Jesús Montiel: "Quiero zarandear al lector y decirle 'te crees inmortal, pero te quedan dos telediarios'"

El escritor Jesús Montiel

Jorge García Torrego

"Al autor de este libro le gusta su vida. El problema es que su vida es un fracaso en todos los sentidos. Que alguien se dedique a entrenar la fiera de su silencio no es algo que contemplen las cláusulas de lo moderno. No puede tolerarse tanta lentitud. Un hombre dedicado al descubrimiento no sirve para nada, hay que desterrarlo. Está muy bien para incluirlo, una vez muerto, en un libro de texto. Para decir que nació en esta u otra ciudad. Pero ahora mismo estorba. Es un mal ejemplo".

Este breve texto, que pertenece a su libro Memoria del pájaro, fue escrito por el poeta Jesús Montiel (Granada, 1984) y con él ganó el XXXI premio Hiperión. Han pasado años, pero el autor sigue siendo aquel sujeto imperfecto que se detiene y escribe. Y su último libro publicado es Qué quieres ser de muerto, publicado por Pre-Textos, que hemos utilizado como excusa para hablar de lo mundano y lo divino, de redes sociales y de otros temas.

¿Cómo está? Bueno, antes de nada, gracias por aceptar esta charla. Quería contarle que lo primero que me ha sorprendido es que no tenía la sensación de que hubiera publicado ya tantos libros. Este es el decimoquinto, ¿verdad?

Qué barbaridad. Pues no lo sé, es casi como un McDonald's, es demasiado, quizás sí. Pero bueno, son muy breves.

La estructura de los libros ha ido cambiando de un verso o estructura más clásica, a un tipo de texto más híbrido, como el que muestra en este último libro, que es una especie de prosa poética ¿Esto es intencionado o ha ido surgiendo?

Ha sido un proceso natural y es verdad que empecé con la poesía, con el verso, pero llegó un momento en el que me empezó a empachar el tema de la métrica y todas estas cosas. Y yo siempre, a la vez que escribía poesía, escribía también narrativa. Lo que pasa es que empecé a publicar poesía, pero siempre tenía el empeño de escribir novelas y relatos. Me ha ido llevando la cosa hasta ahí, a este tipo de texto, donde me encuentro mucho más cómodo porque siempre he tenido vocación de llegar a lectores, o sea, no entiendo al que dice 'escribo solo para mí mismo'. Para mí, el objetivo de escribir también es llegar a los demás y lo que me encanta de esto es la relación con el lector. Y también tengo experiencia de que la poesía, con la métrica, muchas veces hace que se quede en un circuito autista, de manera que solo se ven los poetas entre ellos. Y a mí eso me produce un poco de agresión. La literatura tiene que salir más allá del ecosistema literario y llegar a la gente sin renunciar a la calidad.

Claro, y en ese sentido, como persona muy activa en redes, en particular en Instagram, ¿cómo hace para mantener el equilibrio? Está muy presente ahí, pero por otro lado es un autor consagrado que respeta mucho la publicación en papel. ¿Cómo hace para no exponerse demasiado en redes sociales?

Pues fíjate que también he ido evolucionando en mi relación con las redes. Es verdad que, al principio, hace unos años, yo estaba muy en contra de internet, de las redes, de todas estas cosas. Con un discurso más cercano, bueno, a lo que puede decir bien Byung-Chul Han y otros autores, pero con el tiempo me he vuelto mucho menos apocalíptico y veo las cosas con buenos ojos. Soy hijo de mi tiempo y tengo que utilizar las herramientas de mi tiempo. Sería absurdo ponerse de espaldas a internet, o al menos yo lo veo así, y no utilizarlo porque es una herramienta, igual que la herramienta de la escritura surgió en otra época y surgió la carta manuscrita y creo que de todo podemos hacer un uso perverso o un uso bueno. Ahora mismo no me llevo mal con Instagram. Eliminé Facebook, eliminé Twitter y me quedé con uno para simplificar y me ha dado mucha alegría. Quiero decir, que me ha llevado a mucha gente. También me ha servido como herramienta de promoción, dar a conocer un libro cuando lo saco. Lo utilizo para eso, y también a veces para comunicar pensamientos o como un diario de imágenes.

Trata muy bien el tema del ego en este Qué quieres ser de muerto. Ese amaestrar el ego con un bozal. ¿Cómo hace para conseguirlo?

No soy un influencer, ni nada, bueno, a pequeña escala, pero el peligro del ego siempre está, da igual si es en una red social o si es, incluso, en tu patio de vecinos o en tu misma familia, da igual la circunstancia en la que estemos. Es verdad que las redes son muy engañosas en cuanto a que te encumbran y normalmente solo tienes ecos positivos. Y la mayoría de la gente que te halaga o que te dice cosas bonitas y agradables son desconocidos y muchas veces son la misma gente que te da la espalda en cuanto no lo ves venir. Uno tiene que ser consciente de que es un juego, son espejismos. Participar, sí, pero sabiendo que el 80% de la gente con la que interactúas ahí son desconocidos que admiran o siguen una parte de ti, un tanto por ciento muy pequeño, porque no te conocen cuando te enfadas, no te conocen cuando no has dormido, no te conocen fuera del escritor. Eso lo tengo muy en cuenta y luego, aparte, también con mi trabajo en la meditación y todas estas cosas, intento ponerle una valla eléctrica ahí al ego y que no salga el tiranosaurio.

¿Por qué el título de este libro está en segunda persona? Algo así como: "Oye, tú, que estás ahí detrás de las páginas, ¿qué quieres ser después de muerto?"

Quiero una especie de catarsis o zarandear al lector y decirle: 'oye, crees que eres inmortal, pero te quedan dos telediarios', como a todos, porque esto es brevísimo. Soy de los que piensa que dialogar con nuestra muerte a diario, hacer memoria de la muerte, es bueno. Nuestra mortalidad es la mejor maestra para vivir mejor. La perspectiva de la muerte ayuda a ser más compasivos, más conscientes de los gestos que realizamos a diario. Y también para centrarnos en lo que verdaderamente importa, que al final es relacionarnos bien con la gente que tenemos alrededor, no hacer daño ni a la naturaleza, ni a nuestros vecinos, ni a nuestra pareja, cuidar del tiempo que tenemos.

Nuestra mortalidad es la mejor maestra para vivir mejor

En la presentación del libro en Madrid mencionó que el amor es esa especie de brújula que todo lo balancea y equilibra.

Desde siempre he tenido muy presente la muerte, siempre he pensado que quiero irme en paz con toda la gente que he conocido. Quiero irme sin enemigos, o al menos poniendo de mi parte, porque tengo un empeño, sobre todo últimamente, en trabajar todo eso e irme como habiendo dejado la casa limpia. Como si esta vida fuera una habitación que tenemos alquilada un tiempo y luego va a venir alguien diferente a ocuparla.

La muerte de Robe Iniesta me hizo pensar en la muerte y en cómo ser recordado. Está el recuerdo íntimo y el público de las redes sociales.

Yo pongo más hincapié en el de la intimidad, más que en el personaje, porque ya digo que al final las personas que han convivido con nosotros son las que verdaderamente conocen nuestras sombras, nuestros demonios y creo que ahí es donde el amor puede ser algo práctico y no abstracto. Porque amar al que tenemos lejos es muy fácil, pero todo empieza en el ámbito privado, es donde empieza el amor, que luego repercute lo demás que puede ayudar a la gente.

Estoy muy ocupado en el aquí y ahora, que creo que es donde podemos encontrar realmente la eternidad

Al principio del libro cita a Maggie Smith: "Encuentro lo mío y lo cuento y entre tanto lo mío cambia". ¿Cómo ha cambiado lo suyo desde que salió el libro?

Sigo un poco en su casa, mi vida es muy quieta y muy cambiante al mismo tiempo porque tengo como dos vidas, según la semana. Tengo la semana con los niños, que es la que soy un padre que cocina, que pone lavadoras, que lleva al colegio y luego mi trabajo, y luego tengo la semana sin niños, que es como una vida esquizofrénica, que supongo que todos los separados entienden, en la que me pasan muchas cosas. Pero realmente mi vida social en este último tiempo ha aumentado muchísimo y me pasan muchas cosas y a mucha velocidad. Y luego pasan también muchas cosas a mi alrededor, separaciones que ha habido cerca de mí, o sea, mucha agitación, pero al final todo esto me pone en la realidad, nada está quieto y de ahí nace un poco el libro, de esa toma de conciencia de que, a diferencia de cuando uno es pequeño, que cree que todo está quieto y es como un decorado, la vida es cambio y una transformación constante y quien no acepta eso sufre más porque al final la realidad te va a quitar todo y hay que familiarizarse con todo ese cambio, con toda esa mudanza.

¿Qué es lo inmutable?

En eso he tenido bastante evolución, porque a mí me educaron, como a mucha gente, en un ambiente muy católico. He conocido lo mejor y lo peor de la religión, y creo que muchas veces lo peor es desatender esta vida pensando en otra, pues uno juega un videojuego, esperando una recompensa o una gratificación moral o celestial o como queramos llamarlo. Ese tipo de fe a mí no me interesa, no me ayuda y además he visto que ha roto a mucha gente. Esta vida me es suficiente porque yo no concibo la eternidad fuera de esta vida y tampoco me interesa lo que haya después. Estoy muy ocupado en el aquí y ahora, que creo que es donde podemos encontrar realmente la eternidad, en el sentido de esos instantes en los que nos olvidamos de nosotros mismos porque estamos más pendientes de un tú. Y para mí esos instantes son los que dan sentido a todo y los vivo cada vez más a menudo, tengo que decir. O sea, cada vez me siento en ese sentido muy privilegiado porque vivo normalmente a diario algún instante en el que soy consciente de que la vida es una maravilla, independientemente de las bofetadas que nos pueda dar o de todo lo malo que suceda a nuestro alrededor. Vivo ocupado en el aquí y el ahora, mi fe se ancla ahí.

En su anterior libro, El niño que he sido, hablaba de la infancia, y en este de la muerte. Esa visión del niño alimenta esta conciencia particular de la muerte y del presente, y está también relacionada con un tiempo vertical y otro horizontal, que es una idea que tratan Gaston Bachelard o Roberto Juarroz. ¿Cree que es en la muerte donde se unen los dos tiempos, el vertical y el horizontal? ¿El tiempo racional, digamos, y el emocional?

Sí, sí, totalmente. De hecho, desde que murió mi abuelo yo lo veo más vivo que nunca, ya que en algún instante que he estado allí en el pueblo, en la casa vacía, y he visto el huerto que él cuidaba, muchos gestos que tengo de cuidado, veo que son herencia de él. De alguna forma sobrevive en mí, que es la forma que tenemos de sobrevivir, el eco que dejamos en las demás personas, y eso rompe o pulveriza totalmente el tiempo cronológico. Al final el amor es lo que crea ese espacio vertical que también se da en los poemas o en el arte y ya no existe duración, y yo he experimentado cómo esa persona ya no está físicamente o con la apariencia tal y como la conocemos, pero habita de otro modo que no es ya el temporal dentro de nosotros, y veo ahí una mezcla de tiempo y eternidad. Yo creo que en esta vida está totalmente mezclada la luz y la sombra, la eternidad y el tiempo, o sea, la verticalidad y la horizontalidad, y no se puede renunciar a ninguna de esas dos dimensiones.

¿Hasta qué punto este otro tipo de meditación, como puede ser correr, o quizá estar con una mascota, cree que esos rituales relacionados con meditar son necesarios para poder tener conciencia del presente?

A mí siempre me gustó correr de pequeñito porque además tengo un tío que ha sido atleta profesional y lo he mamado. Lo que pasa es que luego me eché a fumar y, en fin, dejé el deporte, lo típico hasta los treinta y tantos que volví a correr. Y para mí no solo me ayuda como espacio meditativo, sino que me ha ayudado a relacionarme mejor con mi cuerpo porque a mí me educaron en oposición a él o viviendo el cuerpo como enemigo, como fuente de placer pecaminoso, y vivía totalmente dividido. El deporte me ha hecho reconciliarme con el cuerpo poco a poco, y creo que precisamente para vivir el presente, el aquí y ahora, que pasa igual en la meditación, hay que pasar por el cuerpo y al final no es nada abstracto, la meditación es súper física y eso es lo que estoy viviendo también en el zen, cuando tienes que acostumbrarte a abrir las caderas, la postura del loto durante mucho tiempo. Al final es casi como un arte marcial con el cuerpo, en el que este se convierte en una radio que tienes que sintonizar para que precisamente surja ese estado de quietud y de olvido de sí mismo. Me pasa corriendo, a veces estoy corriendo por mitad de la naturaleza y notas inmediatamente una influencia sobre la mente, cómo se va aquietando y cómo acabas de otra manera diferente a como empezaste a correr.

¿La escritura también es otro tipo de meditación?

Sin regreso, de María Ángeles Maeso

Sin regreso, de María Ángeles Maeso

Totalmente. Escribir, correr, fregar los platos, da igual, si estamos presentes en lo que hacemos, todo absolutamente es meditación. De hecho, el objetivo de meditar no es pasar un rato, así como en plan hippie, con un bienestar y todas estas cosas, es que ese rato impregne toda tu cotidianidad, de manera que todos los gestos que tú hagas a diario, aunque sea rellenar un formulario en el ayuntamiento o pagar una multa, esté impregnado de ese estado de presencia que se cultiva en el rato de la meditación.

En el libro sus abuelos abogan por "prestar atención a lo que estás haciendo". ¿Las personas mayores son revolucionarias hoy en día?

Mi abuelo era de un pueblo pequeño y agrícola, y es verdad que la relación con la tierra hace que las personas estén más ancladas en el instante, porque se vive, o se vivía, porque ahora también el campo lo ha colonizado el mercado, más con los ciclos naturales, con otro ritmo, con otro tiempo. Y le hemos dado la espalda al tiempo natural, que es un poco también lo que digo: la bombilla, el frigorífico, o sea, el tiempo en la ciudad es totalmente ficticio y vivimos un poco neuróticos y fuera del aquí y ahora. Yo creo que, en ese sentido, es verdad que nuestros abuelos, sobre todo los que vivían en pequeñas poblaciones y en relación con el campo, estaban mucho más en lo que estaban, que es lo más difícil del mundo. Al final, estar en lo que se está es toda una aventura.

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