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    <title><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 111]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/los-diablos-azules-numero-111/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Los diablos azules número 111]]></description>
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      <title><![CDATA[El camal de los leones]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/camal-leones_1_1203152.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/45d31607-d28b-4351-a7b9-a9f4b72480a6_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El camal de los leones"></p><p>  </p><p><strong>El camal de los leones</strong></p><p>has llegado al camal de los leones</p><p>la chuma de estas moscardas talla 14</p><p>el olor de vino con que sirven los últimos bocados</p><p>las migas que arrojan a las larvas</p><p>¿adviertes la curtiembre?</p><p>retazos de todo tipo</p><p>como corresponde a las cadenas de depredadores</p><p>lagarto alce cebra</p><p>la mano ilegible de alguna gitana</p><p>piezas óseas para tallar</p><p>has llegado</p><p>alguna ramita de gacela queda por aquí</p><p>no la pises</p><p>el sol mostaza se evapora en la tierra</p><p>no hay ronquidos ni maullidos</p><p>es una cama de leones</p><p>apenas ronronean</p><p>los otros hocicos untados de sangre</p><p>duermen cerca del agua</p><p>cambian del fulgor al pardo</p><p>en su camal</p><p>tendidos bajo las moscas</p><p>esas cobijas de la bruma caliente</p><p>esa música inoxidable</p><p>los hay ocres     los hay color de ron</p><p>y sé que en el matadero hay carnívoros satisfechos</p><p>ha sido mi comarca esta</p><p>este mi espejismo</p><p>mi rodaje</p><p>y la noche está cayendo sobre los felinos</p><p>a ras de la hierba huraña ruge bajito tu leona</p><p>lame el recuerdo de la pata delantera</p><p>aún conserva -puedes ver- el juego de cuchillos</p><p>y almohadillas de las zarpas</p><p>mas ya no saldrá a tu encuentro</p><p>ha dejado un ojo destazando al búfalo</p><p>sus vértebras fueron la rueca de la tarde</p><p>los belfos que mordió</p><p>la última certeza de un manjar vencido</p><p>y vencedor</p><p><em>*Margarita Laso (Quito, 1963) es una de las más destacadas poetas ecuatorianas actuales.</em><a href="http://margaritalaso.com" target="_blank">Margarita Laso</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jun 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Margarita Laso]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El camal de los leones]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Poesía,Poetas,Los diablos azules número 111]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Las historias]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/historias_1_1159083.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/5979f791-3fe2-4e85-b1a9-6b0e05f2fd59_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Las historias"></p><p><em>Claudio López Blanco, de la librería Picasso de Granada, recomienda algunos de sus títulos favoritos de los últimos meses.</em></p><p>_________________________ </p><p><strong>La historiaElsa MoranteTraducción de Esther Benítez EiroaPrólogo de Juan TallónLumenBarcelona2018</strong><em>La historia</em></p><p><em>La historia </em>es un clásico del siglo XX y un referente para las actuales generaciones de escritores. El retrato de una familia humilde que resume los momentos más duros de la Segunda Guerra Mundial. Un día de enero de 1941, un soldado alemán callejea por el barrio de san Lorenzo de Roma, y en ese caminar sin rumbo, con unas copas de más en el cuerpo, el joven se topa con Ida, una maestra viuda y madre de un hijo, que vuelve a casa después del trabajo. Vemos a una mujer de mirada sumisa y caderas anchas, que no invitan a la seducción, pero el tiempo apremia. Al día siguiente el soldado se irá para siempre y cualquier abrazo le vale. El hombre sigue a Ida hasta el piso humilde que comparte con su hijo. La viola, luego sonríe como disculpándose, se fuma un pitillo, marcha y nunca más sabremos de él.</p><p>  <strong>El orden del díaÉric VuillardTraducción de Javier Albiñana</strong><em>El orden del día</em></p><p><strong>TusquetsBarcelona2018</strong></p><p>La obra ganadora del premio Goncourt 2017 es un relato inquietante acerca de los entresijos del inicio de la Segunda Guerra Mundial y la implicación de los empresarios en el ascenso de <strong>Hitler </strong>al poder. En febrero de 1933, en el Reichstag tuvo lugar una reunión secreta, que no estaba en el orden del día, en la que los industriales alemanes —entre los que se contaban los dueños de Opel, Krupp, Siemens, IG Farben, Bayer, Telefunken, Agfa y Varta— donaron ingentes cantidades a Hitler para conseguir la estabilidad que él prometía. Desde ese año, Hitler ideó una estrategia de cara a la comunidad internacional para anexionarse Austria «pacíficamente»; para ello, mientras se ganaba la aquiescencia o el silencio de primeros ministros europeos, mantuvo una guerra psicológica con <strong>Schuschnigg</strong>, el canciller austriaco, hasta que la invasión (un alarde del legendario ejército alemán, que ocultaba graves problemas técnicos) fue un hecho.</p><p>  <strong>VibratoIsabel MelladoAlfaguaraMadrid2018</strong><em>Vibrato</em></p><p>Compuesta en tres movimientos, <em>Vibrato </em>narra la vida de su protagonista a través de sus sentimientos más íntimos, y nos brinda una original iniciación a la música, a sus secretos y su enigmática belleza. Clara es la hija mayor de una pareja de la Resistencia chilena. Cuando tiene nueve años, su padre es declarado desaparecido por las autoridades. Apasionada estudiante de violín en el conservatorio de Santiago de Chile, Clara crece en un territorio hecho de música, violencia y silencios, junto a un hermano al que la música y la dictadura han vuelto loco, y con la sola compañía de una calavera llamada Gerundia. Cuando por fin llega a Europa para tocar en la Orquesta Sinfónica de Berlín se enfrentará a las partituras desconocidas de sí misma y del amor.</p><p>  ​​​​​<strong>La mujer singular y la ciudad​Vivian Gornick​​​​​Traducción de Raquel VicedoSexto PisoMadrid2018</strong><em>La mujer singular y la ciudad</em></p><p>Continuación natural de <em>Apegos feroces</em>, <em>La mujer singular y la ciudad</em> es un mapa fascinante y emotivo de los ritmos, los encuentros fortuitos y las amistades siempre cambiantes que conforman la vida en la ciudad, en este caso Nueva York. Mientras pasea por las calles de Manhattan, de nuevo en compañía de su madre o sola, <strong>Gornick </strong>observa lo que ocurre a su alrededor, interactúa con extraños, intercala anécdotas personales y piezas reflexivas sobre la amistad, sobre la a menudo irreprimible atracción por la soledad y sobre qué significa ser una feminista moderna. Estas memorias son el autorretrato de una mujer que defiende con ferocidad su independencia, y que ha decidido vivir hasta el final sus conflictos en lugar de sus fantasías.</p><p><em>*Puedes encontrar la librería Picasso en la calle Obispo Hurtado, 5, de Granada o en su página web.</em><strong>librería Picasso</strong><a href="https://www.librerias-picasso.com/" target="_blank">página web</a></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jun 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Claudio López Blanco (Librería Picasso)]]></author>
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      <title><![CDATA[El fantasma de Villa Medicis]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/fantasma-villa-medicis_1_1159077.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/55530748-7610-4630-bd2d-9680be847f1d_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El fantasma de Villa Medicis"></p><p><em>Cerramos este relato en cuatro entregas de Juan José Téllez, escritor y periodista autor, entre otros, de </em><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-paco-de-lucia-el-hijo-de-la-portuguesa/190548" target="_blank">Paco de Lucía</a><em> (Planeta, 2015).</em></p><p>_______________</p><p><strong>1. Las noches de la heroína</strong></p><p>Olor a dama de noche entre los setos del cuartel que brincaba rumbo al cine Fuentenueva: hasta las tantas del verano, viendo películas de piratas o de <strong>López Vázquez</strong> con <strong>Gracita Morales</strong>. Más allá, quedaba el caos. Al barrio de chabolas que bajaba la pendiente del secano le torcieron quizá irónicamente el Hotel Garrido. Hasta allí me encajaba yo para apandillarme con los de los pisos del sindicato y apedrearnos con los gitanos: “A las cinco en el llano del Calvario”, les retábamos. Y allí emprendíamos de pascuas a ramos nuestra guerra civil particular, con mañas de toda suerte, patadas, mecos, gargajos y puñetazos. De aquel entonces, conocí a Montoya, que cantaba bulería por lo bajini y calentaba que daba gusto el caballo para meternos un pico.</p><p>Estoy hablando de cuando palmaban los setenta. Ni se habían cargado a <strong>John Lennon</strong> todavía. A la carretera nacional le llamábamos El Secano, no me pregunten por qué. Y, en cierta forma y en algunos tramos, su asfalto gris que hervía en verano dividía dos Algeciras distintas; la de la gente de parné, o que aparentaba tenerlo, y la de los currantes, arracimados en barrios con casas de ladrillo visto sobre cañadas reales, como el de la Bajadilla donde yo vivía. De esa mitad del mundo, la de los desposeídos como decían algunos políticos con ganas de poseer, éramos Montoya y yo. Nos amigamos cuando aprendimos a dejar de darnos de hostias entre nosotros para darle los palos a los que tenían la manteca, la morterá, el fajo en el bolsillo y las entrañas de plasti.</p><p>Nos gastábamos el botín en el jaco. Un cinco por ciento de pureza, a ojo de buen cubero. El resto, matarratas o polvo de ladrillo. Yo siempre le había tenido jindama a las inyecciones pero me fascinaba el ceremonial con que el gitano preparaba la dosis: trincaba la cuchara, esperriaba el polvo por encima, lo mezclaba con agua y unas gotitas de limón y él decía que lo ponía al baño maría con su mechero bic de color naranja, que parece que lo estuviera viendo aún, tantos años después. Sobre aquella mezcla colocaba el filtro de un pitillo para quitarle la mierda antes de meterlo en la jeringa e hincárnoslo en un recoveco del patio Custodio, con cuidado de que no nos vieran algunos de los cuatro vecinos que quedaban allí.</p><p>También parábamos por Villa Medicis, el chalet abandonado que no quedaba muy lejos de la antigua Plaza de Toros, a la que habían demolido de la noche a la mañana para levantar un rascacielos que nunca llegó a construirse. Ahora el lugar donde se alzaba el coso donde tomó la alternativa<strong> Cara-Ancha</strong> y cantaba de vez en cuando <strong>Raphael</strong>, era un solar en donde alguna vez terminábamos entre los matojos cuando el mono nos empujaba a toda leche hacia las hipodérmicas como si en su punta metálica se abrieran las puertas del paraíso. El flipe era cantudo: te chutabas aquello y ya no eras tú, ni tu padre se había pirado con una golfa, ni la mama estaba coja de tanto limpiar escaleras ni había que hacer la mili por cojones ni nadie te negaba un curro de mierda con un salario de los de no salir de pobre nunca jamás. Vale que sintieras la boca seca y la piel como si te hubieras calentado demasiado con la estufa, pero flotabas en el aire y el sueño que sobrevenía era tierno, placentero, más como la caricia de una hermana que como la de una amante.</p><p>2. El calor del verano</p><p>A mi me alucinaba Villa Medicis, como un quiero y no puedo de palacio italiano, lleno de estatuas en cueros con las tetas perfectas y que no parecían tan hinchadas como las de las películas porno. La casa también era de cine, como si <strong>Clark Gable</strong> estuviera a punto de bajar por las escaleras y Escarlata O'Hara, como yo había visto en el Fuentenueva, estrujara un puñado de arena y gritase sobre un cielo rancio en <em>technicolor</em>: “A Dios pongo por testigo que no lograrán aplastarme. Sobreviviré, y cuando todo haya pasado, nunca volveré a pasar hambre, ni yo ni ninguno de los míos. Aunque tenga que mentir, robar, mendigar o matar, ¡a Dios pongo por testigo que jamás volveré a pasar hambre!". Eso mismo hice yo, pero nunca me fié de que Dios fuera a prestar testimonio por mí.</p><p>Aquel lugar llevaba abandonado una pila de años. Los jaramagos y las enredaderas estaban convirtiendo en selva a los jardines mientras unas cuantas palmeras observaban desde su cima la ruina del caserío, la techumbre rota, la humedad devorando lentamente a las paredes desde donde entre desconchones emergían papeles pintados antiguos o agujeros que alguna vez, en mis alucinaciones, confundí con el espejo de Alicia y pretendí cruzar por alguno de ellos hacia el remoto país de las maravillas.</p><p>De aquel verano recuerdo el calor pegajoso, el poniente empapando las camisas y aplatanándonos todavía más que la droga. Nos sacamos unas perras Montoya y yo mangando monederos en el autobús del Rinconcillo, atestados de familias que buscaban la playa como una bombona de oxígeno. El calorro se ponía a cantar a capela por <strong>Camarón</strong>, por <strong>Porrina </strong>o por <strong>Bambino</strong>, en plena bulla –“corazón loco, que aún la nave del olvido no ha partido, te estoy queriendo tanto que te estoy acostumbrando mal”— y yo aprovechaba el señuelo para meter la mano en los bolsillos ajenos o en las cestas cargadas de cubos y palas de plástico, por donde emergía de tarde en tarde una cartera que llevaba nuestros nombres.</p><p>Por entonces, los aires acondicionados estaban en las tiendas finas, como Galerías Villanueva o Almacenes Mérida, de donde birlamos más de una vez bañadores o calcetines y Pepe Rebolo nos pilló y a pesar de que estaba entrado en carnes nos estuvo persiguiendo hasta el final de la calle Tarifa. El resto de la ciudad era un zumbido de ventiladores o de enormes pericones con que las abuelas se abanicaban todavía al relente, en graves mecedoras o en sillas de enea con las que buscar aire fresco en las noches de calma chicha.</p><p>Montoya y yo merodeábamos por los garitos de moda, aunque en más de uno nos echaran a cajas destempladas. El Zero Zero me refiero, el de Nono Serrano; o el Chaplin y el Galería; el London, no. Cuando Montoya se ponía melancólico dejaba el flamenco y comenzaba a canturrear boleros de <strong>Moncho</strong>. Y venga más naves del olvido y más “para que sepan todos, a quién tu perteneces/con sangre de mis venas/ te marcaré la frente”, que se había aprendido de memoria de tanto poner a toda leche un casette en cuya carátula se veía al gitano catalán con una pinta de haber disputado el campeonato mundial de los pesos wélter. Mi colega no cantaba cosas de payos y a mi me daba igual, porque ya que hablaba poco me consolaba tenerlo al lado, como un transistor, mientras yo iba a mi rollo, soñando que actuaba con <strong>Jimi Hendrix</strong>, sin saber que andaba metiéndome en un laberinto del que no iba a salir nunca, aunque años después la cárcel me alejara de la heroína y terminara, quién iba a decírmelo, dando clases de lengua en un colegio privado, qué cosas tiene la puta vida, qué cosas. Y qué de vueltas.</p><p>3. Gritos en la espesura</p><p>Una noche, de buenas a primeras, cuando íbamos a buscar cobijo en Villa Medicis nos encontramos allí con un mogollón de chaveas, un gentío en el que también asomaban algunos puretones que no hacían más que referir que había fantasmas en el chalet, que había pertenecido a un médico o que se yo que había matado a su mujer o alguien se había cargado a alguien o vaya usted a saber qué cosas. Ruidos raros, decían. Las litronas de Cruzcampo y los porros pasaban de una mano a otra, mientras los automovilistas intentaban driblar al personal como si pretendieran meter más goles que <strong>Kempes</strong>.</p><p>Entonces llegó la pasma: “Abran paso, abran paso”. Dos lecheras. Cuando empezaron a pedir la documentación, Montoya y yo nos dimos a la fuga por La Vinícola, no fueran a trincarnos con algo ajeno encima y tuviéramos que pasar la noche en la trena.</p><p>Al día siguiente, todo quisque hablaba de los ruidos raros, de unos gritos agudos, como si estuvieran despellejando allí dentro a una muchacha. Pero yo sabía de sobra que allí no había ninguna sábana flotante, que me había tirado demasiadas noches dentro, aunque fuera en mitad de un nirvana, como para no darme cuenta de que si hubiera monstruos o fantasmagorías, ya nos habrían devorado de sobra porque lo habrían tenido fácil con dos pringados como nosotros.</p><p>Pero la gente, acabados los cines y cerrados los bares, no tenía nada que hacer. Y hacía un calor de cojones. Y nos aburríamos de lo lindo en aquel pueblo al sur, a donde empezaban a llegar a mansalva los moros con coches enormes cargados de chatarra, familia y bicicletas, con la intención de cruzar hacia Ceuta o hacia Tánger. Anduve en trapicheos con algunos de ellos a los que estafé vendiéndoles como buenos unos pasajes con fechas ya vencida. Teníamos dinero caliente pero no había donde gastarlo, ni un buga a mano para hacerle un puente y largarnos a Marbella. Así que en los callejones procuramos costo y más polvo blanco, que nos quedamos boquerones de lo caro que estaba. Montoya y yo volvimos sobre nuestros pasos, hasta aquel paradero del maldito Secano que volvía a concentrar a una muchedumbre.</p><p>El señor alcalde llegó con el jefe de los maderos y otro de la policía local, vestido de uniforme de gala y con el pecho cargado de entorchados, con más medallas que el equipo olímpico de Estados Unidos. Como quiera que fuese no tuvieron cojones de cruzar más allá de la cancela verde y mohosa por la que yo solía trepar como un gamo. Allí no se escuchaba ni pío, quizá también porque la basca no dejaba de chamullar y los vecinos estaban todos en los balcones o en las ventanas abiertas entre un estrépito de televisores y emisoras de radio a toda leche.</p><p>Las autoridades competentes le estaban preguntando al <em>Tozmi</em>, que era un majara que andaba por las calles, si era verdad que él había escuchado algo y él asentía que si, que si, señor alcalde, que hay ahí sustos, señor comisario. Le despacharon con una palmada en la espalda y cerraron un círculo para deliberar. Miraron a la multitud y contemplaron a lo más granado de cada casa: unos cuantos yonquis y porretas, un puñado de parados y demasiados ociosos como para permitir aquel jolgorio en el que no faltaban rojos ni sindicalistas, aunque también abundaban pasotas que ya habían dejado de creer en la democracia antes de tenerla del todo.</p><p>—Hay que coger el toro por los cuernos—, le oí soltar al jefe de los grises, a los que ahora habían vestido de marrón.</p><p>Lo cierto es que tendrían que haber preparado la estrategia porque en un santiamén estaban allí los antidisturbios, armados con sus porras de reglamento, los cascos de astronautas y uno de aquellos escudos que le habíamos visto a los romanos en Ben Hur o en Espartaco. Como se lo barruntara Montoya, al que le habían dado más palos que una estera desde que era un pipiolo, acertamos a escondernos en el Garaje América, no muy lejos de allí, en tanto que los maderos empezaban a aporrear a diestro y siniestro como si aquello fuera una huelga de Acerinox.</p><p>4. Las esperanzas muertas</p><p>Al día siguiente ya no hubo lugar para la calma. Empezaron a correr noticias sobre aquel disparate del que resultaron un sinfín de contusiones y heridas leves que tuvieron que ser atendidas en urgencias. En el zafarrancho, detuvieron a un panoli al que le cargaron el palo que Montoya y yo habíamos dado a una joyería céntrica y a dos objetores de conciencia que andaban fugados desde el mes de enero. Nosotros amanecimos en el garaje y tuvimos que najarnos a escondidas, no fueran a sorprendernos los mecánicos. A mi amigo le vi muy mala cara, pero había leído en unos versos raros que los suyos siempre tuvieron el color de las aceitunas. Me miré a un espejo y me di cuenta de que nos estábamos quedando más flacos que un Cristo.</p><p>Ese día, por la Acera de la Marina, empezaron a caer reporteros de Cádiz y Sevilla, atraídos por la noticia del espectro o por la de las cargas policiales. O por ambas. Ya se decía que podría ser un fulano que se disfrazaba para escapar del adulterio en alguna casa próxima. O un corsario cuya alma en pena buscaba un galeón desde el siglo XVIII. Me sorprendió escuchar al jefe de los policías locales contar en una radio que estaba convencido de que podía tratarse de algún OVNI porque el Estrecho era una zona caliente de avistamiento de platillos volantes.</p><p>Que quieras o que no quieras, de nada sirvió la paliza a porfía de la noche de antes. Nada más anochecer de nuevo, se oyó tremendo alarido entre la fronda que rodeaba a Villa Medicis. Quienes lo percibieron lo describían como un chillido de mujer, capaz de romper todas las cristaleras a un kilómetro a la redonda. Ya será menos, deduje, porque los cristales de alrededor estaban intactos. Los rostros de los testigos que se apiñaban en torno a las grabadoras de los informadores parecían demudados, como si en efecto hubieran oído voces y gemidos de ultratumba.</p><p>Entre una cosa y otra, a las once y media, ya había tantos cotillas como el día anterior. No faltaba tampoco quien llevara una nevera portátil cargada de fantas y de birras, o el vendedor de altramuces y de almendras en cuanto chapó su puesto frente al cine Delicias. Una hora más tarde, la concentración se había desbordado y la cola de curiosos inundaba la calzada, impedía el tráfico de vehículos y las fuerzas de orden permanecían quietas y paradas como si les hubieran ordenado que no movieran un dedo, ante la expectación que el caso empezaba a despertar en la molicie de un mes de julio donde los plumillas avariciaban serpientes de verano con las que llenar páginas de periódico y partes de la radio.</p><p>—Menos mal que no han venido las cámaras de televisión—, rezongó el alcalde, que reunió allí mismo al sanedrín de la víspera y a unos cuantos bomberos a los que encomendó que entraran en el recinto y buscaran el origen de aquellos gritos guturales.</p><p>"Espantosos, espantosos", repetía una señora rechoncha, como si hubiera escuchado a la muerte misma.Entraron los bomberos con un par de policías con las armas de reglamento y la jeta seria, como la que ponían cuando nos breaban en comisaría a los sospechosos habituales. La espesura dejó ver durante un largo rato los haces de luz de sus linternas y el silencio se contagió a la multitud que de repente parecía más callada que en misa, como si en vez de buscar aparecidos estuviera esperando en San Isidro a la recogida de la procesión del Medinaceli.</p><p>Al cabo de un par de horas, algunos ya estábamos perdiendo interés por la pesquisa aunque empezaban a cobrar fuerza las habladurías de que habían sido abducidos por extraterrestres o que todos fueron degollados por una loca que llevaba décadas allí emparedada en un pozo. Yo lo que tenia ganas es de meterme un pico en un sitio tranquilo y llevarme a Montoya a que me tararease algo mientras yo imaginaba que vivía en un sitio caro y limpio como los que aparecían en los telefilmes, que me echaba una novia como las estrellas de Hollywood, que el compraba a mi madre un abrigo de astracán. Entonces, regresaron. El público se empinó para ver qué ocurría y aguzó el oído por saber qué contaban. En las manos del jefe de los bomberos graznaba un búho, con sus ojos panorámicos poblando la penumbra, a la débil luz de las farolas de entonces.</p><p>Nos fuimos disolviendo lentamente, con la decepción escrita en la jeta de todos. Ya no tenía sentido aquel verano, ni volver de nuevo a entretenernos allí, maliciando que la magia aún fuera posible. Todo volvía a ser sórdido y gris, sin la chamba de algún prodigio. El alcalde empezó a estrechar manos como si estuviera en campaña electoral. Los uniformes se fueron con la seguridad de que pronto lucirían alguna nueva condecoración. Los periodistas acabaron la noche en un bar de putas, pero Montoya y yo al menos, volvíamos a estar solos en Villa Medicis.</p><p>Allí lo dejé para siempre, un par de semanas más tarde. No aguantó el Sugar Brown que nos vendieron unos guiris. Su corazón era grande, pero débil como un crío. Volvía a tener la cara de fiambre que le había visto antes de contemplarme tan delgado, tan fantasma de mí mismo, aquel amanecer tan raro en que me pareció un poema de <strong>Lorca</strong>. Tuve la decencia de cerrarle los ojos, de llegarme a la primera cabina y llamar a los municipales para que levantaran su cuerpo antes de que fuese mordido por las alimañas o por las leyendas. Hasta que años después salí del chabolo como un hombre nuevo y comprobé que Villa Medicis era ya una urbanización de medio pelo con sabor a mármol y aluminio, cada vez que pasaba junto a sus jardines asilvestrados, me parecía oír voces. Era Montoya cantando unos fandangos del marqués de Porrina:</p><p><em>Del convento las campanassi preguntan por quién doblandiles que doblando estánpor mis muertas esperanzas.</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jun 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Juan José Téllez]]></author>
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      <media:title><![CDATA[El fantasma de Villa Medicis]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Narrativa,Los diablos azules número 111]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[Sueños de emancipación y buena literatura]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/suenos-emancipacion-buena-literatura_1_1159074.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/22283523-5167-41e6-9180-2a2927cbb2c9_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Sueños de emancipación y buena literatura"></p><p><strong>Hijas de un sueñoGerardo Rodríguez Salas Prólogo de Ángeles MoraEsdrújulaGranada2017 </strong><em>Hijas de un sueño</em></p><p><em> </em></p><p>  </p><p>El volumen de cuentos <a href="http://www.esdrujula.es/libro/hijas-de-un-sueno/" target="_blank">Hijas de un sueño</a>, el primer libro de ficción de<strong> Gerardo Rodríguez Salas</strong>, profesor titular de Filología Inglesa de la Universidad de Granada, es un ejemplo de excelente escritura a partir de una lograda combinación entre temas clásicos y temas de reciente visibilidad social, a la espera de ser transformados en buena literatura.</p><p>El complejo registro <em>Hijas de un sueño </em>mezcla lo mejor de la tradición popular y de la impronta de nombres como <strong>Mansfield</strong>, <strong>Woolf </strong>o <strong>Lorca</strong>. La atmósfera de los cuentos es deudora asimismo del cine y en muchos momentos recuerda a <strong>Almodóvar</strong>. En la peculiar y lograda síntesis entre lo popular, la vanguardia y lo cosmopolita Rodríguez Salas parece seguir los ejemplos tutelares de Lorca en la poesía y el teatro y de <strong>Morente </strong>en la música.</p><p>Un pueblo ficticio, Candiles, con muchos elementos del espacio rural andaluz, es el escenario de casi todos los relatos. Se trata de una geografía literaria muy viva, de un personaje más en una variada galería. Los cuentos están protagonizados por mujeres que han conocido la Guerra Civil y la posguerra («Hijas de un sueño»), por Federico García Lorca (al que se le rinde homenaje, igual que a <em>Poeta en Nueva York</em>, en «No duerme nadie»), por un transexual padre de una niña fruto de una violación colectiva («Babel»), o por mujeres forzadas a abandonar sus casas y a esconderse para escapar a la violencia de sus maridos («Babel» o «Doce mariposas»). Temas durísimos –y precisamente por eso difíciles de tratar en la literatura– encuentran en <em>Hijas de un sueño </em>un tratamiento particularmente conseguido a nivel estético, igual que temas como la homosexualidad o la transexualidad.</p><p>La primera y escalofriante escena de «Babel», las palabras de los agresores en una violación colectiva, nos sonará por desgracia familiar después del proceso de «La Manada». En el mismo cuento asistimos a la ternura de Onofre, el transexual que antes fue la mujer víctima de la violación, para con su hija pequeña Nayla, y a su amor con Manolo en una Barcelona presentada como refugio de libertad. En «A vuelta de los sueños» se trenzan de manera muy sutil las voces y las huellas de Virginia Woolf, <strong>Rimbaud</strong>, <em>Orlando</em> e incluso <strong>Cortázar</strong>, por la especial meditación sobre el sueño y el otro lado de las cosas: «El sueño no soy yo a este lado; eres tú en el tuyo». En «La lámpara» hay un magnífico homenaje al cuento extraordinario de Katherine Mansfield «Casa de muñecas».</p><p><em>Hijas de un sueño </em>es una apuesta, ética y estética, por la buena literatura, por la literatura que nos acompaña y nos ilumina.</p><p><em>*Ioana Gruia es escritora y profesora de Literatura. </em><strong>Ioana Gruia</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jun 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Ioana Gruia]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Sueños de emancipación y buena literatura]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Narrativa,Los diablos azules número 111]]></media:keywords>
    </item>
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      <title><![CDATA[En menos de 500 palabras: 'Octubre, noviembre, diciembre']]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/500-palabras-octubre-noviembre-diciembre_1_1159068.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/be0063e6-4ce7-44ba-acf8-34868f1e9b21_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="En menos de 500 palabras: 'Octubre, noviembre, diciembre'"></p><p><strong>Octubre, noviembre, diciembre (1972)Ana BlandianaTraducción de Viorica Patea y Natalia CarbajosaPre-TextosValencia2017</strong><em>Octubre, noviembre, diciembre (1972)</em></p><p>Cuando el recién fallecido hispanista y traductor <strong>Darie Novăceanu</strong> (1913-2018) publicó en 1972 su hoy celebrada antología <em>Poesía rumana contemporánea</em> (Seix Barral), pocos lectores españoles o de cualquier otro país de Europa Occidental podían imaginar que en un libro de esas pretensiones faltaba quien, con el tiempo, iba a convertirse en una de las voces más representativas de la poesía rumana; y mucho menos saber que ese mismo año <strong>Ana </strong><strong>Blandiana</strong> (<a href="https://es.wikipedia.org/wiki/Timi%C8%99oara" target="_blank">Timișoara</a>, 1942), que es a quien nos referimos, iba a dar a la imprenta uno de sus libros más complejos, <a href="http://www.pre-textos.com/escaparate/product_info.php?products_id=1767" target="_blank">Octubre, noviembre, diciembre</a>, que suponía no solo un pulso con la gran literatura europea (<strong>Rilke</strong>, especialmente), sino también un elocuente gesto de disidencia.</p><p>Aquel libro, publicado ahora en España en traducción de <strong>Viorica Patea</strong> –autora también de un extenso estudio preliminar– y <strong>Natalia Carbajosa</strong>, se atrevía nada menos que a enunciar un ambicioso mito personal, que partía de una anécdota amorosa –un amor de verano: “Olor a cuerpo abandonado por el alma / Bajo el desvergonzado sol”– para elevarse a una consideración general de la realidad y de la posibilidad de trascenderla en un camino de búsqueda espiritual por el que la figura del Amado “al que nadie / Ha visto más que en el sueño, / Padre de las palabras dentro de mí” es sometida a un riguroso examen que supone la puesta en cuestión del sujeto poético y de la propia realidad circundante (“Al encenderse la luz dentro de mí / Oscurece alrededor”), anulada por la intensidad de la experiencia interior. El libro, como su nombre indica, se sitúa en los meses de otoño y se modula según los cambios que anuncian la llegada de la estación invernal, para terminar en una especie de fundido en blanco (“El sol eterno y ciego / Clavado en la nieve”) cercano al éxtasis místico y que se traduce finalmente en una experiencia de extrañamiento respecto al entorno inmediato (“Parto hacia el exilio dentro de mí, / Tú eres mi patria”), vía por la que la poeta alcanza finalmente a reafirmar, a su peculiar modo, su inconformismo.</p><p>Pero lo curioso es que este ambicioso programa no da lugar a un complicado poema de textura filosófica, en la senda que ya habían marcado Rilke o <strong>Eliot</strong>, sino que se plasma en una serie de poemas breves, musicales, llenos de sugerentes imágenes, de referencias a la naturaleza y de enunciaciones paradójicas (“Cuando te marchas / No sé quién de los dos se ha ido”) que permiten la expresión alada, ligera y transparente, de lo conceptualmente complejo.</p><p>Tal es el verdadero acierto de este libro rompedor, por el que Blandiana demostraba que su postura de disidencia buscaba la elevación, por el camino de la poesía, a las más altas esferas de la imaginación creadora. Conviene no olvidarlo, y más cuando el hoy unánime reconocimiento de la figura cívica de la poeta puede redundar en un cierto olvido de sus logros estrictamente literarios, que son el verdadero fundamento de todo lo demás.</p><p><em>*José Manuel Benítez Ariza es escritor. Su último libro es </em><strong>José Manuel Benítez Ariza</strong>Trilogía de la Transición<em> (Dalya, 2018).</em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jun 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[José Manuel Benítez Ariza]]></author>
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      <media:title><![CDATA[En menos de 500 palabras: 'Octubre, noviembre, diciembre']]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Libros,Literatura,Los diablos azules número 111]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[Detective, ayer; costurera, hoy]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/detective-ayer-costurera-hoy_1_1159064.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/ffdc7484-c035-4064-84a0-95ce3251e193_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Detective, ayer; costurera, hoy"></p><p><strong>Vengaré tu muerteCarme RieraAlfaguaraMadrid2018</strong><em>Vengaré tu muerte</em></p><p>  </p><p>Si en la novela se dice que cabe todo, en la llamada <em>novela negra</em> parece caber casi todo y un poco más... Por lo visto, la preocupación mayor de muchos de los periodistas culturales y de los críticos que se han ocupado de esta nueva obra de <strong>Carme Riera</strong>, ha consistido en centrarse primero, en su color; y, luego, en intentar entender por qué la autora ha vuelto al género ¿negro, policiaco?, si había asegurado que no volvería a hacerlo, tras la publicación de <em>Naturaleza casi muerta</em> (2012). La autora, armada de paciencia y con su socarronería característica, ha comentado entre burlas y veras que más que <em>negra</em> su obra es una <em>novela gris</em>, y “lo gris del negro es el humor”, ha matizado, calificación que parece haber tranquilizado mucho a sus interlocutores, al proporcionarles un llamativo titular.</p><p>La autora ha contado en varias entrevistas el largo proceso de gestación de esta obra: empezó a escribirla en el 2004, pero la dejó sin acabar; volvió a ella en el 2006, llegando a escribir 125 páginas, pero no consiguió concluirla hasta el 2017, tras haberla reformado un año antes. Pero estos casi trece años de gestación, en tres etapas, la ha obligado a ir adaptando los hechos a la realidad de una trama que se desarrolla ahora entre el 2010 y el 2016.</p><p>Sea como fuere, la novela, cuya acción transcurre durante la pasada crisis económica, se centra tanto en la intriga como en la crítica social (la corrupción, el maltrato machista a las mujeres, el tráfico ilegal, las falsificaciones, la pederastia, el chantaje y esas <em>cuarenta familias catalanas emparentadas</em> <em>entre sí</em> que gobiernan Cataluña desde la noche de los tiempos), con la ciudad de Barcelona al fondo, en el papel de secundaria de lujo, y viajes a Manresa, Tarrasa y Sitges. O sea, a la Cataluña profunda, a la –digamos— charnega y al refugio de los homosexuales europeos, respectivamente. Carme Riera continua así una tradición autóctona que podría arrancar con <strong>Francisco García Pavón </strong>(el padre de la protagonista, que fue guardia civil, procede de Tomelloso) y continuar con <strong>Vázquez Montalbán </strong>y <strong>González Ledesma</strong>. Del creador del detective Carvalho toma el gusto por la gastronomía, se habla de los canelones, las <em>delicatessen</em> del Tívoli, los bombones de La Farga (los mejores), las ensaimadas (las mallorquinas son las ricas), los cruasanes de la pastelería Foix de Sarrià, e incluso se incluye la receta del gazpacho verde (p. 248).</p><p>Quien habla en el título es la protagonista, la detective privada Elena Martínez Castiñeiras, dirigiéndose a su perro Jimmy (“no parar hasta vengarle”, p. 187), en un primer rasgo de humor que anuncia el que vendrá después, a pesar del trágico desenlace de tan apreciado animal. En lo que pueda tener de narración policiaca, es completamente atípica: la acción transcurre en Sarrià, un barrio elegante de Barcelona, y no en los bajos fondos de la ciudad; la pluriempleada Elena trabaja para la agencia Holmes & Holmes, a las órdenes de los Puigcercòs, y por cuenta propia; fracasa en sus pesquisas, propiciando la acusación de dos inocentes, encarcelados cuando concluye la acción, de modo que la culpa desempeña un cierto papel en el punto de partida y en desenlace de la historia. Al menos, Jordi y Blai son inocentes de lo que se les acusa, aunque tengan otras culpas quizá menos graves, pero no menos llamativas y molestas. Elena, decía, es una mujer separada de alrededor de 35 años, cuyo aspecto físico se nos describe en varios momentos (pp. 42, 82), como se retrata también a otros personajes, ya sea Solivellas (pp. 15 y 16) ya Blai (p. 54). En el terreno sentimental lleva las riendas de su existencia (véanse las relaciones que mantiene con el metrosexual Jaume y con Matías Montes), y se muestra feminista y defensora de los animales, sin demasiadas estridencias, aunque el apego que le muestra a su fox terrier resulte un poco ñoño, pues los lamentos que le dedica resultan reiterativos. Es hija de emigrantes gallegos, y su lengua, aunque hable catalán, es el castellano. No menos curioso y atípico es su cambio de oficio, cuando se aproxima el desenlace, dedicándose a la costura para ganarse la vida.</p><p>La novela, narrada por la protagonista (“quien escribe soy yo, en primera persona del singular femenino, sin desdoblamiento alguno”, p. 15), se nos presenta como la rememoración de un antiguo caso de la exdetective que no se resolvió de manera adecuada. Arranca la trama con la desaparación de Robert Solivellas i Pujolí, un pequeño empresario estrechamente vinculado al poder político nacionalista, cabeza de una pintoresca familia, compuesta por la esposa, Monserrat Bofarull, muy apegada a los dictámenes de la vidente Luz Segura, y sus tres hijos: Montsita, enamorada de un colombiano, que responde al reduplicado nombre de Guillermo William Jaramillo, con quien acabará casada, y residiendo en Bogotá, y Jordi, componente de una banda <em>punk</em>, de la que también forma parte un matón ridículo que lleva el nombre de Blai Puig, y la niña "chinita" adoptada, Elena Liu Solivellas. Casi todos los nombres y apellidos de estos personajes son simbólicos o arquetípicos y de rancio abolengo <em>catalanufo</em>, como diría un personaje de <strong>Marsé</strong>.</p><p>Esa voz de la protagonista es la que se impone en la narración, en un intento por contribuir a la exculpación de los injustamente acusados. Para ello, Elena, que no es una mujer culta, ni domina el lenguaje (“no soy muy buena literariamente”, confiesa, p. 18), se apunta a un taller de escritura. Esta distancia que se produce entre la voz de la narradora y protagonista, que utiliza frases breves, un lenguaje limitado (cae en buena parte de los tics y anglicismos a la moda del día, empezando por el ya parece ser que inevitable <em>evento</em>, sin que tampoco falten catalanismos) y se pierde en explicaciones prolijas, y el habitual de la autora, con su catalán de Mallorca y un peculiar estilo literario, de frase extensa y lenguaje rico y cuidado, es una de la mayores novedades y atractivos de esta novela. El caso es que lo único que ambas comparten son el barrio en que viven, en Sarrià, aunque en viviendas de diferente categoría (el piso de Elena se describe con minuciosidad, p. 23), y las convicciones feministas. Y a este último propósito, hay que recordar que la novela está dedicada a<strong> Montserrat Roig</strong> y a <strong>Rosa Montero</strong>, en el caso de esta última “por las batallas libradas y por la muchas que nos quedan por librar”. Tampoco me resisto a recordar que las dos vecinas de la detective se llaman Rosita <em>la Pastelera</em>, que es el apodo del político y escritor <strong>Martínez de la Rosa</strong>, y Rosita <em>la Pisa Bien</em>, remedando el mote de Enriqueta <em>la Pisa Bien</em> en <em>Luces de bohemia</em>.</p><p>Carme Riera le rinde homenaje a Vázquez Montalbán, no en vano casi al final reaparece la policía Manuela Vázquez, que ya conocíamos de su novela del 2012, recordándonos los asesinatos de la Universidad Autónoma de Barcelona, la muerte del escritor Vázquez Montalbán en Bangkok y sus aficiones culinarias. Y en cierta forma, también se homenajea a<strong> Juan José Millás</strong>, al convertirlo en el columnista preferido de la protagonista, y a <strong>Joan Sales</strong>, cuya novela <em>Incerta glòria</em> es justamente ponderada.</p><p>Tampoco escasea el humor, sobre todo al comienzo de la narración, y la sátira, salpimentados de una cierta burla, como ocurre en <em>el caso de los caganers </em>(la figura de un hombre en posición de evacuar que suele colocarse en el belén, a menudo se trata de personajes famosos, como ocurre en este caso: <strong>Pujol</strong>, <strong>Maragall </strong>y <strong>Carod Rovira</strong>); figuritas que no solo desempeñan un papel en la trama, sino que también le sirven a la autora para reírse de ciertas costumbres locales. Aunque, por el contrario, aproveche la ocasión para defenderlos de ese tópico que les ha caído encima: <em>l'avara povertà di Catalogna</em>, tal y como se lee en la <em>Comedia</em>, de <strong>Dante</strong>. Por otra parte, cuestiona el glamour del trabajo como detective (p. 51), se burla de la labor de los psicólogos (p. 59), e incluso aparece un guiño a ciertas peculiares aficiones amorosas de Gimferrer, presentes en su poesía (p. 207).</p><p>Como es habitual en nuestra autora, la novela se ha publicado simultáneamente en catalán y castellano, siendo suyas ambas versiones, y en cierta forma originales, aunque se la suela considerar como perteneciente al sistema literario catalán. Nacionalistas feroces aparte, cada vez más numerosos, me parece que los lectores catalanes apreciarán mejor las reticencias dedicadas a algunas costumbres locales o las alusiones a los casos de corrupción (por ejemplo, <strong>Javier de la Rosa</strong> fue condenado por el caso Gran Tibidabo, que aquí pasa a ser el señor De la Flor y Tibidabo Asessors, p. 33). Los lectores del resto de España no sé si conseguirán captar, espero que sí, las sutilezas que destila esta obra sobre la vida catalana en estos últimos años, que ya anunciaba la putrefacción actual. El caso es que de haberse acercado más al presente, cosa que la autora ha declarado que no hará, los <em>caganers</em> habrían podido reproducir los rostros de <strong>Junqueras</strong>, <strong>Forcadell</strong>, el majareta de <strong>Puigdemont </strong>y el racista y xenófobo <strong>Torra</strong>. Pero esa sería otra novela que todavía está por escribir.  </p><p><em>*Fernando Valls es crítico literario y profesor de Literatura.</em><strong>Fernando Valls</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jun 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Fernando Valls]]></author>
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    </item>
    <item>
      <title><![CDATA["¡Sé justo!"]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/justo_1_1159061.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/888e71ab-5878-4548-98db-ddeddd6aa101_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt=""¡Sé justo!""></p><p>Hace algún tiempo, mientras escribía un artículo sobre la diferencia entre la guillotina y las formas actuales de cumplimiento de la pena de muerte, recibí de un buen amigo el consejo bibliográfico más acertado que hubiera podido encontrar. Se trataba del conocido relato de <strong>Franz Kafka </strong>titulado <em>En la colonia penitenciaria</em>.</p><p>Kafka escribió <em>In der Strafkolonie </em>en el verano glorioso y terrible de 1914, en los inicios de la Guerra mundial, y justo cuando se estaban reclutando jóvenes austriacos para la contienda. A comienzos de ese mes de agosto, Alemania había declarado la guerra a Francia. Y en efecto, llevó a cabo su amenaza e invadió Bélgica con la vista puesta en París. Como consecuencia de este avance, el Reino Unido declaró la guerra a Alemania. Las grandes potencias se preparaban para instaurar mediante la guerra un nuevo orden del mundo. Franz, aparentemente al margen del acontecer y sumergido en la tristeza por la separación de Felice, registraba sin embargo la inquietud latente de sus coetáneos. Lo hacía de manera peculiar en las páginas de su diario. En una anotación de 6 de agosto de 1914 se lee:</p><p>  </p><p> Y más adelante:</p><p>Cuando escribía esta dramática reflexión sobre la confrontación del hombre con la muerte, apenas si habían pasado dos meses desde que comenzara <em>El proceso</em>. El carácter dramático se une <em>En la colonia penitenciaria</em> a un modo extraordinario y descarnado de tratar el carácter irracional de la ley. Ley no sólo como letra, sino como letra inscrita en el cuerpo, como deuda simbólica.</p><p>El acto narrado: la ejecución de un soldado que contravino la orden de permanecer vigilante frente a la puerta de un oficial. El motivo no justifica ningún rigor, pues dicha vigilancia se sostiene en la aburrida rutina y no en el peligro. Pero, la ejecución que sanciona esta negligencia no es en el relato el simple cumplimiento de la voluntad arbitraria de un déspota.</p><p>La ley une aquí un misterioso goce con la muerte. Este anudamiento entre satisfacción del deseo y la muerte sugiere límites y fronteras, que son barridos por la guerra: "un mandato absoluto de muerte y de pérdida del suelo moral". La irracionalidad no aboca en un horizonte abierto al desamparo, por el contrario se despliega previsible, infinita y repitiendo la misma forma absurda e irracional. La repetición y la falta de<em> resistencia</em> humana dejan manos libres al goce depredador de una ley que marcha sola, sin el punto sagrado de la <em>religio, </em>esa <em>estancia subjetiva</em> que forma comunidad.</p><p>En la aplicación limitada de este dictado, una maquinaria (<em>ein eigentümlicher Apparat</em>) engulle los cuerpos, los disecciona, los analiza, los intercambia, los reduce a cuerpos abstractos sin savia vital, para acabar con lo que tienen de inesperado halo vital y con cualquier rasgo de individuación en la memoria de los otros. Los cuerpos, al expirar, abandonan su materialidad histórica para convertirse en signos ilustrativos de un dictado legal que, en su cumplimiento, gira sobre sí mismo.</p><p>Por eso, el tema del absurdo no es aquí antojo literario, sino premonición perspicaz de la guerra. Cuando escribió el autor este relato, la violencia palpitaba en carne viva. Los ideales patrióticos cobraban su deuda en las trincheras. Contra la simpleza de su imperativo, la vida era herida y, mediada la guerra, la literatura hubo de mitigar la ausencia de remedio. En su aparente distanciamiento, Kafka recoge esta inquietud, para mezclar el tiempo milimetrado del sufrimiento con la sucesión vertiginosa de la trama urdida.</p><p>Un recién llegado, el "viajero-explorador", invitado circunstancial<em> en la colonia</em>, es arrastrado hacia la encrucijada de una decisión límite. De un lado, la civilización le fuerza a tomar partido por la eliminación de este tipo de ejecución. Pero le compromete, no tanto por el daño infringido, cuanto por lo ostentoso del dispositivo. Por otro lado, una fuerza opuesta se opone a ese llamado hipócrita contra la violencia. Es el <em>pathos</em> alcanzado por la súplica resignada y por las explicaciones llenas de sentimentalidad del verdugo, el "oficial". Esa <em>sentimentalidad sumisa, propia del lazo imaginario, </em>le empuja hacia una mayor comprensión —casi cómplice— de los ideales de éste consecuente cumplidor de la ley.</p><p>El "viajero" —juez sin nombre en el relato—, observador de un territorio absurdo localizado en una isla del Trópico, encuentra ante sí una <em>colonia penitenciaria</em> regida por un despotismo frío y calculador. Una tradición instaurada por un viejo "capitán", quien dejó su particular legado. El cumplimiento de este mandato impone el ejercicio brutal, aunque no exento de una compasión humana y sin sentido a la vez.</p><p>El "oficial" ha prestado cuerpo a esa voz. Mientras tanto, la metrópolis, lejana e indolente, se queja con la boca pequeña y sólo pretende que no le salpique la sangre de los ajusticiados. El viejo "capitán" dejó al morir su peculiar herencia: una máquina capaz de ejecutar a los reos de una manera espectacular y terrible. La máquina en cuestión posee un sofisticado mecanismo y requiere para su manejo una destreza fuera de lo común. Sorprende en ella la fina calibración de sus piezas y la precisión con que ha sido diseñada, para hacer las marcas en el cuerpo. La precisión llega al punto de convertir un brocado de grafías talladas —un repertorio de sentencias morales— en profundas heridas tatuadas por las que se desangra el desgraciado suplicante. Sangre, sufrimiento, pero también grafía, historia.</p><p>En el dispositivo todo está previsto. El suplicante no puede hacer oír su queja por estar amordazado. La muerte sin voz, con mordaza de algodón, muere milímetro a milímetro sin dejar en el presente más que un hilo de escritura expuesta al viento, como esos que dejan las pateras en el mar al naufragar anónimas cerca de nuestras costas.</p><p>Dispone este aparato además, de dos partes bien diferenciadas en su diseño; una fija, sobre la que reposa el infeliz privado de todo movimiento, y otra móvil, bien activa, que, provista de una <em>rostra</em> en conexión con una plantilla de gráficos, baja lentamente hacia su cuerpo. Al llegar la <em>rostra</em> a éste, inscribe en él todo el repertorio de sentencias grabado en la plantilla, en realidad solo una frase: "¡Sé justo!" ("<em>Sei gerecht!"</em>)<em>. </em>Cuando el dorso del cuerpo está ya <em>escrito</em>, un mecanismo lo hace girar, para concluir por la otra cara el dictado. Todo el cuerpo debe quedar observado y tallado.</p><p>El dispositivo fascina de tal modo a este oficial heredero, que consagra su vida a la compleja tarea de hacer funcionar tan maravilloso ingenio. El fiel cumplidor mima sus resortes evocando el espectro de su mentor, prepara cuidadosamente las plantillas de inscripciones y, con una constancia digna de elogio, busca, día tras día, reos —inocentes o no— para saciar aquellas fauces de acero y lenguaje. Naturalmente, siguiendo el más puro estilo kafkiano, sin que los ajusticiados (como aquellos reclutas austriacos) tengan previamente conciencia alguna de su delito ni del destino que les espera.</p><p>Uno de estos reos, el que constituye el núcleo del relato, va a sufrir el ataque salvaje de la máquina en presencia del "viajero". La sórdida violencia avanza en silencio. El "oficial" explica detenidamente al "viajero" todo el prodigio técnico aplicado a la justicia. La fascinación por la eficiencia técnica obstruye todo otro constructo. Por su parte, el recién llegado de la metrópoli va iniciándose en la complejidad de "un mundo moral, en el que la eficacia está por encima de cualquier otro valor", Kafka anticipa el signo "moral" de la modernidad muy distante del añorado por <strong>Mann</strong>. El "viajero" ve que ha llegado demasiado lejos y que su mala y vieja conciencia humanitaria gravita sobre la escena. La máquina va a devorar a su víctima. Las agujas ya han llegado a la carne y los monstruosos dientes se disponen a morder de nuevo el cuerpo. Este cuerpo, carne y sangre de sacrificio, se va a convertir a su muerte en una suma desigual: una gloriosa superficie de inscripción para el mandato del espectro del “Capitán”, más una vida desechada, olvidada.</p><p>El "viajero" tal vez piense en ese momento que la técnica podrá resolver el problema humano, solucionarlo con sus determinaciones. Pero esta implacable producción de soluciones desde la técnica, requiere una condición fatal: poder determinar el valor exacto de una vida. Lo que mueve la técnica son relaciones humanas, y si sobre estas se impone la determinación técnica… Pero, el tiempo que marca el cumplimiento del destino se detiene, y ya es demasiado tarde para todos. La mala conciencia no quiere más sangre porque brilla demasiado y no permite el limpio olvido, y el "explorador" así lo hace saber. Ante este ultimátum, el "oficial" ha comprendido por fin, que su rito no podrá volver a cumplirse y, por ende, que su vida no posee ya sentido alguno. La insignificancia de su vida se ha equiparado con la del reo. El olvido y la nada están muy próximos.</p><p>En un gesto de coherencia pasmosa, vemos al "oficial" liberar al condenado y precipitarse él mismo en la máquina sangrienta. En un momento de lucidez salva la diferencia, la vida y se entrega a la muerte. Herencia y heredero sucumben como animales remotos en un abrazo de sangre y acero. El cuerpo despedazado de uno y otra dejan atrás su peculiar <em>eticidad</em>, presentando al lector el primer plano de la victoria de la metrópoli con su "no querer saber nada de la muerte".</p><p><em>*Sergio Hinojosa es profesor de Filosofía.</em><strong>Sergio Hinojosa</strong></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jun 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Sergio Hinojosa]]></author>
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      <media:title><![CDATA["¡Sé justo!"]]></media:title>
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      <media:keywords><![CDATA[Escritores,Literatura,Narrativa,Los diablos azules número 111]]></media:keywords>
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      <title><![CDATA[El camino del perdón]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/camino-perdon_1_1159059.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/9ac8d798-87df-43ad-8c4b-467f7d71ec85_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El camino del perdón"></p><p>Hay que ser un narrador extraordinario para construir un personaje inolvidable como la protagonista de <a href="https://www.megustaleer.com/libros/madre-que-ests-en-los-cielos/MCL-003639" target="_blank">Madre que estás en los cielos</a>, Julia Bertolini. Y <strong>Pablo Simonetti</strong> lo consigue mediante un instrumento narrativo difícil y lleno de riesgos: la voz de Julia volcada en una evocación escrita por ella misma al hilo del oleaje de la memoria.</p><p>  </p><p>Así, recupera sus recuerdos de hija y nieta de una familia italiana que emigró a Chile bajo las amenazas de la Segunda Guerra Mundial y prosperó en su nuevo país entre convulsiones políticas y desafíos vitales y sociales; de esposa de un hombre gobernado por sus encorsetados conceptos sobre la familia, las masculinidad y la paternidad; de madre de cuatro hijos, ya adultos, y tan diferentes entre sí, a los que ha intentado proteger en todo momento, con sus aciertos y sus errores, muchas veces descaminada a pesar –o a causa– de la seguridad que le da la firmeza de su amor maternal, pero siempre atenta a sus obligaciones guiadas por ese amor. Alentada por una dura, valerosa y lúcida decisión que ha tomado a pesar de las indicaciones de sus médicos y de la desolada incomprensión de sus hijos, emprende ese recorrido por los recuerdos de lo vivido, por todo lo que le hirió, la hizo feliz, la desconcertó, la reconfortó y le permitió ir descubriendo en sí misma y en los demás todos los pliegues y repliegues del difícil oficio de vivir. Y todo, como ella reconoce, para pedir perdón y para merecerlo.</p><p>Pero el camino del perdón está lleno de obstáculos que es preciso no slo descubrir, sino comprender para afrontarlos con la entereza precisa. Julia Bertolini es una mujer de una admirable y conmovedora honradez emocional, libre de la menor debilidad autocompasiva, consciente de sus equivocaciones y también, desde luego, de sus actos y gestos de generosidad y entrega. Sabe no enmascarase frente a lo que es y lo que ha sido. Es hija de su tiempo y de su educación, incluso de sus prejuicios, pero también de su capacidad de aprendizaje cultural y sentimental. Pablo Simonetti consigue construirla para el lector de afuera adentro o, si se prefiere, desde el relato mecido por el vaivén de la memoria a los cimientos del carácter y el corazón del personaje. Para ello, en determinados momentos de la narración familiar, sobre el todo de los más alejados, hace que Julia prefiera rehuir, por ejemplo, el testimonio literal y fechado de las cartas que su hermano Joaquín lleva mandándole regularmente durante cuarenta años desde Arizona, o en las de su hijo Andrés, el homosexual que se sabe repudiado, y opta por que se apoye solo en el contenido evocado en ellas para perfilar los acontecimientos familiares y personales que salen al paso en este recate de los haberes y las deudas vitales. Con recursos como este, y en otros como el uso muy sabio de la arquitectura temporal, Pablo Simonetti logra una agilidad y una fluidez y una hondura ejemplar.</p><p>En la vida de todo hombre y toda mujer hay secretos, en la historia de toda familia hay episodios oscurecidos por el afán de mantener el sosiego, la bonanza y la respetabilidad. Desentrañarlos y dignificarlos es una hazaña que Julia Bertolini no habría conseguido cumplir sin el talento narrativo y estilístico de Pablo Simonetti.</p><p><em>*Eduardo Mendicutti es escritor. Su última novela es </em><strong>Eduardo Mendicutti</strong><a href="https://www.planetadelibros.com/libro-malandar/265779" target="_blank">Malandar</a><em> (Tusquets, 2018). </em></p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jun 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Eduardo Mendicutti]]></author>
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      <title><![CDATA[Pablo Simonetti por Pablo Simonetti]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/pablo-simonetti-pablo-simonetti_1_1159054.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/3b564715-8873-410a-9bfd-c7d6b4e19826_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Pablo Simonetti por Pablo Simonetti"></p><p><em>En los veranos de 2003 y 2004, Pablo Simonetti (Santiago de Chile, 7 de diciembre de 1961) se encerró en su "cuarto propio" particular para escribir la que sería su primera novela, </em><a href="https://www.megustaleer.com/libros/madre-que-ests-en-los-cielos/MCL-003639" target="_blank">Madre que estás en los cielos</a><em>. La que terminó siendo su consagración literaria tenía que ver con la pérdida de su propia madre, tras una enfermedad fulminante, unos años antes, y de la que nacería su Julia, la protagonista de aquel debut, "una mujer honesta, bienintencionada, movida por los principios éticos que heredó de sus padres y las enseñanzas de su religión, y que al mismo tiempo estaba profundamente equivocada". Ahora que Alfaguara reedita la novela, el escritor se interroga sobre aquel trabajo que sigue marcando su carrera. Continuamos así con esta serie, en la que han participado autores como Eduardo Mendicutti, Andrés Neuman o Teresa Gómez.</em><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2018/04/06/autoentrevista_eduardo_mendicutti_81382_1821.html" target="_blank">Eduardo Mendicutti</a><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2018/04/20/andres_neuman_por_andres_neuman_81914_1821.html" target="_blank">Andrés Neuman</a><a href="https://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/2018/05/25/teresa_gomez_por_teresa_gomez_83197_1821.html" target="_blank">Teresa Gómez</a></p><p>_______________</p><p><strong>Pregunta. ¿Cómo esperas que los lectores de hoy reciban esta historia, contada por una mujer nacida en los años 20 del siglo pasado?</strong></p><p><strong>Respuesta</strong>. Los lectores encontrarán en la familia de Julia Bartolini rasgos de sus propias familias. Las madres verán representados sus miedos respecto de sus hijos y los hijos verán representados sus rencores respecto de sus padres. El motivo principal de la novela, la forma en que el secreto y la negación modelan la parte visible de la vida en común, sigue marcando la vida de las familias. La dificultad de los padres para aceptar la identidad de sus hijos, y de los hijos para comprender las decisiones de sus padres, es un viejo motivo literario y, a la vez, siempre nuevo. Y como las familias han sido siempre un buen espejo de las sociedades a las que pertenecen, los lectores encontrarán también una historia subliminal de Chile, con especial acento en cómo se ha ido ampliando, con dolor, el espacio de lo legítimo.</p><p><strong>P. Mencionas en el prólogo que esta novela te hizo escritor. ¿De qué forma?</strong></p><p>  </p><p><strong>R</strong>.<em> Madre que estás en los cielos</em> me enseñó a confiar en que hay otra vertiente, aquella que te lleva a concluir una novela, la que te abre por completo el panorama después de subir y bajar durante meses o años, como en un cruce de cordillera. Cuando los tres arcos temporales del relato adquirieron la firme unidad de sentido que se fragua hacia el final, supe en qué consistía terminar una novela. Hoy, gracias a esa confianza, cuando empiezo a escribir una novela, no me amedrenta el no saber con precisión qué estoy contando y por qué lo estoy haciendo.</p><p><strong>P. ¿Cuál es esa unidad de sentido?</strong></p><p><strong>R</strong>. La marginalidad interior de los tres protagonistas: Julia es la principal, pero están sus hijos, Andrés y María Teresa. Cada uno a su manera se siente rechazado por su mundo de pertenencia. Y la madre que tanto quiso evitarles a sus hijos el sufrimiento de la marginalidad, termina aprendiendo de ellos que la manera de no sufrir no es esconder el origen de esa marginalidad, negarla, controlarla, sino aceptarla y enorgullecerse de ella.</p><p><strong>P. ¿Fue difícil escribir en primera persona femenina, con la voz de una mujer de otra época?</strong></p><p><strong>R</strong>. Yo tenía a mi haber el acervo verbal de mi madre, y me bastaba pasar las frases que me venían a la mente por ese velo transformador –con sus expresiones coloquiales, sus arcaísmos y giros expresivos–, para que se convirtieran en frases escritas por ella. Más trabajo me tomó suponer las intenciones de una madre, componer los matices de su comportamiento, darles significado a sus gestos y acciones. Pero no era para nada un mundo extraño para mí, sino lo contrario, me encontré en tierra hospitalaria.</p><p><strong>P. De la pregunta que nunca me escapo, y no veo por qué tendría que escabullirme de ella en esta ocasión, es cuán antobiográfica es la novela.</strong></p><p><strong>R</strong>. Los conflictos de Julia con sus padres; la incomprensión de Julia y su marido respecto de la personalidad y las elecciones de su hija María Teresa; el choque del amor y la desconfianza en la relación de Julia con su hijo Andrés, son conflictos que nos tocó vivir como familia. Si de una célula se tratara, el núcleo de la novela responde a esos conflictos. El contexto social, cultural, político, religioso fue en el que estuvimos inmersos. Es decir, la membrana de la novela también es autobiográfica. Sin embargo, el plasma celular, la forma en que ocurrieron las cosas, las situaciones que se cuentan en las páginas de <em>Madre que estás en los cielos</em>, incluso los destinos de los personajes, no corresponden a la vida real. Las escenas y pasajes los concebí literariamente, perfilándolos de manera que respondieran con todo su poder narrativo al sentido de la novela. Hay muchos ejemplos, y desde la primera escena en adelante es el escritor quien está al mando, sin un apego particular a cómo ocurrieron las cosas en la vida real.</p><p> <a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a><a href="http://www.infolibre.es/noticias/los_diablos_azules/portada/" target="_blank"> </a></p>]]></description>
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      <pubDate><![CDATA[Fri, 01 Jun 2018 04:00:00 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Pablo Simonetti]]></author>
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      <media:title><![CDATA[Pablo Simonetti por Pablo Simonetti]]></media:title>
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