está contada de manera magistral.  Depurando el lenguaje para que sea casi imagen, casi caricia en la intimidad de la lectura. Fraternidad.</p><p>No hace mucho leí una frase de <strong>Adorno </strong>en la que se preguntaba si era posible escribir poesía después de Auschwitz.  El tiempo nos ha traído afortunadamente grandes poetas, escritores, pintores y artistas después de tanto horror.  Como los ha habido después de nuestra guerra.  Como los hubo y habrá en Siria, algún día. </p><p>La literatura también es memoria y trae con ella la búsqueda de la dignidad. En la hermosa inutilidad de la literatura hay algunas historias que necesariamente deben ser contadas.  Porque la memoria forma parte de nosotros y de lo que los demás podrán ser.  Otra cosa bien distinta es que, a pesar de todo, en estas noches frías del centro de esta España ya no literaria sino real, de esta Europa ya no inventada sino con nombres y apellidos, seamos capaces de mirarnos al espejo sin pensar, y es sólo un ejemplo, en los refugiados de una guerra cierta que ahora mismo son menos importante que esa tierra que labró mi abuelo con sus manos. Y eso que era escasa y ni siquiera era suya.</p><p><em>*Sonia Asensio es profesora de Literatura</em><strong>Sonia Asensio</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sonia Asensio]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘La tierra que pisamos’, de Jesús Carrasco]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura española,Los diablos azules número 9,Narrativa]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘El imperio de la vigilancia’, de Ignacio Ramonet]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/imperio-vigilancia-ignacio-ramonet_1_1124204.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/335cb475-1aa3-4483-90a3-7d17fb5f0efd_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘El imperio de la vigilancia’, de Ignacio Ramonet"></p><p><strong>El imperio de la vigilanciaIgnacio RamonetClave IntelectualMadrid2016</strong><em>El imperio de la vigilancia</em></p><p><strong>Ignacio Ramonet</strong></p><p>, director de <em>Le Monde Diplomatique en español</em>, especialista en geopolítica y estrategia internacional y consultor de la ONU, suma a ello la presidencia de Media Watch Global (un pbservatorio internacional de los medios de comunicación), y su experiencia docente en la Sorbona de París. Todo un bagaje para poder escribir <a href="http://www.claveintelectual.com/index.php/titulos/el-imperio-de-la-vigilancia/" target="_blank"><em>El imperio de la vigilancia</em></a> (Clave Intelectual, 2016).</p><p>El proceso de centralización que ha sufrido Internet en los últimos años sirve de punto de partida a esta obra, que aporta las claves para entender la red como el medio más potente de vigilancia que jamás haya existido. Con dos interesantes entrevistas a <strong>Julian Assange</strong> y a <strong>Noam Chomsky</strong>, y con abundantes datos y ejemplos que ilustran la vigilancia masiva, completa el análisis de las agencias estatales y los servicios de inteligencia, cuya actividad ejerce un control exhaustivo sobre cada uno de los ciudadanos a nivel planetario. Una actividad en la que las grandes empresas entran en connivencia con los estados (en especial con Estados Unidos), para seguir nuestros pasos, sin que seamos conscientes de ello. "Ordenadores gigantes filtran cada día decenas de millones de correos electrónicos, de SMS, de intercambios por Skype, WhatsApp, Facebook…, aíslan automáticamente, mediante los números de teléfono o las direcciones IP, los intercambios que llevan a cabo las personas elegidas. Un programa reconoce la voz, otro traduce (…). De esta manera, se criba todo el tráfico de datos, país por país. Hay programas que cachean, mediante palabras clave, todas las conversaciones por correo electrónico, Facebook o Skype; otros analizan millones de metadatos", escribe.</p><p>Cada movimiento, cada palabra, quedan registrados y almacenados a disposición de los grandes centros de control de datos. Por su enfoque, el libro destaca aquellos aspectos ligados directamente a los aparatos policiales y militares, aunque naturalmente haya más intereses en juego. El análisis de Ramonet, sin duda interesante, obvia sin embargo, el valor de las instituciones estatales al suponer como Noam Chomsky, que "el enemigo principal de cualquier gobierno es su pueblo". Pero los grandes cambios habidos en este siglo (agenciarización de los estados, estandarización, consolidación del cientificismo como ideología…) evidencian, que el valor de las estructuras de los estados sociales y la poca organicidad política que aún queda en las democracias occidentales son las únicas barreras de contención frente al imponente empuje de las grandes corporaciones. Ramonet crítico con <strong>Obama</strong>, cree que el Gobierno de los EE UU es simple correa de transmisión de los intereses multinacionales. Cierto es que el 80% de los recursos de la Agencia de Seguridad Nacional (NSA, por sus siglas en inglés) se usan para fines privados. Pero quizá haya que tener en cuenta las contradicciones internas  y que la única resistencia organizada y eficaz se alberga actualmente en la fuerza que ejerce la opinión pública informada y en los elementos progresistas que aún quedan en las instituciones. Algunos gobiernos, entre otros el de Obama, intentan en parte frenar el avance incontenible de los grandes gigantes económicos, pero sus medios les son cada vez más ajenos. Por ejemplo, la CIA, tal como admite Ramonet, aconsejó a Obama que se preparara para hacer frente a los gigantes de Internet. Tampoco es banal la lucha contradictoria entablada entre la administración estadounidense y el proceso estratégico de privatización de los dominios de nombres de Internet (DNS) por parte de "todas las partes interesadas" (<em>stakeholders</em>), es decir por las grandes corporaciones que gestionan los DNS (sobre todo Verisign).</p><p>La historia del gran sistema de vigilancia, que denuncia Ramonet, comienza tras la Segunda Guerra Mundial, cuando EE UU y Reino Unido crearon UKUSA, una alianza para hacer frente a los rusos. Se trataba de la más potente organización de información creada hasta el momento, la llamada Five Eyes (Cinco Ojos): la NSA del Departamento de Defensa estadounidense; el Government Communications Headquarters (GCHQ, uno de los servicios de inteligencia del Reino Unido); el Australian Signal Directorate (ASD, antes DSD) y el Government Communications Security Bureau (GCBS) de Nueva Zelanda. A partir de esta alianza se creó la red Echelon, un sistema mundial de interceptación de comunicaciones privadas y públicas, que permaneció en secreto durante más de 40 años y que no ha dejado de crecer y extenderse a todos los nuevos medios de comunicación.</p><p>A la cabeza de esta red está la NSA y su núcleo, la Special Source Operations (SSO), el servicio de información más poderoso de la Tierra. Dispone la agencia de una ingente masa de información, que le suministran las grandes compañías de Internet (Google, Apple, Facebook, Amazon, Microsoft...). Ramonet denuncia el crecimiento exponencial de este "imperio de la vigilancia" a raíz de la respuesta a un terrorismo global, diseminado y sin cadena de mando. Desde entonces se ha disparado una ofensiva de vigilancia a la que nadie escapa. En busca de "lobos solitarios", cualquiera puede ser un terrorista. Por tanto, la respuesta ha sido catalogar a los ciudadanos de determinadas latitudes y con determinados atributos étnicos o religiosos como sospechosos.</p><p>Pero no sólo se ha desplegado esa ofensiva vigilante, también se han desmantelado todas las contenciones legales y jurídicas internacionales que ofrecían cierta protección y garantía a los ciudadanos.</p><p>En EE UU, a partir de los atentados de del 11-S en 2001, se crearon tribunales especiales fuera del territorio, en "países seguros". Los juzgados por delito de terrorismo quedaron fuera del alcance legislativo y sin garantías procesales. Los interrogados fueron extraditados "para que las policías locales pudieran interrogarlos utilizando métodos duros y eficaces". Europa también secundó la ofensiva. Francia, a partir del atentado en la sede del periódico satírico <em>Charlie Hebdo</em>, intensificó la lucha antiterrorista y en junio de 2015 aprobó la ley <em>renseignement</em>. Una ley que permitía la vigilancia masiva y la grabación sin autorización judicial, además de inculcar la regulación sobre conservación de datos dictada por el Tribunal de Justicia de la Unión Europea. Desde 2013 existe en Franca un misterioso "servicio secreto de defensa", dedicado a recoger y almacenar datos personales masivamente: la Plateforme Nationale de Cryptanalyse et de Décryptement (Plataforma Nacional de Criptoanálisis y Decriptación), un <em>Big Brother</em> que se salta a la torera todos los poderes legítimos y se adentra en la privacidad sin consentimiento alguno en aras a la lucha antiterrorista.</p><p>Ninguna autoridad judicial vela por salvaguardar la legalidad de estas escuchas. "En el marco de los intercambios de Francia con los Estados Unidos y el Reino Unido, la Dirección General de Seguridad Exterior [agencia francesa] estaría entregando regularmente a sus homólogos del Government Communications Headquarters (GCHQ) y de la NSA 'bloques de datos', muchas veces sin descifrar", escribe Ramonet. </p><p>Pero no hay que desesperar: la crítica de Ramonet aporta también soluciones. Unas de carácter individual, como las pequeñas resistencias de los ciudadanos a ser vigilados, la preservación de nuestros datos, la encriptación de nuestros mensajes… Otras, políticas, como luchar por una carta consensuada para las garantías jurídicas de nuestra libertad y nuestra intimidad en Internet.</p><p><em>*Sergio Hinojosa es profesor de Filosofía. </em><strong>Sergio Hinojosa</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sergio Hinojosa]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Ensayo,Ignacio Ramonet,Libros,Los diablos azules número 9]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[‘Las cosas que perdimos en el fuego’, Mariana Enriquez]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/cosas-perdimos-fuego-mariana-enriquez_1_1124201.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/a8a44b2c-faeb-4d7f-a063-9abc9855f1d7_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Las cosas que perdimos en el fuego’, Mariana Enriquez"></p><p><strong>Las cosas que perdimos en el fuego</strong><strong>Mariana EnriquezAnagramaBarcelona2016</strong></p><p><em>Lee en exclusiva en</em> infoLibre<em> uno de los relatos de Las cosas que perdimos en el fuego </em><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/03/25/relato_las_cosas_que_perdimos_fuego_mariana_enriquez_46650_1821.html" target="_blank">Las cosas que perdimos en el fuego</a></p><p>El miedo es la angustia por un riesgo o daño real o imaginario. El terror es un miedo muy intenso. La angustia es el temor opresivo sin causa precisa. Asustarse es impresionarse repentinamente a causa del miedo, del espanto o del pavor.</p><p>Miedo, angustia, terror, pavor. Cada uno de los cuentos de <em>Las cosas que perdimos en el fuego</em> de <strong>Mariana Enriquez</strong>, nos hace pasar por todos estos sentimientos. Y tras ellos, el frío. Leyendo a Mariana Enriquez pasas mucho frío. Personas comunes en escenarios habituales, con pasados parecidos a los tuyos, se transforman —en el momento más insospechado— en lugares inhóspitos, en monstruos, en enfermos mentales, en malvados. Mariana te hace querer y odiar a sus personajes a la vez, hace que te identifiques con ellos para después destrozarte. Frío. Muchísimo frío. Por los cortes de luz, por los secretos, por las calaveras o por las drogas.</p><p>Cada relato posee un trasfondo que lo convierte en mucho más que un cuento de terror. El Buenos Aires más pobre, la dictadura, la homosexualidad, la soledad, el machismo, la policía. Leyendo a Enriquez se pasa mal, y se aprende.</p><p>De los doce relatos, el último, el que da título al libro <em>Las cosas que perdimos en el fuego</em>, ya estaba publicado en una compilación de tres cuentos de terror en 2013 en Argentina, pero ésta es su primera publicación en España. En Latinoamérica, gracias a sus dos novelas anteriores y otros cuantos volúmenes de cuentos, ya es una escritora consagrada. Aquí, va a empezar a serlo, seguro. </p><p>Mariana Enriquez nació en Buenos Aires en 1973 y aunque describe lo que ha conocido, —los ochenta o los noventa bonaerenses, La Pampa y el desierto, la diferencia de clases y la pobreza, el despotismo de las fuerzas armadas o la irrupción bestial de las drogas—, sus cuentos no pertenecen a una época o a un lugar, son patrimonio de los miedos de cualquier ser humano, esté donde esté y haya nacido en una u otra época de la historia; porque lo paranormal, lo que roza o traspasa la locura, la oscuridad o el pavor, acechan constantemente en la vida de cualquiera.</p><p>En "La hostería", el segundo de los relatos, la primera adolescencia, que hace bailar "música estúpida, pavadas románticas: vas a verme llegar, vas a oír mi canción, vas a entrar sin pedirme la llave" —un tema del cantautor argentino Abel Pintos, "La llave"—, se entremezcla con el dolor de la indefinición sexual, los fantasmas, las mentiras y una mochila llena de chorizos.</p><p>En "Los años intoxicados", el tercero, uno entra con ganas de escaparse de la realidad escuchando el "Since I've been loving you" de Led Zeppelin o el "Ummagumma" de Pink Floyd, de esnifar, de tener viajes, de saltarse las reglas, como hacen las tres jóvenes del relato, y se encuentra saltándoselas y convirtiéndose en un asesino.</p><p>En "Fin de curso", el más corto de todos los cuentos, donde una niña pálida e indefensa —casi todos los protagonista de este volumen son chicas delgadas y enfermizas— se arranca las uñas, el pelo a mechones, suelta improperios, enloquece hasta hacer dudar al lector de que el siguiente loco puede ser él.</p><p>Estos son sólo tres ejemplos de cómo Mariana Enriquez describe la realidad con un lenguaje vertiginoso para, en una sola frase, de repente, sin previo aviso, colocar al lector en un lugar completamente distinto, en un mundo de muertos, debajo de un río negro asqueroso, de sueños y memorias mal curados, o en una casa a estrenar a la que el inquilino llena de terror antes de abrir todas las cajas de la mudanza.</p><p>Las cosas que perdimos en el fuego atormenta, conmueve, duele. Se distrae en lo cotidiano para abrasar en un instante en el terror de lo irreal. En el terror, que en dos líneas, se vuelve real.</p><p>Las cosas que perdimos en el fuego son doce relatos, doce escalofríos, mucho, mucho frío. El que trae lo gélido del desconocimiento, el de empezar a sospechar que, a lo mejor, todos somos enfermos mentales.</p><p><em>*Sara Vítores es periodista.</em><strong>Sara Vítores</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sara Vítores]]></author>
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      <media:title><![CDATA[‘Las cosas que perdimos en el fuego’, Mariana Enriquez]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura estadounidense,Los diablos azules número 9,Narrativa]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[‘Letra pequeña’]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/letra-pequena_1_1124189.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/190d6edd-8843-4fed-88ed-d56bd5395ae6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="‘Letra pequeña’"></p><p>Carmen Camacho lee su poema "Letra pequeña".</p><p><strong>Letra pequeña</strong></p><p>Hay daños que no cubre el seguro</p><p>combinado del hogar, lo sé. </p><p>Las llamadas perdidas, por ejemplo, </p><p>las cartas rotas, la soga de seda, </p><p>la noche que hay detrás de los espejos, </p><p>esta plaga de cristales en el pecho. </p><p>La ablación de mi sed. </p><p>Así contraje la enfermedad de los jabones. </p><p>Por eso le quise, con todo el hastío. </p><p>Contra la vida en vilo</p><p>fui hueco en su hueco, frío en la guantera, </p><p>materia inmóvil. </p><p>Dejé crecer las paredes de esta casa</p><p>conmigo dentro. </p><p>Pasaron siglos, siglos de reloj. </p><p>No abundaré en detalles, señorita. </p><p>Sólo diré que he arrancado la puerta de cuajo,</p><p>que he tenido la misericordia </p><p>de tirar al barro  </p><p>el azúcar glasé, </p><p>que ahora me entra luz en la despensa. </p><p>Ya sé, tampoco contempla la póliza</p><p>el amor a terceros, el temporal de sol, </p><p>el tumulto en las calles ni el motín de la hormiga.</p><p>Pero este es un caso de delicadeza mayor. </p><p>Y yo sólo llamaba para decirle, amiga,  </p><p>que me acabo de conceder </p><p>a todo riesgo </p><p>la incertidumbre de vivir</p><p>abierta de par en par. </p><p><em>*Carmen Camacho es poeta. Este mes publicará su octavo libro, 'Zona franca' (Cuadernos del Vigía, 2016).</em><strong>Carmen Camacho</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Carmen Camacho]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Literatura española,Poesía,Los diablos azules número 9]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Las preguntas del Fénix]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/preguntas-fenix_1_1124170.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ed36be64-6f8d-4927-91c6-13ef622dbf07_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las preguntas del Fénix"></p><p><em>'Balada en la muerte de la poesía' (Visor, 2016), el nuevo libro de Luis García Montero, imagina la muerte del género, pero también su resurreción. El catedrático de Literatura Española, coordinador de Los diablos azules y articulista de </em><a href="http://www.infolibre.es/noticias/cultura/2016/03/05/balada_muerte_poesia_luis_garcia_montero_45941_1026.html" target="_blank">Balada en la muerte de la poesía</a><strong>Luis García Montero</strong><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank">Los diablos azules</a>infoLibre <em>expone en esta carta las motivaciones que le llevaron a cuestionar el siempre anunciado fallecimiento de la lírica. </em></p><p>La poesía es una amiga exigente. A cada paso quiere replantearse los lazos que mantiene con nosotros y con el mundo. Su forma de apostar por la verdad es negarse a lo previsible, a las comodidades de lo que ya está hecho y consagrado.</p><p>Quien repite el estribillo de que se viven malos tiempos para la lírica, convoca una lluvia caída sobre mojado. La poesía surge siempre de la intemperie, la insatisfacción, la añoranza de aquello que no se tiene o de la conciencia de una plenitud llamada a perderse. La poesía se cuestiona a sí misma y agoniza con la voluntad de renacer. Hay una herida debajo de la felicidad de la poesía. Eso es lo que hace posible que ofrezca un sentimiento de reconciliación con la vida bajo sus descripciones, su denuncia o su dolor. Eso es también lo que exige su propio cuestionamiento.</p><p>La sociedad utilitaria condenó todo aquello que no se confundiese de manera inmediata con una mercancía. La poesía fue situada en el extremo de los márgenes, en un rincón del maltratado saber humanista. El orgullo herido de los poetas forzó una respuesta de desprecio. Unió la calidad a la dificultad, la lírica a la rareza y la profundidad al sinsentido. El significado del poema respondió con una brecha al predominio mercantil en el significado social. </p><p>Nada era definitivo. La poesía quiso entonces se abrieran las ventanas para sentir el viento de la calle y sus canciones. Es mentira que sólo sea buena la poesía que la gente no alcanza a entender. Cuando el género huele a cerrado, se las arregla para acercarse a las canciones con sabor a humanidad. El rigor de la poesía no es el de la muerte, sino el de la vida. <strong>Lope de Vega</strong>, <strong>Bécquer</strong>, <strong>García Lorca</strong> y <strong>Gil de Biedma</strong> supieron escuchar.</p><p>Hemos vivido en los últimos años un fenómeno contrario al presagiado por los que denunciaban los malos tiempos para la lírica. La poesía ha empezado a tener éxito comercial. Algunos libros consiguen reediciones y cifras altas de ventas. Poetas y cantautores, aliados con las redes sociales, a través de los bares, los conciertos y las librerías, han conformado un público. Y hay casos de singular interés y calidad. Pero, por primera vez, se corre el peligro de que el mercado se convierta en el referente poético de la calidad. Y esto sitúa el cuestionamiento necesario de la poesía en el otro extremo: negarse a pensar que sólo es bueno lo que se comunica con una facilidad adolescente en los circuitos sentimentales de la sociedad de consumo. La banalización de la felicidad es igual de corrosiva que la banalización del mal o que la renuncia al lenguaje asumido como el principal espacio público.</p><p>La poesía reclama ahora lentitud y conciencia melancólica para salvar al significado de las sirenas de un corazón publicitario. La facilidad no significa calidad, el rumor de lo cotidiano no asegura la verdad lírica y el sentido de las declaraciones transparentes no implica una búsqueda de la profundidad.</p><p>Una realidad de frontera hace que la poesía mire siempre desde la otra orilla, desde el otro lado de las cosas. Y siempre se cuestiona a sí misma, ese es su principio. En la soledad o en el tumulto, en los márgenes o en la plaza, no existe más guía que su talento creativo y su compromiso, más allá de los dogmas, con la verdad humana. La poesía no renuncia a su debate.</p><p>Nada está nunca seguro. El televisor y la radio me dieron un día la noticia de que la poesía había muerto. Comprenderán mi turbación. Ya sea por culpa del éxito o del fracaso, siempre estamos expuestos a la muerte de la poesía. La <em>Balada en la muerte de la poesía </em>(Visor, 2016) que acabo de publicar es la consecuencia de todo lo que desató esa noticia en la conciencia, la casa y la ciudad. El buzón del teléfono se llenó de hojas secas y el suelo de las habitaciones de palabras. La muerte de la poesía invadió poco a poco los siglos de <strong>Lucrecio</strong>, <strong>Manrique</strong>, <strong>Garcilaso</strong>, <strong>Quevedo</strong>, <strong>Leopardi</strong>, <strong>Rosalía</strong>, <strong>Baudelaire</strong>, <strong>Alberti </strong>y <strong>Szymborska</strong>. Todos estuvieron en su entierro. Todos volvieron después a su vocación y a su mesa de trabajo para escribir un poema.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
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      <title><![CDATA[Las cosas que perdimos en el fuego]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/cosas-perdimos-fuego_1_1124160.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/6c8fbcf5-86e0-4eaf-b883-c96211d3c434_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las cosas que perdimos en el fuego"></p><p><strong>Mariana Enriquez</strong> (Buenos Aires, Argentina, 1973) acaba de hacerse un nombre en el mundo editorial español. Que, en ese sentido, llega tarde: la autora ha publicado en su país dos novelas, varios libros de relatos y un perfil de la escritora <strong>Silvina Ocampo</strong> ('La hermana menor', 2014). <strong>Andrés Neuman</strong> ha definido su estilo como "un prodigioso cruce entre la reescritura de ciertas tradiciones y esa lucidez atroz que llamamos mirada propia". infoLibre<em> publica uno de los 11 cuentos de 'Las cosas que perdimos en el fuego' (Anagrama, 2016), en el que la autora exhibe su particular uso del terror que, para la periodista Leila Guerriero, "se desliza como un jadeo de agua negra sobre baldosas al sol. Como algo imposible que, sin embargo, podría suceder". Lee aquí la reseña de 'Las cosas que perdimos en el fuego' firmada por Sara Vítores.</em><a href="http://www.anagrama-ed.es/titulo/NH_559" target="_blank">'Las cosas que perdimos en el fuego'</a><strong>Leila Guerriero</strong></p><p><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2016/03/25/resena_las_cosas_que_perdimos_fuego_mariana_enriquez_46693_1821.html" target="_blank">aquí </a><strong>Sara Vítores</strong></p><p> <strong>Las cosas que perdimos en el fuego</strong></p><p>La primera fue la chica del subte. Había quien lo discutía o, al menos, discutía su alcance, su poder, su capacidad para desatar las hogueras por sí sola. Eso era cierto: la chica del subte sólo predicaba en las seis líneas de tren subterráneo de la ciudad y nadie la acompañaba. Pero resultaba inolvidable. Tenía la cara y los brazos completamente desfigurados por una quemadura extensa, completa y profunda; ella explicaba cuánto tiempo le había costado recuperarse, los meses de infecciones, hospital y dolor, con su boca sin labios y una nariz pésimamente reconstruida; le quedaba un solo ojo, el otro era un hueco de piel, y la cara toda, la cabeza, el cuello, una máscara marrón recorrida por telarañas. En la nuca conservaba un mechón de pelo largo, lo que acrecentaba el efecto máscara: era la única parte de la cabeza que el fuego no había alcanzado. Tampoco había alcanzado las manos, que eran morenas y siempre estaban un poco sucias de manipular el dinero que mendigaba.</p><p>Su método era audaz: subía al vagón y saludaba a los pasajeros con un beso si no eran muchos, si la mayoría viajaba sentada. Algunos apartaban la cara con disgusto, hasta con un grito ahogado; algunos aceptaban el beso sintiéndose bien consigo mismos; algunos apenas dejaban que el asco les erizara la piel de los brazos, y si ella lo notaba, en verano, cuando podía verles la piel al aire, acariciaba con los dedos mugrientos los pelitos asustados y sonreía con su boca que era un tajo. Incluso había quienes se bajaban del vagón cuando la veían subir: los que ya conocían el método y no querían el beso de esa cara horrible.</p><p>La chica del subte, además, se vestía con jeans ajustados, blusas transparentes, incluso sandalias con tacos cuando hacía calor. Llevaba pulseras y cadenitas colgando del cuello. Que su cuerpo fuera sensual resultaba inexplicablemente ofensivo.</p><p>Cuando pedía dinero lo dejaba muy en claro: no estaba juntando para cirugías plásticas, no tenían sentido, nunca volvería a su cara normal, lo sabía. Pedía para sus gastos, para el alquiler, la comida –nadie le daba trabajo con la cara así, ni siquiera en puestos donde no hiciera falta verla–. Y siempre, cuando terminaba de contar sus días de hospital, nombraba al hombre que la había quemado: Juan Martín Pozzi, su marido. Llevaba tres años casada con él. No tenían hijos. Él creía que ella lo engañaba y tenía razón: estaba por abandonarlo. Para evitar eso, él la arruinó, que no fuera de nadie más, entonces. Mientras dormía, le echó alcohol en la cara y le acercó el encendedor. Cuando ella no podía hablar, cuando estaba en el hospital y todos esperaban que muriera, Pozzi dijo que se había quemado sola, se había derramado el alcohol en medio de una pelea y había querido fumar un cigarrillo todavía mojada. </p><p>–Y le creyeron –sonreía la chica del subte con su boca sin labios, su boca de reptil–. Hasta mi papá le creyó.</p><p>Ni bien pudo hablar, en el hospital, contó la verdad. Ahora él estaba preso.</p><p>Cuando se iba del vagón, la gente no hablaba de la chica quemada, pero el silencio en que quedaba el tren, roto por las sacudidas sobre los rieles, decía qué asco, qué miedo, no voy a olvidarme más de ella, cómo se puede vivir así.</p><p>A lo mejor no había sido la chica del subte la desencadenante de todo, pero ella había introducido la idea en su familia, creía Silvina. Fue una tarde de domingo, volvían con su madre del cine –una excursión rara, casi nunca salían juntas–. La chica del subte dio sus besos y contó su historia en el vagón; cuando terminó, agradeció y se bajó en la estación siguiente. No le siguió a su partida el habitual silencio incómodo y avergonzado. Un chico, no podía tener más de veinte años, empezó a decir qué manipuladora, qué asquerosa, qué necesidad; también hacía chistes. Silvina recordaba que su madre, alta y con el pelo corto y gris, todo su aspecto de autoridad y potencia, había cruzado el pasillo del vagón hasta donde estaba el chico, casi sin tambalearse –aunque el vagón se sacudía como siempre–, y le había dado un puñetazo en la nariz, un golpe decidido y profesional, que lo hizo sangrar y gritar y vieja hija de puta qué te pasa, pero su madre no respondió, ni al chico que lloraba de dolor ni a los pasajeros que dudaban entre insultarla o ayudar. Silvina recordaba la mirada rápida, la orden silenciosa de sus ojos y cómo las dos habían salido corriendo no bien las puertas se abrieron y habían seguido corriendo por las escaleras a pesar de que Silvina estaba poco entrenada y se cansaba enseguida –correr le daba tos–, y su madre ya tenía más de sesenta años. Nadie las había seguido, pero eso no lo supieron hasta estar en la calle, en la esquina transitadísima de Corrientes y Pueyrredón; se metieron entre la gente para evitar y despistar a algún guarda, o incluso a la policía. Después de doscientos metros se dieron cuenta de que estaban a salvo. Silvina no podía olvidar la carcajada alegre, aliviada, de su madre; hacía años que no la veía tan feliz.</p><p>Hicieron falta Lucila y la epidemia que desató, sin embargo, para que llegaran las hogueras. Lucila era una modelo y era muy hermosa, pero, sobre todo, era encantadora. En las entrevistas de la televisión parecía distraída e ingenua, pero tenía respuestas inteligentes y audaces y por eso también se hizo famosa. Medio famosa. Famosa del todo se hizo cuando anunció su noviazgo con Mario Ponte, el 7 de Unidos de Córdoba, un club de segunda división que había llegado heroicamente a primera y se había mantenido entre los mejores durante dos torneos gracias a un gran equipo, pero, sobre todo, gracias a Mario, que era un jugador extraordinario que había rechazado ofertas de clubes europeos de puro leal –aunque algunos especialistas decían que, a los treinta y dos y con el nivel de competencia de los campeonatos europeos, era mejor para Mario convertirse en una leyenda local que en un fracaso transatlántico–. Lucila parecía enamorada y, aunque la pareja tenía mucha cobertura en los medios, no se le prestaba demasiada atención; era perfecta y feliz, y sencillamente faltaba drama. Ella consiguió mejores contratos para publicidades y cerraba todos los desfiles; él se compró un auto carísimo.</p><p>El drama llegó una madrugada cuando sacaron a Lucila en camilla del departamento que compartía con Mario Ponte: tenía el 70 % del cuerpo quemado y dijeron que no iba a sobrevivir. Sobrevivió una semana.</p><p>Silvina recordaba apenas los informes en los noticieros, las charlas en la oficina; él la había quemado durante una pelea. Igual que a la chica del subte, le había vaciado una botella de alcohol sobre el cuerpo –ella estaba en la cama– y, después, había echado un fósforo encendido sobre el cuerpo desnudo. La dejó arder unos minutos y la cubrió con la colcha. Después llamó a la ambulancia. Dijo, como el marido de la chica del subte, que había sido ella.</p><p>Por eso, cuando de verdad las mujeres empezaron a quemarse, nadie les creyó, pensaba Silvina mientras esperaba el colectivo –no usaba su propio auto cuando visitaba a su madre: la podían seguir–. Creían que estaban protegiendo a sus hombres, que todavía les tenían miedo, que estaban shockeadas y no podían decir la verdad; costó mucho concebir las hogueras.</p><p>Ahora que había una hoguera por semana, todavía nadie sabía ni qué decir ni cómo detenerlas, salvo con lo de siempre: controles, policía, vigilancia. Eso no servía. Una vez le había dicho una amiga anoréxica a Silvina: no pueden obligarte a comer. Sí pueden, le había contestado Silvina, te pueden poner suero, una sonda. Sí, pero no pueden controlarte todo el tiempo. Cortás la sonda. Cortás el suero. Nadie puede vigilarte veinticuatro horas al día, la gente duerme. Era cierto. Esa compañera de colegio se había muerto, finalmente. Silvina se sentó con la mochila sobre las piernas. Se alegró de no tener que viajar parada. Siempre temía que alguien abriera la mochila y se diera cuenta de lo que cargaba.</p><p>Hicieron falta muchas mujeres quemadas para que empezaran las hogueras. Es contagio, explicaban los expertos en violencia de género en diarios y revistas y radios y televisión y donde pudieran hablar; era tan complejo informar, decían, porque por un lado había que alertar sobre los feminicidios y por otro se provocaban esos efectos, parecidos a lo que ocurre con los suicidios entre adolescentes. Hombres quemaban a sus novias, esposas, amantes, por todo el país. Con alcohol la mayoría de las veces, como Ponte (por lo demás el héroe de muchos), pero también con ácido, y en un caso particularmente horrible la mujer había sido arrojada sobre neumáticos que ardían en medio de una ruta por alguna protesta de trabajadores. Pero Silvina y su madre recién se movilizaron –sin consultarlo entre ellas– cuando pasó lo de Lorena Pérez y su hija, las últimas asesinadas antes de la primera hoguera. El padre, antes de suicidarse, les había pegado fuego a madre e hija con el ya clásico método de la botella de alcohol. No las conocían, pero Silvina y su madre fueron al hospital para tratar de visitarlas o, por lo menos, protestar en la puerta; ahí se encontraron. Y ahí estaba también la chica del subte.</p><p>Pero ya no estaba sola. La acompañaba un grupo de mujeres de distintas edades, ninguna de ellas quemada. Cuando llegaron las cámaras, la chica del subte y sus compañeras se acercaron a la luz. Ella contó su historia, las otras asentían y aplaudían. La chica del subte dijo algo impresionante, brutal:</p><p>–Si siguen así, los hombres se van a tener que acostumbrar. La mayoría de las mujeres van a ser como yo, si no se mueren. Estaría bueno, ¿no? Una belleza nueva.</p><p> La mamá de Silvina se acercó a la chica del subte y a sus compañeras cuando se retiraron las cámaras. Había varias mujeres de más de sesenta años; a Silvina la sorprendió verlas dispuestas a pasar la noche en la calle, acampar en la vereda y pintar sus carteles que pedían BASTA BASTA DE QUEMARNOS. Ella también se quedó y, por la mañana, fue a la oficina sin dormir. Sus compañeros ni estaban enterados de la quema de la madre y la niña. Se están acostumbrando, pensó Silvina. Lo de la niñita les da un poco más de impresión, pero sólo eso, un poco. Estuvo toda la tarde mandándole mensajes a su madre, que no le contestó ninguno. Era bastante mala para los mensajes de texto, así que Silvina no se alarmó. Por la noche, la llamó a la casa y tampoco la encontró. ¿Seguiría en la puerta del hospital? Fue a buscarla, pero las mujeres habían abandonado el campamento. Quedaban apenas unos fibrones tirados y paquetes vacíos de galletitas, que el viento arremolinaba. Venía una tormenta y Silvina volvió lo más rápido que pudo hasta su casa porque había dejado las ventanas abiertas.</p><p>La niña y su madre habían muerto durante la noche.</p><p>Silvina participó de su primera hoguera en un campo sobre la ruta 3. Las medidas de seguridad todavía eran muy elementales; las de las autoridades y las de las Mujeres Ardientes. Todavía la incredulidad era alta; sí, lo de aquella mujer que se había incendiado dentro de su propio auto, en el desierto patagónico, había sido bien extraño: las primeras investigaciones indicaron que había rociado con nafta el vehículo, se había sentado dentro, frente al volante, y que ella misma había dado el chasquido al encendedor. Nadie más: no había rastros de otro auto –eso era imposible de ocultar en el desierto–, y nadie hubiera podido irse a pie. Un suicidio, decían, un suicidio muy extraño, la pobre mujer estaba sugestionada por todas esas quemas de mujeres, no entendemos por qué ocurren en Argentina, estas cosas son de países árabes, de la India.</p><p>–Serán hijos de puta; Silvinita, sentate –le dijo María Helena, la amiga de su madre, que dirigía el hospital clandestino de quemadas ahí, lejos de la ciudad, en el casco de la vieja estancia de su familia, rodeada de vacas y soja–. Yo no sé por qué esta muchacha, en vez de contactar con nosotras, hizo lo que hizo, pero bueno: a lo mejor se quería morir. Era su derecho. Pero que estos hijos de puta digan que las quemas son de los árabes, de los indios...</p><p>María Helena se secó las manos –estaba pelando duraznos para una torta– y miró a Silvina a los ojos.</p><p>–Las quemas las hacen los hombres, chiquita. Siempre nos quemaron. Ahora nos quemamos nosotras. Pero no nos vamos a morir: vamos a mostrar nuestras cicatrices.</p><p>La torta era para festejar a una de las Mujeres Ardientes, que había sobrevivido a su primer año de quemada. Algunas de las que iban a la hoguera preferían recuperarse en hospitales, pero muchas elegían centros clandestinos como el de María Helena. Había otros, Silvina no estaba segura de cuántos.</p><p>–El problema es que no nos creen. Les decimos que nos quemamos porque queremos y no nos creen. Por supuesto, no podemos hacer que hablen las chicas que están internadas acá, podríamos ir presas.</p><p>–Podemos filmar una ceremonia –dijo Silvina.</p><p>–Ya lo pensamos, pero sería invadir la privacidad de las chicas.</p><p>–De acuerdo, ¿pero si alguna quiere que la vean? Y podemos pedirle que vaya hacia la hoguera con, no sé, una máscara, un antifaz, si quiere taparse la cara.</p><p>–¿Y si distinguen dónde queda el lugar?</p><p>–Ay, María, la pampa es toda igual. Si la ceremonia se hace en el campo, ¿cómo van a saber dónde queda?</p><p>Así, casi sin pensarlo, Silvina decidió hacerse cargo de la filmación cuando alguna chica quisiera que su Quema fuera difundida. María Helena contactó con ella menos de un mes después del ofrecimiento. Sería la única autorizada, en la ceremonia, a estar con un equipo electrónico. Silvina llegó en auto: entonces todavía era bastante seguro usarlo. La ruta 3 estaba casi vacía, apenas la cruzaban algunos camiones; podía escuchar música y tratar de no pensar. En su madre, jefa de otro hospital clandestino, ubicado en una casa enorme del sur de la ciudad de Buenos Aires; su madre, siempre arriesgada y atrevida, tanto más que ella, que seguía trabajando en la oficina y no se animaba a unirse a las mujeres. En su padre, muerto cuando ella era chica, un hombre bueno y algo torpe («Ni se te ocurra pensar que hago esto por culpa de tu padre», le había dicho su madre una vez, en el patio de la casa-hospital, durante un descanso, mientras inspeccionaba los antibióticos que Silvina le había traído, «tu padre era un hombre delicioso, jamás me hizo sufrir»). En su ex novio, a quien había abandonado al mismo tiempo que supo definitiva la radicalización de su madre, porque él las pondría en peligro, lo sabía, era inevitable. En si debía traicionarlas ella misma, desbaratar la locura desde adentro. ¿Desde cuándo era un derecho quemarse viva? ¿Por qué tenía que respetarlas?</p><p>La ceremonia fue al atardecer. Silvina usó la función video de una cámara de fotos: los teléfonos estaban prohibidos y ella no tenía una cámara mejor, y tampoco quería comprar una por si la rastreaban. Filmó todo: las mujeres preparando la pira, con enormes ramas secas de los árboles del campo, el fuego alimentado con diarios y nafta hasta que alcanzó más de un metro de altura. Estaban campo adentro –una arboleda y la casa ocultaban la ceremonia de la ruta–. El otro camino, a la derecha, quedaba demasiado lejos. No había vecinos ni peones. Ya no, a esa hora. Cuando cayó el sol, la mujer elegida caminó hacia el fuego. Lentamente. Silvina pensó que la chica iba a arrepentirse, porque lloraba. Había elegido una canción para su ceremonia, que las demás –unas diez, pocas– cantaban: «Ahí va tu cuerpo al fuego, ahí va. / Lo consume pronto, lo acaba sin tocarlo.» Pero no se arrepintió. La mujer entró en el fuego como en una pileta de natación, se zambulló, dispuesta a sumergirse: no había duda de que lo hacía por su propia voluntad; una voluntad supersticiosa o incitada, pero propia. Ardió apenas veinte segundos. Cumplido ese plazo, dos mujeres protegidas por amianto la sacaron de entre las llamas y la llevaron corriendo al hospital clandestino. Silvina detuvo la filmación antes de que pudiera verse el edificio.</p><p>Esa noche subió el video a internet. Al día siguiente, millones de personas lo habían visto.</p><p>Silvina tomó el colectivo. Su madre ya no era la jefa del hospital clandestino del sur; había tenido que mudarse cuando los padres enfurecidos de una mujer –que gritaban «¡tiene hijos, tiene hijos!»– descubrieron qué se escondía detrás de esa casa de piedra, centenaria, que alguna vez había sido una residencia para ancianos. Su madre había logrado escapar del allanamiento –la vecina de la casa era una colaboradora de las Mujeres Ardientes, activa y, al mismo tiempo, distante, como Silvina– y la habían reubicado como enfermera en un hospital clandestino de Belgrano: después de un año entero de allanamientos, creían que la ciudad era más segura que los parajes alejados. También había caído el hospital de María Helena, aunque nunca descubrieron que la estancia había sido escenario de hogueras, porque, en el campo, no hay nada más común que quemar pastizales y hojas, siempre iban a encontrar pasto y suelo quemado. Los jueces expedían órdenes de allanamiento con mucha facilidad, y, a pesar de las protestas, las mujeres sin familia o que sencillamente andaban solas por la calle caían bajo sospecha: la policía les hacía abrir el bolso, la mochila, el baúl del auto cuando ellos lo deseaban, en cualquier momento, en cualquier lugar. El acoso había sido peor: de una hoguera cada cinco meses –registrada: con mujeres que acudían a los hospitales normales– se pasó al estado actual, de una por semana.</p><p>Y, tal como esa compañera de colegio le había dicho a Silvina, las mujeres se las arreglaban para escapar de la vigilancia más que bien. Los campos seguían siendo enormes y no se podían revisar con satélite constantemente; además todo el mundo tiene un precio; si podían ingresar al país toneladas de drogas, ¿cómo no iban a dejar pasar autos con más bidones de nafta de lo razonable? Eso era todo lo necesario, porque las ramas para las hogueras estaban ahí, en cada lugar. Y el deseo las mujeres lo llevaban consigo.</p><p>No se va a detener, había dicho la chica del subte en un programa de entrevistas por televisión. Vean el lado bueno, decía, y se reía con su boca de reptil. Por lo menos ya no hay trata de mujeres, porque nadie quiere a un monstruo quemado y tampoco quieren a estas locas argentinas que un día van y se prenden fuego –y capaz que le pegan fuego al cliente también.</p><p>Una noche, mientras esperaba el llamado de su madre, que le había encargado antibióticos –Silvina los conseguía haciendo ronda por los hospitales de la ciudad donde trabajaban colaboradoras de las Mujeres Ardientes–, tuvo ganas de hablar con su ex novio. Tenía la boca llena de whisky y la nariz de humo de cigarrillo y del olor a la gasa furacinada, la que se usa para las quemaduras, que no se iba nunca, como no se iba el de la carne humana quemada, muy difícil de describir, sobre todo porque, más que nada, olía a nafta, aunque detrás había algo más, inolvidable y extrañamente cálido. Pero Silvina se contuvo. Lo había visto en la calle, con otra chica. Eso, ahora, no significaba nada. Muchas mujeres trataban de no estar solas en público para no ser molestadas por la policía. Todo era distinto desde las hogueras. Hacía apenas semanas, las primeras mujeres sobrevivientes habían empezado a mostrarse. A tomar colectivos. A comprar en el supermercado. A tomar taxis y subterráneos, a abrir cuentas de banco y disfrutar de un café en las veredas de los bares, con las horribles caras iluminadas por el sol de la tarde, con los dedos, a veces sin algunas falanges, sosteniendo la taza. ¿Les darían trabajo? ¿Cuándo llegaría el mundo ideal de hombres y monstruas?</p><p>Silvina visitó a María Helena en la cárcel. Al principio, ella y su madre habían temido que las otras reclusas la atacaran, pero no, la trataban inusitadamente bien. «Es que yo hablo con las chicas. Les cuento que a nosotras las mujeres siempre nos quemaron, ¡que nos quemaron durante cuatro siglos! No lo pueden creer, no sabían nada de los juicios a las brujas, ¿se dan cuenta? La educación en este país se fue a la mierda. Pero tienen interés, pobrecitas, quieren saber.»</p><p>–¿Qué quieren saber? –preguntó Silvina.</p><p>–Y, quieren saber cuándo van a parar las hogueras.</p><p>–¿Y cuándo van a parar?</p><p>–Ay, qué sé yo, hija, ¡por mí que no paren nunca!</p><p>La sala de visitas de la cárcel era un galpón con varias mesas y tres sillas alrededor de cada una: una para la presa, dos para las visitas. María Helena hablaba en voz baja: no confiaba en las guardias.</p><p>–Algunas chicas dicen que van a parar cuando lleguen al número de la caza de brujas de la Inquisición.</p><p>–Eso es mucho –dijo Silvina.</p><p>–Depende –intervino su madre–. Hay historiadores que hablan de cientos de miles, otros de cuarenta mil.</p><p>–Cuarenta mil es un montón –murmuró Silvina.</p><p>–En cuatro siglos no es tanto –siguió su madre.</p><p>–Había poca gente en Europa hace seis siglos, mamá.</p><p>Silvina sentía que la furia le llenaba los ojos de lágrimas. María Helena abrió la boca y dijo algo más, pero Silvina no la escuchó y su madre siguió y las dos mujeres conversaron en la luz enferma de la sala de visitas de la cárcel, y Silvina solamente escuchó que ellas estaban demasiado viejas, que no sobrevivirían a una quema, la infección se las llevaba en un segundo, pero Silvinita, ah, cuándo se decidirá Silvinita, sería una quemada hermosa, una verdadera flor de fuego.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 25 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Mariana Enriquez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Las cosas que perdimos en el fuego]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Literatura estadounidense,Los diablos azules número 9,Narrativa]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Un retrato naturalista de Marruecos]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/retrato-naturalista-marruecos_1_1124266.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/734e8626-86fb-44a4-bb4e-30714661fe19_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Un retrato naturalista de Marruecos"></p><p>A <strong>Mohamed Chukri</strong> no le gustaba el título con que bautizó su primera editorial española a su libro iniciático, <em>Al-jubz al-hafi</em>, <em>El pan desnudo</em>,  tras el éxito de la versión francesa de <strong>Tahar Ben Jelloun</strong>, titulada <em>Le pan nu</em>. Al escritor rifeño le cuadraba mejor la traducción que conserva Cabaret Voltaire en <a href="http://www.cabaretvoltaire.es/index.php?id=206" target="_blank">su edición póstuma de 2014, El pan a secas</a>, a partir del trabajo realizado en el año 2000 por <strong>Rajae Boumediane El Metni</strong>, revisada por Chukri poco antes de morir en 2003, insólitamente atendido por orden de <strong>Mohamed VI</strong> en un importante hospital militar. A  las puertas de la muerte, se abrieron paradójicamente las puertas de Palacio para aquel borracho prostibulario que escribía tanto con las tripas como con el corazón y que, a partir de su propia peripecia biográfica, nos ofreció un apabullante retraro coral del Marruecos  de su infancia. Esto es, suburbios, éxodo, esclavitud infantil, la sequía, el hambre, las chapas, el reverso amargo de la vieja picaresca, escorado hacia el naturalismo: "Cuando escribí este libro, no había leído aún el <em>Lazarillo </em>ni el <em>Buscón —</em>me dijo—. Pero había leído <em>Don Quijote</em>, cuando estudiaba en Larache. Yo aprendí mucho de la literatura española". </p><p>Nunca fue un narrador oral al estilo de <strong>Mrabet</strong>, el autor de <em>M'haschich</em>, con quien compartió alevosías antes de distanciarse. Las palabras resultan cruciales para una obra que  fue concebida en árabe, enunciada en español por su autor ante un fascinado <strong>Paul Bowles</strong> que, allá por 1973,  transcribió su dictado al inglés y conoció un éxito internacional sin precedentes, aunque la versión íntegra de la misma no aparecería regularmente en Marruecos hasta  muy tarde, en 2000. ¿Cómo iba a aceptar el majzén la descripción pormenorizada del éxodo de una familia, maltratada por su padre, hasta el punto de estrangular hasta la muerte a uno de los hermanos del narrador? "Mi hermano llora, se revuelve de hambre y de dolor —describe—. Me da pena, lloro con él; veo a mi padre, hecho una fiera, dirigirse hacia él con los ojos llenos de cólera y las manos como si fuera un pulpo. Nadie se lo puede impedir. Pido socorro en mi imaginación: ¡un monstruo! ¡un loco! ¡deténganle! Pero el maldito le tuerce el cuello mientras la sangre escapa de su boca. Huyo dejándolo con mi madre, a la que calla con golpes y patadas".</p><p>Andando el tiempo, Chukri llegaba a aceptar que se hubiera tratado de un simple accidente pero el orín que se derrama, en dicho libro, sobre la tumba del patriarcado difícilmente iba a ser aceptado por una sociedad donde los resabios del machismo siguen siendo todavía mayores que a esta orilla del Estrecho. </p><p>"Pero, ¿qué hacemos tú y yo aquí?", me preguntó él como invitado y yo como periodista durante la visita oficial de <strong>José María Aznar</strong> a Tánger en la primavera de 2000? Yo acostumbraba a encontrarlo en el Negresco, uno de sus paraderos habituales de la ciudad pero ya tan desaparecido como él y como su célebre Canada Dry que tanto evocase <strong>Ramón Buenaventura</strong>.  No supe, en aquella puesta de largo marroquí que sirvió de preámbulo al segundo aznarato, que  iba a ser la última vez que nos saludáramos, bajo la cálida acogida del Hotel Minzah. A él le quedaban tres años para morir y, allí, el presidente español tampoco sabía que iba a concluir aquella legislatura recién iniciada con la guerra del Perejil como preámbulo a la invasión de Irak y su pintoresco papel en el Trío de las Azores.</p><p>Mediados los ochenta, descubrí a Chukri entre el público que asistía a una tediosa presentación literaria en la biblioteca española que luego pasó a ser tutelada por el Instituto Cervantes. Era un puñado de voluntariosos escritores marroquíes que se empeñaba en escribir en la lengua de Cervantes mientras unos cuantos mozalbetes francófonos le interrumpían constantemente en la lengua de <strong>Molière</strong>: "Aquí se habla en árabe, en bereber o en español, no se habla en  francés", clamó desde su elegante foulard y su bigote al modo, por entonces, <strong>Omar Shariff</strong>. "Yo nunca tuve un amigo francés", explicaría luego. "Aquí, cuando niño, todos mis amigos eran españoles". Por entonces, en 1983, había conocido una efímera edición de <em>El pan a secas</em>, que se agotó vertiginosamente y que tardaría diecisiete años en volver a reeditarse porque el siniestro ministro del Interior, <strong>Driss Basri</strong>, vetó el libro bajo la considerable presión de los ulemas. No en balde, corrió el bulo de que en el Irán de los ayatollás se habría llegado a promulgar una fatua decretando su condena a muerte, como si fuera un nuevo <strong>Salman Rushdie</strong>, o que su nombre figuraba en una lista negra. Aunque él estaba convencido de que cualquier fanático podría acabar con su vida, movió cielo y tierra hasta que logró un certificado de la embajada de Irán en el que desmentía semejante amenaza. </p><p>"¿Qué es eso del<em> pan desnudo</em>?", protestaba. En España, tal vez quisieron equiparar inicialmente su título con <em>N</em><em>aked lunch</em>, <em>El almuerzo desnudo</em>, de<strong> William Burroughs</strong>, que también se adentraba en el lado oscuro de la vida y del Tánger de su autor. Ambos se cruzaron en los cafetines del Zoco Chico o en los veladores del Café de París, pero el yonqui, a los ojos de Chukri, era desabrido y carecía del talante abierto de <strong>Samuel Beckett</strong>. En la obra de Chukri, los excesos vitales tampoco constituían el argumento de su obra, sino la consecuencia de una biografía plena de sombras y de escalofríos. Una familia que huye de la hambruna del Rif hacia Tánger, un padre desertor del Ejército del protectorado,  desabrido y violento que le azotaba atado contra un árbol; las malas calles de Tetuán, la cárcel de Larache que le  enseñara a leer y a escribir con apenas veinte años.  Se murió sin querer perpetuar su genética para que a sus descendientes no le atraparan el fantasma de su padre.</p><p>Nacido en 1935 en Beni Chiker, a mediados de los años sesenta Chukri había publicado en la revista libanesa <em>Al-Adab</em> un relato titulado "Violencia en la playa", a caballo entre su oficio de niño de once años que duerme al raso y su etapa de Larache, donde empieza a dejar de ser un analfabeto con 21 años de edad. No resulta baladí que el cineasta andaluz <strong>Juan José Ponce</strong> le eligiera como protagonista de su película <em>Mala calle</em>, en la que narra las peripecias de otros jóvenes galopines, en situación similar no sólo en las calles del norte de Marruecos: en Melilla, un niño de la calle apareció muerto en aguas del puerto hace apenas un par de semanas. </p><p>Cierto es que Chukri y su novela gozaron de un prestigio formidable entre los iniciados occidentales en el mundo árabe. Quizá con <strong>Nagib Mahfuz</strong> sea uno de los autores más señeros de aquella época y de ese universo, a pesar de que su obra posterior no llegase a la altura de este formidable <em>Pan a secas</em>. Escribía en árabe contemporáneo estándar, aunque atravesado por expresiones típicas del dariya marroquí e incluso del bereber, su lengua materna. Siguió manteniendo, eso sí, la crudeza, en los dos otros títulos de su trilogía: <em>Tiempo de errores </em>(1992) y <em>Rostros, amores, maldiciones </em>(1996). En esta última relata un hecho que él daba por cierto, el de un joven rifeño que llega a hacerle una felación a su padre ya anciano para que no tuviese la necesidad de casarse y desposeerle así de la herencia.</p><p>"<em>El pan desnudo</em> lo escribí a través de mis tripas. Quiero decir, hay acción —afirmaba, aunque quizá se refiese a que es descarnado, poderoso, realismo sucio amancebado con clásicos franceses y tradición oral bereber—. El segundo, <em>Tiempo de errores</em>, va en la misma línea, pero es más poetizado, más refinado si se puede decir; más escogido. Es un libro de símbolos literarios, de contemplación. El tercero abunda en esa misma línea, pero el primero era un documento social. <em>El pan desnudo</em>, es un testimonio sobre una época, la emigración de los rifeños hacia el norte, durante la sequía".</p><p>Hay quien se empeña —<strong>Teju Cole</strong> en <em>Ciudad abierta—</em> en enfrentar su obra con la de <strong>Tahar Ben Jelloun</strong>, su primer traductor al francés. Sus estilos son diametralmente opuestos, aunque lleguen a tocarse en textos tan descarnados como el <em>Sufrían por la luz</em>, en el que ese último escritor describía las prisiones políticas de <strong>Hassan II</strong>, utilizando por título español un verso clásico de <strong>Vicente Aleixandre</strong>, que sustituía a la expresión francesa <em>Cette aveuglante absence de lumière</em>, que literalmente resultaría "Esta cegadora ausencia de luz". ¿Cómo poner a dialogar el realismo mágico de Ben Jelloun con el realismo sucio de Chukri? Probablemente su estética respectiva apenas vendría a coincidir en las traducciones al árabe que este último llevaría a cabo sobre poemas del propio Nobel, de <strong>Antonio Machado</strong> o de <strong>Federico García Lorca</strong>. </p><p>Convertido en personaje literario por <strong>Javier Valenzuela</strong><a href="http://www.infolibre.es/noticias/cultura/2015/03/05/javier_valenzuela_quot_tanger_escenario_perfecto_para_una_novela_negra_espanola_quot_29321_1026.html" target="_blank">en Tangerina</a>, Chukri fue uno de los interlocutores  nativos de aquel legendario gueto donde en dicha ciudad y en un tiempo de intolerancia pudieron ser libres Paul Bowles, <strong>Jean Genet</strong>, <strong>Tenessee Williams</strong> o muchos otros a los que él retrató a vuela pluma en otros libros de menor intensidad y renombre (<em>Paul Bowles, el recluso de Tánger</em> y <em>Jean Genet y Tennessee Williams en Tánger,</em> por la que transitaba también de tarde en tarde <strong>Juan Goytisolo</strong>, uno de los principales evangelistas de <em>El pan a secas</em>).</p><p>"El Tánger que me pertenecía ya es un Tánger triste. Cuando bajo a los barrios, encuentro a compañeros que han terminado muy mal —me refirió cinco años antes de morir—. No puedo verlos así y no tengo suficiente para ayudar a aquellos a quienes quiero. Ahora, vivo en un barrio europeo, con un ambiente muy diferente, y lo siento mucho, pero ya no es lo mismo. Y no es melancolía, que conste. Podrían venir otros tiempos. Siempre hay esperanza de que la situación económica y política cambie".</p><p>El murió, sin embargo, sin ver realizado ese remoto sueño. Su Bertucci probablemente siga en poder de la criada que le sirvió durante veinte años y a la que entregó —es fama— toda su herencia. </p><p><em>*Juan José Téllez es escritor.</em><strong>Juan José Téllez</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 24 Mar 2016 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan José Téllez]]></author>
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