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Cultura

La prueba de fuego de la Academia sueca

La exsecretaria permanente de la Academia Sueca, Sara Danius.

Este jueves, en torno a la una de la tarde, las blancas puertas de la Academia sueca se abrirán para anunciar al ganador o ganadora del Nobel de Literatura de este año. Como todos los años. ¿Como todos los años? No. La estampa, esta vez, cambia bastante. Para empezar, quien comparezca en esos salones palaciegos para defender la elección no será Sara Danius, secretaria permanente de la institución desde 2015, una ausencia que será símbolo de la crisis interna de la Academia. Pero la principal rareza de la edición es otra: Mats Malm, nuevo secretario permanente, no anunciará un nombre, sino dos. Se suman así el correspondiente a este 2019 y el de 2018, que no pudo llegar a deliberarse siquiera debido al escándalo de abusos sexuales y de tráfico de influencias que llevó a una cascada de dimisiones. Este año no se juzga solo el buen criterio de la Academia, sino su credibilidad.

La locura que ha envuelto a la Academia sueca desde 2017 —enfrentamientos internos, dudas sobre su financiación, acusaciones de machismo institucional y seis renuncias— ha multiplicado la incertidumbre habitual. Hasta hace solo unos días, apenas había favoritos en las casas de apuestas. Parece claro que, para salir con buen pie de la prueba, y teniendo en cuenta que se conceden dos premios, la Academia nombrará al menos a una ganadora: desde su fundación en 1901, solo 14 mujeres han obtenido el galardón. La poeta y ensayista canadiense Anne Carson figura la primera entre los favoritos, algo que normalmente no garantiza el éxito, porque a la Academia le gustan las sorpresas —ahí están Ngugi wa Thiong'o o Javier Marías, eternos aspirantes—, pero que quizás sí signifique algo en esta edición. 

"La Fundación Nobel presume que la Academia Sueca va a dedicar sus esfuerzos a la tarea de restaurar su credibilidad como institución", decía Carl-Henrik Heldin, cabeza de la Fundación Nobel, cuando se hizo público que se posponía la entrega de 2018. Y gran parte del prestigio futuro de la Academia depende de la elección de dos nombres sólidos, incuestionables. En la lista de favoritos figuran también la canadiense Margaret Atwood: a su favor, la popularidad de sus obras, particularmente de El cuento de la criada; en contra, eso mismo; su elección podría desatar la polémica como lo hizo el nombramiento de Bob Dylan en 2016. Contra ambas se levanta la evidencia de que los dos últimos ganadores, Dylan y Kazuo Ishiguro, escriben en lengua inglesa, y que la también canadiense Alice Munro se llevó el galardón en 2013.

Junto a ellas figura Maryse Condé, que cuenta con varios puntos a su favor: es la ganadora del Nobel alternativo, fundado para suplir la ausencia de la Academia; escribe en lengua francesa pero es nacida en Guadalupe; y, de ser premiada, sería la primera escritora negra en recibir tal honor desde la victoria de Toni Morrison, recientemente fallecida, en 1993. El reconocimiento de Ngugi wa Thiong'o apagaría también las acusaciones de falta de diversidad: el último afrodescendiente africano en ser premiado fue Wole Soyinka, en 1986, y desde entonces han sido galardonados dos africanos blancos —Nadine Gordimer y J. M. Coetzee, a quienes se podría sumar Doris Lessing, criada en la antigua Rodesia—. Estos no son, claro, razonamientos de carácter literario, pero la lectura política del Nobel es innegable, y más en esta edición. 

Una Academia en ruinas

La crisis de la Academia sueca dura ya casi dos años. En noviembre de 2017, el periódico sueco Dagens Nyheter recogía el testimonio de 18 mujeres que acusaban de abusos sexuales al artista francés residente en Suecia Jean-Claude Arnault. Arnault no es ni era miembro de la Academia, pero sí lo era su esposa, la poeta Katarina Frostenson. Ambos gestionaban, además, el club cultural Forum, subvencionado por la institución, y el diario aseguraba que algunos de esos abusos se habían producido tanto en instalaciones del Forum como de la propia Academia. El Dagens Nyheter lanzaba, además de las presuntas agresiones, la posibilidad de que Frostenson y Arnault hubieran filtrado el nombre del ganador hasta en siete ocasiones para beneficiarse en las casas de apuestas. A finales de 2018, el francés fue condenado a dos años y seis meses de cárcel por dos delitos de violación. Las presuntas filtraciones fueron investigadas de forma interna por la Academia, que ha cerrado el caso

Pero el terremoto que sacudió la institución se desarrolló de manera paralela al proceso judicial. Seis meses después del reportaje del Dagens Nyheter, tres académicos —Klas Östergren, Kjell Espmark y Peter Englund— renunciaron a su puesto, hasta entonces considerado vitalicio, debido a una división de opiniones en la Academia entre quienes consideraban que la institución debía cortar lazos con Frostenson y quienes abogaban por su permanencia. En un voto supuestamente secreto que se acabaría filtrando, los que pedían la expulsión quedaron en minoría; el académico Anders Olsson aseguró entonces que las tres dimisiones provenían de este último grupo. Tras este estallido, la entonces secretaria permanente, Sara Danius, fue obligada por la Academia a abandonar su puesto; poco después, Frostenson hacía lo propio. La última en marcharse fue la académica Sara Stridsberg.

Antes del escándalo, la institución contaba con 16 de 18 miembros activos —al ser puestos vitalicios, hasta ahora el descontento se había expresado con la declaración voluntaria de "inactividad"—, por lo que la cadena de dimisiones reducía el grupo a 10 integrantes. Esta cifra era suficiente para elegir al premiado, porque para ello basta una mayoría simple de ocho, pero no permitía alcanzar el quórum de 12 votos necesario para la toma de grandes acuerdos y, paradójicamente, para el nombramiento de académicos. Un cambio en su normativa ha suprimido el carácter vitalicio del puesto, permitiendo la elección de nuevos miembros en sustitución de los dimitidos. A esto se suma una modificación temporal en el funcionamiento del Comité del Nobel. Este organismo interno es el que realiza una primera selección de nominados, entre los que luego elige la Academia. En la actualidad, está formado por cuatro académicos: Anders Olsson, Per Wästberg, Kristina Lugn y Jesper Svwnbro. Pero para disipar dudas sobre los galardones otorgados en 2019, una de las medidas adoptadas ha sido la inclusión, dentro de este Comité, de cinco expertos externos, entre los que se encuentran jóvenes críticas literarias que ayuden a disipar las longevas acusaciones de machismo. 

Una edición histórica

Olga Tokarczuk  y Peter Handke, Premios Nobel de Literatura

Olga Tokarczuk y Peter Handke, Premios Nobel de Literatura

El pasado 2018 no fue el único año sin Nobel de Literatura: William Faulkner recibió su galardón correspondiente a 1949 en 1950; Eugene O'Neill fue nombrado Nobel de 1936 en 1937; y lo mismo sucedió con Henri Bergson, laureado en 1928 aunque su medalla esté fechada con el año 1927. Este jueves también se pronunciarán dos nombres, y cada uno será nombrado ganador de un año distinto. Pero en todos estos casos —siete en total—, la decisión de posponer la entrega del premio se debió a que la Academia no encontró a ningún candidato válido durante el proceso de selección, una circunstancia que los estatutos de la Fundación Nobel contemplan y que permiten reservar la cuantía del galardón hasta el año siguiente. No es lo que ocurrió en 2018. 

La decisión de la Academia sueca de no declarar desierta la edición ya fue polémica, pero la institución quiso evitar —quizás sin mucho éxito— dejar una muesca en su currículum. Porque para encontrar un año sin Nobel hay que remontarse a 1943, pero entonces el culpable no fue un delito relacionado con la Academia y una guerra interna, sino un genocidio y un conflicto internacional: el último ganador antes del estallido de la Segunda Guerra Mundial fue el finlandés Frans Eemil Sillampää. El año 1935 es uno de los grandes misterior de la Academia: ese año el premio se declaró desierto, pero no se dio ninguna explicación oficial para esta decisión. En 1914, la Primera Guerra Mundial interrumpió las deliberaciones, y en 1918 la Academia no se atrevió a declarar a un ganador —de hecho, no le darían el galardón de 1919 al neutral autor suizo Carl Spitteler hasta un año después—. La edición de 2019 se suma desde el jueves a los libros de historia. 

 

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