Augurios y otras milongas Joaquín Jesús Sánchez
El final de 2025: se fue Jesucristo García y reapareció Amaia Montero envuelta en una nube celestial de diseño en Donosti cantando “Yo creo en Dios a mi manera” y preguntándose por el origen del Big Bang. A nadie le sorprende. Veníamos de un otoño donde una mujer de gran talento y éxito se había decolorado un círculo en la coronilla del pelo para afrontar la promoción de su nuevo y aplaudido trabajo. Una circunferencia dorada que se ve cuando se quita la toca de monja. Es un poco de perogrullo, pero lo compramos.
Porque Rosalía compone, canta y arregla como ella quiere porque puede y sabe, está claro, hay un recorrido musical coherente desde Cita con los ángeles a esta contradicción. Pero luego la llaman a hablar por todas partes y nos dice que está inspirada por la mística porque ha leído la vida de mujeres santas, y arma versos que se rebelan desde las crisis y las turbulencias personales que traen las relaciones afectivas a la búsqueda de algo más, algo divino o trascendente, o eso entiendo yo de su disco Lux. Al otro lado de la composición, o a la vez, ha utilizado una de las estrategias de mercadotecnia de la industria musical más agresivas que se recuerdan para vender precisamente esa reconexión femenina con lo espiritual.
Estamos regresando a un pensamiento mágico cuyo epicentro es nuestro ombligo y sus pecados
Cómo convive el misticismo o abrir aún más las heridas para sanar, ir más allá, con una fórmula de mercado que no funcionaría en ningún otro ecosistema que no sea precisamente ese: el consumo, la satisfacción pasajera que produce el usar y tirar y que nos guste a todos. ¿Qué hay más allá de la estética simbólica y altamente potente que se ha sostenido ya durante siglos? ¿Hay transformación, es nuevo o estamos volviendo a ese lugar? La Iglesia, quizá, debería estar contenta: parece que ha regresado la búsqueda del sentido que descarta la confrontación y, en lugar de mirar hacia fuera y hacia el poder que tiene la acción en colectivo, estamos regresando a un pensamiento mágico cuyo epicentro es nuestro ombligo y sus pecados.
Nada es casual. Esto son solo ejemplos del aquí y el ahora. Pero a las crisis sociales las acompañan y las suceden siempre tiempos de incertidumbre y, después, una búsqueda de seguridad y de ancla en lo que sea, pero que sea estático. Ya tenemos en todas partes las ideas extremas ensanchándose porque apuntalan a hierro su verdad, aunque no sea cierta. La tradición, el conservadurismo, la patria, la fe: que alguien nos diga qué es lo que nos toca pensar ahora. Y si el neoliberalismo lo sabe, el neoliberalismo lo utiliza. Yo creo en Dios y, encima, a mi manera. Pues no se puede. Dios es una imagen del sistema más antiguo y mejor diseñado de todos los tiempos.
Qué se espera de un creador en cualquier disciplina, de alguien a quien han dado una voz pública, lo que la convierte en una voz política. ¿A qué altura está nuestra expectativa y cuál es su responsabilidad? ¿No buscamos también de esa forma que nos borren el claroscuro en el que estamos? ¿No estamos necesitando que ese mismo arte global nos diga también lo que está bien y nos dé la razón?
Pensar y encontrar una posición es muy incómodo, a veces, como una pesadilla circular: la ambigüedad, la incertidumbre, el desorden, la disidencia, la falta de control, la falta de respuestas, la incoherencia, atravesar el dolor y que no produzca nada lo es. Mirar al otro lo es porque nos confronta no solo con lo de afuera sino con nosotros mismos. Lo es no tener certezas, no considerar el futuro si no nos muestran caminos para intentar alcanzarlo. El riesgo conlleva la posibilidad de pérdidas: individuales y plurales. Y rellenar nuestras carencias y nuestra falta de compromiso con el otro con algo parecido a la religión que retorna al símbolo católico me parece una renuncia a entender y dejar que veamos lo que nos lastima.
Me pregunto de qué sirve cantar en trece idiomas circunvalando la grieta si no somos capaces de pronunciar en ninguno de ellos palabras como feminismo o genocidio
Nunca me he creído que los sistemas se derrumben desde dentro. Creo que hay que ponerse de frente de vez en cuando. Y sí, me pregunto de qué sirve cantar en trece idiomas circunvalando la grieta si no somos capaces de pronunciar en ninguno de ellos palabras como feminismo o genocidio. ¿Hay que pronunciarlas? ¿Podemos darnos cuenta de que no están siendo pronunciadas y tenemos derecho a señalarlo? Está la belleza, claro, quizá con eso debería bastar, pero entonces no queramos ni esperemos sujetarla con un discurso que sea cómodo para todos y todas y que nos asalta en la mano constantemente. Un discurso Tik tok. Tic tac.
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