¿Cómo debería responder la UE ante la amenaza sobre Groenlandia?

La posibilidad de que Estados Unidos avance hacia una anexión de Groenlandia ha dejado de ser un ejercicio de política ficción para convertirse en una prueba decisiva para la Unión Europea. No se trata solo de la integridad territorial de un Estado miembro, Dinamarca, sino de la credibilidad del proyecto europeo como comunidad política capaz de proteger a sus ciudadanos y su espacio geopolítico. Durante décadas, los europeos han confiado su seguridad a Washington y han respondido a cada sobresalto con dosis crecientes de prudencia, cuando no de abierta complacencia. Esa política de apaciguamiento no solo se ha demostrado ineficaz, sino profundamente perniciosa para los intereses europeos.

La historia reciente enseña que ceder ante la ley del más fuerte no garantiza estabilidad. Al contrario, alimenta nuevas exigencias. Si la UE acepta que un aliado estratégico pueda redibujar fronteras por la vía de la intimidación económica o militar, el mensaje para el resto del mundo será devastador. La Unión se juega su condición de actor internacional y, con ella, la supervivencia de su mercado único, de su modelo social y de sus democracias liberales. El vasallaje ya no es una opción política aceptable.

Frente a esta amenaza, Bruselas dispone de instrumentos que nunca ha querido utilizar plenamente por temor a una escalada con Estados Unidos. Ha llegado el momento de asumir que la escalada ya está en marcha y que la inacción tiene un coste mayor que la respuesta. La primera línea de actuación debe ser política y diplomática. La retirada coordinada de embajadores de Washington por parte de los Veintisiete enviaría una señal inequívoca de gravedad. No se trata de romper relaciones, sino de expresar que la anexión de un territorio europeo es una línea roja que afecta a toda la Unión.

Paralelamente, la UE debería apelar al artículo 42.7 del Tratado, la cláusula de asistencia mutua que obliga a los Estados miembros a prestar ayuda ante una agresión armada. Activar este mecanismo tendría un enorme valor simbólico y jurídico. Recordaría que la defensa de Groenlandia es defensa europea y que la solidaridad no puede limitarse a comunicados de preocupación. Además, abriría un debate imprescindible sobre las capacidades reales de la Unión para proteger su vecindad ártica, un espacio cada vez más estratégico por el deshielo y las rutas comerciales emergentes.

Otro pilar fundamental es la activación del Instrumento Anti Coerción. Este mecanismo, diseñado para responder a presiones económicas de terceros países, permitiría imponer contramedidas proporcionadas a empresas y sectores estadounidenses implicados en la estrategia de anexión. Su uso contribuiría a acelerar el proceso de autonomía estratégica europea, todavía demasiado retórico. La UE debe aprender a utilizar el poder de su mercado como herramienta de disuasión, igual que hacen otras potencias sin complejos.

Las sanciones selectivas contra actores del establishment estadounidense que impulsen la anexión son igualmente necesarias. Congelación de activos, restricciones de viaje y limitaciones a operaciones financieras enviarían un mensaje claro de que las decisiones tienen consecuencias personales. La UE ha aplicado este tipo de medidas frente a Rusia, Irán o Venezuela. Resultaría incomprensible que no lo hiciera ante un desafío que afecta directamente a su territorio y a su orden jurídico.

Algunos temen que una respuesta firme ponga en riesgo el mercado único y las relaciones comerciales transatlánticas. Es un cálculo equivocado. Si Europa continúa cediendo en materia de seguridad para salvar intercambios económicos, terminará perdiendo ambas cosas. El actual inquilino de la Casa Blanca ha declarado abiertamente su objetivo de fragmentar la UE a través de sus aliados ultras dentro del continente. Pensar que la moderación europea aplacará ese proyecto es ignorar la naturaleza ideológica del desafío.

Trump ha declarado su objetivo de fragmentar la UE a través de sus aliados ultras dentro del continente. Pensar que la moderación europea aplacará ese proyecto es ignorar la naturaleza del desafío

La defensa de Groenlandia es también la defensa del Ártico como espacio de cooperación y no de depredación. Permitir que la lógica imperial se imponga abriría la puerta a nuevas aventuras en otras geografías. Los socios europeos deben comprender que lo que está en juego no es un pedazo de hielo lejano, sino la arquitectura de seguridad construida tras 1945. Renunciar a ella sería traicionar a las generaciones que hicieron posible la paz europea.

Es cierto que la UE carece todavía de una cultura estratégica compartida. Las dependencias energéticas, militares y tecnológicas limitan su margen de maniobra. Pero, precisamente por eso, este momento puede ser fundacional. La creación de un frente común ante Washington obligaría a acelerar la integración en defensa, a invertir en capacidades propias y a coordinar políticas industriales. La crisis puede convertirse en oportunidad si se actúa con visión.

La unidad de los Veintisiete es condición necesaria, aunque no suficiente. Si, pese a la gravedad de la amenaza, no se alcanzara un consenso, aquellos Estados dispuestos a resistir deben unir sus capacidades y actuar en formato reforzado. La historia de la integración europea demuestra que los avances más significativos surgieron de coaliciones de voluntades. Esperar a los más reticentes solo conduce a la parálisis.

Los europeos cuentan además con aliados globales interesados en frenar un precedente tan peligroso. Canadá, Noruega, Islandia y buena parte de América Latina y del Sur Global observan con inquietud la deriva estadounidense. Una diplomacia europea audaz podría tejer una red de apoyos que aislara políticamente a Washington y demostrara que el respeto a las fronteras sigue siendo un principio universal.

No faltarán voces que pidan paciencia y diálogo infinito. El diálogo es imprescindible, pero no puede sustituir a la firmeza. La UE debe dejar claro que está dispuesta a asumir costes para defender su legalidad. Solo así será tomada en serio. La alternativa es un lento deslizamiento hacia la irrelevancia estratégica, adornado con comunicados bienintencionados.

La anexión de Groenlandia no es un problema danés, es un desafío existencial europeo. Responder con determinación hará que se redefina la relación transatlántica, pero esto no debe ser un obstáculo para avanzar y si el socio tradicional por lo que apuesta es por la ruptura y la sumisión de sus otrora aliados quizás ha llegado el momento de mirar en otras direcciones.

En última instancia, lo que se juega la Unión es la defensa de las democracias liberales y de los valores que dice encarnar. Si incluso ante esta amenaza no es capaz de reaccionar, difícilmente podrá exigir a otros que respeten el derecho internacional. El proyecto europeo nació para desterrar la lógica de la fuerza del continente y para combatir las pulsiones esencialistas, si bien no siempre ha sido coherente con estos principios, es el momento de reafirmarlos o proceder a una nueva redefinición y, en este caso, sería conveniente que se informara abiertamente a la ciudadanía sobre ello.

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Ruth Ferrero-Turrión es doctora internacional por la UCM y MPhil en Estudios de Europa del Este (UNED). Profesora de Ciencia Política en la UCM.

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