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    <title><![CDATA[infoLibre - Juan Marsé]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/juan-marse/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Juan Marsé]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
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      <title><![CDATA[La ausencia presente]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/tintalibre/ausencia-presente_1_1221371.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/0ad0d8a4-220e-4fbf-9af5-22351432d8c7_16-9-discover-aspect-ratio_default_1000725.jpg" width="1249" height="703" alt="La ausencia presente"></p><p><strong>Vértigo… </strong></p><p>Me pasa cada vez que entro en<strong> el despacho de mi padre </strong>y de pronto me veo, a diferentes edades y en diferentes casas, entrando en diferentes despachos parecidos a este, entrando a cualquier hora y de cualquier manera y con cualquier excusa —saludar a las visitas cuyas voces he reconocido, o no las he reconocido y tengo curiosidad, decirle algo o pedirle algo o quejarme de algo—, como sea entrando, una y otra vez, a lo largo de cincuenta años y encontrándomelo siempre allí. </p><p>Pero ahora… ¿qué me encuentro ahora cuando entro en su despacho? </p><p><strong>La ausencia. Una inmensa, muy honda, sobrecogedora ausencia.</strong></p><p><em>La ausencia es una forma de invierno</em>, así se titula un poema bellísimo de Luis García Montero. </p><p>Y como me da un poco de vértigo y de frío me siento un rato, sin quitarme el abrigo. </p><p>A ver, son las once y media de la mañana de un lunes gélido de febrero, del año 2022, y espero a un viejo amigo de mi padre al que hace mucho tiempo que no veo. La pandemia, la distancia, su propia salud le impidieron viajar para<strong> acompañarnos en el funeral, en julio de 2020, </strong>así como en el homenaje que organizó el Ayuntamiento de Barcelona en julio del año siguiente. Se lamentaba por ello en sus emails. Le he citado hoy aquí para que elija algo que llevarse de recuerdo. Todo está exactamente igual que la última vez que nos visitó (le confesé anoche por teléfono), porque, como aún no sé muy bien qué hacer con todo, aún no he hecho nada. Mientras le espero saco la libreta y tomo algunas notas para el número 100 de <em><strong>tintaLibre</strong></em>, que me ha pedido para la ocasión una pieza inspirada por <em>los ausentes</em>. Y como en el último despacho de mi padre —tan parecido a sus otros despachos, y que más tarde o más temprano habrá que desmontar también— hay ahora mismo una ausencia muy palpable, me pongo a ello tratando de describirlo.</p><p>Bien, pues es una habitación bastante espaciosa (ni idea de cuántos metros, no sé medir a ojo, nunca he sabido), de techo alto y suelo de mosaico hidráulico, precioso, con balcón corrido a la calle Bailén. Frente a la puerta que abre al balcón hay una mesita baja, redonda, de fina madera oscura, con una pequeña butaca de terciopelo granate a cada lado, en una de las cuales estoy sentada escribiendo con el abrigo puesto. Tengo delante, a la altura de los ojos, la mesa grande en la que trabajaba (no sé cuánto de grande), también de madera aunque más rústica, y aún llenísima de cosas; lo único que quité de en medio en su día fueron los medicamentos, los tiré todos. A un extremo de la mesa, junto al flexo, todavía está <strong>la caja de </strong><em><strong>kleenex </strong></em><strong>y una botellita de gel hidroalcoholico</strong>. Formando ángulo en el otro extremo hay una mesa auxiliar para el ordenador, fea pero funcional, con la impresora debajo. Ay, cuántos problemas absurdos y graciosos le dieron ambos, qué batalla libró con la tecnología. Una lástima que no se me ocurriera conservar aquel primer email que me envió donde todo —sus dudas y sus quejas, y también su primer saludo ciberespacial— lo había escrito en el Asunto. Y qué alivio cuando le dije, muerta de risa, que no era necesario que respondiera a los correos publicitarios; <em>no me interesa, gracias, no hace falta que me envíen más información, de verdad, muchas gracias, atentamente</em>... Bajo la pantalla del ordenador tenía sus talismanes: <strong>un burrito catalán</strong> que me parece se compró él mismo, muchos años atrás, en las casetas navideñas de la Sagrada Familia (y que yo regalé a Juan Cruz el pasado julio). <strong>Una figurita de la Betty Boop</strong> con su vestido rojo y la pierna en alto (me la llevé yo, ahora está junto a mi ordenador). Una ranita de cristal verde que es una preciosidad en miniatura, <strong>y un </strong><em><strong>caganer</strong></em><strong> al que le das cuerda y da una voltereta hacia atrás</strong>. Miro alrededor, las cuatro paredes de la habitación tienen estanterías que antes estaban llenas de libros, y ahora no tanto, por lo menos un año antes de su muerte, mi padre empezó a regalar muchos libros. Más allá de los que decidió conservar —los de los amigos, básicamente— veo sobres, carpetas, agendas, libretas, cajas de lápices de colores, cajas de acuarelas y de rotuladores. También veo barcos, barcas, veleros (le gustaba montarlos). Una bola del mundo. Cajas y cajitas. Latas y latitas. Relojes, navajas, un mate. Grapadoras. Gafas de sol y fundas de gafas, por separado, las gafas puestas en fila en un estante, las fundas apelotonadas en otro. Muñecos de todo tipo: un E.T con sudadera roja que habla si lo agitas, dice <em>Mi caasa</em>, <em>telééfono</em>… (le encantaba), una Catwoman con látigo y botitas de charol, un Charlot y la Betty Boop en varias versiones. Hay muchas fotos de la familia, de los amigos, de Carmen Balcells. Veo en el estante más alto fotos de las actrices que más le gustaban —Marlene, Rita, Ava—, y una foto en blanco y negro de la película <em>El espíritu de la colmena</em> —las niñas en la vía del tren— que le fascinaba. Y veo dibujos, muchos de ellos suyos, dibujos en tinta negra de curas y obispos que tuvieron mucho éxito entre amigos y familiares; tal vez le ofrezca uno de ellos al amigo como recuerdo, si veo que no se decide o no se anima a pedirme nada…</p><p>Cuando por fin llega el amigo citado, puntual, con su mascarilla puesta, sonriendo con los ojos, algo emocionado, el sol entra a raudales en el despacho de mi padre. Nos abrazamos torpemente. Él se quita el abrigo, y yo hago lo mismo. La conversación empieza más o menos así: ¿Tienes prisa? Claro que no, prisa nunca. ¿Quieres un café? Mejor un whisky. Vale. Gracias. Y<strong> le dejo un rato solo con la ausencia presente, de pie, en mitad del despacho</strong>, mirando alrededor con las manos a la espalda, asintiendo con la cabeza.</p><p><strong>Presente;</strong><em> </em>del latin <em>praesens, — entis</em>.</p><p>1. adj. Que está delante o en presencia de alguien, o concurre con él en el mismo sitio.</p><p>2. adj. Dicho del tiempo: que es aquel en que está quien habla.</p><p>3.m. Obsequio, regalo que alguien da a otra persona en señal de reconocimiento o de afecto.</p><p><em>* </em><em><strong>Berta Marsé </strong></em><em>(Barcelona, 1969) es escritora y editora. Entre otras obras ha publicado dos colecciones de relatos en la editorial Anagrama, ‘En jaque’ y ‘Fantasías animadas’.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 18 Mar 2022 20:21:22 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Berta Marsé]]></author>
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      <media:title><![CDATA[La ausencia presente]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Juan Marsé,TintaLibre]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Una mirada a la intimidad de un Juan Marsé "desleído, desencuadernado y descatalogado"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/mirada-intimidad-juan-marse-desleido-desencuadernado-descatalogado_1_1194822.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/37630c47-a027-4199-a0fa-7998674bf84c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una mirada a la intimidad de un Juan Marsé "desleído, desencuadernado y descatalogado""></p><p>Un “Año Maldito”. Así <strong>describía Juan Marsé el 2004</strong>, que se le hace especialmente cuesta arriba. Así se lee en <a href="https://www.penguinlibros.com/es/biografias/229257-notas-para-unas-memorias-que-nunca-escribire-9788426407399" target="_blank">Notas para unas memorias que nunca escribiré</a>, que reúne el diario mantenido por el escritor durante ese año, más otras <strong>tres libretas con anotaciones fechadas entre 2006 y 2019</strong>, una revelación de la intimidad del escritor publicada después de <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2020/07/19/muere_escritor_juan_marse_los_anos_109050_1026.html" target="_blank">su muerte, el pasado 18 de julio</a>, pero aprobada y revisada en vida por el propio Marsé. Una vez leídas sus anotaciones, honestas en la tristeza y en la mala uva, el proyecto parece temerario de tan valiente: los cuadernos guardan <strong>sus obsesiones, sus achaques, sus lamentos y sus destellos de felicidad</strong>, pero también <strong>sus manías, sus opiniones descarnadas sobre periodistas, compañeros de profesión y políticos</strong>, muchas de las cuales le hubieran supuesto grandes broncas de haberlas pronunciado en presencia de los aludidos. Del prólogo de Ignacio Echevarría, a cargo de las notas y de la edición junto a María Fasce, directora literaria de Lumen, se desprende que Marsé no se sentía especialmente inquieto por las consecuencias que podrían traerle sus opiniones: cuando la editora le señaló varias decenas de párrafos “sensibles”, el autor solo quiso suprimir dos. Y, pese a su mala salud, no es que Marsé se estuviera refugiando en la perspectiva de una obra póstuma: hasta el final, el escritor creyó que se publicaría en vida.</p><p>Señala Echevarría que las libretas de Marsé —una pequeñísima parte de las que rellenó caóticamente y conservó a lo largo de su vida— son, ante todo, <strong>un retrato de su autor</strong>. Hay un puñado de cosas que le producen felicidad. “Natación y escritura, el dúo perfecto”, escribe el 24 de junio, una idea que se repite en varias anotaciones. En ese momento de tranquilidad, ejercita el cuerpo y piensa en el trabajo: “Adónde he llegado y qué me falta, qué se puede mejorar del trabajo de esta mañana, qué me espera esta tarde”. También están los paseos con Simón, su perro. Los encuentros con la familia o con algunos amigos —otros, vistos como meras obligaciones sociales, los vive con enorme hastío—. Una película de Manoel de Oliveira. La visita de Elena Ramírez, directora editorial de Seix Barral. Los libros de Guillermo Martínez. La ayuda de Pere Gimferrer. Las columnas de Haro Tecglen en <em>El País</em>. Y, sobre todo, <strong>el tiempo pasado con su nieto Guille</strong>, del que habla a menudo con un aire embobado, casi admirativo.</p><p>Pero es cierto que ni estos momentos descritos con alegría, ni los chascarrillos humorísticos que dibuja en las libretas como el niño que las dibujara en un pupitre, bastan para contrarrestar <strong>el regusto amargo de los diarios</strong>. En primer lugar, en 2004 Marsé se impone la idea de recoger sus impresiones del día en una agenda, que le ofrece un espacio reducido. Y es claramente una imposición, que el describe como “penitencia”, porque el novelista se pregunta una y otra vez por qué lo hace, reitera lo poco que se interesa a sí mismo y que a él lo que le mueve es la ficción. No considera verdadera escritura estas anotaciones diarias, que además le acaban aburriendo. En enero de 2005, completado el autoencargo, escribe: “Termino este sonso diario convencido más que nunca de la persistencia de mi desidia, <strong>mi absoluta desgana en bucear dentro de mí mismo</strong>. Queda bien demostrado que no hay asunto que me aburra tanto como hablar de mí mismo”. No hay aquí el gusto por la introspección, ese viaje al fondo de uno mismo que se suele encontrar en la escritura diarística, pero tampoco contemplación, y ni siquiera una narración continuada. Son ejercicios para mantener la forma. Pero lo que Marsé escribe con desinterés, el lector lo recibe con curiosidad, como si aquí estuviera la clave a la personalidad reservada del autor. Y a lo mejor estará en lo cierto.</p><p>Quizás tenga que ver con todo esto que el novelista, autor de <em>Últimas tardes con Teresa</em> o <em>Si te dicen que caí</em>, se encuentra al inicio del diario en pleno barbecho. Ha publicado en el 2000 <em>Rabos de lagartija</em>, Premio de la Crítica y Premio Nacional de Narrativa, y se encuentra trabajando en <em>Canciones de amor en Lolita's Club</em> (saldría en 2005), la adaptación novelística de un guion que sería finalmente considerada una obra menor dentro de su gran carrera. Pese a esto, lo que no se entiende del todo es que Juan Marsé se queje una y otra vez del ninguneo al que, según es, es sometido. “Me encuentro en la antesala del olvido, <strong>respirando un venenoso silencio y un doloroso ninguneo</strong>”, escribe en 2007. Poco después se queja de que, en un artículo en <em>El País</em> —Marsé era un voraz lector de prensa y comenta a menudo la labor de los redactores y críticos—, Antonio Muñoz Molina asegure que hasta poco antes no se había empezado a escribir sobre la Guerra Civil y la posguerra. “Desde <em>Encerrados con un solo juguete</em> (1961)”, escribe Marsé para sí, “no he hecho otra cosa que escribir ficciones sobre los vencidos en la posguerra”. “Supongo que me merezco el ninguneo”, continúa, “y lo estoy asumiendo desde hace algún tiempo como algo necesario”. <strong>En ese mismo año 2008 recibiría el Premio Cervantes</strong>. Pese al reconocimiento generalizado con respecto a su obra, Marsé dice sentirse “desleído, desencuadernado y descatalogado”.</p><p>El contenido de las libretas revela también una progresiva distancia con el mundillo literario, y sobre todo con lo que percibe como modas: la autoficción y la novela negra, a las que detesta. “<strong>Lo de la autoficción me tiene más que harto</strong>”, dice en 2017. “¿Hasta cuándo habrá que repetir que en literatura lo verosímil es más valioso que lo real?”. “¡Hay que ver con qué peregrinos y estúpidos argumentos defienden la novela negra <strong>los acomplejados autores de este género literario</strong>!”, escribe en 2019. No reserva píldoras menos ácidas para algunos compañeros de profesión, de las que reproducimos solo algunas: “Ha muerto Baltasar Porcel. Lo lamento. (…) Tenía un ego tan desmesurado, estaba tan convencido de su catalana gloria literaria, que últimamente casi me caía simpático” (2009); “[Las novelas de Juan Goytisolo] tienen, pongamos por caso, menos interés que las presuntas novelas de Nuria Amat, Pilar Rahola y Carme Riera, las tres juntas, ¡que ya es decir”; “Javier Cercas es una especie de predicador. Su incontinencia verbal no tiene que ver con la literatura, sino con la chatarra herrumbrosa de la Guerra Civil” (2017); “Julia Navarro: grado cero de la escritura. <em>Cinco esquinas</em> de Porcelallosa: grado menos cero”, dice en 2016. Sin duda, la displicencia de estos comentarios tienen mucho que ver con su carácter privado. Pero Ignacio Echevarría apunta otros motivos, que explican también su publicación: “La tendencia cada vez más acusada de Marsé a <strong>dar rienda suelta a sus opiniones y dejar dichas ciertas cosas</strong>”. Por ejemplo, su crítica sobre la adaptación de Fernando Trueba de <em>El embrujo de Shanghai </em>o <a href="https://elpais.com/cultura/2017/02/11/babelia/1486800083_330909.html" target="_blank">su experiencia como jurado del Planeta</a>, franquezas que le traerían algún dolor de cabeza.</p><p>Pero donde Marsé se muestra especialmente desatado es en sus opiniones políticas sobre la independencia de Cataluña. Su sentir está claro en los diarios, pero también en su discurso público: “La patria, para mí, es un artefacto sentimental y peligroso que me tiene ya muy harto”, escribe en 2012; “<strong>No soy nacionalista, no soy patriota, no soy catalanista ni españolista</strong>, no soy nada de eso”, escribe en 2014. Desprecia la idea de patria catalana que defiende, para él, el independentismo, una Cataluña “excluyente, patriotera, beatorra”. “¿Quién es ese que el Govern separatista de Puigdemont y Junqueras llama poble?”, se pregunta en unas páginas cargadas de críticas mordaces —y a menudo poco respetuosas— hacia Puigdemont, Ferran Mascarell, Carod-Rovira, pero también hacia Pedro Sánchez, Zapatero, Rajoy o Cospedal. (Una de las pocas políticas que no sale mal paradas es, por cierto, Irene Montero, a quien elogia en su primera intervención en el Congreso). “Así que, de momento, ni patria ni nación. <strong>Que me preparen otra Catalunya</strong>, que me la expliquen, que me argumenten las razones la secesión, que me aclaren las causas que la impulsan, y entonces veremos”. Nadie lo hizo satisfactoriamente.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Thu, 11 Mar 2021 10:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Clara Morales]]></author>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Cultura,Juan Marsé]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El libro perdido de Marsé]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/libro-perdido-marse_1_1189657.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/86ea4a3b-b2fd-4aa1-9d00-d6a1df1a41a4_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El libro perdido de Marsé"></p><p><strong>Viaje al sur</strong></p><p><strong>Juan Marsé</strong></p><p><strong>Lumen</strong></p><p><strong>Barcelona</strong></p><p><strong>2020</strong></p><p>Teníamos noticia de la existencia de este libro (en el prólogo a mi edición de <em>Ronda del Guinardó</em>, 2005, en la editorial Crítica, doy los datos básicos), que fue un encargo que Ruedo Ibérico le hizo a Marsé en 1962, pero lo dábamos por perdido porque así lo consideraba su autor, a quien le habíamos preguntado en diversas ocasiones. El caso es que <a href="https://www.megustaleer.com/libros/viaje-al-sur/MES-115986" target="_blank">este Viaje al sur</a><em> </em>en el que iba a colaborar también <strong>Antonio Pérez,</strong> quien acabó abandonando el proyecto, tendría que haber aparecido en 1964, fecha en que el régimen celebraba los <em>XXV años de paz</em>, pero nunca vio la luz. <strong>Marsé</strong> parecía haberse olvidado de él al no lograr publicarlo en su momento, cuando su lectura hubiera tenido pleno sentido.</p><p>Ahora, por el empeño de <strong>Andreu Jaume</strong>, podemos por fin leerlo tal y como lo concibió, aunque si queremos entenderlo y calibrar su valor debemos relacionarlo con una tradición de libros de viajes por España, sobre todo de aquellos relatos que optaron por la estética del realismo social, predominante en los cincuenta y sesenta del pasado siglo, una de cuyas características principales fue el testimonio crítico, su valor documental, pues texto y fotos se complementaban. El género tuvo un par de notables antecedentes: <em>Viaje en autobús</em> (1942), de <strong>Josep Pla</strong>, escrito en castellano, y el más influyente, pues acabó convirtiéndose en referencia ineludible para todos los libros de viajes posteriores, <em>Viaje a la Alcarria</em><em> </em>(1948), de <strong>Camilo José Cela</strong>.</p><p>Además, entre 1953 y 1962,<strong> Ignacio Aldecoa</strong> publicó varios relatos de viajes por Álava, Almería, las islas Canarias y el País Vasco. A estas narraciones habría que sumar el <em>Nuevo viaje de España </em>(1955), de <strong>Víctor de la Serna</strong>, y el <em>Viaje a las Castillas </em>(1957), de <strong>Gaspar Gómez de la Serna</strong>. Aunque más en sintonía con lo escrito por Marsé se encontraban <em>Caminando por las Hurdes </em>(1960), de <strong>Armando López Salinas</strong> y <strong>Antonio Ferres</strong>, autor también, este último, de <em>Tierra de olivos</em> (1964), basado en un viaje por Córdoba y Jaén; <em>Campos de Níjar</em> (1960) y <em>La Chanca</em> (1962), de <strong>Juan Goytisolo</strong>; e incluso otro de los que me parecen mejores: <em>Donde las Hurdes se llaman Cabrera</em> (1965), de <strong>Ramón Carnicer</strong>. Marsé se aleja de estos lugares (Las Hurdes, Córdoba, Jaén y Almería) y se decanta por un recorrido por otras provincias andaluzas, como Sevilla, Cádiz y Málaga. Pero por lo que comenta en la correspondencia con la gente de Ruedo Ibérico, nos da la impresión de no estar muy al tanto de las aportaciones al género (p. 328).</p><p>Deberíamos considerar que nos encontramos en la prehistoria de Marsé como escritor. Tenía 29 años cuando contaba ya con un par de cuentos publicados en <em>Ínsula</em>, el Premio Sésamo y con una primera novela, <em>Encerrados con un solo juguete</em> (1960); por entonces, había gozado, además, de una pequeña beca en París, donde se marchó en junio de 1961, al que seguiría un nuevo viaje a París, tras entregar a Seix Barral su segunda novela, <em>Esta cara de la luna</em> (1962), que nunca quiso reeditar. En la capital francesa, Marsé se relaciona con los exiliados antifranquistas, con <strong>Jorge Semprún</strong>, a cuyas clases privadas asiste, afiliándose al PC, y con las gentes de Ruedo Ibérico, sobre todo con su fundador <strong>José Martínez</strong> y con <strong>Antonio Pérez</strong>, colaborador de la casa, quien le sugirió el nombre de su personaje más famoso: Pijoaparte. Allí trabajó en el Instituto Pasteur y le dio clases de español a <strong>Thérèse</strong>, la hija del pianista <strong>Robert Casadesús</strong>, que le servirá de inspiración (junto a <strong>Helena Valentí </strong>y <strong>Rosa Regás</strong>, entre otras jóvenes atractivas de entonces, según confesión del propio autor) para su personaje de Teresa Serrat. A comienzos de los sesenta Marsé dejó su trabajo en la joyería, confesando que pasaba apuros económicos y que necesitaba ganarse la vida con la escritura.</p><p>El libro se compone de tres partes claramente diferenciadas: la Introducción esclarecedora y las útiles notas de Andreu Jaume, el cuerpo del texto y el Apéndice, compuesto por la correspondencia que generó el libro, con José Martínez, <strong>Elena Romo</strong> y un desconocido <strong>Á. González</strong>, que no parece que fuera el célebre poeta, aunque estuviera vinculado entonces a Ruedo Ibérico; no en vano, obtuvo el premio de poesía que concedía la editorial. Sea quien fuere, a comienzos de enero de 1965 le pide a Marsé que colabore en un volumen de cuentos de escritores españoles que preparaba la editorial, si bien tampoco llegó a publicarse. A todo ello debe añadirse los titulares de prensa que Marsé volvería a utilizar en los volúmenes que una década después compuso para Difusora Internacional (dirigida, en distintos niveles, por <strong>Carlos Barral </strong>y <strong>Antonio Rabinad</strong>), y las excelentes fotos intercaladas.</p><p>El viaje se realizó a lo largo de un mes, entre septiembre y octubre de 1962, acompañándolo el fotógrafo <strong>Ripoll Guspi y</strong> el citado Antonio Pérez. El escritor <strong>Alfonso Grosso</strong>, quien también estaba iniciándose como narrador, los esperó en Sevilla y debió acompañarlos en alguna etapa del viaje porque creo que es quien aparece en una foto tomada en El Zapal (barrio de chabolas de Barbate, en la provincia de Cádiz, semejante a La Chanca almeriense), rodeado de niños (p. 210). Estaba previsto que Grosso colaborara en el libro, pero la idea tampoco cuajó (p. 331).</p><p>En el prólogo de 1963, Marsé anuncia que va a centrarse en dos aspectos: los socioeconómicos y los tipos humanos y el paisaje. Sin embargo, el primero solo tendrá una presencia episódica (las referencias a <strong>Luis Bello</strong>, a <em>Los latifundios en España</em>, de <strong>Pascual Carrión</strong>, y a <strong>Hugh Thomas</strong>), más allá de la repetida convicción de que “los ricos son distintos a nosotros” (pp. 285 y 295), predominando los restantes. Así, destaca la creación de personajes, como Ana María, y el retrato y la conversación de El Niño del Lunar (p. 99), con ecos de <strong>Valle-Inclán</strong>, de la misma forma que el Chato nos recuerda a algunos de los personajes más jóvenes de los cuentos de Ignacio Aldecoa, <strong>Jesús Fernández Santos</strong> o <strong>Daniel Sueiro</strong>.</p><p>Confiesa Marsé que los libros se escriben por diversión o por resentimiento, pero que en su caso “lo segundo me ha servido de percutor tanto o más que lo primero” (p. 74). Uno de los pocos elogios que encontramos se lo lleva la plaza de toros de Ronda (p. 262), a la vez que sorprende que nada diga de la estancia de <strong>Rilke</strong> en la localidad. Se centra el autor en lo que hay de mito, leyenda y realidad, en el subdesarrollo, la miseria y la sordidez de los desfavorecidos, así como en la estulticia y la ignorancia de los privilegiados. Se muestra muy crítico con <strong>Marisol</strong> y <strong>Joselito</strong> (pp. 256 y 257), dos fenómenos de la canción infantil alentados por el régimen, y con algunos poetas andaluces: <strong>Pemán, Manuel Ríos Ruiz, Manuel Barbadillo</strong> (a quien le atribuye un Premio Nadal que nunca obtuvo) y <strong>José Luis Tejada</strong>. E incluso, como sartreano que debía ser, cuestiona a <strong>Albert Camus.</strong> No faltan las escenas divertidas, como el diálogo que mantienen con un jesuita en El Puerto de Santa María, quien emite una pintoresca teoría sobre <strong>Alberti</strong>, aunque tenga uno la impresión de que los viajeros acaban como burladores burlados... (p. 156).</p><p>El libro de Marsé, leído hoy, podría decirse que resulta toscamente antifranquista, aunque con el tiempo, sin dejar de ser crítico con el régimen, se mostraría mucho más sutil en <em>Últimas tardes con Teresa</em> (1966), <em>Si te dicen que caí </em>(1973) o <em>Ronda del Guinardó</em> (1984), por solo recordar unos pocos ejemplos notables. Según Marsé, “todo el mundo aquí espera (me refiero a los que están en el ajo literario […]) que este libro sea una especie de <em>innovación</em> en el género” (p. 335). En ese mismo sentido, en una carta de 1962 a Elena Romo le comenta: “lo que intentamos hacer no es un libro de viajes o impresiones al modo que viene haciéndose, anecdótico y con visión muy personal, sino algo con más hondura; en fin, distinto” (p. 328). Pero desde el punto de vista formal, la única novedad consiste en la referencia a los titulares de la prensa (las inundaciones del Vallés, en 1962; la crisis de los misiles en Cuba; el problema de la integración racial en los Estados Unidos; los ataques al régimen en el extranjero, bien de los jóvenes libertarios en Milán, bien en el llamado Contubernio de Múnich; los efectos del Plan de Estabilización; la emigración de trabajadores a Europa, sobre todo a Alemania; y los inicios de la eclosión del turismo, p. 45), pues las fotos ya eran habituales en las cubiertas de Seix Barral, en algunos de los libros de viajes que hemos citado, o en la colección Palabra e imagen de Lumen, que apareció en 1961.</p><p>Otra de las virtudes de este relato, llama la atención sobre ello Andreu Jaume, es que algunos lugares, personajes y episodios aparecen desarrollados en <em>Últimas tardes con Teresa</em>, cuya escritura simultaneó con la de este viaje. A ello podría añadirse la comparación con el Somorrostro, de Barcelona (p. 95), o ciertas expresiones convertidas en motivo recurrente en sus narraciones posteriores, como la referencia a “las rodillas sucias de polvo” o simplemente a “las rodillas sucias” (pp. 155 y 256), transformadas luego –en novelas como <em>La oscura historia de la prima Montse</em><em> </em>(1970), <em>Si te dicen que caí</em> o <em>Ronda del Guinardó—</em> en un detalle en el que se fija el narrador: el “polvo de reclinatorio en las rodillas” de las huérfanas de la Casa de Acogida.</p><p>Contaba Marsé con la ventaja de que el libro iba a publicarse en París, firmado con un seudónimo (Manolo Reyes, como el protagonista de su novela de 1966), porque dado el tono crítico en que estaba escrito, la censura no lo hubiera permitido. Véase, por ejemplo, la burla de los falangistas (p. 281) o la opinión sobre “la nulidad cultural y artística y la corrupción, el mal gusto y la más pura memez de la radiodifusión española” (p. 173). A cambio, el libro fue compuesto con total libertad, como si no existiera la censura, aunque luego ello dificultara su circulación en España.</p><p>Es probable que al sopesar ventajas e inconvenientes, los responsables de Ruedo Ibérico decidieran no publicarlo, pero tampoco lo hizo Seix Barral, a pesar de que Marsé comenta en una carta que Carlos Barral, su editor, estaba encantado con el resultado (p. 28), quizá por las razones ya aducidas, a no ser que el autor hubiera estado dispuesto a cepillar los pasajes más críticos, que no eran pocos. Sea como fuere, el libro cayó en el olvido y acabó perdiéndose.</p><p>El título fue variando hasta llegar al más sobrio y atinado <em>Viaje al sur</em>, tras descartar otros menos afortunados, como <em>Andalucía, mon amour</em> y <em>Andalucía, perdido amor</em>. El texto lo compuso Marsé a partir de los apuntes que tomó durante el viaje y de los recuerdos que le proporcionaban las fotos. Marsé, siempre escéptico, más realista que optimista, a diferencia de la mayoría de los exiliados españoles en París, no creía que fuera a producirse pronto un cambio de régimen. La mirada de Marsé resulta poco piadosa (p. 47), pues se regodea en los aspectos más tremendistas de la realidad, ya que su primer objetivo era la crítica al franquismo. A veces, la actitud de superioridad del narrador resulta irritante.</p><p>La edición es modélica, en su concepción y realización, por lo que hay que felicitar a Lumen y a Andreu Jaume y, sin embargo, echo de menos un Índice de nombres y se cuelan algunos errores (“barata de precio”, p. 134) y erratas que podrían haberse evitado (en los titulares de prensa, pp. 283 y 296), además de repeticiones innecesarias (pp. 207 y 274), coloquialismos (“las chicas se dan difíciles”, p. 223) e imprecisiones (“imperalismo [<em>sic</em>] hotelero”, p. 288). Sabedor de ello, en diciembre de 1964 le comenta a<strong> Pepe Martínez</strong>, el editor, que si finalmente se decide a publicar el libro “me gustaría hacer ciertas reformas de estilo” (p. 352), buena prueba de su temprana exigencia y de la conciencia que tenía de no estar del todo satisfecho con el resultado. El libro, asimismo, concluye de manera abrupta, dándonos la impresión de no estar acabado del todo. Y, sin embargo, parece ser que lo revisó en el tramo final de su vida. Por último, el cuento que Marsé presentó al Gran Premio Triunfo de Narraciones 1962-1962 se titulaba “La mayor parte del día”, y aparece recogido en sus <em>Cuentos completos</em><em> </em>(2002), en la edición de <strong>Enrique Turpin</strong>, y no como se dice en la nota 17 de la p. 332.</p><p>Este <em>Viaje al sur</em>, leído hoy, poco aporta al género de los libros de viajes, aunque nos aclare aspectos de la posterior obra del escritor, así como de su biografía. No me parece poco, de ahí que los lectores de Marsé no deberían perdérselo.</p><p>_____</p><p><em><strong>Fernando Valls</strong></em><em> es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario. </em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 06 Nov 2020 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El libro perdido de Marsé]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Juan Marsé]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Amigos y familiares de Juan Marsé dan un último adiós al escritor en un funeral íntimo en Barcelona]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/amigos-familiares-juan-marse-dan-ultimo-adios-escritor-funeral-intimo-barcelona_1_1185619.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/902583ea-3434-4ff6-a709-3bac64cec97f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Amigos y familiares de Juan Marsé dan un último adiós al escritor en un funeral íntimo en Barcelona"></p><p>Los familiares, amigos del escritor <a href="https://www.infolibre.es/tags/personajes/juan_marse.html" target="_blank">Juan Marsé</a> y personalidades de la cultura<strong> han despedido la tarde de este martes al escritor</strong> con un funeral íntimo, marcado por la restricciones de acceso por la crisis del coronavirus.</p><p>La ceremonia<strong> estaba prevista a las 12.45</strong> horas en el Tanatorio de Sancho de Ávila de Barcelona, que ha registrado poca actividad pese a despedir a un Premio Cervantes. Ha asistido a la cita el cantante Joan Manuel Serrat, que ya acudió el lunes a su capilla ardiente, y también su emblemática canción Mediterráneo ha sonado en la despedida del escritor. Su nieto Guillermo ha leído un autorretrato que escribió el propio Marsé; aparte, se han proyectado fotografías de su vida y la editora de la agencia Balcells Gloria Gutiérrez le ha dedicado unas palabras, según informa Europa Press.</p><p><strong>Destacado novelista</strong></p><p>El escritor, nacido el 8 de enero de 1933, <strong>ha fallecido a los 87 años</strong>, y ha dejado como legado ser uno de los más destacados novelistas españoles de la segunda mitad del siglo XX y uno de los que más ha visto adaptadas al cine obras suyas.</p><p>De joven se vinculó a la llamada<strong> Generación de los 50</strong>, que en su ciudad estaba liderada por los poetas Jaime Gil de Biedma, José Agustín Goytisolo y el también editor Carlos Barrall (Seix Barral). El gran protagonista de su mundo narrativo fue la Barcelona de posguerra, que también había sido escenario de su infancia, además de su vida el barrio del Guinardó; y su personaje del Pijoaparte es un reflejo de todo eso.</p><p><strong>Sus principales obras</strong></p><p>Sus novelas son <em><strong>Encerrados con un solo juguete</strong></em> (1960), <em>Esta cara de la luna</em> (1962), <em>Últimas tardes con Teresa</em> (1966, Premio Biblioteca Breve), <em>La oscura historia de la prima Montse</em> (1970), <em>Si te dicen que caí</em> (1973, Premio México de Novela), <em>La muchacha de las bragas de oro</em> (1978, Premio Planeta), <em>Un día volveré</em> (1982), <em>Ronda del Guinardó</em> (1984, Premio Ciudad de Barcelona), <em>El amante bilingüe</em> (1990, Premio Ateneo de Sevilla), <em>El embrujo de Shanghai</em> (1993) <em>Rabos de lagartija</em> (2000, Premio de la Crítica y Nacional de Narrativa), <em>Canciones de amor en Lolitas Club</em> (2005), <em>Caligrafía de los sueños</em> (2011), <em>Noticias felices en aviones de papel</em> (2014) y <em>Esa puta tan distinguida</em> (2016).</p><p>Publicó su obra fundamentalmente en las editoriales Seix Barral, Planeta, Plaza & Janés y Lumen, además de Novaro, Bruguera, Destino, Alfaguara y Tusquets, entre otras. <strong>Se llevaron al cine Últimas tardes con Teresa</strong><em>Últimas tardes con Teresa</em>, <em>Si te dicen que caí</em>, <em>La muchacha de las bragas de oro</em>, <em>El amante bilingüe</em>, <em>El embrujo de Shanghai</em> y <em>Canciones de amor en Lolitas Club</em>, y en general no quedó satisfecho con las adaptaciones.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 21 Jul 2020 17:55:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[infoLibre]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Amigos y familiares de Juan Marsé dan un último adiós al escritor en un funeral íntimo en Barcelona]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Juan Marsé]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Juan Marsé entre los vientos de la ficción]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/juan-marse-vientos-ficcion_1_1185576.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9b4480e6-2173-4487-aebb-472b4b1bf344_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Juan Marsé entre los vientos de la ficción"></p><p>La tristeza por <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2020/07/19/muere_escritor_juan_marse_los_anos_109050_1026.html" target="_blank">la muerte de Juan Marsé</a> (1933-2020) queda un poco paliada por la revelación de que nos ha dejado <strong>dos libros inéditos </strong>que publicará Lumen en los próximos meses. Se trata de <em><strong>Viaje al sur</strong></em>, que creíamos perdido, y de <em><strong>Notas para unas memorias que nunca escribiré</strong></em>, del que no teníamos noticia. El primero se remonta a un encargo que le hizo en 1962 Ruedo Ibérico para escribir un libro sobre Andalucía, en colaboración con Antonio Pérez (el inventor del nombre de Pijoaparte) y el fotógrafo Alberto Vidal, pero no llegó a publicarse por los problemas económicos de la editorial. En los últimos tiempos solía comentar que quería escribir un libro de relatos, sería el último, aunque desconozco a ciencia cierta si ni siquiera llegó a empezarlo.</p><p>Juan Marsé ocupa un lugar preponderante en la narrativa española de la segunda mitad del siglo XX, pues nos ha dejado un puñado de novelas excelentes: <em>Últimas tardes con Teresa</em> (1966), <em>Si te dicen que caí </em>(1973, que tuvo que publicarse en México por la censura), <em>Un día volveré </em>(1982), <em>El embrujo de Shanghai </em>(1993) y <em>Rabos de lagartija</em> (2000). Dos novelas cortas que se cuentan ya entre las mejores que ha dado tan esquivo género: <em>Ronda del Guinardó</em> (1984) y <em>Noticias felices en aviones de papel</em> (2014). A las que habría que sumar un gran libro de cuentos, <em>Teniente Bravo</em> (1987), que recoge dos narraciones inolvidables, "Historia de detectives" y la que le proporciona título al volumen, así como unos retratos literarios llenos de ironía y, a veces también, por qué no decirlo, de mala baba, un registro que no hay que dejar siempre en manos de los canallas, recogidos en <em>Señoras y señores</em> (1975 y 1988), entre los que aparecen dos autorretratos impagables.</p><p>Obtuvo tanto <strong>los premios importantes</strong> (el Biblioteca Breve, el Premio de la Crítica, en dos ocasiones, el Premio Europeo de Literatura, el Juan Rulfo, el Premio Nacional de Narrativa y el Cervantes), como <strong>los comerciales </strong>(Planeta y Ateneo de Sevilla), e incluso otro que podía haber sido significativo de no haberlo malbaratado los organizadores y, a veces, también los caprichos del jurado, como es el Ciudad de Barcelona. Y creo que es el único de los grandes escritores catalanes en castellano (Ana María Matute, Barral, Gil de Biedma, los Goytisolo, Esther Tusquets, Antonio Rabinad...) que ha dejado <strong>huella en la ciudad</strong>, dándole nombre a la biblioteca de su viejo barrio del Carmelo.</p><p>Tenía fama de adusto y cascarrabias, de lacónico, pero no es el Marsé que recuerdo, pues conmigo se mostraba siempre sincero, ocurrente y muy crítico con los disparates que nos deparaba la realidad, que en Cataluña siempre se servían con colmo... Dos anécdotas lo definen: <strong>no solía asistir a ningún acto literario</strong>, si bien hizo una excepción cuando apareció en la presentación de un libro de cuentos de Juan Eduardo Zúñiga, como un asistente más, pues ambos escritores se admiraban y compartían una ética y estética semejante. Y las veces en que al volver de Berlín, donde paso parte del año, cuando solía llamarlo por teléfono para saludarlo y quedar para charlar un rato, siempre me repetía: "¡Fernando, chaval, no vuelvas; <strong>este es un lugar de locos</strong>! ¡Si yo fuera más joven me iría!".</p><p>Como hombre apasionado que era tenía sus filias y fobias. Entre las primeras estaba Paulina Crusat, Gil de Biedma, Carlos Barral, Juan García Hortelano, Manuel Vázquez Montalbán, Ana María Moix, y por lo insólito, siendo director de cine español, Víctor Erice. Y entre sus fobias más relevantes aparecían Baltasar Porcel (a quien menospreciaba por su apego al poder y su afán de medro), Castellet, Juan y Luis Goytisolo, los comisarios políticos nacionalistas (a lo Francesc Vallverdú), Sánchez Dragó (a quien llamaba <strong>"el monito dicharachero"</strong>), Lluís Llach (de quien solía decir que tenía voz de cabra enamorada), los señoritos y los que se las daban de intelectuales. Quizás uno de sus últimos actos sociales fuera la asistencia, los domingos, a <strong>una tertulia con Joan de Sagarra, Vila-Matas</strong> y otros, que con el tiempo fue cambiando de local.</p><p>Gran lector (entre sus escritores preferidos se encontraban Cervantes, Galdós, Clarín, Valle-Inclán, Pío Baroja, y entre los extranjeros Dickens, Tolstoi, Stevenson, Joseph Roth, Nabokov y Onetti, ¡a ver quién iguala o mejora la selección!), <strong>autodidacta y profundo conocedor de la cultura popular</strong> que supo integrar como pocos en sus narraciones (las canciones, los tebeos, las fiestas de barrio), sobre todo del cine, el acicate ideal para sus sueños, destaca el gran cuidado que ponía en la escritura, aprovechando alguna de las reediciones de sus libros para pulirlos, pues comentaba que disfrutaba corrigiendo, intentando mejorar la prosa. Nunca le gustaron las teorías, pero supo muy bien —y cómo— construir una narración amena, emocionante y trascendente. En sus libros nos encontramos con <strong>la Historia y la vida cotidiana</strong>, la casa familiar y el barrio, las viejas salas de cine, los marginados, los entrañables majaretas y los poderosos, la burla y <strong>el cuestionamiento de los mitos de la España eterna</strong>, de los vencedores en la guerra, que en diversas ocasiones representó también como perdedores.</p><p>Cuestionó con sus narraciones la estética —digámoslo así, para entendernos— del realismo social, no creyó en la llamada literatura <em>charnega</em> que hoy intentan reivindicar como cultura (¡un viejo disparate alentado por nuevos oportunistas!), y no siguió nunca moda alguna, pues ya cultivaba lo que ahora llaman tanto <em>autoficción</em> como <em>narrativa de la memoria histórica</em>, sin pensar que eso le diera un plus de autenticidad y calidad, y de cuyos cultivadores se burlaba, pero <strong>contó siempre con el apoyo de los lectores</strong>, los editores y los mejores críticos, y con el incondicional de su agente, <strong>Carmen Balcells, una especie de tercera madre</strong>. Una noche, volviendo de Jerez, donde habíamos mantenido una conversación pública en la Fundación Caballero Bonald, nos esperaba el taxista de la Balcells en el aeropuerto de Barcelona, para hacerle lo más cómodo posible el regreso a casa.</p><p>Juan Marsé boxeó siempre en su peso, muy consciente de cuáles eran sus virtudes como narrador, haciendo lo que mejor sabía, transformar las <em>aventis</em> en gran literatura. Podría añadirse que se <strong>pasó la vida disfrazándose</strong>, y así pudo ser Mastroianni, con quien le encontraba parecido la escritora Helena Valentí, Pijoaparte y los jóvenes Ringo y Bruno, Juanito Marés y Juan Faneca Roca.... Marsé fue todos ellos, y al fin y a la postre un grandísimo narrador y un tipo <strong>sincero y valiente en sus declaraciones públicas</strong>, pues se enfrentó a los malos directores de cine, a los mecanismos de los premios fraudulentos, a los políticos de la derecha rancia española y a los insolidarios, intolerantes y racistas que han gobernado Cataluña en las últimas décadas, de Pujol a Torra, pasando por el fugado Puigdemont, tres mamarrachos, por repetir el calificativo que les daba Marsé.</p><p>Echaremos de menos sus libros, y creo que los que tuvieron la suerte de tratarlo tampoco lo olvidarán. Ojalá haya encontrado en el más allá <strong>esas verdades verdaderas</strong><em>verdades verdaderas</em> que buscó, aun sabiendo que lo más probable sea que no existan.</p><p>_____</p><p><em><strong>Fernando Valls</strong></em><em> es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona.</em></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Tue, 21 Jul 2020 09:25:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Juan Marsé entre los vientos de la ficción]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Cultura,Juan Marsé,Obituario]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[En la muerte de Juan Marsé]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/muerte-juan-marse_1_1185519.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9b4480e6-2173-4487-aebb-472b4b1bf344_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En la muerte de Juan Marsé"></p><p>Nos deja uno de los escritores más brillantes de la literatura española. <strong>Era brillante al vivir y al escribir, siempre lúcido, dueño de una mirada profunda a la hora de comprender y criticar la realidad que le tocó habitar</strong>. Sobre todo, fue un extraordinario narrador de historias. A eso dedicó su vida, a transformar en literatura la experiencia histórica de la que fue testigo y participante desde niño. Sus novelas, muchas de ellas magistrales, son auténticos testimonios de la miseria moral de la posguerra, un tiempo que padeció con sus mezquindades y miserias. El propio Juan se autorretrató con la ironía humana de siempre, preparado para acudir al infierno cuando fuese necesario, con el rostro magullado y los ojos vivísimos. No dejó de acusar las sorpresas que le deparaba el día a día de la Gran Historia y <strong>no soportó el estrépito de himnos idiotas y banderas depravadas</strong>. Emociona hoy recordar la humanidad de su autorretrato: "Ceñudo, maldiciente, tiene la pupila desarmada y descreída, escépticos los hombros, la nariz garbancera, un relámpago negro en el corazón de la memoria".</p><p>Cuando en el año 1966 publicó <em><strong>Últimas tardes con Teresa</strong></em>, la novela española se puso de fiesta. Estaba dando vida a uno de los personajes más peculiares, significativos y paradigmáticos de la sociedad catalana y española contemporánea, y un modelo literario: <strong>el Pijoaparte, un delincuente habitual, antisocial, huraño, especialista en robar motocicletas</strong>, que envidiaba tanto como despreciaba a las clases más privilegiadas. Mario Vargas Llosa, uno de los jurados que concedió a esta novela el Premio Biblioteca Breve, ya advirtió en su día que iba a irritar a todo el mundo. Así nació y así creció una de las más grandes novelas españolas.</p><p>Esa novela de Juan significó un cambio de tercio, porque dejó ver que el realismo literario debería de tomar otras direcciones menos dirigidas y con matices más libres. <strong>Marcaba nuevos caminos un muchacho de poco más de 30 años, autodidacta, aprendiz de diversos oficios, con escaso éxito en todos ellos</strong>. Su orgullo callejero le impidió caer en las vanidades literarias, nunca olvidó el arte de la amistad verdadera, y tampoco quiso renunciar a ese ejercicio de prudencia que supone el buen humor incluso en el autoconocimiento. "No ha tenido mucho gusto en haberse conocido —confiesa—, pero acepta resignado el saludo hipócrita del espejo y la broma pesada de la vida: al nacer se equivocó de país, de continente, de época, de oficio y probablemente de sexo".</p><p>Y si <em>Últimas tardes con Teresa</em> fue un aviso y una demostración de que Juan Marsé tenía unas dotes narrativas extraordinarias, donde la ironía y la comprensión abierta de la realidad son esenciales, <strong>la publicación en México, en 1973, de Si te dicen que caí, supuso la confirmación de todas las esperanzas literarias</strong><em>Si te dicen que caí</em>. El foco de atención no fue aquí la burguesía catalana, sino el régimen político imperante, contra el que abrió un ajuste de cuentas capaz de trazar los ejes de toda una época. Se consideró que había escrito <strong>una novela políticamente revolucionaria contra el franquismo</strong>, pero el autor se negó con rotundidad a este tipo de lectura. Mejor huir de las disciplinas y entender <em>Si te dicen que caí</em> como una novela de amor y de humor satírico: "Las novelas no disparan balas, y, además, yo escribo lo que me sale de los huevos".</p><p>Continúa Marsé en su autorretrato: "El tipo es bajo, desmarañado, poco hablador, taciturno y burlón. <strong>No se considera un intelectual y soporta mal que le traten como si lo fuera</strong>. Ama las tabernas y las papelerías de barrio, y los flancos luminosos de los quioscos que exhiben tebeos y novelas baratas de aventuras. Las banderas le producen auténtico terror. Y en un país en el que nadie dimite jamás, ni aún después de haber probado algunos políticos su ineptitud o su cinismo ante el pueblo,<strong> él solo piensa en dimitir de todo, incluso de esta página</strong>".</p><p>Cuando en 1982 publicó la novela corta <em>Ronda del Guinardó</em>, y poco después los cuentos de <em>Teniente Bravo</em>, otras dos obras maestras, Juan Marsé volvió a convencer a los críticos y a los lectores de que <strong>su escritura asumía una importancia singular</strong>. Era uno de los grandes.</p><p>Fue un lujo su amistad. <strong>Ya no estará esperándome en su piscina de Calafell</strong>, ni podrá sorprenderme su amistad inagotable con los animales, ni tantas otras cosas que hemos compartido durante años. Tampoco podré olvidar fácilmente los comentarios siempre chispeantes y jocosos cuando recordaba los tiempos pasados con Juan García Hortelano, trabajando en aquellos guiones cinematográficos que se hacían eternos y disparatados. Tampoco podré olvidar su amistad con los poetas, sus guiños cómplices, llenos de nostalgia y de cariño, <strong>a Caballero Bonald, Ángel González o a Jaime Gil de Biedma. Meditabundo, melancólico, irónico.</strong> Sin querer llamar ninguna atención.</p><p>Él mismo terminó así su autorretrato: "<strong>Pero no hay nada que le aburra tanto como hablar de sí mismo, así que basta</strong>. Vestido de diablo y ligero de equipaje —algunos discos, algunos libros (ninguno de Baltasar Porcel, por supuesto), algunas fotos— se va por fin al infierno. Abur".</p><p><em>_________________</em></p><p><strong>Jesús García Sánchez</strong>,editor de Visor y amigo personal de Juan Marsé. Su último libro es la antología <a href="https://www.visor-libros.com/tienda/la-cerveza-los-bares-la-poesia.html" target="_blank">La cerveza, los bares, la poesía</a>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Jul 2020 15:50:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Jesús García Sánchez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[En la muerte de Juan Marsé]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Literatura,Cultura,Juan Marsé]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Si en Barcelona no está Juan Marsé, en Barcelona no hay nadie]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/si-barcelona-no-juan-marse-barcelona-no-hay-nadie_1_1185509.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/902583ea-3434-4ff6-a709-3bac64cec97f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Si en Barcelona no está Juan Marsé, en Barcelona no hay nadie"></p><p>Sé que esto también pasará, porque el tiempo no cura nada, eso es falso, aunque lo nuble y diluya todo, pero ahora mismo, 19 de julio de este espantoso 2020, <strong>siento que ya no hay nadie en Barcelona, la ciudad que para mí era Jaime Gil de Biedma y Juan Marsé</strong>, era la capital de la amistad, el territorio mágico donde los héroes literarios se volvían de carne y hueso para compartir unas horas de su vida contigo. Nunca dije que no cuando me llamaba alguien para invitarme a viajar allí, porque era la ocasión, hace años, de ir a buscar al poeta a su despacho de la Compañía de Tabacos de Filipinas y luego a cenar y a tomar algo por los bares de ambiente que frecuentaba, y ha sido hasta hace muy poco la disculpa que me permitía volver a ver al novelista contemporáneo que más he admirado desde que leí <em>Últimas tardes con Teresa</em>, un libro en mi opinión insuperable. <strong>Miro en la agenda del teléfono sus números de la ciudad y de la playa, su dirección en la calle Bailén, y se me viene el mundo encima. No le volveré a ver.</strong> Nunca volveré a hablar con él, no me abrirá en bata la puerta de su piso para que le dé un abrazo que cada vez encontraba a un hombre más esquelético, ni descolgará el teléfono y al decir que soy yo responderá lo de siempre: "¡<em>Hey</em>, chaval, ¿cómo estás?!"</p><p>Conocer a <strong>Juan Marsé</strong> daba un poco de miedo, porque la gente a la que tienes en un altar impone respeto y porque él tenía fama de cascarrabias. <strong>Lo era, pero de forma selectiva</strong>, porque en eso él y Jaime se parecían como dos gotas de agua: nunca tuvieron paciencia con las tonterías o los impertinentes y si alguien se propasaba delante de ellos, por ejemplo, para meterse con algún amigo o con su obra, no se mordían la lengua. A Juan tampoco le entusiasmaba que le hablases de sus libros, pero a mí, desde luego, me resultaba difícil olvidar que tenía delante al autor de <em>Un día volveré </em>o<em> Si te dicen que caí</em>, títulos que nos habían marcado hasta tal punto a algunos escritores de mi generación que lo idolatramos, que, de hecho, solíamos referirnos a nosotros mismos como "marsistas". <strong>Uno de los mayores regalos que me ha dado la vida ha sido conocerlo y que me dejase que lo quisiera</strong>, pero también disfrutar del privilegio de hablar con él de su trabajo en marcha, incluso de que me leyera en el pequeño despacho de su casa algún capítulo manuscrito de lo que luego serían novelas prodigiosas como <em>C</em><em>aligrafía de los sueños</em> o la deslumbrante miniatura de <em>Noticias felices en aviones de papel</em>. Esos ratos en su casa, donde a menudo disfrutábamos de una cerveza y, si era la hora apropiada, de alguna comida deliciosa preparada por <strong>Joaquina</strong>, su mujer, son de esa clase de recuerdos que se guardan a la vez en la memoria y en el corazón. Qué personas más sencillas y a la vez más extraordinarias.</p><p>En su papel de narrador de historias, Juan poseía una imaginación deslumbrante, cómo no iba a tenerla alguien que no era sólo él mismo sino también otro, bautizado como Juan Faneca Roca, que descubrió ya mayor que era adoptado y al que su madre real pero no biológica le contó la historia inverosímil de que el trato para entregarles el niño lo alcanzó su esposo en un taxi al que se subió por casualidad. Pero, además, el creador de <em>La oscura historia de la prima Montse</em> es un estilista de primera clase que siempre conservó algo del joyero que fue en su juventud: <strong>la exactitud de su prosa, tallada y pulida hasta el límite, no es fruto de la simple inspiración, también lo es del trabajo infatigable y minucioso que había en sus originales, que jamás daba completamente por acabados</strong>. Un día, al llegar a su casa, no recuerdo si la última o aún la de la calle Sicilia, me habló de ciertos retoques que había llevado a cabo, una vez más, en "la Teresa", como él la llamaba. "¿Y dónde ha salido esa nueva edición?", le pregunté. "Es para una colección de quiosco, sólo durará este domingo", me contestó. Y de inmediato, cambió de tema con otra de sus frases clásicas: "Pero, bueno, cuéntame, ¿cómo están los amigos por Madrid?" Con él se hablaba mucho de literatura, de Jaime Gil de Biedma, de cine —nunca le gustaron, unas nada y otras poco, las adaptaciones que se hicieron de sus novelas y lamentaba que Víctor Erice hubiese sido apartado del proyecto de <em>El embrujo de Shangai</em>—, de la gente a la que tenía verdadero cariño —Ángel González, Almudena Grandes y Luis García Montero, Conchita y Chus Visor…— y, naturalmente, de la actualidad. Ironizaba con el hecho de que no ser independentista hubiese dado lugar a que algunos salvajes —los mismos que llamaban fascista a Joan Manuel Serrat— recorrieran las bibliotecas y librerías de su adorada Cataluña escribiendo la palabra <em>botifler</em>, traidor, en la página de cortesía de sus libros, pero se le notaba que, en el fondo, le había dolido.<strong> En realidad, nunca se fio de ningún tipo de poder ni lo frecuentó, tal vez por eso tardó más de la cuenta en ser reconocido a nivel oficial</strong>, un sinsentido que alivió la concesión del premio Nacional y el de la Crítica por <em>Rabos de lagartija</em> y, sobre todo, del Cervantes en 2008. Antes de eso había logrado mantenerse con otros de carácter privado, entre ellos el Biblioteca Breve por <em>Últimas tardes con Teresa </em>o el Planeta por <em>La muchacha de las bragas de oro</em>. Sobre el primero hay <strong>una anécdota digna del creador del Pijoaparte</strong>: una noche, debía ser en los años noventa, estábamos en la cafetería del hotel Majestic, uno de sus lugares predilectos, cuando me contó que había tenido una pequeña discusión con su colega Juan Goytisolo: "Lo vi en una cafetería, entré y le solté: Oye, ¿tú qué andas diciendo por ahí de que me dieron el premio Biblioteca Breve sólo porque lo amañó Carlos Barral? ¡Eso es mentira!" Me quedé unos segundos haciendo cálculos y le pregunté: "Pero, ¿y eso cuándo ha sido?" "Hace un par de semanas", respondió. "Pero, el premio fue en 1965 ó 1966, ¡han pasado treinta años!" "Sí, sí, pero hasta ahora no había tenido la ocasión de decírselo".</p><p>Entre una cosa y otra, <strong>Juan y Joaquina</strong> pudieron sacar adelante a la familia y hasta permitirse el lujo de tener su pequeño paraíso en la Tierra, <strong>la casa de verano en Calafell</strong>, donde era una maravilla visitarlos y disfrutar de su hospitalidad, ella tan natural y atenta, haciendo una escalibada y unos huevos fritos de otra galaxia; él con su bañador Meiba y llevándote a ver sus higueras; y los hijos y nietos corriendo por ahí. Una de las últimas veces que fui a visitarlo a Barcelona, cuando ya no salía de casa más que para ir al hospital a que le sometieran a diálisis, <strong>me contó de repente que habían vendido su refugio soñado de la playa,</strong> y al salir bajé las escaleras llorando a mares, sin poderme contener: sabía lo que debió de significar para ellos tener que deshacerse de su humilde y preciosa Itaca particular. Ahora ya no era suyo y además él ya no iba a ninguna parte, se acabaron las noches de bares sucesivos en las que lo pasábamos tan bien junto a <strong>Ana María Moix, Enrique Vila-Matas o Ignacio Martínez de Pisón</strong> y en las que él dejaba de ser hipocondriaco durante unas horas y no le tenía miedo a un infarto si tomaba una copa de más.</p><p>La pérdida de Juan Marsé es <strong>un drama para quienes lo amábamos</strong>, que lo echaremos muchísimo de menos<strong>, y una pérdida de gran magnitud para todas y todos los lectores que saben paladear la gran literatura</strong>, que desde este otro maldito 18 de julio se quedan huérfanos de uno de los mayores novelistas que ha dado nuestro país. Ojalá fueran verdad las cosas en las que nunca creímos ni tú ni yo y me pudieras escuchar desde algún espacio invisible, para que te dijese lo mismo que la última vez, en la puerta de tu casa, después de darte un beso de despedida: te quiero mucho. Cada vez me gusta menos este mundo en el que faltan ya tantas personas que me hicieron como soy, que me lo enseñaron todo.<strong> La vida sigue, pero a veces es muy difícil que no te deje atrás</strong>.</p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 19 Jul 2020 11:17:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Benjamín Prado]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Si en Barcelona no está Juan Marsé, en Barcelona no hay nadie]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Juan Marsé]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Una fiesta literaria en un polvorín político]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/fiesta-literaria-polvorin-politico_1_1146384.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/47496901-2540-46c6-94e9-6d1a2fb319a0_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Una fiesta literaria en un polvorín político"></p><p>Este año, la ceremonia de los conciliadores premios Planeta –porque reúne en una misma ceremonia a políticos, intelectuales, empresarios, escritores, faranduleros y periodistas de todo pelaje y condición– ha quedado <strong>atrapada en el juego político</strong>. Probablemente este domingo, cuando el jurado anuncie el ganador y finalista de esta 66ª edición en una Barcelona plagada de banderas, no compartan mesa y aperitivos políticos de diferente signo y también <a href="http://www.lavanguardia.com/vida/20161015/411033146210/los-reyes-presiden-el-premio-planeta-con-puigdemont-pastor-santamaria-y-catala.html" target="_blank">miembros de la monarquía</a>, como viene siendo la tradición.</p><p>José Creuheras, presidente del gigante editorial, no ha querido hablar aún de los asistentes a la gala. Hasta la fecha, desde Planeta<a href="https://www.infolibre.es/noticias/politica/2017/10/14/el_presidente_planeta_confia_revision_constitucion_para_solucionar_conflicto_catalan_70699_1012.html" target="_blank"> sólo han confirmado la presencia de dos políticos</a>: <strong>Ana Pastor</strong>, presidenta del Congreso, y <strong>Santi Vila</strong>, conseller de Empresas y Conocimiento de la Generalitat. La asistencia del rey Felipe VI, tras las asperezas que levantó su mensaje el pasado 3 de octubre, ha quedado así en una incógnita hasta la gala de este domingo.</p><p>Éste podía haber sido el año en el que se abriera finalmente el melón acerca de <strong>los intereses empresariales detrás de los premios concedidos por las editoriales</strong>, después de que en febrero de este año el escritor Juan Marsé, que recibió el Planeta en 1978 y ejerció como jurado en 2004, <a href="https://elpais.com/cultura/2017/02/11/babelia/1486800083_330909.html" target="_blank">criticase abiertamente la concesión </a>y el sistema de organización de este galardón, uno de los mejor dotados del mundo. Pero el anuncio de los sucesores de Dolores Redondo y Marcos Chicot, ganadora y finalista de la anterior edición, ha quedado ya totalmente empañado por la actualidad política.</p><p>Las decisiones empresariales del grupo editorial –que incluye además de la editorial Planeta otros sellos como Crítica, Tusquets, Deusto, Austral, Booket, Edicions 62…. y una participación en el audiovisual a través de <strong>Atresmedia–</strong> tampoco han servido para calmar el ambiente. El pasado martes el consejo de administración del grupo confirmaba su intención de<a href="https://www.infolibre.es/noticias/politica/2017/10/11/empresas_que_trasladan_sede_social_cataluna_por_sectores_70568_1012.html" target="_blank"> trasladar el domicilio social a Madrid</a>, <strong>una medida simbólica</strong> (la intención es mantener los puestos de trabajo y el resto de sedes donde están ahora mismo) que sigue la misma vía que otras empresas como el Banco Sabadell, Gas Natural Fenosa o Caixabank. Tras el anuncio del séptimo sello editorial del mundo, muchos medios barajaron la hipótesis de que esta 66ª edición fuese la última que se celebrase en Barcelona. Creuheras <a href="https://www.infolibre.es/noticias/politica/2017/10/14/el_presidente_planeta_confia_revision_constitucion_para_solucionar_conflicto_catalan_70699_1012.html" target="_blank">aseguró el sábado </a>que su intención era que el premio siguiese celebrándose en la capital catalana.</p><p><strong>Un premio sinónimo de superventas</strong></p><p>A la final de esta edición han llegado 10 novelas de las 634 presentadas, una <strong>cifra récord</strong> en la historia del galardón. De ahí saldrá el ganador del primer premio, dotado con 601.000 euros, y el finalista, 150.250 euros, además de sendos contratos con la editorial. Y ahí comienza, también, a funcionar la <a href="https://www.infolibre.es/noticias/cultura/2015/11/11/la_maquinaria_del_planeta_40641_1026.html" target="_blank">maquinaria del Planeta</a>, el <em>marketing</em> y la estrategia de comunicación que ha conseguido vender más de 42 millones de libros con el aval del premio Planeta en su solapa, según los datos que ofrece el propio sello. Sirva como ejemplo la carrera de <strong>Dolores Redondo</strong>, que aunque ya era una superventas por su <em>Trilogía del Baztán</em>, experimentó un fulgurante éxito tras ganar en la pasada edición con <em>Todo eso te daré</em>. La autora va a ser editada en 19 lenguas, en 40 países y ya suma 17 ediciones de su última obra. Además de Redondo, han recibido este galardón autores como Ana María Matute (1952), Soledad Puértolas (1989), Torcuato Luca de Tena (1961), Ramón J. Sender (1969) o Espido Freire (1999).</p><p>El grupo Planeta tiene <strong>presencia en más de 15 países </strong>(edita en cinco lenguas diferentes) y ha establecido en México la sede editorial para América Latina. Jesús Badenes, director del área de libros del gigante editorial, destacó en la rueda de prensa celebrada el sábado la importancia de la globalización como uno de los retos del sector. "Hasta ahora los libreros eran domésticos; pero empresas como Amazon venden en todos los mercados", señaló. Badenes aprovechó para subrayar "la buena salud" del libro tras las pérdidas sufridas durante los años de crisis. "No obstante, y a pesar de que hasta este septiembre crecimos en torno al 3%, ha habido un retroceso durante las dos primeras semanas de octubre".</p><p>Venezuela, territorio literario</p><p>Si por algo destacan las novelas finalistas de esta edición es por un predominio del<strong> género histórico y el thriller</strong><em>thriller</em>. Y, también, por una localización: Venezuela. Tres de las 10 obras sitúan toda o parte de la trama en el país suramericano, lo que aumenta las <strong>probabilidades de que el galardón pueda recaer en un autor o autora al otro lado del Atlántico</strong>, algo que no sucedía desde el Planeta al <a href="http://www.elperiodico.com/es/ocio-y-cultura/20141015/jorge-zepeda-premio-planeta-3605519" target="_blank">mexicano Jorge Zepeda en 2014</a>. Del total de obras presentadas, 217 son de autores o autoras latinoamericanas, la mayoría de México y Colombia, por detrás de los españoles: 337.</p><p>El jurado de esta edición está integrado por Alberto Blecua, Fernando Delgado, Juan Eslava Galán, Pere Gimferrer, Carmen Posadas, Rosa Regàs y Emili Rosales, que supuestamente deliberarán el fallo final durante la cena ofrecida por Planeta en la noche del domingo. Según la editorial, el proceso de selección supera un primer filtro donde los equipos de lectura seleccionan 10 obras del total de las presentadas. No obstante, el jurado tiene acceso los informes de lectura y puede solicitar cualquier otra para incluir en la fase final.</p><p>Al final de la rueda de prensa de este sábado, donde el jurado y varios de los responsables del sello han ofrecido algunos detalles de esta edición, todavía resonaba la política. Los periodistas han querido saber si alguna de las más de 600 obras presentadas abordaba "el monotema". El escritor y editor Emili Rosales ha respondido que entre las candidatas hay "espacio para todos los géneros", pero que <strong>todavía no había llegado "el tema" a la literatura, </strong>aunque ya se palpa la expectación.</p><p> </p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 15 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Saila Marcos | Barcelona]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Una fiesta literaria en un polvorín político]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Editoriales de libros,Grupo Planeta,Libros,Literatura,Premios y galardones,Juan Marsé,El futuro de Cataluña]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El orgullo de ser analfabeto]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/opinion/columnas/verso-libre/orgullo-analfabeto_1_1145822.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p>Las sociedades de consumo y el capitalismo avanzado cultivan la <strong>miseria cultural</strong>. Es una tendencia que deteriora los valores de la sociedad democrática. Se trata de un mecanismo paradójico que están utilizando con mucha eficacia los poderes reaccionarios en su propio beneficio. Llaman a la participación del pueblo para diluir su representación en el griterío y para borrar la conciencia de clase. De este modo un millonario se transforma en<strong> líder de una regeneración</strong> o una causa popular confunde las opciones del dinero con el malestar de sus víctimas.</p><p><strong>Siempre hubo personas sin estudios</strong>. Pero las culturas tradicionales han sido durante siglos una herencia capaz de educar en comunidad. Las relaciones con la vida, el amor, la muerte, la memoria y el futuro dependían de un saber experimentado por los mayores, un saber con voluntad de entrar en las ilusiones y los miedos de los jóvenes. Si se piensa bien, los estudios y los libros son <strong>una parte más del relato de la comunidad</strong>, una ampliación de la experiencia de los iletrados. En este sentido, el elitismo <strong>no sólo es una indecencia</strong> democrática, sino una incomprensión del sedimento que sostiene la creatividad del arte y del estudio.</p><p>Pero la socialización que hoy lleva a cabo la telebasura liquida este sostén cultural de las tradiciones. Se acentúa<strong> su lado oscuro </strong>y se conduce la posible rebeldía a un lugar que tiene poco que ver con la conciencia de clase o con la sabiduría del resistente. Si la dinámica real de las nuevas estrategias de socialización depende sin filtros del imperio del dinero, la lógica sentimental impuesta se define por<strong> el narcisismo y los bajos instintos</strong>. Sólo así se explica la impudorosa exposición de las miserias privadas en los espacios públicos. Y sólo así podemos entender también un nuevo fenómeno: <strong>el orgullo de ser analfabeto</strong>. La sospecha que se proyecta hoy en la política, la democracia, el Estado, los funcionarios y los sindicatos, alcanza también al saber y a la cultura. ¿Qué me va a arreglar un político o qué me va a enseñar un sabio? <strong>A mí ya no me engañan</strong>. El narcisismo suele buscar una respuesta única en la indignación.</p><p>Las evidentes insuficiencias de un sistema que maltrata a las mayorías en beneficio de las élites no invitan ahora a su corrección, al arreglo de los problemas, sino a <strong>una negación general de lo establecido</strong>. El debate de la actualidad prefiere entenderse con las causas en vez de con los valores y las normas. Con una lógica propia de la telebasura, el vértigo de los bajos instintos sustituye los diálogos por escenas propicias <strong>al rumor, la calumnia y los gritos</strong>. La ley del más fuerte se disfraza para consolidar su rumbo con las banderas de la ruptura, la novedad y la determinación tajante. Como el cliente siempre tiene razón, se le pierde el miedo al mal y el respeto a las leyes. Y perderle el respeto a las leyes significa tanto no cumplirlas como <strong>dejar que se pudran vacías de legitimidad.</strong></p><p>La figura de <strong>Donald Trump</strong> representa bien las características y el alcance de esta realidad. Desde luego que <strong>Hillary Clinton</strong> no era un horizonte sin grietas, pero el orgullo del analfabetismo no ha sabido cambiar el agua sucia del barreño sin arrojar el cuerpo de la dignidad democrática por la ventana. El mal se ha sustituido por lo peor: fanatismo, machismo, prepotencia, mentira y todo tipo de enfermedades contempladas por el infierno civil.  No es un caso aislado. En Europa, la extrema derecha se olvida de la catástrofe que encarnó Hitler y <strong>vuelve con fuerza</strong> al parlamento alemán.</p><p>Gente orgullosa de su analfabetismo es la que ha salido a la calle de algunas ciudades para <strong>despedir con banderas de España </strong>a los guardias civiles desplazados a Cataluña. La irresponsabilidad de mezclar una bandera nacional con un conflicto social interno recuerda escenas propias del fascismo. <strong>Fraga Iribarne no necesita volver</strong>, porque nunca se ha marchado. En la otra orilla, hay también analfabetos orgullosos que en nombre de Cataluña<strong> maltratan los libros de Juan Marsé</strong> o las canciones de <strong>Joan Manuel Serrat</strong>, convertidos de la noche a la mañana en <strong>representantes del fascismo.</strong></p><p>En esta atmósfera resulta muy difícil un diálogo sereno entre personas partidarias del proceso de independencia de Cataluña y personas que prefieren una articulación territorial que no llegue a la ruptura. Ni siquiera pueden discutir en condiciones de cultura democrática los que apoyan o rechazan<strong> la celebración de un referéndum de autodeterminación.</strong></p><p>Resulta difícil, pero debemos negarnos a que la actuación del analfabetismo orgulloso protagonice las situaciones. Debemos memorizar o inventar otros tipo de actitudes y palabras que corrijan las escrituras del poder<strong> desde otra perspectiva y con un orgullo democrático.</strong></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Sun, 01 Oct 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Luis García Montero]]></author>
      <media:title><![CDATA[El orgullo de ser analfabeto]]></media:title>
      <media:keywords><![CDATA[Banderas nacionales,Fascismo,Hillary Clinton,Independentismo,Joan Manuel Serrat,Manuel Fraga,Donald Trump,Juan Marsé,Cataluña ante el 1-O]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El fantasma del cine Roxy]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/fantasma-cine-roxy_1_1142123.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/b4c3b6b9-df4b-4f04-9c5e-c17b226e2d0d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El fantasma del cine Roxy"></p><p><em>...ni mis sueños son muy razonables. En uno de ellos me encontraba en Sunset Boulevard, a la sombra de unos árboles, esperando un taxi amarillo para ir a almorzar. No aparecía ningún taxi amarillo, todos los coches que pasaban por allí eran de 1916. Y entonces me dije: "Es inútil que esté aquí de plantón esperando un taxi amarillo, puesto que estoy teniendo un sueño de 1916". Después de esta reflexión, me fui andando hasta el restaurante.</em></p><p>Alfred Hitchcock</p><p><em>El cine según Hitchcock</em>, por François Truffaut</p><p>És quan dormo que hi veig clar.</p><p>J. V. Foix</p><p>—Y a partir de esta escena —dijo el escritor—, en el preciso instante en que el enano cabezudo vestido de boy-scout parpadea nervioso e inicia su escalada político-montserratina hacia las cumbres de la patria con la mochila a la espalda, aclamado por el gentío que le arroja flores y calderilla, entonces es cuando aparece la pierna desnuda y luminosa de Ivy/<strong>Miriam Hopkins</strong> balanceándose al borde del lecho en sostenida sobreimpresión, a lo largo y ancho de toda la secuencia y en todos los planos siguientes, el muslo inmortal de la puta Ivy pendulando en la pantalla y en el subconsciente reprimido del pobre doctor Jekyll como una dulce amenaza venérea o como una romántica pesadilla de felicidad con su liga negra y sus chancros purulentos, perturbando así la clamorosa ascensión patriotera y floral de nuestro Honorable enano parpadeante, hasta que aparece la palabra fin.</p><p>—Estás loco —dijo el director.—Olvídalo, no pienso rodar ninguna de tus calenturas infantiles.</p><p>—¿Calenturas? Te estoy hablando de la patria tan soñada y anhelada.</p><p>—¿Con el doctor Jekyll y el muslo de una puta? No me hagas reír.</p><p>—Tranquilo. Nunca haré nada que pueda darte el menor gusto.</p><p>—Háblame del vagabundo bajo la lluvia, en la posguerra.</p><p>—Entonces concédeme un respiro y bebamos algo.</p><p>Empuñando sendos bolígrafos de punta fina, las caras tapadas con pañuelos negros como si fueran a atracar un banco o asaltar un tren (en realidad no pueden verse el uno al otro), colaboran por última vez el escritor de ficciones y el director de cine en el guión original de una película que no debería rodarse jamás, cuando, en una pausa moderadamente alcohólica, solicitada por el novelista, éste le evoca la época feliz de sus aventuras infantiles con la pandilla en los espesos y ardientes cines de barrio. Programa doble, No-Do y paja, recuerda:</p><p>Aquel tronante gallinero con bancos de madera y el palco lateral izquierdo cuya pringosa barandilla yo cabalgaba y espoleaba en la penumbra plateada, galopando disparando dentro y fuera de la pantalla al mismo tiempo estoy en Arizona con Destry/<strong>James Stewart</strong> y la guapa Frenchie/<strong>Marlene Dietrich</strong> con su peca junto a la boca y suntuosos párpados de seda advierte el peligro en el Saloon y le salva la vida a Destry rieles again interponiéndose entre él y la bala, muriendo en sus brazos vestida de puta del Oeste.</p><p><em>(Continúa Almudena Grandes.)</em><strong>Almudena Grandes</strong></p><p>Al llegar a ese punto, el escritor apura su copa, se levanta, anuncia que tiene que ir al baño.</p><p>Allí se mira en el espejo, levanta la cabeza hacia la ventana alta, pequeña, que deja ver un retal del cielo de Barcelona, y se asombra al descubrir la limpieza del azul en las alturas, muy por encima de la compacta nube de contaminación que asfixia las calles de la ciudad. Después, vuelve al espejo. Busca algún detalle, la forma de las cejas, el nacimiento del pelo, un gesto preciso que devuelva a sus ojos algo de luz, el brillo que los iluminaba a los catorce años.</p><p>No se llamaba Vargas. Ha decidido ya bautizarle con ese apellido rotundo, elegante, que evoca al mismo tiempo la delicadeza de los andaluces y la fuerza de los hombres íntegros, pero su verdadero apellido era García. Se llamaba Antonio García, aunque ese dato sólo es importante para él, o más exactamente, para el rostro del adolescente cuyo reflejo acecha en el espejo. Está seguro de que los muchachos del Lincoln Continental aprobarían su elección. Vargas le sienta mejor al personaje, y el director de la película nunca sabrá la verdad, no la entendería.</p><p>Mientras habla con ese cretino, prefiere envolverse en el chubasquero de Juanito Marés, cubrirse la cabeza con su capucha, evocar el mugriento resplandor del gallinero del cine Roxy, la humana pestilencia de los cuerpos sudorosos frente a la divina fascinación de la pantalla, el hogar de todas las diosas de ojos claros, piernas larguísimas, cinturas imposibles, que le salvaron durante un rato, todas las semanas, de la condena de hacerse hombre sobre la costra dura, despiadada, de esa herida purulenta que era la España del segundo año triunfal. Hasta ahí está dispuesto a llegar, ni un paso más. Nunca saldrá con el director del gallinero un domingo de febrero de 1941. Nunca le presentará a esa chica delgada y larguirucha, su piel tan pálida como si se lavara con lejía, que estaba apoyada en la barandilla del entresuelo del Roxy. Nunca le explicará que parecía esperar a otra persona, hasta que él pasó por su lado y le llamó por su nombre.</p><p>—Te estaba esperando. ¿Sabes quién soy?</p><p>Lo sabía y no lo sabía. Sabía que vivía cerca, en una casa baja, despintada, parecida a la suya. Sabía que su padre había perdido la guerra, como casi todos los padres de por allí, y que estaba ausente, muerto quizás, quizás en la cárcel. Sabía que era hija de una mujer avejentada y triste, como casi todas las madres de aquel barrio, que madrugaba mucho y sólo volvía del centro de la ciudad al atardecer. Sabía todo eso y era lo mismo que no saber nada, así que frunció los labios en una mueca escéptica que no consiguió desanimarla.</p><p>—Me llamo Anita. Vivo en la calle Verdi, un poco más arriba de la papelería, y quería hablar contigo porque… —se calló de pronto, miró a su derecha, luego a su izquierda, inclinó por fin la cabeza hacia él como si quisiera besarle y deslizó una pregunta en su oído—. ¿Tú sabes guardar un secreto?</p><p>Aquella pregunta, tan emocionante al menos como un beso, fue la puerta por la que Antonio García entró en su vida.</p><p>—¿Y por qué me cuentas todo esto?</p><p>Sus amigos le esperaban en la puerta del Roxy, muy intrigados por la conversación que sostenía con aquella chica tan pálida, que ya no era una niña pero aún lo parecía, su pecho plano, sus caderas lisas, las piernas llenas de pelos. Al principio, le habría gustado que fuera más guapa para presumir con ellos, habría podido inventarse una historia fabulosa, pero cuando Anita le habló del hombre que dormía en el Lincoln Continental del vertedero, la arruinada carcasa donde él y sus amigos habían jugado a los detectives tantas veces, comprendió que nunca podría inventar una historia mejor.</p><p>—Porque hay que ayudarle. Yo le llevo comida  de vez en cuando, pero si sigue durmiendo ahí le encontrarán, le detendrán… Y es un hombre muy bueno.</p><p>—¿Es tu padre? —se atrevió él.</p><p>—No —y los ojos de Anita huyeron de los suyos—. No es mi padre.</p><p><em>(Continuará Felipe Benítez Reyes.)</em><strong>Felipe Benítez Reyes</strong></p><p><em>*Juan Marsé es escritor y uno de los grandes narradores de la literatura española. </em><strong>Juan Marsé</strong><a href="http://www.megustaleer.com/libro/coleccion-particular/ES0152560" target="_blank">Colección particular</a><em> (Lumen, 2017) recoge ahora algunos de sus mejores relatos.</em></p><p>*Almudena Grandes es escritora. Su último libro, Los besos en el pan (Tusquets, 2016). </p><p><span id="cke_bm_361C"></span>  </p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 16 Jun 2017 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan Marsé | Almudena Grandes]]></author>
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