Orgullo democrático

Sentarse a escribir, igual que sentarse a escuchar, es una toma de postura ante la prisa, esa dinámica que enturbia la capacidad de pensar y nos empuja al mundo accidentado de las obsesiones. Cuando habitamos una situación difícil, el destino puede llegar a confundirse con la fatalidad y el futuro se hunde en la desconfianza como si cualquier deseo de luz estuviese condenado al fracaso. Tomar conciencia supone desde luego valorar las heridas, medir la gravedad, sentir los peligros, pero también implica una reflexión sobre las causas, un análisis de los acontecimientos y un compromiso con la esperanza. Se puede tratar de un compromiso activo, porque no tirar la toalla, no renunciar a la conciencia, debe ser algo más que sentarse a esperar los acontecimientos. La esperanza invita al activismo. Seamos activistas de la esperanza, un modo de espera en el compromiso de la propia conciencia.

Las dinámicas que atentan en los últimos años contra la democracia son evidentes. Más allá de los desalientos y las tristezas de la actualidad, la memoria puede ayudarnos a comprender el significado de las situaciones, y la comprensión de las causas facilita a veces que el desaliento se convierta en orgullo. Cosas de la edad y la poesía. La relevancia que el machismo ha recuperado ahora en el pensamiento reaccionario puede ser un buen ejemplo.

Confieso que se trata de un asunto que me afecta de manera especial, porque la poesía se relaciona de forma íntima con la educación sentimental de la sociedad. Los poetas herederos de Antonio Machado aprendimos que la historia no sólo pasa por las declaraciones políticas, sino también por el modo de decir amor, te quiero. Así que intentar comprometerse en la sociedad a través de la poesía supone siempre un esfuerzo por transformar los sentimientos más íntimos, esos que dialogan con el deseo, el miedo y los matices profundos de la palabra yo. ¿Qué digo yo cuando digo te quiero?

El protagonismo machista en el pensamiento reaccionario es una respuesta a los avances conseguidos por una democracia de la que, en medio de las dificultades, podemos sentirnos orgullosos

A principios de los años 80, hace más de 40 años, un grupo de poetas publicamos una declaración en la que asumíamos nuestro compromiso para conseguir una nueva sentimentalidad. La democracia no consistía sólo en poder votar cada 4 años. El franquismo había supuesto algo más que la cancelación del derecho al voto. Además de prohibir la libertad del pensamiento político, la dictadura había fijado una vigorosa instrucción sentimental fundada en un machismo imperativo.

Quien tenga edad para recordar las costumbres dictatoriales sabrá qué significa vivir en una sociedad fundada en el machismo, y no sólo porque la mujer dependiese legalmente del marido a la hora de tomar decisiones, sino porque la condición femenina se identificaba con el espacio de lo privado, la dependencia familiar, la incomodidad pública (en el trabajo, la literatura o las relaciones sociales) y la tarea natural de los cuidados domésticos. Si comparo la condición femenina que marcó la vida de mi madre con la que hoy define la vida de mis hijas, la distancia es abismal. Y yo me siento democráticamente orgulloso de esa diferencia. Creo, además, que la poesía, la cultura democrática, han ayudado mucho a transformar la sociedad.

Creo también que el protagonismo machista en el pensamiento reaccionario es una respuesta a los avances conseguidos por una democracia de la que, en medio de las dificultades, podemos sentirnos orgullosos. Y podemos comprender así las estrategias reaccionarias: un esfuerzo por no hablar de los derechos legítimos en la igualdad, una apuesta por convertir cualquier avance justo en una amenaza. Las mujeres son un peligro contra los hombres. De ahí la confusión que un pensamiento conservador e indignado busca a la hora de denunciar cualquier progreso, convirtiéndolo en un peligroso desarreglo social.

Y puestos a sentir orgullo, me hago una pregunta que nos invita a seguir pensando. El apoyo de las élites económicas, los oligarcas de las tecnológicas y las grandes multinacionales a la extrema derecha antidemocrática, ¿no significa también que la democracia, pese a sus defectos y limitaciones, ha conseguido avances económicos en favor de la igualdad?

Para luchar por la democracia, además de los defectos, conviene sentirse orgulloso de lo conseguido. Y un poeta como yo, nacido en Granada poco después del asesinato de Federico García Lorca, tiene muchos motivos para sentirse orgulloso de nuestra democracia.

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