La Conferencia de Seguridad de Munich, ¿punto de inflexión o más de lo mismo?

La última edición de la Conferencia de Seguridad de Múnich ha dejado al descubierto algo más profundo que las habituales declaraciones diplomáticas o los rituales de reafirmación atlántica. Lo que se ha escenificado en Múnich es la constatación de que Europa atraviesa un momento de inflexión estratégica sin precedentes desde el final de la Guerra Fría. El seísmo geopolítico provocado por la invasión rusa de Ucrania y el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca han terminado de desordenar un marco de seguridad que ya estaba tensionado. Sin embargo, más allá del diagnóstico compartido, lo que emerge es una Unión Europea que sigue debatiéndose entre la conciencia del cambio estructural y una respuesta política aún tímida, fragmentada y crecientemente conservadora.

La invasión a gran escala de Ucrania supuso la ruptura definitiva de la arquitectura de seguridad europea construida tras 1989. La confianza en la interdependencia como garantía de estabilidad se evaporó con los tanques rusos cruzando la frontera. La autonomía estratégica —hasta entonces un concepto debatido en círculos académicos y diplomáticos— pasó a convertirse en una urgencia. Ahora la sensación es que la UE ha reaccionado más por acumulación de decisiones coyunturales que por un rediseño estratégico coherente.

La Conferencia de Múnich ha confirmado esta paradoja. Por un lado, la narrativa europea insiste en la unidad frente a Moscú y en el compromiso con Ucrania, al tiempo que la realidad sobre el terreno empieza a tener ecos que ya aparecen y que plantean la necesidad de abrir los cauces de diálogo con Moscú si los europeos quieren tener algo que decir en un futuro plan de paz. Por otro, la realidad política interna muestra fracturas cada vez más visibles. La derechización institucional y social que recorre buena parte del continente condiciona las prioridades. La agenda securitaria gana peso, mientras que la agenda social y verde retrocede o se redefine en términos más pragmáticos y menos transformadores.

De este modo la UE se enfrenta a un triple desafío. Primero, un retroceso geopolítico relativo frente a potencias como Estados Unidos y China. Segundo, una indefinición estratégica que oscila entre el atlantismo clásico y la aspiración a una autonomía difícil de materializar. Tercero, la necesidad urgente de avanzar hacia un modelo de economía productiva capaz de sostener su competitividad en un entorno de rivalidad sistémica.

La llegada de Trump introduce un elemento adicional de incertidumbre. Su visión transaccional de las alianzas y su cuestionamiento recurrente del compromiso estadounidense con la seguridad europea obligan a los Estados miembros a contemplar escenarios hasta hace poco impensables. Pero la respuesta europea no está siendo una profundización automática de la integración, sino, por el momento, un refuerzo de lo intergubernamental.

En este sentido, Alemania ocupa un lugar central. El giro hacia políticas de corte neokeynesiano —con mayor inversión pública, especialmente en defensa e infraestructuras— marca una ruptura respecto a la ortodoxia fiscal que caracterizó su liderazgo durante la crisis del euro. Sin embargo, este impulso inversor viene acompañado de una propuesta desregulatoria que apunta a flexibilizar normas ambientales y de competencia para favorecer la reindustrialización. El resultado es una combinación ambivalente donde entramos más Estado en términos de inversión, pero donde se busca menos regulación en ámbitos sociales y verdes.

La Conferencia de Múnich ha puesto sobre la mesa la necesidad de asumir que el mundo post-2022 es estructuralmente distinto y que esa tendencia se profundiza con el segundo mandato de Trump

La llamada “pausa” en la agenda climática no es anecdótica. Refleja un cambio de prioridades en un contexto donde la seguridad energética, la defensa y la competitividad industrial se imponen sobre los compromisos de transición ecológica. La Conferencia de Múnich ha mostrado hasta qué punto el discurso sobre la resiliencia europea se articula ahora en clave de poder duro y capacidad industrial, más que en términos de liderazgo normativo o transformación sostenible.

Pero el verdadero debate subyacente es institucional. Lo intergubernamental gana terreno como método preferido para avanzar en el proceso reindustrializador y en la política de defensa. Las decisiones clave se toman en el Consejo Europeo, con protagonismo de las grandes capitales, mientras que la Comisión y el Parlamento ven limitado su margen de iniciativa. Esta dinámica responde a la urgencia y a la sensibilidad soberanista de muchos gobiernos, pero también profundiza las asimetrías internas.

Frente a esta vía, resurgen las voces que abogan por una respuesta más integracionista a través de la emisión de eurobonos como instrumento para financiar la transición industrial y tecnológica de forma solidaria. La experiencia del Next Generation EU ha demostrado que la mutualización parcial de deuda es políticamente posible en situaciones excepcionales. La cuestión es si el actual contexto —marcado por la guerra y la rivalidad global— no constituye precisamente una de esas situaciones.

El debate no es meramente técnico. Se trata de definir qué tipo de Unión Europea se quiere construir. Una UE basada en coaliciones flexibles de Estados que avanzan según intereses nacionales convergentes, o una UE que profundiza en la integración fiscal y política para reforzar su posición global. La primera opción ofrece rapidez y control nacional; la segunda, mayor cohesión y potencial estructural.

Sin embargo, cualquier estrategia que aspire a reforzar la posición europea debe abordar también la dimensión social. La derechización del espacio político no es solo el resultado de dinámicas externas, sino de malestares internos acumulados sostenidos sobre desigualdad, precarización, percepción de pérdida de control. Si la respuesta al seísmo geopolítico se limita a la securitización y a la competitividad, sin un proyecto social inclusivo, el riesgo es alimentar aún más las fracturas que debilitan a la Unión desde dentro.

La Conferencia de Múnich ha puesto sobre la mesa la necesidad de asumir que el mundo post-2022 es estructuralmente distinto y que esa tendencia se profundiza con el segundo mandato de Trump. La guerra en Ucrania fue solo el primero de una serie de episodios de un orden internacional en transformación. La pregunta es si Europa quiere ser sujeto o objeto de esa transformación.

La pregunta es si los europeos están dispuestos a asumir el coste político de una integración más profunda que les permita no solo resistir el seísmo geopolítico, sino redefinir su lugar en el mundo

Reforzar la posición de la UE en el actual contexto implica, en primer lugar, claridad estratégica. Eso exige definir prioridades realistas: defensa común, autonomía tecnológica, seguridad energética. Pero también implica coherencia entre discurso y recursos. Sin instrumentos financieros adecuados, la retórica sobre autonomía queda vacía. En segundo lugar, requiere superar las fracturas internas mediante mecanismos de solidaridad efectiva. La integración fiscal —incluida la posibilidad de eurobonos— no es solo una cuestión económica sino política, ya que simboliza la voluntad de compartir riesgos y destino. Y, en tercer lugar, demanda reequilibrar la agenda para que la competitividad no se construya a costa del contrato social europeo. La fortaleza geopolítica no puede desligarse de la legitimidad interna.

El debate está abierto. Múnich ha sido un espejo incómodo en el que Europa se ha visto tal y como es, consciente del cambio de era, pero aún indecisa sobre cómo responder. Entre el repliegue nacional y el salto integrador, entre la desregulación competitiva y la inversión solidaria, entre la seguridad y la cohesión social, la Unión Europea se juega algo más que su influencia externa, se juega su propia razón de ser.

La pregunta, por tanto, no es solo cuál es la mejor manera de reforzar la posición de la UE en el contexto actual. La pregunta es si los europeos están dispuestos a asumir el coste político de una integración más profunda que les permita no solo resistir el seísmo geopolítico, sino redefinir su lugar en el mundo.

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Ruth Ferrero-Turrión es doctora internacional por la UCM y MPhil en Estudios de Europa del Este (UNED). Profesora de Ciencia Política en la UCM.

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