Los diablos azules

La historia menuda de Anagrama

Jorge Herralde, editor de Anagrama, en una imagen de 2019.

Los papeles de Herralde, con Jordi Gracia como editor, puede leerse como otra faceta de la historia de la editorial Anagrama, pues se trata de las cartas —“por lo general breves, [escritas] a vuela pluma”, según Jorge Herralde— que este envió entre 1968 y el 2000 a un conjunto de editores, agentes (sobre todo a Carmen Balcells, con quien mantuvo una intensa relación de amor-odio, o Andrew Wyllie), escritores, periodistas y críticos literarios (Rafael Conte y Tono Masoliver reciben tirones de orejas; A.P. Moya, un auténtico hachazo, a la vez que Jordi Gracia, por su parte, acusa a Ignacio Echevarría de cultivar el matonismo crítico), tanto españoles como extranjeros. Se cuenta, además, cómo arrancó la editorial, los primeros contactos con agentes y editores, cuando estaba empezando a gestarse el catálogo.

Se fundó en 1969, durante los últimos años del franquismo, con la censura todavía muy activa. Lo primero que llama la atención en estas misivas es el tono que a veces emplea el editor, siempre firme, a veces contundente, “en defensa propia”, le gusta decir, consciente de sus derechos y obligaciones, de lo que puede y debe exigir a los demás, sin que falten peticiones, quejas, ironías, sarcasmos y mucho humor, a veces ácido. A este respecto, ha despertado mi interés la discusión con Umbral sobre si la revelación literaria de 1983 era Rosa Montero o Esther Tusquets, amiga del editor y luego autora de la casa. Siendo muy variadas las cartas, se echan de menos las dirigidas a Javier Marías y Roberto Bolaño, aunque conozcamos las razones de su ausencia, y me pregunto además si no mantuvo correspondencia con, por ejemplo, Alberto Méndez. Pero si hay que escoger una sola carta, me quedo con la que Carmen Martín Gaite le envió en 1988, donde le confiesa que fue para ella “un ser benéfico”.

Apenas nada sabíamos de la biografía privada de Herralde, de su familia y juventud, más allá de que había sido en el bachillerato compañero de clase de Luis Goytisolo (a quien ha acabado editando), y que hubiera deseado llegar a escribir como Scott Fitzgerald. Pero también fue aficionado a la hípica antes de fundar la editorial, cuyos principales referentes fueron José Janés y Carlos Barral (Marlon Brando y Barral, le gusta comentar, han sido los dos grandes seductores del siglo XX), aunque el prólogo que este escribe para La leyenda del santo bebedor, de Joseph Roth, resulta decepcionante, Herralde fue el segundo mayor accionista de Bocaccio y, de hecho, con la venta a J.M. Lara Bosch de sus acciones logró salvar la editorial en un momento de crisis. De formación francófila, como gran parte de los miembros de su generación, son sin embargo los escritores estadounidenses e ingleses los que predominan en el catálogo. Le gusta presumir de haber viajado más a París y a Londres que a Madrid, lo que no debe de ser del todo cierto.

Anagrama empezó publicando en catalán, aunque con escasas ventas, nada menos que a Pavese (L'ofici de viure), Levi Strauss (Tristos tròpics) y Sartre (Baudelaire), y Herralde recuerda cómo la lectura de ¿Qué es la literatura? lo decantó hacia el mundo de la edición, además de Artaud (El teatre i el seu doble) y el economista Paul A. Baran (El capitalisme monopolista), cuyos derechos en castellano no estaban entonces disponibles. Después llegaron Josep Maria de Sagarra, Pere Calders, Jesús Moncada, Lluís Maria Todò, Quim Monzó, Sergi Pàmies e Irene Solà, la que más éxito ha tenido, con su maravillosa Canto jo i la muntaya balla, también publicado en castellano. En sus orígenes fue una editorial de ideología radical (Manuel Sacristán llegó a comentar que era la editorial que estaba más a la izquierda), donde tuvieron acogida tanto los libros contra el imperialismo, aquellos que permitía la censura, como los autores malditos, de lo que podría ser un buen ejemplo Pasolini.

Sus dos grandes enemigos —se dice— fueron la agente Carmen Balcells (por los anticipos irreales que exigía y la venta de derechos por paquetes), quien a veces también fue cómplice, y el grupo Prisa, debido al apoyo abusivo que le prestaba a los libros de Alfaguara. Pero habría que añadir también la censura (en un momento dado, Anagrama ostentó el récord de libros secuestrados), muy activa hasta los primeros años de la Transición; el pufo que Rosa Regás dejó a Enlace, la distribuidora de la que formaba parte Anagrama; y los feos envites de los grandes grupos a finales de los ochenta (con Rafael Borrás, de Planeta, a la cabeza), para hacerse con autores que Herralde había apoyado. En cambio, afirma que nunca le ha quitado un autor a ningún pequeño editor, y recuerda que los derechos de algunos libros que le hubiera gustado editar estaban entonces en manos de editores mexicanos.

La primera crisis de la editorial se produce entre 1977 y 1979, cuando los libros políticos dejan de interesar, por lo que tiene que reinventarse apostando por la ficción narrativa. 1998 fue un año excepcional, pero al siguiente las ventas de los mejores autores bajaron (pp. 360 y 404). El caso es que una parte importante de la actividad editorial se ha sustentado en colecciones perfectamente distinguibles, visibles en las librerías: Argumentos, de 1969; Cuadernos Anagrama, fundada en 1970, y sus libros herramientas; la provocadora Contraseñas en 1979, que introdujo el llamado nuevo periodismo en el mundo hispánico, con Charles Bukowski como estrella, que llegó a vender cien mil ejemplares; Panorama de narrativas, arrancando en 1981 (Lara, padre, la denominó la peste amarilla, aunque el color de los libros tienda más bien al vainilla); Narrativas hispánicas, en 1983, en gris perlado; Crónicas en 1987; La educación sentimental, de temática feminista u homosexual; o bien en 1989 los Compactos de bolsillo, entre otras. Y en los premios que convocaba, apoyándose en jurados ilustres (Mario Vargas Losa, Juan Benet, Esther Tusquets, Enzensberger, Luis Goytisolo...): el Anagrama de ensayo, fundado en 1972, entre cuyos ganadores se encuentran Fernando Savater, Eugenio Trias, José Antonio Marina, Carme Riera, Román Gubern, Antonio Elorza, Josep Casals, Jordi Gracia, José Luis Pardo y Pere Gimferrer, por ejemplo; el Herralde, en 1983, dedicado a la narrativa en castellano, y que obtienen muchos autores que hoy son prestigiosos y a los que en un momento u otro se alude aquí.

Entre los autores españoles, quizá los nombres más relevantes hayan sido los de Carmen Martín Gaite (Usos amorosos de la postguerra española, 1987), J.M. Caballero Bonald, Álvaro Pombo (se recuerdan las disputas por el léxico que utiliza el autor, pero no sus títulos estrambóticos, bastante mejorados por el editor), cuyo éxito en la Feria de Frankfurt de 1985 fue muy notable, Javier Marías (Corazón tan blanco apareció en Anagrama), Enrique Vila-Matas (de quien ha editado sus mejores libros, empezando por Bartleby y compañía), Rafael Chirbes (Crematorio y En la orilla lo consagraron), Alberto Méndez (Los girasoles ciegos debe de ser el libro de cuentos más vendido en la historia de nuestra literatura), Vicente Molina Foix, Paloma Díaz-Mas, J.Á. González Sainz y, ahora, Cristina Morales, con su Lectura fácil. A los que habría que añadir autores hispanoamericanos como Sergio Pitol, Augusto Monterroso, Ricardo Piglia, Roberto Bolaño, Juan Villoro, Alan Pauls o Mariana Enriquez.

Por lo que respecta a los narradores extranjeros, fueron muy importantes para la editorial Patricia Highsmith (1982 fue su año en España); Tom Sharpe (Wilt, 1983), quien acabó instalándose en la Costa Brava; John Kennedy Toole y su La conjura de los necios; Albert Cohen, autor de Bella del señor; Georges Perec, W.G. Sebald, Giorgio Manganelli (su Centuria, en 1982, es un clásico del microrrelato en todo el mundo hispánico y como tal tendría que haberse presentado), Antonio Tabucchi y su Sostiene Pereira, Raymond Carver (Catedral, 1986, uno de los mejores y más influyentes volúmenes de cuentos del último medio siglo), Oliver Sacks, Kapucinski, Robert Hughes y su libro excelente sobre Barcelona (2006), H.M. Enzensberger (sus Elementos para una teoría de la comunicación, 1972, debió de venderse a porrillo entre los estudiantes de Periodismo), Claudio Magris (pocos libros tan míticos como El Danubio, 1994, aunque su traducción me parece mejorable), Richard Ford... El más vendido, sin embargo, ha sido Seda, de Alessandro Baricco. Y su mayor decepción fue, junto a la de Paul Auster, quien vendió los derechos de sus ediciones de bolsillo a Seix Barral, la huida de Tom Wolfe a Ediciones B en 1989: “Es la noticia más triste que he recibido —le escribe Herralde al norteamericano— en mis veinte años de editor”. Con todo, El nuevo periodismo (1977), fue un hito, fusilado aquí hasta la saciedad. Sea como fuere, un catálogo en el que tanta importancia tiene la narrativa extranjera se construye también con traductores, como Pepe Escué o Javier Albiñana, por solo citar un par de nombres notables.

Las fotos que se incluyen en el libro nos permiten, en cierta forma, fijar el canon del editor: Álvaro Pombo, el conjunto de los ganadores del premio de ensayo hasta 1997, Roberto Bolaño, los autores ingleses en 1999 (los bautizó con fortuna como el Bristish Dream Team), Carmen Martín Gaite y Sergio Pitol. Falta, claro, Chirbes.

Merecen párrafos aparte aquellos que abandonaron la editorial, aunque algunos, como Alfredo Bryce Echenique, Álvaro Pombo, Javier Tomeo (en 1988 lo consideraba la otra estrella internacional de la editorial, junto a Pombo) y Soledad Puértolas volvieran: Enrique Vila-Matas, Miguel Sánchez-Ostiz (que acabó muy radicalizado y ofendiendo en sus libros a quienes más lo apreciaban y lo habían defendido), Ignacio Martínez de Pisón, Antonio Soler o Belén Gopegui, recomendada y protegida por Martín Gaite y Rosa Montero. Pero los casos más sonados fueron los de Javier Marías, por discrepancias en las liquidaciones, y Bolaño, una vez fallecido el autor, por la escasa sensatez de su viuda. Y el rechazo de manuscritos, por no alcanzar la calidad suficiente o porque no encajaban en Anagrama, algunos justificados, mientras que otros resulta más difíciles de entender, como ocurre en el caso de Andrés Neuman, a quien más que rechazarlo me parece que no puso empeño suficiente en retenerlo, Andrés Trapiello, Felipe Benítez Reyes o José Carlos Llop. Pero decirlo a toro pasado resulta fácil... En el caso de Masoliver, gran cascarrabias, tuvo que ver —Herralde se lo comenta— con su narrativa ensimismada y obsesiva, de escasa venta, aunque ello no impidió que lo acogiera en su catálogo Acantilado, otra buena editorial. Recuérdese que el editor, defensor acérrimo del precio fijo de los libros, intentó barajar siempre la calidad literaria y el resultado comercial, la única manera de que Anagrama pudiera sobrevivir. Y de este propósito podrían aducirse múltiples ejemplos.

Herralde ha sido un lector empedernido y se ha mostrado siempre muy interesado en los diversos procesos de la edición (en el “Preámbulo” se define como “un yonqui de la edición”), desde el tipo de letra, las cubiertas, contraportadas y fajas, hasta las ruedas de prensa y la preocupación por la colocación de sus libros en los estantes de las librerías más literarias en sus célebres visitas de los sábados por la mañana. Y su vida, hasta donde sabemos, se ha centrado en los libros que ha editado, en sus autores, asuntos sobre los que Lali Gubern tendría también mucho que contar. Pero su mayor logro ha sido la política de autor, tal y como puede observarse en su incomparable catálogo, donde aparecen más de cincuenta autores con diez o más libros publicados, estricto club al que Bolaño soñó pertenecer.

Ha confesado en más de una ocasión que le hubiera gustado publicar las obras de Borges, Marguerite Yourcenar y V.S. Naipaul (creo que la fortuna de este en España hubiera sido otra de haber aparecido sus libros en Anagrama), y entre los españoles a Juan Marsé y Eduardo Mendoza. El último capítulo de esta historia es la —digamos— semirretirada de Herralde en el 2017, la venta de la editorial a Feltrinelli y el nombramiento como directora literaria de Silvia Sesé, quien ha conseguido mantener el listón alto.

A lo largo del tiempo, los libros de Herralde han ido configurando a sus propios lectores, al propiciar la existencia de un lector cosmopolita, exigente, crítico y abierto a la modernidad. Por ello, está convencido de que un editor debería publicar aquellos libros que los lectores todavía no sepan que les gustaría leer. Pero, además, tiene en su haber varios volúmenes sobre su propia trayectoria editorial, entre los cuales le gusta destacar Por orden alfabético. Escritores, editores, amigos (2006), con los que se suma, diría que con ventaja, a otros grandes editores que escribieron libros de memorias, como Carlos Barral, J.M. Castellet, Esther Tusquets, Mario Muchnik o Jaime Salinas.

El libro, la inclusión de las cartas, fue idea de Jordi Gracia, uno de los mejores conocedores de nuestra historia literaria de las últimas décadas. Ha hecho un gran trabajo, clarificando y analizando, con libertad, la historia de la casa y de las relaciones epistolares que mantuvo Herralde, de una manera atractiva y amena. Pero se ha quedado en el 2000, por lo que tiene ya más de veinte años pendientes de historiar no menos jugosos.

Sobre los méritos del editor, que ha cumplido 85 años, es imposible añadir nada nuevo. En cualquier caso, el apellido Herralde forma parte ya de la historia de la edición española del último medio siglo como el más importante editor literario, con el que se han educado y disfrutado varias generaciones de buenos lectores, entre los que me gustaría poder contarme.

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Fernando Valls es profesor de Literatura Española Contemporánea en la Universidad Autónoma de Barcelona y crítico literario. Fernando Valls

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