La ola
No sé si recuerdan aquella película de Dennis Gansel que vimos en 2008. Die Welle, La ola. En un instituto de Alemania, durante la semana de proyectos, un profesor se propone explicar a los alumnos cómo funciona un régimen totalitario realizando un experimento con el grupo. La película se basa en un caso real. En la primavera de 1967, Ron Jones, que era profesor de Historia en un instituto de Palo Alto, California, instauró en su clase el autoritarismo, lo llamó La tercera ola. Los alumnos no podían creer cómo había sido posible que Hitler se hiciera con el poder y cómo aquello transformó a la sociedad alemana. En menos de una semana, aumentó la disciplina y fue aceptada, los chicos y chicas adoptaron un saludo que los diferenciaba del resto del instituto, homogeneizó la estructura social de la clase, abrían el grupo o rechazaban a nuevos miembros, acataron normas absurdas, asumieron que juntos eran más fuertes y la experiencia empezó a irse de las manos: delaciones, complots, borrado de identidades distintas, señalamientos entre chavales que eran amigos desde la infancia.
He estado en un instituto de Rennes, en la Bretaña francesa. Hay un programa que permite que los alumnos y alumnas saquen simultáneamente el título francés y el español. Me reuní con ellos para hablar de escritura, de libros y, como siempre, terminamos hablando de otras cosas. Vimos un pequeño cortometraje juntos que se titulaba Haciendo memoria, con guion y dirección de Sandra Ruesga, donde una mujer española llama por teléfono un día a la casa familiar para hablar con sus padres. Quiere saber por qué tienen imágenes domésticas de vídeo en las que aparece la familia pasando el día en el Valle de los Caídos. Es que estaba cerca de casa, le responde el padre. ¿No te incomodaba llevarnos a pasear de niños a un lugar donde está enterrado un dictador?, le pregunta Alexandra, a la que, explican, tuvieron que bautizar Alejandra porque la equis no estaba en nuestro santoral. ¿No te parece falta de libertad que no os dejaran nombrarme como quisierais?, les pregunta. La madre dice tibiamente: pues sí.
A los chicos y chicas del Lycee les llamó mucho la atención la conversación, la normalidad con la que el padre y la madre asumían las normas. En un momento del corto, la madre, que puede ser mi madre o la tuya o alguna de tantas mujeres que nació en la dictadura, alguna mujer que fue joven en aquella ola, dice: por ahí decían que torturaban a gente. El padre dice: es que nosotros estábamos trabajando. Un diálogo que acaba resumiéndose en algo así como es que nosotros queríamos que tuvieseis otros valores, que no pensaseis en lo que tuvimos que pasar antes. ¿Y entonces paseábamos bajo el yugo y las flechas? Y se abre una grieta de reconocimiento. Ver esta pieza junto a miradas extranjeras a nuestro país ha sido una experiencia. A mí no me extraña nada de lo que dicen en el cortometraje. Esa llamada podría ser una llamada mía a mi propia casa. Ni siquiera me llamo solo Aroa por las mismas razones que Alexandra.
Los jóvenes sienten que la política les falla respondiendo a sus demandas, como si les hablara en un idioma distinto al suyo. Y piensan que cuando todo ha sido derrotado, hay que probar algo nuevo
La conversación avanzó y uno de los alumnos levantó la mano y preguntó por qué algunos jóvenes ahora están eligiendo seguir ideas de extrema derecha. Le respondí que ojalá él pudiera explicármelo mejor de lo que yo lo consigo entender. Me contó que habían estado con algunos compañeros españoles y les habían hablado del franquismo, reivindicándolo.
Algunas amigas y amigos, profesores de distintas asignaturas en institutos de distintas regiones del país, también cuentan que ha vuelto a escucharse a los estudiantes cantar el Cara al sol, decir “Arriba, España” o ¡Viva Franco! Resulta chocante que una generación que apenas sabe cómo fueron aquellos tiempos elija –provocación o no, insumisión o decisión– regresar a los símbolos y a algunas de las ideas de una dictadura represiva y gris.
Es más complejo que decir únicamente que la rebeldía hoy ha cambiado de bando. La ola es global y no solo pasa en esa franja de edad y no solo en España. La juventud devuelve el mismo reflejo que otras generaciones, solo que nos extraña más. Sienten que la política les falla respondiendo a sus demandas, como si les hablara en un idioma distinto al suyo, se ha roto el ascensor social, el futuro se adivina caro y lleno de incertidumbre, sienten que viven peor que sus padres y un nuevo lenguaje entra como una corriente imparable por las pantallas de sus teléfonos con una idea: cuando todo ha sido derrotado, hay que probar algo nuevo.
¿Nuevo?
¿Derrotado?
Frente a lo líquido, frente a aquello que ya no se puede apresar, cuando parece que nadie va a salvarles de nada: conceptos inamovibles, órdenes, grupo, pertenencia, símbolo y mentiras. La ola. No hay nada que experimentar, solo hay que hablar y escucharse y no dejar que la marea nos borre.
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