Teoría del contraplano

“Cuando la leyenda se convierte en realidad, imprime la leyenda”. La conocida frase, a la que se atribuye un cinismo equivocado, pertenece a la monumental El hombre que mató a Liberty Valance (1962), para muchos, el western definitivo y también una de las primeras aportaciones sofisticadas del séptimo arte a la relación del periodismo con la realidad y con el símbolo, con lo literal y con lo alegórico, más allá del habitual elogio moral de la verdad. La frase que encabeza estas líneas aparece en uno de los diálogos finales, ante la confesión de un anciano Ramson Stoddard (James Stewart) sobre la muerte del pistolero, y la pronuncia el editor del periódico, Maxwel Scott (Carleton Young), sabiendo que el asesinato de Valance fundó civilización y derecho para la hoy próspera ciudad de Shinbone. Lo que señala Scott, que se niega a publicar la historia real —a saber, que fue la bala que disparó Tom Doniphon (John Wayne) desde las sombras y no la del abogado Stoddard la que mató a Valance—, no es un mero elogio de la mentira (en realidad, nadie miente en primer término porque el propio letrado no supo en el momento del duelo que no fue su bala la que acertó al villano) sino más bien una vindicación del símbolo frente al hecho. Dicho de otro modo, al editor del Shinbone Star le preocupa más lo que el acontecimiento significa que la precisión notarial y postrera de los hechos. Aplicado a nuestro vocabulario, no quiere estropear la verdad con pormenores. En una sociedad protodemocrática, un territorio de frontera entre la selva y la ley, el periodismo no solo levanta actas, también erige civilización.

Desde esta peana hemos reivindicado con frecuencia el sentido patente de la historia frente al detalle en el que el expertise a menudo se pierde. Una forma habitual de hablar de este dilema, el que enfrenta lo prosaico con lo relevante, se expresa en la célebre sentencia, atribuida a Confucio, sobre lo trivial y lo importante: “Cuando el dedo señala la luna, el necio mira al dedo”. Aludió a ello el portavoz parlamentario de ERC Gabriel Rufián en coqueta protesta durante el acto que protagonizó el pasado miércoles junto al diputado de Más Madrid Emilio Delgado. “No me miren a mí, miren lo que señalo”. Pero a veces la noticia, lo relevante, lo que tiene significación no está en la luna ni en el dedo, sino en la audiencia que contempla al aprendiz de astrónomo. Aludimos a uno de los dilemas más habituales del oficio, dónde poner la atención. Porque la tarea, como no nos cansamos de repetir, consiste –por encima de ninguna otra consideración– en descartar antes que en añadir.

Las crónicas del acto público de Rufián y Delgado, con atención mediática desmedida, prestaron atención detallada a lo dicho en el escenario —incluso sacando de contexto alguna frase, por arrimar el ascua a la conveniente sardina— y a los personajes en cuestión, su talante, su trayectoria, sus avíos políticos. Y sin embargo la novedad, el significado, la respuesta era el alrededor. No ocurre a menudo, pero sí a veces. La iniciativa presentada por Rufián y Delgado ha sido tratada como si su relevancia dependiera exclusivamente de su viabilidad técnica o de la idoneidad de los intervinientes: si suma, si resta, si es jurídicamente posible, si es electoralmente razonable, si colisiona con la costumbre. Los análisis rutinarios ignoraron lo que estaba ocurriendo alrededor del texto. Porque mientras el periodismo miraba mayormente al escenario, el acontecimiento estaba enfrente: entradas agotadas en minutos; presencia de todo el arco político de la izquierda —excepto el putinismo, que se había autodescartado—; público joven, numeroso, atento e ilusionado; gente en la calle que no pudo entrar pero tampoco se fue; decenas de miles siguiendo el acto en directo por streaming; un ecosistema mediático completo acreditado —hasta cien medios solicitaron asistir—; ninguna reacción deslegitimadora posterior, solo prudencia y escepticismo, sin impugnación, porque todos los actores del espacio se sintieron en la obligación de decir algo, se sintieron concernidos, no por lo dicho sino por el hecho patente: las ganas. Nada de eso es accesorio porque nada de eso tiene precedente en la última década; todo eso es la noticia, la principal noticia. 

A veces el acontecimiento no es lo que se propone, sino el hecho de que haya una demanda social para que alguien lo proponga, aunque sepamos que es difícil, improbable o incluso inviable

En cine sabemos que hay planos que engañan. No es grave ni punible, el cine es (debe ser) manipulación de la mirada, engaños a la atención. Un primer plano es intenso, pero puede ocultar el contexto mientras un plano general informa, pero enfría. El contraplano, en cambio, revela la relación, quién escucha, cómo escucha, cuántos son, qué esperan. Alfred Hitchcock fue el primer gran maestro en estas prestidigitaciones al punto de hacer que sus audiencias creyeran haber visto cosas que no habían visto. 

El periodismo político contemporáneo, atento hasta el exceso, tiende a confundir discurso con acontecimiento y a menudo coinciden, pero no siempre. A veces el acontecimiento no es lo que se propone, sino el hecho de que haya una demanda social para que alguien lo proponga, aunque sepamos que es difícil, improbable o incluso inviable.

El encuadre no es neutral. Decidir dónde colocar la cámara —literal o metafóricamente— es decidir qué consideramos relevante. Es establecer jerarquía, fijar dónde yace lo significativo, el símbolo que supera la ramplonería del hecho crudo y pone luces largas al momento. El contraplano del acto del miércoles sugería algo nuevo, una expectativa, una ansiedad, una voluntad de recomposición, incluso una melancolía electoral de colaboración en un espacio político que lleva años fragmentado política y territorialmente, y exhausto. Eso no convierte la iniciativa en exitosa ni en correcta, pero la convierte en significativa. La convierte en noticia mayor. Y el periodismo debe ser, antes que juez de viabilidad, sensor de significado.

Cuando la atención social es masiva, transversal y sostenida, el oficio no puede fingir que solo ha ocurrido un discurso. De vez en cuando, la noticia no es lo que alguien dice, sino el hecho de que muchos quieran escucharlo —y que otros muchos, incluso los escépticos, sientan que no pueden permitirse obviarlo—. Ahí, justo ahí, es donde el periodismo debe colocar la mirada, en ese contraplano de la audiencia, del silencio atento. En la acumulación de indicios que no caben en un titular, pero que explican mejor el momento político que cualquier frase entrecomillada de los convocantes.

Hay mucha información significativa de los tiempos que atravesamos —hay símbolo y sentido—cuando la noticia se residencia en el público, en el alrededor, en el antes y el después del discurso, en la reacción de los demás actores. Y también, cuando los analistas más conspicuos siguen mirando al escenario, con una mirada hecha, con un esquema politológico prêt-à-porter sobre ideas, posibilidades y discursos. 

El cine aprendió pronto que no hay plano inocente y no hay relato sin montaje. Una acción aislada no significa nada hasta que alguien decide qué mostrar antes y qué después, dónde cortar y hacia dónde devolver la mirada. En El hombre que mató a Liberty Valance no se funda una ciudad por un disparo, sino por la historia que se decide contar sobre él, una decisión que no es técnica ni notarial, sino moral y política, aunque sea una mentira fortuita y pequeña. Porque no es mentira que el abogado friegaplatos, con su delantal, se retó a duelo con el malévolo pistolero, y esa fue la noticia. La ley desafió a la selva. Después supimos que falló, y que fue un hombre del ocaso, otro pendenciero, quien intervino porque entendió el sentido de lo que ocurría pese a que, matando a Valance, él mismo renunciaba a habitar el futuro. No habría granja, ni esposa ni vida más pistolas. Como Moisés, alcanzó la tierra prometida, pero nunca la pisó. Como Frodo, salvó La Comarca, pero no para él. 

A menudo captar el clima, el gesto colectivo, la expectativa silenciosa o las reacciones solo aporta contexto que enriquece, pero unas pocas veces, de vez en cuando, el alrededor es el capitán de la historia. Un pequeño sismo que emite mucha información valiosa sobre el silencioso sujeto político que determinará el futuro de los muchos predicados: el votante.

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