Urbanismo rural sin mirada de género: “Ponen la parada justo donde no hay farola. ¿Y quién usa el bus? Las mujeres”
Cuenta Cecilia Carrasco, secretaria de Fademur (Federación de Asociaciones de Mujeres Rurales) en Extremadura, que es habitual que en los pueblos los alcaldes acudan a ellas para pedir ayuda con, por ejemplo, la decoración de las carrozas de la cabalgata de Reyes, el arreglo de la iglesia o actividades como las Migas Solidarias, pero cuando se trata de decisiones que afectan a otras áreas, las voces femeninas no se escuchan. “Y después nos encontramos con situaciones como que la única parada de autobús del municipio se coloca justo donde no hay farola, de manera que cuando es de noche –que en invierno es muy pronto–, no existe iluminación ninguna. ¿Y quién usa el autobús en los pueblos? Pues las mujeres. Porque sigue pasando que, en muchos casos, son los hombres los que tienen el coche. ¿Una mujer está segura en una parada a oscuras?”, expresa.
Su reflexión pone el foco en un concepto, y sus consecuencias, que existe no solo en las ciudades, también en las zonas rurales: el urbanismo sin perspectiva de género. O lo que es lo mismo: cómo la organización del espacio físico y las infraestructuras sin una visión feminista afecta a la calidad de vida y a las necesidades sociales. Varias expertas analizan para infoLibre esta realidad en los pueblos de Extremadura. Sus conclusiones son extrapolables a otras regiones con una estructura similar: municipios con poca población y limitadas conexiones.
La definición teórica la aporta la arquitecta María G. Javaloyes: “El objetivo es apostar por unas políticas urbanísticas que pongan en el centro los cuidados, imprescindibles para el sostenimiento de la vida cotidiana; porque hay que reconocer una obviedad: somos seres interdependientes, sobre todo en la infancia y la vejez. Sabemos que estas tareas han sido realizadas tradicionalmente por ellas y que el patriarcado las ha invisibilizado y minusvalorado. Pero situar los cuidados en el centro no tiene como fin poner ahí a las mujeres, porque lo deseable es que esas labores dejen de ser hechas mayoritariamente por ellas, sobre todo cuando es imposición y no elección”.
Javaloyes vive en Extremadura desde hace once años y conoce muy de cerca cómo se desarrolla la vida en las pequeñas localidades. Está especializada en construcción sostenible y rehabilitación de la arquitectura tradicional.
Continúa con su razonamiento: “Muchas veces los planes generales de los municipios rurales han sido elaborados en despachos ubicados en la ciudad y con técnicos que han mirado a los pueblos como algo inferior, menos desarrollado. Han estado muy lejos de una mirada curiosa, y menos aún de admiración por la cultura y las formas de habitar propias. Cargados de prejuicios, no han pensado en la necesidad de preguntar a los vecinos de estos lugares y, mucho menos, a las mujeres”.
Pone un ejemplo: “Hace años, en un pueblo de la provincia de Badajoz, pude comprobar cómo para el alcalde y parte de su equipo era más importante diseñar la próxima rotonda que resolver las múltiples peticiones que había de conflictos urbanísticos, como una rampa de accesibilidad más cerca de la vivienda de una persona con movilidad reducida, crear más zonas de sombra, una fuente de agua potable en el nuevo parque o más iluminación en el camino al cementerio, que en este caso coincidía con el paseo habitual de muchas tardes de grupos de mujeres”.
Los callejones
Esa falta de alumbrado público en determinados callejones, en calles más alejadas o a las afueras, o en rutas por donde habitualmente se sale a correr es una de las principales reivindicaciones: “Es que forma parte de nuestro ADN estar en alerta cuando vamos por un lugar a oscuras, da igual la edad que tengamos”, resume, por su parte, la secretaria de Fademur.
En este sentido, otra voz experta, la arquitecta extremeña Victoria Domínguez, que ha profundizado en temas de igualdad, afirma: “Evidentemente, las mujeres deberíamos poder caminar por sitios oscuros sin temor a que nos pase algo, pero ese no es nuestro día a día”. Asimismo, en relación a las paradas de autobús, destaca que hay ejemplos a seguir en Extremadura, como las instaladas en Cañaveral (1.000 habitantes), Villanueva del Fresno (3.200 vecinos) y Palomas (651): “Además de ser un objeto urbano bonito que se integra bien, tienen buena luz y en ningún momento se convierten en un punto oscuro”.
En su análisis del urbanismo y la perspectiva de género, arguye que en los pueblos es fundamental que los vecinos se impliquen y participen, que ahí está la riqueza. Con ella coincide otra colega de profesión, Mónica Bujalance, residente en Villanueva de la Vera, en el norte de Cáceres. “Pero muchas veces el problema es que a los ayuntamientos les cuesta trabajo escuchar. No quieren entender que otras personas pueden tener ideas que vienen bien. Y ya si se trata de la voz de una arquitecta, pues aún más, porque es un rol que parece que no nos corresponde”, subraya.
La despoblación
Pero, además, Victoria Domínguez da un papel clave a la despoblación: “Si ya cuesta trabajo que estemos presentes en las esferas públicas y en la toma de decisiones, ahora además cada vez hay menos chicas jóvenes en las zonas rurales, de manera que resulta más complicado poner sobre la mesa nuestro punto de vista”.
Lo cierto es que Extremadura, y especialmente sus pueblos, ha perdido al 21% de su población entre los 25 y los 34 años en la última década. La falta de oportunidades laborales es uno de los motivos.
Ella va más allá y habla también de un cambio generacional: “A menos que exista una red familiar fuerte, es muy complicado que, por ejemplo, una chica que tiene opciones de elegir plaza o puesto decida irse a un pueblo. Aunque el trabajo en cuestión ofrezca buena proyección, ahora se priorizan otras cuestiones como el ocio, ya no se busca tanto la realización profesional”. “Y, por supuesto, añade, una mujer joven sola se siente mucho más expuesta en un municipio pequeño”.
En este sentido la socióloga y profesora de la Universidad de Extremadura (Uex) Manuela Caballero habla de la presión social y cómo afecta. “En un pueblo te lo controlan todo, eso a un chico no le pasa. Las primeras que emigran o que salen huyendo de los pueblos son las mujeres”.
No obstante, hace un análisis desde otra perspectiva: la vuelta a los valores conservadores. Así lo razona: “Hemos profundizado mucho en poco tiempo en el feminismo, quizá no se ha sabido explicar bien, y ahora estamos viviendo una reacción contraria. Y a pesar de todo lo que se ha avanzado, esa estructura tradicional del hombre en lo público y la mujer en casa parece que ya no está tan mal vista entre la gente joven. Y a veces las circunstancias no ayudan, como pasa en muchas ocasiones en las zonas rurales”.
Un bucle
Al hilo de lo descrito, y volviendo a ese concepto de un urbanismo que coloque los cuidados en el centro, la secretaria de Empleo y Formación de CCOO en Extremadura, Mari Cruz Lara, defiende la necesidad de contar con servicios públicos básicos: “Si no hay una guardería donde poder dejar a los niños, un centro de mayores donde los padres estén atendidos y un transporte que permita la movilidad, es muy difícil que una mujer pueda tener flexibilidad para acceder a un empleo desde un municipio pequeño, lo que agranda la desigualdad”. “No debería ser así, añade, pero en la mayoría de los casos esas labores de cuidados siguen recayendo en ellas, hay que seguir peleando para que este contexto cambie”.
Como prueba, los últimos datos que recoge el Ministerio de Igualdad: en 2024, el 90,7% de quienes pidieron una excedencia para el cuidado de hijos fueron mujeres. El porcentaje apenas ha variado en la última década.
Otro número que evidencia la situación laboral en Extremadura es la última cifra del paro: tres de cada cuatro nuevos desempleados el pasado mes de enero fueron mujeres; ellas representan ahora mismo al 60,10% de quienes no tienen trabajo.
Ante este escenario, los pueblos “o te encierran o no resultan atractivos”, asegura Lara. Y aquí empieza el bucle: sin políticas de conciliación eficaces que permitan favorecer más nacimientos, sin una apuesta clara por los recursos públicos, será difícil que la población infantil crezca y no se ponga en riesgo la continuidad de los colegios, por ejemplo. De manera que la herida de la despoblación seguirá sangrando. Y, en esa pescadilla que se muerde la cola, será más complejo apostar por servicios básicos en las zonas rurales.
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De hecho, esta idea se subraya en una guía publicada en 2021 por la Junta de Extremadura y titulada Proyectando con perspectiva de género. Guía para planificar ciudades y pueblos inteligentes y sostenibles. En la misma se apuesta por una mejora del urbanismo y se recogen planteamientos como: “Cuando un territorio es disperso como el extremeño, las desigualdades de género tienden a incrementarse con respecto al acceso a los servicios y equipamientos”.
Ahondando en el tema del transporte, la socióloga Manuela Caballero apunta: “El año pasado estuvimos haciendo encuestas en la comarca de La Siberia de los motivos para quedarse en los pueblos y nos llamó la atención la necesidad que tiene todo el mundo de un coche propio para moverse; si no, sienten que es como vivir en una cárcel”.
Si bien es cierto que el autobús es gratuito para moverse dentro de Extremadura, las rutas disponibles son escasas y no suponen una alternativa real. Y esto provoca que cada vez se usen menos. Y aquí otro bucle: si no hay usuarios, peligra su supervivencia. “Hay que tener muy clara una cosa: el autobús ha de ser un servicio público en las zonas rurales, no se puede pensar solo en su rentabilidad”, se lamenta Cecilia Carrasco, que vuelve a resaltar que son las mujeres las principales usuarias. Y, en consecuencia, las principales afectadas.