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Josele Santiago: "La SGAE está podrida"

El músico Josele Santiago.

Se podría esperar que Josele Santiago (Madrid, 1965), como buen rockero, no se mordiera la lengua. Y se habría acertado. El músico acaba de lanzar Transilvania (Altafonte), su quinto disco en solitario,y parece más dispuesto a hablar de la SGAE o el cambio climático, temas que, por la vehemencia con la que habla de ellos, parecen robarle el sueño, que a repasar los temas del nuevo retoño. Y eso que tablas no le faltan: es el vocalista y líder carismático del grupo Los Enemigos, supervivientes de una Malasaña rockera hoy convertida en barrio cool, desde su primer trabajo allá por 1986. Lo sigue siendo ahora, después de que volvieran a reunirse en 2012 tras una década de descanso. Y él combina ambos proyectos, incluso en gira, sin darle más importancia. 

Si habla de "lo que pasa en la calle", está lejos de hacerlo con dulzura. Transilvania es un disco oscuro. Líricamente oscuro, a lo mejor, con guitarra acústica y coros, pero oscuro. Él usa otras palabras: "Es un disco puñetero". Hay dioses crueles, ángeles heridos y una canción autoirónica que se titula "Déjame sufrir". "Está claro que no me gusta mucho lo que veo. Mi discurso nunca ha sido de tirar cohetes, pero en este disco hay casi más inquina. Nos venden unos problemas que no lo son y los verdaderos problemas se obvian. Del cambio climático se habla en tercera persona, la avaricia es la que manda… Vamos, que esto se va al carajo", asegura. No es el último taco de la conversación. Y cita al cantaor El Cabrero, flamenco comprometido: "Si otros cantaores ven el mundo perfecto, que sigan cantándole a la Feria de Sevilla". 

"Saeta", tercera canción del disco, un espacio reservado, explica, a "las cosas especiales", surgió después de ver la película Spotlight. "Él bastará para liberarte./ Nadie más te va a consolar", dice un sacerdote imaginario a un niño que podría ser muchos de los que han sufrido abusos dentro de la Iglesia. Se nota en sus guitarras distorsionadas la mano de Raül Fernández RefreeRefree, productor del disco y conocido por sus trabajos con Silvia Pérez Cruz o Rosalía. Nada que ver con otras como "Prestao", más clásica pero con un mensaje que serviría tanto para hablar de los desahuciados ("Prestao el nombre./ Prestao el pan") como de la impotencia del ser humano frente a la ley, a lo Kafka en El proceso. "Esto con Raül estaba hablado desde hace más de 10 años: tocamos juntos, nos dimos cuenta de que trabajábamos bien y dijimos 'A ver si hacemos algo'. Ahora que somos conciudadanos, pues nos hemos puesto". 

Ambos viven en Barcelona (Santiago dejó Madrid hace unos años ya), y Cataluña es uno de los temas que le preocupan. Pero prefiere hablarlo en privado y, a lo largo de la conversación, otros asuntos se adelantan en las prioridades del músico. Habla de "la cultura del éxito y el triunfo", que se materializa en el tema "Cómo reír", unas instrucciones de cómo dorarle la píldora al jefe en las que pensó tras leer un capítulo de El día del Watusi, de Francisco Casavella, en el que aparecía la idea. Con este tema acaba pronto: "No soporto a los pelotas y a los trepas". Habla de lo mucho que le cuesta deshacerse del ruido de la civilización incluso cuando se pierde en la naturaleza. De la superficialidad de la época: "Preocuparse por lo que pasa se considera aburrido. Lo que hay que hacer es ir al chiringuito y pasárselo muy bien". Del reinado del smartphone: "Vas a un concierto y está la gente mirando el teléfono, y tú estás tocando ahí. ¿Qué haces, chico? Mira para acá, qué puñetas. Ahora resulta que la realidad está aquí dentro".

Todo forma parte de la Transilvania que dibuja en el disco. Confiesa que si ese acabó siendo el título fue, en primer lugar, porque le pareció "chulo". "Pero también vi una conexión fuerte: vampiros, El castillo de los Cárpatos [por la novela deJulio Verne], paisajes escarpados con una presencia del mal muy evidente…". Y lo que llama "la prosa de la vida", en la que ve "mucho miedo, mucha superstición, mucha sumisión". ¿Sumisión? "La que hay en esos pueblos que rodean al castillo del conde Drácula. Por ejemplo, cuando firmas una hipoteca sabes que le estás poniendo la yugular al conde Drácula". Su pesimismo no es cosa de viejos cascarrabias, protesta. "A mí no me va peor que hace cuatro años, yo estoy estupendamente. Me refiero a lo que veo y el que parezca minuciosamente planeado el hecho de programar a la gente para que no cuestione nada."

La SGAE, de la que él es socio y a través de la cual cobra sus derechos de autor, como la mayoría de los músicos profesionales, podría formar parte de su Transilvania. Aquí se detiene algo más que en otros asuntos, y de ella habla con especial inquina. "¿La SGAE? La SGAE está podrida." No le convence la intervención del Gobierno, que ha iniciado el proyecto de ley que debería someter la entidad a control público. El problema es otro, indica, más de fondo: "El problema de la SGAE yo creo que es la e, que era de España y en un momento dado pasó a ser de editores. Es una contradicción. Es como si me hablas de un sindicato de obreros y patrones. No tiene sentido, y así nos va."

El mecanismo de la ruedala rueda, que ahora investiga la justicia, le hace revolverse en la silla: "Las canciones que más dinero generan no las conoce ni su puta madre. No son las que se escuchan por la calle. Y es cosa de 11 o 12 sinvergüenzas y las editoriales de turno". Se refiere a los compositores que supuestamente registraban sus creaciones, en ocasiones meras alteraciones de obras conocidas, y cobraban por su emisión como "música inaudible" en programas nocturnos, presuntamente conchabados con las televisiones, a las que regresaba parte del dinero. Asegura que él, por sus derechos, ahora cobra "la mitad que hace cuatro años" aun trabajando "el doble". No es que sea distinto que en otros sectores, acepta. Pero aquí se debe a "una picaresca bastante perversa". Y una traición: "Que estos son músicos, son compañeros, coño".

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