Teatro

El mundo en un aula

Una escena de 'Fiesta, fiesta, fiesta', de Lucía Miranda.

A Nate una vez le llamaron "Colacao" porque su madre es negra y su padre es blanco. A Kamila la llaman "panchita" y siempre confunden su acento ecuatoriano con el mexicano. A Fara le preguntan tan a menudo que por qué lleva velo que ya hace como quien oye llover. Mustafá dice que le gustan las cristianas y que cuando tenga un hijo no le obligará a escoger ninguna religión, que podrá ser budista o "incluso ateo". El director del centro en el que estudian, Alfredo, dice: "Un instituto da para mucho. La gente no lo sabe, pero hay un mundo entero aquí dentro". Un mundo que la obra de teatro documental Fiesta, fiesta, fiesta, escrita y dirigida por Lucía Miranda,explora y retrata en el Teatro Español de Madrid del 18 al 22 de abril con todas las localidades agotadas. 

Los más de 15 personajes que componen este universo son en realidad un poco más que personajes. Son personas reales. El texto (becado por el Ministerio de Cultura dentro de su Programa de Desarrollo de Dramaturgias Actuales) se enmarca en el género del teatro verbatimverbatim, una técnica de las artes escénicas documentales desarrollada sobre todo en la escena anglófona. En ella, los actores no interpretan a figuras ficticias, sino que encarnan a personas reales. El texto capta sus palabras exactas, obtenidas a partir de entrevistas, y los intérpretes reproducen el tono de la voz, el acento, las dudas o las interrupciones del entrevistado. Nate, Kamila, Fara y Mustafá existen, con otros nombres, en el mundo real. Sus historias, algunas comunes y otras increíbles, han sucedido. Cuando cae el telón, ellos siguen con su vida y acuden cada día de nuevo al instituto. 

Encontrar el centro dispuesto a acoger el proyecto fue difícil —al habitual recelo se añadía que aquí había que trabajar con menores de edad—, pero cuando lo hizo Lucía Miranda (Valladolid, 1982) se encontró con una mina de historias. A fuerza de dedicación y mano izquierda, y también de un taller muy convincente, consiguió que 14 alumnos aceptaran participar en la obra. En total, casi 40 personas, entre ellos y su entorno —madres, profesores y personal no docente—, fueron entrevistadas a lo largo de un intenso mes de junio. La dramaturga, creadora de Nora, 1959 y otras piezas de teatro documental, se apostaba en el pasillo e iba concertando citas entre el barullo. Luego, en la intimidad y con ayuda del anonimato que les prometía, preguntaba, escuchaba y grababa.

Así, Ionut, rumano que se reunió con su madre en España siendo ya adolescente, se sentía libre de decir: "Viendo como me tratan, sí he pensado en irme a mi país de nuevo". Y el actor Ángel Perabá lo repite con su misma vergüenza, con su mismo acento que recuerda la vida solitaria que llevó durante su infancia en Rumanía. Junto a él, Anahí Beholi, Huichi Chiu, Miriam Montilla y Efraín Rodríguez —un elenco tan diverso como el instituto que construyen, y una rareza en el panorama teatral español— encarnan a otros seis alumnos, cuatro madres y cinco trabajadores del centro. "El verbatim", apunta Miranda, "no puede ser una imitación, sino un habitar a alguien que además está vivo y que está compartiendo contigo una historia muy dura". Después de aquel julio y agosto que la dramaturga pasó transcribiendo y editando entrevistas para construir la obra, hicieron una lectura ante los participantes, divididos en un grupo de jóvenes y otro de adultos. Muchos lloraron. 

"Intuía que daría con ciertos perfiles, pero lo que encontré fue mucho más interesante de lo que yo pensaba", cuenta la directora en un descanso del último día de montaje, entre un zumo de naranja y un pincho de tortilla. El mundo que ella sabía que encontraría tras la puerta de un instituto de secundaria cualquiera resultó ser mucho más vasto. Las historias de identidad, migración, desarraigo, racismo y xenofobia se entretejían y ramificaban mucho más allá de lo que podía esperar. En cada pupitre había una historia. Como la de Xirou, una chica nacida en China y llegada a España a los seis años, brillante en los estudios y en la música, que a los 16 años tiene que dejar el instituto para trabajar en el restaurante familiar. O la de Naima, a la que su padre, que no sabía leer ni escribir, le dijo "Estudia, para no depender de un hombre si no quieres", y ahora está haciendo el MIR. 

La realidad se resiste a ser descrita en términos de buenos y malos. ¿Esa profesora que llama "incultos" a los musulmanes es la misma que defiende a las alumnas que quieren llevar el velo? ¿Ese profesor que habla bien de la colonización española de América es el mismo que se desvive por sus alumnos de compensatoria? "Si hay momentos en los que la obra parece racista, es porque nuestras aulas son racistas", explica Miranda, "y si sale que un profesor muy bueno diciendo una barbaridad, es porque es así. Somos así. Hay que convivir con ese conflicto interno". Los alumnos que sufren racismo son a menudo los mismos que lo reproducen contra otros, y su propia existencia navega en un mar de contradicciones. Fara escribe una historia de adolescentes espaciales enamorados, todos blancos y españoles, aunque asegure que no quiere tener más relación que con su futuro marido. "Esto es la ONU y se llevan a matar", dice la celestial conserje Alma, "aunque luego todos tienen la misma canción favorita". (Es, por cierto, "La gozadera".)

Y la propia obra tiene que sortear ciertas dificultades. La suerte de Xirou es terrible. "Es muy complicado", reflexiona la autora, "cuentas una historia en el teatro y parece que estás diciendo que todos los chinos son así. Obviamente, no todos los chinos son así. Como en todas las comunidades, hay luces y sombras. Pero es muy difícil contar en una obra de teatro de una hora y media toda la realidad". La solución que ha encontrado para mostrar también la otra cara es hablar, en la charla con el público posterior a la obra, de la ilustradora Quan Zhou, autora de Gazpacho agridulce y reverso luminoso de Xirou, que pudo estudiar y seguir creando gracias a su familia. Con los personajes musulmanes fue aún más prudente: "Con toda la islamofobia que hay en España, he intentado contar que hay muchas maneras de ser musulmán y que estos chicos viven su religión de formas muy diversas". A todos ellos les han tachado alguna vez, sin embargo, de "radicales" o "terroristas". 

Detrás de las palabras de unos y de otros, Lucía Miranda ve una verdad más oscura de lo que había imaginado. "Yo no pensaba que el problema de la segregación en los institutos estuviera tan vinculado a las leyes educativas. Creía que tenía más que ver con algo personal, de ser racista o no. Pero existe un planteamiento sistémico y unas leyes que promueven la segregación", denuncia, "No era consciente de que era tan dramático". Si se elimina las clases de castellanización que se impartían a los alumnos extranjeros recién llegados, carecen de la principal herramienta para el aprendizaje, que es la lengua, lo que equivale para la dramaturga —y para una de las profesoras entrevistadas— a "negarles el derecho al acceso educativo". Si se prescinde de la figura del traductor en los institutos, los profesores no podrán hacerles entender a los padres que no hablan castellano cuál es el problema de su hijo. 

"Quiero que el mundo entre en las aulas. Porque las aulas están llenas de mundo", dicen los profesores de la obra a coro. Un mundo que podrá con el futuro de Xirou, que quizás dé a Mustafá la historia de amor en París con la que sueña, que quizás no permita que Fara siga escribiendo, que hará que Kamila se reencuentre con Ecuador. Que hoy hace que Ionut diga: "Me voy a quedar, voy a seguir adelante, no me voy a rendir, a ver lo que sale". 

 

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