Qué es una herida abierta

Una herida abierta es una lesión que interrumpe la continuidad de la piel, exponiendo los tejidos a factores externos. Una herida abierta es, también, en su metáfora, un dolor emocional que no ha sanado. Una herida abierta es una pérdida que no se encaja, el abandono, la incertidumbre, la violencia cuando se desata o una traición inesperada: un conflicto del pasado que sigue emanando tensiones porque no ha habido reencuentro. He leído por ahí a gente que dice que hay otra gente que vive de las heridas y trincheras abiertas en este país. He leído también que el relato de la guerra lo escribieron hasta ahora en España los que la perdieron. He leído en estos últimos días de un enero que parece eterno que la guerra también lo será si no aceptamos sentamos a hablar de ella. 

Escribo esto por las jornadas de Sevilla que se titulaban 1936: La guerra que perdimos todos, organizadas por el escritor Arturo Pérez-Reverte y el periodista Jesús Vigorra y que, finalmente, han sido aplazadas ante el rechazo de algunos participantes. Era un cartel conformado por nombres de distintos ámbitos e ideas que, según dicen sus organizadores, en principio, llevaba el título entre interrogantes, pero un error de maquetación lo dejó en afirmación. Podemos llegar a suponer que los organizadores se referían a que perdimos, después de aquello, la democracia. Que hablaban de perder derechos, de perder libertades, de perder vidas y no de perder contiendas. Supongamos. Porque si hubiera sido una pregunta, esa cuestión abriría la posibilidad de distintas respuestas. Y noventa años después de su comienzo no las hay. Porque podrían haberlo llamado “Lo que todos perdimos en la guerra”, que es otra cosa y quién sabe a quién habría retirado. 

Las guerras no son asunto de opiniones. Tampoco las dictaduras

Las opiniones tienen puntos de vista; lo que pasó, a estas alturas, no debería tenerlos. Al menos, no históricamente. Las guerras no son asunto de opiniones. Tampoco las dictaduras. Claro que tienen distintas sensibilidades las vidas que fueron, pero hasta donde yo sé, no queda vivo nadie que sufriera aquello y fuera a participar en el encuentro. Porque lo grave de toda esta polémica centrípeta española es que pueda cuestionarse todavía el origen y final de aquel conflicto. Seas quien seas. Votes a quien votes. Me parece que entraña peligro hoy y nos hace un país un poco más recalcitrante. 

Pero la Historia no se escribe en jornadas de conversación, ni en las novelas, ni en artículos contra nadie y mucho menos se escribe en esa red X. 

Hace unos días, una librera argentina nos escuchaba hablar en un club de lectura de libros y de lo que no son solamente libros. En los clubes de lectura, las personas que asisten, si se da un clima cálido, cuentan sus historias también. Cuentan de dónde vienen y por qué les toca o no el libro que se ha leído. Después de que varias asistentes narraran, al fin y al cabo, quiénes son y por qué han leído como han leído esas páginas, la librera nos dijo algo así como “a ver cuándo empiezan a llamar trauma a lo suyo”. Trauma es el silencio, los expolios, el hambre, los derechos perdidos, la explotación, la violencia, la represión: el no reconocimiento del dolor. Trauma son los anuncios de comisiones de la verdad que no se fraguan. Pero trauma podría ser también descender de un dictador, de un cargo del Régimen o de un torturador que, durante casi cuatro décadas ejerció su poder y sus abusos. Y esa conversación está por darse y dudo mucho de que se hubiera dado en Sevilla. Hace menos de dos meses, el expresidente del Gobierno José María Aznar, uno de los que intervenían, dijo que no podía condenar el franquismo porque su padre había participado. 

Quizá, lo que tengamos que preguntarnos es por qué cuestionar la naturaleza de la guerra sigue teniendo eco político y social y qué podemos hacer desde este siglo XXI. En qué momento se fracturó un relato que venía roto para dar a luz opiniones y cómo repararlo: qué recae sobre la Transición, la educación o las tibias leyes de la memoria. Cómo puede ser que casi noventa años después, el debate en España siga girando alrededor del origen y consecuencias de aquellos años infames. Quizá tan cerrado no esté. Quizá sí hay que escuchar a quienes desde el rigor y el estudio de la Historia no tienen dudas de que un golpe de Estado militar terminó con una república democrática. Quizá hay que escuchar y escribir los relatos acallados. Los demás podemos opinar, acercarnos al conflicto desde distintos ángulos también necesarios en otros sentidos: desde las posibilidades del lenguaje, desde las distintas opciones políticas, desde, por qué no, la herencia familiar

Para suturar una herida hay que iniciar un proceso que una sus bordes y que facilite la curación. La mala cicatrización, forzar tejidos o no limpiarla bien alteran el proceso de sutura y pueden aparecer infecciones o queloides, cicatrices gruesas con las que se convive, pero que pueden causar sufrimiento emocional: es el recuerdo de la herida cada vez que nos miramos el cuerpo. Es la memoria del dolor. Esas cicatrices no desaparecen sin intervención: ni en la piel ni en un país. 

Más sobre este tema
stats