Lo que no puede pasar, pasa

Una paradoja que solo se entiende cuando el daño ya está hecho es que a menudo el saber experto, tan minucioso, resulta ciego para los grandes cambios precisamente porque son patentes a ojo de buen cubero. Contemplando los hechos con orgullosa minuciosidad y dejándose las pestañas en el detalle del microscopio, el expertise a veces descuartiza la realidad y la somete a la infalible precisión molecular perdiendo de vista el bicho que tiene ante sí. Lo hemos hablado antes aquí para referirnos a la juridicidad de prevaricaciones de libro que pueblan el comportamiento de nuestros jueces de misa diaria y cilicio, arbitrariedades que saltan a la vista pero para las que siempre aparece una ratilla con lupa monocular que encuentra un avío legal. Un pormenor que, si lo piensan, no solo no impugna lo aparente sino que confirma la maquinación.  

El saber experto con frecuencia actúa como si el mundo no fuera una frase —un flujo con sentido— sino un diccionario —un catálogo de fenómenos—. Digo esto porque durante años, buena parte del periodismo digno de tal nombre —no todo, pero mucho, el suficiente— advirtió de la deriva autoritaria de las derechas occidentales y señaló que el viaje tardocapitalista conducía indefectiblemente, otra vez, al fascismo. Lo advertimos a rebufo de las transformaciones del partido conservador estadounidense, primero en una iglesia pentecostal llena de buhoneros y supersticiones, bajo los auspicios de una ignorante beata como Sarah Palin, y después en una rehala de mamarrachos multimillonarios sin formación ni escrúpulos con un delincuente iletrado a la cabeza. El periodismo no hablaba de tanques ni de golpes clásicos, sino de algo más inquietante, de la captura del lenguaje, la obscenidad de los intereses y la deslegitimación sistemática del adversario y la institución. El intento de asalto al Capitolio del trumpismo en enero de 2021 nos parecía un episodio definitivo que despejaba la incógnita, pero, contra la evidencia, el autosatisfecho catedrático de turno aún nos acusaba de precipitación. Y así fue que buena parte de la conversación española y europea siguió girando alrededor de la repetición en super slow motion del estornudo, ciega ante la neumonía. 

Mientras se imponía la conversión de la mentira en estilo, del insulto en programa, del resentimiento en identidad política, politólogos, historiadores y periodistas colaboracionistas o melifluos acusaban a lo más honesto del oficio de melodramático y precipitado. De tener hambre de historia. Y obstaban la superestructura digital y posmoderna, la extravagancia de los actores —Trump, Bolsonaro, Duterte, Ayuso, Farage, Milei…, todos ellos con avíos intelectuales de grupo de refuerzo— como coartada para descreer de lo evidente. Claro, no era un fascismo de museo, sino uno adaptado a la época, compatible con pantallas, algoritmos y urnas, pero era y es inequívocamente fascismo. La respuesta fue el desdén ilustrado: “Frivolidad”, “exageración”, “alarmismo”, “demagogia”, “analogías pobres”, “analfabetismo histórico”…  El fascismo —decían— es un fenómeno europeo, ligado a derrotas bélicas, crisis económicas extremas, contrarrevoluciones del capital, contraataques de sotanas y tradiciones militaristas. Estados Unidos, con su constitucionalismo, su federalismo, su prensa libre, su cultura cívica, sus check and balance y su tradición liberal era impermeable a esa infección. Allí no podía pasar. Pero ha pasado.

Hoy, cuando ya casi nadie discute la naturaleza totalitaria del proceso, esa misma voz experta no se interroga por su error de cálculo ni aplaude la intuición del periodismo somero. No hace autocrítica, no hay revisión del marco mental ni de los modelos de análisis. Y eso, bien a pesar de que el fenómeno, a la postre, ha resultado no incorporar ningún elemento sustantivo de novedad pues es un calco de lo conocido cien años atrás, un fenómeno exacto a sí mismo en el que operan ya la Gestapo, los camisas pardas, las noches de los cristales rotos, el expansionismo de lebensraum (el “espacio vital alemán” del III Reich), la quema de libros, la persecución de periodistas, artistas e intelectuales, la segregación racial y hasta los campos de concentración. Y sí, como en el común restyling barato de cualquier automóvil, al fascismo le han cambiado los faros halógenos por unos leds que compiten con el diseño de los vehículos de Tron, pero el coche sigue siendo idéntico a sí mismo.

El autoritarismo en Europa no es un visitante extranjero, es un pariente incómodo al que se finge no reconocer en las cenas familiares

La razón de este fracaso de buena parte del pensamiento experto no es política, no es un error deliberado o cómplice —o no, en la mayoría de casos— sino que yace en una cierta inclinación a la visión de túnel, a desentrañar la minucia de la pincelada y obviar la composición del mural. 

Mucho ha escrito el filósofo Javier Gomá sobre la generalización como única forma de conocimiento disponible. La complejidad del mundo, su muchedumbre de sucedidos y dichos es mareante y por eso solo a vuela pluma somos capaces de hacernos una idea de la realidad. No hace mucho, Gomá escribía: “La realidad está poblada de cosas concretas —grandes, pequeñas o iguales— y no es posible quedar a merendar con la grandeza, la pequeñez o la igualdad, porque estas abstracciones carecen de domicilio conocido”. El filósofo nos subraya que la generalización no es una pobreza del pensamiento, sino su condición misma. Solo lo que puede elevarse de lo singular a lo común se vuelve inteligible para una sociedad. El detalle infinito puede ser científicamente admirable, pero políticamente resulta estéril y si bien el pensamiento experto desconfía de la generalización, la vida democrática depende de ella porque sin abstracción no hay experiencia común posible. La ciencia puede permitirse el detalle infinito, la vida común no, porque cuando el pensamiento técnico coloniza el espacio moral y político, solo produce parálisis. Lo vimos durante las décadas de hegemonía del catecismo neoliberal, en que un presunto expertise economicista hacía callar con sus mendaces tablas contables a cuantos subrayaban el cisma de desigualdad que se iba abriendo en todas las sociedades occidentales sin excepción.

Pero la miopía que emborrona la visión de conjunto no es el único mal del análisis especializado. También padecemos otro conocimiento experto que nos opaca el cuadro: la presbicia de la geopolítica, tan atenta al mapamundi y tan ciega ante las vidas segadas. La geopolítica opera como una suerte de manto de alta capacitación que desdeña el detalle de los atropellos, los asesinatos, el racismo y la violencia del tirano. De pronto, todo lo que ocurre en Estados Unidos se explica como un reajuste de los grandes ejes del poder mundial. El declive relativo de Occidente, el definitivo de Estados Unidos, el ascenso de China, la pugna tecnológica, la guerra comercial o el cansancio imperial. El trumpismo, bajo esta mirada, deja de ser una forma de dominación interna para convertirse en una estrategia exterior, un reajuste mundial como las placas tectónicas recolocándose. La violencia del tirano es un realismo político brutal, señalan los jugadores de Risk, pero comprensible en tiempos de transición global. La geopolítica funciona así, queriendo o sin querer, como anestesia moral, como un juego de tablero de hombres importantes explicado por hombres importantes. Hablar de esferas de influencia permite no hablar de personas, de derechos, de cuerpos, de miedo, de exclusión, de persecución y de purga simbólica y material. Permite observar el fenómeno desde arriba, como si se tratara de un mapa de mesa con miniaturas de fragatas y destructores sin sangre sobre los meridianos. 

El fascismo, sin embargo, nunca se define por su política exterior, que acostumbra a ser belicosa y expansiva. Su verdadera sustancia no está en cómo se relaciona con el mundo sino con la sociedad, en cómo trata a los suyos. Porque en el fondo es una forma de sometimiento social y blindaje del poder y el dinero. El fascismo se define en la forma en que clasifica a la población, jerarquiza a la ciudadanía, convierte al disidente en enemigo, al diferente en sospechoso, al vulnerable en residuo y al activista en terrorista mientras roba todo lo que tiene a su alcance. La batalla, bien lo sabemos, se escribe en el registro de la propiedad. Pero ese núcleo queda convenientemente oculto cuando se adopta el lenguaje de los analistas estratégicos que discuten si Trump se acercará o no a Rusia, si tensará aún más el vínculo con Europa, si aislará a Estados Unidos o lo replegará. Se analiza el mapa y se olvida el hogar del que un niño de cinco años es arrancado para introducirlo en un camión de detención. Con su gorrito azul.

Hay algo profundamente revelador en ese desplazamiento del foco. El liberalismo se narra a sí mismo como sistema internacional, no como pacto civil. Y por eso, cuando el mascarón de proa del liberalismo mundial empieza a transformarse internamente en otra cosa, se prefiere hablar del barco antes que de la tripulación. Pero el fascismo no empieza nunca en la frontera, empieza en el interior, en las escuelas, en las universidades, en los medios, en los tribunales, en la administración, en el lenguaje permitido, en la identidad obligatoria, en la conversión del ciudadano en súbdito moral. Reducirlo a una estrategia geopolítica es, en el fondo, otra forma de colaboracionismo: no porque sea celebrado, sino porque es vertido a un idioma que lo vuelve inevitable, como si no fuera una decisión política sino una reacción histórica automática.

El colaboracionismo apaciguador no consiste en apoyar al autoritarismo, sino en rebajar su categoría, en presentarlo siempre como una anomalía ajena, como una excentricidad nacional, como un accidente cultural irrepetible. Nunca como una posibilidad estructural de la democracia misma. Por eso no extraña que hoy, el augurio errado se desplace a Europa. Ahora el mensaje es que lo que pasa allí —nos dicen— no puede pasar aquí. Lo hemos leído en los últimos días.

Y sin embargo, si uno se detiene a mirar la historia sin el microscopio del historiador ni el telescopio electrónico del geopolítico —a vuela pluma, como solo puede hacerlo el periodismo, que solo puede hacerlo de ese modo por no ser un conocimiento experto sino amplio (“un océano de conocimiento de tres pulgadas de profundidad”)— y la ironía resulta casi obscena. Estados Unidos, país sin tradición fascista propiamente dicha, sin partido único histórico, sin memoria de camisas negras ni pardas, sin derrota fundacional que metabolizar, era precisamente el lugar donde menos probable parecía el fenómeno. 

Europa, en cambio, no puede alegar ignorancia ni inmunidad pues el autoritarismo ha sido parte del ADN europeo. El liberalismo clásico surgió precisamente como reacción a los desmanes y la concentración de poder del despotismo ilustrado europeo. Aquí el fascismo no fue una hipótesis, fue gobierno, administración y rutina y está inscrito en las derechas europeas no como accidente, sino como genealogía. A veces repudiada, otras blanqueada, a veces heredada sin nombre, pero rara vez extirpada. En muchos países —y no miro a nadie— ni siquiera hubo ruptura con él sino una transición pactada, no hubo derrota moral del fascismo sino reciclaje y travestismo. Si alguna vez hubo un lugar donde “no podía pasar”, ese era Estados Unidos, el país que hizo del liberalismo no solo un sistema político, sino un relato fundacional. Y ha pasado. Decir ahora que “aquí no puede pasar” no es una conclusión racional, es la última línea de defensa de quienes no quieren admitir que el error no fue del cálculo, sino de la mirada, o de quienes ya lo consideran un tránsito inevitable y quieren garantizarse una banqueta a cubierto.

El autoritarismo en Europa no es un visitante extranjero, es un pariente incómodo al que se finge no reconocer en las cenas familiares. Hasta que un día vuelve a ser el rico del pueblo y todos quieren ser su sobrino favorito.

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