La vivienda no es solo una cosa, es un derecho fundamental José Antonio Martín Pallín
IDEAS PROPIAS
En política exterior, los nombres importan menos que las ideas que encarnan. Pero hay momentos en los que una figura concreta actúa como catalizador de una deriva más profunda que ayuda a explicar algunos de los movimientos que se suceden. En el marco de la operación Resolución Absoluta llevada a cabo por EEUU en Venezuela y que ha terminado con el secuestro de Nicolás Maduro, merece la pena conocer a alguno de los actores principales con el fin de tener algunas claves más. Así, el ascenso de Stephen Miller dentro de la órbita de poder de Donald Trump responde exactamente a esa lógica. No se trata solo de la promoción de un asesor especialmente influyente, sino la consolidación de una determinada visión del mundo, de la política y del lugar que Estados Unidos cree ocupar, y debe imponer, en el sistema internacional.
Durante años, Miller fue identificado casi exclusivamente con la política migratoria más dura de la primera administración Trump. Arquitecto del cierre, del muro y de la criminalización del migrante, su figura parecía circunscrita al ámbito doméstico. Sin embargo, su progresiva proyección hacia la política exterior, culminada ahora con su papel central en la estrategia hacia Venezuela y su beligerante retórica sobre Groenlandia, revela algo más inquietante, que no es otra cosa que la exportación de esa misma lógica de confrontación, exclusión y fuerza al escenario internacional.
Que Miller sea la persona que encabezaría la supervisión de la administración post-Maduro no es un movimiento técnico ni diplomático. Es, ante todo, un gesto político. Supone abandonar cualquier pretensión de mediación, negociación o reconstrucción multilateral del país para abrazar una lógica de tutela, imposición y control. Venezuela se convierte así no solo en un problema regional, sino en un laboratorio ideológico donde ensayar una política exterior despojada de complejos normativos. La pregunta ya no es cómo acompañar una salida política, sino quién manda y en qué términos.
Este enfoque conecta directamente con una reinterpretación agresiva de la Doctrina Monroe, adaptada al siglo XXI pero vaciada de cualquier retórica defensiva. Bajo la influencia de figuras como Miller, América Latina vuelve a ser concebida como espacio natural de intervención estadounidense, no tanto por razones democráticas o humanitarias, sino por una combinación de intereses estratégicos, recursos y competencia geopolítica con China y Rusia. El resultado es una política exterior que normaliza la excepcionalidad y presenta la injerencia como necesidad.
Pero el caso venezolano no es un episodio aislado. La insistencia de Miller en “reabrir” el debate sobre Groenlandia revela hasta qué punto esta visión ha dejado de reconocer límites. Cuando desde la Casa Blanca se azuza la idea de que Estados Unidos tiene derecho, histórico, estratégico o moral, a controlar un territorio que pertenece a un aliado de la OTAN, no estamos ante una excentricidad retórica de Trump, sino ante una erosión deliberada de los principios básicos del orden internacional. La soberanía deja de ser un principio y pasa a ser una variable negociable en función del poder.
Groenlandia, en este sentido, es especialmente significativa. Su valor estratégico en el Ártico, su potencial en recursos naturales y su posición en un contexto de creciente militarización de la región la convierten en una pieza clave del nuevo tablero global.
Que Miller sea uno de los principales impulsores de una narrativa que cuestiona el control danés sobre la isla no solo tensiona la relación transatlántica, sino que introduce una lógica peligrosa, la de que la fuerza —o la amenaza creíble de usarla— puede redefinir fronteras incluso entre aliados.
No se trata de idealizar un orden internacional que nunca fue plenamente equitativo. Pero sí de advertir que el camino que representa el ascenso de Stephen Miller [en la administración Trump] conduce a una normalización del unilateralismo extremo
El ascenso de Miller debe leerse, por tanto, como síntoma y como acelerador. Como síntoma, porque refleja el vaciamiento progresivo de la diplomacia profesional estadounidense, desplazada por operadores ideológicos cuya principal virtud es la lealtad personal al presidente. Y como acelerador, porque su manera de entender el poder refuerza una política exterior basada en el conflicto permanente, la desconfianza hacia lo multilateral y la instrumentalización del derecho internacional.
Este giro tiene implicaciones profundas. En primer lugar, para el propio sistema internacional, que se ve sometido a una presión constante por parte de una potencia que ya no se siente obligada a sostener las reglas que ella misma contribuyó a crear. Cuando Estados Unidos actúa como si el orden liberal fuese opcional, envía una señal clara al resto de actores, las normas son contingentes y el poder vuelve a ser el principal árbitro. En este contexto, resulta difícil exigir contención a otros actores revisionistas.
En segundo lugar, para las alianzas tradicionales. La OTAN, la relación con la Unión Europea y los equilibrios hemisféricos se resienten cuando Washington introduce la incertidumbre como método. La idea de que Groenlandia pueda convertirse en objeto de presión directa no solo afecta a Dinamarca, sino al conjunto de socios que, aunque tarde, empiezan a preguntarse hasta qué punto siguen compartiendo valores o simplemente intereses coyunturales.
Y, en tercer lugar, para la propia democracia estadounidense. La concentración de poder en figuras como Miller, que operan sin contrapesos reales y con una concepción instrumental de las instituciones, plantea interrogantes sobre los límites del presidencialismo y la fragilidad de los mecanismos de control. La política exterior se convierte así en una extensión del combate cultural interno, donde la confrontación externa refuerza la narrativa de fuerza hacia dentro.
No se trata de idealizar un orden internacional que nunca fue plenamente equitativo. Pero sí de advertir que el camino que representa el ascenso de Stephen Miller conduce a una normalización del unilateralismo extremo, donde la política exterior deja de ser un espacio de gestión de interdependencias para convertirse en un ejercicio de dominación explícita. En última instancia, la pregunta no es qué hará Miller con Venezuela o con Groenlandia, sino qué dice su protagonismo sobre el tipo de mundo que se está construyendo desde Washington. Un mundo más fragmentado, más jerárquico y menos previsible. Un mundo en el que la ley cede ante la fuerza y en el que la diplomacia se subordina al espectáculo del poder. Y, sobre todo, un mundo en el que la excepcionalidad estadounidense deja de ser un relato para convertirse en una amenaza sistémica.
Ese es, quizá, el verdadero significado de su ascenso.
_____________________
Ruth Ferrero-Turrión es doctora internacional por la UCM y MPhil en Estudios de Europa del Este (UNED). Profesora de Ciencia Política en la UCM.
Lo más...
Lo más...
LeídoTu cita diaria con el periodismo que importa. Un avance exclusivo de las informaciones y opiniones que marcarán la agenda del día, seleccionado por la dirección de infoLibre.
Quiero recibirla¡Hola, !
Gracias por sumarte. Ahora formas parte de la comunidad de infoLibre que hace posible un periodismo de investigación riguroso y honesto.
En tu perfil puedes elegir qué boletines recibir, modificar tus datos personales y tu cuota.