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El mal del siglo

Publicada 20/08/2014 a las 06:00 Actualizada 21/08/2014 a las 10:06    
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“La realidad social siguió su camino y las élites encastilladas en la Constitución hicieron como que no la veían. (…) El reloj histórico se desajustó y el ritmo evolutivo de la política y de la sociedad no marchó al unísono”.

La Constitución a la que se refiere el autor de estas líneas y del reciente ensayo Historia del poder político en España, José Luis Villacañas, no es la de 1978 sino la de 1876, a la que se aferraba el régimen de la Restauración borbónica defendiéndola como “definitiva e inmutable”. Hace un siglo por estas fechas, la canción del verano también hablaba de regeneracionismo, de profundas reformas, de anticorrupción, de la exigencia de ética y transparencia en los asuntos públicos. La canción se apagó por los cañonazos de la Primera Guerra Mundial, pero el enfrentamiento dialéctico entre aliadófilos y germanófilos en la España neutral no era ajeno a la gran cuestión de fondo: cómo vertebrar una democracia 'real'.

Lo que el filósofo Pedro Cerezo definió como “el mal del siglo” no es una enfermedad local ni una crisis de creencias y valores puramente castizos. Casi todas las sociedades europeas sufrieron la complejidad del choque con la modernidad en mayor o menor medida y con consecuencias sociales, económicas y políticas dispares, incluso con revoluciones activas o pasivas de distinto signo.

Empecinamiento de las élites


Salvando distancias siderales se encuentran también curiosos paralelismos entre la agonía de la Restauración en las primeras décadas del siglo pasado y el proceso al que venimos asistiendo desde la perplejidad y la indignación en los últimos años. Si hay un rasgo claramente reiterativo es el empecinamiento de las élites en no asumir sus errores y en aferrarse con absoluto desparpajo a sus privilegios. Y no nos referimos exclusiva ni fundamentalmente a las élites o más bien camarillas o aparatos políticos (que también) sino sobre todo a las élites económicas e institucionales. Esas que siempre ganan aunque todos pierdan.

Sobre los modos políticos, es ilustrativo el caso de Jordi Pujol. Después de divulgar un comunicado en el que reconocía haber engañado a Hacienda durante 34 años y se comprometía a asumir todo tipo de responsabilidades, ahora denuncia ante la justicia andorrana la supuesta violación del secreto bancario que permitió desvelar el fraude fiscal cometido presuntamente por la numerosa familia Pujol con el ex Honorable al frente. Es decir, por un lado se ofrece a colaborar con Hacienda y con la justicia (¡como si no estuviera obligado a ello!) y por otro procura poner todos los obstáculos posibles a una y a la otra.

Son contradicciones tan llamativas como la que personifica Mariano Rajoy al anunciar una y diez veces su Plan de Regeneración Democrática sin haber cumplido nunca sus primeras promesas de transparencia tras el estallido del caso Bárcenas. (Por ejemplo, sólo el PP de Baleares ha hecho públicas las declaraciones de IRPF de sus cargos). El ilustre líder conservador Antonio Maura proclamó en 1907 la regeneración política, la “revolución desde arriba”, aprobó una nueva ley electoral y después organizó las elecciones más sucias y corruptas que se recordaban hasta entonces. Rajoy, sin llegar a los “encasillados” o a la compra de votos que tan bien dominaban Maura o Romanones, pretende estrenar su “regeneración” con una reforma electoral que permita la elección directa de alcaldes.

Y tampoco es el único en la arquitectura institucional que regenera más de palabra que de obra. El propio rey Felipe anunció en su discurso de entronización su compromiso firme con la transparencia, pero la Casa Real sigue sin responder a las preguntas sobre las cuentas suizas de Juan Carlos, sobre sus declaraciones a Hacienda o sobre la existencia de una caja fuerte familiar en BBV Privanza, entidad denunciada en su día por su vinculación con paraísos fiscales.

El poder del dinero


Pero la mayor habilidad camaleónica siempre ha sido la del poder del dinero. Las élites económicas que hicieron fortuna hace un siglo con el abastecimiento a uno y otro bando en la Primera Gran Guerra también flotaron durante la Segunda República. Alguna de ellas hasta financió el golpe franquista, la mayoría convivió plácidamente con la dictadura y navegó la agitada transición sin una salpicadura. De hecho, decenas de las primeras fortunas españolas de la década de los setenta llevan los mismos apellidos que hoy puntean los consejos del Ibex-35.

Un ejemplo de este mismo martes, 19 de agosto. Borja Prado, presidente de la eléctrica Endesa, filial de la italiana Enel, es a la vez máximo responsable para España y Latinoamérica del banco de negocios italiano Mediobanca. Según relata 'El Confidencial', Mediobanca es precisamente el asesor o intermediario contratado por el fondo de capital riesgo CVC para intentar comprar los activos españoles de la eléctrica alemana E.ON. No es la primera vez que el pluriempleo de Borja Prado sorprende ante el aparente conflicto de intereses que se percibe en trabajar a la vez para la empresa que uno preside mientras asesora a la competencia. En su día también Mediobanca asesoró a Florentino Pérez cuando este quiso hacerse con el 20% de Iberdrola. Borja Prado, por cierto, es hijo de Manuel Prado y Colón de Carvajal, durante años asesor financiero del rey Juan Carlos, y goza al parecer de la absoluta confianza del actual rey Felipe. En las élites, como en los pueblos, todo el mundo se conoce, pero unos más a fondo que otros.

Todos los grupos políticos, a excepción del PP, defienden la necesidad de una reforma constitucional profunda, aunque no sería fácil encontrar hoy un consenso amplio sobre el contenido de la misma. Esa reforma tampoco supondría el bálsamo de Fierabrás, ni por supuesto serviría como única herramienta para controlar el poder de las verdaderas élites "extractivas" que hoy (más que nunca en democracia) se alistan en las finanzas más que en la militancia política. Pero la apertura de un diálogo para una reforma 'reconstituyente' devolvería al menos la iniciativa a la política, y por tanto a la ciudadanía. Escuchar día tras día el mensaje de la "regeneración" seguido de las pruebas de lo contrario empieza a resultar cansino. Aún es pronto para conocer "el mal de este siglo", pero al menos procede evitar la repetición de los males del anterior.







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