Al principio era la risa. Luces, maquillaje, música, aplausos y una carcajada compartida al final del día, en el convenio fantástico y amable del circo. El payaso aliviaba, hacía llevadero el cansancio del mundo a los adultos y ofrecía a los niños un igual inocente y gozoso. No pedía fe ni obediencia sino atención. No prometía verdad, solo diversión y durante mucho tiempo cumplió con su parte del trato, distrayendo, acompañando, poniendo una nota de levedad bajo la carpa, barrera ante un mundo grave y ronco, de dureza e intemperie. Pero los payasos, como los reyes, envejecen.

El periodismo político descansa sobre una premisa simple: algo ahí fuera ocurre y la tarea del periodista consiste en asegurarse de que de veras ha ocurrido, averiguar qué es, con qué consecuencias y para quién. Ese algo podía ser una ley, una guerra, un presupuesto, una dimisión, una huelga, una estadística o una crisis material. La política producía hechos y el periodismo, en términos ideales, los narraba, los verificaba, los contextualizaba y los jerarquizaba. Pero ese suelo se volvió muy rápido un piso resbaladizo por las exigencias de los formatos audiovisuales y la política dejó de manifestarse prioritariamente en hechos verificables y pasó a expresarse casi por completo en el territorio del lenguaje. El lenguaje audiovisual necesita imagen y sonido, presencia, gesto y voz, y el dicho es la unidad ideal porque tiene rostro, tono, duración acotada y conflicto implícito. Puede mostrarse. El periodismo político contemporáneo, contagiado del formato audiovisual, ya no ocurre tanto en decisiones como en enunciados. No se despliega en hechos, sino en dichos. No porque la realidad haya desaparecido —la realidad nunca desaparece— sino porque un preámbulo o una reforma fiscal no son tan telegénicos como alguien que los adjetiva. Y cuando la política se convierte en una cadena ininterrumpida de palabras que no son del periodista, el periodismo entra en una crisis que no es moral ni profesional, sino epistemológica.

El desplazamiento es sutil, pero decisivo, pues informar de un hecho exige método, contraste de fuentes, jerarquización, contexto, memoria y habilidades lingüísticas. Informar de un dicho exige muy poco porque basta con mostrarlo y amplificarlo. El dicho no necesita ser probado, solo necesita haber sido enunciado. Entonces, el centro de gravedad de la información política se mueve porque ya no importa tanto qué ocurre, sino quién dice qué, cómo lo dice, a quién provoca y qué reacción genera. El acontecimiento deja de ser exterior al discurso y pasa a ser el propio discurso. La política se convierte así en un ecosistema autorreferencial de palabras que generan palabras, declaraciones que provocan reacciones, respuestas que alimentan nuevas declaraciones. Un circuito cerrado de lenguaje.

Un hecho político, en cambio, casi nunca se deja ver. Una ley no habla, un presupuesto no gesticula, las leyes se escriben sin signos de admiración y ninguna tendencia estadística mira a cámara. El hecho necesita ser explicado e interpretado, y contar siempre es más lento, más abstracto y menos seductor que mostrar. El audiovisual —por pura lógica técnica— desarrolla una demanda estructural de dichos que dan ritmo, variedad y sensación de acceso directo a la realidad: “No te lo cuento, te lo enseño”. Pero esa ilusión de transparencia tiene un precio, el periodista se difumina como mediador cognitivo y queda reducido a introductor de fragmentos de discurso ajeno. Y además, contagia a la política, que en justa reciprocidad se profesionaliza como una fábrica de enunciados.

La política real actúa por acumulación, desgaste, omisión y desplazamiento administrativo. Sus efectos son patentes, pero lentos, difusos y poco fotogénicos. El sistema informativo, en cambio, necesita material diario, conflictivo y personificado. Por eso la política cotidiana se convierte en una ficción industrial, una producción constante de palabras para alimentar un circuito mediático que necesita movimiento, aunque ese movimiento sea puramente verbal.

Y esos focos y micrófonos afectan a la escritura. Las comillas adquieren un papel ambiguo. En teoría, son una herramienta neutral que permite atribuir palabras, delimitar responsabilidades y distinguir entre narrador y fuente. En la práctica, cuando el texto se sostiene sobre comillas, el periodista abdica de su función esencial. Abrir comillas es ceder la voz. Y multiplicarlas, hacer piezas que son sucesión de declaraciones, es renunciar a construir sentido en pos de una liturgia dramática y emocionante. Las comillas funcionan como coartada moral y profesional, pero este oficio no consiste en dejar decir sino en hacer comprensible lo que ocurre, incluso —o sobre todo— cuando lo que ocurre no se deja ver.

Lo que no se deja ver… Como un platillo volante, un fantasma o un animal mitológico. Lo misterioso, lo que no existe, se caracteriza porque no se manifiesta como hecho verificable sino como relato, como suma de testimonios. Nadie puede probarlo pero mucha gente lo cuenta. No se constata, se cree o no se cree, se pertenece o no al grupo de los convencidos de que existe el chupacabras y que ellos están ahí desde la antigüedad haciendo pirámides de piedra, aunque ellos tengan naves con pantallas y pistolas de rayos láser. El entretenimiento sostiene que la verdad está ahí fuera, pero el periodismo consiste en que solo es verdad lo que está aquí dentro.

El entretenimiento sostiene que la verdad está ahí fuera, pero el periodismo consiste en que solo es verdad lo que está aquí dentro

Y sin embargo, el periodismo político se parece cada vez más a eso que no existe porque ha adoptado la forma epistemológica del testimonio, de percepciones, intenciones atribuidas, sospechas e interpretaciones emocionales. El hecho material queda en segundo plano, lo central es el murmullo. Por eso, los espiritistas, los cocineros o los cómicos disputan hoy la voz a este oficio. No tiene que ver con el intrusismo o la maldad, es solo un problema de objeto y de lenguaje. Y de crisis de la mediana edad. En un mundo donde el acontecimiento es lingüístico, la autoridad ya no la da el método sino la presencia. Y ahí, el entretenimiento no invade el periodismo sino que compite legítimamente en el mismo terreno y con ventaja.

Pero un día, la risa no basta. Los rostros del entretenimiento, los de los programas de cotilleo, los jurados de concursos musicales o los que llevan persiguiendo marcianos desde que tienen uso de razón deciden que ya no quieren ser el payaso que lleva sonrisas y emociones a niños y grandes. Quieren trascender. El maquillaje blanco empieza a pesar y salen una vez más a la pista con sus zapatones y su nariz roja, pero hoy el gesto alegre es mecánico, la risa blanca es mueca. Y entonces ocurre algo muy extraño: el payaso descubre que quiere hablar en serio, y que el público, acostumbrado a escucharlo sin defensa porque existe un pacto para la ficción divertida, sigue ahí cuando baja la voz y el chiste muta en advertencia o admonición. Que el escenario ligero admite, sin protestar, un tono grave.

La pasada semana un periodista pedía a los compañeros de oficio respeto para los ufólogos televisivos, a los que trataba como “compañeros”.

El Gran Pennywise no se presenta como monstruo, sino como promesa de juego —un globo, una risa histérica—. Sólo en el momento final muestra sus fauces, que se alimentan de niños. Eso es lo que ocurre cuando el espectáculo de variedades empieza a hablar de política. El espectador baja la guardia porque cree estar en una región conocida, sabe quién es el payaso y lleva años divirtiéndose con él, cómo no escucharlo cuando parece haber perdido la gracia y ganado gravedad, cuando el chiste se vuelve doctrina.

El tránsito es imperceptible, no hay ruptura, nadie anuncia que el juego ha acabado. Sencillamente, un día el payaso deja de contar chistes y empieza a predicar un mundo misterioso, antiguo y amenazador. Y lo hace aupado en los zapatones de quien no necesita método, pruebas ni hechos. Le basta con decir, porque la política contemporánea se le ofrece como un festín perfecto, un territorio hecho casi sólo de palabras, de declaraciones, de reacciones, de frases tremendas lanzadas al aire. Y mirándose en el espejo de bombillas sonríe de nuevo, convencido de que ese travestismo le otorgará importancia. No hay que demostrar nada; solo hay que expresar convicción. El plató se vuelve entonces el bosque de Derry, un espacio encantado y familiar donde aguarda un devorador de almas, ascua viva de la edad antigua, atávica y fantasmática.

Cuando el entretenimiento envejece no se vuelve sabio, se vuelve solemne. Cuando la política es lenguaje no se vuelve transparente, se vuelve sortilegio. Y cuando el periodismo se refugia en las comillas, en la voz de otro, cede ante el payaso que cuenta historias improbables al calor de una pequeña hoguera en lo profundo del bosque. Historias lúgubres hacia las que avanzamos hechizados por un inofensivo globo rojo.

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