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Once apuntes al discurso de (no) investidura

Publicada 02/03/2016 a las 06:00 Actualizada 02/03/2016 a las 00:22    
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Hay que agradecer a Pedro Sánchez que haya evitado calificar de “histórica” esta tarde de lunes. Hemos vivido ya tantos momentos supuestamente “históricos” desde el 20 de diciembre que el adjetivo está desgastado por su abusivo uso. El discurso de (no) investidura pronunciado por Sánchez no ha sido histórico, ni en el fondo ni en la forma. Pero probablemente ha sido eficaz. No tenía fácil la tarea y se le ha entendido todo lo que en resumen pretendía: representar la necesidad de un “Gobierno del cambio”, colocar a Podemos en la tesitura de votar “sí o no a Rajoy” y de paso convencer a las propias filas del PSOE de que el acuerdo con Ciudadanos era prácticamente “una obligación” tras la espantada irresponsable del presidente de gobierno en funciones. Un triple mensaje grueso que conviene matizar con unos cuantos apuntes:

  • 1. El discurso de Pedro Sánchez respiraba el aire de haber sido escrito a seis u ocho manos, como ya ocurría con el propio pacto firmado con Ciudadanos. La primera parte duró la eternidad de más de media hora para decir algo muy sencillo: estamos aquí porque Rajoy no quiso o se atrevió a cumplir el encargo del rey, porque de las urnas no salió una mayoría clara y porque hace falta un Gobierno “del cambio” que sólo puede ser resultado del diálogo, de la negociación, de las cesiones y del acuerdo entre diferentes fuerzas políticas. No es necesario repetir “cambio” más de cincuenta veces para instalar la idea de que la ciudadanía quiere un “cambio”.
  • 2. Incluyó esa primera parte una enmienda a la totalidad de la gobernación de Rajoy, de sus recortes, de su ejercicio “absolutista” de la mayoría absoluta y de la pestilencia de la corrupción. “Dieciocho millones de españoles votaron por la no continuidad del actual Gobierno”, proclamó Sánchez con razón, y denunció que el actual bloqueo es culpa del propio Rajoy. (Era una forma de sembrar en las filas del PP una futura posibilidad de “desbloqueo”, quizás sin Rajoy en la escena, como pretenden distintas voces en el centro, en la derecha, en la gran empresa y desde grandes grupos mediáticos).
  • 3. El repaso de la última legislatura fue una especie de moción de censura al propio Rajoy, para recordar a todos (excepto al PP) que existe la “oportunidad de desterrar de la vida pública el insulto, la descalificación, el discurso del miedo…” y sustituir “la prepotencia” por “la humildad”, la “imposición” por “el diálogo”.
  • 4. ¿A quién se dirigía Sánchez? ¿A los diputados de otros grupos para captar un apoyo imposible o a sus propios militantes y sobre todo a los potenciales o perdidos electores del PSOE? Parece claro que Sánchez se dirigía muy especialmente a estos últimos, a quienes no estaban en la Cámara. “Vamos a hablar claro”, dijo: "A muchos votantes socialistas nada les gustaría más que un Gobierno que aglutinara a las principales fuerzas de izquierda (…) Y creo que a una buena parte de los votantes de Podemos les ocurre lo mismo (…) Que todos los votantes de izquierdas de este país lo sepan. No hay una mayoría suficiente en este parlamento para sumar un Gobierno de izquierdas. No suma”. Es quizás la clave del discurso, y uno de los elementos sobre el que girará probablemente la respuesta negativa desde los grupos de izquierda. Sánchez sostiene que la izquierda no suma y que “quienes realmente han conseguido una amplísima mayoría parlamentaria son las fuerzas del cambio”.
  • 5. Los escaños que aportan PSOE y Ciudadanos son menos que los que aportarían PSOE y Podemos, sus confluencias, Compromís e IU-UP, y esa aritmética es la que se le reprochará sin duda a Sánchez, puesto que podría haber intentado desde el primer minuto esa suma y trasladar la presión “del cambio” a Ciudadanos. Y entraremos de nuevo en el bucle ya conocido: Iglesias humilló al PSOE al exigir la Vicepresidencia, al colocar como exigencia “irrenunciable” el referéndum en Cataluña y (sobre todo) al anunciar una propuesta de Gobierno de coalición (o de coalición de gobiernos) al rey antes que al propio líder socialista. Desde Podemos argumentarán que el PSOE siempre ha apostado por pactar “con la derecha” y que todo este recorrido busca de una forma u otra “la gran coalición”. La desconfianza mutua impide en ese sentido cualquier avance a día de hoy. Y el discurso de Sánchez no ha roto esa desconfianza (ni parece haberlo pretendido).
  • 6. Si hubo un mensaje evidente para la propia militancia y los cuadros socialistas fue el de la reivindicación de que “cualquier fórmula de Gobierno pasa por el PSOE” y una justificación (¿reclamada por los suyos?) de la estrategia seguida: el fracaso habría sido no asumir el encargo de intentar formar Gobierno. A lo largo del discurso no disimuló Sánchez la evidencia que todo el mundo conoce, quizás adelantándose a otro reproche que este miércoles tendrá que escuchar con insistencia: ha planteado un acuerdo con Ciudadanos cuyo contenido no hace posible la suma de apoyos para formar Gobierno.
  • 7. La parte central del discurso de (no) investidura fue lógicamente el relato de las principales propuestas pactadas con Ciudadanos. A la versión escrita distribuida a la prensa agregó Sánchez una especie de anáfora o repetición retórica de una frase: “La próxima semana podemos ponerlo en marcha”. Claro, no tiene la misma carga emocional del I have a dream de Martin Luther King ni el valor de la palabra dada de aquel “puedo prometer y prometo” de Adolfo Suárez. Tenía la intención obvia de insistir en la responsabilidad de quienes no voten por “el cambio” como culpables de que haya que repetir elecciones o de que simplemente se desperdicie la oportunidad de sacar al PP del Gobierno. Pero a la vez esa reiteración de “la próxima semana” conlleva el reconocimiento de que ni este miércoles (por mayoría absoluta) ni siquiera el viernes (por mayoría simple) cuenta Sánchez con apoyos suficientes. Es decir que adelanta la derrota.
  • 8. De la versión escrita del discurso distribuida a la prensa se saltó Sánchez la referencia expresa a la supresión de “las viejas Diputaciones” y su sustitución por Consejos de Alcaldes. Es un error casi tan absurdo como la explicación ofrecida posteriormente de que “el discurso era muy largo y había que cortar algo”. (En la primera parte del discurso se habrían podido cortar unas cuantas referencias a la “necesidad del cambio” y “del acuerdo” y “del diálogo”). Todo el mundo sabe que una de las cuestiones que más han irritado a federaciones del PSOE críticas con el pacto ha sido precisamente esa imposición de Ciudadanos, que califican de “pura demagogia”, sin negar la conveniencia de modernizar y racionalizar el funcionamiento de esas Diputaciones. La elipsis de Sánchez será rectificada este mismo miércoles por Rivera y no tendrá otro remedio que asumirla.
  • 9. Después de ofrecer versiones contradictorias durante varios días, Sánchez ha concretado en su discurso que lo que se derogaría de la reforma laboral son “cuatro aspectos”, como también sería parcial la anunciada “derogación” de la Ley Mordaza. Intentó explicar las muy discutibles propuestas en materia de empleo y de fiscalidad (donde ha habido cesiones notables a Ciudadanos) citando los logros de la socialdemocracia británica y alemana a lo largo de décadas, y evitó insistir en los detalles de un “contrato estable y progresivo” que es un disfraz del “contrato único” de Luis Garicano.
  • 10. Ante las múltiples críticas por la mínima referencia que el acuerdo con Rivera hace a un asunto tan capital y urgente como Cataluña, Sánchez se extendió más en su discurso, incluso añadiendo detalles que no está claro si Ciudadanos aceptaría.
  • 11. El último bloque del discurso es el mejor hilvanado, en forma y fondo, porque añade a la evidente necesidad de diálogo para desbloquear la situación política elementos que tocan la fibra de cualquier votante progresista e intentan aportar motivos para la esperanza sin montar castillos en el aire. Pero sobre todo porque Sánchez transmite el realismo de conformarse con el mérito (innegable) de haber dado “un paso adelante” para “desbloquear la situación política” y lograr que “los mecanismos de la democracia” vuelvan a “ponerse en marcha”. Y en esto tiene razón. Tras la “declinación” de Rajoy y teniendo en cuenta la laguna constitucional sobre el tema, el rey podría haberse visto en la tesitura de provocar la convocatoria inmediata de elecciones o de estar cuatro o siete meses haciendo rondas de consultas. (Cosa que deberían reconocer quienes tanto advierten de los riesgos de la “inestabilidad” y de los gobiernos “débiles”).

Este discurso de (no) investidura responde en todo caso a lo previsible. ¿Acaso alguien esperaba que Sánchez anunciara alguna oferta a la izquierda contradictoria con lo firmado con Rivera? Que nadie cuente “la próxima semana” con grandes pasos hacia “el cambio”. Queda por observar el grado de presión que siente Podemos para una futura abstención. Justificar los mimbres del acuerdo con Rivera y el llamamiento a que Iglesias se sume con argumentos como “el mestizaje ideológico” o las fórmulas de los chefs de alta cocina que “mezclan los mejores sabores” no parecen, en principio, las herramientas más eficaces. El tiempo dirá si finalmente la eficacia lograda tiene más que ver con la llamada Operación Borgen, para alegría de Rivera.
EL AUTOR Correo Electrónico


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