Acumulando años y ceniza

Juan Manuel Romero

Mi nombre es K (Autorretratos 1995-2021)

Karmelo C. Iribarren

Papeles del Náufrago (Almería, 2022)

El nacimiento de una nueva editorial de poesía es siempre motivo de celebración. Sobre todo, si al frente se hallan personas apasionadas de verdad por el género, como es el caso de Papeles del Náufrago, que empieza a dar sus primeros pasos en Almería de la mano del crítico literario Antonio Lafarque (conocido principalmente por su labor como editor de la revista Litoral, responsable de trabajos en torno a la obra de maestros como Juan Ramón Jiménez, Valente o Margarit, y comisario de exposiciones del fotógrafo Pérez Siquier), y del poeta Aníbal García (autor de tres poemarios y coordinador de diferentes actividades de difusión de la literatura). En el camino repleto de obstáculos de la publicación de poesía hoy en día, que exige mucho esfuerzo, constancia y amor casi kamikaze al arte por el arte, ambos editores son garantía de calidad en un magnífico proyecto al que habrá que estar muy atentos en lo sucesivo.

La primera colección del nuevo sello, denominada Calcomanías, propone un ejercicio de introspección lírica a través del autorretrato, y el primer invitado a ponerse delante del cruel espejo de la identidad y el tiempo es el poeta Karmelo C. Iribarren (Donostia, 1959). La antología Mi nombre es K (Autorretratos 1995-2021), con selección a cargo de Lafarque, en edición no venal, ofrece cuarenta y ocho primeros planos, extraídos de un total de catorce libros de la ya extensa trayectoria de su autor; un amplio panorama para acercarse a una poesía austera, prosaica y sincopada entre la ironía y el desgarro, donde la persona que mira y el personaje observado se cruzan la mirada en el cristal, en una extraña lucha de poder, en un singular hermanamiento: una inquietante relación borgiana, especular, que se establece entre modelo y rostro, vida y literatura confundidas o tan entrelazadas que desaparecen las fronteras.

La energía que transmite la poesía de Iribarren nace principalmente de su actitud directa y antirretórica. Su opción por el tono sencillo, el verso libre, la brevedad (a veces los poemas parecen meros borradores, sin desarrollo), los escenarios cotidianos, y una voz cercana, que es su mejor logro, abre un canal de intimidad por el que fluye sin estorbos la experiencia humana. En este sentido, la renuncia a los efectismos líricos, que cohesiona toda su obra desde sus inicios hasta la fecha, es en el fondo una fuerte apuesta por un único efecto, el de la desnudez en la que es posible la confesión más personal.

De apariencia espontánea, narrativa, con lenguaje coloquial, llano y hasta seco, la obra del poeta vasco recorre un territorio cercano al de Bukowski: los sueños rotos, el desagrado ante la realidad, los años quebrados por el alcohol, son el aire que se respira en Mi nombre es K, pero sin llegar a la náusea y la sordidez lumpen de los bajos fondos en que se revuelca el autor norteamericano. Iribarren retrata a alguien que arrastra conflictos, que ha visto diluirse casi todas sus expectativas vitales (“vamos acumulando años / y ceniza, la de los entusiasmos apagados”), pero que no es más que una persona normal, sin glamour (sin siquiera el glamour de lo marginal), uno más en las calles de cualquier ciudad, un simple “padre de familia, camarero y poeta”. También, las voces de Carver y Gil de Biedma, Fante y Ángel González, Chandler y Manuel Machado, entre otros, resuenan al fondo de la música sobria y punzante de Iribarren, que sabe extraer de esta tradición nuevos acordes, apoyándose para sobrevivir a la conciencia de la imposibilidad en un humor irónico o sarcástico a veces: “muy pronto / me defraudó / la esperanza. // Y eso / que apenas / esperé nada”.

En Mi nombre es K asistimos al recorrido biográfico de su protagonista, cargado de nostalgia, desde los años de infancia (“De niño / nadie se sentó en mi cama / a leerme cuentos. // Considerando / lo que me esperaba, // ahí se portó, / la vida”) hasta ese momento al que quizá eufemísticamente denominamos madurez: “Frente al espejo, / esta mañana, / tras la ducha. // De repente, / real y apabullante / como nunca, // la palabra declive”. En medio, una juventud quemada en los bares, la noche, los amores reales y soñados, la soledad, el miedo, el peso de la vida gris de un tipo que no pudo o no supo convertirse en quien quería: “La vida tiene que ser, por fuerza, otra cosa, / estar en otra parte, más allá / de esa lluvia que no deja de caer ahí fuera, / que no deja de caer aquí dentro…”. Algunos instantes de felicidad y ternura se cuelan en el autorretrato (“Un domingo de abril por la mañana”, “Vivir”, “Lo demás son historias”), aunque el perfil es fundamentalmente melancólico y dolido (“Así es la puta vida”).

Concisos, despojados, pero con gusto por el detalle realista, emocionales gracias paradójicamente a su tono escueto, de una sinceridad fría y distante (que no empalaga ni avasalla), los poemas que componen Mi nombre es K interpelan al lector y lo ponen de su parte. Porque quien lee no choca con nada grandilocuente ni narcisista. Porque continuamente el poeta toma distancia y se ríe de sí mismo y se quita importancia. Porque sabe conectar con el fracaso que todos llevamos dentro. Así Iribarren nos regala un autorretrato genuino, sin pose, si es que eso existe todavía en este mundo corrompido por la lepra ególatra. Implacable consigo mismo incluso. Y que nos desafía a sostenerle la mirada.

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Juan Manuel Romero es poeta. Su último libro es 'Contra el rey' (Hiperión, 2020).

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