<?xml version="1.0" encoding="UTF-8"?>
<rss xmlns:media="http://search.yahoo.com/mrss/" xmlns:dc="http://purl.org/dc/elements/1.1/" xmlns:atom="http://www.w3.org/2005/Atom" version="2.0">
  <channel>
    <title><![CDATA[infoLibre - Viajes literarios]]></title>
    <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/temas/viajes-literarios/]]></link>
    <description><![CDATA[infoLibre - Viajes literarios]]></description>
    <language><![CDATA[es]]></language>
    <copyright><![CDATA[Copyright infoLibre]]></copyright>
    <ttl>10</ttl>
    <item>
      <title><![CDATA[Praga. Mi próxima patria chica]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/praga-proxima-patria-chica_1_2050610.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/aeab563b-e840-4e05-b7c7-41e3efc6c809_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Praga. Mi próxima patria chica"></p><p>Es curioso cómo <strong>un simple comentario</strong> puede hacerse más célebre que el resto de tu legado. <em><strong>Rojo y negro </strong></em>está considerada una obra maestra de la literatura universal, pero lo primero que suele venirme a la mente al nombrar a Stendhal es el síndrome, ese malestar físico abrupto que se sufre tras ser testigo de una<strong> belleza extrema. </strong>Stendhal lo padeció en la basílica de la Santa Cruz de Florencia. Yo he tenido muchos <em>stendhalazos</em>, gracias a Dios, pues me mudé mucho, una vez al año, y viajé bastante. En 2021, por ejemplo, <strong>sufrí decenas de síncopes por vivir en el centro de París aquel año,</strong> experiencias que compartía con el propio Stendhal. La casualidad quiso que su tumba estuviera a menos de doscientos metros de mi casa. Yo vivía en Montmartre, en la <em>rue d’Oslo</em>, y a espaldas de esta se encuentra el cementerio del barrio. <strong>Me echaba junto a su tumba, con cuidado, y le contaba esas experiencias.</strong> Naturalmente, no solo lo visité con este fin, pues no se lo habría tomado a bien. También empecé la lectura de <em>Le rouge et le noir </em>en francés frente a su lápida. Nunca lo terminé. <em>Desolé! </em></p><p>En cualquier caso, este artículo no surge como necesidad de exponeros mi relación con Stendhal, sino como <strong>confesión.</strong> Voy a compartir con vosotros el lugar que me ha provocado el mayor <em>stendhalazo </em>hasta la fecha, uno que nunca se me manifestó, en ninguna de las repetidas ocasiones, en forma de taquicardia, como al francés, sino en mareos que me obligaban a tener que cerrarme los ojos con los dedos y descansar la vista; <strong>a posar el rojo en el negro.</strong> Un <em>stendhalazo </em>que no brotó frente a un solo monumento o lugar, sino en todo el callejero de una ciudad: <strong>Praga.  </strong></p><p>Es probable que no sea muy original, pues esta ciudad embelesa a todo el mundo. <strong>Es mágica, es contundentemente bella, es especial y es notable su encanto.</strong> <em>Praga mágica </em>lleva por nombre, no de forma azarosa, el maravilloso libro que escribió el ensayista Angelo Maria Ripellino (Siruela, 2023). Pero una cosa es que te guste una ciudad para visitarla y otra es querer <strong>habitarla, pisarla, fundirte en ella, </strong>dormir en sus entresuelos, desaparecer en los bosques aledaños y hacer que tu cuerpo se alimente solo a base de <em>guláš</em>, carpas bañadas en mantequilla y sopas de ajo con patatas. ¡Y yo quiero todo eso y más! <strong>Quiero fundirme con la ciudad y llegar a quererla. </strong>Me ha pasado siempre que mis grandes amores no han sido hombres, sino ciudades. Y esta es una firme pretendienta. </p><p>Praga es la ciudad más melancólica que he visitado nunca. En sus laberínticas calles se mezclan edificios medievales y góticos, renacentistas, barrocos, neoclásicos, modernistas y decadentistas, y no son falsas reconstrucciones o cáscaras huecas de fachadas suspendidas e interiores reconstruidos, <strong>sino escenarios reales de otras épocas. </strong></p><p>Que se haya mantenido casi de una pieza desde hace tantos siglos se debe a que <strong>no fue apenas dañada durante las dos guerras mundiales, </strong>salvo cuando fue bombardeada por los americanos por error –y alguna que otra vez por los soviéticos–.  </p><p>Creo que las ciudades que logran <strong>engendrar a grandes artistas adquieren la forma de las obras</strong> literarias, musicales, pictóricas o espirituales de sus hombres y mujeres virtuosos. Así, una urbe que ha tenido como máximo representante de las letras a un dramaturgo será, muy probablemente, rica en teatros. Praga tiene ese<strong> aire decadente y misterioso</strong> que la hace única por numerosas causas. Enumero las diez más evidentes: </p><p>1. <strong>Las ciencias ocultas. </strong>El rey Rodolfo II se obsesionó con la alquimia y la ciudad siguió durante siglos <strong>una gran tradición ocultista. </strong>Por ello es el <em>Orloj </em>el mayor tesoro de la ciudad, el reloj astronómico lleno de numerología y astrología que descansa en la pared sur del Ayuntamiento de la Ciudad Vieja. El reloj astronómico más antiguo del mundo que aún sigue funcionando. </p><p>2. <strong>Kafka. </strong>Su literatura no se entiende sin Praga, y viceversa. Conforman una simbiosis total. <strong>La misma opresión bella de los textos de Kafka la sientes en la ciudad:</strong> la oscuridad, el sabor metálico, los pasos sobre adoquines resbaladizos, la pérdida del estado del tiempo, las arquitecturas que se vuelcan hacia ti… </p><p>3. <strong>Compositores postrománticos. </strong>La tríada que conforman los nombres de <strong>Smetana, Dvořák y Janáček</strong> —este último algo más tardío— dota al país de un ambiente que casa con el cielo encapotado, los bosques oscuros y las calles húmedas y retorcidas. No es de extrañar que, de las mismas entrañas del país, aunque en Brno, naciera Kundera; y también Rilke y Jan Neruda, y el escritor que más me hizo reír, Jaroslav Hašek, autor de <em>Las aventuras del buen soldado Švejk, </em>novela que modeló el<strong> espíritu de la ciudad</strong> casi tanto como el Ulises en Dublín.  </p><p>4. <strong>Las marionetas. </strong>Estas ya tenían una presencia notable en la cultura checa en la época medieval, cuando eran usadas para crear sátiras y entretener a la población. Si bien, esta tradición se consolidó en el siglo XIX. Con el auge de los nacionalismos, hacer teatro de títeres en checo era una forma de <strong>proteger la lengua </strong>ante las imperantes fuerzas alemanas. Uno de mis directores de cine preferidos, el nonagenario<strong> Jan Švankmajer,</strong> cultivó este arte en sus películas. </p><p>5. <strong>El teatro negro. </strong>La compañía <strong>Laterna Magika</strong> hizo popular esta técnica en la que todo está a oscuras en el escenario salvo las luces negras (ultravioletas) que se reflejan en las marionetas, en el decorado y en los actores.  </p><p>6. <strong>La herencia judía. </strong>Los judíos no solo dejaron en el corazón de la ciudad un inmenso cementerio de más de doce mil tumbas apiladas las unas contra las otras, sino también parte de su<strong> folclore musical y cierta atmósfera mística.</strong> No habría podido surgir si no en sus calles la leyenda del Gólem, en el mismísimo gueto de Josefov. </p><p>7. <strong>Influencia jesuita. </strong>Estos religiosos proveyeron a la ciudad de <strong>música sacra</strong> y de una de las bibliotecas más bellas y valiosas del mundo: la <strong>Clementinum.</strong> Aunque también se mostraron intransigentes y su estela política algo tuvo que ver con la guerra de los Treinta Años. ¡Y para qué! Si Chequia es el país con más ateos del mundo.  </p><p>8.<strong> El corazón de Europa. </strong>Si Praga no es el <strong>corazón neurálgico de Europa,</strong> no lo es ninguna otra ciudad. Es un milagro que, estando en el centro de tantas guerras, disputas nacionalistas y cambios espirituales, la ciudad haya sobrevivido arquitectónicamente.  </p><p>9.<strong> Sombra comunista. </strong>Otro milagro: la ciudad sobrevivió a décadas de arquitectura socialista funcional. Y dicha influencia soviética propició la <strong>Primavera de Praga,</strong> un referente social y político.  </p><p>10. <strong>Humor negro. </strong>Lo comparten <strong>Švejk </strong>en la célebre novela, los actores de la <em>nueva ola checa </em>cinematográfica y mi único amigo praguense: Ondřej, cuyo nombre es totalmente impronunciable. Y un millón y medio de praguenses.  </p><p>Lo único que no me gusta de la cultura checa son los <strong>cristales de bohemia.</strong> ¡Son horribles y horteras! Prefiero mil veces la vajilla unicolor de Duralex.  </p><p>Total, que en cuanto se me despeje la agenda —allá por 2027—, <strong>me iré a vivir a Praga con los ojos cerrados.</strong> Y seré feliz visitando el barrio de la Malá Strana, por mucha gentrificación que esté sufriendo; y tocaré el acordeón sobre el puente de Carlos IV, con los pies sobre el Vltaya, que corta la ciudad de norte a sur; y me refugiaré del frío bajo la torre de la Pólvora o bajo algún tejado verde claro de cobre oxidado. Por cierto, gracias, <strong>Jesús Mantilla,</strong> por haberme hecho de cicerone por esta ciudad que tan bien conoces.  </p><p><strong>Brzy na viděnou, Praha.</strong></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[555e0de4-1a30-4926-bd54-0eaac7897345]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Mon, 25 Aug 2025 18:06:07 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[David Uclés]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/aeab563b-e840-4e05-b7c7-41e3efc6c809_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1932398" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/aeab563b-e840-4e05-b7c7-41e3efc6c809_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1932398" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Praga. Mi próxima patria chica]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/aeab563b-e840-4e05-b7c7-41e3efc6c809_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Cultura,Libros,Literatura,Literatura europea,Literatura española,República Checa,Viajes literarios]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Lejos de Veracruz]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/lejos-veracruz_1_2045795.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/54c592eb-8982-47e2-8c40-817a64fd62f3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Lejos de Veracruz"></p><p>Tenía veinticinco años y en la mochila solo pesaba el equipaje. Así llegué a <strong>Veracruz </strong>un dos de agosto de primeros de siglo. Era el mes de las lluvias allá y caía agua constante sobre las plantaciones de plataneros, sobre las avenidas, sobre nosotros. Se borraba la cumbre del volcán del horizonte. Llovía tanto que, una tarde, <strong>una sandalia se salió de mi pie</strong> volviendo a casa del locutorio desde el que escribía correos a mi familia y a mis amigos de acá. Estoy muy bien, les decía. <strong>La vi navegar bulevar abajo</strong>. La perdí.</p><p>Me abrieron una casa enorme, con alberca, con salamandras besuconas por los techos que me despertaban por las noches, donde en cada habitación vivía alguien distinto. <strong>Me acogieron hasta que tuviera un nuevo hogar</strong>. Como no nos aprobaban la visa, durante un mes, no pudimos trabajar. Tampoco podíamos salir del estado, pero salimos. Nos fuimos en un bocho verde a <strong>Puerto Escondido</strong>. De regreso, conduje por las terribles carreteras del istmo de Tehuantepec. Ponchamos una llanta. Seguía lloviendo. En los carnavales de Yanga, el primer pueblo libre de América, le pedimos a gritos al Gobernador de la región, un señor llamado <strong>Fidel Herrera</strong>, cuyo rostro decía más de lo que nosotros sabíamos, que nos arreglara los papeles para poder incorporarnos al periódico. Cometimos también otras imprudencias. </p><p>Una mañana de sol que picaba, por aquella ciudad, a bordo de una motocicleta llamada <strong>Sombraluz</strong>, apareció el <strong>subcomandante Marcos</strong>. Le di la mano. Me impresionó tanto que no recuerdo nada más. Como no teníamos internet, compramos una guitarra. Y compusimos canciones de cuatro acordes. Una tarde, con media botella de tequila mezclada con toronja y la guitarra al hombro, nos fuimos a pasear por la ciudad. Entramos a un bar oscuro. Había un escenario. <strong>Cantamos</strong>. Al fondo, unos chicos nos aplaudieron al terminar. Eran los músicos y meseros de <strong>Utopía canta-bar</strong>, qué maravilla de nombre para un antro. Ellos fueron mis amigos durante aquel verano que duró mil estaciones. Ellos son mis amigos en este verano todavía. <strong>No leí nada. Pero sí escribí.</strong></p><p>Porque fui reportera allá durante un buen tiempo para un periódico que ya no existe. <strong>Escribí cientos de notas</strong>. De planas enteras con noticias de la región. <strong>Escribí reportajes, noticias, crónicas, entrevistas</strong>. Y, aunque fueron terribles todas aquellas escrituras que mi madre conserva, esa y ninguna otra fue mi primera escuela. Porque allí aprendí, sobre todo, a desprenderme de una identidad escrita, ese concepto peligroso, tan cerrado, atravesado a fuego donde no llegamos jamás a tocar. Lo más necesario para el folio en blanco, ponerte en una realidad distinta, empezar de cero a contar una historia. <strong>Una historia que empieza de cero también para ti</strong>. </p><p>México también me enseñó que las cosas que con más impacto te golpean son las más difíciles de narrar. Se<strong> atropellan las palabras, no hay distancia más imposible</strong>. Ya lo ven. Pero también somos lo que nos callamos, los títulos fantasmas que nunca pondremos. Por supuesto que ignoré radicalmente el consejo cantado de que allá donde fuiste feliz no debieras tratar de volver, y aterricé mil veces más. Y aunque me curó casi del todo tener un hijo, viví durante años en un <em>jet lag</em> cronificado. En unas coordenadas siempre fuera de lugar. <strong>En estado civil de nostalgia permanente</strong>. Ya sé que a estas alturas me habría regresado hace años a Madrid. Probablemente. Ya sé. Pero a México le debo algo siempre, quizá volver a vivir a los pies de un volcán, en la carretera de la niebla, quizá,<strong> la novela que nunca escribiré.</strong> </p><p><em>El título de este texto es un verso de la canción “Veracruz”, de Agustín Lara, y de un libro de Enrique Vila-Matas, que lo tomó para titularlo, igual que yo. </em></p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[bc838532-1f8f-4ff7-beaa-95b7e297a2fc]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 19 Aug 2025 04:00:49 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Aroa Moreno Durán]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/54c592eb-8982-47e2-8c40-817a64fd62f3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" length="155409" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/54c592eb-8982-47e2-8c40-817a64fd62f3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="155409" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Lejos de Veracruz]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/54c592eb-8982-47e2-8c40-817a64fd62f3_16-9-discover-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[verano,México,Literatura,Cultura,Viajes literarios]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[Si el cielo no se desploma sobre nuestras cabezas, volveré a Yale]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/si-cielo-no-desploma-cabezas-volvere-yale_1_2031766.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/d9ed08de-7484-433e-80e0-a8715901b64c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="Si el cielo no se desploma sobre nuestras cabezas, volveré a Yale"></p><p>Si el <strong>cielo </strong>no se <strong>desploma </strong>sobre nuestras cabezas, <strong>volveré a la universidad de Yale en octubre de 2025</strong>. La hipótesis sobre el derrumbamiento de los ladrillos del cielo ya no parece tan hiperbólica después de que un <a href="https://www.infolibre.es/cultura/series/ficciones-ensenaron-despacho-oval-imaginaron-trump-musk_1_1954453.html"  ><strong>villano mucho peor que los villanos de los tebeos</strong></a><strong> </strong>haya ocupado el sillón presidencial de la <strong>Casa Blanca</strong>. Abraracúrcix temía que el cielo se desplomara sobre nuestras cabezas. Cuando me suba al avión en octubre de 2025, experimentaré la sensación real de que eso puede suceder. Ya <strong>nada es hiperbólico</strong>; si acaso, no nos llegan las palabras. </p><p>No nos llegan para hablar de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/complicidad-genocidio-1-200-figuras-cultura-exigen-embargo-armas-israel_1_2031162.html"  >Gaza</a>. No nos alcanzan para hablar de los espacios limpios de miseria: <strong>Gaza </strong>será un <strong>resort </strong>con las piscinas del azul de las inteligencias artificiales, y en la T4 del aeropuerto Adolfo Suárez nadie <strong>dormirá en el suelo</strong> ni hará nido con sus <strong>piojos</strong>. La <strong>miseria </strong>y el <strong>dolor </strong>no serán erradicados, sino <strong>exterminados</strong>. Como las chinches que traen los miserables de la T4. “Llévate un repelente”, me dijo un alma caritativa. Cuando vuelva a Yale, pasaré los <strong>controles </strong>e iré con tres horas de anticipación al aeropuerto para sumar tres horas más de <strong>temor </strong>y <strong>cansancio </strong>al control de la <strong>frontera estadounidense</strong>. <em>Temblandito </em>llegaré. <em><strong>Temblandito</strong></em>. Importan las palabras. Se quedan cortas.</p><p>Volveré a <strong>Yale </strong>y volveré porque una vez <strong>ya estuve allí</strong>. Me invitó <strong>Jesús Velasco</strong>, un <em>chairman</em> vallisoletano. Un <em>chairman</em> es un hombre de la silla, un <strong>catedrático</strong>, un <strong>decano</strong>, un <strong>presidente</strong>, una <strong>autoridad</strong>. Me alojaron en un hotel muy confortable, The Residence o The Student, no me acuerdo bien… Yo no podía conectar la wifi a mi teléfono y sentí el pánico de quedarme <strong>incomunicada</strong>. Tengo que aprender más de teléfonos, pero no me da la gana. La recepcionista era una <strong>diosa tecnológica</strong> que solucionó mi problema. </p><p>Por la noche, uno de los camareros hispanos que atendían el bar me contó que había conseguido entradas para ir al concierto de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/musica/joaquin-sabina-burla-pronosticos-feliz-victoria-maleficio-wizink-center-carajo_1_1504502.html"  >Joaquín Sabina</a> en el <strong>Madison Square Garden</strong>. Yale no está en Nueva York, sino en <strong>New Haven</strong>. Un chófer me había recogido en el aeropuerto George Kennedy para llevarme a New Haven en una <strong>limusina</strong>. Todavía me llegan al móvil los anuncios de las ofertas de la empresa de transportes. El conductor se desvió de la ruta para hacer un recado y pensé: “Me han <strong>secuestrado </strong>camino de la universidad de Yale”. Quizá este pensamiento brotó porque el chófer no era latino ni anglosajón. Sin embargo, el desvío no conllevó ningún riesgo para mí. Como mucho, el chófer cometió una falta de <strong>profesionalidad </strong>que me compensó con un <strong>dulce</strong>. </p><p>Aprendo muchas cosas sobre mi <strong>racismo </strong>y mi <strong>clasismo </strong>en la visita a Yale. También sobre mi <strong>condescendencia </strong>y mi <strong>incapacidad </strong>para <strong>imponerme </strong>cuando no quiero alguna cosa. Debería haberle dicho al conductor de <strong>Bangladesh</strong>: “No, de ninguna manera, estoy cansada. Quiero llegar a New Haven cuanto antes”. Pero no sé ser <strong>clienta </strong>ni hacer reclamaciones. Quizá no reclamé por el color de la piel del chófer o por ser yo la que paga. Por no parecer autoritaria. Soy <strong>racista</strong>. Soy <strong>mema</strong>. Lo <strong>aprendo </strong>camino de Yale.</p><p>Pasé dos o tres noches en The Residence.<strong> No lo recuerdo</strong>, del mismo modo que cada vez me cuesta más recordar la cara de las personas con quien me voy encontrando en la vida. Quizá es que son demasiadas, pero la verdad es que no recuerdo la <strong>cara </strong>del chófer ni reconocería los <strong>rostros </strong>de quienes acudieron a mis <strong>clases </strong>y cenaron conmigo y me acompañaron para que no me sintiera completamente extraña. Aunque me gusta pasear sola. Y lo hice por las calles del centro en el que se alzan los <strong>edificios emblemáticos</strong> de la universidad de Yale. </p><p><strong>Misteriosas construcciones</strong> con patios, jardines, claustros y la promesa de algún pasadizo secreto. Una <strong>impresionante biblioteca </strong>emerge como la nave nodriza de una flota extraterrestre. Dentro de la mole, el <strong>conocimiento </strong> —arriba y abajo, alrededor, por todas partes— está <strong>enjaulado</strong>. El conocimiento es un pájaro que necesita de jaulas para ser accesible. El aire antiguo se rompe con la masa compacta de esta biblioteca que, a diferencia de las caras que me hicieron compañía, no olvidaré. En Yale aprendo que soy un poquito <strong>inhumana</strong>. </p><p>En la plaza central de New Haven vi el <strong>árbol </strong>con la copa más amarilla del mundo. Más tarde me aclararon que era un <strong>ginkgo biloba</strong>, el árbol que pone huevos. En este viaje me di cuenta de lo poco que me he interesado por la <strong>botánica </strong>y lo muy arrepentida que estoy de esa falta de <strong>curiosidad</strong>. La mancha amarilla fosforecía contra el cielo y el gris de los edificios. Las hojas caídas de los árboles, sobre el pavimento de New Haven, daban la impresión de ser <strong>confeti</strong>. Como si se hubiese celebrado una <strong>fiesta</strong>. Los colores de una naturaleza a punto de <strong>pudrirse </strong>eran <strong>vivísimos </strong>y, a la vez, parecían dibujados. En la medianera de un edificio admiré un mural dedicado a <a href="https://www.infolibre.es/internacional/meryl-streep-denuncia-realidad-mujeres-afganas-onu-gata-libertades-mujer_1_1874658.html"  >Meryl Streep</a>, alumna ilustre de Yale. En un <strong>pequeño auditorio</strong> disfruté gratuitamente un concierto de música de cámara. Intérpretes del <strong>conservatorio </strong>tocaban instrumentos de cuerda. </p><p>Mientras caminaba por la calles de New Haven, me paré en un punto. Había detectado una <strong>línea </strong>que era mejor <strong>no traspasar.</strong> A partir de esa línea, los árboles perdían el esplendor amarillo y los rincones, su empaque académico. La gente esperaba el autobús bajo una marquesina y su aspecto era el de un mundo que había <strong>retrocedido </strong>hacia la <strong>primera mitad del siglo XX</strong>. Figuras sin lustre, un poco sucias, como las de los <strong>miserables </strong>del aeropuerto de Madrid. Tiene fama el memorable <strong>cementerio de New Haven</strong>. Volví sobre mis pasos para visitarlo justo antes de traspasar la línea que no debía traspasar. Los cementerios no son peligrosos. Son <strong>turísticos</strong>. En New Haven, constaté que siempre soy y seré una turista. <strong>Las turistas estamos siempre un poco muertas</strong>. Nos falta arrojo.</p><p>En el <strong>Departamento de Español y Portugués</strong>, hablé de la escritura. Comimos bollitos. Bebimos café. Pasamos un rato agradable. Muchos <strong>estudiantes </strong>eran españoles o latinoamericanos que disfrutaban de un <strong>beca</strong>. No asistió a mis charlas el alumnado <strong>anglosajón</strong>, pero también es cierto que yo no sé hablar inglés, una carencia que agigantó el cúmulo de mis <strong>ignorancias </strong>durante este viaje. En uno de mis paseos por New Haven, me detuve para leer una pancarta colgada de una ventana en la Facultad de Arquitectura: “<em><strong>It´s not complicated: it is genocide</strong></em><em>".</em> Estaba en inglés, pero la entendí perfectamente. <strong>Importan las palabras</strong>. Se quedan cortas. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[37608f3b-d399-40bd-b8df-0efe74578a72]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 12 Aug 2025 04:00:48 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Marta Sanz]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/d9ed08de-7484-433e-80e0-a8715901b64c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="1059061" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/d9ed08de-7484-433e-80e0-a8715901b64c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="1059061" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[Si el cielo no se desploma sobre nuestras cabezas, volveré a Yale]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/d9ed08de-7484-433e-80e0-a8715901b64c_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Viajes literarios]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[El viaje a La Roche-Bernard que me cambió la vida]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/veranolibre/viaje-roche-bernard-cambio-vida_1_2022644.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/f19e6c6e-e633-4e0c-9c61-0846f93dd18f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="El viaje a La Roche-Bernard que me cambió la vida"></p><p>Llegué a él por casualidad a través de mi hermano Carlos, que tenía madera de náufrago y un <strong>sexto sentido para encontrar tesoros en el rastro</strong>. Creo que fue en una de los primeras ediciones de la revista Totem que empezaba a difundir historietas extranjeras francesas e italianas a principios de los setenta. <strong>Hablo de Corto Maltés, naturalmente, el personaje de cómic creado por </strong><a href="https://www.infolibre.es/cultura/hugo-pratt-sombra-corto-maltes_1_1088728.html"  >Hugo Pratt</a>. Yo había leído a Homero, a Stevenson, a Jack London, a Kipling…. Fue como encontrar a otro hermano de la costa. Con él me inicié en el <strong>culto a los viajes</strong>. </p><p>¿Recuerdan ustedes cómo era su vida en los <strong>noventa</strong>? Yo sí. <strong>Daba clases en un instituto</strong>. No había WhatsApp, ni Twitter, pero el futuro era igual de <strong>incierto </strong>que ahora. En septiembre teníamos algunos días de vacaciones antes del comienzo de curso. </p><p>Lo decidimos sobre la marcha. Éramos cuatro. Dos chicos y dos chicas. Ellos mediterráneos, nosotras atlánticas. Las pintas noventeras ya se las imaginan: <strong>mochilas, vaqueros raídos, zapatillas deportivas… música de Dire Straits</strong> en el radiocasete del coche, un Peugot 205. Nos turnábamos para conducir. Todavía fumábamos entonces. Yo hacía fotos con una cámara <strong>Pentax</strong>. Cruzamos las <strong>landas </strong>en dirección a la Bretaña francesa.  Fue el viaje que me cambió la vida. </p><p>Hubo otras <strong>travesías</strong>, claro. Más largas, más complicadas, más peligrosas. Tomé aviones, caminé por la selva, cambié de hemisferio, descubrí ciudades maravillosas, cordilleras escarpadas, llegué a los trópicos, aterricé en aeropuertos pequeños de tierra batida. Pero <strong>ninguna de esos viajes alteró mi rumbo</strong>. Éste sí.  </p><p>Sonaba <em>So far away</em> en la guitarra de <strong>Mark Knopfler</strong>. Yo veía pasar por la ventanilla kilómetros de playas desiertas con <strong>dunas </strong>y trataba de pensar en otra cosa. <strong>¿Qué cosa? Ni idea. Viajaba para perderme</strong>, para no volver atrás, para no llegar a ninguna parte. </p><p>Hubo una tormenta. Quizá fue algo más que una tormenta.  Ya había oscurecido. Empezó a llover a mares. El agua caía con furia, con rencor. La carretera se convirtió en una pista de patinaje. No la veíamos. El parabrisas se transformó en una cortina opaca de color gris oscuro. En las curvas el coche bailaba el twist. <strong>No podíamos frenar. Pero nadie dijo nada</strong>.  Silencio unánime. Veinte kilómetros en primera, sin pisar el embrague, mudos, aguantando la  respiración. <strong>Si alguien tuvo miedo, se lo calló</strong>. Eso no lo olvido. Por fin llegamos a un pueblo. Serían las dos de la madrugada. Encontramos un hotelito. Nos fuimos a dormir extenuados, sin cenar.  Esa noche cada cual echó sus cuentas.  </p><p>Al día siguiente, contra todo pronóstico, el cielo  amaneció limpio frente a un mar que parecía que no había roto un plato en su vida. Son cosas que pasan en los océanos. <strong>El pueblo se llamaba la Roche Bernard</strong>. Y, no lo van a creer, pero allí estaba él, en el muelle viejo, con sus patillas, su aro en la oreja, su tres cuartos marineros de siempre y la brasa de un cigarrillo <em>Tree Stelle</em>, brillándole entre los dedos. Era Corto Maltés, no cabía ninguna duda. <strong>Fue el hombre de mi vida durante la adolescencia</strong>. Y como los amores de esa edad nunca se olvidan, todavía sigue siéndolo, claro. </p><p>La escultura anunciaba una exposición de homenaje a las geografías de Hugo Pratt que tenía lugar en el pequeño museo marítimo del pueblo. En España Corto todavía no era muy conocido. <strong>Pero en Francia ya era Dios</strong>. Cuando a François Mitterand le preguntaron en una de las últimas entrevistas que concedió en qué personaje de ficción le gustaría reencarnarse, el más enigmático y leído de todos los presidentes franceses, respondió sin dudar. <strong>"Tengo debilidad por Corto Maltés"</strong>. Buena elección. </p><p>Nos sentamos en un quiosquito al aire libre en el muelle viejo de Saint-Antoine, ante la ensenada de Morbihan, una de las bahías más hermosas del mundo, <strong>frente a un archipiélago de más de cuarenta islas</strong>. Mientras esperábamos el barco para visitar una de ellas,  pedimos un café. Y yo aproveche aquel momento para escribir una postal. Esas cosas que hacíamos antes. Realmente era una mañana especial. Se había levantado un poco de bruma y la luz era increíble. <strong>Nunca he vuelto a ver tanta variedad de verdes y azules</strong>. Era  temprano. El reflejo del agua, la estampa bellísima de los tradicionales veleros bretones, <em>guépards </em>y <em>sinagots</em>,  el olor a  marea viva, el recuerdo de la tormenta… Lo que escribí en la postal empezaba así.  "Mañana plateada de bruma y salitre. Sobre la mesa un café <em>noir</em>. Corto Maltés no está conmigo". Disculpen ustedes el arrebato, pero cuando una es joven a veces se exalta en los viajes y tampoco se puede ser Hemingway  todas las horas del día. </p><p>Les ahorro los detalles de la travesía, valga saber que fue inolvidable. Llegado el momento, el viaje llegó a su fin. <strong>Se acabó el verano. Todo se acaba. Volví a casa</strong>. Y en una de esas tardes eternas de principio de curso, por primera vez en mi vida sentí la pulsión de escribir.  A lo largo de la vida se me han pasado muchas ideas descabelladas por la cabeza. Pero hasta ese momento jamás había pensado en escribir una novela.  </p><p>Tenía un ordenador que era un armatoste del <strong>Jurásico </strong>con un montón de cables y un monitor como un cajón de carpintero que ocupaba casi toda la mesa del escritorio. Abrí un documento y lo primero que se me ocurrió teclear fue exactamente eso. "Mañana plateada de bruma y salitre. Sobre la mesa un café <em>noir</em>. Corto Maltés no está conmigo". <strong>Así, con una postal escrita en la costa de Bretaña empieza la novela</strong>. Me pareció un buen comienzo pero era casi lo único que tenía. Entonces no lo sabía, pero ahora ya lo sé, como lo sabemos todos los escritores. Lo verdaderamente difícil de cualquier historia es el <strong>arranque</strong>, el resto se reduce a la menudencia de escribir doscientas o trescientas páginas de nada. </p><p>De alguna manera, no sé cómo, <strong>conseguí llegar hasta el final</strong>. Y cuando estaba dándole vueltas a qué hacer con aquel bicho vivo que me quemaba en las manos. Vi el anuncio en el periódico del <strong>Premio Nuevos Narradores</strong> convocado por la editorial <strong>Tusquets </strong>y la Escuela de Letras. Recorté la dirección metí el manuscrito en un sobre y en un impulso de optimismo salvaje, lo envié. </p><p>Fue bonito cuando ocurrió.  La  novela se tituló como homenaje <em>Querido Corto Maltés</em>. <strong>La protagonista,  una estudiante de Historia fascinada</strong> con el personaje de Hugo Pratt no era yo, por supuesto, pero se parecía un poco a mí y eso me lo puso más fácil. Aunque esos lujos una sólo se los puede permitir una vez.  Luego llega el momento de la verdad y hay que elegir entre ser personaje o ser escritora y yo decidí lo segundo. Pero esa ya es otra historia. </p><p>Muchas veces me pregunté como podía ser que algo tan esencial, algo que me obligó a virar el timón 180 grados, <strong>hubiera llegado a mi vida de un modo tan casual, tan extraño</strong>. Aunque si lo pensamos bien las cosas más importantes que nos pasan ocurren de forma <strong>inesperada</strong>, casi por azar. Como  un soplo de viento.  </p><p>De eso Corto Maltés sabía un poco. <strong>Con él aprendí que cualquier viaje es el invento</strong> de una ruta propia.  </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[de50444b-0524-4208-9a68-2c1810dc1246]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 05 Aug 2025 04:00:56 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[Susana Fortes]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/f19e6c6e-e633-4e0c-9c61-0846f93dd18f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="244952" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/f19e6c6e-e633-4e0c-9c61-0846f93dd18f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="244952" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[El viaje a La Roche-Bernard que me cambió la vida]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/f19e6c6e-e633-4e0c-9c61-0846f93dd18f_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Viajes,verano,Viajes literarios]]></media:keywords>
    </item>
    <item>
      <title><![CDATA[La maravillosa ciudad de los cerros]]></title>
      <link><![CDATA[https://www.infolibre.es/cultura/david-ucles-maravillosa-ciudad-cerros_1_2017851.html]]></link>
      <description><![CDATA[<p><img src="https://static.infolibre.es/clip/42d5bb84-d1b1-4bd2-b192-c27cd0dea9ed_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675" alt="La maravillosa ciudad de los cerros"></p><p>Los <strong>últimos tres años</strong> de mi vida los he pasado <strong>durmiendo en hoteles</strong>. He recorrido ya casi <strong>cincuenta mil kilómetros</strong> por todo el país para terminar y promocionar <a href="https://www.infolibre.es/cultura/los-diablos-azules/david-ucles-si-ahora-hay-golpe-mayor-miedo-vecino-le-caigo-mal-ajuste-cuentas_1_1940387.html"  >mi última novela</a>. Y he apreciado algo que es común a todo íbero: cierto <strong>chovinismo regional</strong>. ¡Para cualquier peninsular, <strong>su pueblo es el mejor</strong>! Y no duda en exaltarlo cada vez que puede. Esto me <strong>irrita </strong>un poco, pero es cierto que permite que los <strong>lugareños</strong>, considerando su villa la mejor del mundo, acaban <strong>cuidándola </strong>y engrandeciéndola.</p><p>A mí, como <strong>nómada</strong>, este comportamiento me habría de resultar <strong>ajeno</strong>, de no ser porque tengo la mala suerte de haber nacido en una <strong>ciudad bellísima</strong>, no quedándome otra opción más que ser más <strong>papista </strong>que el papa y gritar a los cuatro vientos las virtudes de mi tierra y su unicidad. ¡Me hubiera encantado provenir de una población nada llamativa y ser ciudadano del mundo! Pero no ha sido el caso. </p><p>Lo reconozco y lo asumo: <strong>Úbeda es preciosa</strong>. Y lo es por muchas razones.</p><p>Por ejemplo, he visto ciudades cuyos habitantes se pliegan y orientan alrededor del <strong>monumento más emblemático</strong>, que capta toda la atención. En mi ciudad, el <strong>casco viejo alberga tantas joyas arquitectónicas</strong> y tantos lugares de ensueño que no nos aglomeramos en un solo espacio. De ahí que sea un dolor de cabeza enseñar la ciudad por primera vez a los amigos <strong>forasteros</strong>; es casi imposible trazar una ruta que pase por todos los lugares de interés sin <strong>caminar horas</strong> y horas.</p><p>Hay mucho que ver y, con un buen <strong>Cicerone</strong>, también que escuchar: la historia de una <strong>mujer emparedada</strong>, que recogió el paisano <a href="https://www.infolibre.es/cultura/antonio-munoz-molina-premio-cedro-2023-cultura-contribuye-riqueza-bienestar-comun_1_1483493.html"  >Muñoz Molina</a> en <em>El jinete polaco</em>; del <strong>lagarto gigante</strong> que te devora si no eres capaz de comerte una granada bajo un arco concreto sin que se te caiga un solo grano al suelo; de un <strong>hombre ahorcado a plena luz del día</strong> y delante del pueblo para reponer el honor mancillado de una pareja… ¡incluso la de una <strong>mujer que casi reinó el país</strong>! Como es el caso de la <strong>Beltraneja</strong>, de padre ubetense.</p><p>¿Qué hace única la ciudad, aparte de albergar en mitad del <strong>mar de olivos decenas de joyas renacentistas</strong> repartidas por los barrios de las <strong>tres culturas</strong>? Como el <strong>Hospital de Santiago</strong>, llamado 'Escorial andaluz', y el templo más bello de todo el renacimiento español, la <strong>Sacra Capilla del Salvador</strong>. Probablemente el hecho de que no solo el amplísimo escenario resulta atractivo, sino también sus actores: los <strong>alfareros de la calle Valencia</strong>, la casi perdida tradición de los <strong>esparteros</strong>, los hosteleros que te ponen de forma gratuita una <strong>tapa </strong>con cada consumición, con suerte un platito de <strong>andrajos con hierbabuena</strong>; los <a href="https://www.infolibre.es/opinion/ojala-volvamos-vernos-joaquin-sabina-nativel-preciado_129_1999846.html"  ><em><strong>sabineros</strong></em></a><em><strong> </strong></em>que se reúnen en el bar dedicado al maestro de la canción, <strong>Calle Melancolía</strong>, donde la voz quebrada del ubetense suena día y noche… ¡O los <strong>festivales </strong>que avivan el arte! El dedicado a la danza, a los cuentos, a la novela histórica, al cine, al flamenco, a la música antigua, al teatro, a Joaquín, al Renacimiento… Por no hablar de que el <strong>turismo </strong>no asfixia sus calles. <strong>Milagro divino</strong>: aún no proliferan en exceso las tiendas de suvenires y no hay colas eternas para visitar los enclaves más célebres.</p><p>Se puede ir a Úbeda, atisbar los <strong>lejanos cerros</strong> y darse una simple vuelta general, o quedarse y buscar sus <strong>secretos</strong>: el sol y la luna en una <strong>fachada alquimista</strong>, las <strong>casas judías</strong> en pie desde hace tantos siglos; la única <strong>sinagoga </strong>del mundo levantada junto a la casa del <strong>inquisidor </strong>—que conserva todavía el escudo—; los detalles <strong>paganos </strong>en la fachada del templo principal, <strong>El Salvador</strong>: las escenas de <strong>Hércules con el Centauro</strong> o los dioses romanos en las <strong>arquivoltas </strong>de la puerta principal; el túnel que conecta los sótanos de los conventos o el san Juanito, la<strong> única escultura de Miguel Ángel en España</strong> que muy pronto volverá a exponerse en mi ciudad tras años de restauración y negociaciones; el <strong>fresco majestuoso </strong>en el techo de la escalinata principal que conecta las dos plantas del hospital de Santiago; el cristo arqueado de la <strong>iglesia de Santa María;</strong> las calles estrechas del barrio judío por donde paseaba el místico <strong>San Juan de la Cruz</strong> antes de morir; las exposiciones y los conciertos que alberga la <strong>iglesia de San Lorenzo</strong>, convertida en centro cultural; la música de <a href="https://www.infolibre.es/cultura/musica/zahara-companeros-escena-les-digo-no-hay-mujeres-festivales-responden-ah-si-no-habia-fijado_1_1951983.html"  >Zahara</a> o <strong>Guadalupe Plata</strong> en un local underground: en la Tetería, el 31, la Beltraneja, la Copla…</p><p>La <strong>mejor época del año</strong> para visitarla es el otoño o el invierno, por la <strong>bruma </strong>que cubre la ciudad, proveniente de la niebla que nace en la vecina <strong>Baeza</strong>, también <strong>bellísima</strong>, algo más medieval y recogida. O en primavera, pues su <strong>Semana Santa </strong>es una de las mejores del país y la gran fiesta de la ciudad, que hace que Úbeda reluzca entre gentes venidas de toda la península, familias emigradas y nuevos curiosos en busca de los <strong>incensarios</strong>, las melodías <strong>postrománticas </strong>y los rostros a la luz de las velas, entre balcones de esquina y <strong>atlantes </strong>y <strong>cariátides </strong>de quinientos años, acompañados por una <strong>centuria romana</strong> y una virgen que suben corriendo por una cuesta los obreros del pueblo… </p><p>¡Y no se vaya el viajero sin una bolsa de <strong>ochíos</strong>! El <strong>pan </strong>que tomamos en ambas ciudades renacentistas. Una <strong>torta </strong>formada con la octava parte de una barra de pan -de ahí su nombre- y pintada con <strong>sal gorda, aceite de oliva y pimentón</strong>. Este último ingrediente fue siempre el factor de que los <strong>polos blancos del colegio de monjas</strong> en el que estudié llegaran cada día naranjas a casa y mi madre pillara un <strong>berrinche </strong>ante tanta lavadora y deseara que su hijo hubiera nacido <strong>alérgico </strong>al pimentón.</p><p>Estoy seguro, pese a ser <strong>oriundo</strong>, que <strong>Úbeda </strong>os ofrecerá lo mismo que me produjo ver por primera vez <strong>Albarracín, Trujillo, Teixido, Girona</strong> o <strong>Mundaka</strong>. Un buen <em><strong>stendhalazo</strong></em>.</p><p>No dejéis de visitarla. Su gente es buena, generosa y trabajadora. Junto a <strong>Quesada</strong>, hogar de mi familia, no conozco tanto a un pueblo. Son mi familia y hacen de la ciudad un lugar apacible, un <strong>tesoro oculto</strong> en el desconocido <strong>paraíso interior</strong> que es <strong>Jaén</strong>. Una <strong>joya arquitectónica</strong> en la tierra con más castillos del mundo después de <strong>Palestina</strong>.</p><p>El corazón neurálgico del <strong>olivar del mundo</strong>. </p>]]></description>
      <guid isPermaLink="false"><![CDATA[196de3ea-86bf-4bc7-a467-8f3bdb82b55f]]></guid>
      <pubDate><![CDATA[Tue, 29 Jul 2025 04:01:01 +0000]]></pubDate>
      <author><![CDATA[David Uclés]]></author>
      <enclosure url="https://static.infolibre.es/clip/42d5bb84-d1b1-4bd2-b192-c27cd0dea9ed_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" length="239132" type="image/jpeg"/>
      <media:content url="https://static.infolibre.es/clip/42d5bb84-d1b1-4bd2-b192-c27cd0dea9ed_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" type="image/jpeg" fileSize="239132" width="1200" height="675"/>
      <media:title><![CDATA[La maravillosa ciudad de los cerros]]></media:title>
      <media:thumbnail url="https://static.infolibre.es/clip/42d5bb84-d1b1-4bd2-b192-c27cd0dea9ed_16-9-aspect-ratio_default_0.jpg" width="1200" height="675"/>
      <media:keywords><![CDATA[Viajes literarios]]></media:keywords>
    </item>
  </channel>
</rss>
