Masha Ivasintshova, otra mujer bajo la nieve

Este domingo es 8 de marzo y les quiero contar una sola historia que es, en realidad, una historia nueva y repetida. Hace unos años, una madrugada, buscando información sobre las madres de los reclutas rusos que estaban mandando a la guerra en Ucrania, extraños caminos de los trabajos, me encontré una fotografía en internet. Era el autorretrato de una mujer joven. Una mujer en un tren o en un tranvía que está de pie y dispara su cámara contra su reflejo en un espejo o un cristal. Lleva un gorro del que asoma un flequillo espeso, una parca hasta media pierna, tiene los ojos claros y algo hundidos. Detrás de ella, niños y niñas miran el paisaje por las ventanas. Debe hacer frío afuera, ese frío de allí, porque todos van muy abrigados. La foto está tomada en 1978 en Leningrado. Yo jamás había visto a esa mujer. No había mirado nunca esa mirada. Y la busqué. Y supe quién había sido. Me obsesioné con su historia y con sus fotos.

Esa mujer era Masha Ivashintsova. Lo poco que conseguí saber aquel amanecer y los días que lo siguieron es casi lo mismo que sé hoy. Que había nacido en Ekaterimburgo en 1942, en una familia de la aristocracia, desposeída tras la revolución bolchevique y que había fallecido con solo cincuenta y ocho años. En 2017, años después de su muerte, su hija, Asya Ivasintshova-Melkumyan, haciendo una reforma de la casa, encontró en el desván unas cajas que nunca había abierto. Allí había 30.000 negativos de fotografías tomadas por su madre que ella jamás le había mostrado a nadie, casi todo sin revelar, empaquetados en sobres fechados y comentados. Retratos de niños en tiempos soviéticos, mujeres con pañuelos atados a la cabeza, animales, paisajes congelados, Armenia, Moscú, claroscuros dramáticos, otros autorretratos suyos, los negativos de un país que ya no existía. Son las imágenes tomadas por alguien que había necesitado hacer fotos como quien da fe de que estuvo viva: desde los dieciocho hasta un año antes de morir.

¿Por qué Masha Ivasintshova nunca enseñó las fotografías que tomaba? ¿Por qué no ha sido reconocida, por lo menos, como testigo, pero, sobre todo, como artista en una época convulsa e históricamente tan interesante? A pesar de la poca información que hay sobre ella, encontré dos respuestas: tres nombres de hombre y política.

Cuenta Asya en una entrevista que la vida de su madre estuvo atravesada por la relación con tres hombres, tres figuras importantes del mundo cultural underground de la URSS: el poeta Viktor Krivulin, el fotógrafo Boris Smelov y el lingüista Melvar Melkumyan, el padre de Asya. Con los tres tuvo idas y vueltas. Los tres le partieron el corazón. Y los tres cercenaron la posibilidad de que conozcamos hoy a esta mujer. “Su amor por estos tres hombres, que no podían ser más diferentes, definió su vida, la consumió por completo, pero también la destrozó. Creía sinceramente que palidecía a su lado y, en consecuencia, nunca mostró sus fotografías, sus diarios ni su poesía a nadie durante su vida”, explica Asya.

Masha había estudiado para ser bailarina, pero tras la muerte de su abuela, quien se empeñaba en la danza, la familia pensó que mejor estudiara una carrera técnica. Abandonó la casa familiar y se marchó a Leningrado, donde participó en la vida cultural a través de la fotografía y la poesía en círculos clandestinos. Trabajó de todo: técnica de ascensores, guardia de seguridad, crítica teatral. No sé cuál de las tres historias de desamor disparó la depresión de Masha, pero tuvo que dejar de trabajar. Y ser desempleado en la URSS podía llevarte a prisión o a un centro psiquiátrico. Masha acabó en un sanatorio, por llamarlo de alguna manera, contra su voluntad, donde los soviéticos regulaban el carácter o lo que fuera que para ellos estaba mal hasta conseguir devolver a esa persona a la causa: había que ser apta y dócil para servir al Estado.

El síndrome de la impostora se llama también machismo y es su forma de decirnos que no pertenecemos a ciertos círculos, que no ocupemos ciertos espacios porque no son nuestros

Desde que Asya abrió aquella caja, va revelando poco a poco las fotografías con la ayuda de unos amigos, y las comparte a través de una página de Facebook, mientras aprende a mirar el mundo de ayer con los ojos de la mujer que fue su madre, asumiendo la fragilidad emocional de Masha y el daño que atravesó su vida.

Ahora hay quien llama a Masha Ivasintshova la Vivian Mayer rusa y hay quien llama a Milagros Caturla la Vivian Mayer barcelonesa, como si todas fueran lo mismo sin más, una etiqueta para entender de qué hablamos, salpicando con sus nombres artículos como este: pero son mujeres de altísimo talento, de sentires y tradiciones distintas, de geografías alejadas, a las que la sociedad y el tiempo en el que vivían les hizo esconder su trabajo. Y hay que darles su lugar ahora.

El síndrome de la impostora, esa forma de dudar de nuestros logros, es una forma de reincidir en culparnos, especialmente a nosotras, las mujeres, por no estar a la altura de lo que una posición obtenida demanda. Pero ese síndrome no viene de adentro, no nace de forma natural. Estoy segura de que todas ellas fueron conscientes de su talento y, por eso, persistieron en la creación. El síndrome de la impostora es exterior a las mujeres: se llama machismo también y es su forma de decirnos que no pertenecemos a ciertos círculos, que no ocupemos ciertos espacios porque no son nuestros.

Hoy, víspera del 8 de marzo de 2026, quiero acordarme de ellas, no porque fueran mujeres, sino porque fueron artistas que, con su mirada, nos ayudan hoy a atravesar el presente: Son Masha Ivashintsova, Milagros Caturla, Vivian Mayer, o Kathy Horna, Emily Dickinson, María Blanchard o Luisa Carnés; aquellas que publicaron con nombre de hombre: las Brönte, Cecilia Böhl de Faber, María Lejárraga, Louisa May Alcott, Karen Blixen o Carmen de Burgos; o aquellas a las que la sombra de algún marido no les permitió brillar cuando estaban vivas: Camille Claudel, María Teresa León, Elena Garro, Zelda Fitzgerald, Gerda Taro o Anna Dostoevskaya.

Podría seguir escribiendo nombres hasta mañana, son tantísimas más, pero tengan buen día y tiempo para revisar la obra de todas ellas.

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