El cordón sanitario en las presidenciales no frena el auge de Chega, más fuerte que nunca en Portugal
La historia de redención de Antonio José Seguro es digna de las mejores temporadas de House of Cards. Su figura había quedado completamente destrozada tras perder una de las luchas fratricidas más intensas y destructivas de la política portuguesa moderna. La guerra civil en el seno del Partido Socialista (PS) entre Seguro, entonces secretario general del partido, y Antonio Costa, valor al alza en la formación, dejó insultos, odios y rencores que aún se dejan notar más de 10 años después de su final. Seguro fue incluso acusado de connivencia con el Partido Social Democrático (PSD), la formación de derechas del país, por apoyar las medidas de austeridad del entonces gobernante, el derechista Pedro Passos Coelho. El PS nunca perdonó esa afrenta y Costa no olvidó los insultos de su rival, que se convirtió en persona non grata en el partido y tuvo que desaparecer de la primera línea política.
De hecho, cuando Seguro lanzó su candidatura, lo hizo con el recelo de una parte de su propio partido y con un perfil centrista e integrador. El enfoque fue un acierto total. La figura que antaño había protagonizado una de las pugnas más divisivas de la política portuguesa se ha convertido durante esta semana en el símbolo de la unidad que ha conseguido frenar a la extrema derecha. Su victoria frente a André Ventura, líder de Chega, ha sido un respiro para toda Europa en pleno auge ultra, no solo por ganar, sino por cómo lo ha hecho, con más del 65% de los votos y apoyado en un cordón sanitario perfecto por parte del resto de partidos, desde los comunistas a la derecha.
Aún con todo, Seguro es un bálsamo que no consigue tapar lo evidente: Chega es un partido al alza en Portugal. Por primera vez en la historia, un candidato de extrema derecha logró pasar a la segunda ronda de las presidenciales, una noticia que se suma a otro récord que sucedió en las legislativas de 2025, cuando Chega le robó la segunda posición al PS en escaños.
Fue el punto álgido de un ascenso sin paliativos. La primera vez que se presentó, en 2019, el partido quedó séptimo, logrando solo un diputado y obteniendo un exiguo 1,29% de los votos. Cuatro años más tarde, subió a los 12 y al 7,15%, pero nada como en los últimos dos comicios, donde Chega se disparó completamente, alcanzando los 50 asientos y el 18,07% de las papeletas en 2024 y los 60 y el 22,76% en 2025.
La migración como punta de lanza
Un ascenso que se ha apoyado en un discurso siempre en la cuerda floja de la legalidad. Sirva como ejemplo la cruzada de Ventura contra una de sus némesis predilectas: los gitanos. “Esto no es Bangladesh” o “Los gitanos deben obedecer la ley” eran algunos de los lemas usados en varios carteles colocados por Chega que la Justicia ordenó retirar por basarse en “ideas discriminatorias y atentar contra una minoría étnica”. Años antes, Ventura ya había estado en el centro de la polémica cuando aún era un joven candidato a alcalde del PSD en una ciudad del área metropolitana de Lisboa. Entonces, dijo que los gitanos "viven casi exclusivamente de los subsidios", "se creen por encima de la ley" y "sienten que nada les puede pasar".
Los exabruptos de Ventura con tintes racistas son tan continuos que ya ni siquiera son noticia. Lemas como “limpiemos Portugal” son tan polémicos como efectivos para ganar votos. “Siempre se ha dicho que los lusos eran un pueblo más integrador, por ejemplo por cómo trataron la colonización. Pero a largo plazo se ha visto que esto era más un mito que otra cosa. Las encuestas muestran unos niveles altos a nivel de racismo y xenofobia, y eso Chega lo ha sabido canalizar muy bien”, señala Carolina Plaza, profesora de la Universidad de Salamanca y experta en partidos de extrema derecha. Por ejemplo, la European Social Survey muestra a Portugal muy por debajo de la media europea en cuanto a la permisividad con la migración y un barómetro de la Comisión Europea indica que hasta el 68% de los portugueses creen que la política con respecto a este tema es demasiado permisiva.
Unos números que han subido en los últimos 5 años, cuando el aumento de la migración ha sido más acusado en Portugal. Este fenómeno se ha producido especialmente entre las clases medias y bajas, que forman parte esencial del electorado del partido de Ventura. “Es un tipo de inmigración nueva, procedente de India, Bangladesh y Nepal, que ha penetrado en buena parte de las empresas agroexportadoras del sur. Chega se aprovecha de eso para hacer un discurso que se basa en que esos migrantes están robando a los portugueses los servicios públicos como la sanidad, una narrativa que es bastante efectiva”, explica Antonio Costa Pinto, coordinador del Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad de Lisboa, especializado en el estudio del fascismo y el salazarismo.
De hecho, el experto enfatiza que Chega se coloca lejos de otros partidos de extrema derecha que se guían por una política económica ultraliberal. Lejos de eso, combinan una retórica muy conservadora en los valores con otra que defiende la no privatización de los servicios públicos o la defensa de las pensiones. Eso, sumado al rechazo migratorio, ha hecho a Chega el partido dominante en el sur de Portugal, especialmente en las regiones del Alentejo y del Algarve, las zonas más pobres del país y a su vez los tradicionales feudos del PS y de los comunistas.
Inestabilidad, bajos salarios y vivienda
En ese sentido, Ventura ha sido enormemente hábil a la hora de responder al descontento de los portugueses con las cuestiones materiales, como los bajos salarios y la vivienda, mientras la izquierda parecía olvidarse de ellas. “Los partidos de izquierda alternativa llevan años sumidos en problemas internos y el PS vivió un viaje hasta postulados económicos neoliberales que terminaron por dejar terreno fértil para Chega. Ventura, de hecho, es de los primeros líderes ultras que se fijaron en el malestar de las clases trabajadoras, mucho antes que otros partidos como Vox. Al final, da igual que el país vaya bien en la macroeconomía si pierdes calidad de vida”, señala Juan Francisco Albert, director de Al Descubierto.
A este factor hay que añadir la gran inestabilidad política que vive Portugal. En los últimos 4 años el país ha tenido que ir a las urnas 3 veces (sin contar estas presidenciales) por la imposibilidad de conseguir mayorías estables en el parlamento y por el estallido de varios casos de corrupción que han afectado a altos cargos del Gobierno Costa (buena parte de ellos sin condena final) y a la familia del actual presidente, Luis Montenegro. “Con ese contexto, Chega ha podido articular mejor que nunca su discurso populista, presentándose como un partido que lucha contra la corrupción de las élites dominantes que preceden del bipartidismo”, afirma Costa Pinto.
A esta inestabilidad se le suma la desconfianza que tienen los portugueses por sus gobernantes. “La percepción ciudadana de la política es muy negativa, mucho más que en otros países europeos. Hay una gran desconfianza en el sistema democrático para resolver los problemas e incluso muchos son partidarios de un líder fuerte que pueda ser más efectivo. Antes, el ideario de Chega estaba muy estigmatizado, en parte por la cercanía de la dictadura salazarista, y eso quizás impedía que existiera un partido que defendiera esos postulados. Ahora, en cuanto Ventura pudo entrar en el parlamento, Chega comenzó su proceso de normalización, hasta ahora”, comenta Plaza.
En este sentido también se coloca Costa Pinto, el cual analiza cómo la aparición de Chega sacó a relucir un electorado que ya existía, pero en cierta forma el sistema conseguía integrarlo dentro de él. “Hace 30 años ya sabíamos que había un porcentaje de en torno al 18% de los portugueses que tenían valores autoritarios de tipo conservador ¿cuál es la diferencia? Que los partidos de derecha lograron que ese electorado a su derecha les votara, algo que desde la aparición de Chega ya no sucede”, explica el investigador.
El dilema del PSD
Esa misma derecha es la que ahora se pregunta cómo hacer frente a un partido que cada vez está más y más cerca. La elección de Seguro supuso la unión de todo el espectro político por un conjunto de factores que, según Plaza y Costa Pinto, podrían no repetirse en el futuro. Entre ellos destacan los múltiples candidatos, todos ellos muy igualados, que fragmentaron a la derecha moderada; y la incapacidad del bloque gubernamental para apoyar claramente a uno de ellos, lo que dividió el voto en primera vuelta. Además, las presidenciales suelen ser vistas por los portugueses como unos comicios menos importantes y, por tanto, son escenarios donde es más fácil que se alcancen este tipo de pactos. Sin embargo, tarde o temprano, la derecha moderada deberá enfrentarse a esa decisión de hacer frente contra Chega.
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“El cordón sanitario a la extrema derecha en Portugal es ahora mismo más retórica que realidad”, afirma Plaza. Y es que el PSD no ha realizado un cordón sanitario tan fuerte como, a priori, la elección presidencial podría dar a entender. Pese a que el Gobierno en minoría de Luís Montenegro se ha apoyado para la mayoría de las legislaciones y los presupuestos en la abstención del PS, también ha llegado a acuerdos parlamentarios con Chega. En materia migratoria, buque insignia de la extrema derecha, el PSD presentó y aprobó junto a los de Ventura una legislación mucho más restrictiva que incluso fue vetada por el presidente, Marcelo Rebelo de Sousa. “El contagio de la agenda del PSD con temas y postulados de Chega es clara y eso no es algo positivo para la derecha moderada”, asegura Plaza
A ese problema se suma que, tras estas presidenciales, Ventura se posiciona como la figura al alza dentro de la derecha portuguesa. El investigador de la Universidad de Lisboa señala como, pese a que es un dato que ha pasado por debajo del radar, el líder de Chega logró, sin ningún cambio en el programa y sin ninguna concesión, aumentar su porcentaje de voto en 10 puntos en la segunda vuelta. “Hay varios sectores dentro del PSD divididos sobre qué hacer con la extrema derecha, pero Montenegro ha demostrado que pertenece al más pragmático y no descarto que en el futuro cercano podamos verle cediendo a la derecha radical”, insiste Plaza.
Sin embargo, Albert es algo más optimista. “El PSD está haciendo mucha más oposición a Chega que, por ejemplo, el PP con Vox. Han preferido mantener un Gobierno en minoría y más débil con tal de no pactar con ellos”, afirma. Eso sí, matiza que esa estrategia puede, en última instancia, favorece a Chega, ya que da la imagen de un sistema débil e inestable que casa bien con los postulados de los extremistas. Un riesgo que es análogo al de la gran coalición, que, como se vio en Italia con Giorgia Meloni, puede dejar a la extrema derecha capitalizar toda la oposición contra el Ejecutivo. “Si se hace un acuerdo de este tipo no debe ser para ganar tiempo o porque no exista otra opción, sino para solucionar todos los problemas de fondo que provocan el ascenso de la extrema derecha. Si después de la gran coalición sigue habiendo sueldos bajos, viviendas prohibitivas y malestar, los ultras seguirán también estando ahí y no se solucionará nada”, zanja Albert.